El Blog

Calendario

<<   Julio 2006  >>
LMMiJVSD
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31       

Categorías

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog

EL HOMBRE INTERIOR Y EL HOMBRE EXTERIOR

Por cristianogiv - 17 de Julio, 2006, 12:15, Categoría: General


Frente a la caída (12)

EL HOMBRE INTERIOR
Y EL HOMBRE EXTERIOR


El hombre interior y la ley de Dios

La Palabra del Señor hace de nosotros los seres humanos y de los cristianos en especial -Romanos capítulo 7 habla de los cristianos-,  un diagnóstico bastante interesante, cuando se refiere a la existencia de cuatro leyes:  La ley de Dios, la naturaleza divina para los hombres, en las tablas de piedra, en los rollos, en la Palabra, en la Biblia, en las columnas de Su pueblo.

También en la carne de los seres humanos íntegros, incluidos los cristianos; la ley del pecado y de la muerte, cobrándonos.  Pero también en nuestra alma y nuestra mente, la ley de la mente;  y en los regenerados por el Espíritu Santo, la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús.  El funcionamiento de estas cuatro leyes nos hace bastante complejos, y esa complejidad tiene aun otros bemoles, que es necesario estudiar, entrando con la ayuda del Señor a las provisiones de Dios en Su Palabra, para tratar esa situación caída del hombre;  es necesario escudriñar en la Biblia qué más es el hombre delante de Dios y cómo tiene que tratar Dios con ese hombre real y complejo, que en Su Palabra diagnosticó que somos.  Leemos en Romanos 7:22:  "Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios".  La Palabra de Dios habla de que en nuestro ser hay un hombre interior; como hemos visto arriba, hay diferentes leyes y es el hombre interior el que se deleita en la ley de Dios; eso significa que hay dentro de nosotros los cristianos lo que se llama el hombre interior.  Hay otros pasajes de la Biblia que nos hablan en el mismo tono, como por ejemplo, Efesios 3:14-16, cuando nos dice:


"14Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, 15de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu".


(La causa a que se refieren estos versículos según Pablo, es el propósito eterno de Dios, de la Iglesia, y del lugar de la Iglesia en el propósito eterno de Dios; y esa es la causa de Dios, y llegó a ser el propósito de Pablo, de sus trabajos, y de sus luchas e intercesiones). 

Ahora sé por qué doblar mis rodillas, ya sé por qué orar, ya sé lo que Dios quiere, ya mi oración no es por conseguir un nuevo camello, porque el que tengo está muy viejo y gastado y mejor sería un camello más nuevo; o pido y oro por conseguir una u otra cosa, de acuerdo a mis propios intereses.  Pero dice Pablo que dobla sus rodillas ante el Padre "para que os dé..." (Nótese hacia dónde apunta la intercesión de Pablo y a dónde debe apuntar también nuestra intercesión).  "Que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior".  Todo empieza por ahí, en el hombre interior,  porque el hombre interior, en los regenerados, está de acuerdo con Dios, identificado con Dios; y es necesario que, para vencer todo, para superar todo, nosotros seamos fortalecidos en el hombre interior por el Espíritu de Dios, conforme a las riquezas de Su gloria.


El hombre interior y el corazón

Continuando el desglose de la misma cita bíblica, en el verso 17, Pablo dice:  "...para que (es decir, todo comienza de adentro hacia afuera y de lo individual pasa a lo colectivo) habite Cristo por la fe en vuestros corazones...".  Ante esta declaración, uno se pregunta, ¿acaso Pablo no le está escribiendo a la iglesia en Efeso?  ¿acaso en la iglesia en Efeso no son ya cristianos? y ¿el Espíritu del Señor no mora ya en el espíritu de los cristianos?  ¡Claro!  Pero nótese que Pablo no está diciendo que Cristo no habita en sus espíritus, sino que sean fortalecidos en su hombre interior, para que habite en sus corazones.

Si nosotros hemos entendido y hemos estudiado lo que es el corazón, la habitación de Cristo es primero en el espíritu.  Una vez que Cristo mora en nuestro espíritu, es necesario que pase a habitar también en nuestro corazón, que es la sede de nuestra conciencia, de nuestra mente, de nuestras emociones y de nuestra voluntad; o sea, el alma del hombre más la conciencia en el espíritu forman el corazón;  esas son las funciones del corazón.  El corazón tiene la función de la conciencia.  Dice la Palabra de Dios en 1 Juan 3:20:  "...pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios...".  En eso vemos que esa función de conciencia que reprende, la tiene el corazón.  Ahora, hay que amar con todo el corazón;  el corazón es el que ama;  todas las emociones y sentimientos tienen asiento en el corazón.  También leemos en Hebreos 4:12:  "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos;  y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón".  Eso significa que la mente, la voluntad, los pensamientos y las intenciones son funciones del corazón; o sea, las funciones de la conciencia, de los pensamientos, de las emociones, de las intenciones, es decir, la voluntad, con el alma, la conciencia en el espíritu, forman el corazón.


Nosotros nos unimos al Señor cuando lo recibimos  a El por primera vez.  Dice la Biblia en 1 Corintios 6:17:  "Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él", pero no un corazón.  Desde el día en que le recibimos, está con nosotros en el Lugar Santísimo, en nuestro espíritu; pero ahora El tiene que fluir desde el Lugar Santísimo hacia el lugar santo, es decir, habitar también en nuestro corazón.  Para que Cristo pueda habitar en nuestro corazón, para que pueda dominar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras intenciones, tenemos que ser primero fuertes en el hombre interior, y ese hombre interior se refiere al espíritu, que es la parte más interior de nuestro ser. 

El hombre interior es nuestro espíritu

Si nuestro espíritu es vivificado, entonces tiene poder para que Cristo habite en nuestro corazón, para que Cristo permee y gobierne los pensamientos, los sentimientos, las emociones, la voluntad, y aun nuestra conciencia funcione de acuerdo a Cristo, de manera sana, redimida.  Pero aún la cosa no termina ahí;  todavía Cristo habitando en nuestro corazón es algo personal;  por eso es que el apóstol aún no pone el punto allí, sino que sigue mencionando otros objetivos posteriores;  como por ejemplo, diciendo que él oraba (ese es un objetivo) para que fuesen fortalecidos con poder en el hombre interior;  segundo, fortalece nuestro hombre interior para que Cristo habite en el corazón;  tercero, ¿para qué quiere que Cristo habite en cada corazón individual?  Responde en los versos 17b-18:  "...a fin de que, arraigados y cimentados en amor (nótese que en lo individual habla del amor), seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos (ahora pasa de lo individual a lo colectivo, a lo corporativo, a lo eclesial) cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura".

Tiene que ser fortalecido nuestro hombre interior para que también en nuestro hombre exterior, en nuestro corazón habite Cristo.  Pero esto no es solamente para nuestra vida individual;  es para que seamos plenamente capaces;  es decir, si no somos fortalecidos en el espíritu y si Cristo no se forma en nuestro corazón, si no habita allí o permanece allí, en nuestros corazones, en nuestro entendimiento, en nuestras emociones, en nuestra conciencia, si El no habita allí, si El solamente visita el alma pero sin habitar en ella, entonces no vamos a ser capaces de comprendernos con los demás;  seguiremos siendo individuales e individualistas.  Pero en Efesios 3:18 dice:  "...a fin de que...seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos".  Eso nos dice que este trabajo del hombre interior hacia la periferia de nuestro ser es en función de la edificación de la Iglesia, para la plenitud de Dios.


El hombre interior y las dimensiones de Cristo

Sigue diciendo en los versos 18 y 19:  "18...seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que (aquí se refiere a un eslabón más) seáis llenos de toda la plenitud de Dios".  El apóstol Pablo ha usado palabras que uno algunas veces tiene la tendencia a considerar meramente poéticas (la anchura de Cristo, la longitud, la profundidad, la altura de Cristo), pero esto no es poesía.  Realmente existe una anchura de Cristo y hay una estrechez de nosotros.

Pablo le decía a la iglesia de Corinto:  "No estáis estrechos en vosotros, pero sí sois estrechos en vuestro propio corazón" (2 Corintios 6:12), y en el verso 13 les dice:  "...ensanchaos también vosotros".  Cuando uno es individualista en su tarea, uno acepta a los que se parecen a uno, a los que son como uno;  pero uno tiene que ser fortalecido en su hombre interior y tratado en su corazón para la inhabitación de Cristo, para poder comprender con otros la anchura de Cristo.  Por la conversación con el Señor Jesús en el capítulo 3 de Juan, podríamos concluir que Nicodemo podría haber pensado:  Qué bueno;  cómo Dios nos recibe hasta aquí, a los que somos como yo, Nicodemo.  Yo soy un miembro del Sanedrín y me comporto muy bien;  he procurado hacer muchas cosas por Jehová;  no soy como esa samaritana que ha tenido cinco maridos y ni siquiera han sido de ella sino de otras.  Ella como que no cabía en la anchura de Nicodemo, ni en la de algunos de nosotros;  pero en la anchura de Cristo sí cupo la samaritana, en Su anchura.


Según la Biblia, la anchura de Cristo es todo lo que abarca a Cristo.  Nosotros mismos no podemos entender la anchura de Cristo, sino plenamente con otros hermanos, con los santos, cuando vamos conociendo lo que Cristo ha hecho con personas que nosotros considerábamos irredimibles, equivocadas o herejes, pecadoras o satánicas, brujos o políticos, publicanos o guerrilleros, explotadores o banqueros, o multinacionales; pero la anchura de Cristo llega hasta allá.  Entonces uno no puede comprender hasta dónde puede Cristo contener personas, sino con todos los santos.  También habla de la longitud, hasta dónde puede llegar Cristo.  Nuestra longitud es finita, llega hasta cierto punto, hasta cierto tamaño; como quien dice, ya no doy más, hasta aquí llegué.  Al comienzo del capítulo 13 del evangelio según San Juan, donde narra cuando el Señor se puso el delantal para lavarle los pies a Sus discípulos, dice que el Señor los amó hasta el fin;  y eso significa que el Señor llegó hasta el fin.  Pero nosotros no podemos decir eso;  nosotros decimos, hasta aquí llegué, ya no doy más.  Cristo sí llegó hasta el fin.  Es importante tener claro que uno solo no puede entender la longitud de Cristo, sino con todos los santos.


También habla de la altura y la profundidad de Cristo.  La Palabra nos habla de las cosas profundas de Dios y de la sabiduría de Dios;  esas son las cosas profundas de Dios, Sus intenciones y Su amor que son revelados, que se alcanzan y se dispensan en Cristo Jesús;  y la altura de Cristo sobre todo poder, sobre el diablo, sobre las tribulaciones; es decir, no hay nada que se pueda poner por encima de la altura de Cristo; Él está en lugares celestiales y dice que El nos pone a nosotros, la Iglesia, en lugares celestiales.  Hemos leído en Efesios 3:19 que todas estas cosas son "para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios"; o sea que la plenitud de Dios cabe y cupo obviamente en la plenitud de Cristo.  Pero las medidas de Cristo deben ser comprendidas por todos los santos en comunión.  Los santos que estamos en comunión podemos tener las medidas de Cristo;  pero para estar en verdadera comunión tenemos que dejar que Cristo habite en nuestro corazón; y para esto tenemos que estar fortalecidos en el hombre interior.


Fijemos nuestra atención en los eslabones.  Lo primero es el espíritu del hombre, que es la parte principal con la que Dios quiere trabajar;  lo que Dios quiere hacer primero es vivificarnos en el hombre interior, darle vida al hombre interior, para que la vida del Señor en el hombre interior vaya haciendo habitar a Cristo en nuestro corazón, para que todos juntos seamos llenos de la plenitud de Dios, que está destinada a la Iglesia a través de las medidas de Cristo, que se comprenden en la comunión con todos los santos, en la medida en que Cristo va habitando en nuestro corazón;  y eso lo hace por la operación efectuada en el hombre interior.  Vemos que lo importante y primero en el eslabón es el hombre interior.


El hombre exterior estorba al hombre interior

Ahora vemos la otra cara de la moneda: el hombre exterior.  Lo que estorba al hombre interior es el hombre exterior.  Dios tiene un doble tratamiento para nuestras vidas.  Primero, vivificar al hombre interior con el Espíritu, y segundo, tratar disciplinariamente con el hombre exterior.  Dios quiere hacer al hombre exterior dócil para el hombre interior.  Pero lo primero que Dios quiere y necesita hacer es vivificar al hombre interior por medio de Su Santo Espíritu.  Lo que debemos nosotros pedir por nosotros mismos y por otros seres humanos es que el Señor nos dé vida en el espíritu.  Dice en 1 Juan 5:16:  "Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte.  Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida". 

Nótese por dónde se va Juan;  él no es legalista.  Haciendo una paráfrasis diríamos que Juan dice:  Hermanos, nosotros podemos hacer un concilio, podemos hacer un tribunal, podemos colgar una persona patas arriba al estilo inquisición, y no vamos a mejorar nada.


Lo único que va a sacar a una persona de su problema es que haya un borbotón de vida en el hombre interior de la persona, que remueva sus pensamientos, sus intenciones, sus sentimientos y que haga que esa persona se acomode a la edificación de Dios.  Ninguna crítica ni problema va a solucionar nunca nada.  "Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte (que Dios no haya tenido que decidir su muerte, o sea, que todavía haya oportunidad (como dijo Salomón, mejor es perro vivo que león muerto [Proverbios 9:4]), pedirá, y Dios le dará vida".  Dios todo lo soluciona dando vida.  Dice la Palabra:  "Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados".  (Efesios 2:1).  Esa vida la da en el espíritu nuestro, por el Espíritu de Dios, en nuestro hombre interior.


Lo primero que Dios ha hecho es darnos al Hijo y luego darnos vida.  Necesitamos que la vida del Señor que nos ha sido dada, se abra paso desde el interior de nuestro espíritu.  Téngase en cuenta que el río de Dios fluye desde el Lugar Santísimo hacia el Lugar Santo;  va hacia las emociones, los sentimientos, la voluntad y los pensamientos.  Los capítulos 40 al 48 del libro de Ezequiel se refieren al río de Dios y cómo fluye de adentro hacia afuera.  En Juan 7:38, el Señor dijo:  "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior -de la persona- correrán ríos de agua viva", de su hombre interior.  Todo el trabajo central del Señor, es guiarnos a estar  en el espíritu, hacer que nuestro hombre interior sea vivificado;  no tanto nuestro intelecto, no tanto nuestras emociones, no tanto nuestra actividad; (sí, esto va a ser tocado; Dios nunca desecha nada de lo que ha creado; El lo renueva, lo vivifica) eso se llama la renovación por el Espíritu.  Primero viene la regeneración que nos da la vida, luego viene la renovación que hace nuevo lo que está envejecido, lo que está en poder del deterioro y de la ley del pecado y de la muerte;  pero irrumpe la ley del Espíritu y de vida en nuestro ser; Cristo nos va irrigando, nos va dando refrigerio, descanso, nos va renovando.


¿Qué es lo que nos renueva?  Solamente la vida.  El Espíritu de vida. Pero sucede entonces que, aunque todos los hijos de Dios tenemos la vida, esa vida la tenemos, como decía el hermano Nee basado en la Biblia, atrapada por nuestro hombre exterior.  Vamos a darnos cuenta de que Dios tiene otra táctica paralela a la primera, de edificar el hombre interior, y disciplinar al hombre exterior.  Los últimos versículos del capítulo 4  de la segunda epístola de Pablo  a los Corintios, hablan del hombre interior y del hombre exterior, especialmente en el versículo 16.  Para tener una visión panorámica del contexto, leamos desde el verso 7:  "Pero tenemos este tesoro (¿cuál tesoro?  Dios mismo, el que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el mismo tesoro)  en vasos de barro (entonces el tesoro está contenido en el vaso de barro), para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros (¿qué pasa con nosotros?), que estamos atribulados en todo (en lo exterior), mas no angustiados (por causa del interior);  en apuros (exterior), mas no desesperados (eso  se experimenta en el interior);  perseguidos (en el exterior),  mas no desamparados; derribados (pero gracias a Dios no fue "nocaut"), pero no destruídos; llevando en el cuerpo siempre (ay, ay, ay;  nosotros pensábamos que nuestra vida cristiana, quizás se nos había prometido -equivocadamente-, que no habría dificultades para nuestro cuerpo.  Siempre lo que más cuidamos es nuestro cuerpo;  queremos comodidad para nuestro cuerpo:  comer, dormir bien, descansar bien, bañarme con agua caliente, que no esté tan congelada, bien perfumados y arreglados) por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos".  Hay algo que se lleva siempre encima, como un sello, aunque queremos huir de tener que sufrir y de tener que negarnos a nosotros mismos; sin embargo dice la Biblia claramente que es una sentencia que lleva nuestro hombre exterior siempre por todas partes:  la muerte de Jesús.  Al llevar la muerte, ésta abre una brecha en el hombre exterior para que el hombre interior pueda fluir a través de ella, de esa herida.  Nosotros somos orgullosos hasta que el Señor nos humilla, nos avergüenza.  Cuando nos avergonzamos, como que la luz de Dios pasa a través de esa herida, de esa humillación, de esa vergüenza, y nos cambia un poquito; pero mientras tanto, nosotros somos duros en el hombre exterior.


Reiteramos que el trabajo de Dios consta por una parte de darle vida al hombre interior, pero para que la vida del hombre interior pueda fluir hacia afuera es necesario cierto requisito, porque todo el propósito de Dios es que la vida de adentro, salga;  entonces el vaso que lo contiene, que es ese hombre exterior, está aún bastante duro, no es dócil a la vida de Dios.  Tenemos el ejemplo del guante y la mano.  Si el guante está bien limpio, la mano entra perfectamente, y se mueve juntamente con el guante, muy dócilmente; pero si el guante no está en la mano, sino que se cayó en el barro y el barro se endureció en el guante, entonces el guante está todo arrugado, endurecido, y usted quiere meter la mano en el guante y éste se resiste porque está endurecido por el barro, como con costras que necesitan ser quebradas para que pueda caber la mano y por fin sacarla y limpiarlo hasta que el guante quede bien dócil.  Ese guante lleno de costras endurecidas somos nosotros que no somos dóciles sino obstinados, desobedientes y a veces inconscientes, insensibles; a veces no somos sensibles a la presencia o comunicación del Espíritu.  ¿Cuál es el sentir del Espíritu?  No lo sabemos.  Hay veces en que el Espíritu está triste y nosotros nos estamos riendo a carcajadas;  el Espíritu está llorando por lo que sucede y uno está feliz como si nada.


Otras veces el Señor tiene misericordia, y uno está endurecido.  Es maravilloso cómo Dios estaba teniendo gran cariño por Nínive, en cambio Jonás estaba enojado porque después iban a decir que él era un falso profeta;  no ve que yo dije que se iba a destruir la ciudad y ahora no se va a destruir, entonces yo sabía, Dios, que tú los ibas a perdonar y por eso era que yo no quería hablar y me quería ir para Tarsis.  La dureza del hombre exterior de Jonás no se amoldaba al sentir de Dios y así nos pasa a nosotros a menudo. Aunque el Señor ya more en nosotros, nuestro hombre exterior está tan acostumbrado a andar en lo suyo, en su propio hábito, en su propio ritmo, que muchas veces no atiende la voz del Espíritu y otras veces, aunque sí logra captarla, la desobedece. Sí, a veces no la capta y a veces aun captándola, la desobedece; o a veces la desobedece u obedece parcialmente o como uno quiere, y por esa causa el trabajo de Dios es doble.


La vida de Dios en el hombre interior se trasmite al hombre exterior

1.    Vivificar el hombre interior, y


2.    Tratar disciplinariamente con el hombre exterior.  Dios quiere hacer al hombre exterior dócil para el hombre interior.


Necesitamos dos cosas en la vida: ser regenerados (ser vivificados, ser fortalecidos en el hombre interior) y ser disciplinados en el hombre exterior, con todas las cosas que pasan.  En 2 Corintios 4:11, la Palabra de Dios sigue diciendo:  "Porque nosotros que vivimos (cuando dice vivimos está considerando a los demás como muertos, porque nosotros los que vivimos, somos los que tenemos la vida de Cristo en nuestro espíritu), siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús (de nuevo tenemos ese para qué), para que también (note cómo se relaciona la muerte en el exterior para que la vida en el interior encuentre canal) la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal".  Y continúa en el verso 12:  "De manera que la muerte actúa en nosotros (es decir, en nuestro hombre exterior), y en vosotros la vida (en las otras personas actúa)".  Cuando nuestro hombre exterior logra humillarse, negarse, puede pasar a través de él la vida de Dios y pasar a otras personas; de lo contrario, no puede; los demás se encuentran con nuestra terrible manera de ser y nos damos cuenta a la luz de Dios que somos aborrecibles, que cómo nos aguantan los demás. ¡Cómo nos aguantan!  Uno cuando está en tinieblas no se da cuenta de cómo es, hasta que la luz de Dios, la mano de Dios le hace despertar.  Hasta que uno no se aborrece a sí mismo, está muy contento con su forma de ser y quiere que todos piensen como uno, hagan como uno;  yo estoy siempre dispuesto a decirle a todos lo que deben hacer.  ¡Ay, qué aborrecible soy!  Y los otros tienen que pasar saliva y aguantarse al hermano Gino; somos duros, muy duros.  Tenemos un tesoro, sí, pero también un barro que lo perturba.  Imaginemos un vaso:  Si el vaso está limpio y se sirve agua en el vaso, pues el resultado es que esa agua sabe a agua;  pero si el vaso tenía un resto de leche de hace tres días, sin que se hubiera lavado, el resultado es que cuando la recibimos, pues sí, es agua, pero con un saborcito raro.  Tenemos un tesoro, Dios en nosotros, pero nosotros le añadimos un saborcito raro, que somos nosotros mismos.


El hombre exterior y la Iglesia

Seguimos leyendo en 2 Corintios 4:13-15a:  "13Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito:  Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, 14sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros.  15Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros...". 

Pablo ha llegado a someterse a una disciplina para bien de la Iglesia; es decir, que la Iglesia va a sufrir si nosotros no nos sometemos a la disciplina de Dios.  Va llegar un momento en que cada iglesia local va a tener sus dificultades simplemente por problemas de nuestra personalidad exuberante que llega a estorbar a otro.  A los otros les resulta difícil aceptarlo a uno, y de ahí surge la incomodidad de unos con otros;  y uno, para que la iglesia tenga vida, tiene que morir. 

Uno tiene que decir, Señor, no quiero ser un estorbo en tu Iglesia, no quiero ser una persona que no sea un canal de bendición para la Iglesia;  quiero, Señor, sacar esa costra dura, sacar todas estas costras para que Tú, Señor, realmente puedas hacer algo que sea tuyo y que yo no esté metiendo mi mano sucia y dañando yo mismo las cosas.


O sea que ese ideal no es hecho todavía en nosotros;  es un ideal divino al que tenemos que ir acercándonos y que nos ayudará a comprender los impases que se dan en algunas iglesias locales.  A veces estorbamos, no necesariamente pecando sino con buena intención, incluso hasta queriendo servir al Señor, pero lo hacemos con esa personalidad no suficientemente tratada.  Nuestro hombre exterior no es lo suficientemente dócil, a la medida del Espíritu, pues somos más duros que el Espíritu, mas el Espíritu quiere que seamos valientes, pero somos cobardes.  A veces el Espíritu quiere que seamos misericordiosos, pero somos ásperos y duros en el exterior.


Continuando con la lectura en 2 de Corintios 4:15-16, leemos:  "15Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios.  16Por tanto, no desmayemos;  antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día".  Pablo no dice que Dios va a tener miramientos con el mundo exterior.  No  hay ninguna promesa de miramiento para el hombre exterior en la Biblia.  Pablo lo dice claramente, se va desgastando.  Este cuerpo está destinado a ser quebrado y a ser cambiado por otro en la resurrección.  Mientras tanto, cada vez que seamos estorbo, estamos destinados a ese tratamiento.  Dice:  "El interior no obstante se renueva de día en día".  O sea que el exterior se desgasta, se quiebra, se cansa de actuar por sí mismo en forma voluntariosa  -y en mi opinión que disque era el mejor de todos, el non plus ultra; pero luego de tantos choques, fracasos, metidas de pata, sufrimiento de otras personas por culpa de uno, mejor no hago nada más.  Y el Señor dice:  No, yo estoy contigo.  Pero es que ahora voy yo adelante.  Señor Jesús, ve Tú;  y se agarra uno de Él.


El verso 17 dice:  "Porque esta leve tribulación momentánea (Pablo dice leve, y era tan leve que Pablo habría perdido la esperanza de conservar la vida)  produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;  (verso 18) no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven (o sea que en espíritu se pueden discernir las cosas espirituales);  pues las cosas que no se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas".  En conclusión, tenemos un hombre exterior que tiene que ser disciplinado, quebrado y hecho dócil para que el hombre interior pueda ser fortalecido y la vida de Dios pueda fluir a través de las grietas que nos traen a la docilidad.


-----------------------------------------------------------
Al respecto del presente capítulo, se recomienda leer la obra de Watchman Nee: "La liberación del espíritu".
-------------------------------------------------
Continúa con: La importancia de fortalecer el hombre interior.

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com