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Septiembre del 2007

BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

Por Gino Iafrancesco V. - 13 de Septiembre, 2007, 22:17, Categoría: General

BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

 

 

Dios fue manifestado en carne, conforme a la profecía, en la persona de Jesucristo. Éste predicó el arrepentimiento, la fe en Dios y el reino de Dios; murió en la cruz para expiar el pecado del mundo, y resucitó, apareciéndoseles durante 40 días a sus discípulos, hablándoles del reino, y comisionándoles para hacer discípulos, bautizarles y enseñarles todo lo que Él les enseñó. Ascendió a los cielos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, donde intercede por nosotros, y de donde vendrá y volverá por los Suyos, y juzgará al mundo con justicia, y establecerá la manifestación del reino de los cielos.

 

Jesucristo ordenó Él mismo a sus discípulos el bautismo, y Él mismo fue bautizado. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una Voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia” (Lucas 3:21,22).

 

La presente consideración es con el fin de presentar, desde los sagrados documentos de las Escrituras, este aspecto de la doctrina cristiana concerniente al bautismo; el mandamiento, su aplicación, el significado, su efecto. Procuraremos considerar no solamente su forma ceremonial externa, sino también, principalmente, el misterio de su contenido sobrenatural; pues es la verdadera identificación con Cristo lo que salva al hombre. No descuidaremos, sin embargo tampoco, su obediencia y aplicaxción externa, pues no fue descuidada por Jesús, ni por sus apóstoles. La Iglesia no tiene derecho de decir ni hacer cosa diferente, a menos que se excomulgue a sí misma de la verdad. Tengamos, entonces, presente que al considerar este asunto del bautismo, lo cual significa “sumersión”, estaremos enfocando el misterio sobrenatural de la identificación del cristiano con Su Señor en su muerte, sepultura, resurrección y ascención; misterio velado en la práctica bautismal.

 

No confundimos, pues, la práctica exterior con la operación interior, ni atribuimos a lo meramente exterior el efecto de lo interior; pero tampoco ignoramos lo exterior, que es como el canal que representa las glorias de la salvación, y hace manifiesto ante los hombres el testimonio de la operación interior efectuada a través del canal de la fe; además es mandamiento divino. Observemos esta doble dimensión en el bautismo de Jesús: “Juan les respondió diciendo: yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. Este es aquel que viene después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas acontecieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vió Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo decía: después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También Juan dio testimonio diciendo: Ví al espíritu qquwe deescendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Aquel me dijo: sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y yo le ví, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:26-34).

 

Puede notarse el lenguaje: bautismo en agua y bautismo en el Espíritu Santo y fuego. Además notamos esta yuxtaposición: cuando el agua le bautizó, el Espíritu le ungió. Ciertamente el agua no hace el papel del Espíritu, ni el Espíritu es el agua; pero entretanto que cumplía con toda justicia bautizándose en el agua, era a la vez investido del Espíritu Santo. De la misma manera, es el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo; pero tal operación sobrenatural se representa en el bautismo en las aguas, como obediencia de la fe. No aplicamos a la mera ceremonia externa el honor de la operación misma; el honor le corresponde a Cristo mismo que opera realmente con Su propia vida, y Suya es la eficacia de la salvación, mediante la sola fe. No obstante, éste mismo Cristo ordenó también descender a las aguas, y lo hizo Él mismo, para cumplir toda justicia.

 

He aquí, pues, el mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado…” (Mateo 28:19). Marcos también testifica de este mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15,16).

 

Además de Jesús, Sus apóstoles también lo ordenaron: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…/…Así que los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3.000 personas” (Hechos de los Apóstoles 2:38,41).     

 

Teniendo, pues, el mandamiento y el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, no se justifica en un creyente una actitud descuidada en este respecto; mucho menos una actitud desobediente. Es la voluntad de Dios que los Suyos sean bautizados. Ciertamente hay casos excepcionales, como el ladrón en la cruz, en los que la gracia de Dios condesciende a prescindir de la ceremonoio por fuerza mayor; pero creemos que se trata de casos en que la persona está, a su pesar, completamente imposibilitada de cumplir el mandamiento. Eeste era el caso del ladrón crucificado al lado de Jesús. No podemos aplicar con libertad el caso de esta excepción en el curso normal donde el creyente, bajo mandamiento divino y apostólico, está en plena condición de descender a las aguas. La Iglesia tiene, pues, este mandamiento y ejemplo aplicable a todo aquel que creyere y quisiere ser discípulo de Jesucristo.

 

Ahora bien, en las Sagradas Escrituras vemos que aquellas personas que recibieron el bautismo cristiano en el génesis de la Iglesia, eran por lo general personas concientes y responsables de sí mismas; es decir, lo hacían generalmente por convicción personal propia. Sin tal fe y convicción personal, ¿no sería, acaso, nulo el efecto del bautismo? Pues su efecto de gracia recibida se debe a la fe, que obedece con la identificación voluntaria del creyente con Su Señor, por esa fe, en Su muerte y resurrección. No despreciamos las buenas intenciones de aquellos que someten forzadamente a sus bebés a una ceremonia externa, a veces mayormente para eludir el ostracismo social; pero aquello no es suficiente, sin la fe personal, para que de facto se realice una unión mutua e indispensable con el Señor. El requisito de la fe personal es necesario para recibir eficazmente la gracia expresada en el bautismo. Ciertamente Jesús dijo que dejasen a los niños venir a Él, porque de los tales es el reino de los cielos; entonces el Señor los tomaba en Sus manos y los bendecía. Hagamos hoy lo mismo, entreguémoslos en Sus manos para que los bendiga.

 

En la práctica primitiva vemos generalmente que la fe y el arrepentimiento precedían al bautismo. “Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro, y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos de los Apostoles 8:36-38). La pregunta era por el impedimento; la respuesta era según la condicón. ¿Qué impide?...Si crees de todo corazón, bien puedes. “Si crees…” era la condición. En el día de Pentecostés, Pedro había dicho: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros…”. Antepuso el arrepentimiento y añadió el cada uno de vosotros. Notamos, pues, en estos casos, que para acercarse a las aguas bautismales se efectuaba una operación de conciencia lo suficiente y mínimamente responsable. Creemos que es esto lo que Dios espera de nosotros y Su gracia produce. No deberíamos, pues, prescindir de esta confesión personal, madura y pública. El creyente conciente debería así, cada uno, pedir por sí mismo su propio bautismo. En alguna ocasión, Juan el bautista se había visto en la necesidad de decir a algunos de los que se acercaban a su bautismo: “Haced frutos dignos de arrepentimiento”. Jesús dijo a los apóstoles: “A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviéreis, le son retenidos” (Juan 20:23). No ignoramos, sin embargo, el caso de Simón el Mago en Hechos capítulo 8; éste, después de ser bautizado por Felipe, fue reprendido por el apóstol Pedro, pues quería comprar con dinero la facultad de conferir el Espíritu Santo. Vemos, pues, que aquella ceremonia, pues Simón el mago había consentido exteriormente, parece que no le había regenerado su corazón. Los frutos posteriores lo demostraron.

 

Es en relación a tal clase de casos por la cual creemos que el apóstol Pedro se refiere en su primera carta en estos términos: “El bautismo, que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1ª Pedro 3:21). Ni la mera ceremonia, ni el agua, operan con el pecado que está en la carne. Es por la fe en la sangre de Cristo que se limpian los pecados, y el bautismo ceremonial es una aspiración a tal buena conciencia; pero es la regeneración real por el Espíritu Santo la que nos introduce en la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús que opera eficazmente contra el pecado que se halla en la naturaleza humana. Es por medio del erspíritu que combatimos contra las inmundicias de la carne. El bautismo ceremonial conciente testifica de nuestra fe personal en que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; y esto nos salva. Pero es por el espíritu que participamos de la vida de resurrección de Cristo, y de la ley del Espíritu de vida en Él, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte en la carne, enfrentándole un poder superior. Y es la investidura del poder de lo Alto, por el Espíritu, la que nos capacita para el servicio cristiano a Dios y al prójimo.

 

No debemos, pues, perder de vista esta superposición de lo sobrenatural velado en la ceremonia externa del bautismo; ni tampoco confundamos los planos en la perspectiva. No siempre tal superposición coincide en nuestra experiencia subjetiva; como lo podemos ver en el caso de Cornelio y su casa. Mientras Pedro apenas aún hablaba, el Espíritu Santo descendió antes de que ellos fueran bautizados; pero entonces se bautizaron (Hchs.10:44-48). La operación interior sobrenatural precedió a la ceremonia bautismal en agua. Dejemos que Dios opere en el interior de los hombres a Su manera, y estemos listos a obedecer lo más pronto posible en lo concerniente a la ceremonia externa. Un mayor crecimiento en la revelación del misterio del bautismo puede acontecer normalmente después de realizado éste. Al fin y al cabo, la ceremonia inicial indica el comienzo de una nueva vida. El Espírittu Santo tiene derecho a obrar la gracia del Señor en los hombres de la mejor manera que le plazca.

 

Observemos las implicaciones sobrenaturales del bautismo en las declaraciones apostólicas. De la carta de Pablo a los Colosenses leemos: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuísteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos…/…Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, enttonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 2:12; 3:1-4). Es, pues, la fe la que nos introduce en el bautismo verdaderamente. Sepultados con Cristo en el bautismo, y resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios. “Mediante la fe”; es decir, si de corazón creemos que Jesús es el Hijo de Dios, muerto por nuetros pecados, y nosotros con Él y en Él; y resucitado a la diestra de Dios, y nosotros en unión con Él y en Él. Como está escrito: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado; porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9-13).

 

La fe establece, entonces, el vínculo con la realidad objetiva y sobrenatural de Dios y de la obra consumada de Cristo. Y tal invocación de fe conduce a la salvación y es testificada en el bautismo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs. 22:16).

 

En la ceremonia bautismal es, pues, tal invocación en fe la que conecta el efecto de salvación con el acto externo. Sin embargo, tal invocación no acontece siempre solamente durante el acto, sino algunas veces antes. Lo normal sería que la persona, al creer, invoque el Nombre, bautizándose. Ejemplo: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hchs. 18:8). Esto les salvó. ¿Qué? La obra de Cristo creída y apropiada por la fe que le invoca y obedece en el bautismo.

 

La ceremonia sola no salva sin fe; la fe sola sin la obra de Cristo no salvaría; la obra de Cristo, sin ser recibida por fe, no se hace efectiva. ¿De qué sirve una ceremonia sin fe? Al faltar la fe, entonces no se hace apropiación de la obra de Cristo. Es en virtud de la obra de Cristo, recibida por fe, que se opera la salvación. Por una parte, ¿qué haríamos con la sola fe, si Cristo no hubiera hecho Su obra? Pues sería mera fe en la fe, y no fe en Él y Su obra. Sería una fe en vano, sin una realidad expiatoria que la respalde. Por otra parte, ¿qué aprovecharía la real obra consumada de Cristo, si no la creemos y no la recibimos por la fe? No haría efecto en nosotros por causa de incredulidad. El Señor dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16a). Entonces la salvación descansa en la realidad objetiva y sobrenatural de la persona y obra consumada de Cristo, creída y recibida por fe, la cual se apropia por invocación y confesión, y se testifica por el bautismo. Esto es lo normal. ¡Cuántos elementos hay aquí!. Primera y principalmente, sin lo cual lo demás no tiene valor alguno, la persona y obra de Jesucristo; porque depende de quien sea Jesucristo y qué hizo, para que la fe e invocación de la persona tengan la suficiente base para un efecto de salvación. Es necesario creer que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente, que salió del padre y vino al mundo, hecho carne, hecho hombre, para darnos a conocer al Padre mediante sí. Ésta es la persona. Y ésta es Su obra: la reconciliación, por medio de Su muerte en la cruz en nuestro lugar; el Justo por los injustos; resucitado y glorificado a la derecha del Padre en los cielos, presentado como ofrenda por nosotros, mediador e intercesor, abogado, Señor y Cristo, y cuya vida y naturaleza nos es impartida mediante el Espíritu Santo, mediante la fe, pues al creer, vivimos por Él. Como está escrito: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…/…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:19,21).

 

Es la identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, por la fe, la que se oculta tras el velo del bautismo. Es el bautismo en Cristo confesado por el bautismo en las aguas en Su nombre, la garantía de la salvación por Su promesa y las arras del Espíritu. Jesucristo es la puerta. Nos corresponde, pues, para testimonio de nuestra salvación, cruzar la puerta de la obediencia de la fe en Jesucristo. El juicio por desobediencia parcial, lo remitimos al Supremo Juez universal en el tribunal de Cristo. Por Su mandamiento, pues, enseñamos el bautismo en las aguas.

 

¿Qué hace en el creyente su bautismo en Cristo mediante la fe? Hablamos aquí del bautismo en Cristo, de la realidad de esta identificación sobrenatural por fe, con Cristo el Señor, del creyente. No nos referimos, pues, tan solo al velo ceremonial que bien pudiera ser hueco sin la identificación de fe. Lemos, entonces, de Pablo: “Porque todos los que habéis sido bautizadois en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27,28). La primera parte de esta declaración apostólica tiene que ver con Cristo, la Cabeza; la segunda parte: “sois uno en Cristo”, tiene que ver con nuestra identificación en Él con Su cuerpo que es la Iglesia.

 

Examinemois la primera parte: “revestidos de Cristo”. La fe nos identifica con Cristo cuando lo recibimos. Al recibirlo, recibimos juntamente con Él el efecto de Su obra. Es decir, participamos de Él, de Su muerte, sepultura, resurrección, ascención y escondite en Dios. Si permanecemos en Él, cualquier cosa que viniere a nosotros, tiene que venir a encontrarse primeramente con Él antes de tocarnos a nosotros, pues estamos revestidos, por la fe, de Él. El pecado, la maldición y el mundo fueron crucificados en Su cruz; es decir, al morir Él como postrer Adam, y que también como segundo hombre es ahora nuestra vida, fuimos libertados. El pecado, la maldición, la corrupción y la muerte se desvanecen al chocar en nuestro espíritu y ser con Su resurrección. Satanás y sus ángeles, sus demonios, resultan abatidos y aplastados bajo nuestros pies, al encontrarse con la ascención y posición suprema de Cristo que nos ha unido a sí en el Espíritu, estando nosotros muertos, resucitados y ascendidos en lugares celestiales juntamente con Cristo, en nuestra unión espiritual de fe. Cristo, entonces, se convierte en la nueva experiencia de nuestra vida, si vivimos por Él mediante la fe. Entonces Su victoria es administrada continuamente a nosotros por el Espíritu de Dios, para que sea también nuestra victoria. Porque Él vive, nosotros también vivimos. “El que permanece en mi, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Juan 15:5).

 

Tal gloriosa identificación es la que se vela en el bautismo. Nos dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).

 

También sostiene el apóstol Pablo en otras epístolas: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor conque nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).  

 

Por estos pasajes anteriores se nos revela que la vida y obra de Cristo es impartida a nosotros  en todo Su poder, por medio de nuestra identificación con Él por la fe. Su vida, muerte, resurrección y ascención son nuestras, porque Él es nuestra vida; y cuando Él se manifieste, lo seremos también.

 

Por medio de Su muerte Cristo nos libera del cuerpo del pecado. Su sangre nos limpia de todo pecado, y Su cruz nos liverta del pecado mismo, pues ya no hemos de andar en la carne donde el pecado mora, sino en el Espíritu donde Cristo es nuestra realidad de victoria. Somos muertos a nosotros mismos en Él, y llevamos Su muerte y la cruz todos los días, unidos a Él por la fe; somos beneficiarios de la crucifixión, para libertad.  Su victoria de la Cruz es nuestra, pues Él está en nosotros al recibirle en fe. Si vivimos por Aquel que murió al pecado y por los pecados, la virtud de Su victoria nos es participada al creer. Asimismo, resultamos con Él resucitados y ascendidos, sentados con Él en lugares celestiales, sobre todo poder del diablo.

 

Entonces enfatizamos que si Jesús murió, resucitó y ascendió, al vivir nosotros en virtud de la vida del Hijo de Dios, Su paso por la muerte al pecado, nos libra, del pecado, por muerte; y del juicio, por cumplimiento en Él y ahora también en nosotros que estamos unidos a Él. Nuestra Nueva Vida ha resucitado ya levantándonos con todo Su poder, ascendida a lugares celestiales sobre todo poder del diablo, presentándonos en la misma presencia de Dios como nuevas creaturas, en Su vida perfecta y acepta, que mora en nosotros por la fe, injertado en nuestro espíritu, por el Espíritu santo, que toma lo de Él y nos lo administra a nosotros. Así tenemos vida eterna en Él, con Él y para Él, participando con Él en el seno de Su gloria, y de Su naturaleza y amor eternamente.

 

Dios se nos participó en Cristo, y la fe es el canal que le permite traducir Su realidad en nuestra experiencia. Somos llamados a esa íntima participación, bautizados incluso en Su muerte, para liberación. Éste es también un profundo privilegio: el conocerle en Su muerte. Cuando dos de Sus discípulos quisieron sentarse a Su diestra y a Su siniestra en el reino, Él les preguntó: “¿podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?.../…A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22,23).

 

San Pablo entendía esto cuando escribió: “…Ser hallado en él,…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10,11). “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:8). “Llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2ª Corintios 4:10,11). “Porque, aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para vosotros” (2ª Corintios 13:4). Así, pues, de tan sublime manera llegamos a ser revestidos de Cristo al ser bautizados o sumergidos en Él.

 

También, de nuestra identificación con Él, resulta otra maravillosa identificación: la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.Sois uno en Cristo” había declarado el apóstol. Si todos los creyentes en Cristo participamos del Padre por el Hijo, esta reconciliación nos funde en una unidad de amor en Él; porque la vida de cada miembro en el cuerpo es la misma de su compañero. La Iglesia, pues, es un vaso único que contiene la vida de Cristo. En virtud de esa vida somos unidos, nutridos, concertados y coordinados, llegando a ser coherederos de Cristo, y copartícipes de la plenitud de Dios por Jesucristo. Él había dicho: “Yo en ellos, y Tú en mi, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:23). Tal unidad es, pues, posible única y exclusivamente en virtud del Cristo compartido. Quien no participa primeramente de Cristo, no puede participar de tal unidad, ya que es el Espíritu de Cristo el que nos sumerge dentro de un solo cuerpo; como está escrito: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Corintios 12:13).

 

El individuo debe, pues, identificarse primero con Cristo, la cabeza, por el Espíritu; y entonces así se convierte en miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La puerta es Jesucristo mismo, y fuera de Él no hay otro acseso. “Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre…/…miembros de la familia de Dios…/…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:15-22). “Asiéndose de la cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19).

 

Cristo había declarado: “Yo en ellos…para que sean uno”; es decir, aparte de Él no puede haber reconciliación, pues Él mismo es nueestra reconciliación, Su vida. Es en Su cruz donde terminaron nuestras barreras, y es por Su Espíritu la entrada; es por Su virtud la unión y coordinación de todo el cuerpo. Primero Él, entonces lo demás. Hallamos entonces la razón de Su nombre como piedra fundamental. “Éste Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hchs. 4:12). Esa fue la declaración de san Pedro. Dios había declarado también que solamente recibiría adoración en el lugar que ël escogiera para poner allí Su nombre; y ese verdadero tabernáculo, esa verdadera casa es Jesucristo. Fue el Hijo Unigénito quien dio a conocer al Padre, viniendo en Su nombre, y poniéndolo de manifiesto. Jesús significa: Yahveh el Salvador. Jesucristo dio y da a conocer el nombre del Padre. El Espíritu santo viene en el nombre de Jesucristo. Dios en Cristo, y éste en la Iglesia por el Espíritu. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres.

 

Considerando, pues, para el bautismo, este primordialísimo elemento: la realidad de la persona y obra de Jesucristo, añadimos que la fe de invocación necesaria para apropiarnos de la provisión de Dios en Él, debe ser una fe definida y exclusiva en ese Nombre, donde está contenida toda la plenitud de la Deidad: Jesucristo. Somos bautizados en éste Cristo específico por la fe. Jesús es el Cristo, Yahveh develado exclusivamente en Jesús. El Padre es visto en el Hijo. Fue sólo éste quien murió por nosotros y resucitó para nuestra justificación. Con Él es con quien somos identificados para muerte y resurrección en el bautismo. Por eso lo apóstoles bautizaron en Su nombre; para sepultura y resurrección con Él, identificados mediante la fe que le invoca específicamente, y que acude al Padre en Su nombre.

 

Jesús había ordenado: “…bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19b). Es decir, por una parte, de parte del Padre que envió al Hijo, y de parte del Hijo que envió al Espíritu Santo, y de parte del Espíritu Santo que habita en la Iglesia; por lo tanto habla de la autoridad de la Iglesia que bautiza. Por otra parte, también, los que son bautizados son sumergidos en el Padre por el Hijo, y en el Hijo por el Espíritu. Por eso los apóstoles obedecieron bautizando a los creyentes en el nombre de Jesucristo; pues Jesucristo vino en el nombre del Padre, y el Espíritu Santo vino en el nombre de Jesucristo. El Hijo es el lugar donde Dios escogió poner Su propio Nombre. Allí le encontraremos para adorarle. El nombre que fue puesto sobre el Hijo de Dios es Jesús: Yahveh el Salvador. Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hchs.2:38). A los gentiles les fue dicho lo mismo en casa de Cornelio. “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo así como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hchs.10:48).  En Cristo no hay diferencia para el judío o el gentil. Los samaritanos también fueron bautizados por Felipe en el nombre de Jesús (Hchs.8:16). Pablo encontró en Efeso a unos discípulos ya bautizados por Juan el bautista, pero sin el Espíritu Santo; entonces los volvió a bautizar, pero ahora en el nombre del Señor Jesús (Hchs.19:5), y recibieron el Espíritu Santo. A Pablo mismo se le dijo: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs.22:16).

Todos los registros de las Sagradas Escrituras muestran que los apóstoles obedecieron el mandamiento del Señor usando Su nombre en el bautismo. Lo hacían de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con Su autoridad, identificando a los creyentes con Dios mediante Cristo y el Espíritu, sepultándolos en la myuerte de cristo y sacándolos a resurrección, es decir, en Su nombre. Son dos aspectos complemetarios.

 

Deducimos también por las Escrituras que generalmente lo hicieron por inmersión, que es lo que significa bautismo, pues descendían para ser sepultados y subían del agua. Bautismo significa, pues, sumersión.

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Gino Iafrancesco V., 1978, Asunción, Paraguay.

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EL BUEN DEPÓSITO

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Septiembre, 2007, 23:44, Categoría: General

EL BUEN DEPÓSITO

 

En el libro de Zacarías, profeta de la restauración, al igual que Hageo, leemos: “…he mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zacarías 4:2,3).

 

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el Libro de Dios nos habla del propósito y del plan divinos, su desarrollo y consumación, todo centrado en el Misterio de Cristo. Las semillas fundamentales que son sembradas en Génesis y el resto del Pentateuco, son cosechadas en el Apocalipsis. Todos los pasajes que encontramos en la Biblia, por el mismo Espíritu que los inspiró, están ligados al hilo central del propósito y del programa divinos. Dios busca reunirlo todo en Cristo para que Dios sea contenido y expresado en gloria a través del Hombre Corporativo, Su esposa, que se consuma en la gloriosa Nueva Jerusalem, morada mútua de Dios y los Suyos.

 

Es así que vemos la revelación del candelabro en Éxodo 25:31-40 y otros pasajes del Pentateuco, relacionada a la cita antedicha de Zacarías, ambientada en Hebreos 9:2 y Mateo 5:15, y consumada en los candeleros del Apocalipsis. Se nos representa a Cristo manifiesto en el Pueblo de Dios, que en el Antiguo Pacto de figuras y sombras era Israel, y que hoy es la Iglesia universal, el cuerpo de Cristo, expresado en la iglesia de cada localidad o ciudad, según el Nuevo Testamento de realidades espirituales.

 

La Luz de Dios, cuyo esplendor es Cristo, brilla por el aceite del Espíritu, desde el depósito de la revelación divina, con plenitud séptuple, a través del organismo único que es Su cuerpo, el cual se asienta en cada localidad como la iglesia del lugar, para alumbrar también desde Dios a este mundo en tinieblas.

 

El oro del candelero representa la naturaleza divina, que ha de formarse en Su pueblo labrada a martillo; es decir, bajo la Palabra viva de Dios y el golpeteo de las circunstancias moldeadoras. El candelero es de una sola pieza, porque la iglesia es una y debe manifestar las características y la unidad de la naturaleza divina en la comunión práctica y visible del Espíritu de Jesucristo que alumbra por Su iglesia en cada localidad, a los ojos del mundo, para que éste conozca y crea (Jn.17:20-23).   

 

He allí la responsabilidad nuestra para colaborar con Dios conforme a Su palabra, y para no escandalizar al mundo con otros nombres y caracteres que el de Cristo, estorbando el propósito del Altísimo.

 

En Zacarías leíamos del depósito que alimenta al candelabro. El suministro proviene del depósito. La Iglesia ha recibido de Dios, por Jesucristo, mediante el Espíritu de la Palabra, un depósito que debe conservar. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”, escribía el apóstol Pablo a Timoteo antes de morir (2Tim.1:14);  Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga” (2Tim.2:2ª). Ya en su carta anterior le había escrito: “…guarda lo que se te ha encomendado” (1Tim.6:20).

 

El ministerio y la Iglesia en general no están, pues, colocados para distraerse en ocurrencias múltiples y disímiles, sino para recibir, contener, penetrar, disfrutar y también guardar, suministrar y expresar el buen depósito de Dios, según el suministro del Espíritu de la santa Palabra. Esto debe hacerlo la Iglesia y el ministerio en unidad y con luz plena, séptuple; no en división, ni en parcialidades incompletas que perjudican el testimonio de Jesucristo.

 

Según Efesios 1:22,23, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. De manera que el contenido primero y fundamental del depósito que hace brillar a la Iglesia, es Dios mismo; lo que Dios es, y lo que ha planeado y hecho. Éste Dios se nos ha revelado por el Hijo que es Jesucristo. El Espíritu nos suministra, pues, lo que es del Padre y Cristo (Jn.16:13-15; y 14:23).

 

En Cristo vemos, no solo a la naturaleza divina, sino también a la naturaleza humana perfecta. Vemos en Cristo Su kenósis o anodadamiento y despojamiento; vemos Su encarnación desde la concepción virginal en el vientre de la virgen María. Vemos Su nacimiento, Su crecer humano en estatura, gracia y sabiduría, vemos Sus pruebas y Su vivir humano perfecto, Sus muy significativas y abarcantes crucifixión, sepultura, resurrección, ascención, mediación, gobierno y regreso. Cada uno de estos ítems es riquísimo y se relaciona al depósito de la Iglesia. Lo es también la realidad, el suministro y la obra completa del Espíritu.

 

 En esta breve panorámica a vuelo de pájaro del buen depósito que ha recibido la Iglesia, captamos que sus primeros y fundamentales contenidos son la verdad de Dios y el mismo Dios de la verdad; la verdad de Cristo y el mismo Cristo que es la verdad; la verdad del Espíritu y el mismo Espíritu de la verdad; la verdad de la salvación y la misma experiencia y realidad de la verdadera salvación y liberación. Vemos también que la plena salvación es la recuperación total de hombre para el propósito eterno de la Deidad. Ese propósito, y todo el programa de la economía, o dispensación, o administración del Misterio antes oculto en Dios, es también ahora contenido del depósito, pues la Luz Divina de la Sagrada Revelación nos muestra quien es Dios, qué quiere, y hacia dónde va; también nos muestra cómo va hacia el pleno desarrollo y cumplimiento en nosotros de Su meta. Aquí se incluye también todo el ingrediente profético.

 

La meta de Dios para con nosotros, la cual debe llegar a ser nuestra meta, es ítem fundamental del depósito y de la economía del Nuevo Testamento. El Evangelio y el Misterio de la Economía Divina están intimamente relacionados al hombre, como también a todas las cosas. Por lo tanto, la verdad acerca del hombre, el para qué y el cómo de su creación, su constitución tripartita, es decir, en espíritu, alma y cuerpo, su caída y condición, su recuperación completa en Cristo, su configuración individual y corporativa a Cristo en la Iglesia, su destino final, etc., todo esto cabe dentro de los ítems importantes del depósito.

 

Al lado del hombre, considéranse también todas las cosas; la verdad de la vieja y de la nueva creación, su estado y propósito; la realidad angélica, la obra y la caída de Lucero, sus ángeles y el mundo, junto con su juicio, por sus etapas.

 

Entonces, la mima Iglesia, como parte fundamental del programa divino, y como la edificación de Cristo, victoriosa en Él sobre las puertas del Hades, en su doble aspecto: universal y local, su naturaleza, función, practicalidad, etc., es ítem básico del depósito, pues éste depósito es el suministro especial para la luz de ella, y está relacionado a la función de la Iglesia inseparablemente. Entonces, todo lo relacionado al reino y a la consumación, con todas sus minucias mayores y menores, se relacionan al depósito.

 

Todas las doctrinas y minucias menores, que tienen su lugar secundario en la Palabra, en relación a lo más fundamental, de parte de Dios, no deben dejar de relacionarse por nosotros a lo primero y central, en su debido lugar y ubicación. Muchas veces, son estas minucias tratadas desubicadamente, las que distraen y perjudican la misión principal y fundamental de la Iglesia, según el propósito y la Palabra divinos. Descubramos, pues, el buen depósito, y ahondémosnos en él, guardándolo, porque sólo él es el suministro que hace brillar la Luz de Cristo en la Iglesia.

 

Ante el depósito de Dios no podemos pretender ser originales, ni individualistas. Debemos, más bien, recibir, conservar, penetrar y trasmitir corporativamente el río pleno del Espíritu de verdad de la Palabra, el buen depósito que nos ha confiado Dios, y el cual, conteniéndole a Él y a Su obra, es patrimonio de la Iglesia universal en pleno. La verdad es una, y nos necesitamos todos, unos a otros, en Cristo, para contenerla y expresarla completa y apropiadamente, cual casa espiritual de la plenitud de Dios (Ef.3:18,19). Nuestro individualismo, o nuestro provincialismo congregacional, ajenos a la realidad y plenitud del depósito, y a la edificación conjunta del cuerpo, perjudican y mutilan el testimonio de Jesucristo. Aunque la administración de cada iglesia particular de localidad es local, un candelero por ciudad, sin embargo, el oro y la luz de todos ellos son lo mismo universalmente, puesto que se refieren a la naturaleza y gloria divinas.

 

Todo esto es apenas una consideración panorámica e incompleta, que obviamente debe completarse y complementarse en y por el cuerpo de Cristo, mediante el Espíritu.

 

Gino Iafrancesco V., 1985, Bogotá, Colombia.

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"HAGAMOS AL HOMBRE A NUESTRA IMAGEN, CONFORME A NUESTRA SEMEJANZA"

Por cristianogiv - 5 de Septiembre, 2007, 23:52, Categoría: General

 

HAGAMOS AL HOMBRE

A NUESTRA IMAGEN,

CONFORME A NUESTRA SEMEJANZA

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12º Campamento Nacional de iglesias en Colombia.

Finca Solnock frente a Barbosa, Santander, Colombia.

Enseñanza de la Palabra por:

Gino Iafrancesco V.

3 de julio de 2007

Oración

Querido Padre, te damos gracias porque nos has permitido llegar hasta aquí; ¡Y cómo nos has enseñado, Señor! Tú quieres que sigamos tomados de Tu mano, para que podamos sortear lo que resta, en estrecha unión contigo, en comunión contigo. Nosotros, Señor,  entregamos en Tus manos toda nuestra incompetencia, y la dejamos ahí, confiados en Tu infinita gracia. Te pedimos que nos concedas seguirte en el espíritu; ayúdanos a todos para que podamos estar atentos a Tu propia persona; sí, que podamos estar atentos a Ti, y que Tú nos puedas ayudar; enséñanos a dejarnos ayudar. Oramos en el nombre del Señor Jesús.  Amén.

Grano lleno en la espiga

 Inicialmente estaríamos tomando algunos versos de la Palabra, de diferentes lugares, puesto que toda la Palabra del Señor está interrelacionada. Entonces comenzaríamos con una parábola que aparece exclusivamente en el evangelio de Marcos, y que nos ayuda a tener una visión panorámica. Se encuentra en el capitulo cuatro del evangelio de Marcos. Solo Marcos la menciona; pero lógicamente que su contenido espiritual está a lo largo de toda la palabra de Dios. Entonces vamos a leer allí desde el verso 26 del capítulo cuatro inicialmente. Marcos, capitulo cuatro; vamos a ir leyendo desde el verso 26 hasta el 29.

"Decía además…"; tenía que completar el consejo de Dios; por eso Él dice también: "además"; siempre necesitamos tener en cuenta los "además" del Señor; son estos "además" los que completan el cuadro, los que nos dan la plenitud, los que nos dan el equilibrio.

"Decía además: así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota  y crece  sin que el sepa cómo." Así es el reino de Dios: como un hombre, y ese hombre tiene una semilla, y esa semilla tiene la capacidad de brotar durante la noche, no se sabe cómo; pero brota y crece sin que él sepa cómo. V28."Porque de suyo lleva fruto la tierra…". La tierra está programada para esto, gracias a Dios; "primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado."

La siega llega cuando el fruto está maduro; ese es el tiempo de la siega. El tiempo de la siega no es un tiempo cronológico, sino que es un tiempo “kairòs”. La palabra “cronos” se refiere al tiempo externo, se refiere al tiempo de los segundos, de los minutos, de las horas, de los días, de las semanas, de los meses,  de los años, de los milenios. Pero “kairòs” se refiere al tiempo de la sazón. "Sazón" es cuando las cosas han llegado a su punto; y ese es el tiempo que Dios está esperando; ese es el “kairòs” de Dios.

El Señor comparó el reino de los cielos con figuras del mundo vegetal, también con figuras del mundo animal, como los peces, como las ovejas, y con figuras del mundo mineral, como las piedras preciosas, como ellas se forman. Y aquí Él toma el mundo vegetal; y del mundo vegetal aprendemos una analogía, una parábola acerca del reino de Dios espiritual.

 Hay un “kairòs”; y ese “kairòs” se ha de dar; la semilla que fue plantada producirá el efecto del fruto en su “kairòs”; eso, gracias a Dios, no faltará; gracias a Dios que podemos mirar a aquella palabra que salió de la boca de Dios, la cual tiene el poder  de realizar, como cantábamos aquí, "lo que Él se propuso cuando la envió". Es bueno, entonces, que miremos un poco a la semilla que fue plantada, para ver cuál es la cosecha que será recogida. Podemos decir con toda certeza que habrá una cosecha, que Dios recogerá la cosecha de lo que plantó. Esa es una cosa que Dios dijo que El haría; es algo que decidió la Santa Trinidad en Su consejo eterno; y por lo tanto, quiera Dios que nosotros seamos testigos del cumplimiento, ojalá muy pronto, de ésto.

Para ver la semilla sería bueno, entonces ahora, que nos vamos al libro del Génesis; vamos a entender un poquito esta semilla; son cosas que los hermanos, yo creo que la mayoría, ya entienden; y estamos exponiéndonos una vez más, en la presencia del Señor, a Su palabra, a la luz de Su espíritu, para que Él mismo vivifique nuestro espíritu, nos nutra y fortalezca, creciendo en nosotros esa palabra.

 

Hagamos

En el Génesis, capitulo uno, en el verso 26, allí está la semilla que Dios sembró al principio y ha de cosechar en el ámbito del reino de Dios; aquí están dichas las palabras de otra manera; pero en el fondo se trata de algo igual; se trata de la misma cosa prácticamente. Entonces, vamos a leer aquí: "Entonces…", ya después de que había preparado todo lo demás; "Entonces…"; hacia ese “entonces” era que apuntaba el Señor; "…dijo Dios:", Elohim; dice aquí la palabra "Elohim": Dios, con esa terminación plural hebrea im implicando la Trinidad; aquí habla Dios en Trinidad; y lo sigue haciendo durante todo el verso: "hagamos…"; ya hemos hecho muchas cosas; pero antes de quedar satisfechos, antes de ponernos a descansar, hagamos algo especial; "hagamos…"; el Padre hace Su parte, el Hijo hace Su parte, el Espíritu Santo hace Su parte; y ese es un propósito de Dios. Dios ya sabía que vendría la caída; ya había diablo, o habría diablo. Claro que aquí,  cuando dijo "hagamos", se está refiriendo a una decisión eterna. Antes de haber diablo, ésta decisión ya estaba en el corazón de Dios; pero lógicamente que Dios comenzó a hacer al hombre después de que ya había diablo, después de que ya había rebelión, después de que ya había una tenaz oposición a Dios. Y es que a Dios nunca le preocupa ningún tipo de oposición. El lo dijo así de esa manera: "hagamos…".

De manera que Dios sigue haciendo esto; porque, cuando Él comenzó, Él no terminó de hacer todo lo que dijo: "hagamos…"; cuando El dijo: "hagamos…", Él pensó en algo más completo que lo que llegó a comenzar a suceder cuando Adán y Eva fueron creados y colocados en el jardín del Edén. Cuando Adán y Eva fueron colocados en el jardín del Edén, Dios comenzó a hacer, e hizo, pero no terminó de hacer, porque antes de que el plan se cumpliera con el hombre, con esta primera pareja, y con los hijos de esta pareja, que llenarían toda la tierra, hubo una oposición que Dios ya conocía; pero Dios ya había dicho antes: "hagamos…"; ya lo había dicho Dios; por lo tanto, a pesar de la terrible oposición de Satanàs, el Señor continuó trabajando. Él descansó del trabajo de la creación; pero como hubo una caída, entonces ha habido también un trabajo de redención; y por eso el Señor Jesús dijo: "mi Padre hasta ahora trabaja y Yo trabajo".

En cuanto a la creación, ya ese trabajo fue terminado, ya el Señor descansó de ese primer trabajo; descansó en el séptimo día; pero ahora, cuando apenas estaba comenzando ese séptimo dia, lo que el hombre había llegado a ser, pero sin que el hombre todavía alcanzase lo que estaba en Su corazón, vino ese accidente ya previsto por Dios. Y ese accidente no frustró a Dios; ese accidente era conocido de antemano por Dios; Dios lo permitió muy a propósito, porque Dios, cuando toma una decisión, lo hace con mucha sabiduría, y siempre lo hace conforme a Su carácter, y lo hace para un bien. Entonces, sí, Él permitió que se rebelara Lucifer; Él no lo hizo rebelarse; Lucifer se rebeló solo; pero Dios ya lo sabía y lo permitió. Dios permitió la caída de la tercera parte de los ángeles; permitió la introducción del mal en el cielo y en la tierra; Dios permitió la caída del hombre. Todo eso lo hizo Dios con un propósito.

Todo ese accidente, que fue previsto por Dios, en nada cambiaría la decisión de Dios cuando dijo: "hagamos…". Al contrario; ahora la cosa se puso más interesante; ahora se va a ver quién es Dios. Si no hay oposición, y si esa oposición no es terrible, y si el mal no es tan terrible, entonces no conoceríamos a Dios. Solo Dios es capaz de admitir una oposición tan terrible, y que llegue a haber una condición tan terrible; porque Él es Dios. No hay oposición para con Dios. No existe el dualismo. Nosotros tenemos oposición, y el diablo odia a Dios; pero como no le puede hacer nada, se propuso dañarnos a nosotros. Pero así como el diablo se propondría dañarnos a nosotros, el Señor se propuso antes hacernos a nosotros hasta el final. Él dijo: "hagamos…", y comenzó a hacerlo, y continuó ahora, después de la caída, haciéndonos; y en ésto es que Dios nuestro Padre, Su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo están ocupados; en ésto es en lo que ellos están ocupados; ésta es la principal ocupación del universo, la ocupación de Dios; las demás son subsidiarias, pero este es el asunto que está aconteciendo: "hagamos…".

Le haré

Antes de terminar de leer aquí en el capitulo uno, verso 26, en "hagamos", vamos a ver ese mismo hagamos en el capitulo dos. En el capitulo dos dice el verso 18:"Y dijo Yahvé Elohim (Jehová Dios): no es bueno que el hombre esté solo; le haré…"; ésta es otra vez en que Dios  hace; "…le haré ayuda idónea"; ¡oh!, cuando uno ve una pobre costilla, uno dice: pero ¿qué puede salir de ese pedazo de hueso? eso somos nosotros, un pedazo de hueso desprendido, ¿verdad?; pero Dios dijo; "le haré…"; con eso, con ese pedazo de hueso, "le haré ayuda idónea"; le haré; esto fue lo que el Padre dijo que haría, y eso es lo que el Padre ha estado haciendo. Porque, claro, nosotros sabemos que Adán y Eva, quienes fueron este hombre y esta mujer del capítulo dos, son figura de Cristo y la Iglesia, como se dice en Romanos 5, que Adán es figura del que había de venir; así que tenemos que leer estas frases con cierto cuidado; no estamos solamente leyendo una historia del pasado, aunque sí es algo histórico; Adán es el primer hombre histórico; si no hubiera habido un primer hombre histórico, no habrían otros; pero si estamos acá, es porque hubo un primero que fue él, y hubo una primera que fue ella. Pero cuando dice la Escritura, por el consejo íntegro de Dios, por el Espíritu Santo, que le fue dando esos regalitos al apóstol Pablo de poder ver allí esa figura de Cristo y la Iglesia, y por eso él siempre que habla de Cristo y la Iglesia, habla en relación con el hombre y la mujer:  dice en Efesios 5: “por esto…”; viene hablando de Cristo y la Iglesia; "por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia"; o sea que Pablo estaba viendo algo más que solamente un asunto natural; no estaba viendo solamente a Adán, sino que, a través de Adán, Dios estaba proyectando la figura de Cristo; y a través de Eva estaba proyectando la figura de la Iglesia; por lo tanto, cuando Dios dijo: "No es bueno que el hombre esté solo…", ¡ay!, qué ocurrencia tuvo nuestro Dios. Nosotros decimos, en vista de lo que nosotros somos, ¡en qué lio se metió Dios!, ¡en qué lio se metió con nosotros!; especialmente conmigo, y con algunos de ustedes; pero Él dijo: “hagamos…”, y  está haciendo; El dijo: "le haré…", y le está haciendo; ¿amén? Y lo que dijo que iba a hacer,   es una cosa inmensamente gloriosa; "le haré ayuda idónea". Que él pueda decir de ella: "Ésta es como yo"; y eso es lo que Él va a decir: ésta es como yo. El se va a presentar una Iglesia gloriosa, sin mancha y sin arruga, porque Él dijo: “hagamos…”, y eso es lo que El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están haciendo; eso es lo que Yahvè Elohim se comprometió a hacer,  e involucró todo Su poder, todo Su cariño, toda Su valentía, toda Su calidad divina en hacer esto; y en hacerlo con ese pedazo de hueso; hacer con lo que no es, para deshacer lo que es.

Al hombre

Entonces, volvamos allí de nuevo al capítulo uno, a la segunda expresión; "hagamos al hombre". Aquella semilla, de aquella parábola, el Señor Jesús, el Hijo del hombre, el prototipo del hombre, del nuevo hombre, el cuerpo de Cristo que sería el hombre que cumpliría el objetivo de Dios, cuando dijo: "hagamos al hombre". No dijo: "hagamos un hombre"; no dijo: "hagamos al primero de los hombres; vamos a hacer al marido de la Eva". Claro, eso está incluído, y ella en él; pero Él dijo: "hagamos AL hombre"; o sea, no se está refiriendo solo al primero; sino que se está refiriendo al género humano; se está refiriendo al hombre corporativo; "hagamos al hombre…"; eso es lo que Dios quiso hacer, y eso es lo que Dios está haciendo; y el hombre, ese hombre corporativo, es la ayuda idónea de Su Hijo amado; y Su Hijo amado es el prototipo del hombre; y no solo el prototipo como algo externo, sino el prototipo como contenido del hombre, para hacer al hombre a Su imagen.

A nuestra imagen

Entonces dice aquí, hagamos al hombre; otra vez habla en el plural; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; "…a nuestra…". Aunque en la divinidad el Hijo solamente es la imagen, el Padre y el Espíritu Santo con el Hijo dicen: "nuestra imagen"; porque el Padre, que no es la imagen, sino que el Hijo es la imagen, el Padre se siente representado perfectamente en esa imagen la cual es Su Hijo; todo lo que el Hijo es, el Padre lo es; digamos nosotros, hablando lógicamente, no ontológicamente, porque en la Trinidad no hay primero, pues el Dios trino en el sentido cronológico y ontológico es eterno; pero en la subsistencia del Hijo, éste aparece como Unigénito del Padre, y el Padre aparece como Padre del Unigénito; pero el Padre se siente representado en el Hijo; El dice: "Hijo, si te ven a ti, me ven a mi; si te conocen a ti, me conocen a mi; si te reciben a ti, me reciben a mí; si te honran a ti, me honran a mí; porque yo quiero que toda mi plenitud more en ti; todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío". Por lo tanto, el Padre se siente perfectamente representado en el Hijo; y eso es lo que significa la palabra imagen.

Carácter

En el Nuevo Testamento aparece la palabra “imagen” varias veces; y entre esas veces, algunas de ellas las usa Pablo, si no le atribuímos Hebreos a Pablo; yo se lo atribuyo a Lucas; pero las otras veces, en Segunda a los Corintios 4:4, en Colosenses 1:15, aparece Pablo usando en griego la palabra “imagen”, que luego utiliza también la epístola a los Hebreos, igualmente como imagen. La palabra “imagen”, en el idioma griego, es "carácter"; la imagen es el carácter. Así como a las letras de una máquina de escribir también se les llama “caracteres”, que son la exacta reproducción o representación; eso es lo que está incluido en la palabra “carácter”; está incluido el sentido de representación fiel. Una representación que pueda ser reconocida por el Padre. nosotros sabemos que el Padre reconoció la representación que de El hizo Su Hijo; "Éste es mi Hijo amado, en el cual yo tengo contentamiento; a él oid"; y Jesús decía: "las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el que me envío me ha dado mandamiento de lo que he de decir y de lo que de hacer". Él vivía en estrecha comunión con el Padre, conociéndolo en Su íntimo, para poder representarlo fielmente, sin exagerar, sin desequilibrio, sin acrécimos, sin carencias, sin una representación infiel. El Hijo es la imagen del Dios invisible. El que ha visto al Hijo, ha visto al Padre; el Padre es conocido en el Hijo; el Hijo representa, canaliza, colabora, hace todo juntamente con el Padre, y no solo juntamente, sino como Él dijo también, Igual que el Padre. O sea, como se dice en la Escritura: “el Hijo ama al Padre”; y como el Padre ama al Hijo, entonces, porque lo ama, le muestra las cosas que Él hace, para que el Hijo las haga con Él igualmente. Dios, porque ama, muestra. Dijo también: ¿acaso voy a ocultarle a Abraham mi amigo lo que voy a hacer?; si es mi amigo, ¿cómo me voy a quedar callado con mi amigo?, ¿acaso no voy a conversar con mi amigo de las cosas que estoy pensando hacer? Dios hace eso; Él muestra a los que El ama. El Padre ama al Hijo, y le muestra las cosas que el Padre hace, para que el Hijo  las haga igualmente. Igualmente quiere decir: en estrecha comunión con El, y en representación de El; o sea, el Padre es el que hace con el Hijo, en el Hijo, por el Hijo y para el Hijo también todas las cosas. Entonces; eso el que quiere decir “igualmente”. El Padre involucra al Hijo en todas las cosas que Él hace.

En Proverbios 8, aparece el Hijo llamado como el arquitecto del Padre, especialmente en algunas traducciones; especialmente en portugués, cuando habla la Sabiduría Divina que es el Verbo divino, allí dice: "era yo su arquitecto delante de El,… y conmigo tenía sus delicias", desde antes de la fundación del mundo; y en la fundación del mundo el Hijo está delante del Padre, y el Padre lo está haciendo todo con el Hijo; y el Padre y el Hijo lo están haciendo todo mediante el Espíritu del Padre y del Hijo. El Espíritu contiene y es la comunión del Padre y del Hijo; Él es el agente que nos comunica lo que Dios es, y el que aplica lo que Dios hace. El Padre lo hace todo por el Hijo, y el Padre y el Hijo lo hacen todo con el Espíritu Santo, que es Espíritu del Padre y del Hijo, y es el Espíritu que ontológicamente, metafísicamente, teológicamente proviene del Padre y del Hijo. El Padre es el Amante, el Hijo es el Amado que también ama, y el Padre, por eso, también es amado; y el Espíritu es el Amor eterno compartido y pleno del Padre y el Hijo; el Espíritu contiene y es el Amor del Padre y el Hijo; por eso al Espíritu de le llama: el Espíritu del Padre; y se le llama también: el Espíritu del Hijo. En Mateo el Señor Jesús le llamo: "el Espíritu de vuestro Padre"; y  en Gálatas  Pablo dijo que "Dios ha dado en nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo"; Espíritu del Padre y Espíritu de Su Hijo. El Espíritu, que proviene del Padre y del Hijo, es la Subsistencia Divina procedente de la comunión íntima y eterna del Padre y el Hijo. Por eso es que es por medio del Espíritu que nosotros somos introducidos  en el Hijo y en el Padre y en el cuerpo de Cristo.

Imagen y semejanza

"Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…"; imagen, tiene, pues, que ver con representación; y semejanza tiene que ver con compañerismo, tiene que ver con afinidad, tiene que ver con tener un mismo sentido, un mismo propósito, un mismo espíritu, un mismo carácter; todo eso está implicado en la semejanza; esas dos cosas tienen que estar juntas; para que pueda haber representación, tiene que haber semejanza; si no hay semejanza, ¿cómo va a ver representación? Entonces, por eso es que el Hijo conoce al Padre, contiene al Padre, lo conoce íntimamente, concuerda con El, es uno con El, no solamente en esencia; porque ellos tienen y son la misma esencia, porque son un  mismo  Dios; pero como personas también son uno moralmente, también son uno en propósito, como dicen los testigos de Jehová; ellos dicen solo la parte de que son uno en propósito, mas dicen que no en esencia; pero es en las dos cosas, tanto en esencia como en propósito.

Hay una relación tan estrecha entre el Padre y el Hijo y que es el Espíritu, la cual es el prototipo de lo que se le ocurrió a Dios hacer de la Iglesia, que es el nuevo hombre, o el hombre que El se había propuesto. Cuando El dijo: "hagamos al hombre…", Dios sabía que muchos hombres no llegarían a ser hombres en el sentido propio y pleno de las posibilidades de la raza; solamente la Iglesia llegará a ser el hombre que Dios tenía planeado cuando dijo: "hagamos al hombre…". El ya conocía de antemano, desde antes de la fundación del mundo, que la Iglesia es el hombre que Él conocía y en el que Él pensaba cuando dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”.

En función del Hijo

Entonces, fíjense en que por el solo hecho de ser humanos, y mucho más, por el hecho de ser la Iglesia, nuestro ser está totalmente creado en función de la relación íntima con el Señor Jesús. Nosotros somos creados a Su imagen, porque cuando El dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen…”, la imagen de Dios es el Hijo de Dios, como lo enseña Pablo. Pablo dice en Segunda a los Corintios 4:4: "…Cristo, el cual es la imagen de Dios". Cuando Dios pensó en el hombre, lo pensó en estrecha relación con Cristo; al no estar en estrecha relación con Cristo, el hombre ya no es el hombre normal; es un viejo hombre, es un sub-hombre, es una degeneración, una degradación; nunca se realizará el hombre en sí mismo. El hombre solo se puede realizar en estrecha e íntima relación con Dios el Padre, en el Hijo de Dios, y por el Espíritu de Dios; por eso el hombre siempre estará insatisfecho, siempre tendrá esa melancolía del sin-sentido, del absurdo corroyendo, mientras no esté en comunión, como una esposa, ayudándole idóneamente al Hijo de Dios; el hombre no tendrá sentido, el hombre será un absurdo, si no está en comunión con el Señor, viviéndolo y representándolo idóneamente; siempre habrá una falta, siempre habrá un vacio; no habrá significado en la vida; y eso es lo que testifican los mismos ateos; no somos los creyentes los únicos que hablamos de esas cosas; los ateos son los que hablan de sus vacios, de su melancolía, de su absurdo, de su sin sentido; son ellos los que hablan de eso; son ellos los que pusieron de moda esas palabras, los ateos. Decía Schopenhauer: "lo mejor habría sido nunca haber existido; pero ya que existimos, lo mejor que puede haber es morir". ¿Por qué él hablaba así? porque él era ateo; él no se soportaba, no soportaba la existencia, el vacío, el váguido del abismo; porque el hombre fue creado para ser sustentado por el contenido del Hijo, y sin ese contenido, uno está en el abismo, uno no puede aguantarse; es una desesperación terrible, es un infierno.

Imagen

Entonces dijo el Señor: "hagamos al hombre a nuestra imagen…". En Colosenses 1:15, también viene hablando Pablo de que Dios, a la Iglesia, nos ha trasladado de la potestad de las tinieblas al reino de Su amado Hijo; del Hijo dice: “el cual es la imagen del Dios invisible"; o sea que el Hijo es la imagen del Dios invisible, es la exacta representación, la impronta, el carácter de Dios, el Hijo. Y en Hebreos, que yo pienso que lo escribió Lucas, mas este no es el tema, sino que es un tema periférico, dice ahí en Hebreos, capitulo 1:1ss: "Dios, habiendo habla do muchas veces, y de muchas maneras, en otro tiempo, a los padres, por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado  por el Hijo…" Ahora Dios habla por el Hijo. Los profetas tenían algo del Hijo; era el Espíritu de Cristo el que hablaba en ellos;  tenían un anticipo, una tipología, un prototipo, porque el Señor Jesús  no solamente es del linaje de David, sino también la raíz de David; pero ahora la plenitud del hablar de Dios, es el Verbo, que es la palabra con la cual Dios se autorevela, se expresa y se da; el Verbo es el Hijo. Entonces dice: "…en estos postrero tiempos nos ha hablado por el Hijo, a quien (el Hijo es un quien, es una persona subsistente desde antes de la fundación del mundo con el Padre, porque el que no confiesa al Hijo es un mentiroso) a quien constituyo heredero de todo, y por quien (Dios, el Padre, por este quien, por esta persona del Hijo creó todo; el Hijo es antes de la creación y el Hijo es en la creación; el Hijo es el Unigénito de Dios) por quien (por este Hijo) constituyó el universo; el cual, siendo… (fíjense en esta expresión aquí del autor inspirado; es una definición inspirada , una confesión del Espíritu que viene a glorificar al Hijo; eso es lo que hace el Espíritu Santo, nos abre los ojos en cuanto al Hijo; los ojos del corazón); y dice: el cual… (el Hijo, el Hijo heredero y el Hijo creador, el Hijo arquitecto, el Hijo amigo, el Hijo de la gloria, el Hijo gloria), el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma…" (aquí dice: el carácter, otra vez) de su sustancia.. (dice aquí; dice el griego: su hipóstasis, su subsistencia, el carácter; o sea que la exacta reproducción, la representación fiel de la persona del Padre, es la persona del Hijo; el Padre es invisible; el Hijo es la imagen, la representación o carácter; el carácter de la subsistencia del Padre es el Hijo, la exacta reproducción; como decía el Concilio de Nicea : Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero; y eso lo dice basado en los apóstoles; eso lo dice Juan en primera de  Juan 5:20 : "Sabemos que el Hijo de Dios ha venido para darnos a conocer al que es verdadero, y estamos en el verdadero,( en el único Dios verdadero), en Su Hijo  Jesucristo; este es el verdadero Dios y la vida eterna". Cuando dice: este es verdadero Dios, es el Dios revelado, es el Dios dispensado; por eso es que incluye al Hijo, y también al Espíritu Santo; "Éste es el verdadero Dios y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos." Todo lo demás son ídolos. "Este es el verdadero Dios", el único Dios verdadero; a nuestro Padre lo conocemos por el Espíritu en el Hijo. El Hijo de Dios es la imagen de Dios; Él es un prototipo, y esta expresión, que utiliza aquí el autor a los Hebreos por el Espíritu Santo, tiene origen en el Antiguo Testamento.

¿Por qué estamos viendo esto? porque en esto era que estaba pensando Dios, acerca de nosotros, cuando dijo: “hagamos”, cuando dijo: “le haré”; y esto es lo que Él está haciendo; a ésto es a lo que Él nos está llamando; y Él sabe cómo llevarnos, El sabe cómo conducirnos.

Visión de la semejanza de la gloria de Yahveh

Entonces les invito a que abramos Ezequiel capitulo 1, para que miremos allí algunas expresiones interesantes al final del capítulo. Allí la sociedad bíblica le puso un titulo a este capítulo: "La visión de la gloria divina". ¡Oh!, qué título. Cuando Dios dijo: hagamos al hombre, Dios estaba pensando en la Nueva Jerusalén. Entonces vemos que la sociedad bíblica no se equivocó con este título: "La visión de la gloria divina"; ahí hace una descripción primeramente, digamos, periférica, para llegar desde los atrios  hacia el lugar santísimo. Y después de describir aquellos querubines, etc., entonces llegamos al final del capítulo y leemos desde el versículo 26. Vamos a leer estos tres últimos versos del capítulo de la visión de la gloria divina. Versos 26 al 28: "y sobre la expansión que había sobre sus cabezas (las de aquellos querubines; sobre ellos había una expansión, y no en, sino sobre la expansión; que es como un cielo abierto) que había sobre sus cabezas se veía la figura de un  trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza…"  (les llamo la atención a esa expresión, "semejanza como de hombre". El Verbo no se había encarnado, pero el Verbo, antes de la encarnación, que es la imagen del Dios invisible, que es el resplandor de la gloria de Dios, ya era el prototipo para el hombre; ya era el prototipo; y el Verbo todavía no se había hecho hombre, pero ya era el prototipo para cuando el hombre fuera hecho. El hombre fue hecho conforme a este prototipo; y por eso el Espíritu Santo utiliza esta expresión y dice: "había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él". Claro, Ezequiel está hablándonos a nosotros para que nosotros entendamos; pero esta semejanza, que parecía como de hombre, ya existía antes que existiere el hombre; fue el hombre el que fue hecho en relación con esta semejanza, y no esta semejanza en relación con el hombre. Esta semejanza como de hombre es el prototipo conforme al cual fue creado el hombre.

Entonces ¿estamos entendiendo el supremo llamamiento de la Iglesia? Ahí vamos a entender lo que quiere decir "…y señoree…( domine)"; le fue dado al hombre representar a Dios en la medida que sea semejante a Él, y en Su nombre reinar, en Su nombre ejercer la autoridad delegada por Dios por medio de la semejanza y la representación. Entonces dice aquí en Ezequiel 1, verso 26: "y sobre la figura del trono había una semejanza  que parecía de hombre sentado sobre él.  Y vi apariencia como de broce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor…". Oh, dentro y en derredor; eso es lo que quiere decir representación; ese fuego primero está dentro, y entonces después esta en derredor; dentro y en derredor; y dice: "desde el aspecto de sus lomos para arriba…"; esa palabra "aspecto", es la misma que usa Juan en Apocalipsis cuando vio el trono de Dios; y lo que vio era el aspecto del que estaba sentado en el trono; habla del aspecto, que es  la imagen; "hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza"; y aquí estamos leyendo acerca de ese prototipo, destinado al cual fue creado el hombre. Entonces dice: "vi que parecía como fuego, y que tenia resplandor… "; la misma palabra que utiliza allá el autor a los Hebreos con el de Colosenses: "Él es la imagen del Dios invisible, el resplandor de su gloria"; de la gloria divina, de la gloria de Dios. Entonces dice aquí:"y vi que parecía como fuego y que tenia, y que tenia resplandor alrededor. Como parece el arco iris…" Así como lo vio también Juan en el capítulo 4, "que está en las nubes  el día que llueve; así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Yahvè."

Esta frase es muy importante; eso es lo que él estaba tratando de escribir; dice: "Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Yahvè. Y cuando yo la vi, me postre sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba." Y ahí fue cuando le entregan un rollo a Ezequiel, escrito por dentro y por fuera; y él se come ese rollo y empieza a profetizar; y todo eso que él se comió, se convirtió en el libro de Ezequiel. El libro de Ezequiel es lo que el profetizó, que fue lo que él se comió, que fue lo que él recibió delante de la gloria de Dios.

Entonces, ¿si se dan cuenta, hermanos, de las expresiones de Génesis, las expresiones  de Hebreos, las expresiones de Ezequiel, y las de Pablo también en Romanos, cuando dijo: "…a los que antes conoció, a estos predestinó para ser hechos (hagamos, le haré) conformes (conforme a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza) conformes  a la imagen del Hijo de Dios." O sea, esas frases de Pablo tienen origen en las frases del Génesis, y en las demás frases que también tienen sus raíces ahí.

Conforme

"Hagamos al hombre conforme…"; ay!, cómo duele esa palabra, conforme; significa ser conformados para no distorsionar, para no acrecentar, para no quitar, para no cambiar, sino para representar al Señor. Dios quiso una criatura  en la cual se pudiera sentir representado como se siente representado en Su Hijo. Digamos que el Padre está tan contento con lo que le da a Su Hijo, que quiere darle  a Su Hijo lo que Su Hijo le da a Él. Por eso le da una Iglesia al Hijo, para que todo lo del Padre sea también del Hijo. El Padre tiene contentamiento en el Hijo, el Padre tiene la adoración del Hijo, porque el Hijo llama a Su Padre: "mi Dios"; "Voy a mi Dios y a vuestro  Dios, a mi Padre y a vuestro Padre"; el Hijo le llama Dios al Padre, como también el Padre le llama Dios al Hijo: "Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo". Entonces, el Padre  está tan satisfecho con el Hijo, que le dijo al Hijo: "Te haré una ayudadora idónea"; lo que Yo recibo de ti, Hijo, quiero que Tú lo recibas de la Iglesia; Tú eres mi Único, mi Unigénito; pero te voy a hacer Primogénito  entre muchos hermanos. Por medio de Ti mismo, Hijo, vamos a hacer los tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, esto. Y eso es lo que Dios se puso a hacer, y eso es lo que Dios está haciendo; y en el kairòs de Dios, cuando el grano esté maduro, cuando la vida de aquel grano se haya formado  en la historia de la Iglesia para reproducirse al final exactamente como era al principio, entonces llega la siega. La siega no llega con el tiempo “cronos”; la siega llega con el tiempo “kairòs”; la siega llega cuando la Iglesia esté en su sazón; cuando la novia se haya preparado para el casamiento.

Casamiento y delegación

Piense en un casamiento; el casamiento es hacerse los dos uno; de manera que él se siente representado en ella, y todo lo que es de él es de ella, y todo lo que es de ella es de él. Entonces en esto es en lo que está ocupado  Dios con nosotros, tanto en lo personal, como en lo eclesial. Toda la historia de nuestra vida personal, y toda la historia de la Iglesia, tiene el objetivo, de parte de Dios, de hacer a esta ayudadora idónea, este hombre colectivo, corporativo, que es la Iglesia; hacerlo conforme, conformarlo  a la imagen de Él, para que lo pueda representar, para que lo pueda canalizar, para que Dios le pueda delegar cada vez más. En la medida en que ella se va pareciendo a El, más se le va delegando; porque Dios es un Dios que es amor; Dios es un Dios que lo quiere es delegar. Así como El delegó al Hijo, ahora el Hijo delega al Espíritu, y el Padre y el Hijo, por el Espíritu, delegan a la Iglesia. Dios siempre está delegando; Dios delega; Dios es un Dios que delega, Dios es un Dios al que le gusta hacer las cosas con nosotros, y nos está enseñando a hacer las cosas juntos, como el marido con la esposa, los padres con los Hijos, los gobernantes con los súbditos, los ancianos con los santos; el principio de delegación es el principio de participación. Es Dios participándose El mismo; porque El no tan  solamente nos quiere dar  cosas; ciertamente Él nos da todas las cosas; la Biblia dice de "Aquel que no escatimó a Su propio Hijo, cómo no nos dará también con Él todas las cosas”; pero todas las cosas no son sino solamente el postre; lo que El nos quiere dar es el Mismo por Hijo en el Espíritu.

Todas las cosas con el Hijo

Ahora, si nos dio al Hijo, ¿cómo no nos va a dar también todas las cosas? Todas las cosas no son nada comparadas con el Hijo; si nos dio al Hijo, todas las cosas están ahí por añadidura; todas las cosas son pura añadidura; lo que en verdad nos quiso dar es Él mismo en el Hijo; Él mismo puso al Hijo como prototipo, y a ese prototipo como sustento dinámico, como vida para meterse en nosotros, para transformarnos de adentro para afuera, para que nosotros lo vamos conociendo puesto que está aquí, cada vez más íntimamente; oyéndolo a El, oyendo Su voz, comprendiendo Su carácter, como se nos enseñaba, que el hombre no se gloríe en otra cosa sino en entenderlo y conocerlo; simpatizar con el Espíritu de tal manera que no queramos ser algo distinto a lo que El es, y poder representarlo; igualmente con Él hacer lo que Él está haciendo durante toda la historia; porque Dios siempre está trabajando; ahora el trabajo de Dios es ese; el de la creación ya terminó; ya descansó de la creación; ahora tiene el trabajo de introducirnos en el descanso de El; y como no hemos entrado, como parece que muchos no han entrado en Su reposo, entonces Él está trabajando en eso. "Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo"; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo siguen trabajando en esto; esto es el trabajo que Dios está haciendo. Eso es lo que explica todos los pasos de la historia personal de cada uno, y lo que explica todas las vivencias de la Iglesia en su historia. La razón de nuestra experiencia personal, y la razón de la experiencia de la Iglesia, es la formación del Hijo; es que seamos hechos a la imagen del Hijo. Él dijo, hagamos esto; en eso es que Dios está. Mientras no sea el Hijo  en nosotros, todo está mal hecho, eso no lo hizo Dios, eso lo hemos hecho nosotros con el diablo, siguiéndole la corriente a él. Pero lo que Dios hace es otra cosa; lo que Dios dijo: hagamos, es lo que Él está haciendo; lo demás, como dijo el hermano Eliseo Apablaza, es pura paja, pura paja.

Formación del Hijo

Lo que Él está haciendo es formando al Hijo, que nosotros recibamos al Hijo, vivamos por el Hijo, nazcamos del Hijo, tengamos comunión con el Hijo, y en esa comunión simpaticemos con El, teniendo el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús para poder representarle. Si el Padre no ve a Su Hijo representado en nosotros, dice: ¡Uy!, cuanto trabajo tengo todavía; parece que  hay cronos, pero kairòs todavía no! Mientras Él no vea eso, Él no está satisfecho. Pero esto es lo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dijeron que harían: hagamos esto; le haré esto a mi Hijo; y eso es lo que El está empeñado en hacer; Él está empeñado haciendo esto, y debemos entenderle a Dios, y todo lo que nos pasa, pues todo es controlado por la mano de Dios para producir esto. Si amamos a Dios, colaboraremos con Dios para producir esto.

Amarle

¡Ah!, Él tiene que enseñarnos a amarlo, amándonos Él primero. A medida que vamos siendo convencidos de esto, entonces nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero; ese es el varón; tiene que amar primero; y es por el amor de Él que ahora nosotros le amamos; pero vamos aprendiendo, y le pedimos a Él que nos enseñe a corresponderle; no importa que seamos nada; eso es lo que somos; pero Él, con la nada, con lo que no es, con lo vil y lo menospreciado, con lo que no sirve para nada, Él decidió avergonzar al diablo.

El adversario

¡Ay, ay¡; ese diablo tiene unas risitas burlonas!; aparece en los ojitos de algunos; a veces hasta de los hermanos, desafiándonos, burlándose. Y dice: - ¡usted qué viene a hablar de esto!- Ese diablo se va a quedar avergonzado. Que el Señor nos de la disposición de Su Hijo, que Él nos dé el rostro de Su Hijo como cuando iba para Jerusalén; para que esa risita burlona de Satanàs se le apague de sus labios. El Señor avergonzará una vez más a Satanás. Él se propuso deshacer las obras de Satanás, y con lo que no es, avergonzar lo que es. Satanás ahora se ríe, se ríe burlonamente de nosotros, nos menosprecia; pero eso no será para siempre; Dios dijo: "hagamos", y eso es lo que Él está haciendo; le haré a mi Hijo ayudadora idónea. Y se la va a hacer en las narices del diablo; inclusive, usándolo a él. El diablo solo es un sparring para Dios enseñarnos a boxear; el diablo será avergonzado; es lo que más debemos desear; tenemos que clamar como aquella viuda: "Señor, hazme justicia de mi adversario"; no quiero que se burle de mi; como le decía Pablo a Timoteo: "Timoteo, ninguno tenga en poco tu juventud". Cualquier risita burlona de Satanàs, cualquier miradita de esas satíricas, irónicas, va a desaparecer de su mirada, y cualquier sonrisita de esas va a desaparecer de su boca, cuando el Señor presente a Su Hijo una esposa ayudadora idónea.

Eso es lo que Dios está haciendo. Y para eso es que Él nos llamó; para eso es todo lo que vivimos; y para eso ha sido la historia de la Iglesia como ha sido. No hay otra cosa que Dios haya estado sacando con provecho, sino el olor y la imagen de Su Hijo Jesucristo. Esto es lo que Dios está haciendo. 

 

Vamos a decirle a Dios, Señor, aquí estamos, no, vamos a ser la que Pedro nos enseño a no hacer, ah Señor mi vida pondré por ti; vamos a decirle, Señor, ojala tu consigas lo que quieres con nosotros, aquí estamos.

Autor: Gino Iafrancesco V., Colombia 2007.

Trascripción: Iván Darío Páez Torres.

Revisado por el autor.

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