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Marzo del 2012

PARÉNTESIS DE RECONSIDERACIONES DE LA OBRA Y LA IGLESIA

Por Gino Iafrancesco V. - 28 de Marzo, 2012, 21:41, Categoría: General

PARENTESIS DE RECONSIDERACIONES DE LA OBRA Y LA IGLESIA. Localidad de Teusaquillo. (10 de septiembre de 2010). Gino Iafrancesco V.. Vamos a hacer un paréntesis necesario por causa de la coyuntura espiritual, pero también tengo aquí un documento que después quiero pasar a los hermanos. En el día de hoy es necesario hacer un pequeño paréntesis de mi parte. Hemos estado siguiendo una serie sobre “El motivo de la casa de Dios” en la Biblia, y llevamos unos capítulos iniciales; creo que 3; y estaba procurando atender en el espíritu si debía dar continuidad al capítulo 4; pero también hay unas cosas que necesitaba decir a los hermanos; y entonces, atendiendo cual de las dos cargas pesaba más, sentí que era necesario hacer el paréntesis, por causa de los tiempos; y después, si Dios lo permite, continuar con la serie; no sé si es posible hoy; depende del tiempo que nos tome; sin embargo, no quisiera ir muy rápido; quisiera que expliquemos las cosas lentamente por la Palabra. Los que me puedan seguir en su Biblia, les ruego que la sigan. Quisiera que miráramos un pasaje bien conocido de algunos hermanos, que está en Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 13, desde el versículo 1: “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre…” Colocamos los puntos suspensivos allí. Algo muy relacionado con lo que acabamos de leer aquí se encuentra en Romanos capítulo 1; si los hermanos quieren acompañarme a Romanos 1 inicialmente: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios”; esa palabra que dice aquí: “apartado para el evangelio de Dios”, tiene que ver con lo que acabamos de leer en Hechos 13, cuando el Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”. Un tercer verso semejante está en Gálatas capítulo 1, versos 1 y 2: “Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos), y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia)”. Volvamos allí al capítulo 13 de Hechos donde iniciamos, y quería llamarles la atención primeramente a la distinción que existe entre la iglesia en cada localidad y la obra regional del Señor. En el capítulo 13 leíamos de lo que escribe Lucas inspirado por el Espíritu Santo, que “había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía…”; entonces la Palabra nos habla de la iglesia en Antioquía; o sea, es la iglesia de la jurisdicción local; y en la Biblia se habla también de la iglesia en Jerusalén, de la iglesia en Éfeso, de la iglesia en Pérgamo, en Esmirna, en Sardis, en Tiatira, en Filadelfia, en Laodicea, y también Cencrea, en Tesalónica, en Filipos, en Colosas; o sea que una ciudad dentro de su aspecto normal es la jurisdicción de una iglesia; nunca aparece en la Biblia, en ningún versículo, que en una localidad, municipio, ciudad, o aldea, haya más de una iglesia; es solamente un candelero; eso cuando se refiere a ciudad, municipio, pueblo, o aldea dentro de su normalidad. Ya en los casos metropolitanos, o sea que van más allá de una localidad, como es el caso, por ejemplo, del Distrito Capítal, es diferente; el Distrito Capital está formado por varios municipios que anteriormente estaban alejados, y cada uno de ellos, incluso hasta hoy, tienen su propio alcalde local, su propia junta de ediles; y luego, por ir creciendo los unos y los otros, se fueron juntando, y fueron creciendo, y llegaron a conformar un distrito, que es un caso más allá de una localidad. En Colombia un distrito es cuando dos o más municipios se juntan y conforman un área metropolitana mayor a la jurisdicción de una localidad, o un municipio, o un pueblo, o una aldea. En Colombia, ese caso se da en muchas partes; hay varios distritos en Colombia; está el distrito de Cartagena, el de Santa Marta, el de Barranquilla; por ejemplo, el de Barranquilla incorpora Soledad, Malambo, Puerto Colombia, etc. Y así, en otros lugares. En el caso de Bogotá, de entre todos los distritos de Colombia, Bogotá es el capital; por eso se habla de Bogotá D.C., Distrito Capital; pero ahí adentro está el municipio de Usaquén, que viene desde antes de los españoles; está el municipio de Suba, que viene desde antes de los españoles, incluso con el mismo nombre. No sé si ustedes saben que el cacique Suba, con el nombre Suba, de donde viene el nombre del municipio o localidad, fue el primero que recibió al Dios Todopoderoso entre los muiscas, por la evangelización de Domingo de las Casas, que vino con Gonzalo Jiménez de Quesada; el primero que creyó en el Dios verdadero que traían los católicos hasta su medida, hasta donde ellos entendían, fue el cacique de Suba. Entonces esos municipios, cuando yo era niño, estaban distantes. Yo me acuerdo que cuando iba a ir para Suba era un viaje largo. Hoy en día ya se unió con esta metrópolis de 7 millones de habitantes, que creo que estoy atrasado en los datos. Entonces en el caso del Distrito, como en la Biblia no existen iglesias distritales, ni existen iglesias provinciales, ni iglesias departamentales, ni nacionales, sino locales, por eso Suba es la jurisdicción suficiente de una iglesia local, de un candelero así como este de Antioquía. En el caso, por ejemplo, de Corinto, estaba pegado con su puerto que se llamaba Cencrea; estaban formando un área metropolitana; sólo que Corinto estaba un poco más adentro, y Cencrea más afuera; Efeso más adentro, y Mileto más afuera, en el puerto; como decir Barranquilla y Puerto Colombia, que hoy son un distrito; y así la Biblia habla de la iglesia en Corinto y de la iglesia en Cencrea, y las iglesias de Acaya. Entonces, cuando la Biblia habla en singular, quiere decir que no debe haber división de la iglesia en esa localidad, porque es en singular; la iglesia en la localidad es una sola, es un candelero con varios brazos; puede reunirse en muchos lugares, pero todos esos brazos forman un solo candelero, una sola pieza, y tiene un solo gobierno y una sola supervisión; no digo una sola persona, sino un gobierno que tiene los límites de la localidad. Cuando Pablo dejó a Tito en Creta, vamos mejor a leerlo allí en la epístola a Tito. La isla de Creta es toda una isla que se llamaba Caftor; entonces, dice Pablo allí en el capítulo 1, cuando viene hablando en el verso 5 y dice: “Por esta causa te dejé en Creta…”; ¿por qué dice: te dejé? Porque cuando Dios dijo: Apartadme a Bernabé y a Saulo, Dios mencionó esos nombres propios; y luego Pablo dice que “llevó consigo a Tito”, y: “te dejé”; no se quedó, sino que fue dejado; él se hubiera podido quedar para hacer lo propio de él; es una persona libre, y puede hacer lo que quiere con su vida; pero como estaba participando con Pablo en la obra, entonces estaba participando de lo que le fue encomendado a Pablo; entonces Pablo lo dejó en Creta; dice: “te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente…”; esa es una, no es la única, ni la primera, es una de las funciones de los obreros; “…y establecieses ancianos en cada ciudad”; o sea que la jurisdicción de los ancianos es la misma que la de la iglesia; si la de la iglesia es la iglesia en Antioquía, los ancianos son los ancianos en Antioquía; si la iglesia es la iglesia en Éfeso, dice que él llamó a Mileto a los ancianos de la iglesia de Éfeso; los ancianos de la iglesia en Éfeso tenían a Éfeso como su jurisdicción; los ancianos de cada una de las iglesias de la isla de Creta, tenían su propia ciudad como la jurisdicción de su servicio al Señor. ¿Qué quiere decir: “Obispo”, que es lo mismo que “Anciano”? Como lo ven acá, dice: “establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé; el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía. Porque…”, note esa palabra de continuidad de contexto: “Porque es necesario que el obispo…”, y ahora cambia la palabra “anciano” por “obispo”, mostrando que son las mismas personas, pero con nombres distintos, así como si fuesen sinónimos, banco, silla, asiento; es una misma cosa; entonces “anciano” se refiere a los hermanos más antiguos y más maduros que son reconocidos por el Espíritu Santo; y la palabra “obispo”, que viene del griego “epíscopo”, significa supervisores, sobreveedores o superintendentes; o sea, hermanos que están mirando, que están cuidando. Si ustedes quieren ver conmigo allí en la 1ª epístola a Timoteo, capítulo 5, dicen los versos 17 hasta el 20 lo siguiente: “Los ancianos que gobiernan bien…”; ahí nos vamos dando cuenta de que el círculo se va haciendo cada vez más pequeño; “los ancianos” se refiere a los ancianos de cada ciudad. Donde era la jurisdicción de la obra regional de Pablo con Timoteo, allí le está escribiendo a Timoteo, y le está dando unas instrucciones a Timoteo, así como se las dio a Tito, y le dice a Timoteo: “los ancianos que gobiernan bien…”; es decir, los ancianos son un grupo; unos gobiernan bien, otros más o menos, y otros quizá mal; no vamos a hablar de estos; pero cuando dice “los ancianos”, es un círculo que abarca a todos los que fueron nombrados ancianos desde un principio; pero con el tiempo se vio que algunos gobernaban bien; entonces el círculo se redujo de entre “los ancianos” a “los ancianos que gobiernan bien”; después incluso se reduce más, y dice así: “los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente…”. Cuando dice “mayormente”, se ve que dentro de “los ancianos que gobiernan bien”, algunos se dedican, como aquí dice: “mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.” Ahora es un círculo todavía más pequeño. Está el círculo en cada ciudad a donde llegó el Espíritu Santo a levantar ancianos; entonces en esa ciudad el círculo de los ancianos es más grande; pero entre los ancianos, los que gobiernan bien son menos; y dentro de los que gobiernan bien, los que se dedican a predicar y enseñar sean tenidos por dignos de doble honor; unos tienen honor, y otros doble honor. Aquí nos damos cuenta también de otro verbo que se relaciona con la palabra “anciano”. Vemos que “anciano” y “obispo” están relacionados; lo vimos en Tito; y los que lo quieran ver, aunque yo sé que para algunos esto es “pan comido”, pero hay algunos nuevos; por eso me disculpan que quise ir despacio. Vamos allí a Hechos de los Apóstoles, al capítulo 20; notemos lo que dice en el verso 17: “Enviando, pues, desde Mileto”, el puerto, como decir, tal como era Cencrea para Corinto era Mileto para Éfeso: “…desde Mileto a Éfeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia”. Fíjense en que la iglesia en Éfeso es una sola, como aparece en Apocalipsis, la iglesia en Éfeso, un candelero, pero los ancianos eran ancianos en plural; los que con el tiempo el Señor fue llamando, y poniéndoles la carga, y dándoles la gracia; empiezan a aparecer unos primero, y después el Señor va incorporando más; en la medida en que la iglesia va creciendo y los santos van madurando, el grupo de los ancianos va aumentando; eso es lo ideal. Pero no aumentan por causa de una obra exterior del hombre, sino que aumentan por la unción del Espíritu; nunca es un puesto, nunca es un título, sino que es un funcionamiento por la gracia de Dios. Dice Pablo: “yo fui hecho ministro por la gracia de Dios, por la operación del poder”; nunca es si a alguien se le da un título; no es solo el título, no es solo un puesto, o solo un cargo; es una función que da el Espíritu, que es evidente a la conciencia de los hermanos, principalmente de los más maduros, y especialmente de los apóstoles, que no nombran a los que ellos quieren, ni cuando ellos quieren, sino que reconocen lo que el Espíritu Santo ha hecho cuando el Espíritu los llama a esto. Entonces aquí vemos que le está hablando a los ancianos de la iglesia, iglesia en singular, es una sola en Éfeso; pero los ancianos llegaron a ser varios con el tiempo; hubo un tiempo en que no los hubo, hasta que hubo un tiempo en que comenzó a haber; eso es en la medida en que haya maduración y se evidencien las funciones. Pero luego, hablándoles a ellos todo este discurso, llegamos al verso 28 del mismo capítulo 20 de Hechos: “Por tanto, mirad por vosotros…”; ¿quiénes son estos vosotros? Los ancianos de la iglesia en Éfeso; “…y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo…”, no fueron los apóstoles por sí mismos; ellos simplemente reconocieron lo que hizo el Espíritu Santo; pero fue el Espíritu Santo el que “…os ha puesto por obispos, para apacentar…”; apacentar es un verbo que puede tener sus antónimos; enfaticemos el sentido: “…apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé…”, y Pablo lo sabía, porque, primero, no era la primera vez que él estaba trabajando como en Éfeso; y segundo, porque el Espíritu Santo estaba con él y le anticipaba las cosas que le venían; “yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces”; no vamos a hablar de esto solamente, a mostrar que “de vosotros mismos” se levanten algunos para extraviar; es posible que aún entre los mismos ancianos se levanten personas que desvíen a los hermanos; y lo dice Pablo, que había reconocido a los ancianos; a veces suceden esas cosas; pero no estamos hablando ni poniendo los ojos en la parte triste, sino, digamos, en la parte normal; no estamos acusando a nadie. Entonces vemos que aquí le llamó a los ancianos: “obispos”. El Espíritu Santo os ha puesto por obispos; entonces vemos que los ancianos y los obispos son los mismos; y ¿qué significa “obispo”? epíscopo, de scopo: ver, como en microscopio, que es para ver lo micro, lo pequeño; o telescopio, que es para ver un objetivo lejano; de telos: objetivo; telescopio; epíscopo quiere decir que está en la posición para supervisar, para ver, para estar mirando un poquito de lejos, para ver como se están moviendo las cosas espirituales, lo que está haciendo el Señor, como están madurando los hermanos, quienes están bien, quienes están un poquito quedados; todo eso lo tienen que supervisar los obispos, que eso es lo que significa el nombre; no es solo un título, es una función; y ahora veíamos en Timoteo: “los ancianos que gobiernan bien”; algunos gobiernan, y a veces les sale bien, y a veces les sale mal; a mi me sale muy mal; pero bueno, no estamos hablando de mi, estamos hablando de la función de los ancianos, supervisar y gobernar; o sea, representar la dirección del Espíritu, eso es gobernar; gobernar no es mandar, no es enseñorearse; gobernar es representar la dirección del Espíritu, como para ver qué es lo que la Palabra y el Espíritu nos muestran, cuáles son los principios del gobierno de Dios en la Biblia, y supervisar, como les decía, mirando desde arriba para ver que las cosas estén funcionando. Entonces lo normal es que, en cada localidad, el Señor, con el tiempo, va levantando y poniendo a estas personas. Vamos a ver esto en Tesalonicenses; si quieren ir conmigo a 1ª a los Tesalonicenses, capítulo 5; aquí todavía no eran ancianos en el sentido reconocido, pero eran personas serias, maduras, que empezaban a amar al Señor, la verdad, que pasaban las pruebas, y que querían poner el hombro para servirle al Señor, porque el que anhela obispado, buena obra desea; no es una mala obra; entonces dice en el capítulo 5 verso 12: “Os rogamos…”; y me gusta ese espíritu tan caballeroso de Pablo, que así es el Espíritu de Dios; “…hermanos, que reconozcáis…”, porque a veces no es fácil que suceda, “…a los que trabajan…”; no dice “a los que se llaman”; sino que llama la atención a la función de la persona. Cuando convivimos juntos, ya nos vamos conociendo, vamos viendo el perfil que tiene cada uno, la carga que tiene, las responsabilidades que asume por amor al Señor, por amor a los hermanos, enfrentando inclusive las cosas difíciles, pero están ahí; entonces dice: “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan”; son tres verbos que vamos a decir que son como: el primero, es alerta amarilla; el segundo es alerta naranja, y el tercero es alerta roja; “trabajan” es alerta amarilla; “presiden” es un poco más difícil de aguantar para las personas; “el que preside”; de ahí viene la palabra “presidente”, el que preside; es un poco difícil; sin embargo hay la función de presidir, y también es el don del que preside; porque no se puede presidir sin don de Dios; y aún con el don erramos como seres humanos; cuanto más si nos ponemos a hacer las cosas solitos; presidir es como la alerta naranja; y la alerta roja es: “y os amonestan”; “reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor; y os amonestan”. O sea, ahí se van perfilando los que el Espíritu Santo está haciendo madurar, y está capacitándolos de a poco para asumir la carga de supervisar, de cuidar y de gobernar; es normal que haya gobierno y supervisión en la iglesia; pero se puede hacer bien, o simplemente hacerse, ven? Pero si se hace bien, se reconoce mejor. Entonces eso es lo normal durante un proceso que vaya sucediendo en una ciudad; y por eso cada localidad debe orar para que el Señor levante entre ellos varones y ancianos; a veces se ora que no lleguen; estamos tan cómodos que sería mejor que no hayan; no lo decimos, pero es nuestra actitud; y el Señor nos conoce. Pero queremos que el testimonio del Señor sea levantado, y que estas cosas, este fluir de la vida, comience a aparecer; no por una manipulación externa de nosotros, sino por una función otorgada por el Espíritu. Vemos que existe la iglesia en cada localidad; y existe un período donde están ellos sin ancianos, ayudados por los apóstoles, los obreros, los colaboradores. Entre los obreros, hay apóstoles encargados específicamente, encargados por el Señor, de la obra; y hay los que les colaboran, les ayudan; por eso la Biblia habla de los colaboradores, de los ayudantes, y habla también de los apóstoles. Mientras no haya ancianos, estos hermanos pueden ayudarles, si ellos quieren, si los hermanos quieren, porque no se trata de forzar a nadie. Si en Nazareth el Señor no era nadie para ellos, Él no hacía milagros entre ellos; porque Él había sí sido enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a dar vista a los ciegos; sólo que en Nazareth la actitud que había para con Jesús era la de: ¿Quién es éste? ¿Acaso no es el hijo del carpintero? Siempre tratando de rebajarlo; y cuando lo rebajaban ellos mismos, los motivos sólo Dios lo sabe, se estaban privando de lo que Dios les estaba queriendo regalar a través del Señor. Hay una jurisdicción local de la iglesia, que es la misma de los que van a ser y llegan después a ser los ancianos; empiezan a funcionar, y luego son reconocidos; ¿Por quién? Por los apóstoles que Dios envió para iniciar desde el principio esa obra. Hay otros apóstoles en muchas partes; unos trabajan en una jurisdicción; otros en otra; cada uno de los que han sido enviados por el Señor, lo han sido directamente; y por lo tanto dice Pablo: no de hombre, ni por hombre; y por lo tanto, cada cual debe responder al Señor mismo por aquello que se le encomendó; y luego, cuando sea, de tanto en tanto, no hay un concilio cada semana, pero entonces, bueno, si surgió una situación específica, se reúnen los apóstoles a tratar en privado las cosas, para que los más nuevos no mueran; y por eso a veces hay que guardar distancia, para que no mueran, solamente para eso. Además de la iglesia con sus ancianos, también hay diáconos; eso ustedes ya lo saben; pero como los nuevos lo necesitan ver, vamos a Filipenses 1:1 y miremos lo que es una iglesia local ya madura; ha pasado un tiempo, han crecido, y ellos han trabajado, han madurado, y el Señor les ha dado fruto; entonces dice Filipenses 1:1: “Pablo”, ahí está, apóstol que fue llamado directamente, enviado, “y Timoteo”, que también es llamado apóstol, pero es colaborador en relación con Pablo, porque Timoteo fue introducido por Pablo en la obra; en la obra le llamó apóstol, pero siempre se pone “Pablo y Timoteo”, nunca “Timoteo y Pablo”; no es por orgullo, no es por hacerse el grande, sino porque fue a Pablo a quien el Señor encomendó la obra, y fue Pablo el que reconoció a Timoteo; “siervos de Jesucristo, a todos…”; entonces esa es la normalidad: “todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos”, los santos todos, no los que entienden bien, sino los santos, entiendan o no entiendan; si es un hermano, pertenece a la iglesia de la localidad, aunque no la entienda; los que la entienden, los incluyen; y dice: “con los obispos y diáconos”; entonces eso es lo normal que hay en una iglesia; los obispos y diáconos; entonces Pablo apóstol, le dice a su cooperador Timoteo, apóstol con Pablo, y le da instrucciones de como manejar el asunto de los ancianos; y eso está en 1ª a Timoteo, capítulo 3, donde habla de los requisitos para los ancianos; y vamos a verlos allí. Vamos a 1ª a Timoteo capítulo 3 que dice: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro, que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo”. Y luego le dice Pablo, adulto, a Timoteo que es un joven, pero un joven especial, en el versículo 8: “Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas, que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Y éstos también…”, y cuando dice: “también”, eso es explicando lo que venía hablando de los ancianos, y ahora viene y se lo aplica a los diáconos; o sea que la palabra “también” implica que esto es igual para los ancianos, que ahí está implícito; pero este “también” lo hace explícito: “sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, sí son irreprensibles. Las mujeres (porque también hay diaconisas en la iglesia, y también esposas de diáconos que cooperan con ellos) asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas. Porque los que ejerzan bien…”, así como habló de los que gobiernan bien; a veces no se hace bien, pero bueno, gracias a Dios, “…los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso y mucha confianza en la fe que es Cristo Jesús”. Entonces eso que dice en Filipenses, la iglesia, son todos los santos de Cristo que están en ese municipio, en esa aldea, en esa localidad, en esa ciudad; esos son los que pertenecen a la iglesia; y Dios va manifestando Su gobierno, la dirección de Su Espíritu en aquellos que trabajan por comisión de Dios, por capacitación de Dios, y que también presiden, y que también amonestan; a los cuales nos pide que los reconozcamos; así se van formando los ancianos y también los diáconos; sólo que no se empieza a ser anciano de un día para otro, ni diácono, sino como dice: sean sometidos a prueba primero; y si lo obtienen, ganan un grado honroso; entonces esa es la normalidad del Espíritu establecida de lo que es una iglesia. Podemos decir, volviendo a Hechos 13: “Había en la iglesia que estaba en Antioquía…”, y ahí menciona hermanos que tenían esos dones, incluso ministerios de enseñar y profetizar, “profetas y maestros”, y menciona cinco; esa es una iglesia normal; posiblemente esos hermanos que tenían estos dones y ministerios eran también los ancianos. De los ancianos, algunos gobiernan bien; y dentro de los que gobiernan bien, algunos tienen ese ministerio de la enseñanza y del kerigma profético, de la profecía; entonces son menos; no todos los ancianos enseñan y profetizan, pero son hermanos antiguos que han sido probados, que han sido rectos, que han puesto el hombro sin el menor interés, y cuyo fruto es conocido por aquellos que los conocen desde el principio; esos también son ancianos, y también gobiernan, y hay una diferencia entre gobierno y don. El don, como lo enseñaba nuestro hermano Arcadio el domingo, es irrevocable, el llamamiento es irrevocable; si el Señor le da a algún hermano el don de la enseñanza, que aparece allí en el Nuevo Testamento, cuando viene hablando de los dones, y dice: el que preside, el que enseña, el que exhorta, etc., ese es un don que Dios da; hay otros dones además de esos; y esos dones el Señor los da conociendo nuestras debilidades y faltas desde antes de la fundación del mundo, y no los quita, y el lugar para ejercitarlos es en medio de la iglesia; entonces cualquier hermano que tenga un don, y que sus pecados hayan sido perdonados, y esté reconciliado con el Señor, ese don donde va a ser ejercido, ¿dónde sino en medio de la iglesia? Ahora, gobierno es diferente de don, porque gobierno requiere unos requisitos más serios, que son los que acabamos de leer. Para gobernar se requiere más que don; entonces no es lo mismo gobierno que don. Muchas personas tienen don, pero su gobierno es limitado por su cola de paja, ¿me comprenden? Si yo estoy fallando y pecando, tengo cola de paja, aunque el Señor no me haya quitado el don; sin embargo, las personas adentro no se sienten como tan satisfechas, y como que no perciben la autoridad de la misma manera, porque no se trata sólo del don, sino del carácter de la persona; y entonces el gobierno requiere más que don. El gobierno requiere unos requisitos que están en la Biblia; y por eso no es tan fácil que se reconozcan de un día para otro ancianos. Muchos hermanos son muy queridos, y sirven en muchas cosas, pero en el misterio de la fe no están claros, no entienden bien las cosas esenciales de la Palabra; estoy diciendo esto con todo cariño, con toda delicadeza, hablando de los principios, sin que pongamos nombres, apellidos, ni cédulas, ¿amén, hermanos? Recibamos los principios para que el Espíritu pueda gobernarnos. Ahora dice: “Había en la iglesia…”, ya está la iglesia, es una iglesia normal que tenía a estos hermanos que eran profetas y maestros, que normalmente enseñaban y también profetizaban; habla de cinco y da sus nombres; y dice que ellos ministraban al Señor en cada localidad, y en esa localidad se reunían a buscar juntos al Señor, y hasta a ayunar; y en medio de ellos dijo el Espíritu Santo: “Apartadme…”; o sea que a partir de ese momento, estas personas que ya eran maestros y profetas, y que ejercían eso en medio de la iglesia, de esos cinco dos fueron separados por el Espíritu Santo; así como seguían al Señor muchas personas, pero Él pasó la noche entera orando, y escogió a doce, y sólo esos doce son los doce apóstoles del Cordero; este es el estricto sentido de en medio de todos los santos de los apóstoles; todos los santos son santos; no se menosprecia la santidad de ningún santo; no se menosprecia, sino que al contrario, se promueve su función; pero no todos los santos son ancianos, ni todos los santos son diáconos, ni todos los santos son apóstoles, aunque todos son santos, ¿ven? Pero el Señor dijo: Bernabé y Saulo; los separó para la obra; la obra es ya un trabajo extra-local, no solamente local; no es un trabajo solamente ahora en Antioquía, sino que es un trabajo donde el Señor mismo los escogió, los preparó y los envió; un envío directo de parte del Señor, que ellos sabían que no fue por hombres ni por medio de hombres; ellos van a responder a Dios; puede ser que los hombres no crean; si al propio Hijo de Dios no lo recibieron; “si a mí me rechazaron, a vosotros también los rechazarán, pero si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra”; cualquier enviado de Dios va a ser recibido y rechazado al mismo tiempo, como el mismo Señor Jesús que fue a la vez recibido y rechazado; sus enviados también; pero no todos son apóstoles; pregunta Pablo: ¿Son todos apóstoles? La respuesta es: no. También dice Santiago: “no os hagáis muchos maestros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”. ¿Usted cree que es fácil estar al frente, sabiendo que a ti se te va a reclamar con mayor rigidez? Muchos dicen que preferirían estar sentados en la banca, porque se les va a exigir menos; pero de todas maneras el Señor reparte como Él quiere, y es una gran honra que el Señor conceda a algunas personas una responsabilidad y un ejercicio mayores; porque en la medida en que el Señor da autoridad, las exigencias son mayores, y las cargas son mayores. Sin embargo, aquí vemos que hay una distinción entre la iglesia y la obra, y segundo, entre los apóstoles y los otros ministros. Desde ese momento Bernabé y Saulo son llamados apóstoles; hasta aquí habían sido llamados maestros y profetas; pero desde aquí, cuando el Espíritu Santo los envió, habiéndolos escogido desde antes de la fundación del mundo, habiéndolos preparado para la función a la que los enviaba, luego el Espíritu Santo los envió por nombre propio; entonces en el capítulo 14, versículo 14, si ustedes quieren verlo, dice: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo”; ahora ya son llamados “apóstoles” Bernabé y Pablo, porque fueron enviados. Entonces, noten, a la iglesia le da autoridad; el Señor se la encomienda a los ancianos que Él pone, y que llegan a ser reconocidos primeramente por los apóstoles; no los ponen los apóstoles cuando ellos quieren, sino que los ancianos van siendo evidenciados porque funcionan, “por sus frutos los conoceréis”; entonces los apóstoles piden a los santos que los reconozcan, y luego eventualmente se les reconoce con imposición de manos, y todo según sus funciones. No es la imposición de manos o el título lo que hace funcionar a alguien, no; es la función que le da el Espíritu, quien es quien revela a la conciencia de los más maduros en la región, y luego en su propia localidad, la que hace que sean reconocidos, porque los puso el Espíritu Santo. Nosotros no podemos poner al que a nosotros nos gusta, sino a los que el Señor pone. Luego dice acá, no sólo en este versículo, sino también un poco antes, pues había hablado en el verso 4, del mismo capítulo 14: “Y la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles”. Esos apóstoles eran Bernabé y Pablo, ¿ven? Cuando el Señor dice: Apartadme a Bernabé y a Pablo para la obra a que los he llamado, significa que el Señor le encargó la obra a Bernabé y Pablo; entonces esa obra está descrita aquí en los capítulos 13 y 14; ellos evangelizaban en distintos lugares, discipulaban a esos evangelizados, y fundaban iglesias, y reconocían a los ancianos, corregían lo deficiente, y hacían las cosas que están escritas, que son muchas más; pero que para ganar tiempo tengo que resumir bastante; y ese era el trabajo que les correspondía hacer en la obra a los que el Señor dijo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para esta obra. Entonces, en la localidad, el gobierno y la supervisión está con los ancianos que el Señor levanta; y en la región, Dios colocó la responsabilidad en los apóstoles que Él envió, que fueron los que hicieron el trabajo inicial, y lo continuaron dando entrada a los demás; son los que fueron enviados por el Espíritu Santo, que comenzaron de cero y que fundaron las iglesias; algunas no permanecieron, como pasó con Éfeso, que tuvo que ser quitado el candelero, y etc.; pero otras quedaron como Filadelfia; pero fueron los que el Señor envió, los que dieron el testimonio, los que pusieron el fundamento, los que establecieron los principios, los que fundaron las iglesias, reconocieron los ancianos, pidieron que las iglesias tuvieran los diáconos, la ofrenda para los santos pobres; o sea, la manera ordenada por los apóstoles en las iglesias. “Haced también vosotros de la manera que ordené en todas las iglesias de Galacia”, dice Pablo. Están las costumbres de los apóstoles, las instrucciones de los apóstoles, que son los que Dios envió primero; y después ese círculo va creciendo por colaboradores que también llegan a ser después, como Silvano y Timoteo; se llamaban apóstoles; entonces hay ese proceso. Hay una frase del Señor Jesús, que no la digo, sino hablando de principios, y sin nombres propios: “el que dirige”; así como en lo local hay los que presiden, el Señor Jesús dijo: “el que dirige como el más joven”; o sea que la instrucción para el que dirige es que se haga como el más joven, como si fuera igual a todos, pero le toca dirigir, porque el Señor dijo: el que dirige como el más joven. Entonces hay personas que presiden, personas que dirigen, personas que supervisan, personas que gobiernan de parte de Dios; ojalá lo hagan bien, porque a veces no se hace bien, pero existe, eso existe; es palabra de Dios; es de derecho divino; es Dios el que lo dice; por el Señor Jesús lo dijo. Así como hay el trabajo de la iglesia, bajo la supervisión y gobierno de los ancianos, con la ayuda administrativa de los diáconos, está el trabajo de todos los santos, pero bajo supervisión y gobierno en la localidad y en la obra; están también los que el Señor envió, y les cooperan los que también el Señor envió como cooperadores; por eso Pablo tenía como cooperador a Tito, y lo dejó en Creta, y le encargó incluso de nombrar ancianos al propio Tito; ni siquiera tenía que hacerlo Pablo; podía hacerlo Tito, si se lo encomendaba por el Espíritu Santo, Pablo. Entonces hay cosas que hacen los ancianos en la iglesia, con los santos, con los diáconos, y cosas que hacen los apóstoles con los cooperadores, con los obreros, con los que trabajan en la obra, que los hay apóstoles, que van primero, luego van de segundo los que cooperan, como Timoteo, por ejemplo, que estaba acompañando y ayudando; ellos son los que ayudan; son colaboradores dentro de la obra; entonces en la obra hay apóstoles, ancianos y jóvenes, y hay también cooperadores y cooperadoras en la obra; cooperadoras, hermanas que cooperan. Dentro de esa normalidad, hay reuniones que son propias de la iglesia, y reuniones que son propias de la obra; las normales de la iglesia son las de mutualidad, las de partir el pan, aunque la iglesia también evangeliza, la iglesia discipula, los santos parten el pan, los santos cuidan unos de los otros; hay reuniones de iglesia para disciplinar a alguien. Dice Pablo: “reuníos vosotros y mi espíritu, en el nombre del Señor Jesucristo, y el tal sea entregado a Satanás…”, y: “…para que aprendan a no blasfemar”; bueno, son cosas serias que son locales, aunque asesoradas por la obra; las jurisdicciones no deben violarse; lo que el Señor entregó a los ancianos de la iglesia en Éfeso, pues, es de la iglesia en Éfeso; la iglesia en Esmirna no tiene que meterse en los asuntos de la iglesia en Éfeso; allá es una jurisdicción aparte; la última instancia para los problemas internos, es la iglesia de la propia localidad. Entonces lo que es, por ejemplo, de Teusaquillo, es de Teusaquillo, no es de Puente Aranda, no es de Suba, no es de Ciudad Bolívar; y mucho menos de Chile; es de Teusaquillo; lo que es de Suba, es de Suba; lo que es de Ciudad Bolívar, es de Ciudad Bolívar. Hay que respetar cada localidad, no sobrepasarla; ¿por qué? Porque el Señor escogió a los que le van a dar cuenta por ese lugar allá; entonces ellos son los que están “manejando el taxi”; y si yo voy al lado del taxista, no voy a meterle la mano al timón, ni a meter el pie; yo tengo que dejar al taxista manejar de la mejor manera que él sabe; puede ser que tú seas mejor chofer, pero ahora tú no eres el taxista; después, cuando tú estés manejando tu carro, manéjalo de la mejor manera que tú sabes; y seguro que no vas a dejar que el taxista vaya a meterte el pie a la chancleta; deja a cada localidad lo mejor que sabe; ninguna localidad irrespete a otra. Eso es lo relativo al gobierno y a la supervisión; hay que respetar, porque es una jurisdicción distinta; o si no, va a ver “choque de trenes”. Y en la obra del Señor, también el Señor dijo así: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra que los he llamado; entonces el Señor separa a ciertas personas para una obra específica de ellos; cada obrero que es llamado tiene una parte en la obra del Señor. Una vez estudiamos allá en el barrio Pablo VI, en una reunión unida, si lo pueden repasar se los aconsejo, el tema de la obra de Dios en lo general, la obra del ministerio, que es la del cuerpo; la obra de cada uno, y la obra de otro. Vamos a ver esos versículos: la de Dios, la sabemos; la del cuerpo también la sabemos; pero la de cada uno hay que verla. Vamos al Evangelio de Marcos capítulo 13; dice el Señor en el verso 34 y en adelante así: “Es como…”; miren como es, es así: “Es como el hombre que yéndose lejos…”; ese es el Señor Jesús que subió a la diestra del Padre para que todos los enemigos le sean puestos por estrado de Sus pies; y abrió uno de los Sellos, y al primero que mandó fue al caballo blanco; el Espíritu Santo mandó a los apóstoles, envió a la Iglesia, y comenzó a cabalgar ese caballo del Evangelio; “dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos”; o sea que hay una autoridad dada por Dios, delegada a los siervos, dada por el Señor. Si nosotros realmente queremos sujetarnos al Señor, debemos respetar lo que Dios delega; no pensemos que estamos sujetos al Señor, porque algunos enfatizan su sujeción al Señor, pero la sujeción al Señor se reconoce cuando tú reconoces lo que Él delega. “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió”; aún si recibe a un niño “en mi nombre, a mí me recibe”; pero entonces el Señor delega; y eso está aquí cuando dice: “dio autoridad a sus siervos”; y ahora miren la siguiente frase: “y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase”. Entonces noten que el Señor a cada uno le dio su obra; o sea que cada uno debe responder por aquello que le fue encomendado particularmente. Ustedes recuerdan, si quieren verlo conmigo como una ilustración tipológica en Cantar de los Cantares, y podemos ir allí hacia el final de Cantares al último capítulo; y dicen los versículos 11 y el 12, lo que ya es una posición distinta a la de cuando ella estaba al principio. Al principio, dice el 1:6, para que notemos la inmadurez del principio y la madurez del final. Al principio dice el capítulo 1, verso 6: “No reparéis en que soy morena, porque el sol me miró. Los hijos de mi madre se airaron contra mi; me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé”; o sea, ella todavía estaba empezando a amar al Señor, y claro, ella se sentía muy criticada, muy discriminada, porque ella era de raza negra; entonces prácticamente dice: no me discriminen, porque el sol me miró; y el sol de justicia es el Señor que miró a esta “negra” que los otros despreciaron; el Señor no la despreció, sino que se enamoró justamente de ella; entonces los otros se airaron con ella, y la forzaron a manejar las viñas de todos de una manera especial; me pusieron a guardar las viñas; pero no el Señor, sino los hijos de su madre; pero entonces dice aquí ella: “Y mi viña que era mía”, lo que se le había encomendado a ella, no guardó, por ponerse a ver cómo podía arreglar las cosas con sus hermanos; no sé. Ahora pasemos al capítulo 8; el capítulo 8 ya es el final; al principio de este cántico ella es nueva, y le pasa esto; pero después ella ha madurado a punta de golpes, y llega a los versos 11 y 12, que dicen así: “Salomón (que es el hijo de David, que es figura de Cristo) tuvo una viña en Baal-hamón”; nada menos; la viña es el cuerpo de Cristo en general; una viña; y ¿dónde estaba la viña? nada menos que en la multitud de Baal, que es Belzebú; o sea, en el mundo; “no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal; los he enviado al mundo”; ahí, en medio de Baal-hamón está la viña del hijo de David; esa es la Iglesia; y dice: “la cual entregó a guardas”; ahí está la delegación de autoridad; como dijo: negociad entre tanto que Yo vengo; la entregó a guardas esa viña en el mundo; pero miren lo que dice: “Cada uno…”, amados, cada uno, tú; por eso, hermano, a nadie se le prohíbe lo que debe hacer, sólo que no impida al otro lo que él debe hacer. Si hay la obra de cada uno, hay la obra de otro, que vamos a ver; si no, no habría cuidados; pero dice aquí: “cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto”. Vemos que la viña es lo general, es el cuerpo de Cristo, la viña de Salomón, el hijo de David, en Baal-hamón; pero Él la entregó a guardas, y no le entregó lo mismo a todos; a ti te tocó esta parte, a ti te toca esta otra parte, a ti te toca esta jurisdicción, a ti te toca esta otra; a ti te toca esta localidad, a ti te toca esta otra; a ti te toca esta posición en la región, y a ti te toca esta otra, y así. Entonces dice: “cada uno”; ahora viene ella: “Mi viña, que es mía”; ella ahora honraba su ministerio, no a ella misma, sino lo del Señor que le había sido encomendado. “Mi viña, que es mía, está delante de mí;” ¿Ven la diferencia? Al principio, me pusieron a guardar las viñas mis hermanos airados, pero la viña que era mía, yo no guardé; pero ahora dice ella: “Mi viña, que es mía, está delante de mi”; yo tengo que responder; y no sólo yo, sino que cada uno va a responder; y por eso dice: “Las mil serán tuyas, oh Salomón”; o sea que la viña de Salomón es mil en una, y por eso hay muchos guardas, y a cada uno le toca su parte. Si son apóstoles, entonces dicen: nosotros iremos a la circuncisión; dicen Pedro, Juan y Santiago; y ustedes irán a los gentiles; nosotros trabajaremos aparte; si son apóstoles, se les había encomendado algo para empezar; entonces cada uno tiene su jurisdicción; sin son cooperadores de esos apóstoles, o de aquellos otros, entonces trabajan juntos en esa región. Si son apóstoles con comisión específica, tienen su jurisdicción específica. Pablo, no van a recibir tu testimonio en Jerusalén, pero Yo te envío lejos a los gentiles. Pablo, tú no te metas en Bitinia, pero tú, Pedro, escríbele a Bitinia y a Capadocia, ¿se dan cuenta? Esa es la obra de cada uno. Entonces veíamos en Marcos la obra de cada uno, y en Cantares la tipología de la obra de cada uno. Entonces, si hay la obra de cada uno, hay también la obra de otro (2ª Cor.10:13-16: “Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida, para llegar también hasta vosotros. Porque no nos hemos extralimitado, como si no llegásemos hasta vosotros, pues fuimos los primeros que llegamos a vosotros con el evangelio de Cristo. No nos gloriamos desmedidamente en trabajos ajenos, sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros, conforme a nuestra regla; y que anunciaremos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado”). Vamos también a 2ª a los Corintios; hay varios lugares aquí. Vamos a ir primero al capítulo 1; solamente algunos ejemplos; dice en el verso 15: “Con esta confianza quise ir primero a vosotros, para que tuvieseis una segunda gracia, y por vosotros pasar a Macedonia, y desde Macedonia venir otra vez a vosotros, y ser encaminado por vosotros a Judea”. Fue de Pablo que el Señor dijo: apartádmelo para la obra a que Yo le he llamado; él está moviéndose; el mismo Pablo se mueve por Macedonia, se mueve por Judea, se mueve por Acaya, y las iglesias inclusive lo encaminan; y dice: “Así que al proponerme esto (o sea, de andar en ese movimiento) usé quizá de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No?”. Ahí nos damos cuenta y llegamos al verso 21 que dice: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones. Mas yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto. No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo, porque por la fe estáis firmes. Esto, pues, determiné…”; noten, al que le fue encomendado un trabajo, tiene que tomar sus determinaciones en la jurisdicción que le fue encomendada, y que viene llevando desde tiempo atrás; “determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza. Porque si yo os contristo, ¿quién será luego el que me alegre, sino aquel a quien yo contristé?” En fin, hay muchos otros pasajes en esta carta, que es una carta muy preciosa. Voy a saltarme ahora al capítulo 7, llegando al verso 8. Pablo escribió una carta que produjo mucha tristeza e indignación incluso de algunos en Corinto, porque eran “duras”; entonces dice Pablo en el 7:8: “Porque aunque os contristé con la carta (y se refiere a la primera que es bastante dura, pero es inspirada por el Espíritu Santo), no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte (o sea, para que ellos no sufrieran pérdida, él tenía que arriesgarse a contristarlos); “pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto. Así que, aunque os escribí, no fue por causa del que cometió el agravio, ni por causa del que lo padeció, sino para que se os hiciese manifiesta nuestra solicitud que tenemos por vosotros delante de Dios. Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación; pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros. Pues si de algo me he gloriado con él respecto de vosotros…”, y ahí sigue hablando de cosas y cosas y cosas; y en esta carta hay muchos pasajes. Si ustedes leen toda la carta 2ª a los Corintios, es una carta tan especial con respecto a las otras, porque las otras son bastante más doctrinales, en cambio en ésta se ve todo el vaso de barro, todo el conflicto, todos los sufrimientos; y en esa carta es donde Pablo dice que Dios nos ha puesto una norma, que no entramos en la obra de otro para gloriarnos en lo que estaba preparado; o sea, ¿qué quiere decir la obra de otro? Si el Señor envió a Pedro, Jacobo y Juan para con la circuncisión, Pablo puede cooperar con ellos, pero sin sobrepasar a Pedro, Jacobo y Juan; cooperar según ellos se lo soliciten, si quieren; pero aún el Señor le dice a Pablo: no te van a recibir en Jerusalén; Jerusalén no estaba preparada para el ministerio de Pablo; entonces el Señor lo mandó lejos, para con los gentiles; en cambio le prohibió a Pablo ir a Bitinia, y mandó a Pedro; la obra de cada uno, implica la obra de otro, en el caso de los que son apóstoles; a cada uno se le dio una viña, sin son apóstoles; pero si son cooperadores, están en la misma; entonces unos trabajan acá en equipo, otros trabajan allá, otros allá, en comunión unos con otros, se dan la diestra de comunión, se reconocen mutuamente, de tanto en tanto; eso sucedió después de 14 años de trabajar Pablo, que fue a conversar en privado con Jacobo, Cefas y Juan; no es una modalidad que se establece digamos que cada lunes vamos a reunirnos con Pedro, con Juan, no, no, no; Pablo no tiene que estar en aquello que no le fue encomendado; y cuando ameritara, y según el gobierno de la cabeza, entonces el Espíritu Santo le dice a Pablo: vaya con Bernabé; y él va, y “lleva consigo” a Tito; el Señor había dicho: Apartadme a Bernabé y a Saulo; y dijo: Vayan Pablo y Bernabé; pero Pablo llevó consigo a Tito; pero cuando Pedro, Jacobo y Juan le dieron la diestra de compañerismo, se la dieron a Pablo y a Bernabé, y no a Tito; no porque Tito no mereciera la diestra de compañerismo, sino porque Tito había sido incorporado por Pablo y Bernabé; pero el Señor había dicho: Bernabé y Pablo. Entonces por eso existen unas delicadezas, unos cuidados, y unos trabajos en cada jurisdicción. Entonces a nadie se le está imponiendo algo, o prohibiendo que haga su propia obra; si el Señor lo ha llamado directamente, hágalo de la mejor manera que sepa, de la mejor manera que pueda, ¿verdad? Haga lo mejor, lo apoyamos, nos alegramos por eso; pero cada uno debe tener la viña delante; es decir, ser responsable por aquello que se le ha encomendado. Procurar en lo de otros, si los otros te invitan; cooperar en lo que ellos permiten, pero sin sobrepasar las jurisdicciones ajenas. Yo no le quiero a decir a ustedes: ustedes tienen que hacerlo de ésta manera; sino: hágalo como usted quiera; pero yo debo hacerlo correctamente. Hay reuniones que son de la iglesia, y hay reuniones que son de la obra; por ejemplo: las reuniones que convocaba Pablo, las reuniones de enseñanza, la escuela de la obra en Éfeso, era lo que le había sido encomendado a él hacer; él era el responsable y el que dirigía lo que se le había encomendado que hiciera; entonces él lo hacía de la mejor manera; él podía pedirle el favor a alguien; podía decirle: Timoteo, quédate aquí y ayúdame en esto si quieres. Pero Apolo formaba otro equipo con Zenas; y Pablo le pidió a Apolo, pero Apolo nunca vino; entonces noten que Pablo trataba a Timoteo de una manera diferente que a Apolo, porque Apolo formaba un equipo con Zenas y otros, y de vez en cuando venía y se iba; como, por ejemplo, vienen los hermanos de Chile de vez en cuando a ayudarnos; pero el Señor les encomendó a los de Chile: Chile; y a los de Colombia: Colombia. Los de Chile pueden ayudar, pero hasta donde los encargados de Colombia lo soliciten, y sea provechoso, y no haga daño, y viceversa. Los de Chile a veces reciben a los hermanos, y hemos recibido cartas donde dicen: bueno, esta vez solamente los obreros de Chile van a enseñar; y con ello se da a entender que ningún otro de los que vaya va a enseñar; ¿por qué? Porque allá les fue encomendado a unas personas. Ninguno es modelo para el otro. Siempre que queremos imponer modelos, estamos enajenando lo que el Señor está haciendo en cada lugar, y entonces se forman confusiones; no. Si tú estás en una localidad, y a ti te fue encomendada esa localidad, a ti te toca hacer lo mejor que sepas, y decidir hasta qué punto sí y hasta qué punto no tú puedes admitir una ayuda, o mejor la difiere; o es muy grande, o es muy pequeña; eso le corresponde decidirlo a ti que fuiste enviado. Incluso a cada iglesia local le corresponde la responsabilidad de probar los que dicen ser apóstoles. El Señor le dice a la iglesia en Éfeso, que tenía a favor de la iglesia el que había probado a los que se decían ser apóstoles y los había hallado mentirosos y no lo eran. No estoy diciendo que no lo sean otras personas, pero lo que les estoy recordando es que es la responsabilidad de cada localidad, la que sabe a qué apóstoles y obreros convida, y a cuáles no. Si tú no eres convidado, es mejor ir como un hermano, pero no vamos a imponer nada; hay que respetar a cada localidad. Si ellos te invitan, hasta donde ellos te invitan tú puedes cooperar con ellos; si Dios te dio algo para ellos, y ellos te reciben, reciben al Señor; pero si te dio algo para ellos, y ellos no te quieren, no reciben lo que es del Señor, pero a ellos les toca probar; la iglesia es la que prueba a los apóstoles, y a los profetas, y a los espíritus. No creáis a todo espíritu, probadlos; ¿en qué espíritu están las personas o el grupo? No siempre se está en un espíritu puro. Y si aún los profetas profetizan, deben hacerlo dos o tres, y la iglesia no se lo tiene que tragar crudo; la Biblia dice: “los profetas hablen dos o tres, y los demás (o sea, la iglesia) juzguen”, no en un espíritu prevenido, no, sino juzgar según el Espíritu. A veces están en el Espíritu del Señor; el Señor dice: mis ovejas conocen mi voz y me siguen, pero no seguirán a los extraños, porque no conocen la voz de los extraños. Cuando hay algo que es de Dios, hay “luz verde”; y cuando hay algo que sí es de Dios, pero mezclado con algún desequilibrio, los cuidados deben darse; ¿por qué? Porque si no la iglesia se convertiría en un auditorio privado de un apóstol. La iglesia en Teusaquillo no es un auditorio privado del hermano Gino; es la iglesia del Señor Jesucristo; si el hermano fulano o el hermano sutano es anciano en esa localidad, si el Señor los puso, les toca a ellos ayudar a la iglesia; pero la iglesia es del Señor; la iglesia es la que determina a quienes invita y a quienes no; entonces no podemos invitar personas por encima o por detrás de la iglesia, ni mucho menos en cuanto a la obra por encima o por detrás de los que Dios puso; ellos son a quienes Dios les dijo: a ti te toca Bitinia, a ti te toca Macedonia, a ti te toca tal; a veces nosotros en nuestra ingenuidad e inclusividad hemos abierto la puerta demasiado, y luego se tardan hasta uno o dos años en repararse los problemas; así que en cuanto a localidad, cada localidad debe ejercer su cuidado; y esa localidad tiene su jurisdicción, tiene su supervisión y tiene su gobierno; además tiene su tipo de relación con los de otras ciudades. Y a la vez, en la región en donde el Señor ha puesto obreros, esa responsabilidad está en manos de esos obreros; especialmente los apóstoles; ellos son los que manejan las cosas, porque a ellos fue que se les dijo: la obra a que los he enviado; Él dio a cada uno su obra, a cada guarda dio su viña; entonces por eso dice Pablo: procuré no entrar en la obra de otro para no edificar sobre fundamento ajeno. Si es apóstol, tiene que poner fundamento; entonces tiene que poner fundamentos donde el Señor le abrió la puerta; pero si voy a un lugar donde otros habían llegado primero, los otros no pueden llegar a darles un codazo, y decirles: así no se hacen las cosas, ahora yo agarro el taxi, usted no maneja el taxi. Haz tu parte donde Dios te encamina, donde el Señor te guió; ahí hazla de la mejor manera, como dice la Escritura; eso está en Jeremías: arad para vosotros mismos campo, y no sembréis entre espinos, ¿amén? (Continúa con ciertas consideraciones y disposiciones en cierta jurisdicción particular, de interés solamente en esa jurisdicción). Gino Iafrancesco V., 10-IX-2010, Teusaquillo.

LOS OBREROS DE LA VIÑA

Por Gino Iafrancesco V. - 28 de Marzo, 2012, 14:07, Categoría: General

(33) LOS OBREROS DE LA VIÑA. EL MISTERIO DEL REINO DE DIOS (33). LOS OBREROS DE LA VIÑA. Localidad de Teusaquillo. (6 de agosto de 2005). (Gino Iafrancesco V.). Querido Padre: Gracias por el Señor Jesús por medio de quien estamos delante de Ti, te agradecemos que nos hayas conservado hasta hoy la vida y que nos continúes dando oportunidades en esta tierra, concédenos Señor acercarnos a Ti y a tu Palabra, ten a bien Señor, por tu Santo Espíritu, hablarnos una vez más, concede a nuestro corazón atenderte a Ti Señor, no te canses de llamarnos y encaminarnos y reprendernos si es necesario, Señor. Ayúdanos a estar contigo. Gracias porque podemos dejarlo todo en tus manos, concédenos desaparecer mientras miramos a Ti para que Tú nos puedas hablar Señor, nos puedas dar vida, conducirnos. En el nombre del Señor Jesús. Amén. Hermanos, la parábola que vamos a considerar, Dios mediante, esta noche, no se encuentra sino en Mateo; ni Marcos, ni Lucas, ni Juan, ni tampoco el llamado evangelio de Tomás, la mencionan, solamente la menciona Mateo. Entonces vamos al libro del evangelio según Mateo y vamos a mirar el capítulo 20, los primeros 16 versículos que habla de los obreros de la viña. Mateo capítulo 20, versículos 1 al 16. Voy a hacer una primera lectura de corrido para que, con la ayuda del Señor, recibamos la primera impresión y hacer un pequeño comentario de crítica textual que es necesario hacer al principio para que toda la parábola tenga una mayor riqueza. Mateo 20:1: “Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña.” Esa frase: “y recibiréis lo que sea justo”, es un agregado de algunos manuscritos posteriores, no se encuentra en los manuscritos más antiguos, ni tampoco en las menciones antiguas del latín, ni el copto, ni de otros idiomas antiguos, fue agregada porque en un verso anterior si aparece, entonces algún escriba pensó: aquí como que le faltó a Mateo decir lo mismo que había dicho antes, y agregó esto, y algunos manuscritos lo copiaron y entonces los manuscritos tardíos contienen esa frase, pero realmente cuando tú vas al texto griego, el verso 7 termina ahí: “Id también vosotros a la viña” y esto es significativo, como vamos a verlo después, Dios mediante, en la parte exegética. “Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú mal ojo, porque yo soy bueno?” La palabra que aquí se tradujo envidia es mal ojo u ojo malo. “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros.” Esa frase: “porque muchos son llamados, más pocos escogidos”. También es acrecentada en manuscritos tardíos, pero no está en los manuscritos más antiguos, ni en las traducciones más antiguas, entonces fue una explicación de algún escriba que quiso registrar esto. Bueno hermanos, hasta aquí la parábola leída. Vamos a considerar, con la ayuda del Señor, esto que en la historia de la exégesis cristiana es considerada la segunda en dificultad, después de la del mayordomo infiel; la del mayordomo infiel es considerada la más complicada de interpretar y ésta también, después de aquella, es considerada una de las más difíciles de entender, porque ustedes saben que hay distintas escuelas y a veces uno se acerca a la parábola del Señor con esas escuelas y las cosas como que no encajan con el pensamiento de las escuelas. Los reformados que hablan de la sola gracia, no entienden eso de cómo es que se paga un denario. Lutero interpretaba y otros con él, que no se refería a la venida del Señor, sino a los bienes temporales que recibimos en esta vida y otros que sí hablan del denario, lo toman como si fuese la salvación y confunden la salvación con el reino, de manera que esta parábola ha requerido un largo parto de casi 19 siglos para que, poco a poco, pueda ir siendo mejor entendida. Lógicamente que todos nosotros somos deudores y estamos sobre los hombros del resto de la iglesia que nos antecede en este proceso de tratar de entenderle al Señor, lo que el Señor nos quiere decir y aunque somos deudores a ellos, y estamos en los últimos tiempos tampoco pretendemos decir la última palabra, pero por lo menos estamos sobre los hombros de otros, ¿amén? esperamos que otros que vienen, si es que hay tiempo, estén sobre los hombros de los que anteceden. Desde el comienzo nos damos cuenta que la parábola no es una parábola aislada, sino que está en un contexto, vale la pena ver ese contexto porque la parábola comienza con la palabra “Porque”, quiere decir que el Señor va a explicar algo que había dicho antes, o sea que el contexto inmediato de la parábola comienza desde antes. Fíjense que hablando del joven rico, porque el joven rico venía a preguntar qué era necesario hacer para heredar la vida eterna y el Señor le dijo: -Bueno, tú conoces los mandamientos-, ustedes conocen toda la historia, dijo: todo esto he hecho desde mi juventud, y el Señor le dijo: -una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás tesoro en los cielos-1, entonces el Señor estaba hablando en el contexto del reino, no sólo de la salvación, sino del reino y en ese contexto es que Pedro hace una pregunta; puede ser que sea sólo de Pedro o que Pedro sea el portavoz de una inquietud general de los apóstoles o de una buena parte de ellos, o de una buena parte de las personas. Acordémonos que cuando vino el Señor Jesús, El vino bajo la ley y en aquel tiempo los judíos estaban bajo la ley de Moisés, recién el Señor Jesús estaba introduciendo el nuevo pacto. ¿Amén? Entonces, los primeros obreros estaban bajo la bandera del legalismo, bajo la bandera del mérito humano, bajo la bandera del comercio; te doy tanto por tanto y esto merece tanto, se espera que al final del negocio las cosas estén en otro espíritu, un espíritu de gracia, no en un espíritu de comercio, de legalismo, sino en un espíritu de gracia, de la soberana gracia de Dios. Miren como empieza del verso 27 del capítulo anterior, para ver el contexto. Estamos ahora en el capítulo 19 de Mateo desde el verso 27: “Entonces respondiendo Pedro”, ese entonces es a lo que el Señor le dijo a este joven rico. “Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros”, él no, él no te siguió, él se fue, él amó sus propiedades, pero nosotros sí, nosotros si pagamos el precio, nosotros tomamos la cruz, nosotros si luchamos para ser de los vencedores, nosotros sí, entonces dice: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué pues, tendremos?” es decir, por esta inversión, ¿cuánto da la cosecha? Entonces Pedro estaba bajo la égida del legalismo judaico, ¿se dan cuenta? Y el Señor claro, El es justo, pero es más que justo, El es también bondadoso, lleno de gracia, pero aquí Pedro está hablando de que hemos puesto esto y ¿qué vamos a tener? Entonces el Señor le dice, a todos, ya no solo a Pedro: “De cierto os digo que en la regeneración,” aquí esta palabra “regeneración”, no se refiere al nuevo nacimiento, sino al nuevo nacimiento incluido el alma y el cuerpo, es decir, la resurrección. Hay dos aplicaciones de la palabra “regeneración”, comienza por el espíritu, pero continúa pasando a nuestra alma y también a nuestro cuerpo. El propósito de que nuestro espíritu sea regenerado es también que nuestra alma lo sea y también el cuerpo; la vida de Dios comienza en el espíritu, el lugar santísimo, el río de Dios comienza a salir hacia el lugar santo y hacia el atrio y a llenar las naciones, y toda alma que entre en ese río del Espíritu, vivirá, entonces la regeneración que comienza en el espíritu, tiene la intención de llegar con su efecto pleno hasta el cuerpo, entonces aquí la palabra regeneración en este contexto, incluye la resurrección del cuerpo, por eso dice: “en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente” cuando hemos resucitado y comienza el reino, “se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”2. Aquí el Señor hizo la promesa y por eso usted ve que cada tribu tiene su piedra y cada apóstol tiene su piedra y a través de la piedra se conoce que tribu le tocaría a cada apóstol, por lo menos a través de las tribus se asocian las tribus con los apóstoles. -En la regeneración, vosotros que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel- Aquí lógicamente que está Matías en lugar de Judas Iscariote. “Y cualquiera”, ahora no sólo ustedes doce, sino cualquiera “que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”. Aquí cuando dice: heredará la vida eterna, es decir la vida eterna como herencia, ya tenemos vida eterna por la fe, pero la vida eterna como herencia, como le había preguntado anteriormente el joven rico, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna? Sabemos que el inicio de la vida eterna viene por la fe, pero una cosa es creer y otra cosa es renunciar a casas, hermanos, padres hijos etc. por Su nombre. Entonces dice: “recibirá cien veces más”, eso es aquí, ¿verdad? “y heredará la vida eterna”. Noten: “Pero”. Aquí el Señor dijo: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, serán primeros”. O sea, muchos de los que comenzaron, al final no serán los primeros, estarán allí, pero no serán los primeros y otros de los que fueron los postreros como los de la hora undécima, los últimos que el Señor llamó, llegarían a ser primeros y tendrían un trabajo que el Señor valoraría y que el Señor no sólo recompensaría sino que añadiría gracia a la recompensa; eso es algo que tenemos que aprender también, cuando estamos tratando el asunto del reino, porque hemos visto que la salvación es por fe y que el galardón es por obra, pero tenemos que ver también junto con eso y para eso está esta parábola que aún en el galardón, el Señor es soberano, puede acrecentar según su bondad, lo que a Él le place al galardón de las personas, porque Él es soberano y tiene que tratar con la raiz legalista de nuestra envidia. ¿Amén? Hay algo en el ser humano que tiene que ser tratado y aquí con esta parábola el Señor lo trata. Pero vamos poco a poco, aquí nos damos cuenta que en el verso 30 el Señor dijo: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros. Porque” ese porque es para explicar esa frase: muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros, al final de la parábola de los obreros de la viña, en el capítulo 20, verso 16, dice: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros” , noten que el verso 19:30 dice lo mismo que el 20:16, sólo que el 20:16, dice: “Así”, quiere decir que esta parábola es para explicar lo que acaba de decir en el capítulo 19, el objetivo es precisamente explicar eso. Entonces. ahora si entremos en la explicación, eso era para entender lo que dice aquí: “Porque”, todo esto que dijimos del contexto es porque: “porque el reino de los cielos”, aquí está hablando del reino de los cielos, vamos a ubicar esta parábola junto con todas las demás que hablan del reino de los cielos, aquí no está hablando sólo de la salvación por la fe, está hablando del reino de los cielos, ya como eso se ha tratado, no voy a detenerme aquí, sólo llamo la atención, es una más de las parábolas que esclarece otro aspecto del reino de los cielos. Dice: “es semejante a un hombre, padre de familia,” aquí podemos representar al Señor mismo, a Dios mismo, Dios mismo es este padre de familia que se hizo hombre, “que salió por la mañana a contratar obreros para su viña”. Aquí aparece la palabra “viña”, que es una palabra muy importante. Siempre el Señor considera su trabajo en la tierra aún con Israel, después con la iglesia, como con una viña. Ustedes recuerdan Isaías capítulo 5, los primeros siete versos nos hablan de esa viña, como Dios consideraba a Israel como una viña, inicialmente Israel. Vamos a Isaías capítulo 5 desde el verso 1 hasta el 7. El Señor le habla así a Israel: “Ahora cantaré por mi amado”. Aquí está hablando Isaías, ese amado es el Señor, Yahvheh, “el cantar de mi amado a su viña”, o sea el pueblo del Señor, tanto Israel en el antiguo como la iglesia en el nuevo, es la viña del Señor. “Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar, y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres”, o sea esas uvitas de mala calidad, que no era lo que se esperaba de una viña, uvas silvestres, es decir, no la vida nueva, sino la vieja, la natural. “Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá”, o sea, ustedes que han visto lo que ha pasado con Jerusalén, con Judá, “juzgad ahora entre mi y mi viña. ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres? Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña:” El Señor la reconoce como suya, pero dice lo que va a hacer, va a tener que barrer con ella, porque es una cosa totalmente natural y tiene que empezar de nuevo y para empezar de nuevo, tiene que barrer primero, luego a trabajar. Por eso dice aquí: “Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aún a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella”. ¿Por qué el Señor tomó esa posición? Porque El no puede respaldar lo que tiene un origen errado, tiene que cortar de raíz para después volver a empezar de nuevo. Aquí está anotando el Señor lo que va a hacer con Israel y lo que sucedió después cuando vino Nabucodonosor y todo eso, y recién después con la vuelta del cautiverio, al retorno, ahí empezó el Señor otra vez a trabajar, ¿ven? “Ciertamente la viña de Yahveh Sabaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor”. El Señor no reconoció esa planta, es una planta de malos frutos, hay que cortarla para poner una que de buenos frutos. Entonces aquí Israel era su viña. En Cantar de los Cantares aparece varias veces la viña y aparece la viña en distintas etapas que ahora vamos a ver, distintas horas del llamamiento a trabajar en la viña. Vamos al Cantar de los Cantares; la primera mención de la viña, está en el capítulo 1 versículo 6 al final, dice ella cuando era nueva, cuando estaba apenas comenzando en los caminos del Señor, lo amaba y él la amaba a ella, pero ella todavía no caminaba con él, ni discernía. Entonces dice: “Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña que era mía, no guardé.” Esa es la primera mención de la viña, o sea, no le puso cuidado a la viña, no la guardó para nada. Ya en el capítulo 2, ya está trabajando con la viña, pero deja que las zorras la dañen; las zorras son esas astucias, esas cosas que hacemos en el hombre natural, no hacemos en el espíritu, sino en nuestra propia astucia, eso es lo que representan las zorras. Capítulo 2 versículo 15, dice el Señor: “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne”. O sea, ya las uvas ya están produciendo y ahí cuando ya empiezan a aparecer esos racimos, ahí mismo vienen las zorras que no quieren que esas uvas sean para el Señor, sino que las zorras las quieren para ellas. Entonces ahora hay que cazar las zorras, volverse cazador de astucias. Después pasamos un poco más adelante al capítulo 7, ya ella ha madurado y en el versículo 12, lo leo desde el 10 porque ustedes ya conocen el asunto de cómo ella primero decía: “Mi amado es mío y yo soy de mi amado”, como ella fue descentrándose de los intereses de ella y se centró en los del Señor. Ahora dice ella desde el 7:10: “Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento. Ven, oh amado mío, salgamos al campo,” ahora es ella, primero le decía: ve a trabajar en la viña, no, no cuidó su viña, ¡como ha madurado al final!, ya en la última página, ahora es ella la que le dice a él, esa es la oración de intercesión con la iglesia. “Salgamos al campo, moremos en las aldeas. Levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotan las vides, si están en cierne, si han florecido los granados, allí te daré mis amores”3. A ella al principio no le importaba nada de la viña, ahora le importa, es en la viña que ella le quiere dar sus amores y lo último que ella dice, ya estamos en el capítulo 8 desde el verso 11 y el 12, ya terminando este libro, como una síntesis del cantar, Salomón, hijo de David que es tipología de Cristo, dice: “Salomón tuvo una viña en Baal-hamón,” Baal-hamón quiere decir la multitud de baales, o sea, el mundo, el hijo de David, plantó una viña en el mundo y dice: “la cual entregó a guardas”, o sea, él encomendó personas, esos guardas son los que deben trabajar en la viña, deben guardar que las zorras no se la coman, ni los ladrones, y ni siquiera los gusanos, ni la maleza, tienen que trabajar en la viña, son los guardas, ¿verdad? “Cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto.”, es decir, el equivalente a mil monedas de plata como fruto de la viña, ese fruto de la viña iba a producir plata, o sea, es el fruto de la redención, esto debe producir la viña. Y ahora, miren lo que dice ella, miren qué diferencia. Al principio dijo: “Me pusieron a guardar las viñas y la viña que era mía, no guardé”4. Ahora, miren después de la maduración dolorosa de parte del Señor, ahora dice así: “Mi viña, que es mía, está delante de mí;”5 ¡qué diferencia! “Está delante de mí”, las mil, o sea, las mil monedas que hay que traer por esa viña. “Las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto”, es decir que las viñas producían mil doscientas monedas de plata, 1/6 era para los trabajadores y 5/6 eran para el capital, el capital era 1000 y el trabajo de los guardas era 200, vemos ahí los distintos niveles de la viña; vemos la viña descuidada totalmente al principio, luego la vemos cuidadita pero con algunas zorritas allí comiéndose las uvas, y ahora la vemos aquí trabajando en la viña y produciendo el fruto. ¿Amén? Ahora, lo mismo vamos a ver aquí en Mateo. Vamos a Mateo capítulo 20: “salió por la mañana a contratar obreros para su viña.” La viña es el pueblo del Señor y habla de contratar porque era que Pedro le había dicho: “Señor, nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué pues, tendremos?”6 Es decir, nosotros ponemos esto y ¿Tú que pones? Entonces el Señor le dijo que iba a poner algo, y al principio aparece la palabra “contratar”, “convenir”, “llegar a un acuerdo”, al final ya no se habla así y ese espíritu de legalismo, ese espíritu de comercio, al final de la parábola no se menciona, al principio se menciona, es decir, al principio del servicio uno sirve por legalismo, por ganancia, después sirve solamente porque nos vamos pareciendo al Señor, no por querer ganar recompensa, aunque la recompensa vendrá no nos interesa la recompensa, nos interesa más llegar a ser como es el Señor. ¿Amén? Entonces dice aquí en el verso 2: “Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña”. Son enviados, son los apóstoles del principio, ahí está Pedro porque Pedro le está diciendo: “nosotros lo hemos dejado todo, te hemos seguido”, entonces estos son los primeros obreros, los de la madrugada, los obreros de las 6 de la mañana cuando recién está saliendo el sol, o sea, cuando está comenzando la era de la iglesia, pero fíjense que al principio la iglesia está bajo el régimen de la ley y hasta está saliendo apenas de la ley, estaban saliendo de ese ambiente legalista y empezando a entrar, ¿verdad? Continua en el verso 3: “Saliendo cerca de la hora tercera”, o sea, la hora tercera son las 9 de la mañana, acuérdense que las horas comienzan cuando sale el sol y termina cuando se pone el sol, es decir, más o menos doce horas, claro que en verano eran 14 horas, casi 15 y en invierno eran 9 horas y un poquito, pero digamos el promedio eran 12 horas, de la salida del sol, a la puesta del sol, entonces cuando aparecía la primera estrella se acababa el día y comenzaba la tarde del siguiente día, ¿verdad? Entonces dice aquí: “Saliendo cerca de la hora tercera”, ¿por qué? porque a la madrugada era la hora primera, es decir, las 6 de la mañana sería la hora primera, la hora tercera son las nueve de la mañana, “del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados”; o sea, estar sin trabajar en la viña del Señor es estar desocupado, perdiendo el tiempo, ocupando el tiempo en cosas sin sentido, cosas que no tendrán ningún fruto; si no se está sirviendo al Señor en la viña se está desocupado u ocupado en tonterías, como dice por Habacuc: “en vano se afanaron las naciones, para el fuego trabajaron”, ¿por qué? “porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria del Señor.”7 Luego dice en el verso 4: “Y les dijo: Id también vosotros a mi viña,” ahora noten la palabra: “y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron”. Lo primero fue un convenio, o sea, algo comercial, hasta que llegaron a un acuerdo. Realmente en aquella época el salario del trabajo del día, un denario era un salario liberal, generalmente se pagaba un poquito menos de un denario y la persona que pagaba un denario para un soldado, para un obrero, se consideraba en la época antigua un salario bueno para el día. De la palabra denario viene la palabra dinero. Entonces les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo”. Noten: los primeros dice: los envió a su viña, ya aparece la palabra “enviar” de una manera bien notoria, claro que también los envió, pero ya no mencionó la palabra “enviar”, son apóstoles de una categoría diferente, los primeros son fundamento, los otros ya son edificadores del cuerpo, trabajadores de la viña. “Y ellos fueron”, noten: ahí ya no hubo ningún convenio con ellos; ellos confiaron en la justicia de él, no fue una cosa tan exacta. Bueno, nosotros lo hemos dejado todo ¿y qué vamos a tener? Esa fue una cosa bien definida, ya no, a medida que pasa el tiempo y el Señor va llamando, la iglesia tiene que ir madurando, y dice: “y os daré lo que sea justo”. El Señor hará justicia, sólo que el Señor no sólo es justo, sino que Él también es bueno, su gracia es soberana y ese es otro aspecto que tenemos que reconocer del Señor para que nosotros, que estamos entendiendo el reino no caigamos en legalismo, no caigamos en comercio con Dios. ¿Amén? Verso 5: “Salió otra vez”, o sea, éstos de las 9 de la mañana, eran como decir el período patrístico, después del período apostólico viene el período patrístico, dice: “Salió otra vez cerca de las horas sexta”, o sea, eso era a mediodía, el período medieval “y novena,” o sea, a las tres de la tarde, o sea, el período de la reforma, períodos diferentes en el trabajo de la viña del Señor, la era apostólica, la era patrística, la era medieval, escolástica y la era de la reforma. Ahora, la hora sexta es mediodía, la hora novena, la hora nona cuando murió el Señor eran las 3 de la tarde, traducido a nuestro horario actual. Y dice, miren como habló primero, primero habló así: convino con los obreros en un denario al día, ya ahora lo hace más simple: “y os daré lo que sea justo”, ahora simplemente hizo lo mismo, lo dio a entender, pero ellos fueron a trabajar, aunque sea tarde, ya sobre los hombros del trabajo de todos los demás, ellos no tuvieron que empezar nada, como dijo el Señor: “Otros trabajaron y ustedes entran en su labor”8, dijo en otro contexto. Verso 6: “Y saliendo”, o sea, el Señor siempre está llamando personas a la viña, el Señor está interesado en que la viña, trabaje y produzca lo que tiene que producir, tiene que producirse algo al final de la viña. La Biblia habla de un principio del negocio y habla de un fin del negocio. Vamos a mirar esto en Eclesiastés capítulo 7, versículo 8, la primera parte, dice: “Mejor es el fin del negocio que su principio”, o sea, el Señor dice que mejor el fin del negocio que su principio, claro, ¿cuál es el principio? Invertir para sembrar, para trabajar, para arreglar, para poner insumos, etc., pero ¿cuál es el fin del negocio? Recuperar el fruto y venderlo y tener las 1000 piezas de plata, ese es el fin del negocio, o sea que el fin del negocio es mejor que el principio. El Señor tiene obreros que contrata para el principio que son primeros, no todos los primeros, pero algunos de los primeros llegarán a ser postreros y el Señor se reservó algunos de los postreros que llegarán a ser primeros, se reservó el Señor obreros para la época apostólica, para la época patrística, para la época medieval, para la época de la reforma y para la época del fin. La hora undécima, es una hora antes de las seis, es decir, las 5 de la tarde, es la última hora pero es la hora del fin del negocio, es la hora de la cosecha, es la hora por la cual todo lo demás se trabajó, todos trabajaron para esta hora, fíjense los patriarcas trabajaron para el fin; Moisés, Josué, los jueces, los reyes, los profetas trabajaron para el fin; los apóstoles del principio trabajaron para el fin, los llamados padres de la iglesia, los escolásticos, los reformadores, los grandes misioneros trabajaron para el fin, pero ¿a qué generación le tocó el fin? A la de la hora undécima, la última generación, por eso quiero animar a los jóvenes, hermanos y hermanas, vean el privilegio de haber sido reservados para la generación del fin. Los postreros serán primeros. ¿Saben cuál es la recompensa más alta que se promete a las iglesias, a la última de las iglesias? A la iglesia en Laodicea se le promete una recompensa que a ninguna otra se le promete, tú vas a Apocalipsis, comparas las recompensas, todas son muy buenas, pero a la última dice: los que vencieren, o sea, los que vencieren la condición final de Laodicea, ese espíritu mercantilista, soy rico, no tengo necesidad de nada, los que vencieren la prueba final, el lazo, que dijo el Señor Jesús que vendría como un lazo, ese afán de las riquezas, ese afán del consumismo; “los que vencieren les daré que se sienten conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me sentado con mi Padre en mi trono”9, a ningún otro se le prometió eso, sino a los finales, ¿qué les parece? “El fin del negocio es mejor que su principio.” ¿Amén? Entonces ahora llega la hora undécima: “Saliendo cerca de la hora undécima”, o sea, alrededor de las 5 de la tarde, un poquito antes, todavía no eran las 5, pero eran como las 4 o las 4 y media, a esa hora quién se va a poner a trabajar, pero el Señor tiene interés en su viña y tiene interés en ellos. ¿Qué pasa si esos hombres se quedan sin trabajar? ¿Qué van a llevar a su casa, qué va a comer su esposa, sus hijos? ¿se dan cuenta? Entonces él contrató a los desocupados. A veces decimos: Señor, ¿por qué será que no me está saliendo ningún trabajo? Se me cierran las puertas por aquí, se me cierran por acá, el mundo no lo está ocupando, pero el Señor sí tiene interés en ocuparlo, pero hermano, si las puertas se le han cerrado ¿no será que el Señor lo está llamando como obrero de la hora undécima? Dice: “Saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados;” perdiendo el tiempo, viviendo sin sentido en la vida, “y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado”. Es decir, no le servimos a nadie, ni al mundo, ni faraón quiere que le hagamos ladrillos, ¡gracias a Dios! Esa no es una mala señal. “El les dijo: Id también vosotros a la viña” y ahí está el punto. Esa frase que dice: “y recibiréis lo que sea justo”, fue agregada por escribas posteriores, no está en los manuscritos antiguos. A los primeros les habló con todo detalle, hizo un convenio, bueno, un denario, con los otros les habló que van a confiar en la justicia, ellos pensaron, a mi me dará tres cuartos, a mí me dará medio denario porque sólo trabajé mediodía; yo trabajé desde las tres puede ser que me dé un cuarto de denario y aquí a estos últimos no les dijo nada, simplemente: “Id también vosotros a la viña” y ellos fueron a la viña, fueron en el espíritu del final del negocio, en un espíritu de gracia, ellos iban a ganar poco, pero no dijeron, ¿qué voy a ganar? Mejor me quedo sin hacer nada, a última hora, ¡todo lo que hicieron los apóstoles!, yo ya me convertí muy tarde, yo ya ¿que voy a hacer? ¡No, no!, claro que tú conoces que el Señor es justo, pero además de ser justo es bueno, El no solo es justo, El es bueno ¿ven? Verso 8: “Cuando llegó la noche,” porque el Señor cumple sus propias leyes. Vamos a ver esas leyes del Señor en Levítico 19, versículo 13, la parte b y esto hay que aprenderlo aquí en esta tierra antes de irnos para la gloria, primero dice: “No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás” y la parte b) “No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana”. Hoy es muy común, claro, un fin de semana, no le pagan el viernes por ahí le pagan el martes y hacen negocio esos días, compran y venden, cambian dinero, pero el Señor prohibe retener el salario, el salario hay que pagarlo cuando apareció la primera estrellita, ahí, al anochecer, por eso dice ahí en el verso 13: “No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana” y Deuteronomio 24:15, allí también el Señor da esa ley que El mismo cumple, porque El no da una ley que El no cumpla: “En su día le darás su jornal”, no hay que hacer esperar a la persona a quien se le debe, hay que pagar esa misma noche, ni siquiera hay que esperar que oscurezca, tan pronto como aparece la primera estrella ahí hay que pagar, “En su día le darás su jornal, y no se podrá el sol sin dárselo”; por eso digo lo de la primera estrellita, Dios quiere que se pague diariamente lo que se trabajó, se pague ese mismo día y dice porqué: “pues es pobre, y con él sustenta su vida”, o sea, va a vivir de préstamos, pagando intereses de usura, “es pobre, y con él sustenta su vida, para que no clame contra a ti a Yavheh, y se en ti pecado”, o sea es pecado retener el salario una noche, es un pecado, tiene que ser al instante, claro como tú no eres el que está con la apretura, a ti no te importa pero el otro no tiene con qué desayunar, a él si le importa, ¿ven? el que tiene la panza llena está tranquilo, pero el otro no, entonces Dios cumple sus propias leyes. Volviendo a Mateo 20:8, dice: “Cuando llegó la noche”, a la medianoche como dice el Señor: “aquí viene el esposo”10, pero aquí todavía no es la medianoche y llegó la noche, y dice: “El señor de la viña dijo a su mayordomo”, ¿quién será este mayordomo? Será Cristo el ecónomo de Dios, el epictropos como se le llama allí en el griego. “Llama a los obreros y págales el jornal” aquí se habla de pagar, aquí no está hablando de salvación, sino del reino de los cielos, el jornal, o sea lo que hicieron porque la salvación es por gracia, pero fuimos salvos para buenas obras las cuales serán galardonadas, “he aquí vengo pronto y mi galardón conmigo para recompensar a cada uno según fuere su obra”11. La salvación es por fe, es un regalo, la dádiva de Dios es vida eterna, pero los salvos por gracia, servimos al Señor, pero ¿en qué espíritu? Como el espíritu que se manifestó en aquellos obreros primeros que empezaron a envidiar, que no conocían la gracia, que sólo conocían el comercio, que sólo conocían la justicia pero no la soberana gracia, ¿qué espíritu se manifestará en aquel día? ¿En qué espíritu fue nuestro trabajo? Porque en el espíritu en que fue nuestro trabajo se manifestará en el último día. ¿Cuál fue el espíritu de aquellos? Hacía mucho sol, arduo trabajo, en cambio a esos les tocó trabajar cuando hacía brisa fresca, ya se estaba poniendo el sol, a nosotros nos tocó el calor, ¿se da cuenta en que espíritu estaban aquellos? ¿Qué nos quiere enseñar el Señor con esta parábola? Será que cuando en alguna bibliada se quiere conceder gracia a unos, entonces dicen: ¡no, con todos tiene que ser igual! ¿no fue eso lo que hizo el diablo? ¿Saben por qué el diablo está tratando que otros le sigan al infierno? Porque él no quiere la desgracia para el sólo, como dice: mal de muchos, consuelo de tontos, ese es el diablo, él quiere que todos se vayan al infierno, que no sea uno solo el desgraciado sino que ojalá haya millones de desgraciados, ese es el espíritu del diablo, pero el Señor tiene un espíritu de gracia; lo mínimo que hace el Señor es justicia, pero la justicia es lo mínimo; el Señor no es solamente justo, sí la ley viene por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo12; lo mínimo que hace el Señor es justicia, Él no le va a quitar a nadie nada, Él nunca va a cometer injusticia, pero Él además de hacer justicia, es bondadoso, Él regala cosas para exponer la envidia de los corazones y tratarlo, si no fuera así, hubiera dado el salario cuando no lo vieran los primeros, para que los primeros no se dieran cuenta, -no, espere que salgan los otros y los otros no se den cuenta y así ellos no van a criticar; tú sólo trabajaste una hora y ellos trabajaron doce horas,- no eran ocho, sino doce en esa época, ¿ven? pero ¡no! delante de ellos, delante de los quisquillosos, delante de los legalistas les dio lo mismo que a ellos, pero a ellos no les hizo injusticia. Entonces dice, primera cosa rara para este mundo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros”. El Señor quería era el fin del negocio, se terminó el negocio; los últimos fueron los que debieron terminar y esos son los primeros que lo disfrutan, ¿verdad? Los obreros de la hora undécima: “págales el jornal, comenzando desde los postreros”, o sea, así es como los postreros comienzan a ser primeros y ¿cuál fue el salario? verso 9, “Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.” Un denario, o sea, el Señor les dio un mismo denario, igual le dio a los otros, a unos como actuaron en ese plano de negocio con Dios, entonces le pagó lo que les debía, no les hizo injusticia, pero los otros trabajaron en un espíritu diferente y el Señor también actuó como es Él, El es bondadoso, nosotros no tenemos que ser de esas personas que si a mi me apretaron, yo tengo que apretar al otro, ¿por qué no voy a alegrarme de que haya gracia para otro? ¿porqué no voy a alegrarme con la soberanía del Señor?. Allí hay unos pecados escondidos en la reacción de estos, caballeros entre comillas. Miren lo que dice en el verso 10: “Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario”, o sea, lo justo, ¿por qué? porque ellos hicieron un contrato, ellos trabajaron no por el interés de la viña, no por amor al dueño, ¡no! ellos trabajaron para ellos, bueno, el Señor fue justo, no les quitó nada, les dio lo que habían convenido, con los otros no convino nada y fue bondadoso, entonces ¿en qué espíritu prefieres trabajar para el Señor? en un espíritu, bueno, si me pagan el salario de pastor voy a pastorear, si no me pagan, no voy a pastorear, ¿cómo voy a ir a visitar a los hermanos si no me pagan? ¿No es ese el espíritu mercenario? Un denario por justicia, pero el que hace un trabajo por amor, por gracia, por colaborar, por estar en el mismo espíritu, en la misma causa de su Señor, ese recibirá una recompensa según el espíritu en que trabajó, una recompensa de gracia. Hay recompensa de justicia y hay recompensa de gracia, las dos son recompensas, pero una cosa es recompensa de justicia y otra es una recompensa graciosa, abundante, también es llamada recompensa, pero una recompensa basada en la gracia, basada en la actitud bondadosa del Señor y así es el espíritu en que Él recompensa, en ese espíritu es que demos servir, no servir en el espíritu de mercadería, porque entonces el Señor nos dirá: ya tienes tu recompensa; hay que servir al Señor en otro espíritu y eso es lo que Él, nos quiere enseñar, y eso se esperará de los últimos; de los últimos se esperará un servicio al Señor en ese espíritu, con los últimos Él no hizo negocio. Vayan, trabajen, no les prometió nada, ellos no lo hicieron por promesa, por cálculos, simplemente estaban felices de tener oportunidad de trabajar por esa causa tan importante de esa viña de ese propietario, entonces Él los recompensó con gracia. ¿Amén? Dice el verso 10: “Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más;” ¿ se dan cuenta en que espíritu estaban ellos? Ellos estaban comparándose el uno con el otro; cuando nosotros nos comparamos uno con el otro, cuando queremos que al otro le pase lo mismo que a mi, que lo traten lo mismo que a mi, estamos en ese espíritu mercenario, no estamos en el espíritu correcto del evangelio. Es muy natural exigir igualdad, digamos, en el castigo por nuestros pecados, pero en lo que se da de gracia ¿cómo puede uno exigir igualdad? ¿Acaso puedo yo exigirle a Alejandro que me regale su reloj a mí, y si él se lo quiere regalar a Elsa me voy a poner bravo porque siempre me tiene que regalar a mi? Entonces ¿yo soy el único que puedo recibir todo, él no puede hacer ninguna bondad a nadie? ¿Se dan cuenta hermanos, como el Señor con esta parábola entra en lo profundo de nuestro legalismo, de nuestra justicia propia, de nuestro mercantilismo? Como Jacob, Jacob diezmó lo mismo que Abraham, pero ¡qué diferencia hay entre el diezmo de Jacob y el de Abraham! Jacob le dijo: “Mira, si tú me bendijeres, no me faltare comida, no me faltare calzado ni ropa, entonces vas (futuro) a ser mi Dios, ahora no, vas a ser mi Dios y yo te voy a dar el diezmo”13. Abraham no hizo ningún negocio, simplemente, espontáneamente lo dio, ¿ven? Dice: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais”14, Abraham actuaba en ese espíritu de generosidad como el Señor en el reino actúa no sólo con justicia, sino también con espíritu de generosidad, es un aspecto del reino que también es verdadero. El Señor incluye en la recompensa su espíritu de generosidad. Verso 11: “Y al recibirlo”, o sea, lo recibieron, cada uno de ellos recibió cada uno un denario, pero noten esa reacción, aunque lo recibieron lo volvieron a dejar ahí, lo recibieron y dijeron: -¡es un denario!- ¿Cómo sabemos que lo volvieron a dejar? Porque el Señor más adelante dice: -tómalo-, o sea que el que lo había recibido, lo había soltado y el Señor le tuvo que decir que lo tomara de nuevo, ¿se dan cuenta? A veces si no nos dan lo que queremos, no le queremos recibir, ¡Dios tenga misericordia de nosotros! De mi primeramente. “Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia”, pero ¿había sido injusto? ¡No! ¿Por qué murmuraban? ¿Por qué? porque era bueno, porque era soberano, entonces miren ese espíritu que el Señor está denunciando dentro de los mismos siervos a la hora del galardón, a la hora del salario, ¿ven? Verso 12: “Diciendo:” miren como murmuraban. “Estos postreros han trabajado una sola hora”, minimizando el trabajo de los otros, siempre engrandeciendo el trabajo de uno, es que mi trabajo ha sido muy arduo, muy difícil, al sol, a ustedes les tocó todo masticadito, todo facilito, ¿se dan cuenta? “y los has hecho iguales a nosotros”, ¡ah! noten, ¡iguales a nosotros!, ¡nosotros somos superiores!, nosotros somos los pioneros, los fundadores fuimos nosotros, éstos son recién llegados; no hay recién llegados hermanos, hay llamados a la hora que el Señor quiere. Es que uno no puede decir: ¡ah es que somos superiores, merecemos más! ¡No!, el Señor no les dio menos de lo que había prometido y era justo, el Señor no está haciendo injusticia. Entonces le dijeron eso: “nosotros, que hemos soportado la carga”, ahí está como ellos tomaban el trabajo, como una carga, para los otros, los de la hora undécima, era una oportunidad, pero para éstos era una carga. Se puede trabajar para el Señor considerando que nos dio una oportunidad o como una carga, ¿se dan cuenta, la diferencia de espíritu?, ellos le llamaron carga, “el calor del día”, siempre resaltaban lo peor, lo que soportaron, lo que habían sufrido ¿ven? Verso 13: “El, respondiendo, dijo a uno de ellos:”, quizá al portavoz, debía ser Pedro, yo no digo que sea, pero Pedro era el que había empezado a negociar y por eso fue que el Señor habló de que los primeros serían postreros, o sea, habrá algunos postreros con espíritu diferente al final, ¿verdad? Entonces dice: “Amigo, no te hago agravio”, o sea, tú estás murmurando, estás ofendido, pero yo no te he hecho agravio, “¿no conviniste conmigo en un denario?” Verso 14: “Toma lo que es tuyo”, ya lo había dejado, dice que lo había recibido, pero lo había soltado, “Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero”, ahí está la voluntad soberana, la soberanía de Dios, “quiero dar a este postrero, como a ti”, o sea, contigo soy justo y con él quiero ser bondadoso, ¿no tiene derecho de ser bondadoso? No dice la escritura: “¿Por qué peleas con el Altísimo?” El dice: “tengo misericordia de quien tengo misericordia, me compadezco de quien me compadezca,” 15 ¿vas a altercar con Dios, por qué hace esto así? Aquí el soberano soy yo Dios, y tú te vas a sentar en el banquillo de los acusados y yo ¿voy a ser juez de Dios? ¡No! Dios es el Señor, Él no está haciendo injusticia, lo mínimo que hace es justicia y lo demás es gracia y en el reino de los cielos habrá gracia también y por eso dice aquí: “quiero dar a este postrero, como a ti”. Verso 15: “¿No me es lícito”, o sea, ¿vamos a decirle que no le es lícito hacer lo que quiere, no puede hacer el Señor lo que quiere con lo de Él? Lo que te debe a ti te lo dio, pero lo que es de Él, ¿no puede hacer con ello lo que quiere? ¿Puede o no puede? ¡Amén hermanos!, vamos a limpiar ese espíritu de comercio, ese espíritu de legalismo de nuestro corazón, debemos aceptar esas bondades que el Señor le hace a otros, con alegría, no con envidia. “O tienes tú” esa palabra que se tradujo aquí envidia, es “mal ojo”. Dice la Biblia “que toda excelencia de obra despierta la envidia”16, ese asunto de la envidia es mal ojo, pero ¿por qué a él le dio un postre más grande? ¿Verdad que el Señor tiene que tratar con nosotros hermanos? Aquí estamos retratados y el Señor tiene que tratar con nosotros eso del mal ojo, inclusive hay por ahí ciertos lugares donde se habla del mal ojo que le echaron mal de ojo, por eso dice: “si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas; si la luz que hay en ti es tinieblas”17, o sea que debemos alegrarnos con la justicia de Dios y con la bondad soberana, El reparte como Él quiere, soberanamente, y tenemos que aprender a entrar en esa área que a veces no queremos entrar. Hermanos, es que Dios es justo, sí es justo, pero Él es soberano en su bondad, reparte como Él quiere. A éste lo hizo cucaracha y a éste lo hizo serafín. ¿Va a decir la cucaracha, por qué me hiciste cucaracha? ¿No tiene Dios derecho de hacer cien mil cucarachas, y cuatro serafines si quiere? ¿No tiene derecho? ¿Tiene o no tiene? Tiene derecho, porque Dios es soberano. Entonces dice: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tu envidia, porque yo soy bueno?” Esa palabra “envidia” es la palabra “mal ojo”. Hay varias cosas que se ven, voy a leer algunas por ejemplo para terminar esta parte aquí. Vamos a Proverbios capítulo 30, versículos 21 al 23: “Por tres cosas se alborota la tierra,” no puede soportar la tierra, “y la cuarta ella no puede sufrir”; miren como es la gente de la tierra, los naturales, los nativos, ¿por qué cosa se alborota la tierra? “Por el siervo cuando reina”, o sea, si reina el rey, el de sangre azul, todo el mundo está agradado, pero el proletario que reine, ¡uy! ¡No, cómo va ser, como va a reinar el proletario! Nadie quiere que el proletario reine, se alborota la tierra. Otra: “Por el necio cuando se sacia de pan” ¿no dice la escritura también que no es de los ligeros la carrera, ni de los sabios las riquezas, ni de los prudentes, ni de los elocuentes el favor, sino que tiempo y ocasión acontecen a todos, no dice así la Escritura? 18 Como lo cantamos, vanidad de vanidades, no es de los ligeros la carrera; o sea que a veces a los necios les va bien, ¿no ven a alguno que es presidente de esto y de aquello? Nacieron con cucharitas de plata, otros nacieron por allá en una barriada; la gente se alborota cuando el necio se sacia de pan. Otro: “Por la mujer odiada cuando se casa;” ¡se casó esa, me debiera casar yo, pero no ella! Eso es mal ojo también. “Y por la sierva cuando hereda a su señora”, eso no lo puede soportar la tierra, eso es el mal de ojo, ¿verdad? Ese es un ojo malo. Hermanos, Dios puede hacer bondad, de pronto hereda la sierva toda la riqueza de la señora, Dios se lo quiso dar, ¿verdad? Se alborota la tierra, porque la gente es mala, pero Dios sabe lo que hace. Por eso dice al final: “Así”, o sea lo que él había dicho en el 19:30 después de hablar que los primeros serán postreros, entonces aquí explicó como, así como lo explicó en la parábola: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros.” Y ahí termina Bueno hermanos, gracias al Señor. Yo les aconsejo que tomen la concordancia, busquen la palabra “envidia” y leamos cada uno con cuidado, yo ya hice ese trabajito, por eso se los aconsejo. Busquen la palabra “envidia” y lean todos los versos donde aparece la palabra “envidia” para que nosotros seamos librados de ese espíritu. ¿Amén hermanos? Vamos a dar gracias al Señor. Señor: te damos las gracias por tu infinita bondad y por tu soberanía. Tú eres Rey de reyes, Señor de señores, eres santo, eres bueno, eres justo y eres Señor. A Ti honra y gloria, concédenos honrarte, glorificarte por cada obra que haces, por cada bondad que concedes inmerecidamente a tus criaturas. No somos tus jueces, Señor, sino tus siervos. Gracias por cada bondad que has concedido a otros y que a nosotros no has concedido, gracias Señor, gracias porque Tú eres bueno, justo, soberano y te es lícito hacer lo quieres con lo que es tuyo. Gracias por tu bondad y tu soberanía. A Ti la honra y la gloria por los siglos de los siglos, amén. La paz del Señor sea con los hermanos. Transcripción: Marlene Alzamora Revisión: Piedad Gutiérrez Durán del comité de revisión para revisión final del autor. 1 Mat 19: 16-21 2 Mt 19:28 3 Cnt 7:11,12 4 Cnt 1:6 5 Cnt 8:12 6 Mt 19:27 7Hab 2:13,14 8 Jn 4:38 9 Ap 3:21 10 Mt 25:6 11 Ap 22:12 12 Jn 1:17 13 Gn 28:20-22 14 Jn 8:39 15 Ro 9:15 16 Ec 4:4 17 Lc 11:34 18 Ec 9:11

LOS OBREROS DE LA VIÑA

Por Gino Iafrancesco V. - 28 de Marzo, 2012, 14:07, Categoría: General

(33) LOS OBREROS DE LA VIÑA. EL MISTERIO DEL REINO DE DIOS (33). LOS OBREROS DE LA VIÑA. Localidad de Teusaquillo. (6 de agosto de 2005). (Gino Iafrancesco V.). Querido Padre: Gracias por el Señor Jesús por medio de quien estamos delante de Ti, te agradecemos que nos hayas conservado hasta hoy la vida y que nos continúes dando oportunidades en esta tierra, concédenos Señor acercarnos a Ti y a tu Palabra, ten a bien Señor, por tu Santo Espíritu, hablarnos una vez más, concede a nuestro corazón atenderte a Ti Señor, no te canses de llamarnos y encaminarnos y reprendernos si es necesario, Señor. Ayúdanos a estar contigo. Gracias porque podemos dejarlo todo en tus manos, concédenos desaparecer mientras miramos a Ti para que Tú nos puedas hablar Señor, nos puedas dar vida, conducirnos. En el nombre del Señor Jesús. Amén. Hermanos, la parábola que vamos a considerar, Dios mediante, esta noche, no se encuentra sino en Mateo; ni Marcos, ni Lucas, ni Juan, ni tampoco el llamado evangelio de Tomás, la mencionan, solamente la menciona Mateo. Entonces vamos al libro del evangelio según Mateo y vamos a mirar el capítulo 20, los primeros 16 versículos que habla de los obreros de la viña. Mateo capítulo 20, versículos 1 al 16. Voy a hacer una primera lectura de corrido para que, con la ayuda del Señor, recibamos la primera impresión y hacer un pequeño comentario de crítica textual que es necesario hacer al principio para que toda la parábola tenga una mayor riqueza. Mateo 20:1: “Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña.” Esa frase: “y recibiréis lo que sea justo”, es un agregado de algunos manuscritos posteriores, no se encuentra en los manuscritos más antiguos, ni tampoco en las menciones antiguas del latín, ni el copto, ni de otros idiomas antiguos, fue agregada porque en un verso anterior si aparece, entonces algún escriba pensó: aquí como que le faltó a Mateo decir lo mismo que había dicho antes, y agregó esto, y algunos manuscritos lo copiaron y entonces los manuscritos tardíos contienen esa frase, pero realmente cuando tú vas al texto griego, el verso 7 termina ahí: “Id también vosotros a la viña” y esto es significativo, como vamos a verlo después, Dios mediante, en la parte exegética. “Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú mal ojo, porque yo soy bueno?” La palabra que aquí se tradujo envidia es mal ojo u ojo malo. “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros.” Esa frase: “porque muchos son llamados, más pocos escogidos”. También es acrecentada en manuscritos tardíos, pero no está en los manuscritos más antiguos, ni en las traducciones más antiguas, entonces fue una explicación de algún escriba que quiso registrar esto. Bueno hermanos, hasta aquí la parábola leída. Vamos a considerar, con la ayuda del Señor, esto que en la historia de la exégesis cristiana es considerada la segunda en dificultad, después de la del mayordomo infiel; la del mayordomo infiel es considerada la más complicada de interpretar y ésta también, después de aquella, es considerada una de las más difíciles de entender, porque ustedes saben que hay distintas escuelas y a veces uno se acerca a la parábola del Señor con esas escuelas y las cosas como que no encajan con el pensamiento de las escuelas. Los reformados que hablan de la sola gracia, no entienden eso de cómo es que se paga un denario. Lutero interpretaba y otros con él, que no se refería a la venida del Señor, sino a los bienes temporales que recibimos en esta vida y otros que sí hablan del denario, lo toman como si fuese la salvación y confunden la salvación con el reino, de manera que esta parábola ha requerido un largo parto de casi 19 siglos para que, poco a poco, pueda ir siendo mejor entendida. Lógicamente que todos nosotros somos deudores y estamos sobre los hombros del resto de la iglesia que nos antecede en este proceso de tratar de entenderle al Señor, lo que el Señor nos quiere decir y aunque somos deudores a ellos, y estamos en los últimos tiempos tampoco pretendemos decir la última palabra, pero por lo menos estamos sobre los hombros de otros, ¿amén? esperamos que otros que vienen, si es que hay tiempo, estén sobre los hombros de los que anteceden. Desde el comienzo nos damos cuenta que la parábola no es una parábola aislada, sino que está en un contexto, vale la pena ver ese contexto porque la parábola comienza con la palabra “Porque”, quiere decir que el Señor va a explicar algo que había dicho antes, o sea que el contexto inmediato de la parábola comienza desde antes. Fíjense que hablando del joven rico, porque el joven rico venía a preguntar qué era necesario hacer para heredar la vida eterna y el Señor le dijo: -Bueno, tú conoces los mandamientos-, ustedes conocen toda la historia, dijo: todo esto he hecho desde mi juventud, y el Señor le dijo: -una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás tesoro en los cielos-1, entonces el Señor estaba hablando en el contexto del reino, no sólo de la salvación, sino del reino y en ese contexto es que Pedro hace una pregunta; puede ser que sea sólo de Pedro o que Pedro sea el portavoz de una inquietud general de los apóstoles o de una buena parte de ellos, o de una buena parte de las personas. Acordémonos que cuando vino el Señor Jesús, El vino bajo la ley y en aquel tiempo los judíos estaban bajo la ley de Moisés, recién el Señor Jesús estaba introduciendo el nuevo pacto. ¿Amén? Entonces, los primeros obreros estaban bajo la bandera del legalismo, bajo la bandera del mérito humano, bajo la bandera del comercio; te doy tanto por tanto y esto merece tanto, se espera que al final del negocio las cosas estén en otro espíritu, un espíritu de gracia, no en un espíritu de comercio, de legalismo, sino en un espíritu de gracia, de la soberana gracia de Dios. Miren como empieza del verso 27 del capítulo anterior, para ver el contexto. Estamos ahora en el capítulo 19 de Mateo desde el verso 27: “Entonces respondiendo Pedro”, ese entonces es a lo que el Señor le dijo a este joven rico. “Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros”, él no, él no te siguió, él se fue, él amó sus propiedades, pero nosotros sí, nosotros si pagamos el precio, nosotros tomamos la cruz, nosotros si luchamos para ser de los vencedores, nosotros sí, entonces dice: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué pues, tendremos?” es decir, por esta inversión, ¿cuánto da la cosecha? Entonces Pedro estaba bajo la égida del legalismo judaico, ¿se dan cuenta? Y el Señor claro, El es justo, pero es más que justo, El es también bondadoso, lleno de gracia, pero aquí Pedro está hablando de que hemos puesto esto y ¿qué vamos a tener? Entonces el Señor le dice, a todos, ya no solo a Pedro: “De cierto os digo que en la regeneración,” aquí esta palabra “regeneración”, no se refiere al nuevo nacimiento, sino al nuevo nacimiento incluido el alma y el cuerpo, es decir, la resurrección. Hay dos aplicaciones de la palabra “regeneración”, comienza por el espíritu, pero continúa pasando a nuestra alma y también a nuestro cuerpo. El propósito de que nuestro espíritu sea regenerado es también que nuestra alma lo sea y también el cuerpo; la vida de Dios comienza en el espíritu, el lugar santísimo, el río de Dios comienza a salir hacia el lugar santo y hacia el atrio y a llenar las naciones, y toda alma que entre en ese río del Espíritu, vivirá, entonces la regeneración que comienza en el espíritu, tiene la intención de llegar con su efecto pleno hasta el cuerpo, entonces aquí la palabra regeneración en este contexto, incluye la resurrección del cuerpo, por eso dice: “en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente” cuando hemos resucitado y comienza el reino, “se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”2. Aquí el Señor hizo la promesa y por eso usted ve que cada tribu tiene su piedra y cada apóstol tiene su piedra y a través de la piedra se conoce que tribu le tocaría a cada apóstol, por lo menos a través de las tribus se asocian las tribus con los apóstoles. -En la regeneración, vosotros que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel- Aquí lógicamente que está Matías en lugar de Judas Iscariote. “Y cualquiera”, ahora no sólo ustedes doce, sino cualquiera “que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”. Aquí cuando dice: heredará la vida eterna, es decir la vida eterna como herencia, ya tenemos vida eterna por la fe, pero la vida eterna como herencia, como le había preguntado anteriormente el joven rico, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna? Sabemos que el inicio de la vida eterna viene por la fe, pero una cosa es creer y otra cosa es renunciar a casas, hermanos, padres hijos etc. por Su nombre. Entonces dice: “recibirá cien veces más”, eso es aquí, ¿verdad? “y heredará la vida eterna”. Noten: “Pero”. Aquí el Señor dijo: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, serán primeros”. O sea, muchos de los que comenzaron, al final no serán los primeros, estarán allí, pero no serán los primeros y otros de los que fueron los postreros como los de la hora undécima, los últimos que el Señor llamó, llegarían a ser primeros y tendrían un trabajo que el Señor valoraría y que el Señor no sólo recompensaría sino que añadiría gracia a la recompensa; eso es algo que tenemos que aprender también, cuando estamos tratando el asunto del reino, porque hemos visto que la salvación es por fe y que el galardón es por obra, pero tenemos que ver también junto con eso y para eso está esta parábola que aún en el galardón, el Señor es soberano, puede acrecentar según su bondad, lo que a Él le place al galardón de las personas, porque Él es soberano y tiene que tratar con la raiz legalista de nuestra envidia. ¿Amén? Hay algo en el ser humano que tiene que ser tratado y aquí con esta parábola el Señor lo trata. Pero vamos poco a poco, aquí nos damos cuenta que en el verso 30 el Señor dijo: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros. Porque” ese porque es para explicar esa frase: muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros, al final de la parábola de los obreros de la viña, en el capítulo 20, verso 16, dice: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros” , noten que el verso 19:30 dice lo mismo que el 20:16, sólo que el 20:16, dice: “Así”, quiere decir que esta parábola es para explicar lo que acaba de decir en el capítulo 19, el objetivo es precisamente explicar eso. Entonces. ahora si entremos en la explicación, eso era para entender lo que dice aquí: “Porque”, todo esto que dijimos del contexto es porque: “porque el reino de los cielos”, aquí está hablando del reino de los cielos, vamos a ubicar esta parábola junto con todas las demás que hablan del reino de los cielos, aquí no está hablando sólo de la salvación por la fe, está hablando del reino de los cielos, ya como eso se ha tratado, no voy a detenerme aquí, sólo llamo la atención, es una más de las parábolas que esclarece otro aspecto del reino de los cielos. Dice: “es semejante a un hombre, padre de familia,” aquí podemos representar al Señor mismo, a Dios mismo, Dios mismo es este padre de familia que se hizo hombre, “que salió por la mañana a contratar obreros para su viña”. Aquí aparece la palabra “viña”, que es una palabra muy importante. Siempre el Señor considera su trabajo en la tierra aún con Israel, después con la iglesia, como con una viña. Ustedes recuerdan Isaías capítulo 5, los primeros siete versos nos hablan de esa viña, como Dios consideraba a Israel como una viña, inicialmente Israel. Vamos a Isaías capítulo 5 desde el verso 1 hasta el 7. El Señor le habla así a Israel: “Ahora cantaré por mi amado”. Aquí está hablando Isaías, ese amado es el Señor, Yahvheh, “el cantar de mi amado a su viña”, o sea el pueblo del Señor, tanto Israel en el antiguo como la iglesia en el nuevo, es la viña del Señor. “Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar, y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres”, o sea esas uvitas de mala calidad, que no era lo que se esperaba de una viña, uvas silvestres, es decir, no la vida nueva, sino la vieja, la natural. “Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá”, o sea, ustedes que han visto lo que ha pasado con Jerusalén, con Judá, “juzgad ahora entre mi y mi viña. ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres? Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña:” El Señor la reconoce como suya, pero dice lo que va a hacer, va a tener que barrer con ella, porque es una cosa totalmente natural y tiene que empezar de nuevo y para empezar de nuevo, tiene que barrer primero, luego a trabajar. Por eso dice aquí: “Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aún a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella”. ¿Por qué el Señor tomó esa posición? Porque El no puede respaldar lo que tiene un origen errado, tiene que cortar de raíz para después volver a empezar de nuevo. Aquí está anotando el Señor lo que va a hacer con Israel y lo que sucedió después cuando vino Nabucodonosor y todo eso, y recién después con la vuelta del cautiverio, al retorno, ahí empezó el Señor otra vez a trabajar, ¿ven? “Ciertamente la viña de Yahveh Sabaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor”. El Señor no reconoció esa planta, es una planta de malos frutos, hay que cortarla para poner una que de buenos frutos. Entonces aquí Israel era su viña. En Cantar de los Cantares aparece varias veces la viña y aparece la viña en distintas etapas que ahora vamos a ver, distintas horas del llamamiento a trabajar en la viña. Vamos al Cantar de los Cantares; la primera mención de la viña, está en el capítulo 1 versículo 6 al final, dice ella cuando era nueva, cuando estaba apenas comenzando en los caminos del Señor, lo amaba y él la amaba a ella, pero ella todavía no caminaba con él, ni discernía. Entonces dice: “Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña que era mía, no guardé.” Esa es la primera mención de la viña, o sea, no le puso cuidado a la viña, no la guardó para nada. Ya en el capítulo 2, ya está trabajando con la viña, pero deja que las zorras la dañen; las zorras son esas astucias, esas cosas que hacemos en el hombre natural, no hacemos en el espíritu, sino en nuestra propia astucia, eso es lo que representan las zorras. Capítulo 2 versículo 15, dice el Señor: “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne”. O sea, ya las uvas ya están produciendo y ahí cuando ya empiezan a aparecer esos racimos, ahí mismo vienen las zorras que no quieren que esas uvas sean para el Señor, sino que las zorras las quieren para ellas. Entonces ahora hay que cazar las zorras, volverse cazador de astucias. Después pasamos un poco más adelante al capítulo 7, ya ella ha madurado y en el versículo 12, lo leo desde el 10 porque ustedes ya conocen el asunto de cómo ella primero decía: “Mi amado es mío y yo soy de mi amado”, como ella fue descentrándose de los intereses de ella y se centró en los del Señor. Ahora dice ella desde el 7:10: “Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento. Ven, oh amado mío, salgamos al campo,” ahora es ella, primero le decía: ve a trabajar en la viña, no, no cuidó su viña, ¡como ha madurado al final!, ya en la última página, ahora es ella la que le dice a él, esa es la oración de intercesión con la iglesia. “Salgamos al campo, moremos en las aldeas. Levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotan las vides, si están en cierne, si han florecido los granados, allí te daré mis amores”3. A ella al principio no le importaba nada de la viña, ahora le importa, es en la viña que ella le quiere dar sus amores y lo último que ella dice, ya estamos en el capítulo 8 desde el verso 11 y el 12, ya terminando este libro, como una síntesis del cantar, Salomón, hijo de David que es tipología de Cristo, dice: “Salomón tuvo una viña en Baal-hamón,” Baal-hamón quiere decir la multitud de baales, o sea, el mundo, el hijo de David, plantó una viña en el mundo y dice: “la cual entregó a guardas”, o sea, él encomendó personas, esos guardas son los que deben trabajar en la viña, deben guardar que las zorras no se la coman, ni los ladrones, y ni siquiera los gusanos, ni la maleza, tienen que trabajar en la viña, son los guardas, ¿verdad? “Cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto.”, es decir, el equivalente a mil monedas de plata como fruto de la viña, ese fruto de la viña iba a producir plata, o sea, es el fruto de la redención, esto debe producir la viña. Y ahora, miren lo que dice ella, miren qué diferencia. Al principio dijo: “Me pusieron a guardar las viñas y la viña que era mía, no guardé”4. Ahora, miren después de la maduración dolorosa de parte del Señor, ahora dice así: “Mi viña, que es mía, está delante de mí;”5 ¡qué diferencia! “Está delante de mí”, las mil, o sea, las mil monedas que hay que traer por esa viña. “Las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto”, es decir que las viñas producían mil doscientas monedas de plata, 1/6 era para los trabajadores y 5/6 eran para el capital, el capital era 1000 y el trabajo de los guardas era 200, vemos ahí los distintos niveles de la viña; vemos la viña descuidada totalmente al principio, luego la vemos cuidadita pero con algunas zorritas allí comiéndose las uvas, y ahora la vemos aquí trabajando en la viña y produciendo el fruto. ¿Amén? Ahora, lo mismo vamos a ver aquí en Mateo. Vamos a Mateo capítulo 20: “salió por la mañana a contratar obreros para su viña.” La viña es el pueblo del Señor y habla de contratar porque era que Pedro le había dicho: “Señor, nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué pues, tendremos?”6 Es decir, nosotros ponemos esto y ¿Tú que pones? Entonces el Señor le dijo que iba a poner algo, y al principio aparece la palabra “contratar”, “convenir”, “llegar a un acuerdo”, al final ya no se habla así y ese espíritu de legalismo, ese espíritu de comercio, al final de la parábola no se menciona, al principio se menciona, es decir, al principio del servicio uno sirve por legalismo, por ganancia, después sirve solamente porque nos vamos pareciendo al Señor, no por querer ganar recompensa, aunque la recompensa vendrá no nos interesa la recompensa, nos interesa más llegar a ser como es el Señor. ¿Amén? Entonces dice aquí en el verso 2: “Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña”. Son enviados, son los apóstoles del principio, ahí está Pedro porque Pedro le está diciendo: “nosotros lo hemos dejado todo, te hemos seguido”, entonces estos son los primeros obreros, los de la madrugada, los obreros de las 6 de la mañana cuando recién está saliendo el sol, o sea, cuando está comenzando la era de la iglesia, pero fíjense que al principio la iglesia está bajo el régimen de la ley y hasta está saliendo apenas de la ley, estaban saliendo de ese ambiente legalista y empezando a entrar, ¿verdad? Continua en el verso 3: “Saliendo cerca de la hora tercera”, o sea, la hora tercera son las 9 de la mañana, acuérdense que las horas comienzan cuando sale el sol y termina cuando se pone el sol, es decir, más o menos doce horas, claro que en verano eran 14 horas, casi 15 y en invierno eran 9 horas y un poquito, pero digamos el promedio eran 12 horas, de la salida del sol, a la puesta del sol, entonces cuando aparecía la primera estrella se acababa el día y comenzaba la tarde del siguiente día, ¿verdad? Entonces dice aquí: “Saliendo cerca de la hora tercera”, ¿por qué? porque a la madrugada era la hora primera, es decir, las 6 de la mañana sería la hora primera, la hora tercera son las nueve de la mañana, “del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados”; o sea, estar sin trabajar en la viña del Señor es estar desocupado, perdiendo el tiempo, ocupando el tiempo en cosas sin sentido, cosas que no tendrán ningún fruto; si no se está sirviendo al Señor en la viña se está desocupado u ocupado en tonterías, como dice por Habacuc: “en vano se afanaron las naciones, para el fuego trabajaron”, ¿por qué? “porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria del Señor.”7 Luego dice en el verso 4: “Y les dijo: Id también vosotros a mi viña,” ahora noten la palabra: “y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron”. Lo primero fue un convenio, o sea, algo comercial, hasta que llegaron a un acuerdo. Realmente en aquella época el salario del trabajo del día, un denario era un salario liberal, generalmente se pagaba un poquito menos de un denario y la persona que pagaba un denario para un soldado, para un obrero, se consideraba en la época antigua un salario bueno para el día. De la palabra denario viene la palabra dinero. Entonces les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo”. Noten: los primeros dice: los envió a su viña, ya aparece la palabra “enviar” de una manera bien notoria, claro que también los envió, pero ya no mencionó la palabra “enviar”, son apóstoles de una categoría diferente, los primeros son fundamento, los otros ya son edificadores del cuerpo, trabajadores de la viña. “Y ellos fueron”, noten: ahí ya no hubo ningún convenio con ellos; ellos confiaron en la justicia de él, no fue una cosa tan exacta. Bueno, nosotros lo hemos dejado todo ¿y qué vamos a tener? Esa fue una cosa bien definida, ya no, a medida que pasa el tiempo y el Señor va llamando, la iglesia tiene que ir madurando, y dice: “y os daré lo que sea justo”. El Señor hará justicia, sólo que el Señor no sólo es justo, sino que Él también es bueno, su gracia es soberana y ese es otro aspecto que tenemos que reconocer del Señor para que nosotros, que estamos entendiendo el reino no caigamos en legalismo, no caigamos en comercio con Dios. ¿Amén? Verso 5: “Salió otra vez”, o sea, éstos de las 9 de la mañana, eran como decir el período patrístico, después del período apostólico viene el período patrístico, dice: “Salió otra vez cerca de las horas sexta”, o sea, eso era a mediodía, el período medieval “y novena,” o sea, a las tres de la tarde, o sea, el período de la reforma, períodos diferentes en el trabajo de la viña del Señor, la era apostólica, la era patrística, la era medieval, escolástica y la era de la reforma. Ahora, la hora sexta es mediodía, la hora novena, la hora nona cuando murió el Señor eran las 3 de la tarde, traducido a nuestro horario actual. Y dice, miren como habló primero, primero habló así: convino con los obreros en un denario al día, ya ahora lo hace más simple: “y os daré lo que sea justo”, ahora simplemente hizo lo mismo, lo dio a entender, pero ellos fueron a trabajar, aunque sea tarde, ya sobre los hombros del trabajo de todos los demás, ellos no tuvieron que empezar nada, como dijo el Señor: “Otros trabajaron y ustedes entran en su labor”8, dijo en otro contexto. Verso 6: “Y saliendo”, o sea, el Señor siempre está llamando personas a la viña, el Señor está interesado en que la viña, trabaje y produzca lo que tiene que producir, tiene que producirse algo al final de la viña. La Biblia habla de un principio del negocio y habla de un fin del negocio. Vamos a mirar esto en Eclesiastés capítulo 7, versículo 8, la primera parte, dice: “Mejor es el fin del negocio que su principio”, o sea, el Señor dice que mejor el fin del negocio que su principio, claro, ¿cuál es el principio? Invertir para sembrar, para trabajar, para arreglar, para poner insumos, etc., pero ¿cuál es el fin del negocio? Recuperar el fruto y venderlo y tener las 1000 piezas de plata, ese es el fin del negocio, o sea que el fin del negocio es mejor que el principio. El Señor tiene obreros que contrata para el principio que son primeros, no todos los primeros, pero algunos de los primeros llegarán a ser postreros y el Señor se reservó algunos de los postreros que llegarán a ser primeros, se reservó el Señor obreros para la época apostólica, para la época patrística, para la época medieval, para la época de la reforma y para la época del fin. La hora undécima, es una hora antes de las seis, es decir, las 5 de la tarde, es la última hora pero es la hora del fin del negocio, es la hora de la cosecha, es la hora por la cual todo lo demás se trabajó, todos trabajaron para esta hora, fíjense los patriarcas trabajaron para el fin; Moisés, Josué, los jueces, los reyes, los profetas trabajaron para el fin; los apóstoles del principio trabajaron para el fin, los llamados padres de la iglesia, los escolásticos, los reformadores, los grandes misioneros trabajaron para el fin, pero ¿a qué generación le tocó el fin? A la de la hora undécima, la última generación, por eso quiero animar a los jóvenes, hermanos y hermanas, vean el privilegio de haber sido reservados para la generación del fin. Los postreros serán primeros. ¿Saben cuál es la recompensa más alta que se promete a las iglesias, a la última de las iglesias? A la iglesia en Laodicea se le promete una recompensa que a ninguna otra se le promete, tú vas a Apocalipsis, comparas las recompensas, todas son muy buenas, pero a la última dice: los que vencieren, o sea, los que vencieren la condición final de Laodicea, ese espíritu mercantilista, soy rico, no tengo necesidad de nada, los que vencieren la prueba final, el lazo, que dijo el Señor Jesús que vendría como un lazo, ese afán de las riquezas, ese afán del consumismo; “los que vencieren les daré que se sienten conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me sentado con mi Padre en mi trono”9, a ningún otro se le prometió eso, sino a los finales, ¿qué les parece? “El fin del negocio es mejor que su principio.” ¿Amén? Entonces ahora llega la hora undécima: “Saliendo cerca de la hora undécima”, o sea, alrededor de las 5 de la tarde, un poquito antes, todavía no eran las 5, pero eran como las 4 o las 4 y media, a esa hora quién se va a poner a trabajar, pero el Señor tiene interés en su viña y tiene interés en ellos. ¿Qué pasa si esos hombres se quedan sin trabajar? ¿Qué van a llevar a su casa, qué va a comer su esposa, sus hijos? ¿se dan cuenta? Entonces él contrató a los desocupados. A veces decimos: Señor, ¿por qué será que no me está saliendo ningún trabajo? Se me cierran las puertas por aquí, se me cierran por acá, el mundo no lo está ocupando, pero el Señor sí tiene interés en ocuparlo, pero hermano, si las puertas se le han cerrado ¿no será que el Señor lo está llamando como obrero de la hora undécima? Dice: “Saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados;” perdiendo el tiempo, viviendo sin sentido en la vida, “y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado”. Es decir, no le servimos a nadie, ni al mundo, ni faraón quiere que le hagamos ladrillos, ¡gracias a Dios! Esa no es una mala señal. “El les dijo: Id también vosotros a la viña” y ahí está el punto. Esa frase que dice: “y recibiréis lo que sea justo”, fue agregada por escribas posteriores, no está en los manuscritos antiguos. A los primeros les habló con todo detalle, hizo un convenio, bueno, un denario, con los otros les habló que van a confiar en la justicia, ellos pensaron, a mi me dará tres cuartos, a mí me dará medio denario porque sólo trabajé mediodía; yo trabajé desde las tres puede ser que me dé un cuarto de denario y aquí a estos últimos no les dijo nada, simplemente: “Id también vosotros a la viña” y ellos fueron a la viña, fueron en el espíritu del final del negocio, en un espíritu de gracia, ellos iban a ganar poco, pero no dijeron, ¿qué voy a ganar? Mejor me quedo sin hacer nada, a última hora, ¡todo lo que hicieron los apóstoles!, yo ya me convertí muy tarde, yo ya ¿que voy a hacer? ¡No, no!, claro que tú conoces que el Señor es justo, pero además de ser justo es bueno, El no solo es justo, El es bueno ¿ven? Verso 8: “Cuando llegó la noche,” porque el Señor cumple sus propias leyes. Vamos a ver esas leyes del Señor en Levítico 19, versículo 13, la parte b y esto hay que aprenderlo aquí en esta tierra antes de irnos para la gloria, primero dice: “No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás” y la parte b) “No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana”. Hoy es muy común, claro, un fin de semana, no le pagan el viernes por ahí le pagan el martes y hacen negocio esos días, compran y venden, cambian dinero, pero el Señor prohibe retener el salario, el salario hay que pagarlo cuando apareció la primera estrellita, ahí, al anochecer, por eso dice ahí en el verso 13: “No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana” y Deuteronomio 24:15, allí también el Señor da esa ley que El mismo cumple, porque El no da una ley que El no cumpla: “En su día le darás su jornal”, no hay que hacer esperar a la persona a quien se le debe, hay que pagar esa misma noche, ni siquiera hay que esperar que oscurezca, tan pronto como aparece la primera estrella ahí hay que pagar, “En su día le darás su jornal, y no se podrá el sol sin dárselo”; por eso digo lo de la primera estrellita, Dios quiere que se pague diariamente lo que se trabajó, se pague ese mismo día y dice porqué: “pues es pobre, y con él sustenta su vida”, o sea, va a vivir de préstamos, pagando intereses de usura, “es pobre, y con él sustenta su vida, para que no clame contra a ti a Yavheh, y se en ti pecado”, o sea es pecado retener el salario una noche, es un pecado, tiene que ser al instante, claro como tú no eres el que está con la apretura, a ti no te importa pero el otro no tiene con qué desayunar, a él si le importa, ¿ven? el que tiene la panza llena está tranquilo, pero el otro no, entonces Dios cumple sus propias leyes. Volviendo a Mateo 20:8, dice: “Cuando llegó la noche”, a la medianoche como dice el Señor: “aquí viene el esposo”10, pero aquí todavía no es la medianoche y llegó la noche, y dice: “El señor de la viña dijo a su mayordomo”, ¿quién será este mayordomo? Será Cristo el ecónomo de Dios, el epictropos como se le llama allí en el griego. “Llama a los obreros y págales el jornal” aquí se habla de pagar, aquí no está hablando de salvación, sino del reino de los cielos, el jornal, o sea lo que hicieron porque la salvación es por gracia, pero fuimos salvos para buenas obras las cuales serán galardonadas, “he aquí vengo pronto y mi galardón conmigo para recompensar a cada uno según fuere su obra”11. La salvación es por fe, es un regalo, la dádiva de Dios es vida eterna, pero los salvos por gracia, servimos al Señor, pero ¿en qué espíritu? Como el espíritu que se manifestó en aquellos obreros primeros que empezaron a envidiar, que no conocían la gracia, que sólo conocían el comercio, que sólo conocían la justicia pero no la soberana gracia, ¿qué espíritu se manifestará en aquel día? ¿En qué espíritu fue nuestro trabajo? Porque en el espíritu en que fue nuestro trabajo se manifestará en el último día. ¿Cuál fue el espíritu de aquellos? Hacía mucho sol, arduo trabajo, en cambio a esos les tocó trabajar cuando hacía brisa fresca, ya se estaba poniendo el sol, a nosotros nos tocó el calor, ¿se da cuenta en que espíritu estaban aquellos? ¿Qué nos quiere enseñar el Señor con esta parábola? Será que cuando en alguna bibliada se quiere conceder gracia a unos, entonces dicen: ¡no, con todos tiene que ser igual! ¿no fue eso lo que hizo el diablo? ¿Saben por qué el diablo está tratando que otros le sigan al infierno? Porque él no quiere la desgracia para el sólo, como dice: mal de muchos, consuelo de tontos, ese es el diablo, él quiere que todos se vayan al infierno, que no sea uno solo el desgraciado sino que ojalá haya millones de desgraciados, ese es el espíritu del diablo, pero el Señor tiene un espíritu de gracia; lo mínimo que hace el Señor es justicia, pero la justicia es lo mínimo; el Señor no es solamente justo, sí la ley viene por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo12; lo mínimo que hace el Señor es justicia, Él no le va a quitar a nadie nada, Él nunca va a cometer injusticia, pero Él además de hacer justicia, es bondadoso, Él regala cosas para exponer la envidia de los corazones y tratarlo, si no fuera así, hubiera dado el salario cuando no lo vieran los primeros, para que los primeros no se dieran cuenta, -no, espere que salgan los otros y los otros no se den cuenta y así ellos no van a criticar; tú sólo trabajaste una hora y ellos trabajaron doce horas,- no eran ocho, sino doce en esa época, ¿ven? pero ¡no! delante de ellos, delante de los quisquillosos, delante de los legalistas les dio lo mismo que a ellos, pero a ellos no les hizo injusticia. Entonces dice, primera cosa rara para este mundo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros”. El Señor quería era el fin del negocio, se terminó el negocio; los últimos fueron los que debieron terminar y esos son los primeros que lo disfrutan, ¿verdad? Los obreros de la hora undécima: “págales el jornal, comenzando desde los postreros”, o sea, así es como los postreros comienzan a ser primeros y ¿cuál fue el salario? verso 9, “Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.” Un denario, o sea, el Señor les dio un mismo denario, igual le dio a los otros, a unos como actuaron en ese plano de negocio con Dios, entonces le pagó lo que les debía, no les hizo injusticia, pero los otros trabajaron en un espíritu diferente y el Señor también actuó como es Él, El es bondadoso, nosotros no tenemos que ser de esas personas que si a mi me apretaron, yo tengo que apretar al otro, ¿por qué no voy a alegrarme de que haya gracia para otro? ¿porqué no voy a alegrarme con la soberanía del Señor?. Allí hay unos pecados escondidos en la reacción de estos, caballeros entre comillas. Miren lo que dice en el verso 10: “Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario”, o sea, lo justo, ¿por qué? porque ellos hicieron un contrato, ellos trabajaron no por el interés de la viña, no por amor al dueño, ¡no! ellos trabajaron para ellos, bueno, el Señor fue justo, no les quitó nada, les dio lo que habían convenido, con los otros no convino nada y fue bondadoso, entonces ¿en qué espíritu prefieres trabajar para el Señor? en un espíritu, bueno, si me pagan el salario de pastor voy a pastorear, si no me pagan, no voy a pastorear, ¿cómo voy a ir a visitar a los hermanos si no me pagan? ¿No es ese el espíritu mercenario? Un denario por justicia, pero el que hace un trabajo por amor, por gracia, por colaborar, por estar en el mismo espíritu, en la misma causa de su Señor, ese recibirá una recompensa según el espíritu en que trabajó, una recompensa de gracia. Hay recompensa de justicia y hay recompensa de gracia, las dos son recompensas, pero una cosa es recompensa de justicia y otra es una recompensa graciosa, abundante, también es llamada recompensa, pero una recompensa basada en la gracia, basada en la actitud bondadosa del Señor y así es el espíritu en que Él recompensa, en ese espíritu es que demos servir, no servir en el espíritu de mercadería, porque entonces el Señor nos dirá: ya tienes tu recompensa; hay que servir al Señor en otro espíritu y eso es lo que Él, nos quiere enseñar, y eso se esperará de los últimos; de los últimos se esperará un servicio al Señor en ese espíritu, con los últimos Él no hizo negocio. Vayan, trabajen, no les prometió nada, ellos no lo hicieron por promesa, por cálculos, simplemente estaban felices de tener oportunidad de trabajar por esa causa tan importante de esa viña de ese propietario, entonces Él los recompensó con gracia. ¿Amén? Dice el verso 10: “Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más;” ¿ se dan cuenta en que espíritu estaban ellos? Ellos estaban comparándose el uno con el otro; cuando nosotros nos comparamos uno con el otro, cuando queremos que al otro le pase lo mismo que a mi, que lo traten lo mismo que a mi, estamos en ese espíritu mercenario, no estamos en el espíritu correcto del evangelio. Es muy natural exigir igualdad, digamos, en el castigo por nuestros pecados, pero en lo que se da de gracia ¿cómo puede uno exigir igualdad? ¿Acaso puedo yo exigirle a Alejandro que me regale su reloj a mí, y si él se lo quiere regalar a Elsa me voy a poner bravo porque siempre me tiene que regalar a mi? Entonces ¿yo soy el único que puedo recibir todo, él no puede hacer ninguna bondad a nadie? ¿Se dan cuenta hermanos, como el Señor con esta parábola entra en lo profundo de nuestro legalismo, de nuestra justicia propia, de nuestro mercantilismo? Como Jacob, Jacob diezmó lo mismo que Abraham, pero ¡qué diferencia hay entre el diezmo de Jacob y el de Abraham! Jacob le dijo: “Mira, si tú me bendijeres, no me faltare comida, no me faltare calzado ni ropa, entonces vas (futuro) a ser mi Dios, ahora no, vas a ser mi Dios y yo te voy a dar el diezmo”13. Abraham no hizo ningún negocio, simplemente, espontáneamente lo dio, ¿ven? Dice: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais”14, Abraham actuaba en ese espíritu de generosidad como el Señor en el reino actúa no sólo con justicia, sino también con espíritu de generosidad, es un aspecto del reino que también es verdadero. El Señor incluye en la recompensa su espíritu de generosidad. Verso 11: “Y al recibirlo”, o sea, lo recibieron, cada uno de ellos recibió cada uno un denario, pero noten esa reacción, aunque lo recibieron lo volvieron a dejar ahí, lo recibieron y dijeron: -¡es un denario!- ¿Cómo sabemos que lo volvieron a dejar? Porque el Señor más adelante dice: -tómalo-, o sea que el que lo había recibido, lo había soltado y el Señor le tuvo que decir que lo tomara de nuevo, ¿se dan cuenta? A veces si no nos dan lo que queremos, no le queremos recibir, ¡Dios tenga misericordia de nosotros! De mi primeramente. “Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia”, pero ¿había sido injusto? ¡No! ¿Por qué murmuraban? ¿Por qué? porque era bueno, porque era soberano, entonces miren ese espíritu que el Señor está denunciando dentro de los mismos siervos a la hora del galardón, a la hora del salario, ¿ven? Verso 12: “Diciendo:” miren como murmuraban. “Estos postreros han trabajado una sola hora”, minimizando el trabajo de los otros, siempre engrandeciendo el trabajo de uno, es que mi trabajo ha sido muy arduo, muy difícil, al sol, a ustedes les tocó todo masticadito, todo facilito, ¿se dan cuenta? “y los has hecho iguales a nosotros”, ¡ah! noten, ¡iguales a nosotros!, ¡nosotros somos superiores!, nosotros somos los pioneros, los fundadores fuimos nosotros, éstos son recién llegados; no hay recién llegados hermanos, hay llamados a la hora que el Señor quiere. Es que uno no puede decir: ¡ah es que somos superiores, merecemos más! ¡No!, el Señor no les dio menos de lo que había prometido y era justo, el Señor no está haciendo injusticia. Entonces le dijeron eso: “nosotros, que hemos soportado la carga”, ahí está como ellos tomaban el trabajo, como una carga, para los otros, los de la hora undécima, era una oportunidad, pero para éstos era una carga. Se puede trabajar para el Señor considerando que nos dio una oportunidad o como una carga, ¿se dan cuenta, la diferencia de espíritu?, ellos le llamaron carga, “el calor del día”, siempre resaltaban lo peor, lo que soportaron, lo que habían sufrido ¿ven? Verso 13: “El, respondiendo, dijo a uno de ellos:”, quizá al portavoz, debía ser Pedro, yo no digo que sea, pero Pedro era el que había empezado a negociar y por eso fue que el Señor habló de que los primeros serían postreros, o sea, habrá algunos postreros con espíritu diferente al final, ¿verdad? Entonces dice: “Amigo, no te hago agravio”, o sea, tú estás murmurando, estás ofendido, pero yo no te he hecho agravio, “¿no conviniste conmigo en un denario?” Verso 14: “Toma lo que es tuyo”, ya lo había dejado, dice que lo había recibido, pero lo había soltado, “Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero”, ahí está la voluntad soberana, la soberanía de Dios, “quiero dar a este postrero, como a ti”, o sea, contigo soy justo y con él quiero ser bondadoso, ¿no tiene derecho de ser bondadoso? No dice la escritura: “¿Por qué peleas con el Altísimo?” El dice: “tengo misericordia de quien tengo misericordia, me compadezco de quien me compadezca,” 15 ¿vas a altercar con Dios, por qué hace esto así? Aquí el soberano soy yo Dios, y tú te vas a sentar en el banquillo de los acusados y yo ¿voy a ser juez de Dios? ¡No! Dios es el Señor, Él no está haciendo injusticia, lo mínimo que hace es justicia y lo demás es gracia y en el reino de los cielos habrá gracia también y por eso dice aquí: “quiero dar a este postrero, como a ti”. Verso 15: “¿No me es lícito”, o sea, ¿vamos a decirle que no le es lícito hacer lo que quiere, no puede hacer el Señor lo que quiere con lo de Él? Lo que te debe a ti te lo dio, pero lo que es de Él, ¿no puede hacer con ello lo que quiere? ¿Puede o no puede? ¡Amén hermanos!, vamos a limpiar ese espíritu de comercio, ese espíritu de legalismo de nuestro corazón, debemos aceptar esas bondades que el Señor le hace a otros, con alegría, no con envidia. “O tienes tú” esa palabra que se tradujo aquí envidia, es “mal ojo”. Dice la Biblia “que toda excelencia de obra despierta la envidia”16, ese asunto de la envidia es mal ojo, pero ¿por qué a él le dio un postre más grande? ¿Verdad que el Señor tiene que tratar con nosotros hermanos? Aquí estamos retratados y el Señor tiene que tratar con nosotros eso del mal ojo, inclusive hay por ahí ciertos lugares donde se habla del mal ojo que le echaron mal de ojo, por eso dice: “si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas; si la luz que hay en ti es tinieblas”17, o sea que debemos alegrarnos con la justicia de Dios y con la bondad soberana, El reparte como Él quiere, soberanamente, y tenemos que aprender a entrar en esa área que a veces no queremos entrar. Hermanos, es que Dios es justo, sí es justo, pero Él es soberano en su bondad, reparte como Él quiere. A éste lo hizo cucaracha y a éste lo hizo serafín. ¿Va a decir la cucaracha, por qué me hiciste cucaracha? ¿No tiene Dios derecho de hacer cien mil cucarachas, y cuatro serafines si quiere? ¿No tiene derecho? ¿Tiene o no tiene? Tiene derecho, porque Dios es soberano. Entonces dice: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tu envidia, porque yo soy bueno?” Esa palabra “envidia” es la palabra “mal ojo”. Hay varias cosas que se ven, voy a leer algunas por ejemplo para terminar esta parte aquí. Vamos a Proverbios capítulo 30, versículos 21 al 23: “Por tres cosas se alborota la tierra,” no puede soportar la tierra, “y la cuarta ella no puede sufrir”; miren como es la gente de la tierra, los naturales, los nativos, ¿por qué cosa se alborota la tierra? “Por el siervo cuando reina”, o sea, si reina el rey, el de sangre azul, todo el mundo está agradado, pero el proletario que reine, ¡uy! ¡No, cómo va ser, como va a reinar el proletario! Nadie quiere que el proletario reine, se alborota la tierra. Otra: “Por el necio cuando se sacia de pan” ¿no dice la escritura también que no es de los ligeros la carrera, ni de los sabios las riquezas, ni de los prudentes, ni de los elocuentes el favor, sino que tiempo y ocasión acontecen a todos, no dice así la Escritura? 18 Como lo cantamos, vanidad de vanidades, no es de los ligeros la carrera; o sea que a veces a los necios les va bien, ¿no ven a alguno que es presidente de esto y de aquello? Nacieron con cucharitas de plata, otros nacieron por allá en una barriada; la gente se alborota cuando el necio se sacia de pan. Otro: “Por la mujer odiada cuando se casa;” ¡se casó esa, me debiera casar yo, pero no ella! Eso es mal ojo también. “Y por la sierva cuando hereda a su señora”, eso no lo puede soportar la tierra, eso es el mal de ojo, ¿verdad? Ese es un ojo malo. Hermanos, Dios puede hacer bondad, de pronto hereda la sierva toda la riqueza de la señora, Dios se lo quiso dar, ¿verdad? Se alborota la tierra, porque la gente es mala, pero Dios sabe lo que hace. Por eso dice al final: “Así”, o sea lo que él había dicho en el 19:30 después de hablar que los primeros serán postreros, entonces aquí explicó como, así como lo explicó en la parábola: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros.” Y ahí termina Bueno hermanos, gracias al Señor. Yo les aconsejo que tomen la concordancia, busquen la palabra “envidia” y leamos cada uno con cuidado, yo ya hice ese trabajito, por eso se los aconsejo. Busquen la palabra “envidia” y lean todos los versos donde aparece la palabra “envidia” para que nosotros seamos librados de ese espíritu. ¿Amén hermanos? Vamos a dar gracias al Señor. Señor: te damos las gracias por tu infinita bondad y por tu soberanía. Tú eres Rey de reyes, Señor de señores, eres santo, eres bueno, eres justo y eres Señor. A Ti honra y gloria, concédenos honrarte, glorificarte por cada obra que haces, por cada bondad que concedes inmerecidamente a tus criaturas. No somos tus jueces, Señor, sino tus siervos. Gracias por cada bondad que has concedido a otros y que a nosotros no has concedido, gracias Señor, gracias porque Tú eres bueno, justo, soberano y te es lícito hacer lo quieres con lo que es tuyo. Gracias por tu bondad y tu soberanía. A Ti la honra y la gloria por los siglos de los siglos, amén. La paz del Señor sea con los hermanos. Transcripción: Marlene Alzamora Revisión: Piedad Gutiérrez Durán del comité de revisión para revisión final del autor. 1 Mat 19: 16-21 2 Mt 19:28 3 Cnt 7:11,12 4 Cnt 1:6 5 Cnt 8:12 6 Mt 19:27 7Hab 2:13,14 8 Jn 4:38 9 Ap 3:21 10 Mt 25:6 11 Ap 22:12 12 Jn 1:17 13 Gn 28:20-22 14 Jn 8:39 15 Ro 9:15 16 Ec 4:4 17 Lc 11:34 18 Ec 9:11

DOS NORMALIDADES DE UNA IGLESIA EN CRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:27, Categoría: General

Dos normalidades de una Iglesia en Cristo. Quisiéramos considerar, en la epístola a los Filipenses, al comienzo del capítulo 1, la Salutación, con la cual se da inicio. Podemos apreciar que es un saludo informal, que, de hecho, si comparamos los demás saludos de las otras cartas, tanto de Pablo como de Santiago, o de Pedro, podemos darnos cuenta que los saludos no siempre son iguales, aunque hay muchas palabras parecidas; son saludos espontáneos, y son saludos que nosotros podríamos llamar informales, pero al mismo tiempo son saludos espirituales, pues lo espiritual también puede expresarse y se expresa en libertad. Si subrayamos esto desde el principio es para que nos demos cuenta de un detalle, que no estamos leyendo una teología sistemática, que también tiene su lugar. La Palabra del Señor nos habla de la enseñanza, de la didáctica, y por lo tanto, ahí cabe el ministerio de los hermanos maestros, y caben las teologías sistemáticas. Aclaremos que no se está criticando eso, pero sí destacando que lo que aquí se está compartiendo aparece en un espíritu muy libre y espontáneo, y eso nos da una mirada a la realidad de la vida de la Iglesia, porque si se tratase de una teología sistemática podría parecer algo ideal, pero no aquí. Pablo está saludando de una manera franca, y a través de ese saludo se puede percibir la realidad de la vida de la Iglesia: “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos: Gracia y Paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Fil.1:1-2). Hay mucho que ver en este solo saludo. Se encuentran ya vislumbrados con claridad varios principios de normalidad de una Iglesia bíblica, varios principios que en otro lugar, inclusive, fueron plenamente tipificados por Dios, y que después se podrán ver los principios en el propio Nuevo Testamento, mirando cómo ya habían sido adelantados y preparados tipológicamente por el Señor, para confirmarnos en esas verdades, que son delicadezas del Espíritu del Señor, delicadezas en el sentido de lo bueno, lo precioso que es el corazón de Dios, y en lo fino que es Su corazón. En primer lugar, queremos llamar la atención a que en sólo un saludo de dos versículos, ya apareció tres veces el nombre del Señor Jesucristo. Fijémonos en “Siervos de Jesucristo”, “Santos en Cristo Jesús”, “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. O sea, ya desde el saludo, esa preciosa relación de la obra del Señor con las Iglesias rebosa del Señor Jesucristo. Todo está lleno del Señor Jesucristo. La Iglesia es de él, la paz y la gracia vienen de él, la santidad y el servicio también pertenecen al Señor Jesucristo. Aquí podemos darnos cuenta de un primer principio de salud espiritual eclesiástica y también de normalidad, porque debiera ser lo normal. Podríamos llamarlo “un principio de Cristocentricidad”, donde el centro, el fundamento, el objetivo es el Señor Jesucristo. La Iglesia es del Señor Jesucristo, y el nombre importante en la Iglesia es él, y desde un principio la Iglesia le pertenece. El nombre del Señor es el que aparece aquí por todas partes, pues por medio del Señor Jesucristo es que conocemos a Dios. La Iglesia no puede ser fundada por ningún hombre, sino que el creador es el propio Dios. Pablo dice, por el Espíritu Santo, que Jesús está en el centro, en nuestro centro. La Iglesia no puede estar organizada alrededor de algún hombre en particular, o de algún ministerio particular. Si la Iglesia dice: “… Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas…” (1Co.1:12), se está volviendo ministerialita, se está volviendo sectaria; es como si se organizara alrededor de un solo ministerio. Pero la Iglesia es un regalo del Padre al Hijo y también del Hijo al Padre, porque todo lo tiene el Padre es del Hijo, y lo del Hijo es del Padre. La Iglesia es de Dios. La Iglesia proclama “al Señor”, por lo tanto, la Iglesia no puede girar alrededor de un ministerio particular, sino alrededor de Dios en Cristo, a quienes le pertenece la Iglesia, y donde está el fundamento de ella. La Iglesia es Cristocéntrica. Fijémonos que cuando Pablo comienza, dice: “Pablo y Timoteo”, poniendo a los hermanos mayores y antiguos junto a los hermanos nuevos, en un plano de comunión, como ya en el Antiguo Testamento Dios quería, que cuando se iba a servir en la casa de él, los nuevos trabajaran junto con los más antiguos. Y así como el mismo Señor representa a ese buey viejo, y nosotros somos el buey joven que necesitamos llevar el yugo con él, para aprender a no adelantarnos, a no apurarnos, a no causar dificultades, a aprender a ser mansos y humildes como el Señor Jesús, cuando nos dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas…” (Mt.11:29). Entonces, nosotros tenemos que ponernos el yugo con el Señor y los jóvenes acompañar a los adultos, y los más ancianos incorporar a los nuevos en el servicio al Señor. En Filipenses, aparece Pablo y Timoteo como hermanos que trabajan en la obra del Señor, presentándose además como siervos de Jesucristo, sin ninguna intención de presentarse a los demás con nombres altisonantes. Ellos tampoco se presentaban como funcionarios de alguna organización, ni en representación de nadie, sino que se movían según el Espíritu, sirviendo a una cabeza que es el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia le pertenece y está en una estrecha comunión viva con el Señor en el Espíritu, siendo ésta la manera en que aparece, de una manera clara, el servicio de los apóstoles. Ellos seguían a una Persona y el Señor les llamó desde el principio para que estuvieran con él, y después él los enviaba. Nosotros debemos estar con el Señor, a sus pies, teniendo comunión con él, aprendiendo de su Espíritu, de la forma que él nos quiera enseñar, directa o indirectamente, pero dependiendo de él para que así él nos pueda enviar, y abrir el camino a cada uno, para hacer en él, por él y para él. Este es el primer principio que caracteriza el servicio de la obra en la Iglesia del Señor, porque es un servicio Cristocéntrico; es decir, es un servicio que se origina en Cristo. Hoy en día muchas personas quieren consagrarse a Dios, pero no han aprendido a conocer al Señor de manera directa en su Espíritu, y a veces se entregan a organizaciones, pensando que le están sirviendo a Dios; por ejemplo, la Iglesia en Sardis, teniendo nombre de que vive. Podemos decir contrariamente a esto, que está muerta, porque muchas veces nos ponemos nombres llamativos, pero la realidad espiritual no está ahí, porque el verdadero servicio al Señor es en el Espíritu. El Espíritu Santo siempre está para ayudarnos si lo que queremos es depender del Señor y acudir a él. El Espíritu Santo siempre nos va a ayudar, porque él dijo que estaría con nosotros para siempre. El Señor Jesús prometió estar con nosotros “…todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt.28:20); “No os dejaré huérfanos…” (Jn.14:18). Esta es una relación íntima espiritual con Dios, con la vida divina, con una persona viva que es el Hijo y una unión con el Padre, porque la Iglesia tiene comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Entonces, el primer principio de salud espiritual – y digamos de normalidad bíblica –, es el de la Cristocentricidad. Esto es lo que diferencia a la Iglesia de los demás grupos en la tierra, porque en ella hay una gran cantidad de organizaciones humanas, porque el ser humano fue hecho para vivir en comunión, y, por lo tanto, podríamos decir que en el ser humano hay un instinto de comunión que debería ser llenado por Señor, pero a falta de él, las personas se han agrupado alrededor de cualquier otra cosa, menos en el Señor. La Iglesia se caracteriza porque se reúne alrededor de Jesús y vive en él, para él, y camina con él de una manera viva, íntima, personal, espontánea, agradable, porque el Señor dijo: “Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt.11:30). Él nos ayuda sobrenaturalmente a hacer algunos trabajos, que otros podrían considerar pesados, pero que no nos resultan de esa manera porque no estamos solos. Esta es una iglesia bíblica del Nuevo Testamento, rebosante del Señor Jesús, donde todo lo que se oye, lo que se habla, lo que se vive, resuena al Señor Jesús, siendo éste el nombre que se exalta en medio de la Iglesia. A esta comunión de los siervos de Jesucristo, dice: “…a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos…” (Fil.1:1), y aquí continúa una palabra muy importante, una fase que debiera despertarnos, especialmente a toda la cristiandad en general, porque no está dirigida solamente a los hermanos que han visto la unidad del pueblo de Cristo, y también de su Iglesia en cada ciudad, sino a todos los hermanos, la hayan visto o no. En este comienzo de la epístola a Filipenses, Pablo y Timoteo como apóstol y un cooperador adulto, proponen a quienes el Señor colocó en el ámbito de la obra para servirle en las Iglesias, dirigiéndose así a todos los Santos en Cristo Jesús, en este caso en Filipos. Pero quisiéramos poder tomar la primera parte de la frase: “todos los Santos en Cristo Jesús”. Sólo en esta frase aparecen ya varios principios. Si resaltamos la palabra “todos”, ya encontramos un principio; luego, en “Los Santos” y “en Cristo Jesús” encontramos los demás. Si podemos ver estos principios individualmente, la palabra “todos” nos habla de un “principio de inclusividad”. Este está íntimamente relacionado con otro principio llamado “de receptividad”, que incluye a todos los santos en Cristo Jesús, a todos los que han nacido de nuevo, todos los que fueron comprados por la Sangre de Cristo y que lo recibieron, y, por lo tanto, esos son los miembros de la Iglesia en Filipos. El principio de inclusividad se basta en la palabra “todos”, y no todos los seres humanos, aunque Dios quisiera que fueran todos, pero aquí es todos los santos en Cristo Jesús. Si nuestro Padre nos engendró como hijos, en consecuencia, todos sus hijos son hermanos, y nosotros no podemos escoger a los hermanos, más bien debemos aceptarlos, pues los ha engendrado nuestro Padre. Si nuestro Padre engendró hijos, son nuestros hermanos, y eso es lo que implica la palabra “todos los santos en Cristo Jesús”, subrayando la palabra “todos”. Debajo de esa palabra está ese principio de inclusividad, es decir, el considerar como nuestros hermanos a todos los verdaderos hijos e hijas de Dios, que son los que han creído y son comprados por su Sangre, nacidos de nuevo por el Espíritu. Por lo tanto, hay tal nación en el ámbito de la nueva creación, que es la Iglesia. La Iglesia nace en el cielo, porque participa de la naturaleza divina. El que se une al Señor es un espíritu con el Señor, y ha sido bautizado en un solo cuerpo, que está formado por todos los miembros. En la familia de Dios no se puede entrar sino por medio del nuevo nacimiento, no por afiliación a un movimiento, no por afinidad intelectual, o amistad, sino por haber nacido de Dios, del Espíritu.

SUMA Y PARADIGMA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:25, Categoría: General

Suma y Paradigma. Veremos un verso a manera de epígrafe; es decir, daremos una idea mínima, para luego desarrollarla de una forma más completa. “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia” (Sal.119:160). Es interesante que aparezca aquí esa expresión. A veces, la visión que tenemos de la Palabra del Señor pareciera que está desconectada; es decir, a veces al acercarnos a la Biblia recibimos impresiones fragmentarias. En la Biblia, encontramos historias, un poco de genealogía, proverbios, visiones, salmos, canciones, consejo, doctrinas, y pareciera que fuera como una colección – aunque de hecho es una colección de varios autores. Lo que debemos ver, es que detrás de estos autores, y a lo largo de muchos años, y de muchas épocas, y teniendo en cuenta a personas en diferentes situaciones, nos ha hablado un mismo Espíritu. Es precioso que el Espíritu de Dios, que es uno solo, haya querido utilizar personas de muchas clases, que han vivido diferentes experiencias. Algunas eruditas, otros pescadores, o inclusive pasajes escritos por mujeres que en aquellas culturas antiguas eran muy menospreciadas. En fin, lo que hemos estado diciendo, es que personas en distintas situaciones, y en diferentes épocas, la humanidad ha sido representada. Cada uno de nosotros, seguramente, ha sido tocado por el Señor en uno o en otro Salmo, porque hemos encontrado representada allí nuestra situación, y Dios nos ha hablado a través de esos libros, a través de esas oraciones. Toda la Biblia parece que proviene, y de hecho, el exterior proviene de una gran diversidad, y, sin embargo, ha sido traducida a una gran cantidad de idiomas, y ha sido beneficiosa a muchas culturas, y el Espíritu Santo la ha utilizado en países llamados “civilizados” – y lo ponemos entre comillas, porque en ellos encontramos grandes brutalidades, pero de entre ellos Dios tuvo que sacar gente. La Iglesia ha sido sacada del mundo, ha sido separada de la cultura humana, y aunque seguimos siendo personas de nuestra raza, tenemos nuestra historia, nuestro lenguaje, tenemos las costumbres, tenemos nuestro acento al hablar. Iglesia quiere decir, en esencia, personas que fueron escogidas y atraídas por Dios, escogidos en Cristo para pertenecerle a él, y por haber sido escogidos, fueron llamados, y fueron separados para Dios, separadas para el reino, separados o escogidos, como esposa del Hijo de Dios, como miembros de la familia de Dios, con una misión especial y distintiva. El Señor le da a los suyos, a los que ha separado para sí, su propio norte, su propio Espíritu, y una identidad, que especialmente en estos tiempos finales, nosotros debemos comprender muy bien; porque estos tiempos de globalización, de eclecticismo, de ecumenismo, de ambigüedad, de engaño, son tiempos difíciles. Esta es la última prueba, pues a lo largo de la historia la humanidad ha sido probada, y el pueblo de Dios también ha sido probado. Y cuánto más probado será en los últimos tiempos, porque en la misma Palabra del Señor se habla de una hora de la prueba para el mundo entero. Claramente, siempre ha habido una prueba, pero sin ser el tiempo de la prueba final. Dice el Señor que: “….te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo…” (Mt.32:36). Porque será una prueba más acentuada, más seria. Siempre ha habido una batalla; bueno, no siempre, pero digamos que desde la rebelión de Satanás en los cielos; y para nosotros los hombres, desde que nacemos. Pero todo comenzó con la batalla en los cielos, con la rebelión de Lucifer, con aquel querubín que quiso ser como Dios. Y Dios lo permitió, y lo hizo con mucha sabiduría, pues Él no es afectado negativamente. Dios nunca puede ser vencido, nunca puede ser derrotado, nunca puede ser disminuido, ni humillado, aunque el Señor Jesús como hombre se humilló a sí mismo, pero lo hizo voluntariamente. Pero ha habido una insolencia terrible contra Dios, y ha habido ofensa terrible contra su santidad, contra su gloria, contra su justicia. Y porque la ha habido, habrá un juicio. La locura del enemigo le ha hecho creer que puede ser semejante a Dios, y se le ha permitido esa locura para que sirva de prueba para todos; por lo tanto, podríamos decir que hay una guerra entre la locura y la cordura. La cordura es el Señor, la cordura es la del Hijo de Dios. Entonces, el Señor ha separado a su Iglesia, a su esposa, a sus seguidores para sí, los que hemos ido aprendiendo a amarle de a poco. Porque la Palabra dice que: “…él nos amó primero” (1ª Jn.4:19). Y es por eso que ahora nosotros le amamos, por causa de su amor primero. Ahora, la Iglesia, poco a poco va conociendo al Señor, va conociendo su persona, sus principios, sus propósitos, caminos y planes, para llegar a su objetivo. La Iglesia que lo va conociendo, se va identificando con él, y recibe del Señor su propio Espíritu. Un “paradigma” significa una manera de ver las cosas, una cosmovisión, una mirada panorámica, una manera de entender el mundo, de entender la historia, valores. Todas esas cosas juntas forman un paradigma. Podríamos decir que Dios ha dividido a la humanidad en su diagnóstico de ella, es decir, los que están con él tienen un paradigma, una manera de ver las cosas, y los que están contra él tienen otro paradigma, y otra manera de ver las cosas. Dios ya había profetizado desde el principio que esto sería así. Una de las primeras profecías la podemos encontrar en Génesis 3:15, donde Dios le ha hablado a la serpiente. Dios la maldice y le dice, entre otras cosas, que: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Dios le dice a la serpiente que Él mismo pondrá enemistad entre ella y la mujer, y entre su simiente, que son los hijos del diablo, y la Simiente de la mujer, es decir, aquel nacido de la virgen, el Emanuel, el Dios con nosotros. Y como en la Iglesia somos uno, el Cristo de Dios es corporativo. El Señor Jesús es la cabeza, y la Iglesia es su costilla; su amada es su cuerpo. Entonces, a lo largo de toda la historia humana, ha habido dos líneas: una línea que es atraída por el Señor, y que le ama, y otra línea, como la de Caín que sale de la presencia de Dios, pero que prefiere andar por sí mismo, dándole la espalda a Dios, edificando su mundo sin tener en cuenta a Dios. Pero el Señor vino y nos pidió orar, y ser uno con él en este interés, “en que el reino de Dios venga a la tierra y que se haga su voluntad en la tierra como se hace en el cielo” (paráfrasis de Lc.11:2). Por lo tanto, los que son de Dios, sus hijos, le siguen y tienen una línea específica. Éstos están en el Espíritu y en el propósito de Dios; en cambio, el enemigo tiene sus intereses, diciendo Jesús de ellos que: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer…” (Jn. 8:44). Lo que hay en lo íntimo del corazón de los hijos del diablo, es lo mismo que hay en el corazón del diablo, y están conscientes de esto, llamándole a Satanás “padre”. En cambio, otros han sido engañados y le están siguiendo, y que igualmente se hallarán con él en el infierno. Es necesario reiterar constantemente que Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que lo hizo para Satanás y sus ángeles, pero que estará lleno de millares de hombres y de mujeres supremamente incómodos en él. Dios desea que todos los hombres y mujeres procedan al arrepentimiento, porque él no es un dictador, aunque es soberano y todopoderoso, pero no usa su poder de una manera arbitraria. Dios quiere las cosas como él las tiene en su Trinidad, o sea, en armonía, en consideración mutua, en consenso. Así es el carácter de Dios, y él quiere todo de esa manera. Dios no va a conquistar de la manera que lo han hecho los llamados conquistadores en la historia, pues ellos han hecho sus tronos en base a muerte. En cambio Dios nos conquista con su amor enviándonos su Espíritu y su Palabra, y aún más, pues siendo sus enemigos, él toma la iniciativa de reconciliarse con nosotros, de manera que Dios ha hecho todo lo habido y por haber para salvar al hombre, y lo seguirá haciendo hasta cuando Él estime que no es conveniente continuar, así como tuvo que decidirlo antes del diluvio, porque “…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Por lo que Dios dice que: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Dios contendió con el hombre, y esa contención de Dios con nosotros es por pura gracia. Bienaventurado aquel contra quien Dios contiende, porque la contienda de Dios es su amor. Cuando él contiende con nosotros, él nos está amando, está procurando librarnos de la locura y traernos a la cordura. La verdadera bendición de Dios, en quien están escondidas todas las bendiciones espirituales, es en Cristo. Toda bendición espiritual desde antes de la fundación del mundo, está en Cristo, y que fueron anticipadas a través de profecías, a través de tipologías, pero ya la totalidad de la bendición divina es Cristo, y los que son escogidos no lo son por algo que ellos son en sí mismos, sino que son escogidos en Cristo. La Biblia dice que: “…nos escogió en él (…) para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo…” (Ef.1:4). Dios escogió a Cristo y nos dio a todos a Cristo, para todo aquel que quiera. “…Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap.22:17). Él nos llama a venir, y seguramente él también nos ayudará a llegar, así como él le dice a un paralítico que se levante y ande, pues de esa misma manera él nos ayudará a pararnos y andar. Dios no sólo nos va a dar un mandamiento, sino que nos va a dar el socorro y la gracia suficiente para obedecerle. Dios sabía quiénes recibirían a Cristo en su miseria y quienes querían la bendición de él; esa fue la diferencia entre Jacob y Esaú. A veces, pareciera que Dios lucha contra las personas, pero esta lucha es para despertar la búsqueda de la bendición que es Cristo. Cristo es la bendición de Dios, y Dios se la quiere dar a todos, por eso manda que se le anuncie el Evangelio a toda criatura, aun sabiendo que no todos lo van a recibir. El Señor nos dice “… si alguno quiere venir en pos de mí…” (Lc.9:23-24). Dios quiere que todos sean sus discípulos, pero él no obliga a nadie, sino es sólo para el que quiera aceptarlo. Entonces, Dios tiene una elección eterna, un conocimiento eterno y un amor eterno, y él ha hecho las cosas correctamente. Él nos ha invitado a todos, y cada día es una extensión de esa invitación. Cada día que abrimos los ojos vemos que Dios nos está llamando a salir fuera y venir a él. Así es la novia, así es la Iglesia y Dios tendrá su identificación con ella; habrá una sincronía en su corazón, la cuerda que vibra en el corazón de Dios encontrará eco en otros corazones, en los de los hijos de Dios, en los que declaran realmente que Dios se ha revelado en Cristo. Este es nuestro paradigma, el punto de vista de Dios, el de su Espíritu, el de su carácter, porque los hijos y las hijas de él lo quieren con todo lo suyo. La Palabra de Dios expone, avergüenza y juzga la identidad distinta a Dios: “El que no es conmigo, contra mí es…” (Lc.11:23). El Señor dice esto, porque no se puede ser neutral, sino que hay que pronunciarse por el Señor. Es mejor que la Iglesia se prepare a no ser ambigua, sobre todo en estos tiempos donde a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno se le llama malo. Lo que se espera de la Iglesia, es que se identifique con Dios, que la Iglesia lo conozca como él es, en su amor, en su Trinidad, en su solidaridad con nosotros, en las razones que tuvo y que lo condujo a la encarnación y a la expiación. En Éxodo, cuando Moisés tenía que decirle al pueblo lo que Dios le pedía, escribió esto en el capítulo 25, y así dice el Dios de Israel: “Y harán un santuario para mí…” (Ex.25:8). Ese verbo "harán" aparece por muchas partes en la Biblia; por ejemplo: “Harán también un arca…” (Ex.25:10), que representa al mismo Cristo. Ahora, nos dice que le hagamos un arca para que Cristo sea formado en nosotros. Para esto debemos colaborar, querer hacerlo de corazón, espontánea y voluntariamente y traer su ofrenda a Dios para el tabernáculo. Antes era más fácil porque era sólo una figura, era madera y plata, pero hoy las verdaderas maderas somos nosotros, el servicio somos nosotros. Pero aun así, él dice que le hagamos un arca, y que le hagamos una mesa con panes de la proposición, y un candelero cuya vara del centro representa el Cristo. Y este candelero tiene brazos ahí al centro derecho, y al centro izquierdo, y tiene otros brazos a la derecha y a la izquierda, y todos caben en el mismo candelero. Nosotros sólo tendríamos candeleros de izquierda o de derecha, pero poner en la misma mesa a Simón el zelote, con Mateo el publicano, solamente se le ocurre al Señor Jesús. Nosotros sabemos quiénes eran lo publicanos, eran los oligarcas de la época, los oligarcas nacionales que hacían negocios con los imperialistas, que no les importaba el pueblo de su nación, sino sólo les interesaba el dinero y les gustaba que su país estuviera bajo el dominio de los imperialistas. Y pagaban los impuestos adelantados al imperio, para cobrarle los intereses a su propio pueblo; por eso eran aborrecidos los publicanos. Sin embargo, el Señor llamó a Mateo. Simón el zelote era del otro lado. Los zelotes eran los cananitas, que amaban su patria y no soportaban a los imperialistas, ni tampoco a los oligarcas de su propia patria; y no solamente ideológicamente, sino con cuchillo y con espada los mataban. Así el Señor tuvo gente de la izquierda y la derecha en su mesa, como en el candelero. Aquí los brazos de centro derecha y centro izquierda se podían encontrar en una manzanita que es fruto del Espíritu. El candelero es como el árbol de la vida, y también es comparado con un manzano, que es Cristo. En Cantar de los Cantares se nos dice que Cristo es el manzano: “Como el manzano (…) bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar” (Cnt.2:3). El candelero tiene nueve manzanas, tres manzanas en la caña central y una manzana en cada brazo, que representan el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad. Seguramente la manzana del amor es la que está en el centro arriba donde se junta en centro derecha y centro izquierda, pero la manzana de más abajo donde se juntan la ultra derecha y la ultra izquierda se llama paciencia. Y paciencia se traduce también en longanimidad, y así se puede ir colocando las otras manzanas, pero tienen que estar todas las nueve, bien equilibradas en Cristo, porque él es la realidad, y toda la virtud crece en el árbol de la Iglesia, en el candelero, el árbol de vida, incorporando en el cuerpo a todos los hermanos. Por eso era que la vida de los patriarcas era una vida de altares, y cada altar era una consagración más profunda, porque en cada consagración Dios lo liberaba de más problemas y más complicaciones con Satanás. Cuando Abraham se consagraba en el primer altar, significaba una primera cosa, y Dios estaba muy feliz porque Abraham había sido liberado de algo, algo que lo dañaba a él mismo, y luego Dios lo conducía a un nuevo altar, y en ese nuevo altar había algo más que consagrar. Hasta ahora, ni siquiera se nos había pasado por la cabeza que estábamos atados a determinadas cosas que considerábamos normales. El Señor quiere que edifiquemos un altar más avanzado que el anterior, pidiéndonos lo que más amamos, incluso devolviendole lo que él mismo nos dio. Los altares nos introducen en el seno de la Trinidad para participar de la naturaleza divina, y ser libres de las cosas que son vergonzosas, que son distintas a nuestro Señor. Él tiene que hacer un trabajo a fondo con nuestras vidas. Él nos ha dado una identidad y es la identidad de él mismo, la del Padre, la del Hijo y la de su Espíritu. Quién iba a pensar que Dios, siendo absoluto soberano, respete incluso al ser humano más pequeñito, inclusive a los que se quieren ir al infierno. Dios no quiere que vayan, pero ellos insisten y él lucha hasta cuando sabe que se cruza una línea, entonces deja de luchar y los entrega. “…No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Es muy delicado desaprovechar las contiendas de Dios. Cuando nos redarguye, cuando nos corrige, cuando nos humilla, cuando nos trata, nos está diciendo que todavía hay oportunidad. Bienaventurado aquel a quien Dios trata, porque no lo ha entregado a su locura. La sabiduría es el temor a Dios, y la inteligencia es apartarse del mal, pero en este conflicto que estamos, no todos están en la línea del Espíritu. Para que Cristo se forme en la Iglesia, y hacerle al Señor un arca que esté en el Lugar Santísimo, hacerle una mesa con panes de la proposición, un candelero, un altar, un incensario, debemos estar en la vida de la iglesia. Mientras el mundo está en lo de ellos, ¿en qué estamos nosotros? ¿Estamos haciendo un candelero al Señor como él lo pide? No es tan fácil hacer esos panes, pero él dijo: “me harás”. Dios nos ha dado un sentido en la vida, y nos dijo para qué vivimos, y qué es lo que podemos hacer para agradar el corazón de Dios, y esto lo haremos en unión con su Hijo. Jesucristo lo hace todo para el Padre y él vive en nosotros y su Espíritu nos conduce a través de nuestro espíritu a hacer lo mismo que el Hijo hace, y el Hijo vino a hacer la voluntad del Padre. El candelero es la Iglesia en cada ciudad, y debemos estar abiertos y en comunión con nuestros hermanos para reunirnos en Cristo por el fruto del Espíritu. Seamos una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder; seamos una propuesta, una proposición de Dios al resto de las ciudades. Tenemos que tener una identidad clara, la identidad del cuerpo de Cristo, estar en su Espíritu y hacerle un candelero que es lo mismo que hacerle panes de proposición, o sea, una propuesta de vida y esa propuesta es la vida de la Iglesia. La propuesta de Dios para la humanidad en Israel eran figuras, pero hoy en nosotros es una realidad. Hay que tomar esos granos de trigo del granero del Señor y molerlos unos con otros. No es fácil estar juntos, pero Dios quiere que lo estemos para que seamos molidos y vueltos flor de harina; es decir, como polvo, y después ser pasados por aceite, y ser amasados para ser un pan de la proposición, ser amasados, ser horneados en el fuego. Así se hacen los panes, y esos panes eran las tribus del pueblo de Dios. En Israel eran doce panes, pero hoy, el Israel de Dios es la Iglesia, los panes son las Iglesias, y nosotros, siendo muchos, somos un solo pan. Dios siempre hace propuestas, y esa propuesta es Cristo, y la Trinidad de Dios encarnada y expresada en la Iglesia. Esa es la propuesta de la vida intra-trinitaria, la vida del Padre y del Hijo en el Espíritu formándose en la Iglesia. Los discípulos tenían en común todas las cosas, y nada de lo que poseían era propio; ¡qué cosa maravillosa era ese pan! El hacer este pan es algo voluntario, pero del que algunos querrán huir, porque el que ama la oscuridad no viene a la luz para que no se descubran sus actos. Pero el Señor, ¿qué hizo en la Cruz? Expuso y avergonzó a los principados, los mostró públicamente, y los exhibió. Y si nuestra vida es como ellos, vamos a quedar avergonzados también, porque el Señor vino a exponer la realidad de Dios, mostrar quiénes somos, porque ellos se hacían los dioses de las naciones y ¿qué clase de dioses eran? Eran tramposos y perversos. Pero si estamos con Cristo no seremos avergonzados, porque él nos cubrirá, nos limpiará, perdonará, y nos vestirá de gala. La iglesia tiene un testimonio que dar y es la Palabra de Dios, un paradigma divino. El Espíritu en que anduvo el Señor fue en el mismo Espíritu en que anduvo Pablo, Timoteo, y así muchos más discípulos y apóstoles, porque el Espíritu es la corriente de Dios. El Espíritu es el que nos comunica lo que Dios es y cómo ese Espíritu del Padre y del Hijo es Espíritu de la Trinidad; por lo tanto, es el que puede mostrarnos a Dios, el que puede iluminar y avergonzar. El Señor ascendió, recibió el Libro de los 7 Sellos, abrió el Libro, derramó el Espíritu Santo, envió apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para perfeccionar a la Iglesia para la obra del ministerio; o sea, envió a la Iglesia, y el evangelio ha estado cabalgando, llevando a las personas el Espíritu y la verdad del Señor; pero ese no es el único caballo que cabalga. Porque si la gente no quiere la verdad, dice la Palabra, “…por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2ª Ts.2:10), Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad. Sería algo muy terrible si menospreciamos la verdad, pues sólo quedaría la mentira, y las personas son entregadas a ella porque la adoran y la aman más que a Dios, haciéndola su ídolo, por sus propios intereses.

PERSONA, DIVINIDAD Y TEOFANÍA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:23, Categoría: General

Persona, divinidad y teofanía. Estaremos considerando lo que el Espíritu Santo ha dicho acerca de la divinidad del Hijo, y esto hay que decirlo muy a propósito, porque la divinidad es una sola, y la divinidad del Padre es la misma divinidad del Hijo, y la del Hijo, la del Espíritu. El Señor Jesucristo dijo: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26). Esa es la Palabra, la vida autosuficiente de Dios nuestro Padre, que incluye tanto su esencia como su naturaleza. La vida divina incluye su esencia, los atributos incomunicables de Dios, y también incluye su naturaleza, es decir, los atributos comunicables de Dios. Hay atributos de Dios que son exclusivos de él, que nunca pueden ser comunicados a nadie, y esos se refieren a su esencia, a lo que Dios es en sí mismo. La esencia es lo que hace que un ser sea como es; la calidad de un ser está determinada por su esencia. Es la esencia divina la que hace que Dios sea divino; por lo tanto, es omnipotente desde la eternidad, y es eterno, y omnisciente, omnipresente, eterno, perfecto, único, supremo, maravilloso. Y dentro de esos atributos de Dios – que, por supuesto, no se han mencionado todos –, hay algunos que serán siempre solo de Dios, aunque él nos haya hecho hijos participantes de la naturaleza divina, pero que no significa que podamos ser como el mismo Dios, porque nosotros, de hecho, fuimos hechos de la nada; en cambio él nunca fue creado, él es eterno, es omnisciente, él es omnipotente, y omnipresente. Pero, aparte de la esencia que se debe a sus atributos incomunicables, de los cuales nunca nadie participará, existe la naturaleza divina, que se refiere a los atributos comunicables de Dios. “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn.5:11). En esa vida se está refiriendo a su naturaleza. Nunca la Palabra dice que nosotros seremos Dios, pero sí dice que somos participantes de la naturaleza divina. Por lo tanto, la naturaleza divina en la vida divina, se refiere a los atributos comunicables de Dios, lo que él comunica acerca de su Palabra, sus atributos morales, el ser santos. “Santo seréis, porque santo soy yo…” (Lv.19:2). Todo lo que tiene que ver con su santidad, con su rectitud, con su amor, con su pureza, los atributos que pudiéramos llamar morales, son atributos comunicables. Dios quiere vernos ser como él es; nunca nosotros seremos Dios, pues siempre hay algo que es exclusivo de Él; incluso no todas las cosas las ha revelado en la Palabra, porque dice que: “Hay cosas que son secretos exclusivos”. Y del Señor Jesús se dice: “…y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo” (Ap.19:12). Lo que implica tener ese nombre, el íntimo significado, no lo conoce el hombre, sino sólo lo conoce él, porque sólo él sabe lo que es ser Dios. Nosotros somos sus hijos, sus criaturas, porque hemos sido hechos a su imagen y semejanza, para contenerlo. Ahora lo hemos recibido a él, y él vive en nosotros, y nos ha hecho participantes de su naturaleza divina; por lo tanto, la naturaleza divina sí incluye los atributos comunicables de Dios. El ser de Dios se diferencia de los otros seres por su esencia y por su naturaleza. La naturaleza es una manera especial de ser. La Biblia habla de la naturaleza, y diferencia a los seres entre sí por su naturaleza. La Biblia habla del género, de la especie, de la naturaleza, y en el Génesis, Dios creó animales, plantas y semillas para que se reproduzcan según su género, y según su especie, y según su naturaleza. Los seres son diferentes entre sí por ciertas características de su ser, que los diferencian unos de otros. Aunque todos son “seres”, se diferencian entre sí por su naturaleza. Por ejemplo, aquellos llamados dioses, no son dioses por naturaleza, pues son hechos de piedra o de madera o de metal, y la naturaleza del metal, de la piedra, y de cualquier otro material no es divina. La Biblia habla mucho de la naturaleza y de las distintas naturalezas, y nos dice también que la naturaleza humana ha conquistado las distintas variedades de la naturaleza animal, vegetal, y mineral. Por lo tanto, la Biblia utiliza palabras relativas a naturaleza, y a esencia, especialmente cuando se usa el verbo “ser”. Cuando el Señor dice que él es “YO SOY” (Ex.3:14), o “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26), esto nos habla de esa esencia divina autosuficiente que no depende de otro, que no le debe a nadie nada. Nosotros no somos iguales a Dios, porque la esencia humana, la naturaleza humanan, no son divinas. Nosotros no éramos, pues Dios nos creó; en cambio, en el caso del Hijo dice: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26). Ahí nos damos cuenta que el propio Hijo de Dios está confesando su propia divinidad. Él no solamente tiene naturaleza divina, sino esencia divina. Por eso al Hijo en la Biblia se le confiesa Dios, y esto lo ha confesado primeramente el Padre. El Señor ha recibido adoración incluso en su humillación, y en su condición de hombre él también recibió adoración, porque no dejó de ser la persona que era, sino que solamente se vació a sí mismo, se hizo como hombre, pero no dejó de ser el Hijo de Dios. Él ha dicho palabras que confiesan esto, por ejemplo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn.8:58). “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). Estas palabras son dichas por aquella persona divina: “En el principio era el verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Nos damos cuenta que debemos considerar ver no solamente la divinidad en cuanto a su esencia, o su naturaleza, sino también su persona. Recordaremos pasajes, aunque no todos, que nos hablan de su divinidad, su esencia y naturaleza; pero también necesitamos juntamente con la confesión de su divinidad, la de su persona coexistente con el Padre, para que nuestra confesión sea la del Espíritu y la de la Biblia, y la de los apóstoles de la Biblia. Los apóstoles de la Biblia, así como los profetas de la Biblia, confesaron la divinidad del Señor Jesús, pero también confesaron su persona, que era distinta del Padre, pero no distinta en esencia, ni en naturaleza, ni en divinidad. La divinidad, la esencia y la naturaleza divina sólo subsisten en la persona del Padre, en la del Hijo y en la del Espíritu Santo, quien, siendo tres personas distintas, no lo son en divinidad, ni en esencia, ni en naturaleza, sino que lo son en la manera como la divinidad, la esencia y la naturaleza divina subsisten en cada uno. Aquí es donde llegamos a la palabra “hipóstasis” que aparece en Hebreos 1:3: “…el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”. La palabra exacta es carácter de su hipóstasis. Entonces, ahí nos damos cuenta que la divinidad subsiste. De ahí viene hipóstasis, de su subsistencia en el Padre como ingénito, es decir, no engendrado. La misma divinidad, esencia y naturaleza, subsisten en el Verbo de Dios como Unigénito del Padre. En cambio, se distingue el Padre del Hijo, en que el Padre es el Padre del Unigénito, y el Hijo es el Unigénito del Padre. Nunca podremos llamarle al Padre unigénito, y siempre tendremos que decir del Hijo que es el Unigénito de Dios, es decir, engendrado del Padre sin principio principio. Esa palabra que está ahí parece complicada, ¿cómo, “engendrado”? En Proverbios 8, la Sabiduría divina, que es el Verbo de Dios, habla de sí misma, diciendo: “Yo, la sabiduría…” (Pr.8:12). La Sabiduría divina está hablando en primera persona, y continúa con más: “Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra” (Pr.8:23). Antes de los siglos, la Sabiduría es engendrada; por eso el Hijo, que es Cristo, la Sabiduría divina, es llamado Unigénito. Pero ¿cómo es engendrada la Sabiduría divina en Dios? Haciéndola también divina, reconociéndola divina y principal, y a la vez engendrada. Parece un misterio, y no nos introduciríamos en él si no estuviera hablado en la Biblia. Pero nos dice que lo que está revelado es para nosotros, y, por lo tanto, hay que recibirlo. Ahora, también puede surgir una interrogante: ¿Se conoce Dios a sí mismo? Y la respuesta es rotunda: ¡Claro que sí!, o no sería omnisciente, y no sería Dios. Si Dios no se conociera a sí mismo, y no conociera todo, su esencia no sería divina. Dios se conoce a sí mismo por eso él puede revelarse y decir: “YO SOY EL QUE SOY” (Ex.3:14). Palabras que nos muestran que Dios se conoce a sí mismo, y al conocerse, él engendra de sí y ante sí una imagen de sí mismo que es igual a él, pero no la engendra en el tiempo, pues no es que empezó un día a conocerse, y antes no se conocía, sino mas bien, él siempre se ha conocido a sí mismo. Por lo tanto, en el ser eterno de Dios existe la Sabiduría de Dios, y con Dios. La Sabiduría con él estaba ordenándolo todo, o sea el Hijo con el Padre, el Verbo con Dios. La Sabiduría de Dios implica que Dios se conoce a sí, y conoce todo, y si se conoce a sí mismo tiene una imagen de sí, y esa imagen de sí es igual a él, y por la cual él se revela. El Hijo es la imagen de Dios, él es la imagen del Dios invisible, quien reconoce ser fielmente representado en su Hijo, y por eso puede hablar de nuestra imagen, aunque el Padre no es la imagen, ya que el Padre es el Dios invisible, pero la imagen del Dios invisible es el Hijo, como dice Colosenses: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col.1:15). El Padre es el Padre del Unigénito, y son dos personas distintas, no en divinidad, pues la divinidad es la misma; no en esencia, ni en naturaleza, porque también es la misma en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu, porque es el Espíritu de Dios que procede del Padre y del Hijo, porque el Padre no precede de ninguna parte. De manera que la divinidad con su esencia y naturaleza divina, subsisten en el Espíritu como procedentes; en cambio, la misma divinidad, esencia y naturaleza divina, subsisten en el Padre como no procedentes, porque él no procede de nadie, en cambio de él procede, a manera de Sabiduría, de imagen, el Hijo, y entonces de los dos también el Espíritu, pero éste procede, no sólo del Padre, sino también del Hijo; el Espíritu viene en el nombre del Hijo, y toma todo lo de él. La Divinidad es una sola, un mismo ser divino, con una sola esencia divina, con una sola naturaleza divina, pero que subsisten en tres personas distintas: una es el Padre ingénito, otra es el Hijo unigénito, y otra es el Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo. El Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre. El Padre es el amante, el Hijo es el amado, y el Espíritu es el amor entre el Padre y el Hijo. Por eso la Iglesia, por causa de la revelación de Dios en su Palabra, no sólo debe confesar la divinidad del Hijo, sino la personalidad distintiva del Hijo, en confesión de Hijo como persona distinta del Padre, pero no distinta en divinidad y naturaleza, sino consustancial al Padre. Allí está la diferencia también la confesión del Espíritu de Dios, y la otra, la del espíritu del anticristo. Veamos qué nos dice la Palabra respecto de esto: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?” (1Jn.2:20,22). Hay muchos mentirosos en la tierra, inclusive dentro del judaísmo ortodoxo, pero no mesiánico. Creemos que Jesús es el Cristo esperado. Los mismos que tenían la promesa del Mesías no creyeron que era Jesús. Otros, en cambio, dicen que Jesús sí es el Mesías, pero hacen separaciones, colocando a Jesús por un lado, y a Cristo por otro, como si fueran dos personas. Nestorio hizo eso, como si la persona divina fuera una y la persona humana fuera otra. Jesús es el Cristo, y es la misma persona divina y humana. Ahora, en la modernidad apareció otra manera de negar que Jesús es el Cristo, en la que teólogos afirman que uno es el Jesús histórico del cual saben muy poco, porque no están seguros de que lo que está escrito en la Biblia sea verdad, o que sólo es un invento de los cristianos primitivos; y el otro es el Cristo de la fe. O sea, esos teólogos están poniendo al Jesús histórico por un lado, y al Cristo de la fe por otro. La verdad es que el Cristo de la fe es el Jesús histórico, y el Jesús histórico es el Cristo de la fe. Jesús es el Cristo, y esa es la confesión del Espíritu Santo. La unción misma enseña a los hermanos y dice “esto sí” o “esto no”. Esto no sucede con los que no han nacido de nuevo, pero sí sucede con los que tienen el Espíritu. La obligación de la Iglesia es probar a los que se dicen ser apóstoles, porque no todos los que dicen ser, lo son. En esto conocemos el Espíritu de la verdad y el espíritu de error. Nos damos cuenta en qué se distingue el Espíritu de Dios al espíritu del anticristo, y es en aquello que confiesan de Jesucristo, porque sobre la roca de Cristo revelado y confesado por la Iglesia, es que la Iglesia es revelada. Entre la revelación de Dios acerca de Jesucristo y la edificación de la Iglesia, hay una íntima relación, pues no hay edificación sin revelación. La verdadera edificación es una verdad cada vez más clara, más nítida, más sólida, revelación acerca de Jesucristo. La verdadera edificación es conocer al Señor en espíritu; su persona, su divinidad, su humanidad, su obra, su cruz, su resurrección, su ascensión, su intercesión, su Espíritu, su reino, su juicio. Esto es lo que edifica a la Iglesia, la revelación de Jesucristo recibida directamente del Padre, que concuerda con los apóstoles. El que es de Dios oye a los apóstoles del Nuevo Testamento, y el que no es de Dios no los oye, pues les resulta difícil aceptar lo que está escrito, y tienen otras voces en sus cerebros. Volviendo a 1ª de Juan, que nos dice que el mentiroso es el que niega que Jesús es el Cristo, y que este es el anticristo, la Palabra dice que: “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre”(1 Jn.2:23-24). Es decir, que permanezca lo que habéis oído. A veces, parece que captamos todo lo que dicen, pero no es así. El Espíritu Santo nos hace detenernos una y otra vez sobre una misma frase para desentrañarnos todo lo que implican esas palabras. No hay que correr sobre estas frases, sino más bien, hay que orar delante de Dios para que no nos deje entenderlas a nosotros solos. Los “Sólo Jesús”, es decir, la herejía unitaria, que dice que Dios es una sola persona y que esa persona se vuelve Hijo al vivir en un tabernáculo humano, y que el Padre es el mismo Espíritu y son la misma persona de modo diferente. Estas personas están negando al Hijo, porque al decir que en la Divinidad sólo existe la persona del Padre, es lo mismo que decir que no existe la persona del Hijo con el Padre. Si sólo confesamos al Padre, estamos negando al Hijo. No hay nada de malo en confesar al Padre, sino que lo malo es negar al Hijo, al decir que la Divinidad es una sola persona. Esto es influencia de un espíritu maligno que está en contra del Hijo. El Hijo era antes de hacerse carne; en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y era Dios, como lo dice Juan en el capítulo 1 en su Evangelio. El Hijo es el heredero de todo, y para quien Dios hizo todo, por quien hizo el universo. La Iglesia debe de entender esto. La Iglesia debe confesar al Hijo. El evangelio de Mateo comienza con el hijo de Abraham, el hijo de David; Marcos comienza con Juan el Bautista; y Lucas comienza desde Adán; pero Juan comienza desde el principio, antes de la fundación del mundo. Mateo comienza con el ministerio en Galilea, pero Juan comienza con el ministerio en Judea, antes de llegar a Galilea. O sea, que lo que trata Juan es anterior a lo que trata Mateo, Marcos y Lucas. Y así como el Antiguo Testamento comienza con: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn.1:1), así mismo comienza Juan en el Nuevo Testamento, hablando de lo más antiguo, siendo el que habla de lo primero con mayor autoridad: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios” (Jn.1:1-2). Nos damos cuenta cómo la confesión de Génesis se agrandó. Es importante detenerse en la pluralidad que implica la única Divinidad. Por la eternidad, Dios ha usado varias veces el plural diciendo “hagamos al hombre”, “defendamos”, “confundamos”, “quién irá por nosotros”, etc. Dios habla en plural varias veces, y ahora Juan está desentrañando ese plural escondido en la Palabra. Juan está agregando revelación. Al inicio del Nuevo Testamento, como si fuera un nuevo inicio, aunque está hablando del mismo principio, pero Moisés solamente dijo de Dios “Elohim”, pero ahora Juan desentraña lo que está escondido en esa palabra, y saca del seno del Padre al Hijo, y lo muestra desde el principio: “…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios (Elohim plural) y el verbo era Dios” (Jn.1:1). O como veíamos anteriormente, cuando el Hijo dice: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). El que habla aquí es la persona del Hijo, y no habla sólo como hombre, pues también dice: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn.8:58). Juan está viendo mucho más de lo que vio Moisés. Moisés ya implicaba al Hijo, pero no tan claramente como Juan, porque la revelación no termina con Moisés, sino que tenía que ser completada con el Mesías, y quien no lo oyera sería desarraigado del pueblo de Dios. Pero Juan ahora está haciendo la confesión completa de la fe de la Iglesia, la verdadera revelación de Dios. “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn.5:20). Ahora estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo, quien es el verdadero Dios. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn.1:14). Juan está confesando al Hijo con el Padre. Jesucristo es el “quien”, el “con quien”, y el “para quien” el Padre creó todo. Jesucristo es el heredero de todas las cosas, y por quien asimismo hizo el universo. El Hijo es creador con el Padre, y no solamente el Redentor. Eso es lo que la Iglesia debe ver en el Hijo, para no negarlo como lo hace el mentiroso. No vamos a entender ni siquiera nuestra propia persona si no entendemos al Hijo, porque el hombre fue hecho en relación al Hijo, en función del Hijo, quien es el modelo que Dios puso para hacer al hombre. Y ¿quién es la imagen del Dios invisible? El primogénito de toda creación, que estaba en el principio de todo. Cuando se dice del Hijo que fue engendrado, lo dice a manera de sabiduría eterna, y divina. “…sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn.1:3). Juan está tomando el comienzo del Antiguo Testamento, pero está añadiendo todo el contenido que estaba apenas escondido, y ahora lo está sacando a la luz, porque el Hijo les enseñó las Escrituras a ellos, y lo que ellos enseñaron fue del Hijo, del Espíritu Santo, y de las Santas Escrituras. El propio Pablo decía: “…no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder…” (Hch.26:22). En el Antiguo Testamento, ya el Espíritu Santo había confesado la Divinidad del Hijo, pero estamos viendo que la divinidad del Hijo implica la persona del Hijo con el Padre. Hay que reconocer la segunda persona de la Trinidad, y por lo tanto, también la tercera. El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y ellos no empezaron a amarse en el tiempo, sino desde la eternidad. Es ahí donde brota, y procede desde la eternidad, el Espíritu Santo que también es eterno. Hay un aspecto económico, y futuro del Espíritu, cosas que él haría después, pero en cuanto a su existencia, y a su esencia, él es eterno, y estaba con el Padre y con el Hijo desde la eternidad, o si no, no sería eterno. El Espíritu Santo en la Biblia confiesa al Espíritu como eterno: “…mediante el Espíritu eterno…” (Heb.9:14). Existen muchas confesiones sobre el Hijo en la Palabra, en relación a lo económico, con la administración, con la identidad del Hijo, y otras tienen que ver con su condición humana en humillación, en despojamiento. Pero es importante tener presente que las frases humanas que él habló en su despojamiento, no niegan lo que él es en su divinidad, solamente habla en su condición humana de despojamiento. Y esas frases no son contrarias, sino complementarias a las de su divinidad. No debemos quedarnos sólo con aquellas palabras que nos muestran a Jesús despojado de su condición gloriosa, encontrándose como hombre delante del Padre, así como lo han hecho los llamados Testigos de Jehová. Éstos vienen a decirnos a nuestras casas solamente lo que habló Jesucristo en su despojamiento y en su humanidad, sin mostrar también lo que el Padre ha dicho del Hijo, lo que el Hijo dice de sí mismo, lo que el Espíritu dice por los profetas en el Antiguo Testamento, y por los apóstoles en el Nuevo Testamento acerca de la divinidad del Hijo. Isaías, en el capítulo 7, dice: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is.7:14). Esto sí que es una señal, porque una doncella que no sea virgen conciba no es ninguna señal, más bien es lo normal, pero si una virgen concibe, esa sí que es una señal. Y ¿quién es el Hijo de la virgen? Dios con nosotros. Luego sigue hablando de ese Hijo, en el capítulo 9: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is.9:6). ¿Quién es ese Hijo, ese niño que vino a estar con nosotros como hombre? El mismo Dios. El propio Padre vino a morar en el Hijo. No dejó solo el Padre al Hijo, pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo. Ese niño Admirable, Consejero, no era cualquiera, porque ese niño era Dios con nosotros. Por eso, el mismo testigo Isaías dice: “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará” (Is.35:4). ¿Quién nos salvará? ¿Quién será nuestro salvador? Dios mismo. “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo…” (Is.35:6). Cuando Juan el Bautista tambaleaba un poco según el hombre exterior, mandó a preguntar: “¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” (Lc.7:19). Y ¿cómo responde a esto Jesús? “En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista” (Lc.7:21). El Señor Jesús hizo lo que Dios haría cuando él mismo viniera a salvarnos. Y dijo: “…Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído (…) y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí” (Lc.22-23). Juan el Bautista ya había tenido claro esto, pero es que en el hombre interior lo sabemos, pero en el hombre exterior, dudamos. Hay una diferencia en conocer con el Espíritu, y el conocer con la carne. En el Espíritu, adentro, sabemos que es de Dios, pero con el de afuera viene el diablo y hace dudar. Hay que andar en el Espíritu, y conocer según el Espíritu, porque la Unción nos enseña todas las cosas; pero cuando estamos en la carne existe el sí y el no al mismo tiempo. En el Espíritu le podemos decir “amén” al Señor, así como María le dijo, porque ella no sabía cómo iba a dar a luz siendo virgen, pero ella creyó. “…hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lc.1:38). Cuando decimos “amén”, la palabra cimienta, y engendra un nuevo nacimiento, una nueva creatura. Entonces ese niño, ese varón perfecto, comienza a formarse en el vientre de la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia, por el amén a Dios, por el conocimiento interior del Espíritu. Entonces Juan, cuando andaba según el Espíritu que estaba sobre él, en el vientre de su madre, todavía no en él, pero sí sobre él, aún en el vientre de su madre, el Espíritu vino sobre él y lo acompañó todo el tiempo. El otro Juan, el apóstol, al inicio de su evangelio, dice que cuando le preguntaban a Juan el Bautista las siguientes preguntas: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo” (Jn.1:19). Algunos decían que él era el Cristo, y aún hasta hoy hay un grupo en Irak, los mandeos, que dicen que Juan el Bautista era el Cristo. Luego, le preguntaron a Juan si él era Elías o un profeta, a lo cual Juan responde a ambas con una negativa. Pero Juan dice de él: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino de Señor, como dijo el profeta Isaías” (Jn.1:23). Y esa es la profecía que está aquí en Isaías 40: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios” (Is.40:3). Continúa diciendo Juan el Bautista: “…el que viene después de mí, el que es antes que mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado” (Jn.1: 27). Juan sabía que Juan el Bautista era esta voz que clama en el desierto, pero esta voz le preparaba camino al propio Jehová, nuestro Dios. Enderezaba calzada en la soledad a nuestro Dios, porque detrás de Juan el Bautista venía Dios. ¿Nos damos cuenta a quién era que venía anunciando Juan? Pues Dios mismo; por eso Juan se sentía indigno de desatar las sandalias. Ahora veamos otro testigo, a Jeremías con una profecía acerca del Mesías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jer.23:5). ¿Quién es este renuevo de David? ¿Acaso no es el Mesías? “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado (especialmente cuando reciba al Mesías y comience el Milenio); y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jer.23:6). Entonces, ¿quién sería el Mesías? Jehová nuestra justicia; dice que así le llamaríamos. Ezequiel es otro testigo; se dice que: “…en boca de dos o tres testigos conste toda palabra” (18:16). En tal caso llamamos a Isaías, Jeremías y ahora a Ezequiel. El testigo Ezequiel vio la gloria de Dios, y la describió en el capítulo 1, describiéndola hasta el final del primer capítulo: “Y cuando se paraban y bajaban sus alas, se oía una voz de arriba de la expansión que había sobre sus cabezas. Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él” (Ez.1:25-26). Este es el prototipo, la imagen del Dios invisible. Cuando Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Gn.1:26). Este era el modelo para hacer al hombre, este “antes” de la encarnación era el modelo para que el hombre fuera hecho a su imagen y semejanza, y la imagen del Dios invisible es el Hijo. “Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor” (Ez.1:27). Podemos recordar en Hebreos, cuál fue la primera palabra del canto que el Señor dio a cantar al inicio de esta reunión: “…siendo el resplandor de su gloria…” (Heb.1:3). El autor del Nuevo Testamento había leído a Ezequiel; el Espíritu Santo le hizo usar el lenguaje de Ezequiel. “Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, (aparecía en el trono de Dios en Apocalipsis) así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba” (Ez.1:28). “El que hablaba” era el prototipo en función de quien Dios hizo al hombre, de la gloria de Dios, del resplandor de su gloria. Él es el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia, como dice Hebreos. Hemos visto tres testigos, pero hay un postre. En Zacarías, vamos a leer algunos versículos. Primero, fijémonos quién comienza a hablar aquí: “Así a dicho Jehová mi Dios…” (Zac.11:4). Es el mismo Jehová quien empieza a hablar aquí. Y ¿qué dice Jehová Dios? “…Apacienta las ovejas de la matanza, (…) Por tanto, no tendré ya más piedad” (Zac.11:6). ¿Quién no tendrá más piedad? Jehová. “Apacenté, pues,…” (Za.c11:7). Esa es la persona de Jehová. “Y destruí…” (Zac.11:8), “Y dije:…” (Zac.11:9), “Tomé luego…” (Zac.11:10). Luego dice: “Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! (Zac.11:12-13). Jehová dice: - me han apreciado- ¿A quién apreciaron por treinta piezas de plata? A Yahvéh Elohim. ¿Quién era, entonces? Jesús, el mismo Dios ¿Nos damos cuenta? Era el mismo Dios. Y luego, si seguimos leyendo, lo mismo pasa en el capítulo 12, en el principio donde dice: “Profecía de la palabra de Jehová acerca de Israel. Jehová, que extiende los cielos y funda la tierra, y forma el espíritu del hombre dentro de él, ha dicho; He aquí, yo pongo a Jerusalén…” (Zac.12:1-2). Este “yo” es Jehová quien sigue hablando en el verso 4: “En aquel día, dice Jehová, heriré…” (Zac.12:4). ¿Quién es este Dios? Jehová; ¿Quién herirá? Jehová. “En aquel día pondré…” (Zac.12:6). Y sigue hablando el Señor, diciendo: “Y en aquel día yo procuraré destruir…” (Zac.12:9). “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron…” (Zac.12:10). Desde el principio viene hablando Jehová. ¿Quién derramará? ¿A quién traspasaron? A Jehová, pero venía como un niño, que creció en sabiduría, en gracia, que fue probado como un hombre, pero era el propio Dios, la persona divina que se hizo también humana. “…y mirarán a mí, a quien traspasaron” (Zac.12:10). Esta expresión es del Hijo unigénito. Jehová usó esa expresión, y no fue un invento de alguna teología. El propio Dios había usado estas palabras, y eso es lo que está usando Juan en su evangelio, lo que el mismo Señor Dios habló. Entonces, el Espíritu Santo, por boca de los profetas, confesó de antemano la divinidad del Mesías, del Hijo de Dios, y en el Nuevo Testamento, los apóstoles. Ya hemos mencionado bastante a Juan; por lo tanto, veremos ahora a Pedro. También tenemos a tres testigos en el Nuevo Testamento. “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra:…” (2P.1:1). ¿Cómo le llamó Pedro a nuestro Señor Jesucristo? Le llamó nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y esa es la confesión de la Iglesia, es la roca firme en la cual estamos, en las manos de este que también es hombre y Dios, y hombre que murió, resucitó, ascendió y envió a su Espíritu. ¿Nos damos cuenta? Nuestro Dios y Salvador Jesucristo. ¿Lo podemos confesar? La misma confesión que hizo Juan, la hace Pedro, y también la hizo Pablo al escribirle a Tito: “…aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo…” (Tit.2:13). Esta es la confesión de Pablo, y la de Pedro, que Jesucristo es nuestro gran Dios y Salvador, además de hablar de la manifestación gloriosa y bienaventurada. Si volvemos al Antiguo Testamento, podemos leer: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos…” (Zac.14:4). ¿Quién es el que vendrá a poner los pies en el Monte de los Olivos? Aquel que viene a poner los pies con todos los santos en el Monte de los Olivos es Jehová, el mismo Dios. “…y vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos” (Zac.14:5). ¿Quién fue el que ascendió desde el monte de los Olivos? “…dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando el cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch.1:9,11). El que ha sido tomado de vosotros, como hombre resucitado, y no como un fantasma, sino como hombre y Dios, ascendió en las nubes, y fue a la diestra del Padre. Ya tenemos el testimonio de Juan, Pedro y Pablo, y seguiremos también con Romanos, viendo solamente lo esencial: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Ro.9:3-5). Decimos “amén” con Pablo, con el Espíritu Santo. Es esta la confesión en boca de dos o tres testigos, y el postre está con Tomás, en el evangelio de Juan: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn.20:29,29). ¡Gloria al Señor! Ahí está la confesión del Padre, Del Hijo y del Espíritu Santo, por mano de los profetas y de los apóstoles en el Antiguo y Nuevo Testamentos; esa es la fe de la Iglesia acerca de la divinidad del Hijo, pero hemos visto también la persona del Hijo. Ahora, la tercera palabra de divinidad y persona es “teofanía”. Teofanía significa “las apariciones de Dios”. Cuando Dios se aparecía, esa era una teofanía. La Escritura dice que: “Nadie ha visto jamás a Dios” (1ª Jn.4:12). Pero, por otra parte, también dice que: “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara” (Ex.33:11). Hay muchas apariciones de Dios, pero esto no quiere decir que sean contradicciones. Cuando la Palabra dice que a Dios nadie le ha visto jamás, se refiere a la plenitud de su gloria. Aunque Dios hablaba cara a cara con Moisés, él tenía que retener su gloria, revelándole solo un poco, para que Moisés no muriera. En la Biblia, las apariciones de Jehová, sus teofanías, como el mensajero, eran el Verbo antes de su encarnación. “Rodéate ahora de muros, hija de guerreros; nos han sitiado;…” (Mi.5:1). Eso fue Jerusalén, porque rechazaron al Mesías fueron sitiados. “…con vara herirán en la mejilla al juez de Israel” (Mi.5:1). Aquí está parte de los sufrimientos del Mesías. “…pequeña para estar en las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2). Está hablando de atrás para adelante, como a veces sucede en las películas cuando empiezan por el final y luego van retrocediendo, y así fue en este pasaje. Sus salidas, son las salidas del que sería el Mesías, y son desde el principio. Dios nuestro Padre, el Dios invisible tenía que revelarse. Entonces, él enviaba al Mensajero de Su Faz, que es el Hijo, el Verbo, antes de la encarnación. Las apariciones de Jehová son teofanías, donde no se presenta con toda su gloria, sino se retiene. El mismo Mesías, el que nació en Belén, el que fue herido, ya había salido desde el principio. Es decir, que a lo largo de todo el Antiguo Testamento las apariciones de Dios son las teofanías del Verbo de Dios que después se hizo carne. Lo que pasa es que a veces nosotros nos confundimos con la palabra “ángel”. La palabra ángel es un nombre que se refiere a oficio, y no a naturaleza. La palabra ángel simplemente significa mensajero. Si vamos a decir “mensajero” en griego, se dice angelos, y si lo decimos en hebreo es malak; entonces malak y angelos, o ángel, significa “mensajero”. Hay mensajeros que son de naturaleza angelical como Gabriel, o mensajeros que son de una naturaleza humana. Y la Biblia, incluso si leemos el Nuevo Testamento, cuando Jesús envió ciertos discípulos a prepararle camino o la mesa para celebrar la Pascua, dice que envió mensajeros, pero no eran los ángeles celestiales con alas, sino sus discípulos a los que él envió. El Angel de Yahvé no es un ángel creado, sino que es el Mensajero del Padre, usando la palabra ángel sólo como el oficio del Hijo eterno de Dios. Para ver eso, vamos a Éxodo: “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová…” (Ex.3:1,4). Entonces, el que estaba en la zarza como el Angel de Jehová, era el Hijo, como una teofanía divina, no en toda su gloria, ya que así nadie le ha visto jamás, pero aquí hablaba con Moisés cara a cara. “… y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido…” (Ex.3:4,8). Esta es una aparición económica de Dios. Dios es omnisciente y no tiene que subir, ni bajar, pero en sus apariciones, en sus trabajos, el habla de esta manera: “He descendido”; es decir, era una aparición teofánica de Dios. Era el Mensajero de Dios, el mismo Hijo de Dios, que viene a representar a su Padre. Sus salidas son desde el principio, del que sería el Mesías. Él ya había venido varias veces, y ésta que vemos en Éxodo fue una de esas veces, y una muy importante. “… y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, (…) El clamor, pues, De los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión (…) Ven, por tanto, ahora, y te enviaré (…) Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? (…) He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a moisés: YO SOY EL QUE SOY” (Ex.3:8,14). EL QUE SOY es el Dios invisible, es el Dios que se conoce y se revela, pero Yo soy es la imagen del Dios invisible, el Hijo, el mensajero de la faz de Dios, una teofanía divina, una de las salidas del Verbo antes de la encarnación. “Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros (…) Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos. Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me apareció diciendo…” (Ex.3:15,16). ¿Quién era el Ángel de Jehová? Jehová, quien le apareció a Moisés diciendo que el Dios de Abraham, Isaac y de Jacob es el mensajero de Dios, el Ángel de Jehová. Cuando Agar está llorando, después de ser afligida por Sarai, y de haber huido de ella, se le aparece el Viviente que ve, y dijo: “… ¿No he visto también aquí al que me ve? (Gn.16:13). Este es el mismo Dios apareciéndose en una teofanía, es el Verbo como el Mensajero de Jehová. Dios se revela en la medida de la persona a tratar. A él nadie le vio jamás en toda su gloria, pero el Hijo es el que lo mostrará en su gloria cuando él venga. También en Éxodo aparece otra teofanía, y vamos a verla: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado” (Ex.23:20). Ese “yo” es la persona del Padre, y ese Mensajero de su Faz es la persona del Hijo. “Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonara vuestra rebelión, porque mi nombre está en él” (Ex.23:21). Dios le puso a su Mensajero su propio Nombre. ¿Nos damos cuenta? Ahora, sigamos a este Ángel, a este mensajero de la faz de Dios, y vamos al libro de Jueces y veamos cómo habla el Ángel de Jehová: “El ángel de Jehová subió de Gilgal a Boquim, y dijo: Yo os saqué de Egipto, y os introduje en la tierra en la cual había jurado a vuestros padres, Diciendo: No invalidaré jamás mi pacto con vosotros, con tal que vosotros no hagáis pacto con los moradores de esta tierra, cuyos altares habéis de derribar; mas vosotros no habéis atendido a mi voz. ¿Por qué habéis hecho esto? Por tanto, yo también digo: No los echaré de delante de vosotros, sino que serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero. Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a todos los hijos de Israel, el Pueblo alzó su voz y lloró. Y llamaron el nombre de aquel lugar Boquim, y ofrecieron allí sacrificios a Jehová” (Jue.2:1-5). El mismo que dijo: “Mi Nombre está en él”, Él los introducirá, y “Yo os introduje”, fue el que los acompañó todo el tiempo, viéndolo Moisés; lo mismo que vio Agar, lo vio Abraham, Isaac, Jacob, y Job desde un torbellino. “Yo, yo hablé, y le llamé y le traje; por tanto, será prosperado su camino. Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu. Así ha dicho Jehová, redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te encamina por el camino que debes seguir (Is.48:15,17). Así habla Dios, y habla de la Trinidad; Yo hablé, y me envió Él, y su Espíritu. Allí está la Trinidad, y el Yo que habla es el Hijo, el que lo envió es el Padre y su Espíritu. “Porque dijo: Ciertamente mi pueblo son, hijos que no mienten; y fue su Salvador. En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó…” (Is.63:8-9). ¿Quién fue el que los salvó? El Ángel de su Faz, el mensajero de la faz de Dios, la imagen del Dios invisible, el representante, el testigo fiel y verdadero de Dios. “He aquí, yo envío mi mensajero el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Mal.3:1). Estas apariciones son las salidas del que sería el Mesías desde el principio hasta el fin; y si queremos ver que esta es la enseñanza del Nuevo Testamento, la enseñanza apostólica, debemos ir al Nuevo Testamento: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1ª Co. 10:1,4). ¿Quién era el Angel que los introducía a la tierra prometida, en el cual el Nombre Divino estaba en él? Era Cristo; por lo tanto, hay que ver esto de la teofanía, junto con lo de la persona, junto con lo de la divinidad, y junto con lo de la humanidad del Hijo. Para finalizar, es necesario ver a Zacarías. En este libro vamos a ver cómo Jehová habla como el Padre y cómo Jehová habla como el Hijo, y aun cómo en la misma Trinidad aparece Jehová enviando a Jehová. Ese Jehová que envía es el Padre, y el Jehová enviado es el Hijo. El Hijo siempre estuvo en la Biblia, sólo que la leemos muy rápido: “…y otro ángel le salió al encuentro, y le dijo: Corre, habla a este joven, diciendo: Sin muros será habitada Jerusalén, a causa de la multitud de hombres y de ganado en medio de ella. Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella. Eh, eh, huid de la tierra del norte, dice Jehová, pues por los cuatro vientos de los cielos os esparcí, dice Jehová. Oh Sion, la que moras con la hija de Babilonia, escápate. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos: Tras la gloria me enviará él a las naciones que os despojaron; porque el que os toca, toca a la niña de su ojo” (Zac.2:3-8). Este enviado es el Hijo, y el que lo envía es el Padre; el enviado es la teofanía de la encarnación, hablando del enojo de su Padre. “Porque he aquí yo alzo mi mano sobre ellos, y serán despojo a sus a sus siervos, y sabréis que Jehová de los ejércitos me envió” (Zac.2:9). El Padre Yahvéh es el que envía, y Yahvéh Hijo es el enviado, y los dos son Yahvéh. “Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová. Y se unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo, y moraré en medio de ti; y entonces conocerás que Jehová de los ejércitos me ha enviado a ti” (Zac.2:10-11). Oh Señor, qué misterioso es esto de hablar en primera y en segunda persona. El Hijo no hace nada por sí mismo, sino en el nombre del Padre, y se lo remite todo a él. Por otra parte, el Padre se lo remite todo al Hijo. Entonces, el Hijo es desde el principio el que aparece a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Por eso habla de: “…y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2). “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Él es el mensajero de su faz, el representante de Dios, es las apariciones teofánicas de Dios, pero no en toda la gloria. El Hijo de Dios conteniendo al Padre. El que se hizo hombre, y fue probado en todo, que venció, murió, resucitó, ascendió, y envió a su Espíritu, y que volverá en gloria.

LAS AFLICCIONES DE CRISTO POR SU CUERPO, Y EL MISTERIO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:21, Categoría: General

Las aflicciones de Cristo por su cuerpo, y el misterio. Pablo escribió a los Colosenses algunas expresiones preciosas, muy significativas en aquel tiempo, por medio del Espíritu de Dios prometido por él, y que el Señor Jesús en su humanidad también inspiró a Pablo, dentro de la obra del Señor en la tierra, para que nos hablara. Lo que el apóstol recibió del Señor, fue una encomienda sumamente importante. El pasaje que vamos a leer tiene un núcleo, en el cual presenta una visión general de Dios, sintetizada para nosotros. A veces el Señor inspira frases cortas, pero claves, y que nos dan una información general, ubicándonos dentro de los propósitos de Dios para nuestra vida. Esperemos que el propósito de Dios con nosotros sea el mismo propósito nuestro con Dios. Empezaba Pablo a decirles a los santos en Colosas lo siguiente: "Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros…" (Col.1:24). Ahora, esta es una frase extraña en el mundo, pero no es que Pablo sea masoquista y le guste el sufrimiento, sino que se goza en el sentido de sus padecimientos en vez de temerles. Y aunque a veces padecía, sin embargo, en medio de aquellos había gozo porque tenían un sentido; valía la pena haber caminado por ese camino estrecho, haber pasado por la puerta angosta. Él llegó a gozarse en las dificultades, en cosas que para la carne eran desagradables, pero que tienen un sentido y una recompensa eterna. "…y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia…" (Col.1:24). Es una frase profunda, que podría dar, quizás, en alguna ocasión a un mal entendido si la leemos descuidadamente. Pero lo que dice es que cumple en su carne lo que falta "de", y no que a Cristo le faltaron aflicciones. Pablo tenía que completar lo que Cristo no pudo consumar, no en el sentido de la obra del Señor Jesús, porque esta es una obra consumada, dicho por el propio Señor cuando estaba en la Cruz: "…Consumado es" (Jn.19:30), pagando el precio por nuestros pecados por su muerte. Pero a nosotros, como lo dice Pablo en otra parte, se nos ha concedido de Dios, y así lo debemos entender, como un gran privilegio, que "… a causa de Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él…" (Fil.1:29). El Señor nos confía algunas cosas que implican algunos pequeños padecimientos, que Pablo les llama "leves tribulaciones", y que no son comparables con el eterno peso de gloria que está reservado para nosotros. Pablo no se amedrentaba ante las dificultades, porque él sabía que no estaba solo, sino que estaba con el Señor, y que todo eso tendría un fruto. En muchas ocasiones, pareciera que la semilla, al caer en tierra, se viera pisoteada, o que está pudriéndose; pero eso solamente es un camino para apresurar la multiplicación de esa semilla. La semilla cae en la tierra y empieza el germen a brotar, empieza a surgir la plantita, multiplicándose los granos, y de un grano salen muchos otros. Por lo tanto, ese es el sentido del sufrimiento del que Pablo hablaba, y que se nos había concedido creer y padecer por Cristo. Aunque claramente Cristo padeció por nosotros, y llevó nuestros pecados, nuestros dolores, de los montos de los sufrimientos de Cristo se nos concede a nosotros un poquito. Y como vemos, a Cristo no le faltaron aflicciones paras redimirnos, pues la muerte de Cristo ha sido suficiente para salvarnos, pero a nosotros se nos ha concedido participar un poco si seguimos a Cristo, y si vivimos por él. Lógicamente, que va a haber una reacción del enemigo, además de que hay mucho mal en nosotros, y en nuestra carne, y en nuestro mundo; por lo tanto, hay que enfrentarlo, y eso a veces no es agradable. Cuando Pablo dice: "cumplo en mi carne", se refiere a su vida mientras estaba aquí en la tierra, "lo que falta de las aflicciones de Cristo", o sea, del monto de las aflicciones de Cristo, que de a poco se van cumpliendo también en nosotros – y en ese caso Pablo decía que cumplía en su carne de ese monto que le faltaba a Pablo experimentar. Nosotros debemos cumplir lo que nos falta de las aflicciones del Señor, pues él nos ha honrado permitiéndonos hacernos participes de esto, pues en nada son comparables con la gloria venidera. Pablo también dice una cosa curiosa, que hay que destacar: "las aflicciones de Cristo por su cuerpo". A veces hemos pensado que las aflicciones de Cristo, su muerte expiatoria, fueron solamente por el alma de cada uno de nosotros, para perdonarnos los pecados, y para no ir al infierno. Eso es una parte de la verdad; el Señor Jesús murió en la Cruz como el Cordero de Dios para perdonar nuestros pecados. Y eso está escrito en muchos lugares en la Palabra. Pero también hay otros versículos que muestran otros aspectos que realizó el Señor Jesús en su muerte, pues también murió para que nuestro viejo hombre fuera crucificado juntamente con él, y así no solamente para morir él por nosotros, sino para que nosotros, al estar unidos a él, y en unión con él, podamos también morir a nosotros mismos, y morir al pecado que hay en nosotros. Esa Cruz puede traer una pequeña aflicción a nuestra carne y a nuestra alma, pero significa una liberación para nuestro espíritu. Es muy importante lo que hemos visto en estas dos cartas de Colosenses y Efesios, que fueron escritas juntas, en el mismo periodo, y enviadas a dos Iglesias. Por eso son muy parecidas, y es interesante cuando en las Escrituras encontramos pasajes, porciones o cartas parecidas, o que podríamos llamar paralelas, porque esas porciones nos sirven para compararlas una con la otra y multiplicarse mutuamente el entendimiento unos a otros. Nótese que la muerte del Señor Jesús no tiene solamente una alcance individual, sino tiene un alcance corporativo. La Biblia dice que: "…y mediante la Cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo…" (Ef.2:16). Entonces, la Cruz nos reconcilia con Dios, y también nos reconcilia con nuestros hermanos, por medio de participar con Cristo, de ser perdonados por él, de vivir con su Espíritu, y además, vernos morir a nosotros mismos con su ayuda, en unión con él por la fe. Eso hace que descubramos el otro lado de la Cruz, ya resucitados en Espíritu, como un solo cuerpo. La Cruz es la puerta del cuerpo de Cristo junto con el Espíritu. Por medio de aquella puerta salimos del mundo, y salimos de debajo de la potestad de la tinieblas, siendo trasladados y plantados en el reino del amado Hijo de Dios. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en el cuerpo, nacemos en la Iglesia; por eso decimos que la Cruz tiene un alcance corporativo. Si no hubiera habido Cruz, no se hubiera presentado la Iglesia; por eso es interesante saber que lo objetivo de la Cruz no determina solamente el no ir al infierno, sino lo que Dios tiene planeado es darnos nueva vida. El objetivo de las tribulaciones es facilitar el objetivo final que es la formación de Cristo en nosotros. Así que no temamos a esas leves – recordemos aquella palabra "leves" aflicciones –, porque en nada son comparables con el peso de gloria. En el pasaje de Colosenses, se nos dice que el cuerpo de Cristo es la Iglesia. Generalmente, siempre surge la pregunta: ¿De qué iglesia eres? Universalmente, sólo tiene una, y todos los que somos hijos de Dios nacimos en ella. Nosotros no podemos cambiarnos de Iglesia, porque estamos por dentro de ella. Si nuestra unión fuera en torno a una organización, podríamos cambiarnos a otra, pero no se trata de cosas exteriores, sino se trata de nacer en el reino de Dios, nacer por el Espíritu, y nacemos dentro de la Iglesia. No necesitamos afiliarnos a alguna cosa, hacer algún pacto nuevo o especial acerca de algo, porque simplemente al recibir al Señor de corazón, ya nacimos de nuevo dentro de la Iglesia, y somos miembros del cuerpo de Cristo. Por lo tanto, valga la redundancia, somos hermanos de todos los hermanos, aun de aquellos que no entiendan bien el asunto de la Iglesia, pues no es algo que se entiende de golpe, ni al principio. Esta Iglesia, para tenerla en unidad y en gloria, fue la razón para que el Señor pasara por la cruz. Por eso, la Palabra nos dice: "…por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreció el oprobio…" (He.12:2). El Señor vio lo que era tener una Iglesia en gloria, vio muchos hijos e hijas en gloria; vio a la familia celestial reinando con él en todo el universo, porque él es heredero de todas las cosas; y su esposa, que es la Iglesia, su compañera, su coheredera, consistente e íntima, con la cual él se goza en lo que el Padre le dio. Él tiene un gozo con la Iglesia, y el Señor sabía que tenía que pasar las aflicciones por ella, por sufrimientos que ni siquiera nos lo imaginamos, porque nosotros vemos lo de afuera, lo físico, pero para él, la segunda persona de la Trinidad, ser separado del Padre, recibir juicio de pecador como si él lo fuera, y sentirse abandonado por el Padre, es realmente un sufrimiento, y peor que cualquier otro. Sólo él sabe lo que significa haber pasado por lo que él pasó. En cambio nosotros, pasaremos por cosas menores, pero sustentados por el Padre, porque él está con nosotros. El Espíritu de gloria reposa cuando estamos en las más mínimas pruebas. Ahora nos encontramos en estas mínimas pruebas, pero en la gloria. Así que llenemos nuestro corazón con una alegría infinita, sin importar lo que esté sucediendo afuera, ya que estamos bajo el Espíritu de gloria. En el caso del Señor, aquel clamor de aflicción, no era ningún "teatro", porque no hay nada más desgarrador que por lo que él pasó, sintiendo que era una condenación eterna, diciendo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt.27:46). Nosotros no conocemos lo que es el sufrimiento, y sin embargo, él lo tuvo como pequeño, por el gozo que tenía puesto delante de él, por el gozo de salvar para sí una esposa de millones de hijos, y de hijas, de todas las tribus, de todas las razas, de todas las lenguas, y de todas las naciones. Por lo tanto, no vamos a vivir cualquier clase de vida, porque nuestro Padre es el mejor Padre que existe y tenemos que ser como es él. Nuestro Padre sabe cómo quiere que seamos, y a veces nos tiene que corregir, o no sería realmente un Padre, y el mayor bien que puede hacernos es darnos su propia vida, hacernos como él, y que participemos con él guardando sus obras. Qué precioso es que Dios quiera hacer las cosas con nosotros, y que nosotros hagamos las cosas con él. El Padre ama al Hijo, y le muestra las cosas que hace, para que el Hijo las haga igualmente. La muerte del Señor fue suficiente, y fue una obra consumada, pero él le concedió el honor a Simón de Cirene de cargar la cruz un poco (Mt.27:32). Aunque no se puede comparar la Cruz del Señor con la carga que hizo Simón de ella, pero esto está simbolizando que el Señor nos está pidiendo lo mismo a nosotros. La Iglesia tiene que salir de su comodidad, salir de las cosas en las cuales uno siempre quiere estar, porque uno siempre busca lo fácil, y muchas veces el Señor requiere una Iglesia que esté dispuesta a pasar por estas pequeñas molestias que no son nada, pero que a la vez son una honra. ¿O acaso creemos que las cicatrices del Señor Jesús no son ahora una honra para él? Si no fuera de esta forma, posiblemente cuando resucitó las hubiera desaparecido. Entonces, cualquier bobería que pasemos por el Señor es nuestra honra, y nuestro privilegio; y hay que estar dispuestos por amor al Señor a lo que él nos pida. Por lo demás, él nunca nos va a pedir algo más de lo que podemos soportar, porque nunca podremos hacer cosas por nuestra sola fuerza. De pronto, nos damos cuenta de que si hemos podido cooperar con el Señor, fue por la ayuda sobrenatural de él, y nos sostenemos naturalmente por la gracia. La obra del Señor se realiza poniéndose en el altar de Dios, cumpliendo en nuestra carne las aflicciones de Cristo, concediéndosenos honra y privilegio como el de Simón de Cirene. Entonces, cada uno de nosotros considerémonos honrosamente como un pequeño Simón de Cirene. Para que la Iglesia sea edificada debemos estar dispuestos a ponernos en las manos del Señor, a perder ciertas comodidades, y debemos hacerlo con alegría, no pensando en que estamos haciendo demasiadas cosas. Nada de eso; por lo demás, cuando María quebró el vaso de alabastro sobre Jesús, Judas decía que había sido un desperdicio, pero Judas no estaba en lo correcto, porque el Señor es digno, y no sólo de uno, sino que todos los vasos de alabastro se quiebren a sus pies. El Señor murió para tener una Iglesia gloriosa, y murió por nuestros pecados; por lo tanto, esas aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia, se han cumplido en Pablo, y en nosotros, cooperando por lo que Cristo murió. De tal manera que él, por su muerte, tiene derecho a casarse con una Iglesia gloriosa. "…de la cual fui hecho ministro…" (Col.1:25). Aquí vemos la continuidad de los versos de Colosenses, comenzando con las palabras "de la cual", refiriéndose a la Iglesia. Luego, cuando Pablo usa la palabra "ministro", no lo dice como lo podemos entender nosotros, sino muy por el contrario, él lo dice como si fuera un sirviente. Pablo nos habla de aflicciones, de servir, y no exaltarse a sí mismo, sino que exaltar a los otros y ponerse a disposición de ellos por amor del Señor. "…según la administración de Dios que me fue dada…" (Col.1:25). Hay una administración de Dios y que ha sido encomendada a cada uno; hay algo en esa tarea que cada uno de nosotros debe realizar, para cumplir el propósito y que Dios tenga a la Iglesia gloriosa. Para eso estamos en la Tierra, para vivir principalmente para nuestro Señor, y no vivir solamente para lo nuestro. "De Jehová es la tierra y su plenitud… El mundo, y los que en él habitan" (Sal.24:1). Así lo dice el salmo, y lo repite el Nuevo Testamento, pero a él no le gusta contar con todo eso, sino con lo que nosotros voluntariamente le devolvemos. El Señor es dueño de la tierra, de nuestras pertenencias, de todo lo que somos, y de lo que tenemos. Pero el Señor no quiere usarlo forzadamente, pues quiere hacer lo más alto, que es tener un santuario. Así como Dios le dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diera de su voluntad, de corazón…" (Ex.25:2). Estas palabras nos muestran que hay que darle al Señor lo que él pide, para lo que él quiere, y no lo que a nosotros nos sobra o lo que nosotros queremos dar. El Señor merece tener lo que él quiere, solo que él no quiere tomarlo a la fuerza. El Señor quiere tener una familia, y estar rodeado de los hijos. Dios dice: "Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" (Ex.25:8). Aquel santuario es una casa, es una familia de Dios. Dios quiere que su familia sea un ejemplo para toda la tierra, y que muchas personas más ingresen en su familia, porque él quisiera que todos los hombres fueran salvos, y que ninguno perezca. Pero él no hace esto a la fuerza, pues ¿qué alegría sería para Dios forzar al hombre? Si alguien no quiere ir a Dios, él lo va a dejar libre; y como dice la Palabra: "…el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida…" (Ap.22:17). O sea, las cosas con el Señor son así: "el que quiera". El Señor es dueño de todo, pero como decíamos anteriormente, sólo es honrado de una manera especial, y él le llama "tesoro especial" a aquellos que le aman. Y este tesoro especial es la Iglesia y ese es su servicio, de los hijos y de las hijas de Dios, voluntario, alegre y espontáneo, que no está reclamando, sino que le sirve. Entonces, las aflicciones del Señor son para tener a la Iglesia, y se nos concede también a nosotros un pequeño monto de colaboración con Cristo, en aquellas pequeñas dificultades. Por eso es que hay que servir a Dios en espíritu, y entender que él está aquí colaborando para que nosotros invirtamos nuestra vida en servirle, porque es un desperdicio usar la vida en otra cosa que no sea el Señor. Hay una lamentación inmensa por aquellas personas a las que se les acabe el tiempo para el Señor, y llegue el momento de presentarse con las manos vacías, diciendo que se ocupó durante toda su vida solamente en tonterías, y perdió el tiempo, sin colaborar a Dios con nada. En ese momento, habrá llanto, crujir de dientes, y habrá vergüenza. Retomando la Palabra, ahora nos dice para lo que fuimos hechos: "…ministro (servidor), según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros…" (Col.1:25). Empezamos a entender un poco ese servicio. Aquel "vosotros" son los hermanos, los miembros de la Iglesia, y Dios da una administración para esta razón: "…para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios…" (Col.1:25). Fijémonos que aquí el apóstol dice otra expresión interesante. Pablo podría haber dicho solamente: "Para anunciar la palabra de Dios", pero el Espíritu Santo no lo dejó decir esto de una forma incompleta, sino que utiliza la palabra "cumplidamente". No es la primera vez que Pablo habla en estos términos, ya que les dice a los tesalonicenses, que oraban por ellos, recordándolos, y para poder volver a Tesalónica a completar la fe de los santos, aunque ya los santos tenían fe. De hecho, el mismo Pablo da testimonio de ellos diciendo: "Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor…" (1ª Ts.1:8). Así que cuando Pablo llegaba a evangelizar, los hermanos en Tesalónica ya se habían adelantado. Pablo sabía para qué existe la Iglesia y cuál es su llamamiento, el cual no solamente es no ir al infierno. Pablo sabía que la fe de la Iglesia debía ser completada. Veamos la expresión de esto, en Primera de Tesalonicenses: "¿…orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe?..." (1ª Ts.3:10). El misterio de la fe tiene un contenido completo, y la iglesia en Tesalónica tenía fe, amor, era misionera, pero Pablo sabía que no tenía el depósito completo de la fe, entonces él oraba para que la fe de la Iglesia fuera completa. Podemos comprender, por lo tanto, por qué dice anunciar "cumplidamente la palabra de Dios". La palabra de Dios tiene un monto, tiene un contenido, un fundamento, una edificación, una culminación. Lo que el Señor está queriendo de la iglesia, es que ésta reciba el misterio de la fe de manera completa, que la Iglesia reciba la misión de Dios, que sea una con la misión de Dios y su visión celestial. Además de ser siervos del Señor, él también quiere que seamos amigos. El Señor nos dijo que ya no nos va a llamar siervos, sino amigos, y nos dio la razón de esto: "porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Jn.15:15). El siervo no sabe lo que hace su Señor, pero el amigo sí lo sabe. Entonces, el Señor quiere que sus siervos también sean sus amigos, que sepamos qué es lo que el Señor está haciendo, para dónde se dirige, y cómo colaborar eficazmente con Dios, sin dar vueltas y vueltas en las miserias, sino que le colaboremos, así como Pablo lo hacía. A este apóstol se le había dado la administración, y se le había encomendado anunciar cumplidamente la palabra de Dios, orando de día y de noche. Por eso, Pablo no hablaba de manera descuidada la Palabra Dios. El Señor le ha encomendado a la iglesia, mucho más que sólo Proverbios, o las genealogías – aunque todo eso es parte de la Palabra; pero podemos decir que son una especie de "tuercas" que tienen su lugar, pero que contribuyen a la visión global. Sin embargo, a veces la Palabra de Dios es compuesta, y no la vemos en su forma cumplida. Por ejemplo, tenemos una de estas tuercas que acabamos de nombrar, y nos gusta algún Salmo, o aquel Proverbio, pero todas esas piezas forman el motor, y deben estar armadas para funcionar. De esta misma manera es la Palabra de Dios, que está formada por muchas cosas, pero todas tienen que estar en su lugar, porque si tenemos sólo algunos proverbios favoritos, o algunos Salmos, o también, como algunos, que les gusta el Apocalipsis, pero no vemos el asunto esencial de la Palabra de Dios, entonces todavía no estamos teniendo la fe completa. Nosotros somos la iglesia y debemos tener esa comunión divina que se le ha dado. La iglesia debe saber para qué está aquí, y en qué consiste el plan eterno de Dios, de dónde viene y hacia dónde va, y cómo cooperamos con el Hijo, mirando derecho al centro para no estar pendientes de multitud de modas. Porque de repente llega la moda de pedir dinero, o danzar con banderas, y nos preguntamos si será eso lo que predicaba Jesús y los apóstoles. No queremos estar en espíritu de crítica, pero también hay que decir la verdad. Dejemos a cada cual en su camino, pero dejemos que nuestro camino sea el del señor. Entonces, se nos dice esto que Pablo ha llamado "el anuncio cumplido de la Palabra de Dios". Pero esto es solamente un versículo – y claro que todo eso tiene su lugar, y hay que predicar de todo. Lo que queremos decir es que tenemos que agarrar esas tuercas, ponerlas con sus tornillos, y armar el motor. A esto nos referimos, a ver el asunto de la Biblia, ver cuál es la clave de la Biblia, cuál es el tema; porque podemos ver que aparece el lavar los pies, o que los hombres se corten el cabello y las mujeres no, y claro que esto está en la Biblia, pero ¿ese es el tema de la Palabra? O ¿cuál es el tema de Romanos? ¿Cuál es el tema de Juan? ¿Cuál es el tema de Juan con Romanos? ¿Cuál es el tema del Nuevo Testamento? ¿Cuál es el tema del Antiguo Testamento? ¿Cuál es el asunto? Eso es lo que Pablo a continuación da a resumir, aunque lo dice en un solo versículo. Regresemos a Colosenses, diciéndonos que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, y luego nos viene a dar como una explicación de eso: "…el misterio…" (Col.1:26). Por lo tanto, ¿cuál es la palabra cumplida de Dios? Es un misterio, y que debe quedar al descubierto. "…el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos…" (Col.1:26). La revelación del misterio de Cristo es la llave de toda la Biblia. Efesios, junto con Colosenses, nos hablan del misterio de Cristo, y también nos dan la llave de este misterio de Cristo. La llave de toda la Biblia, lo que abre la Palabra, lo que conecta todas las tuercas con todos los tornillos, y que ha sido ahora manifestado a sus santos, es decir a nosotros, es el misterio revelado de Cristo. "….a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles…" (Col1:27). Dios, desde Génesis hasta Apocalipsis, nos habla de un asunto importante, y es lo que nos dice aquí con estas palabras "dar a conocer". Dios quiso dar a conocer a los santos las riquezas, la gloria y el poder de este misterio de Cristo, dentro de los gentiles, o sea, entre los mapuches, entre los guaraníes, entre los cubanos, chinos, colombianos, etc. Y ¿cuál es el misterio? ¿Cuál es la clave? ¿Cuál es el anuncio cumplido de la palabra? Aquí lo dice: "…que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col.1:27). Estas palabras son la llave de toda la Biblia, la que nos abre todo lo que está desde Génesis hasta Apocalipsis. Cristo en vosotros la esperanza de gloria. Sólo en una palabra: "Cristo", encontramos la Trinidad, la divinidad del Hijo de Dios, su personalidad, su relación de Hijo con su Padre, como Mesías. Aquí está toda la profecía, toda la misión, toda la función del Hijo en su divinidad, y ahora en su humanidad. Encontramos su despojamiento, su encarnación, la humanidad, sus funciones sacerdotales y de profeta, al igual que Moisés, pero con el mensaje definitivo, porque el de Moisés era provisorio, hasta el tiempo de reformar las cosas, pero Cristo es la palabra última de Dios. ¿Nos damos cuenta de todo lo que está debajo de la palabra "Cristo"? El tesoro de la Iglesia es el testimonio que nosotros tenemos, y es el testimonio que debemos dar. Dios ha puesto en nuestras manos lo más rico, y lo ha reservado a la Iglesia. Muchos pueden estar hablando en las universidades de átomos, o pueden estar hablando de edificios, de ingeniería química, o de psicología analítica, pueden estar hablando de muchas cosas, pero cuando terminen todo, se van a ir al infierno. No es que esté mal ocuparse de esas cosas, pero no son lo central. Pero a nosotros se nos ha confiado lo más importante. El mundo no quiere a la iglesia, pero Dios sí la quiere. Para eso estamos aquí, porque Dios quiso manifestar a los santos las riquezas de la gloria de este misterio; esto que está aquí tan resumido. Estas riquezas de la gloria, hay que abrirlas como una cajita y empezar a sacar el botín de Dios, y solamente estamos en la primera palabra. Ahora, después de Cristo dice: "en" y "vosotros". Dos letras con tan grande significado, pues no es solamente Cristo en sí mismo. Dios es rico en sí mismo, pero además, él quiere compartir esta riqueza. Dios es rico para con los que le invocan, y quiere traspasarnos lo que es de Él. Entonces, Cristo "en" nos habla de la economía divina, de la manera cómo Dios se administra a sí mismo a los suyos. Cristo "en" es el Cristo de la Trinidad, de la eternidad, el Cristo del propósito, y del plan de Cristo de la creación, el Cristo de la revelación, el Cristo de la redención, el Cristo del reino, el Cristo del juicio, de la Nueva Jerusalén, y del Cielo Nuevo y de la Tierra Nueva, y es el mismo Cristo que quiere pasar a vivir en la iglesia. Es el mismo Cristo, pero administrado, fluyendo, circulando, otorgándose. Ahora, Cristo en "vosotros"; y podemos decir que muchas cosas caben en esa palabra, pero podemos asegurar que estamos nosotros, todos los hermanos reunidos, nuestros espíritus individuales están ahí, incluidos en "vosotros"; y nuestra alma también, junto con nuestra mente y todos sus pensamientos, emociones y sentimientos. Ahí está toda la antropología, en la palabra "vosotros". A raíz de esto podemos preguntarnos: ¿Cómo el Cristo Hijo de Dios pasa a formase dentro de nosotros? ¿Cómo se administra? ¿Cómo se mueve dentro del espíritu, en nuestra alma y en nuestro cuerpo? De todo eso habla la Palabra de Dios, y todo está escondido en esta frase: "Cristo en vosotros". Es ahí donde están todas las Iglesias, las que existen, las que van a existir, y las que existieron, en lo local y lo universal. Ahí está todo el cuerpo de Cristo. Es decir, ahí está la Iglesia gloriosa, toda eclesiología. Cristo en vosotros, como a lo largo de la historia en XXI siglos, el Señor se ha ido formando en la Iglesia, y la Iglesia ha ido creciendo en el Señor, de gloria en gloria, de revelación en revelación. ¿O acaso no dice eso en la Escritura? "…de su plenitud tomamos todos…" (Jn.1:16). La incorporación de Cristo a lo largo de la Iglesia, es como un bebé creciendo en el vientre de su madre, como el hijo varón formándose en la mujer, que es una figura de la Iglesia. Y luego la Palabra nos dice: "…la esperanza de gloria,…" (Col.1:27). Si en la palabra "vosotros" está toda la antropología, y está toda la psicología, y toda la eclesiología, en la palabra "esperanza" está toda la escatología. Esa palabra "esperanza", es el propósito eterno de Dios, y no lo saben los científicos, no lo saben los académicos, sino que lo saben los santos. Los otros no saben para dónde van, ni para qué fueron creados. ¿Será que el hombre fue creado para que muera y se acabe? ¿Será para eso que Dios hizo tan maravillosamente al ser humano, para que se vaya al polvo de la tierra otra vez? La Biblia no es una tragedia, sino un romance; aunque si hubo tragedias en ese romance, pero prevaleció el amor del Señor. Y ahora dice: "…a quien anunciamos…" (Col.1:28). ¿A quién anuncian? Al Cristo glorioso, al Cristo de la divinidad, de la eternidad, al de la encarnación, de la redención, del reino, del juicio, etc. "…amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre;…" (Col.1:28). ¡Qué trabajo de la Iglesia éste de presentar perfecto en Cristo a todo hombre!, no importa cuál sea, sin importar cuán torcido sea; Dios lo quiere presentar perfecto en Cristo, y su Hijo hizo todo lo necesario para que sea perfecto, sin importa la raza, o la cultura, o si es analfabeta o erudito, pues Dios quiere que todos sean salvos, y que ninguno perezca. Dios quiere que a toda criatura se le presente el evangelio para que pueda ser perfecto en Cristo. El evangelio tiene la capacidad de perfeccionar, porque ese es el resultado de Cristo en nosotros, es la perfección en ese "en". Es la administración de Cristo hasta la perfección. Somos perfectos en Cristo, estamos completos, y esto debe ser anunciado. Esto es lo principal que está sucediendo en la tierra, esto es lo que Dios está vigilando. Para eso Dios nos tiene aquí, y nos hace mover por distintos lugares, para colaborarle. Ayudarle un poco a cargar su pesada cruz, pues la mayor honra que se nos puede conceder es cooperar con el Señor. Para eso vivimos, y para eso Dios quiso darnos a conocer las riquezas de la gloria de este misterio, a fin de poder presentar perfecto en Cristo a todo hombre. Dios está detrás de todo hombre, y no debemos pensar que hay alguno al que Dios ame más, sino que él no quiere que ninguno perezca. Dios quiere que todos sean salvos, y no sólo salvos, sino que vengan al pleno conocimiento de la verdad, y para eso está la Iglesia. Aquí, la Iglesia es un candelero para alumbrar, es una ciudad sobre un monte que no se puede esconder. Esa es nuestra misión, para eso vivimos, y para eso Dios ha trabajado con nosotros hasta aquí, y sigue trabajando. "…para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él…" (Col.1:29). Esto era el trabajo de Pablo, y para esto él trabajaba. También dice "luchando", que son las pequeñas molestias, y continúa diciendo que "según la potencia de él", con lo que nos quiere decir que no estamos solos en la lucha, porque la lucha no es contra cualquiera, pero tenemos que estar tranquilos, porque es el diablo quien se está metiendo con Dios. "…la cual actúa poderosamente en mí" (Col.1:29). Así como actuó en Pablo, también puede hacerlo en nosotros. Para eso envió su Espíritu, para actuar poderosamente en la Iglesia. "Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros…" (Col.2:1). Y aquí sigue explicando lo de esa lucha: "…para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas…" (Col.2:2). Ya había hablado de esas riquezas de la gloriosa, de ese misterio, y ahora vuelve hablar lo mismo, pero en otras palabras. El objetivo no es sólo saber, sino alcanzar, poseer, disfrutar y servir. "…hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo…" (Col.2:2). El original dice "el misterio de Dios, Cristo". Aquí, claro, el traductor lo parafraseó para evitar, quizás, alguna interpretación herética. "…en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas" (Col.2:3).Hay muchas voces en la Tierra de millares de demonios, pero también está el hablar de Dios, que es Cristo. Cristo es el hablar de Dios, el mismo Cristo de la Biblia, de los apóstoles, el de la Iglesia. El llamamiento de Dios es grande e inmenso, y nosotros somos como mendrugos, pero si él nos bendice, esos mendrugos van a alimentar multitudes.

EL TESTIMONIO DIVINO ANTE EL CONFLICTO DE LAS CIVILIZACIONES

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:18, Categoría: General

El testimonio divino ante el conflicto de las civilizaciones. Hemos estado viendo la importancia de conocer al Señor en su Trinidad, y ver lo que implica que nuestro Dios, el único Dios, tenga un Hijo. Mirábamos que no es solamente un asunto teológico, sino intensamente práctico, con muchas implicaciones para nuestra vida personal, para la vida de la familia, para la vida de la Iglesia, e incluso para la vida social. Claro que es algo que sobrepasa nuestro entendimiento, y sin embargo, es algo de lo que Dios ha hablado, y que él ha revelado. Dicen las Escrituras: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová…” (Dt.29:29). Pero las reveladas pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Lo principal que la Palabra de Dios nos revela es acerca de Dios mismo, y Dios se revela como él es, porque quiere compartirse. Bienaventurados los que hemos sido creados por Dios para conocerlo y para recibirlo. Lo principal que el Señor ha revelado a la Iglesia, dentro de tantos temas que hay en la Palabra de Dios, es el Señor mismo, y lo que él hará: “…él os guiará a toda la verdad…” (Jn.16:13). La formación de Cristo en la Iglesia es comparada por el Señor con aquella visión de esa mujer que está de parto, como aparece en Apocalipsis 12: “Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento” (Ap.12:2). Y esa figura ya lo había dicho el Señor Jesús, registrada por Juan en su evangelio, donde el Señor, hablándoles a sus apóstoles, les dice: “La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza...” (Jn.16:21-22). Está relacionado lo de Apocalipsis 12 y Juan 16. El mundo se alegrará y la Iglesia sufrirá; la Iglesia pasará por dolores de parto como aquella mujer de Apocalipsis, refiriéndose al pueblo del Señor en general, incluido el Antiguo y el Nuevo Testamento, que ha estado de parto para que el Hijo varón se forme dentro de su vientre. La Iglesia está siendo edificada por el Señor Jesús, y conducida a toda verdad por el Espíritu Santo conforme a su labor. Si miramos un poquito la historia de la Iglesia, nos damos cuenta cuáles fueron las teclas que fue tocando el Espíritu Santo a lo largo de los siglos, porque él es el que edifica a la Iglesia, es el vicario de Cristo, el que vino en nombre del Hijo, trayéndonos al Señor Jesús, así como el Hijo nos trajo al Padre. El Espíritu Santo ha conducido a la iglesia, la ha dirigido, primeramente y antes que cualquier otra cosa, a conocer a Dios mismo. Una de las cosas que haría el Espíritu del Señor, entonces, es abrirnos los ojos acerca de la gloria del Hijo, porque en la medida que lo conocemos, conocemos al Padre; porque el Hijo es como el Padre, y es su imagen, la exacta representación de Dios. El Padre que es llamado en la Escritura como “el Dios invisible”, se ha dado a conocer por medio del Hijo: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, (…) él le ha dado a conocer” (Jn.1:18). Algunos manuscritos más antiguos lo dicen de una manera más estrecha todavía, refiriéndose al Señor como “el unigénito Dios, o, el Dios unigénito”. De manera que el Hijo vino para que viéramos cómo es el Padre. El interés de los discípulos era conocer al Padre; incluso uno de ellos se lo expresó, diciendo: “Felipe le dijo: Señor muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” (Jn. 14:8-9). El Hijo nos ha dado a conocer al Padre, pero ahora necesitamos también que el Espíritu Santo nos dé a conocer al Hijo, y nos lo presenta en su divinidad, en su humanidad, en su personalidad, y en su relación con el Padre, con el Espíritu y con la Iglesia. Esto es lo que está en el corazón de la Iglesia, lo fundamental, lo central, lo que nunca debemos olvidar. El Espíritu Santo comenzó a mostrar a los discípulos de la Iglesia primitiva (y no sólo a la primera generación, sino a las generaciones siguientes), a Dios por medio del Hijo. Jesucristo indujo esa búsqueda en el Espíritu de la Iglesia cuando los llevó aparte del mundo religioso en que estaban. Ellos estaban en Jerusalén, donde había muchos grupos, mucha actividad religiosa, y él seguramente que a propósito se los llevó a un lugar apartado, a Cesarea de Filipo, retirándolos de todas las distracciones, al punto focal diciéndoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt.16:13). Apreciemos la didáctica que utiliza el Señor. Dios, para revelársenos y dársenos tenía que mandar a su Hijo, y éste comienza como el novio con la novia, a llamarle la atención sobre lo principal. Los apóstoles responden muy diplomáticamente con lo que sabían, porque lo más probable es que no le dijeran todo lo que decían los hombres acerca de él, lo que después se escribió en algunas partes del Talmud; mas fueron las partes buenas lo que los discípulos le dijeron de las opiniones humanas, diciéndole que era Elías, o Jeremías o alguno de los profetas; pero en fin, dijeron las opiniones de los hombres (paráfrasis Mt.16:14). Hoy, toda la tierra está llena de opiniones de los hombres acerca de Jesús, circulando incluso muchos libros, algunos son best seller, presentando un Jesús apócrifo. Han vuelto a estar de moda los libros apócrifos, especialmente el de Judas Iscariote y de María Magdalena, y el Código da Vinci, y tantos otros, porque Jesús sigue siendo un tema que vende, pero claro, el Jesús apócrifo, el Jesús de los best seller, es al que quieren leer, pero al de la Biblia no lo quieren oír: “…y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2Ti.4:3-4). Esto es lo que han estado haciendo. La Palabra de Dios, en contraposición a lo anterior, nos dice que: “…el que conoce a Dios, nos oye…” (1Jn.4:6). Es decir, los que son de Dios oyen lo que los apóstoles del Nuevo Testamento confiesan por medio del Espíritu Santo de Cristo; los del mundo no nos oyen, no soportan y no pueden aguantar lo que el Espíritu Santo dice. “En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Jn.4:6). El Espíritu de verdad se distingue por su confesión acerca del Cristo. Estos versículos clásicos de Juan, nos muestran la importancia de la revelación y confesión acerca de Jesucristo, y las intenciones de la serpiente de presentarnos otro Jesús, otro espíritu y otro evangelio, siendo este el punto crucial del combate entre el Espíritu de Dios y el espíritu del anticristo. La revelación acerca del Señor Jesucristo y la confesión acerca de esa revelación, sobre el Cristo revelado por el Padre, y confesado por la Iglesia, dice que “…sobre esta roca edificare mi iglesia…” (Mt.16:18). Existiendo una íntima relación entre revelación de Jesucristo y edificación de la Iglesia. No habrá verdadera edificación de la Iglesia, sin una verdadera, profunda y espiritual revelación y confesión de Jesucristo. La Iglesia crece en la medida que conoce al Señor Jesús; por eso el enemigo está tan interesado en confundir este asunto, y por lo mismo es que también el Espíritu Santo, por mano de los apóstoles, está igualmente interesado en que tan crucial punto sea revelado y confesado. No seamos descuidados ni ingenuos, sino sumamente cuidadosos sobre esto. A veces damos por sentadas ciertas cosas, pero si palpamos un poco, nos damos cuenta que es necesario cavar profundo, para que el fundamento esté realmente colocado y estemos sobre la roca, porque depende de lo que Jesucristo sea para nosotros, eso determinará lo que nosotros seamos para Dios. Entonces, por eso el Espíritu Santo hará, conforme a su misión de glorificar al Hijo y de enseñar: “…él os guiará a la toda verdad…” (Jn.16:13). Lo primero que comenzó a hacer, al igual que como lo hizo el Señor, fue llamar la atención de la Iglesia acerca de quién es el Hijo de Dios. Anteriormente, estuvimos introduciéndonos en la importancia e implicaciones de este tema, pero necesitamos penetrar aún más en el. El Espíritu Santo continuó con la pregunta acerca de Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt.16:15). Primero, Jesús pregunta por la opinión de los hombres, y luego pregunta por la opinión de los apóstoles, es decir, por los suyos. Sus discípulos no pueden estar mezclados, ni contemporizando con las opiniones del mundo, pues hay un claro contraste entre la confesión del Espíritu por sus discípulos legítimos, y las opiniones del mundo acerca de Jesús. En esto la Iglesia no puede ser descuidada. En la Palabra del Señor hay asuntos cruciales y hay asuntos que son periféricos; hay asuntos donde se pueden tolerar una diferencia de escuela, porque no es lo mismo que una herejía. En asuntos fundamentales, en cuanto al Señor Jesús, el apóstol Juan, el apóstol del amor, decía con mucha claridad a los santos en sus cartas que: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina…” (2Jn.1:10). Quizá nosotros, en otras cosas, hemos aprendido a no pelearnos por doctrinas, pero tratándose acerca del Hijo de Dios, del Señor Jesús, necesitamos tener mucho cuidado, porque no podemos decir “bienvenido” con ligereza a cualquier cosa que se diga acerca de él, porque ahí está minándose nuestro fundamento, ya que el diablo quiere presentar a otro Jesús, poniendo dinamita en nuestro fundamento. Satanás no quiere que dejemos de ser religiosos; todo lo contrario, ya que él fomenta la religión, porque quiere hacerse Dios, y va a necesitar la religiosidad y la devoción de la gente. Él prefiere la religión al ateísmo, ya que sólo para combatir a los fieles mete el asunto del ateísmo, pero el preferiría la religión, con tal de que sea él a quien se adora. Si hacemos un seguimiento de qué era a lo cual el Espíritu Santo llamaba la atención de los cristianos de los primeros siglos, vemos que el asunto central era el mismo que en Cesarea de Filipos había introducido el Señor Jesús, preguntando sobre quién era él. Entonces, ¿quién es el Hijo? Es la pregunta fundamental. ¿Qué relación tiene el Hijo con el Padre?, ¿Es una creatura del Padre? ¿Es la misma persona del Padre? ¿El Hijo es el mismo Padre disfrazado de hombre? Estas interrogantes no son solo antiguas, sino actuales y de mucho interés, que quizás ya habrán llegado hasta nuestras propias casas, por medio de personas muy bien intencionadas, que vienen a decirnos que Jesús no es Dios, y que piensan salvarse enseñando en contra de la divinidad del Hijo de Dios; enseñando otras cosas contra el infierno, contra la resurrección corporal de Cristo, y otras series de temas religiosos. Todo este asunto ha estado y sigue estando en ebullición, pero igualmente la Iglesia debe crecer para el Señor, con un testimonio claro en medio de miles de voces dirigidas por demonios. Existen demonios y existen doctrinas de demonios queriendo presentar otro Jesús, otro espíritu, otro evangelio, y todo eso está en aumento en el mundo religioso. Hoy en día, el mayor escándalo para millones de personas en la tierra, que siguen a un falso profeta llamado Mahoma, es escuchar que Dios tiene un Hijo, y que ese Hijo es Jesús. Lo más preciado para el corazón del cristiano, es la peor blasfemia para un musulmán. Los sociólogos están estudiando el problema del conflicto de las llamadas civilizaciones, estudiándolo como un asunto de sociología y de estrategias políticas, para ver cómo facilitar la globalización del mundo, sabiendo manejar las variedades religiosas y cómo utilizar el ecumenismo y eclecticismo al servicio de la globalidad. A veces la sociología estudia la religión, y las conversiones en Latinoamérica del catolicismo al protestantismo, y otros temas parecidos, pero lo estudian en aras de aquella globalización. Hay millones de dólares que circulan para promover el eclecticismo, para promover la unidad humana, pero ¿unidad alrededor de quién? ¿Y para quién? ¿O al servicio de qué? Puede parecer muy práctico, sí; la religión ha sido aceptada como útil para el orden social, pero ¿será eso suficiente? En el corazón de ese llamado conflicto tan actual de civilizaciones, está este punto y pregunta crucial: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Nosotros, la Iglesia, somos la sal de la tierra, somos la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder, y le debe al mundo un testimonio claro, un precedente nítido basado realmente en el trabajo multigeneracional de Dios, en la Palabra revelada por Dios desde el principio, a lo largo de los XXI siglos que tenemos de cristianismo. Entonces, ¿cómo no va la Iglesia a digerir con plena conciencia este asunto para la gloria de Dios? Porque este es el punto decisivo, que se esconde debajo del Armagedón, que será un conflicto, la intención máxima de rebelión de Satanás que quiere hacerse semejante a Dios, contra el Dios verdadero. La Palabra nos dice que: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos…” (Ap.16:13). Por otra parte, Zacarías nos dice que al anticristo le interesa la carne de las ovejas gordas y que ellos van trabajando por lo alto para reunir a los reyes de la tierra, para reunirlos contra el Cordero y contra los suyos, y puede ser que reúnan los ejércitos hablando de paz y seguridad, pero ellos no tienen interés en eso. Satanás sabe que con esa falsa promesa va a canalizar la fuerza de los ejércitos, incluidas las bombas de neutrones, para resistir la segunda venida del Señor Jesucristo. Y no estamos hablando sueños, ya que lo dicen expresamente los luciferianos en sus propios libros, que recibirán la Segunda Venida de Cristo con bombas de neutrones. Les parecerá raro, pero en Chile hace poco murió Miguel Serrano, un militar luciferiano y pro fundador de este movimiento, que en uno de sus libros pudimos leer lo anterior. Satanás quiere reunir las naciones y a sus ejércitos no para la paz y la seguridad, sino usando la propuesta de paz y seguridad. La Palabra discierne para qué reúne Satanás a las naciones, pues dice que los quiere reclutar para pelear contra el que montaba el caballo blanco, contra el Señor Jesús, el Verbo de Dios, y contra su ejército. Los que están con el Verbo de Dios son llamados, escogidos y fieles, y quiera Dios que estemos en ese bando, en el bando que desciende del cielo, que nació de lo alto y que representa los intereses de Dios en la tierra, y no la Babilonia que se levanta de abajo para arriba, pretendiendo conquistar el cielo y la gloria divina. La gloria desciende de Dios para abajo, pero Babilonia son ladrillos de barro, hechura humana que se levanta de abajo para arriba; pero que ya fue juzgada, fue confundida y fue dispersada. La dispersión y la confusión es el juicio de Dios contra Babilonia. El propósito eterno de Dios nuestro Padre es recapitular, reunir en Cristo Jesús todas las cosas. Hoy en día, nosotros no podemos contemporizar. Tenemos que conocer al Señor, porque nuestro testimonio tiene que ser claro y no podemos simplemente ser prácticos, ya que ese aparente beneficio de la práctica para convivir, renunciando a la verdad, no es de los seguidores del Señor Jesús. Debemos ser muy decentes con la gente, amables, cariñosos, cuidadosos, caritativos, pero muy claros con ellos. La Iglesia tiene la incumbencia de dar el testimonio acerca de Jesucristo. La Iglesia no se va a reunir en concilio mundial con otras religiones para ponerse de acuerdo y facilitar la convivencia en la tierra, porque esa no es la misión de la Iglesia. La Iglesia debe representar al Señor, así como el Señor ha representado a su Padre, cosa que no les gusta a las personas, porque ellas quieren el lugar de Padre. Los hijos del diablo tienen los mismos intereses de su padre el diablo, pero la Iglesia tiene al Señor en el centro. Entonces, nosotros, en estas cosas, tenemos que ir despacio y asegurarnos de cuál es la Palabra de Dios, y la confesión del Espíritu acerca de esta crucial pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy?”. El Espíritu Santo se demoró cuatro siglos para que los santos, a la luz de los testimonios bíblicos, reconociera que Jesús es el Hijo de Dios, y es consustancial con el Padre. Esto se trata de revelación, y se trata de saber por qué estamos o no de acuerdo con alguna voz de las tantas que hay en la tierra. El Espíritu Santo comenzó a enseñar a la Iglesia de los primeros siglos, quién es Jesucristo en su divinidad, y por qué se le dice Dios, también. Jesucristo es la gran piedra de escándalo y de tropiezo para el propio Judaísmo, y ahora para el Islam; y además, para cierta parte de la cristiandad quienes aún se encuentran confundidos alrededor de esto. Por lo tanto, la Iglesia debe oír lo que dice el Señor, porque Él tomó las Escrituras cuando resucitó, y se pasó los cuarenta días antes de la ascensión enseñando lo que decían de él, y luego los apóstoles, de los cuales nos dice la Palabra que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Este era el tema de los apóstoles, y el tema del evangelio de Dios; y como dice en Romanos 1: “…el evangelio de Dios, (…) acerca de su Hijo (…) que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro.1:1,4). Eso era lo que estaba en el Lugar Santísimo del Tabernáculo, lo que ocupaba el lugar central en la casa de Dios, que es el Arca del Testimonio de oro y de madera, lo cual nos habla de la persona divina y humana de Cristo, y el propiciatorio, que nos habla de la esencia del evangelio, de la obra de esta persona divina y humana. Recordemos que el propiciatorio es donde se colocaba la sangre de la expiación, pero ahora también nos habla de su resurrección y ascensión, porque esa Sangre fue derramada cuando era un hombre (es todavía hombre), cuando estaba de paso por la tierra. Allá en el Atrio, en el Altar de Bronce, derramó la Sangre, pero esa Sangre no se quedó allí, sino que fue introducida por el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, lo que implica la resurrección, ascensión y entronización del Señor Jesús, porque en base a su Sangre obtuvo eterna redención. Entonces, el propiciatorio nos habla de la esencia de la obra del Señor en la Cruz, en la resurrección y en la ascensión. Eso es lo que ocupa el lugar central, en el corazón de la fe de la Iglesia, y de allí es de donde recibe todos sus beneficios, desde la divinidad, desde la humanidad, desde la muerte, desde la resurrección, desde la ascensión, desde la entronización, desde la intercesión, y desde el derramamiento del Espíritu. Desde ahí proviene la vida de la Iglesia, debajo del trono en el Lugar Santísimo, desde donde surge el río de Dios hacia el Lugar Santo, hacia el Atrio, y toda alma que entrare en aquel río será vivificada. Desde ahí desciende todo; aquí está la casa de Dios, que es la Iglesia, y ¿qué tiene en su corazón? ¿A quién ha recibido? Al Señor; y al recibir al Hijo, se recibe al Padre; al recibir al Espíritu, el Padre y el Hijo han venido a hacer morada, junto con lo que el Señor Jesús consiguió en su humanidad, en su vida, muerte, resurrección y ascensión. El Espíritu toma todo lo que es del Hijo, y el Hijo todo lo que es del Padre, y todo lo que es del Padre y del Hijo, lo pasa el Espíritu a nosotros. Por esto, la Palabra nos habla no sólo del Espíritu Santo, sino de: “la suministración del Espíritu de Jesucristo” (Fil.1:19). Esa frase es muy importante y muy significativa, y está también en Gálatas, que nos dice: “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:5). Por el oír con fe recibimos la suministración del Espíritu, y el Espíritu nos trae todo lo que es del Señor, así como el aceite trae todas las especies machacadas, el aceite de la unción pasa hasta el borde de las vestiduras del cuerpo, trayendo la mirra, la canela, la casia, y el cálamo que nos hablan de la obra del Señor. La Iglesia siguiendo al Espíritu y la Palabra, junto con el testimonio del Padre, del Hijo y del Espíritu, debe conocer al Señor en su divinidad, en su personalidad distintiva como Segunda Persona de la Trinidad, como Verbo de Dios y también como hombre, lo que comprende su vivir humano, su muerte, resurrección y ascensión. Todo lo anterior junto es el corazón del testimonio de la Iglesia. Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo; el que tiene al Hijo, tiene el testimonio en sí mismo, y tiene también la vida. Hebreos es una epístola que cumple la función del Espíritu de glorificar al Hijo por la vía del contraste, es decir, contrasta el Antiguo Pacto con el Nuevo; contrasta al Hijo con los ángeles, y contrasta muchas otras cosas para exaltar y glorificar al Señor Jesús. Vamos a hacer el seguimiento de la manera cómo el Espíritu Santo empieza a abrir los ojos de la Iglesia por el testimonio. El Espíritu Santo inspiró, creemos que a Lucas, a escribir Hebreos, aunque no es el tema en este momento, sino es que el autor fue guiado para el testimonio. Y justamente en el primer capítulo de la epístola aparece nada menos que el testimonio del Padre acerca de la divinidad del Hijo. Hemos oído el testimonio de Jesús acerca de su Padre, pues él vino a glorificarlo, pero ahora la Palabra de Dios nos muestra la glorificación hacia el Hijo. El Padre honra al Hijo y pide que nosotros también le honremos, al igual como se honra al Padre. Esto es justamente lo que el Islam tiene como gran blasfemia. Lo que nos pide el propio Padre en la Palabra, pidiéndoselo a todas las criaturas en el cielo y en la tierra, que reconozcan el lugar divino que ocupa el Hijo. Esa es la confesión de la Iglesia, que está en el centro del conflicto. Veamos aquellos capítulos que nos hablan de esto: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas por la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él será a mí hijo? (Heb.1:1-5). Dios nos ha hablado por el Hijo, y el Hijo es el hablar de Dios final, y cualquier otra cosa que se diga no puede ser diferente a lo que ya ha dicho el Hijo. La Iglesia puede crecer en la revelación, en el entendimiento espiritual del hablar del Hijo, pero el hablar del Hijo es conclusivo, es la última palabra de Dios. Dios, en otros tiempos, habló de muchas maneras, pero en los postreros tiempos el hablar de Dios es el Hijo. Todo le pertenece al Hijo por voluntad del Padre; el Hijo desde la eternidad compartía la gloria del Padre; él es el resplandor de la gloria divina y esa frase no es un invento del autor, porque Dios mismo, cuando le mostró a Ezequiel el resplandor de la gloria divina, lo vio semejante a un hombre (Ez.1:26,28). Esta era la semejanza de la gloria divina, era el Hijo antes de la encarnación, el Hijo en la eternidad con el Padre, en el principio de todo. Todo ha sido creado y sustentado por el Hijo. Qué síntesis preciosa ha hecho el Espíritu en esta introducción a la epístola, y qué síntesis del evangelio de Dios acerca de su Hijo. En la actualidad, estas palabras provocan un escándalo, pero Lucas no se está inventando esto, o cualquier otro que haya sido el autor ocupado por el Espíritu Santo, porque se basó en la Palabra del propio Padre, pues es él quien ha hablado acerca del Hijo. También aquí, Dios Padre ha hecho un contraste entre el Hijo y los ángeles quienes son poderosos en gloria, pero no como Jesús. Lo que está haciendo el Espíritu Santo por medio del autor, es citar al Padre, pues Jesús no es una doctrina inventada por Lucas o por los cristianos, a quienes se les ocurrió divinizar a un carpintero, sino que el Padre le reveló a su Hijo a muchos carpinteros y pescadores. El Padre, cuando introduce al Primogénito en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He.1:6). Dios el Padre le manda a los ángeles a adorar al Hijo, e incluso cuando está en la tierra como hombre, fue adorado desde que nació en Belén, por aquellos personajes con regalos muy significativos, al igual que aquella vez cuando el ciego recibe la vista y fue adorado por él. Jesús, a lo largo de su vida recibió la adoración. Por lo tanto, ¿nos podemos dar cuenta quién es el Hijo? “…El que no honra al Hijo, no honra al Padre…” (Jn.5:23). Dios tiene un Hijo, y le agradó que en el Hijo habitase toda plenitud, y el propio Hijo da testimonio. La misma vida autosuficiente de Dios, posee el Hijo. Esto no se dice de ningún ángel, ni anciano, querubín, serafín, arcángel, etcétera, sino sólo se dice del Hijo. “Ciertamente de los ángeles, dice: El que hace a sus ángeles espíritus, Y a sus ministros llama de fuego” (Heb.1:7). Eso se dice de los ángeles, que son espíritus; mas del Hijo dice: “…Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el centro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual, te ungió Dios, el Dios tuyo…” (Heb.1:8-9). Jesús es una persona divina, que era en el principio, antes de todas las cosas. Por eso fue que cuando Isaías en el capítulo 6 vio a Jehová de los ejércitos en el trono, diciendo que serafines a su alrededor proclamaban a la Trinidad: Santo, Santo, Santo (paráfrasis Is.6:1,13), nos habla de la gloria de Jesús antes de la encarnación. “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra…” (Heb.1:10). Podemos apreciar en estas palabras que el Hijo no es solamente un hombre en la tierra, sino que ya era en el principio. “Y los cielos son obra de tus manos” (Heb.1:10). Muchas veces repetimos esto, pero no nos fijamos que es del Hijo de quien se habla. “Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados…” (Heb.1:11-12). Se mudará de vestido el Señor, pues ese universo tan tremendo es un vestido viejo. La gloria es de Dios, no del sol, no de la luna, ni de las estrellas. Todo va mudando, pero él no muda. “Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán” (Heb.1:12). Los años del universo podrán ser años luz, pero se acaban, mas los del Señor permanecerán para siempre. “Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra?…” (Heb.1:13). O sea, al lado de Dios, en su trono. Como dice la Palabra en otro lugar: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap.3:21). ¿Quién está sentado en el trono? El Padre y el Hijo. Y ¿quién más se sentará ahí? Los vencedores de la Iglesia. Qué llamamiento altísimo, pero que no podremos ni siquiera soñar con ese llamamiento si no conocemos al Hijo. Pero ahora que conocemos al Hijo y las promesas sobre él, descubrimos lo enorme de nuestro llamamiento. “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? (Heb.1:14). Esto fue escrito a manera de contraste, para ver la gloria del Hijo sobre el paño de fondo de la gloria de los ángeles, que son tan fuertes en poder, pero que no son nada comparados con el Hijo.

PREDICAMOS A JESUCRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:17, Categoría: General

Predicamos a Jesucristo. En la Segunda Epístola a los Corintios, capítulo 4, verso 5, dice algo precioso: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Ahora vamos al libro de los Hechos de los Apóstoles, que dice: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch.4:32). “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch.2:42). Menciona aquí, en primer lugar, la doctrina de los apóstoles, y por eso leímos primero en 2ª de Corintios que los apóstoles no se predicaban a sí mismos, sino que predicaban a Jesucristo como el Señor, y también que su muerte fue una muerte expiatoria. El Señor Jesucristo había dicho que: “El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envío, este es verdadero…” (Jn.7:18). Jesucristo no buscaba su propia gloria, pues él dijo: “…yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga” (Jn.8:50). Dios el Padre busca la gloria de su Hijo, y también busca llevar muchos hijos e hijas a la gloria, y para eso envió a Jesús. Entonces, también en Hechos de los Apóstoles dice que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Todos esos versos que hemos leído nos muestran el tema central de los enviados del Señor, que eran los apóstoles (eso es lo que quiere decir apóstoles, los que envía el mismo Señor). Su tema central no era ellos mismos, no era cosas de ellos, o acerca de ellos, sino que predicaban al Señor Jesucristo. El Evangelio de Dios tiene como tema central al mismo Señor, y podemos verlo de esta manera en la Palabra. Leámoslo en la epístola a los Romanos, desde el capítulo 1 verso 1. “Pablo, siervo de Jesucristo…”. Notemos que él hubiera podido decir “presidente de la iglesia anglicana”, o “secretario de la confederación evangélica de Chile”, o hubiera podido decir “vocal de la junta directiva regional”, ¿verdad? Tantas cosas que a los hombres nos gusta adjudicarnos, como títulos y cosas así. Pero no representaba organización humana, sino que representaba al gran Señor. Continúa diciendo: “…llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Rom.1:1). Pablo no miente, y notemos esta palabra “apartado para el evangelio de Dios”. Recordemos lo que dijo el Espíritu Santo también en Hechos, cuando dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch.13:2). “Apartadme”; él fue apartado, fue separado para ocuparse de esto tan importante a los ojos de Dios. Puede ser que los seres humanos no lo entiendan en consistencia, pero después lo entenderán. Lo importante es que Dios y los suyos lo entienden. Y ¿para qué fue apartado Pablo? “…para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras” (Rom.1:1). Aunque Dios mandó la ley por Moisés, en la misma ley Dios dice que enviaría otro, y que debían oírle, porque recordemos que el Señor Jesús es profeta, aunque es mucho más que un profeta, porque él es Hijo de Dios, es el Verbo, Dios hecho hombre, pero como hombre tomó varias oficios: es profeta, es sacerdote según el orden de Melquisedec, y él es el Rey de reyes y Señor de señores. Entonces, ya estaba prometido que había que oír lo que dijera el Mesías cuando viniera; por eso la mujer samaritana estaba esperando que llegara el Mesías. Sabemos que Jesús entabló una conversación con ella, y ella le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn.4:9). Entonces el Señor le dice: “Si conociera el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Jn.4:10). Así el Señor le promete que le daría un agua con la que no tendría más sed, y ella responde: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” (Jn.4:25). Ella sabía que tenía que venir el Mesías; no sólo los judíos de Judea, sino incluso los samaritanos, que eran de las diez tribus de Israel (de las otras diez tribus que se habían mezclado con otros pueblos), pero ellos ya sabían que venía el Mesías. O sea, Dios había prometido el evangelio por los profetas en las Santas Escrituras. Por lo tanto, ¿cuál es el tema central del evangelio, de las buenas nuevas que nos da Dios? Las buenas nuevas que nos da Dios son su Hijo. Dios envió a su Hijo, y la Palabra nos dice aun más: “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). Por eso, Jesús fue mostrado por Dios en público, después de su vida privada, antes de su vida pública, cuando llegó a bautizarse. Dios dio testimonio diciendo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”(Jn.17:5). Eso no lo ha dicho Dios de ningún otro ser humano, sino sólo del Señor Jesús. Esto ocurrió cuando apenas iba a comenzar su ministerio público; o sea, el Padre honró la vida privada, la vida secreta de Jesús, aunque no fue secreta para su familia. En Nazaret decían: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?” (Mt.13:55). Los hombres se preguntaban de dónde habrá salido él con estas cosas, de dónde vienen esos milagros, y esa sabiduría que Dios le ha dado, y se maravillaban de él. En la vida secreta de Jesucristo, aunque mejor le llamaremos la vida privada, que es mejor que secreta, Dios lo honró. En la Biblia, en el Nuevo Testamento, tenemos dos cartas escritas por dos de los hermanos del Señor Jesús; porque de ella, por ejemplo, en el evangelio de San Mateo, y en el evangelio de Marcos, nos dan los nombres de sus cuatro hermanos. Uno era Jacobo Santiago, el otro era Judas Tadeo, otro era José, así como el papá putativo de Jesús, que no es su padre, porque Jesús nació por el Espíritu Santo. Mientras uno de sus hermanos se llamaba José, el otro se llamaba Simeón. Entonces, dos de esos hermanos, Jacobo que se llama también Santiago, y Judas Tadeo, San Judas Tadeo, eran hermanos de Jesús, y, sin embargo, escriben dos cartas que hablan del Señor. San Judas Tadeo, que era uno de los hermanos menores, dice en su carta: “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo…” (Jud.1). Llama a Jesucristo como su Señor, y dícese siervo de su hermano, con el que ha crecido y vivido su vida privada, de niño, en la carpintería con José. El Señor Jesús era un hombre verdadero que trabajó como lo hacían en el campo, en un pueblo pequeño. Él trabajó en la carpintería trabajos duros; y sus hermanos, que son los que conocen la vida privada de sus otros hermanos, ni siquiera se atrevieron a llamarle “hermano”, sino “Señor”. Ellos mismos no podían creer esto tan grande, pero luego se les apareció resucitado, como lo dice en Primera a los Corintios, que se le apareció a Jacobo, el hermano del Señor Jesús (1Co.15:7). Y cuenta la historia primitiva, que cuando Jacobo escuchó que Jesús había resucitado, dijo: “No comeré pan, ni beberé agua hasta que yo no le vea resucitado”. San Pablo simplemente la menciona, pero en la historia de la Iglesia primitiva, se cuenta cómo fue. Dice que el Señor Jesús se le apareció a Jacobo y le dijo: “Come tu pan y bebe tu agua Jacobo; porque el Hijo del Hombre ha resucitado de los muertos”. ¡Qué maravilla!, ¿verdad? Entonces, el evangelio es acerca del Hijo de Dios, que nos muestra que él no había cometido ningún pecado; inclusive una vez dijo: “¿Quien de vosotros me redarguye de pecado?...” (Jn.8:46). Y claramente, nadie podía reargüirlo de pecado, y cuando quisieron acusarlo para matarlo, se contradecían entre los testigos, porque no encontraban culpa en él. Pero aun así lo crucificaron, por decir quién era él realmente. Lo crucificaron por ser lo que era, y no porque haya pecado, simplemente porque él era el Cristo. Él fue como aquel cordero que fue examinado y no hallaron ningún defecto. Y con este ejemplo, Dios estaba preparando nuestro reconocimiento del Señor Jesús como el varón perfecto. Jesús, después de su vida pública, en la que vivió como hombre y también hizo milagros, cuando iba a ir a Jerusalén ya para morir, fue transfigurado en gloria, delante de tres testigos en el monte Tabor, cerca de Nazaret, cerca del valle Meguido, al norte de Israel. En la transfiguración, estos tres testigos fueron Jacobo, Juan y Pedro. Delante de ellos, se transfiguró, y aparecieron Moisés y Elías y hablaban con él. En ese momento, cuando ya había pasado su ministerio público, por segunda vez, Dios mismo, Dios el Padre, dio testimonio de él, y San Pedro dice: “…nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo” (2Pe.1:18). Ellos oyeron esa voz de Dios desde la magnífica gloria. Podemos apreciar que el tema del Padre, y todas las cosas que el Padre hizo, han sido por el Hijo. El Padre ama al Hijo, y todo lo que hace y lo que hizo, es para el Hijo. Como hemos visto, el evangelio de Dios es acerca de su Hijo Jesucristo. Hay muchas cosas en la Palabra de Dios, pero si se le separa del tema central, perdemos el equilibrio; todas las cosas tienen que ver con Cristo, porque todo fue hecho para él, y en él está la base de todo. Él es la última palabra de Dios y que todas las cosas al final son para él, y para su gloria. Por esta razón, hemos visto que los siervos de Dios no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo, y que el evangelio de Dios es acerca de nuestro Señor. Luego dice que los apóstoles todos los días, en el templo y por las casas – porque ellos también se reunían por las casas como nosotros, porque lo aprendimos de la Biblia –, dice que no cesaban de predicar y de enseñar de Jesucristo. Esa era la doctrina de los apóstoles, el evangelio de Dios acerca de su Hijo. Entonces, no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo, y también enseñamos sobre él. Ahí hay dos palabras que se traducen así: predicar y enseñar. Muchas veces nosotros pensamos que es la misma cosa, pero no lo es; una palabra es kerigma - predicaciones. Kerigma es la proclamación profética en el Espíritu, según la coyuntura de la necesidad que haya. Siempre Dios proclama lo que Jesucristo es y la obra de Jesucristo para enfrentar cualquiera sea la situación. Por otra parte, está la Didaché - enseñar. La enseñanza es la didaché y la predicación es el kerigma. Kerigma y Didaché. Los apóstoles no cesaban de predicar (kerigma) y enseñar (didaché) a Jesucristo. De la palabra didaché viene didáctica; es decir, era una enseñanza didáctica, ordenada, acerca del Señor Jesús; y también la palabra kerigma, una proclamación profética acerca de Jesucristo que todos los días hace el Espíritu Santo, porque Él vino para que Jesucristo sea glorificado, para que Jesucristo sea predicado y enseñado todos los días en el templo y por las casas. Por lo tanto, para que la gente sea evangelizada era necesario predicar y proclamar, pero luego había que enseñar, y enseñar didácticamente acerca del Señor Jesucristo. Por esto, Dios ponía a los profetas junto con los maestros, para que se acompañen y complementen, produciendo los dos aspectos, que son el kerigma de la predicación profética, y el aspecto didaché de la didáctica de la enseñanza. Sigamos con Romanos 1, que nos dice: “…acerca de su Hijo…” (Ro.1:3). Y a continuación, Pablo nos muestra quién es el Hijo. “…nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne…” (Ro.1:3). Nos muestra un aspecto del Señor Jesucristo que nos habla de su humanidad, por la línea de David. “…que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…” (Ro.1:4). Aquí se ve el aspecto de la divinidad. Pablo nos ha mostrado al Señor Jesucristo en su aspecto divino y humano, muerto y resucitado. Ahora pasemos a 1ª de Corintios capítulo 15. Es necesario fijarnos en estos primeros versos que, siendo sencillos, son muy profundos y riquísimos. El apóstol Pablo, después de haber puesto en orden muchos problemas en la iglesia de Corinto acerca del matrimonio, de la comida, del vestido y de muchas otras cosas, el Espíritu Santo lo movió a cerrar la carta con la respuesta para todos aquellos problemas. Pablo respondía a los problemas, pero llevándolos a la respuesta que era el Señor Jesucristo. “Además os declaro, hermanos, el evangelio…” (1Co.15:1). Otra vez, hay una declaración apostólica de lo que es el evangelio; no es cualquier cosa lo que va a decir Pablo acá, y no es solamente el final de una carta, sino que es la declaración apostólica de lo que es el evangelio, de lo esencial, de lo principal, de lo primero, en lo cual todos estamos enterados, que es nuestra común fe, la de los cristianos. “…que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis…” (1 Co.15:1). ¡Qué privilegio el que la Iglesia primitiva recibió! No necesitamos pasar por un sin fin de interpretaciones pontificias, cardenalicias, y episcopales, o un montón de cosas intermedias; no. Surgió directo del horno a la mesa, es decir, de los apóstoles a nosotros, sin pasar por tantos que le agregan o le quitan a lo del Señor. Por eso es que estamos hablando de esos recovecos intermediarios de gente que pretende ponerse de mediador entre Dios y los hombres, con una serie de locuras. El Espíritu Santo le inspiró a Pablo lo que escribió, y aquí lo tenemos. Entonces, Pablo dice aquí que el evangelio que recibió la Iglesia primitiva y en el cual también perseveraron, primero es una declaración apostólica, o sea enviada por el Padre a través del Hijo y del Espíritu Santo a los apóstoles que Él escogió y envió al resucitar. Ahora, dice que la Iglesia primitiva lo recibió, y no sólo eso, sino que perseveraron en él. Los apóstoles no iban a perder tiempo con cosas, porque ellos predicaban el evangelio acerca del Hijo. “…por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1Co.15:2). Esto habla de una fe de verdad. Porque a veces esa emoción que sentimos es pasajera, algo cultural, social, o meramente intelectual, pero que no es espiritual ni viene del corazón. El cristiano nace de nuevo solamente si la persona creyó de verdad. Lo que ha dicho Pablo es importante, porque va a declarar el evangelio que recibió de Dios, que recibió con los otros apóstoles, el que Dios le mandó a predicar, que predicó, lo que él recibió y que salvó a la Iglesia primitiva, pues perseveraron, y ha salvado a toda la Iglesia. “…primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí…” (1Co.15:3). Lo que ha recibido Pablo no puede faltar, es la piedra del tope. Y ¿qué es lo primero que predicó Pablo? Cristo. Primero empieza por la persona, y le llama el Cristo. La identidad más intima, más interior del Señor Jesús, es la persona del Hijo, el Verbo de Dios que estaba con él antes de la fundación del mundo y de la caída del hombre. El Verbo no se refiere sólo a la humanidad luego de haber nacido, porque antes de que él naciera como hombre, ya existía como Verbo con Dios. Él estuvo eternamente con el Padre y nada de lo que fue hecho, fue hecho sin Él. Eso es lo primero que aparece en el punto central. El evangelio de Dios es acerca de su Hijo hecho hombre, y declarado Hijo de Dios según la resurrección. A través de la resurrección nos demostró que ése era el Hijo de Dios y que su sacrificio hecho en humillación y encarnación había sido aceptado en los cielos, por eso lo resucitó. Entonces, lo primero que la Iglesia, el pueblo cristiano, tiene que saber acerca de Jesucristo, es que él es divino y humano. Divino en cuanto Verbo, y humano en cuanto se hizo carne en el vientre de la virgen María, resucitando luego en gloria, encontrándose ahora a la diestra del Padre. Jesús es una persona con dos naturalezas: la divina y la humana. Cuando Jesucristo resucitó, él hizo una cosa durante los cuarenta días, y fue tomar las Escrituras, y comenzar a mostrar lo que ellas hablaban de él. Así está escrito en el libro de Hechos de los Apóstoles, que podemos ver antes de continuar con Corintios: “En el primer tratado (o sea en el evangelio según San Lucas), oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios” (Hch.1:1,3). Ahora, vamos hacia el final del evangelio de Lucas, que es la primera parte de Hechos, porque Hechos lo escribió también Lucas. Entonces, al final de Lucas, en el capítulo 24, surge también cuando Jesús se apareció: “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies…” (Lc.24:36-39). Por esta razón se ha dejado las cicatrices en el cuerpo, porque él resucitó con el mismo cuerpo que murió, con el mismo que fue crucificado. Jesús se dejó las cicatrices como si fueran su firma, la prueba de su muerte en la Cruz. “…que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc.24:39). Él no era sólo un espíritu, sino que él resucitó con su carne y sus huesos, y pidió que lo tocaran para mostrar quién era. “Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían (ahora era de gozo, imaginémonos lo increíble que era la situación, pero había que creerlo, era increíble, pero sucedió), y estaban maravillados…“ (Lc.24:40-41). Jesús había hecho muchas maravillas en la vida, había caminado sobre las aguas, había multiplicado los panes y los peces, resucitado muertos, sanado enfermos, echado demonios, hecho milagros, pero esto que estaba ocurriendo, ya era más de la cuenta para la fe natural de ellos. “…les dijo, ¿tenéis aquí algo de comer?” (Lc.24:41). Esto era para que pudieran ver que no era una alucinación, pues las alucinaciones no comen. “Entonces le dieron parte de un pez asado y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc.24:42,44). Estas eran las tres divisiones del Antiguo Testamento: la Tanak viene con la Torá, ley de Moisés; Nebiim, los profetas; y Ketubin, los salmos, y los otros escritos junto con los salmos. Esa era la división de las Escrituras en el Antiguo Testamento, que Jesús les mostró. “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras…” (Lc.24:45). Este trabajo de Jesús era muy necesario, y que continúa haciendo. Comenzado desde el principio les abrió el entendimiento, porque no se puede dar nada por sentado, y había que estar seguros. ¿Para qué? Para que comprendiesen las Escrituras y que supieran lo que ellas hablaban de él. “…y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc.24:46,48). Ese es el testimonio principal. A veces nosotros decimos: “¡Qué lindo que Jesús caminó sobre las aguas!”, y está bien, pues nunca vamos a menospreciar esto, pero si hubiere caminado diez mil veces sobre las aguas, pero no muere por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Si él hubiera multiplicado los panes y los peces, y no sólo dos veces, sino diez mil veces, pero no hubiera muerto por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Entonces, en la persona divina y humana del Hijo de Dios e Hijo del hombre, y en su muerte, resurrección, ascensión e intercesión, y regreso, está el centro del testimonio cristiano. Eso es lo principal que nosotros creemos y es lo central que debemos hacer creer a todas las gentes. O sea, dar testimonio. El Señor es el que los hará creer, pero él dice que: “…el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, el dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio…” (Jn.15:26-27). El testimonio de la Iglesia debe ser el mismo del Espíritu. Jesucristo, el mismo que murió, resucitó y ascendió, intercede y volverá, con la misma voz, la del Espíritu y la de la Iglesia. Ahora sí podemos volver a 1ª de los Corintios. Pero era necesario ver cómo Jesús les habló de él mismo y de las obras que hizo, y que ellos habían visto. Eso era el fundamento, el primer testimonio de la Iglesia, y de eso tenemos que asegurarnos, que todas las personas comprendan. “…Que Cristo murió por nuestros pecados…” (1Co.15:3). Claro que se podía enseñar lo del caminar de Jesús sobre las aguas, de la multiplicación de los panes y los peces, sobre echar fuera demonios, todo eso está muy bien, pero esas señales le siguen a la Palabra, cuyo tema central es el propio Señor Jesús. Lo que la Iglesia conoce como evangelio de Dios, es acerca de su Hijo en su divinidad y en su humanidad; o sea, lo relativo a la Trinidad de Dios y a la encarnación del Verbo, y a la expiación, a la muerte expiatoria. “…conforme a las Escrituras; y fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y apareció a Cefas, y después a los doce” (1Co.15:3). Luego menciona varias apariciones, pero sólo principalmente a los varones, sin casi mencionar aquellas a las mujeres, ya que se le apareció también a María Magdalena; pero en aquella época los judíos no aceptaban testimonio de mujeres, sino sólo de hombres. El Señor Jesús valoró a la mujer y la puso a valer lo mismo que el hombre, pues la misma Sangre que pagó por el hombre, lo pagó por la mujer. El Señor es el que nos ha valorado, porque somos hombres y mujeres a la imagen y semejanza de Dios, cada uno con su función, pero seres humanos a su imagen y semejanza, y ellas coherederas de la gracia y de la vida del Padre. Hay cosas que nosotros recibimos de Dios por la muerte de Cristo, y hay cosas que nosotros recibimos de Dios por su resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera muerto, no tendríamos el perdón de los pecados, ni limpieza del pecado, ni liberación del pecado, ni justificación, ni reconciliación; no lo tendríamos. Jesucristo murió por nosotros y resucitó: eso es lo principal, es el centro de la Palabra de Dios, el centro del evangelio y el centro de la historia, y debe ser el centro de la Iglesia, el centro de nuestro testimonio, y de nuestra vida. Ahora, también hay cosas que nos vienen por la resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera resucitado y ascendido, no hubiera derramado el Espíritu Santo. Él dice: “…Os conviene que me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn.16:7). El Espíritu Santo llega a hacer muchos trabajos. ¿Cómo íbamos a nacer de nuevo en el Espíritu, si el Espíritu Santo no es enviado? No habría regeneración, no habría renovación, no habría vivificación de nuestros cuerpos mortales, no habría transformación, no habría configuración a la imagen de Cristo, no habría unidad en la Iglesia, no habría dones ni fruto del Espíritu, nadie nos enseñaría, y estaríamos todos ciegos. Entonces, de la obra del Señor, lo primero que comenzó a predicar Pedro, el primer mensaje, tenía que ver con la Sangre y con el Espíritu: “…Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hch.2:38). Esto es lo que hace la Sangre, que es perdonar los pecados, y que nosotros todos los días seamos nuevos. Necesitamos todos los días la Sangre de Cristo para limpiarnos, y el Espíritu de Cristo para fortalecernos. A través de la Sangre y de la Cruz se quita todo lo viejo, y a través del Espíritu se introduce todo lo nuevo. El Espíritu es el que introduce la nueva vida, pero el que borra la vieja es la Sangre, y la que termina con ella es la Cruz. Por eso en el centro del tabernáculo, en la casa de Dios, en el corazón divino, está el Arca de oro y de madera, con el propiciatorio, refiriéndose a la persona divina y humana de Jesucristo, y a su obra, su muerte, su resurrección, su ascensión, desde donde nos viene la Sangre con la que nos limpiamos, y la Cruz por la que somos liberados, y el Espíritu por el cual recibimos nueva vida, y somos regenerados, renovados, transformados, y configurados a la imagen de Cristo, hechos un solo cuerpo. Todas las maravillas de Dios las hace por el Espíritu. La Sangre y el Espíritu son un regalo, porque nadie tendría con qué pagarlo. Esos son los elementos esenciales del Nuevo Pacto. Dice él: “…porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer.31:34). “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. La Sangre y el Espíritu son los dos elementos esenciales del nuevo pacto que estableció Jesucristo antes de morir” (Ez.11:19-20). “…tomó el pan, (…) Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; (…) Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Jn.22:19-20). Nos damos cuenta que este nuevo pacto son las promesas de perdón por su sangre, y de regeneración por su Espíritu. Dios nos dio a su Hijo como un regalo, nos dio la vida cuando estábamos muertos, y nos dio su Espíritu.

¿QUIÉN ME LIBRARÁ?

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:15, Categoría: General

¿Quién me librará? Hemos estado considerando aspectos y niveles de la obra de Cristo, principalmente en relación con la Cruz, lógicamente relacionándola con la resurrección, con la ascensión y con el derramamiento de su Espíritu. En la Cruz, el Señor realizó todo lo necesario para limpiar el pecado de los hombres aquí en la tierra, y quitar lo negativo, lo que no podía permanecer en la presencia de Dios y que fue introducido por Satanás desde su rebelión en los cielos. Entonces, una parte de la obra del Señor – como vemos – es para limpiar, para quitar y también para suplir e introducir la nueva creación, su obra nueva. Él ha regenerado, renovado, y transformado para ir conformándonos a su propia imagen. Para lograr esto, es necesario el Espíritu, y Él ha venido porque Jesucristo resucitó, ascendió y está sentado a la diestra del Padre. Dios, desde el Antiguo Testamento, prometió, por una parte, perdonar nuestros pecados, olvidar nuestras iniquidades y echarlas al mar del olvido; y por otra, ha prometido también darnos su Espíritu, ponerlo en nosotros y hacernos andar con él, regenerándonos y fortaleciéndonos. En los primeros tres capítulos de Romanos, podemos ver un diagnóstico de nuestra condición; y así como en el Atrio del tabernáculo se encontraba antes del propio Altar de Bronce una Fuente de Bronce hecha con los espejos de las mujeres de Israel, que esperaban a la puerta del tabernáculo, donde los sacerdotes podían verse a sí mismos, así, la primera obra que hace el Espíritu Santo, como lo hacían los espejos de la Fuente de Bronce, es la de convencernos de pecado, de justicia y de juicio. Y ésta tarea es la de los tres primeros capítulos, especialmente hasta la mitad del 3. En Romanos, desde el capítulo 4, se nos viene hablando de algunos aspectos que tienen que ver con la Sangre, con los pecados e iniquidades en general. Por ejemplo, en el verso 7 de ese capítulo se nos muestra ese primer nivel de la obra del Señor Jesús en la Cruz con su Sangre: “… Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro.4:7-8). El énfasis aquí, como lo podemos ver, es en el perdón de los pecados por la Sangre de Cristo en la justificación por la fe. Es una obra que podríamos llamar jurídica de parte del Señor a nuestro favor, llevando nuestra deuda y pagándola. “Porque la paga del pecado es la muerte…” (Rom.6:23). Y nosotros pecamos, pero Jesucristo murió para limpiarnos con su sangre y esa es la bienaventuranza que aparece aquí. Hasta la mitad del 5, vemos al Espíritu Santo guiándonos desde la Fuente de Bronce al Altar de Bronce, a ese primer aspecto del sacrificio de Cristo que tiene que ver con nuestros pecados y con su perdón. Pero luego a partir de la mitad de este capítulo, la Palabra del Señor comienza a mostrarnos que nuestro problema, además de nuestros pecados, es la condición humana heredada, caída desde que nacimos, así, como dice la Palabra que “… en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). Porque, “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres…”. Y este hombre fue Adán. La gloria y santidad de Dios el Padre fue ofendida por el hombre. El Señor Jesús vino sin pecado y luchó contra él, venciéndolo. El Señor Jesús no tenía por qué morir, pero lo hizo y no por sus pecados, sino por los nuestros. El Padre testificó que su Hijo le agradaba, que le complacía, que nunca hubo pecado en él y que como un Cordero sin defecto se entregó en expiación perfecta para satisfacer la justicia de su Padre, y también para hacer expiación por nosotros y justificarnos, ser reconciliados y libertados. Entonces, en su muerte nos incluyó a nosotros. Él se vistió de la naturaleza humana, venció en la carne como hombre, condenó al pecado en la carne y pasó por la muerte a nuestro viejo hombre, que fue crucificado juntamente con él, y Cristo también nos resucitó. Jesús fue a la Cruz como el postrer Adán, para terminar todo lo que Adán llegó a ser después de la caída. A los ojos de Dios hay prácticamente solo dos hombres, el primero y el segundo. El Señor Jesús es considerado como el segundo hombre y toda la humanidad nacida de Adán es considerada como Adán mismo, pues por el pecado de él, la naturaleza humana de todos nosotros quedó vendida al poder del pecado. Y por eso, por el pecado de uno solo, fuimos constituidos pecadores y nacimos con una condición pecaminosa, con una naturaleza inclinada a la corrupción, al pecado, a la concupiscencia en sus diversos sentidos y a la inmoralidad. Entonces, Dios no solamente tenía que tratar con nuestros pecados, con lo que hacemos, sino además con lo que somos. Porque hasta el día en que esta carne sea transformada a semejanza de su gloria, en nuestra carne operará la ley del pecado y de la muerte que fue introducida a partir de la caída de Adán. Por eso, el Señor Jesús no sólo tenía que morir por nosotros, sino que era necesario que también nosotros en Cristo muriésemos. Gracias a Dios, que el Señor Jesús también resucitó, y estando nosotros muertos en delitos y pecados, siendo hijos de ira por naturaleza, lo mismo que los demás hombres, Él nos amó y nos dio vida cuando estábamos muertos. El Hijo del hombre vino a buscar lo que estaba perdido y nos dio vida, aunque nadie la podía merecer, ni nadie la podría pagar. “… De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). El Espíritu Santo es un don, es un regalo, y Pablo le pregunta a los Gálatas: “… ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:2). No es porque lo merecemos, no es porque nunca fallamos, sino porque le creímos a Dios, y Él, en su bondad, se compadeció profundamente de nosotros y vino a llevar el precio de nuestros pecados. Ahora, llegamos al capítulo 6, donde la palabra clave es libertad, y la libertad gracias al don. Ya en el 5 aparecía esa expresión del don de la justicia, el don de ser constituidos justos, así como “…muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Como hombres fuimos constituidos justos, pero no por causa de lo que hicimos, sino porque Jesucristo lo hizo en la regeneración, por la obra de la Sangre y del Espíritu de Cristo. Hemos nacido de nuevo en la justicia y santidad de la verdad. Entonces, en el capítulo 6 aparece la palabra libertad, y estas frases podríamos considerarlas tremendas, y que un hombre se atreva a hablar de esta manera, es solamente porque está posicionado en la fe, en la gracia y en el don de Dios. En Romanos, hasta aquí, se ha hablado de los pecados, del perdón, de la justificación, pero ahora comienza a hablar del pecado en singular, de la condición caída del hombre y ya no habla sólo del perdón, sino de la liberación. “Pero gracias a Dios” (Ro.6:17). Estas “gracias a Dios”, es la voz de un redimido con revelación, que ha creído y ha tomado lo que él mismo enseñó en la primera parte de este capítulo 6, es decir, considerarse muerto en Cristo, muerto al pecado y al mismo tiempo vivo para Dios en Cristo y como instrumento de justicia, y todo por la obra del Señor, por los hechos objetivos históricos de Cristo recibido por la fe y transmitido por el Espíritu. Por eso Pablo, en este versículo, da gracias a Dios: “…que aunque erais esclavos del pecado…” (Ro.6:17). Este también es un gran versículo, y uno podría pensar qué diría uno en su condición caída tan atrevida, pero Pablo no la considera atrevida de ninguna manera, porque él ha creído de verdad y ha recibido al Señor y se halla en Cristo y no en sí mismo, y ya no confía en lo que él es, ni en su carne, pero sí confía en el don que Dios le dio y que recibió. Pablo sabe que eso no es solo para él, sino para todos nosotros, diciéndonos que la ley lo hizo esclavo del pecado, pero “habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados…” (Ro.6:17). Él no tiene reparos en hablar de doctrina, porque sabe que esa es una doctrina viva del ministerio del nuevo pacto, lo que Cristo hizo, y lo que Cristo nos hizo y lo que somos en Cristo. “… y libertados del pecado” (Ro.6:18). He aquí otra palabra atrevida del apóstol, porque esta es la osadía de la fe, el júbilo de los libres en Cristo. Erais esclavos del pecado, mas libertados del pecado, dice, “vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro.6:18). Pablo habla de todo lo que Dios da al hombre en Cristo y ya no sólo habla del perdón sino de la liberación, pues antes éramos esclavos, pero ya no. Ahora somos libertados y hechos siervos de la justicia. Le está hablando a la nueva creación, a los que nacieron de nuevo, no de varón sino de Dios, por el Espíritu y por la gracia. Y ahora, en esta posición nueva, él es condescendiente para con los hermanos más débiles, diciendo: “Hablo como humano” (Ro.6:19). O, mejor dicho, soy hijo de Dios, somos hijos de Dios, pero voy a hablar como un humano; y aunque ha de vivir en la carne, está en el Espíritu, por eso dice que va a hablar como humano. ¿Por qué causa? “por vuestra humana debilidad…” (Ro.6:19). Él realmente se sentía fuerte en Cristo, porque en Cristo lo somos, y así también débiles en Cristo, pero no vamos a entrar por ahora en esa paradoja. “Para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Ro.6:19). La Palabra no dice que es por causa de la santificación provista, que ya está incluida en la parte anterior, sino que lo que ha sido provisto debe ser aprovechado. Cristo es nuestra santificación, y ya nacimos como nuevas criaturas en la justicia y santidad de la verdad. Nuestra santificación es Cristo, pero él empieza a enseñarnos que esta provisión debe ser usada, debe ser aplicada en la vida diaria y no debe ser solamente una posición, sino una disposición; no debe ser solamente una fe sin expresión, sino una fe que florece, que produce. Entonces, aquí Pablo habla en dos planos acerca de la santificación. Él habla de Cristo como nuestra santificación provista. 1ª de los Corintios 1:30, dice: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención…”. Dios ha hecho a Cristo nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención; y el Espíritu Santo, también por la mano del autor a los Hebreos, nos dice que “…con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre los santificados” (He.10:14). Entonces, habla de la obra perfecta de Dios que fue hecha en Cristo y que nos es dada por el Espíritu Santo, pero que debe de ser aprovechada por nosotros. Por eso es que existe también junto con el capítulo 6, el 7. Por eso el Espíritu Santo no se salta el capítulo para pasar al 8 que habla del Espíritu, pero también de la carne. Por lo tanto esto ¿qué quiere decir? que el don que nos fue dado, en el capítulo 7 no significa todavía lo que va a significar después. No significa que nuestra carne en este momento o antes de la resurrección física haya heredado la impecabilidad, como algunos malentienden; es decir, creer que la carne hubiera mejorado, que así como nuestro Espíritu nació de nuevo, nuestra carne también hubiera nacido de nuevo. Juan nos dice que: “él que ha nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn.5:18). O sea, lo que proviene de Dios del cielo, lo que proviene del nuevo nacimiento, lo que es Cristo en nosotros, acerca de eso sí se dice correctamente, pues que el que ha nacido de Dios no peca, pero en la misma carta habla que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn.1:8). Aquí les habla a los hijos de Dios, y continúa: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis…” (1 Jn.2:1). Como él es realista y entiende bien que el don de Dios es completamente perfecto, justo y santo en el Espíritu, y que todavía nuestra carne no ha adquirido la condición definitiva, él dice: “…ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn.3:2). El don es mucho más, el don no solamente es para regenerar nuestro espíritu, el don también da para renovar todo nuestro hombre interior, nuestra alma y también para vivificar nuestros cuerpos mortales mientras estamos en la tierra. Aunque también da para glorificar nuestros cuerpos, sólo que primero comienza desde adentro para afuera. Se empieza con el Lugar Santísimo del templo, con la regeneración. Por eso, en Romanos 8, Pablo, después de hablar tantas maravillas de la provisión de Dios, dice con toda sinceridad: “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). Entonces, ¿para qué se escribió ese capítulo 7? Para que no se malinterprete el 6. No pasamos del 6 al 8, de la vida nueva hacia el resto que habla del Espíritu, sino que nos explica ese problema terrible que existe en la carne de los salvos, de los que tenemos el Espíritu Santo, y cómo Él nos fue dado para aplicar la victoria de Cristo en nuestra lucha real y verdadera con la carne. Entonces, el Espíritu tiene que luchar con la carne; y evidentemente, la carne no mejoró para nada después de que nacimos de nuevo, no hay que malinterpretar el nacer de nuevo, y el “estamos vivos presentando nuestros miembros a Dios, como instrumentos de justicia”, en el sentido de que nuestra carne ya adquirió este estado antes de la resurrección física en un estado de impecabilidad. A veces, malentendemos las cosas y le hacemos creer a algunos santos equivocadamente, y después los enviamos a la frustración porque andan repitiendo algo que no se da en su experiencia. Entonces, la doctrina del Espíritu por Pablo no es la doctrina de la impecabilidad en la carne, aunque después sí lo sea, cuando nuestro cuerpo haya sido resucitado, cuando todo lo que Cristo consiguió en su carne haya pasado a nuestro espíritu. Lo cual ya pasó en el día del nuevo nacimiento, porque ya pasó de su Espíritu al nuestro, y están unidos, pero es a lo largo de nuestra vida y colaboración con Dios en la fe, que va pasando de nuestro espíritu a nuestra alma, incluso anticipando los poderes del siglo venidero en cierta medida, a nuestro cuerpo mortal. Pero en la venida del Señor, este cuerpo de humillación, que todavía Pablo le llama “cuerpo de humillación”, porque nos humilla constantemente, será un cuerpo de gloria semejante al Suyo; o sea que todavía no es un cuerpo de gloria. Lo maravilloso es que, aun sin ser de gloria, el Señor nos ha perdonado, nos ha salvado y hasta nos usa. Él va a recoger este cuerpo como propiedad suya, como miembros de su cuerpo, y entonces lo va a resucitar en gloria, cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste en gloria. Dice Colosenses 3, que nosotros “…también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:4). La glorificación de nuestra humanidad que el Señor Jesús ya consiguió en su resurrección y ascensión y en propiciación, la pasará completamente del Espíritu a nuestro cuerpo y seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora sí podemos decir que entraremos en una situación distinta en cuanto a nuestra carne. Era necesario el capítulo 7, para que supiésemos que lo que Cristo consiguió lo obtiene el Espíritu, y él ha venido a nuestro espíritu. Pero hay una condición, y es que él no nos va a imponer el don. Si andamos en el Espíritu, cosechamos vida, paz, y somos partícipes de la naturaleza divina y vivimos una vida victoriosa. Pero si aun siendo hijos de Dios no escogemos andar en el Espíritu, sino que andamos en la carne, entonces inclusive habrá disensiones entre los hermanos, como en 1ª de los Corintios dice: “…Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1Co.1:12). Y hay peleas y contiendas, hay caídas y pecados en la Iglesia, y no es porque no sean hijos de Dios. Hay personas que no han nacido de nuevo y que están en medio de los hermanos, que pueden aprenderse la cultura y los modales sin haber nacido de nuevo y sin obtener el Espíritu. Pero hay personas que sí tienen el Espíritu, que sí nacieron de nuevo, pero que son niños. Entonces Pablo dice: “…como a niños en Cristo (…)…sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones…” (1Co.3:3-4). ¿No sois carnales y andáis como hombres? Pablo dice que va a hablar como hombre, pero no que hay que andar como hombre, sino como hijos de Dios, como Cristo. Así Juan nos escribe: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn.2:6). No solamente se debe creer, sino, como fruto de ese creer, andar como él anduvo. Pablo dice “sois niños en Cristo”, no dice que no sean cristianos, sino que en Cristo son niños porque aun son carnales. Es decir, aun la carne prevalece en ese combate entre ella y el espíritu, y todavía le damos la ayuda a la carne viviendo en su naturalidad, no aprendiendo a vivir en el Espíritu, aunque lo tenemos. Entonces, es necesario ser muy honestos en esto, y no pensar que por causa de Romanos 6 nuestra carne ya adquirió de manera efectiva la impecabilidad. Y no es así, porque ahora empezó el combate entre la carne y el espíritu. Antes de nacer de nuevo, no había ningún combate entre la carne y el espíritu, porque estábamos solamente en la carne; había un combate entre el alma y la carne y aun la hay en el creyente, pero no había una lucha entre el espíritu y la carne, porque no habíamos nacido de nuevo. Pablo nos instruye acerca de esta lucha, y hace un profundo diagnóstico psicológico, sólo para exaltar lo que es el Señor. En la descripción psicológica de los problemas del hombre, este capítulo 7 es de los más profundos y ricos. Cuatro leyes espirituales Veremos, desde el versículo 12, la co-existencia de cuatro leyes diferentes. La ley es una constante, que tiene validez general. En este pasaje, el Espíritu Santo por mano del apóstol Pablo, empieza a mostrarnos que hay cuatro leyes distintas. La primera, la ley de Dios La primera, es la ley del propio Dios que tiene que ver con la naturaleza del Señor y que se presenta como ejemplo para nosotros, porque él quiere que seamos conformados a su imagen y su semejanza, pero antes de que el Señor hermosee nuestra vida, y nosotros poder ser como él quiere que seamos. Primeramente, él está fuera del hombre, como Jesús también decía a los discípulos que él estaba con ellos, pero que después iba a estar en ellos. Entonces la ley de Dios, la que está escrita en tablas de piedra, tiene los 613 mandamientos en los rollos del Pentateuco y se escribía después en las columnas, en las paredes, en las casas, en las filacterias, en muchas partes; y es una ley de Dios justa y buena. Pero existe al mismo tiempo otra ley, y Dios actúa porque la ley expresa lo que es en su naturaleza justa, santa y buena. Entonces Romanos dice: “De manera que la ley (es decir la ley de Dios, la que está en sus mandamientos y estatutos) a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro.7:12). La ley de Dios es justa, santa y buena. Nosotros no estamos menospreciando la ley, pero nosotros no nos justificamos por la ley; no porque la ley sea mala, porque la ley es la que nos hace conocer lo malo que somos. Si Dios nos trasladó del régimen de la ley al régimen de la gracia, no es porque la ley sea mala, sino porque nosotros somos tan malos y tan inútiles que no tenemos la capacidad para obedecer por nosotros mismos. Pero si la ley pudiera vivificar, dice Pablo, la justicia sería verdaderamente por la ley; pero el hecho es que nadie ha obedecido toda ley. Le preguntaron a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mt.19:16). “Cumplan los mandamientos”, les responde. Si cumplimos siempre los mandamientos y nunca fallamos en nada, ¿por qué Dios nos va a condenar? Pero ¿será que hay uno que ha cumplido siempre todos los mandamientos? Dios tuvo que hacer una nueva alianza, un nuevo pacto para perdonar los pecados y darnos su Espíritu. Entonces, ahora dice: “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, (el pecado singular) para mostrarse pecado, (y es lo perverso de esto) produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno (el pecado usó lo bueno para matarnos), a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro.7:13). Ahora se vuelve más horrible todo, porque la gente conoce lo que no debe hacer, lo que es abominable, pero igualmente lo hace, y éste es el misterio de iniquidad, que sin causa aborrecemos al Señor, porque sabemos. Pablo confía que los demás también lo saben como él, y que la ley es espiritual, porque como dijimos anteriormente, el problema no es la ley, el problema somos nosotros, carnales y vendidos al pecado. ¿Qué es lo carnal? Lo que nace de la carne. Todos nosotros nacimos de la carne, y todo lo que es nacido de la carne es carne. Basta con haber nacido de papá y mamá y ya es suficiente para ser carnal y para estar vendido y sometido al poder del pecado. Porque no es por mis pecados lo que me constituye pecador, sino fue la desobediencia de un hombre, y en la primera oportunidad que tuve simplemente demostré la máxima de que el hombre es un pecador. Entonces ahí se va descubriendo una ley distinta a la ley de Dios, en la carne del hombre. La ley del pecado Una segunda ley dice: “Porque lo que hago, (él va explicar porque dijo que era carnal y vendido al pecado; él va a explicarlo en una exposición magistral) no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco” (Ro.7:15). Pablo habla esto como un problema personal, pero ¿sería sólo de Pablo? Si somos honestos, es lo mismo con todos nosotros. “Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena”(Ro.7:16). Pablo nos dice que aprueba que la ley sea buena, aunque no quiera. Él no quiere ser un miserable, y después decir: ¿Qué es lo que hice? “De manera que ya no soy yo quien hace aquello” (Ro.7:17). O sea, no es solamente una complicación de mi alma; hay algo más aquí en este problema que Pablo nos dice; no soy sólo yo, sino que el pecado que mora en mí, y que el problema mayor soy yo. “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:18-19). ¡No soy sólo yo!, sino el pecado que mora en mí, desde que Adán se vendió al poder del pecado, y la naturaleza humana quedó vendida al poder del pecado, y toda la fuerza del alma humana no es suficiente por sí sola para vencerlo. El poder del pecado en su carne es el problema del hombre. La Palabra dice de Pablo: “Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros” (Hch.22:3). Él sí sabía lo que era querer hacer el bien y al mismo tiempo no hacerlo. Dios sabe a quién escogió para escribir este capítulo. Pablo no está teorizando; él era uno de los mejores representantes de lo mejor que tenía Israel, de lo más celoso, de lo más selecto, de lo más sincero. ¿Pero a dónde había llegado? A llamar a todo ese esfuerzo humano “ignorancia”. Aquí hay una segunda ley diferente, otra ley, otra cosa constante que se repite siempre, que está siempre. ¿Cuál? “Que el mal está en mí” (Ro.7:21). Y está en el santo apóstol Pablo, que hasta lo último de su vida y más claramente que al principio, confesó que era el peor de los pecadores; sin embargo, vivió una vida santa. Pero ahora que estamos en el capítulo 7, ¿qué es del capítulo 6? ¿Acaso no acaba de decir que hemos sido libertados del pecado? Sí, y esa libertad es en Cristo y está en el Espíritu, pero no en la carne. ¿Nos damos cuenta? Porque era necesario que escribiera en este orden la Palabra, para que no se malentienda la libertad como impecabilidad de la carne en cuanto estemos en la tierra. Vemos cómo Pablo hacía una crudísima descripción, muy sincera, para no engañar a la gente, ni engañarnos a nosotros mismos. Entonces dice: “hallo esta ley” (Ro.7:21). A esta ley le llama “ley del pecado y de la muerte”, diciendo que está en sus miembros y en los de cualquiera que haya nacido de Adán. Incluso en la carne de los que han nacido de nuevo está esa ley, y por eso el que nace de nuevo tiene que luchar en el espíritu contra la carne. Hay un combate a muerte entre la carne y el Espíritu que no lo había antes porque todo era sólo carne, habiendo sólo combates entre carnales, pero no contra el Espíritu porque el Espíritu de Dios luchaba con nosotros desde afuera. “Porque según el hombre interior (o sea según su espíritu), me deleito en la ley de Dios…” (Ro.7:22). Vuelve a mencionar la ley de Dios que está fuera, y el hombre interior concuerda con la ley, produciéndose una concordancia, por lo cual dice que aprueba que la ley es buena: “… Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente…” (Ro.7:23). La ley de la mente Aquí se menciona una tercera ley, la de su mente, o sea la de su propia alma, aquella que quiere hacer el bien y que aprueba la ley de Dios, y aunque no puede, hace el esfuerzo, pero no hace lo que quiere, sino lo que no quiere y lo que aborrece. Ya podemos ver esta ley de Dios, que está fuera de nosotros, escrita en las tablas de piedra, escrita en los rollos, incluso en nuestra conciencia de manera rudimentaria. Por eso podemos ver cómo antropólogos se han asombrado de percibir en indígenas que no tienen conciencia, la ley escrita en sus corazones poniendo orden en sus tribus, castigando el incesto, el robo y otras cosas como si hubieran leído a Moisés. Indígenas que nunca han oído nunca de Cristo ni de Dios. Continuando con el verso 23, vemos esa otra ley del pecado y de la muerte, que está en la carne y que se rebela contra la ley de la mente, la ley de nuestra alma. Dios nos hizo el alma para caminar con Dios, pero quedamos vendidos al poder del pecado. Aunque a veces aprobemos y queramos, no podemos, es decir, el hombre abandonado a su propia fuerza, a su buena voluntad, a lo mejor que hay en él, a su moral y ética, no cambia la condición caída de la naturaleza humana. “…y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!” (Ro.7:23-24). ¡Qué contraste es esto! Él mismo que dijo que está resucitado con Cristo dice “miserable de mí” y dice algo más: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro.7:24). Después de esa constante descubierta, de lo que es la carne humana, la carne del hombre, la ley del pecado y de la muerte en nuestros miembros, y la ley de la mente vendida al poder del pecado, Pablo hizo una gran pregunta, y Dios quería que se la hiciera: “¿Quién me librará?”. Mientras hacía el esfuerzo por sí solo, la pregunta tácita era: ¿Cómo saldré de esto? Podría haber muchas respuestas como: “voy a orar mas”, “voy a leer más la Biblia”, etc., pero el Señor dice esto: “…que creáis en el que él ha enviado” (Jn.6:29). Es decir, nos lleva directamente a él. Y así como Pablo, también nosotros nos preguntamos: ¿Cómo me libraré? ¿Cómo venceré? ¿Cómo superaré este problema que me humilla? Pablo empezó a mirar a alguien fuera de sí mismo. Demos gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor que nos librará del mal; él es la respuesta. “Con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro.7:25). Por eso decía que era el peor de lo pecadores, aunque no tenemos registro de sus pecados, sino de su victoria. Ahora sí llegamos al Lugar Santísimo del templo, al capítulo 8. Continuamos en el plano de la nueva creación que ya se había introducido desde el capítulo 5 y 6. Después de haber dado gracias a Dios por Jesucristo, menciona que “…ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Ro.8:1). Los que están en Cristo ya no pueden tener confianza en la carne, ni en sí mismos, ni en carne humana, solamente en Jesucristo. Y ¿qué implica estar en Cristo? Estar en él, es estar en el Espíritu. Así como todo lo que Adán destruyó lo heredamos en la carne, y andando en ella es lo que tendremos, así también Cristo venció, y lo que él es lo heredamos también gratuitamente en el Espíritu. Pues en la carne heredamos a Adán, y en el Espíritu heredamos a Cristo. Si andamos en el Espíritu, en el Espíritu somos libres, santos, justos, y buenos; y aunque la Palabra nos dice que no hay ninguno bueno sino Dios, el Espíritu Santo dice que Bernabé era un varón bueno. ¿La palabra se contradice? Bernabé era malo en Adán, pero bueno en Cristo. La ley del Espíritu “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús…” (Ro.8:2). Estar en Cristo es estar abiertos y confiados al Espíritu, pero no sólo al Espíritu, sino que nuestra fe debe incluir más revelación. Aquí no habla sólo del Espíritu, sino de la ley del Espíritu. Nuestra fe debe también creer en esta ley, así como hay una ley en la carne. El Espíritu de Dios, el del Padre y el del Hijo, también tienen una ley, que es interior, que siempre lleva a hacer lo perfecto, lo bueno, lo santo, lo que agrada a Dios; y así como la ley de la carne nos lleva al pecado y a la muerte, la ley del Espíritu nos lleva hacer lo correcto, y lo correcto es andar en Cristo. “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez.36:27). El Señor no solamente nos dio el Espíritu, sino que el Espíritu que nos dio tiene también una ley. Por eso está escrito que la ley del Espíritu es una revelación de Dios. Debemos creer y confiar en el Espíritu, en el que tanto confió el Señor; él nos dijo que cuando viniera el Espíritu Santo, el otro Consolador: “…él os guiará a toda verdad…” (Jn.16:13). Eso no será solamente una verdad sinóptica, será una verdad espiritual, es decir, una vida. Si hemos nacido de nuevo y tenemos al Señor Jesús y a su Espíritu, también en nuestro espíritu hay otra ley superior que es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, la que me libra de la ley del pecado y la muerte en la carne. No es el esfuerzo de mi alma, es la ley del Espíritu; no es lo que produzco con mi fuerza, sino es lo que produce por si solo el Espíritu. Él es el que toma la iniciativa y nos impulsa, nos sostiene y nos ayuda; nos hace fuertes, alegres, no como respuesta a nuestros méritos, sino como respuesta a su propia fidelidad, a su propia función, a su propia misión. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado…” (Ro.8:2). Esta fue la experiencia de Pablo; por eso él dice que “… aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia…” (Rom.6:17-18). La obra del Señor no puede ser solamente el aspecto negativo de la Cruz, y negativo en el sentido de solo quitar lo malo, sino también el aspecto positivo, de suplir por el Espíritu. Es el Espíritu el que introduce lo nuevo. Sí necesitamos el perdón. Gracias a Dios, en el mundo cristiano, especialmente evangélico, se ha enfatizado sobre el perdón de los pecados por la Sangre, y sobre nuestra muerte juntamente con Cristo; pero también es necesario seguir al Espíritu en el que también hemos resucitado, y hemos nacido de nuevo. En ese mismo Espíritu que es el de Dios, que es el de Cristo, que es el de los Apóstoles, que es el del Nuevo Testamento, en ese mismo Espíritu nosotros también debemos andar. “Porque lo que era imposible para la ley…” (Ro.8:3). Siempre la salida es Dios; Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado (es decir, con la misma naturaleza humana que tenía Adán quien después se vendió al pecado), lo condenó en la carne, y no permitió que el pecado venciese, y lo expuso, y no lo aprobó. Parece que fallar es humano, y se acepta la pecaminosidad como algo normal, llamando a lo malo bueno y a lo bueno malo, porque el hombre, de tanto querer ser perfecto y no poder, acepta su imperfección como algo normal. Pero es Cristo lo que Dios tiene como normal para el hombre. No cedamos a la naturaleza humana caída, sino que digamos al Señor que queremos vivir como si no fuéramos humanos, y que todo esto no lo podemos vivir sin Él. Y así como Pablo, que vivió una gran y maravillosa vida en las narices de su propia debilidad, el poder de Dios se demostró perfecto en él, y con esto no se está diciendo que Dios no fuera perfecto, sino que su poder se manifestó en él, mientras más débil era Pablo, diciéndole: “…mi poder se perfecciona en la debilidad….” (2Co.12:9). En otras palabras, quiso decirle que aunque él era débil, que confiara en Dios, y Él aplicaría su perfección en él. Continúa el apóstol, diciendo: “…condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, (no sólo en cuanto a la muerte sino en cuanto a lo que es correcto) que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro.8:4). Entonces, aquí Pablo introduce la vida en el Espíritu, eso que él experimentó y que muchos otros victoriosos en Cristo también experimentaron. Continúa diciendo: “porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro.8:5-6). En el griego, la traducción de ocuparse es “poner la mente en”. Nosotros somos tripartitos, espíritu, alma y cuerpo. Los hijos de Dios tenemos al Espíritu de Dios en nuestro espíritu; nuestra alma está entre el espíritu y la carne; ella es la que escoge, ella es la que decide de qué ocuparse, en quién poner la mente. Por lo tanto, el alma puede poner la mente en las cosas de la carne, y tan pronto dejas que el alma se solace en pensamientos de la carne, comienza a despertar la concupiscencia, los juicios, empieza el enojo, el rencor. Y todo, por poner la mente donde no debía, en vez de haber puesto la mente en el espíritu, en el hombre interior, donde está el Señor. El alma tiene la oportunidad de poner la mente en la carne o en el espíritu. Pablo dice que: “…se propuso en espíritu…” (Hch.19:21). Él estaba en contacto con el Espíritu, atento al Señor en su espíritu; hay que servir al Señor que mora dentro de nosotros y adorarlo en el espíritu. Si nos volvemos a Él cosecharemos vida y paz, y le daremos lugar a que el Espíritu con su ley interior se mueva. Este es el asunto: andar según el Espíritu, ocuparse de la cosas de Dios, no en las cosas religiosas; es ocuparse de Dios mismo, atender al Señor, volverse a él, invocarlo, tocarlo con nuestra fe, atender su mover en el Espíritu si él está alegre, si está triste, si hemos contristado su Espíritu. Voy a atender al Señor en el hombre interior; a eso se refiere, porque ocuparse de la carne es muerte. “Por cuando los designios de la carne son enemistad contra Dios…” (Ro.8:7); las intenciones de la carne; y en consecuencia, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Es una cuestión de capacidad. Aun el alma sola, el hombre psíquico, no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, sino que se deben discernir espiritualmente, poniendo atención al mover interior del Señor en el espíritu. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:9-10). Estar alerta a lo que pasa dentro de nosotros, no dejarnos arrastrar al remolino del alma, a los apuros de este siglo. Invoquemos al Señor y descansemos en Él. “Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”(Ro.8:11). Él vivificará no sólo nuestro espíritu, y no sólo nuestra alma, sino aun nuestro cuerpo. Nuestro viejo hombre fue crucificado y por eso podemos, en la práctica cotidiana, hacer morir las obras de la carne “…todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos; ¡Abba, Padre! (Ro8:14-15). Esto es algo que él mismo hace: da testimonio a nuestro espíritu que no nos abandona, él nos mueve, nos habla, nos santifica; allí nos declara en el Lugar Santísimo que somos hijos de Dios, “y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que también juntamente con Él seamos glorificados” (Ro.8:17). Hay un padecimiento en este conflicto, en este combate, luchando hasta la sangre contra el pecado, pero no en la sola fuerza nuestra, sino con la fe, contando con el Espíritu y su ley. El fluir del Espíritu, la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús es la que nos libró, dice Pablo, de la ley del pecado y de la muerte.

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