El Blog

Calendario

<<   Marzo 2012  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  

Categorías

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog

25 de Marzo, 2012

DOS NORMALIDADES DE UNA IGLESIA EN CRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:27, Categoría: General

Dos normalidades de una Iglesia en Cristo. Quisiéramos considerar, en la epístola a los Filipenses, al comienzo del capítulo 1, la Salutación, con la cual se da inicio. Podemos apreciar que es un saludo informal, que, de hecho, si comparamos los demás saludos de las otras cartas, tanto de Pablo como de Santiago, o de Pedro, podemos darnos cuenta que los saludos no siempre son iguales, aunque hay muchas palabras parecidas; son saludos espontáneos, y son saludos que nosotros podríamos llamar informales, pero al mismo tiempo son saludos espirituales, pues lo espiritual también puede expresarse y se expresa en libertad. Si subrayamos esto desde el principio es para que nos demos cuenta de un detalle, que no estamos leyendo una teología sistemática, que también tiene su lugar. La Palabra del Señor nos habla de la enseñanza, de la didáctica, y por lo tanto, ahí cabe el ministerio de los hermanos maestros, y caben las teologías sistemáticas. Aclaremos que no se está criticando eso, pero sí destacando que lo que aquí se está compartiendo aparece en un espíritu muy libre y espontáneo, y eso nos da una mirada a la realidad de la vida de la Iglesia, porque si se tratase de una teología sistemática podría parecer algo ideal, pero no aquí. Pablo está saludando de una manera franca, y a través de ese saludo se puede percibir la realidad de la vida de la Iglesia: “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos: Gracia y Paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Fil.1:1-2). Hay mucho que ver en este solo saludo. Se encuentran ya vislumbrados con claridad varios principios de normalidad de una Iglesia bíblica, varios principios que en otro lugar, inclusive, fueron plenamente tipificados por Dios, y que después se podrán ver los principios en el propio Nuevo Testamento, mirando cómo ya habían sido adelantados y preparados tipológicamente por el Señor, para confirmarnos en esas verdades, que son delicadezas del Espíritu del Señor, delicadezas en el sentido de lo bueno, lo precioso que es el corazón de Dios, y en lo fino que es Su corazón. En primer lugar, queremos llamar la atención a que en sólo un saludo de dos versículos, ya apareció tres veces el nombre del Señor Jesucristo. Fijémonos en “Siervos de Jesucristo”, “Santos en Cristo Jesús”, “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. O sea, ya desde el saludo, esa preciosa relación de la obra del Señor con las Iglesias rebosa del Señor Jesucristo. Todo está lleno del Señor Jesucristo. La Iglesia es de él, la paz y la gracia vienen de él, la santidad y el servicio también pertenecen al Señor Jesucristo. Aquí podemos darnos cuenta de un primer principio de salud espiritual eclesiástica y también de normalidad, porque debiera ser lo normal. Podríamos llamarlo “un principio de Cristocentricidad”, donde el centro, el fundamento, el objetivo es el Señor Jesucristo. La Iglesia es del Señor Jesucristo, y el nombre importante en la Iglesia es él, y desde un principio la Iglesia le pertenece. El nombre del Señor es el que aparece aquí por todas partes, pues por medio del Señor Jesucristo es que conocemos a Dios. La Iglesia no puede ser fundada por ningún hombre, sino que el creador es el propio Dios. Pablo dice, por el Espíritu Santo, que Jesús está en el centro, en nuestro centro. La Iglesia no puede estar organizada alrededor de algún hombre en particular, o de algún ministerio particular. Si la Iglesia dice: “… Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas…” (1Co.1:12), se está volviendo ministerialita, se está volviendo sectaria; es como si se organizara alrededor de un solo ministerio. Pero la Iglesia es un regalo del Padre al Hijo y también del Hijo al Padre, porque todo lo tiene el Padre es del Hijo, y lo del Hijo es del Padre. La Iglesia es de Dios. La Iglesia proclama “al Señor”, por lo tanto, la Iglesia no puede girar alrededor de un ministerio particular, sino alrededor de Dios en Cristo, a quienes le pertenece la Iglesia, y donde está el fundamento de ella. La Iglesia es Cristocéntrica. Fijémonos que cuando Pablo comienza, dice: “Pablo y Timoteo”, poniendo a los hermanos mayores y antiguos junto a los hermanos nuevos, en un plano de comunión, como ya en el Antiguo Testamento Dios quería, que cuando se iba a servir en la casa de él, los nuevos trabajaran junto con los más antiguos. Y así como el mismo Señor representa a ese buey viejo, y nosotros somos el buey joven que necesitamos llevar el yugo con él, para aprender a no adelantarnos, a no apurarnos, a no causar dificultades, a aprender a ser mansos y humildes como el Señor Jesús, cuando nos dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas…” (Mt.11:29). Entonces, nosotros tenemos que ponernos el yugo con el Señor y los jóvenes acompañar a los adultos, y los más ancianos incorporar a los nuevos en el servicio al Señor. En Filipenses, aparece Pablo y Timoteo como hermanos que trabajan en la obra del Señor, presentándose además como siervos de Jesucristo, sin ninguna intención de presentarse a los demás con nombres altisonantes. Ellos tampoco se presentaban como funcionarios de alguna organización, ni en representación de nadie, sino que se movían según el Espíritu, sirviendo a una cabeza que es el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia le pertenece y está en una estrecha comunión viva con el Señor en el Espíritu, siendo ésta la manera en que aparece, de una manera clara, el servicio de los apóstoles. Ellos seguían a una Persona y el Señor les llamó desde el principio para que estuvieran con él, y después él los enviaba. Nosotros debemos estar con el Señor, a sus pies, teniendo comunión con él, aprendiendo de su Espíritu, de la forma que él nos quiera enseñar, directa o indirectamente, pero dependiendo de él para que así él nos pueda enviar, y abrir el camino a cada uno, para hacer en él, por él y para él. Este es el primer principio que caracteriza el servicio de la obra en la Iglesia del Señor, porque es un servicio Cristocéntrico; es decir, es un servicio que se origina en Cristo. Hoy en día muchas personas quieren consagrarse a Dios, pero no han aprendido a conocer al Señor de manera directa en su Espíritu, y a veces se entregan a organizaciones, pensando que le están sirviendo a Dios; por ejemplo, la Iglesia en Sardis, teniendo nombre de que vive. Podemos decir contrariamente a esto, que está muerta, porque muchas veces nos ponemos nombres llamativos, pero la realidad espiritual no está ahí, porque el verdadero servicio al Señor es en el Espíritu. El Espíritu Santo siempre está para ayudarnos si lo que queremos es depender del Señor y acudir a él. El Espíritu Santo siempre nos va a ayudar, porque él dijo que estaría con nosotros para siempre. El Señor Jesús prometió estar con nosotros “…todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt.28:20); “No os dejaré huérfanos…” (Jn.14:18). Esta es una relación íntima espiritual con Dios, con la vida divina, con una persona viva que es el Hijo y una unión con el Padre, porque la Iglesia tiene comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Entonces, el primer principio de salud espiritual – y digamos de normalidad bíblica –, es el de la Cristocentricidad. Esto es lo que diferencia a la Iglesia de los demás grupos en la tierra, porque en ella hay una gran cantidad de organizaciones humanas, porque el ser humano fue hecho para vivir en comunión, y, por lo tanto, podríamos decir que en el ser humano hay un instinto de comunión que debería ser llenado por Señor, pero a falta de él, las personas se han agrupado alrededor de cualquier otra cosa, menos en el Señor. La Iglesia se caracteriza porque se reúne alrededor de Jesús y vive en él, para él, y camina con él de una manera viva, íntima, personal, espontánea, agradable, porque el Señor dijo: “Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt.11:30). Él nos ayuda sobrenaturalmente a hacer algunos trabajos, que otros podrían considerar pesados, pero que no nos resultan de esa manera porque no estamos solos. Esta es una iglesia bíblica del Nuevo Testamento, rebosante del Señor Jesús, donde todo lo que se oye, lo que se habla, lo que se vive, resuena al Señor Jesús, siendo éste el nombre que se exalta en medio de la Iglesia. A esta comunión de los siervos de Jesucristo, dice: “…a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos…” (Fil.1:1), y aquí continúa una palabra muy importante, una fase que debiera despertarnos, especialmente a toda la cristiandad en general, porque no está dirigida solamente a los hermanos que han visto la unidad del pueblo de Cristo, y también de su Iglesia en cada ciudad, sino a todos los hermanos, la hayan visto o no. En este comienzo de la epístola a Filipenses, Pablo y Timoteo como apóstol y un cooperador adulto, proponen a quienes el Señor colocó en el ámbito de la obra para servirle en las Iglesias, dirigiéndose así a todos los Santos en Cristo Jesús, en este caso en Filipos. Pero quisiéramos poder tomar la primera parte de la frase: “todos los Santos en Cristo Jesús”. Sólo en esta frase aparecen ya varios principios. Si resaltamos la palabra “todos”, ya encontramos un principio; luego, en “Los Santos” y “en Cristo Jesús” encontramos los demás. Si podemos ver estos principios individualmente, la palabra “todos” nos habla de un “principio de inclusividad”. Este está íntimamente relacionado con otro principio llamado “de receptividad”, que incluye a todos los santos en Cristo Jesús, a todos los que han nacido de nuevo, todos los que fueron comprados por la Sangre de Cristo y que lo recibieron, y, por lo tanto, esos son los miembros de la Iglesia en Filipos. El principio de inclusividad se basta en la palabra “todos”, y no todos los seres humanos, aunque Dios quisiera que fueran todos, pero aquí es todos los santos en Cristo Jesús. Si nuestro Padre nos engendró como hijos, en consecuencia, todos sus hijos son hermanos, y nosotros no podemos escoger a los hermanos, más bien debemos aceptarlos, pues los ha engendrado nuestro Padre. Si nuestro Padre engendró hijos, son nuestros hermanos, y eso es lo que implica la palabra “todos los santos en Cristo Jesús”, subrayando la palabra “todos”. Debajo de esa palabra está ese principio de inclusividad, es decir, el considerar como nuestros hermanos a todos los verdaderos hijos e hijas de Dios, que son los que han creído y son comprados por su Sangre, nacidos de nuevo por el Espíritu. Por lo tanto, hay tal nación en el ámbito de la nueva creación, que es la Iglesia. La Iglesia nace en el cielo, porque participa de la naturaleza divina. El que se une al Señor es un espíritu con el Señor, y ha sido bautizado en un solo cuerpo, que está formado por todos los miembros. En la familia de Dios no se puede entrar sino por medio del nuevo nacimiento, no por afiliación a un movimiento, no por afinidad intelectual, o amistad, sino por haber nacido de Dios, del Espíritu.

SUMA Y PARADIGMA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:25, Categoría: General

Suma y Paradigma. Veremos un verso a manera de epígrafe; es decir, daremos una idea mínima, para luego desarrollarla de una forma más completa. “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia” (Sal.119:160). Es interesante que aparezca aquí esa expresión. A veces, la visión que tenemos de la Palabra del Señor pareciera que está desconectada; es decir, a veces al acercarnos a la Biblia recibimos impresiones fragmentarias. En la Biblia, encontramos historias, un poco de genealogía, proverbios, visiones, salmos, canciones, consejo, doctrinas, y pareciera que fuera como una colección – aunque de hecho es una colección de varios autores. Lo que debemos ver, es que detrás de estos autores, y a lo largo de muchos años, y de muchas épocas, y teniendo en cuenta a personas en diferentes situaciones, nos ha hablado un mismo Espíritu. Es precioso que el Espíritu de Dios, que es uno solo, haya querido utilizar personas de muchas clases, que han vivido diferentes experiencias. Algunas eruditas, otros pescadores, o inclusive pasajes escritos por mujeres que en aquellas culturas antiguas eran muy menospreciadas. En fin, lo que hemos estado diciendo, es que personas en distintas situaciones, y en diferentes épocas, la humanidad ha sido representada. Cada uno de nosotros, seguramente, ha sido tocado por el Señor en uno o en otro Salmo, porque hemos encontrado representada allí nuestra situación, y Dios nos ha hablado a través de esos libros, a través de esas oraciones. Toda la Biblia parece que proviene, y de hecho, el exterior proviene de una gran diversidad, y, sin embargo, ha sido traducida a una gran cantidad de idiomas, y ha sido beneficiosa a muchas culturas, y el Espíritu Santo la ha utilizado en países llamados “civilizados” – y lo ponemos entre comillas, porque en ellos encontramos grandes brutalidades, pero de entre ellos Dios tuvo que sacar gente. La Iglesia ha sido sacada del mundo, ha sido separada de la cultura humana, y aunque seguimos siendo personas de nuestra raza, tenemos nuestra historia, nuestro lenguaje, tenemos las costumbres, tenemos nuestro acento al hablar. Iglesia quiere decir, en esencia, personas que fueron escogidas y atraídas por Dios, escogidos en Cristo para pertenecerle a él, y por haber sido escogidos, fueron llamados, y fueron separados para Dios, separadas para el reino, separados o escogidos, como esposa del Hijo de Dios, como miembros de la familia de Dios, con una misión especial y distintiva. El Señor le da a los suyos, a los que ha separado para sí, su propio norte, su propio Espíritu, y una identidad, que especialmente en estos tiempos finales, nosotros debemos comprender muy bien; porque estos tiempos de globalización, de eclecticismo, de ecumenismo, de ambigüedad, de engaño, son tiempos difíciles. Esta es la última prueba, pues a lo largo de la historia la humanidad ha sido probada, y el pueblo de Dios también ha sido probado. Y cuánto más probado será en los últimos tiempos, porque en la misma Palabra del Señor se habla de una hora de la prueba para el mundo entero. Claramente, siempre ha habido una prueba, pero sin ser el tiempo de la prueba final. Dice el Señor que: “….te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo…” (Mt.32:36). Porque será una prueba más acentuada, más seria. Siempre ha habido una batalla; bueno, no siempre, pero digamos que desde la rebelión de Satanás en los cielos; y para nosotros los hombres, desde que nacemos. Pero todo comenzó con la batalla en los cielos, con la rebelión de Lucifer, con aquel querubín que quiso ser como Dios. Y Dios lo permitió, y lo hizo con mucha sabiduría, pues Él no es afectado negativamente. Dios nunca puede ser vencido, nunca puede ser derrotado, nunca puede ser disminuido, ni humillado, aunque el Señor Jesús como hombre se humilló a sí mismo, pero lo hizo voluntariamente. Pero ha habido una insolencia terrible contra Dios, y ha habido ofensa terrible contra su santidad, contra su gloria, contra su justicia. Y porque la ha habido, habrá un juicio. La locura del enemigo le ha hecho creer que puede ser semejante a Dios, y se le ha permitido esa locura para que sirva de prueba para todos; por lo tanto, podríamos decir que hay una guerra entre la locura y la cordura. La cordura es el Señor, la cordura es la del Hijo de Dios. Entonces, el Señor ha separado a su Iglesia, a su esposa, a sus seguidores para sí, los que hemos ido aprendiendo a amarle de a poco. Porque la Palabra dice que: “…él nos amó primero” (1ª Jn.4:19). Y es por eso que ahora nosotros le amamos, por causa de su amor primero. Ahora, la Iglesia, poco a poco va conociendo al Señor, va conociendo su persona, sus principios, sus propósitos, caminos y planes, para llegar a su objetivo. La Iglesia que lo va conociendo, se va identificando con él, y recibe del Señor su propio Espíritu. Un “paradigma” significa una manera de ver las cosas, una cosmovisión, una mirada panorámica, una manera de entender el mundo, de entender la historia, valores. Todas esas cosas juntas forman un paradigma. Podríamos decir que Dios ha dividido a la humanidad en su diagnóstico de ella, es decir, los que están con él tienen un paradigma, una manera de ver las cosas, y los que están contra él tienen otro paradigma, y otra manera de ver las cosas. Dios ya había profetizado desde el principio que esto sería así. Una de las primeras profecías la podemos encontrar en Génesis 3:15, donde Dios le ha hablado a la serpiente. Dios la maldice y le dice, entre otras cosas, que: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Dios le dice a la serpiente que Él mismo pondrá enemistad entre ella y la mujer, y entre su simiente, que son los hijos del diablo, y la Simiente de la mujer, es decir, aquel nacido de la virgen, el Emanuel, el Dios con nosotros. Y como en la Iglesia somos uno, el Cristo de Dios es corporativo. El Señor Jesús es la cabeza, y la Iglesia es su costilla; su amada es su cuerpo. Entonces, a lo largo de toda la historia humana, ha habido dos líneas: una línea que es atraída por el Señor, y que le ama, y otra línea, como la de Caín que sale de la presencia de Dios, pero que prefiere andar por sí mismo, dándole la espalda a Dios, edificando su mundo sin tener en cuenta a Dios. Pero el Señor vino y nos pidió orar, y ser uno con él en este interés, “en que el reino de Dios venga a la tierra y que se haga su voluntad en la tierra como se hace en el cielo” (paráfrasis de Lc.11:2). Por lo tanto, los que son de Dios, sus hijos, le siguen y tienen una línea específica. Éstos están en el Espíritu y en el propósito de Dios; en cambio, el enemigo tiene sus intereses, diciendo Jesús de ellos que: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer…” (Jn. 8:44). Lo que hay en lo íntimo del corazón de los hijos del diablo, es lo mismo que hay en el corazón del diablo, y están conscientes de esto, llamándole a Satanás “padre”. En cambio, otros han sido engañados y le están siguiendo, y que igualmente se hallarán con él en el infierno. Es necesario reiterar constantemente que Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que lo hizo para Satanás y sus ángeles, pero que estará lleno de millares de hombres y de mujeres supremamente incómodos en él. Dios desea que todos los hombres y mujeres procedan al arrepentimiento, porque él no es un dictador, aunque es soberano y todopoderoso, pero no usa su poder de una manera arbitraria. Dios quiere las cosas como él las tiene en su Trinidad, o sea, en armonía, en consideración mutua, en consenso. Así es el carácter de Dios, y él quiere todo de esa manera. Dios no va a conquistar de la manera que lo han hecho los llamados conquistadores en la historia, pues ellos han hecho sus tronos en base a muerte. En cambio Dios nos conquista con su amor enviándonos su Espíritu y su Palabra, y aún más, pues siendo sus enemigos, él toma la iniciativa de reconciliarse con nosotros, de manera que Dios ha hecho todo lo habido y por haber para salvar al hombre, y lo seguirá haciendo hasta cuando Él estime que no es conveniente continuar, así como tuvo que decidirlo antes del diluvio, porque “…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Por lo que Dios dice que: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Dios contendió con el hombre, y esa contención de Dios con nosotros es por pura gracia. Bienaventurado aquel contra quien Dios contiende, porque la contienda de Dios es su amor. Cuando él contiende con nosotros, él nos está amando, está procurando librarnos de la locura y traernos a la cordura. La verdadera bendición de Dios, en quien están escondidas todas las bendiciones espirituales, es en Cristo. Toda bendición espiritual desde antes de la fundación del mundo, está en Cristo, y que fueron anticipadas a través de profecías, a través de tipologías, pero ya la totalidad de la bendición divina es Cristo, y los que son escogidos no lo son por algo que ellos son en sí mismos, sino que son escogidos en Cristo. La Biblia dice que: “…nos escogió en él (…) para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo…” (Ef.1:4). Dios escogió a Cristo y nos dio a todos a Cristo, para todo aquel que quiera. “…Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap.22:17). Él nos llama a venir, y seguramente él también nos ayudará a llegar, así como él le dice a un paralítico que se levante y ande, pues de esa misma manera él nos ayudará a pararnos y andar. Dios no sólo nos va a dar un mandamiento, sino que nos va a dar el socorro y la gracia suficiente para obedecerle. Dios sabía quiénes recibirían a Cristo en su miseria y quienes querían la bendición de él; esa fue la diferencia entre Jacob y Esaú. A veces, pareciera que Dios lucha contra las personas, pero esta lucha es para despertar la búsqueda de la bendición que es Cristo. Cristo es la bendición de Dios, y Dios se la quiere dar a todos, por eso manda que se le anuncie el Evangelio a toda criatura, aun sabiendo que no todos lo van a recibir. El Señor nos dice “… si alguno quiere venir en pos de mí…” (Lc.9:23-24). Dios quiere que todos sean sus discípulos, pero él no obliga a nadie, sino es sólo para el que quiera aceptarlo. Entonces, Dios tiene una elección eterna, un conocimiento eterno y un amor eterno, y él ha hecho las cosas correctamente. Él nos ha invitado a todos, y cada día es una extensión de esa invitación. Cada día que abrimos los ojos vemos que Dios nos está llamando a salir fuera y venir a él. Así es la novia, así es la Iglesia y Dios tendrá su identificación con ella; habrá una sincronía en su corazón, la cuerda que vibra en el corazón de Dios encontrará eco en otros corazones, en los de los hijos de Dios, en los que declaran realmente que Dios se ha revelado en Cristo. Este es nuestro paradigma, el punto de vista de Dios, el de su Espíritu, el de su carácter, porque los hijos y las hijas de él lo quieren con todo lo suyo. La Palabra de Dios expone, avergüenza y juzga la identidad distinta a Dios: “El que no es conmigo, contra mí es…” (Lc.11:23). El Señor dice esto, porque no se puede ser neutral, sino que hay que pronunciarse por el Señor. Es mejor que la Iglesia se prepare a no ser ambigua, sobre todo en estos tiempos donde a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno se le llama malo. Lo que se espera de la Iglesia, es que se identifique con Dios, que la Iglesia lo conozca como él es, en su amor, en su Trinidad, en su solidaridad con nosotros, en las razones que tuvo y que lo condujo a la encarnación y a la expiación. En Éxodo, cuando Moisés tenía que decirle al pueblo lo que Dios le pedía, escribió esto en el capítulo 25, y así dice el Dios de Israel: “Y harán un santuario para mí…” (Ex.25:8). Ese verbo "harán" aparece por muchas partes en la Biblia; por ejemplo: “Harán también un arca…” (Ex.25:10), que representa al mismo Cristo. Ahora, nos dice que le hagamos un arca para que Cristo sea formado en nosotros. Para esto debemos colaborar, querer hacerlo de corazón, espontánea y voluntariamente y traer su ofrenda a Dios para el tabernáculo. Antes era más fácil porque era sólo una figura, era madera y plata, pero hoy las verdaderas maderas somos nosotros, el servicio somos nosotros. Pero aun así, él dice que le hagamos un arca, y que le hagamos una mesa con panes de la proposición, y un candelero cuya vara del centro representa el Cristo. Y este candelero tiene brazos ahí al centro derecho, y al centro izquierdo, y tiene otros brazos a la derecha y a la izquierda, y todos caben en el mismo candelero. Nosotros sólo tendríamos candeleros de izquierda o de derecha, pero poner en la misma mesa a Simón el zelote, con Mateo el publicano, solamente se le ocurre al Señor Jesús. Nosotros sabemos quiénes eran lo publicanos, eran los oligarcas de la época, los oligarcas nacionales que hacían negocios con los imperialistas, que no les importaba el pueblo de su nación, sino sólo les interesaba el dinero y les gustaba que su país estuviera bajo el dominio de los imperialistas. Y pagaban los impuestos adelantados al imperio, para cobrarle los intereses a su propio pueblo; por eso eran aborrecidos los publicanos. Sin embargo, el Señor llamó a Mateo. Simón el zelote era del otro lado. Los zelotes eran los cananitas, que amaban su patria y no soportaban a los imperialistas, ni tampoco a los oligarcas de su propia patria; y no solamente ideológicamente, sino con cuchillo y con espada los mataban. Así el Señor tuvo gente de la izquierda y la derecha en su mesa, como en el candelero. Aquí los brazos de centro derecha y centro izquierda se podían encontrar en una manzanita que es fruto del Espíritu. El candelero es como el árbol de la vida, y también es comparado con un manzano, que es Cristo. En Cantar de los Cantares se nos dice que Cristo es el manzano: “Como el manzano (…) bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar” (Cnt.2:3). El candelero tiene nueve manzanas, tres manzanas en la caña central y una manzana en cada brazo, que representan el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad. Seguramente la manzana del amor es la que está en el centro arriba donde se junta en centro derecha y centro izquierda, pero la manzana de más abajo donde se juntan la ultra derecha y la ultra izquierda se llama paciencia. Y paciencia se traduce también en longanimidad, y así se puede ir colocando las otras manzanas, pero tienen que estar todas las nueve, bien equilibradas en Cristo, porque él es la realidad, y toda la virtud crece en el árbol de la Iglesia, en el candelero, el árbol de vida, incorporando en el cuerpo a todos los hermanos. Por eso era que la vida de los patriarcas era una vida de altares, y cada altar era una consagración más profunda, porque en cada consagración Dios lo liberaba de más problemas y más complicaciones con Satanás. Cuando Abraham se consagraba en el primer altar, significaba una primera cosa, y Dios estaba muy feliz porque Abraham había sido liberado de algo, algo que lo dañaba a él mismo, y luego Dios lo conducía a un nuevo altar, y en ese nuevo altar había algo más que consagrar. Hasta ahora, ni siquiera se nos había pasado por la cabeza que estábamos atados a determinadas cosas que considerábamos normales. El Señor quiere que edifiquemos un altar más avanzado que el anterior, pidiéndonos lo que más amamos, incluso devolviendole lo que él mismo nos dio. Los altares nos introducen en el seno de la Trinidad para participar de la naturaleza divina, y ser libres de las cosas que son vergonzosas, que son distintas a nuestro Señor. Él tiene que hacer un trabajo a fondo con nuestras vidas. Él nos ha dado una identidad y es la identidad de él mismo, la del Padre, la del Hijo y la de su Espíritu. Quién iba a pensar que Dios, siendo absoluto soberano, respete incluso al ser humano más pequeñito, inclusive a los que se quieren ir al infierno. Dios no quiere que vayan, pero ellos insisten y él lucha hasta cuando sabe que se cruza una línea, entonces deja de luchar y los entrega. “…No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Es muy delicado desaprovechar las contiendas de Dios. Cuando nos redarguye, cuando nos corrige, cuando nos humilla, cuando nos trata, nos está diciendo que todavía hay oportunidad. Bienaventurado aquel a quien Dios trata, porque no lo ha entregado a su locura. La sabiduría es el temor a Dios, y la inteligencia es apartarse del mal, pero en este conflicto que estamos, no todos están en la línea del Espíritu. Para que Cristo se forme en la Iglesia, y hacerle al Señor un arca que esté en el Lugar Santísimo, hacerle una mesa con panes de la proposición, un candelero, un altar, un incensario, debemos estar en la vida de la iglesia. Mientras el mundo está en lo de ellos, ¿en qué estamos nosotros? ¿Estamos haciendo un candelero al Señor como él lo pide? No es tan fácil hacer esos panes, pero él dijo: “me harás”. Dios nos ha dado un sentido en la vida, y nos dijo para qué vivimos, y qué es lo que podemos hacer para agradar el corazón de Dios, y esto lo haremos en unión con su Hijo. Jesucristo lo hace todo para el Padre y él vive en nosotros y su Espíritu nos conduce a través de nuestro espíritu a hacer lo mismo que el Hijo hace, y el Hijo vino a hacer la voluntad del Padre. El candelero es la Iglesia en cada ciudad, y debemos estar abiertos y en comunión con nuestros hermanos para reunirnos en Cristo por el fruto del Espíritu. Seamos una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder; seamos una propuesta, una proposición de Dios al resto de las ciudades. Tenemos que tener una identidad clara, la identidad del cuerpo de Cristo, estar en su Espíritu y hacerle un candelero que es lo mismo que hacerle panes de proposición, o sea, una propuesta de vida y esa propuesta es la vida de la Iglesia. La propuesta de Dios para la humanidad en Israel eran figuras, pero hoy en nosotros es una realidad. Hay que tomar esos granos de trigo del granero del Señor y molerlos unos con otros. No es fácil estar juntos, pero Dios quiere que lo estemos para que seamos molidos y vueltos flor de harina; es decir, como polvo, y después ser pasados por aceite, y ser amasados para ser un pan de la proposición, ser amasados, ser horneados en el fuego. Así se hacen los panes, y esos panes eran las tribus del pueblo de Dios. En Israel eran doce panes, pero hoy, el Israel de Dios es la Iglesia, los panes son las Iglesias, y nosotros, siendo muchos, somos un solo pan. Dios siempre hace propuestas, y esa propuesta es Cristo, y la Trinidad de Dios encarnada y expresada en la Iglesia. Esa es la propuesta de la vida intra-trinitaria, la vida del Padre y del Hijo en el Espíritu formándose en la Iglesia. Los discípulos tenían en común todas las cosas, y nada de lo que poseían era propio; ¡qué cosa maravillosa era ese pan! El hacer este pan es algo voluntario, pero del que algunos querrán huir, porque el que ama la oscuridad no viene a la luz para que no se descubran sus actos. Pero el Señor, ¿qué hizo en la Cruz? Expuso y avergonzó a los principados, los mostró públicamente, y los exhibió. Y si nuestra vida es como ellos, vamos a quedar avergonzados también, porque el Señor vino a exponer la realidad de Dios, mostrar quiénes somos, porque ellos se hacían los dioses de las naciones y ¿qué clase de dioses eran? Eran tramposos y perversos. Pero si estamos con Cristo no seremos avergonzados, porque él nos cubrirá, nos limpiará, perdonará, y nos vestirá de gala. La iglesia tiene un testimonio que dar y es la Palabra de Dios, un paradigma divino. El Espíritu en que anduvo el Señor fue en el mismo Espíritu en que anduvo Pablo, Timoteo, y así muchos más discípulos y apóstoles, porque el Espíritu es la corriente de Dios. El Espíritu es el que nos comunica lo que Dios es y cómo ese Espíritu del Padre y del Hijo es Espíritu de la Trinidad; por lo tanto, es el que puede mostrarnos a Dios, el que puede iluminar y avergonzar. El Señor ascendió, recibió el Libro de los 7 Sellos, abrió el Libro, derramó el Espíritu Santo, envió apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para perfeccionar a la Iglesia para la obra del ministerio; o sea, envió a la Iglesia, y el evangelio ha estado cabalgando, llevando a las personas el Espíritu y la verdad del Señor; pero ese no es el único caballo que cabalga. Porque si la gente no quiere la verdad, dice la Palabra, “…por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2ª Ts.2:10), Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad. Sería algo muy terrible si menospreciamos la verdad, pues sólo quedaría la mentira, y las personas son entregadas a ella porque la adoran y la aman más que a Dios, haciéndola su ídolo, por sus propios intereses.

PERSONA, DIVINIDAD Y TEOFANÍA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:23, Categoría: General

Persona, divinidad y teofanía. Estaremos considerando lo que el Espíritu Santo ha dicho acerca de la divinidad del Hijo, y esto hay que decirlo muy a propósito, porque la divinidad es una sola, y la divinidad del Padre es la misma divinidad del Hijo, y la del Hijo, la del Espíritu. El Señor Jesucristo dijo: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26). Esa es la Palabra, la vida autosuficiente de Dios nuestro Padre, que incluye tanto su esencia como su naturaleza. La vida divina incluye su esencia, los atributos incomunicables de Dios, y también incluye su naturaleza, es decir, los atributos comunicables de Dios. Hay atributos de Dios que son exclusivos de él, que nunca pueden ser comunicados a nadie, y esos se refieren a su esencia, a lo que Dios es en sí mismo. La esencia es lo que hace que un ser sea como es; la calidad de un ser está determinada por su esencia. Es la esencia divina la que hace que Dios sea divino; por lo tanto, es omnipotente desde la eternidad, y es eterno, y omnisciente, omnipresente, eterno, perfecto, único, supremo, maravilloso. Y dentro de esos atributos de Dios – que, por supuesto, no se han mencionado todos –, hay algunos que serán siempre solo de Dios, aunque él nos haya hecho hijos participantes de la naturaleza divina, pero que no significa que podamos ser como el mismo Dios, porque nosotros, de hecho, fuimos hechos de la nada; en cambio él nunca fue creado, él es eterno, es omnisciente, él es omnipotente, y omnipresente. Pero, aparte de la esencia que se debe a sus atributos incomunicables, de los cuales nunca nadie participará, existe la naturaleza divina, que se refiere a los atributos comunicables de Dios. “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn.5:11). En esa vida se está refiriendo a su naturaleza. Nunca la Palabra dice que nosotros seremos Dios, pero sí dice que somos participantes de la naturaleza divina. Por lo tanto, la naturaleza divina en la vida divina, se refiere a los atributos comunicables de Dios, lo que él comunica acerca de su Palabra, sus atributos morales, el ser santos. “Santo seréis, porque santo soy yo…” (Lv.19:2). Todo lo que tiene que ver con su santidad, con su rectitud, con su amor, con su pureza, los atributos que pudiéramos llamar morales, son atributos comunicables. Dios quiere vernos ser como él es; nunca nosotros seremos Dios, pues siempre hay algo que es exclusivo de Él; incluso no todas las cosas las ha revelado en la Palabra, porque dice que: “Hay cosas que son secretos exclusivos”. Y del Señor Jesús se dice: “…y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo” (Ap.19:12). Lo que implica tener ese nombre, el íntimo significado, no lo conoce el hombre, sino sólo lo conoce él, porque sólo él sabe lo que es ser Dios. Nosotros somos sus hijos, sus criaturas, porque hemos sido hechos a su imagen y semejanza, para contenerlo. Ahora lo hemos recibido a él, y él vive en nosotros, y nos ha hecho participantes de su naturaleza divina; por lo tanto, la naturaleza divina sí incluye los atributos comunicables de Dios. El ser de Dios se diferencia de los otros seres por su esencia y por su naturaleza. La naturaleza es una manera especial de ser. La Biblia habla de la naturaleza, y diferencia a los seres entre sí por su naturaleza. La Biblia habla del género, de la especie, de la naturaleza, y en el Génesis, Dios creó animales, plantas y semillas para que se reproduzcan según su género, y según su especie, y según su naturaleza. Los seres son diferentes entre sí por ciertas características de su ser, que los diferencian unos de otros. Aunque todos son “seres”, se diferencian entre sí por su naturaleza. Por ejemplo, aquellos llamados dioses, no son dioses por naturaleza, pues son hechos de piedra o de madera o de metal, y la naturaleza del metal, de la piedra, y de cualquier otro material no es divina. La Biblia habla mucho de la naturaleza y de las distintas naturalezas, y nos dice también que la naturaleza humana ha conquistado las distintas variedades de la naturaleza animal, vegetal, y mineral. Por lo tanto, la Biblia utiliza palabras relativas a naturaleza, y a esencia, especialmente cuando se usa el verbo “ser”. Cuando el Señor dice que él es “YO SOY” (Ex.3:14), o “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26), esto nos habla de esa esencia divina autosuficiente que no depende de otro, que no le debe a nadie nada. Nosotros no somos iguales a Dios, porque la esencia humana, la naturaleza humanan, no son divinas. Nosotros no éramos, pues Dios nos creó; en cambio, en el caso del Hijo dice: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5:26). Ahí nos damos cuenta que el propio Hijo de Dios está confesando su propia divinidad. Él no solamente tiene naturaleza divina, sino esencia divina. Por eso al Hijo en la Biblia se le confiesa Dios, y esto lo ha confesado primeramente el Padre. El Señor ha recibido adoración incluso en su humillación, y en su condición de hombre él también recibió adoración, porque no dejó de ser la persona que era, sino que solamente se vació a sí mismo, se hizo como hombre, pero no dejó de ser el Hijo de Dios. Él ha dicho palabras que confiesan esto, por ejemplo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn.8:58). “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). Estas palabras son dichas por aquella persona divina: “En el principio era el verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Nos damos cuenta que debemos considerar ver no solamente la divinidad en cuanto a su esencia, o su naturaleza, sino también su persona. Recordaremos pasajes, aunque no todos, que nos hablan de su divinidad, su esencia y naturaleza; pero también necesitamos juntamente con la confesión de su divinidad, la de su persona coexistente con el Padre, para que nuestra confesión sea la del Espíritu y la de la Biblia, y la de los apóstoles de la Biblia. Los apóstoles de la Biblia, así como los profetas de la Biblia, confesaron la divinidad del Señor Jesús, pero también confesaron su persona, que era distinta del Padre, pero no distinta en esencia, ni en naturaleza, ni en divinidad. La divinidad, la esencia y la naturaleza divina sólo subsisten en la persona del Padre, en la del Hijo y en la del Espíritu Santo, quien, siendo tres personas distintas, no lo son en divinidad, ni en esencia, ni en naturaleza, sino que lo son en la manera como la divinidad, la esencia y la naturaleza divina subsisten en cada uno. Aquí es donde llegamos a la palabra “hipóstasis” que aparece en Hebreos 1:3: “…el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”. La palabra exacta es carácter de su hipóstasis. Entonces, ahí nos damos cuenta que la divinidad subsiste. De ahí viene hipóstasis, de su subsistencia en el Padre como ingénito, es decir, no engendrado. La misma divinidad, esencia y naturaleza, subsisten en el Verbo de Dios como Unigénito del Padre. En cambio, se distingue el Padre del Hijo, en que el Padre es el Padre del Unigénito, y el Hijo es el Unigénito del Padre. Nunca podremos llamarle al Padre unigénito, y siempre tendremos que decir del Hijo que es el Unigénito de Dios, es decir, engendrado del Padre sin principio principio. Esa palabra que está ahí parece complicada, ¿cómo, “engendrado”? En Proverbios 8, la Sabiduría divina, que es el Verbo de Dios, habla de sí misma, diciendo: “Yo, la sabiduría…” (Pr.8:12). La Sabiduría divina está hablando en primera persona, y continúa con más: “Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra” (Pr.8:23). Antes de los siglos, la Sabiduría es engendrada; por eso el Hijo, que es Cristo, la Sabiduría divina, es llamado Unigénito. Pero ¿cómo es engendrada la Sabiduría divina en Dios? Haciéndola también divina, reconociéndola divina y principal, y a la vez engendrada. Parece un misterio, y no nos introduciríamos en él si no estuviera hablado en la Biblia. Pero nos dice que lo que está revelado es para nosotros, y, por lo tanto, hay que recibirlo. Ahora, también puede surgir una interrogante: ¿Se conoce Dios a sí mismo? Y la respuesta es rotunda: ¡Claro que sí!, o no sería omnisciente, y no sería Dios. Si Dios no se conociera a sí mismo, y no conociera todo, su esencia no sería divina. Dios se conoce a sí mismo por eso él puede revelarse y decir: “YO SOY EL QUE SOY” (Ex.3:14). Palabras que nos muestran que Dios se conoce a sí mismo, y al conocerse, él engendra de sí y ante sí una imagen de sí mismo que es igual a él, pero no la engendra en el tiempo, pues no es que empezó un día a conocerse, y antes no se conocía, sino mas bien, él siempre se ha conocido a sí mismo. Por lo tanto, en el ser eterno de Dios existe la Sabiduría de Dios, y con Dios. La Sabiduría con él estaba ordenándolo todo, o sea el Hijo con el Padre, el Verbo con Dios. La Sabiduría de Dios implica que Dios se conoce a sí, y conoce todo, y si se conoce a sí mismo tiene una imagen de sí, y esa imagen de sí es igual a él, y por la cual él se revela. El Hijo es la imagen de Dios, él es la imagen del Dios invisible, quien reconoce ser fielmente representado en su Hijo, y por eso puede hablar de nuestra imagen, aunque el Padre no es la imagen, ya que el Padre es el Dios invisible, pero la imagen del Dios invisible es el Hijo, como dice Colosenses: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col.1:15). El Padre es el Padre del Unigénito, y son dos personas distintas, no en divinidad, pues la divinidad es la misma; no en esencia, ni en naturaleza, porque también es la misma en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu, porque es el Espíritu de Dios que procede del Padre y del Hijo, porque el Padre no precede de ninguna parte. De manera que la divinidad con su esencia y naturaleza divina, subsisten en el Espíritu como procedentes; en cambio, la misma divinidad, esencia y naturaleza divina, subsisten en el Padre como no procedentes, porque él no procede de nadie, en cambio de él procede, a manera de Sabiduría, de imagen, el Hijo, y entonces de los dos también el Espíritu, pero éste procede, no sólo del Padre, sino también del Hijo; el Espíritu viene en el nombre del Hijo, y toma todo lo de él. La Divinidad es una sola, un mismo ser divino, con una sola esencia divina, con una sola naturaleza divina, pero que subsisten en tres personas distintas: una es el Padre ingénito, otra es el Hijo unigénito, y otra es el Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo. El Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre. El Padre es el amante, el Hijo es el amado, y el Espíritu es el amor entre el Padre y el Hijo. Por eso la Iglesia, por causa de la revelación de Dios en su Palabra, no sólo debe confesar la divinidad del Hijo, sino la personalidad distintiva del Hijo, en confesión de Hijo como persona distinta del Padre, pero no distinta en divinidad y naturaleza, sino consustancial al Padre. Allí está la diferencia también la confesión del Espíritu de Dios, y la otra, la del espíritu del anticristo. Veamos qué nos dice la Palabra respecto de esto: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?” (1Jn.2:20,22). Hay muchos mentirosos en la tierra, inclusive dentro del judaísmo ortodoxo, pero no mesiánico. Creemos que Jesús es el Cristo esperado. Los mismos que tenían la promesa del Mesías no creyeron que era Jesús. Otros, en cambio, dicen que Jesús sí es el Mesías, pero hacen separaciones, colocando a Jesús por un lado, y a Cristo por otro, como si fueran dos personas. Nestorio hizo eso, como si la persona divina fuera una y la persona humana fuera otra. Jesús es el Cristo, y es la misma persona divina y humana. Ahora, en la modernidad apareció otra manera de negar que Jesús es el Cristo, en la que teólogos afirman que uno es el Jesús histórico del cual saben muy poco, porque no están seguros de que lo que está escrito en la Biblia sea verdad, o que sólo es un invento de los cristianos primitivos; y el otro es el Cristo de la fe. O sea, esos teólogos están poniendo al Jesús histórico por un lado, y al Cristo de la fe por otro. La verdad es que el Cristo de la fe es el Jesús histórico, y el Jesús histórico es el Cristo de la fe. Jesús es el Cristo, y esa es la confesión del Espíritu Santo. La unción misma enseña a los hermanos y dice “esto sí” o “esto no”. Esto no sucede con los que no han nacido de nuevo, pero sí sucede con los que tienen el Espíritu. La obligación de la Iglesia es probar a los que se dicen ser apóstoles, porque no todos los que dicen ser, lo son. En esto conocemos el Espíritu de la verdad y el espíritu de error. Nos damos cuenta en qué se distingue el Espíritu de Dios al espíritu del anticristo, y es en aquello que confiesan de Jesucristo, porque sobre la roca de Cristo revelado y confesado por la Iglesia, es que la Iglesia es revelada. Entre la revelación de Dios acerca de Jesucristo y la edificación de la Iglesia, hay una íntima relación, pues no hay edificación sin revelación. La verdadera edificación es una verdad cada vez más clara, más nítida, más sólida, revelación acerca de Jesucristo. La verdadera edificación es conocer al Señor en espíritu; su persona, su divinidad, su humanidad, su obra, su cruz, su resurrección, su ascensión, su intercesión, su Espíritu, su reino, su juicio. Esto es lo que edifica a la Iglesia, la revelación de Jesucristo recibida directamente del Padre, que concuerda con los apóstoles. El que es de Dios oye a los apóstoles del Nuevo Testamento, y el que no es de Dios no los oye, pues les resulta difícil aceptar lo que está escrito, y tienen otras voces en sus cerebros. Volviendo a 1ª de Juan, que nos dice que el mentiroso es el que niega que Jesús es el Cristo, y que este es el anticristo, la Palabra dice que: “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre”(1 Jn.2:23-24). Es decir, que permanezca lo que habéis oído. A veces, parece que captamos todo lo que dicen, pero no es así. El Espíritu Santo nos hace detenernos una y otra vez sobre una misma frase para desentrañarnos todo lo que implican esas palabras. No hay que correr sobre estas frases, sino más bien, hay que orar delante de Dios para que no nos deje entenderlas a nosotros solos. Los “Sólo Jesús”, es decir, la herejía unitaria, que dice que Dios es una sola persona y que esa persona se vuelve Hijo al vivir en un tabernáculo humano, y que el Padre es el mismo Espíritu y son la misma persona de modo diferente. Estas personas están negando al Hijo, porque al decir que en la Divinidad sólo existe la persona del Padre, es lo mismo que decir que no existe la persona del Hijo con el Padre. Si sólo confesamos al Padre, estamos negando al Hijo. No hay nada de malo en confesar al Padre, sino que lo malo es negar al Hijo, al decir que la Divinidad es una sola persona. Esto es influencia de un espíritu maligno que está en contra del Hijo. El Hijo era antes de hacerse carne; en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y era Dios, como lo dice Juan en el capítulo 1 en su Evangelio. El Hijo es el heredero de todo, y para quien Dios hizo todo, por quien hizo el universo. La Iglesia debe de entender esto. La Iglesia debe confesar al Hijo. El evangelio de Mateo comienza con el hijo de Abraham, el hijo de David; Marcos comienza con Juan el Bautista; y Lucas comienza desde Adán; pero Juan comienza desde el principio, antes de la fundación del mundo. Mateo comienza con el ministerio en Galilea, pero Juan comienza con el ministerio en Judea, antes de llegar a Galilea. O sea, que lo que trata Juan es anterior a lo que trata Mateo, Marcos y Lucas. Y así como el Antiguo Testamento comienza con: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn.1:1), así mismo comienza Juan en el Nuevo Testamento, hablando de lo más antiguo, siendo el que habla de lo primero con mayor autoridad: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios” (Jn.1:1-2). Nos damos cuenta cómo la confesión de Génesis se agrandó. Es importante detenerse en la pluralidad que implica la única Divinidad. Por la eternidad, Dios ha usado varias veces el plural diciendo “hagamos al hombre”, “defendamos”, “confundamos”, “quién irá por nosotros”, etc. Dios habla en plural varias veces, y ahora Juan está desentrañando ese plural escondido en la Palabra. Juan está agregando revelación. Al inicio del Nuevo Testamento, como si fuera un nuevo inicio, aunque está hablando del mismo principio, pero Moisés solamente dijo de Dios “Elohim”, pero ahora Juan desentraña lo que está escondido en esa palabra, y saca del seno del Padre al Hijo, y lo muestra desde el principio: “…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios (Elohim plural) y el verbo era Dios” (Jn.1:1). O como veíamos anteriormente, cuando el Hijo dice: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). El que habla aquí es la persona del Hijo, y no habla sólo como hombre, pues también dice: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn.8:58). Juan está viendo mucho más de lo que vio Moisés. Moisés ya implicaba al Hijo, pero no tan claramente como Juan, porque la revelación no termina con Moisés, sino que tenía que ser completada con el Mesías, y quien no lo oyera sería desarraigado del pueblo de Dios. Pero Juan ahora está haciendo la confesión completa de la fe de la Iglesia, la verdadera revelación de Dios. “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn.5:20). Ahora estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo, quien es el verdadero Dios. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn.1:14). Juan está confesando al Hijo con el Padre. Jesucristo es el “quien”, el “con quien”, y el “para quien” el Padre creó todo. Jesucristo es el heredero de todas las cosas, y por quien asimismo hizo el universo. El Hijo es creador con el Padre, y no solamente el Redentor. Eso es lo que la Iglesia debe ver en el Hijo, para no negarlo como lo hace el mentiroso. No vamos a entender ni siquiera nuestra propia persona si no entendemos al Hijo, porque el hombre fue hecho en relación al Hijo, en función del Hijo, quien es el modelo que Dios puso para hacer al hombre. Y ¿quién es la imagen del Dios invisible? El primogénito de toda creación, que estaba en el principio de todo. Cuando se dice del Hijo que fue engendrado, lo dice a manera de sabiduría eterna, y divina. “…sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn.1:3). Juan está tomando el comienzo del Antiguo Testamento, pero está añadiendo todo el contenido que estaba apenas escondido, y ahora lo está sacando a la luz, porque el Hijo les enseñó las Escrituras a ellos, y lo que ellos enseñaron fue del Hijo, del Espíritu Santo, y de las Santas Escrituras. El propio Pablo decía: “…no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder…” (Hch.26:22). En el Antiguo Testamento, ya el Espíritu Santo había confesado la Divinidad del Hijo, pero estamos viendo que la divinidad del Hijo implica la persona del Hijo con el Padre. Hay que reconocer la segunda persona de la Trinidad, y por lo tanto, también la tercera. El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y ellos no empezaron a amarse en el tiempo, sino desde la eternidad. Es ahí donde brota, y procede desde la eternidad, el Espíritu Santo que también es eterno. Hay un aspecto económico, y futuro del Espíritu, cosas que él haría después, pero en cuanto a su existencia, y a su esencia, él es eterno, y estaba con el Padre y con el Hijo desde la eternidad, o si no, no sería eterno. El Espíritu Santo en la Biblia confiesa al Espíritu como eterno: “…mediante el Espíritu eterno…” (Heb.9:14). Existen muchas confesiones sobre el Hijo en la Palabra, en relación a lo económico, con la administración, con la identidad del Hijo, y otras tienen que ver con su condición humana en humillación, en despojamiento. Pero es importante tener presente que las frases humanas que él habló en su despojamiento, no niegan lo que él es en su divinidad, solamente habla en su condición humana de despojamiento. Y esas frases no son contrarias, sino complementarias a las de su divinidad. No debemos quedarnos sólo con aquellas palabras que nos muestran a Jesús despojado de su condición gloriosa, encontrándose como hombre delante del Padre, así como lo han hecho los llamados Testigos de Jehová. Éstos vienen a decirnos a nuestras casas solamente lo que habló Jesucristo en su despojamiento y en su humanidad, sin mostrar también lo que el Padre ha dicho del Hijo, lo que el Hijo dice de sí mismo, lo que el Espíritu dice por los profetas en el Antiguo Testamento, y por los apóstoles en el Nuevo Testamento acerca de la divinidad del Hijo. Isaías, en el capítulo 7, dice: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is.7:14). Esto sí que es una señal, porque una doncella que no sea virgen conciba no es ninguna señal, más bien es lo normal, pero si una virgen concibe, esa sí que es una señal. Y ¿quién es el Hijo de la virgen? Dios con nosotros. Luego sigue hablando de ese Hijo, en el capítulo 9: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is.9:6). ¿Quién es ese Hijo, ese niño que vino a estar con nosotros como hombre? El mismo Dios. El propio Padre vino a morar en el Hijo. No dejó solo el Padre al Hijo, pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo. Ese niño Admirable, Consejero, no era cualquiera, porque ese niño era Dios con nosotros. Por eso, el mismo testigo Isaías dice: “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará” (Is.35:4). ¿Quién nos salvará? ¿Quién será nuestro salvador? Dios mismo. “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo…” (Is.35:6). Cuando Juan el Bautista tambaleaba un poco según el hombre exterior, mandó a preguntar: “¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” (Lc.7:19). Y ¿cómo responde a esto Jesús? “En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista” (Lc.7:21). El Señor Jesús hizo lo que Dios haría cuando él mismo viniera a salvarnos. Y dijo: “…Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído (…) y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí” (Lc.22-23). Juan el Bautista ya había tenido claro esto, pero es que en el hombre interior lo sabemos, pero en el hombre exterior, dudamos. Hay una diferencia en conocer con el Espíritu, y el conocer con la carne. En el Espíritu, adentro, sabemos que es de Dios, pero con el de afuera viene el diablo y hace dudar. Hay que andar en el Espíritu, y conocer según el Espíritu, porque la Unción nos enseña todas las cosas; pero cuando estamos en la carne existe el sí y el no al mismo tiempo. En el Espíritu le podemos decir “amén” al Señor, así como María le dijo, porque ella no sabía cómo iba a dar a luz siendo virgen, pero ella creyó. “…hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lc.1:38). Cuando decimos “amén”, la palabra cimienta, y engendra un nuevo nacimiento, una nueva creatura. Entonces ese niño, ese varón perfecto, comienza a formarse en el vientre de la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia, por el amén a Dios, por el conocimiento interior del Espíritu. Entonces Juan, cuando andaba según el Espíritu que estaba sobre él, en el vientre de su madre, todavía no en él, pero sí sobre él, aún en el vientre de su madre, el Espíritu vino sobre él y lo acompañó todo el tiempo. El otro Juan, el apóstol, al inicio de su evangelio, dice que cuando le preguntaban a Juan el Bautista las siguientes preguntas: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo” (Jn.1:19). Algunos decían que él era el Cristo, y aún hasta hoy hay un grupo en Irak, los mandeos, que dicen que Juan el Bautista era el Cristo. Luego, le preguntaron a Juan si él era Elías o un profeta, a lo cual Juan responde a ambas con una negativa. Pero Juan dice de él: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino de Señor, como dijo el profeta Isaías” (Jn.1:23). Y esa es la profecía que está aquí en Isaías 40: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios” (Is.40:3). Continúa diciendo Juan el Bautista: “…el que viene después de mí, el que es antes que mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado” (Jn.1: 27). Juan sabía que Juan el Bautista era esta voz que clama en el desierto, pero esta voz le preparaba camino al propio Jehová, nuestro Dios. Enderezaba calzada en la soledad a nuestro Dios, porque detrás de Juan el Bautista venía Dios. ¿Nos damos cuenta a quién era que venía anunciando Juan? Pues Dios mismo; por eso Juan se sentía indigno de desatar las sandalias. Ahora veamos otro testigo, a Jeremías con una profecía acerca del Mesías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jer.23:5). ¿Quién es este renuevo de David? ¿Acaso no es el Mesías? “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado (especialmente cuando reciba al Mesías y comience el Milenio); y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jer.23:6). Entonces, ¿quién sería el Mesías? Jehová nuestra justicia; dice que así le llamaríamos. Ezequiel es otro testigo; se dice que: “…en boca de dos o tres testigos conste toda palabra” (18:16). En tal caso llamamos a Isaías, Jeremías y ahora a Ezequiel. El testigo Ezequiel vio la gloria de Dios, y la describió en el capítulo 1, describiéndola hasta el final del primer capítulo: “Y cuando se paraban y bajaban sus alas, se oía una voz de arriba de la expansión que había sobre sus cabezas. Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él” (Ez.1:25-26). Este es el prototipo, la imagen del Dios invisible. Cuando Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Gn.1:26). Este era el modelo para hacer al hombre, este “antes” de la encarnación era el modelo para que el hombre fuera hecho a su imagen y semejanza, y la imagen del Dios invisible es el Hijo. “Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor” (Ez.1:27). Podemos recordar en Hebreos, cuál fue la primera palabra del canto que el Señor dio a cantar al inicio de esta reunión: “…siendo el resplandor de su gloria…” (Heb.1:3). El autor del Nuevo Testamento había leído a Ezequiel; el Espíritu Santo le hizo usar el lenguaje de Ezequiel. “Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, (aparecía en el trono de Dios en Apocalipsis) así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba” (Ez.1:28). “El que hablaba” era el prototipo en función de quien Dios hizo al hombre, de la gloria de Dios, del resplandor de su gloria. Él es el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia, como dice Hebreos. Hemos visto tres testigos, pero hay un postre. En Zacarías, vamos a leer algunos versículos. Primero, fijémonos quién comienza a hablar aquí: “Así a dicho Jehová mi Dios…” (Zac.11:4). Es el mismo Jehová quien empieza a hablar aquí. Y ¿qué dice Jehová Dios? “…Apacienta las ovejas de la matanza, (…) Por tanto, no tendré ya más piedad” (Zac.11:6). ¿Quién no tendrá más piedad? Jehová. “Apacenté, pues,…” (Za.c11:7). Esa es la persona de Jehová. “Y destruí…” (Zac.11:8), “Y dije:…” (Zac.11:9), “Tomé luego…” (Zac.11:10). Luego dice: “Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! (Zac.11:12-13). Jehová dice: - me han apreciado- ¿A quién apreciaron por treinta piezas de plata? A Yahvéh Elohim. ¿Quién era, entonces? Jesús, el mismo Dios ¿Nos damos cuenta? Era el mismo Dios. Y luego, si seguimos leyendo, lo mismo pasa en el capítulo 12, en el principio donde dice: “Profecía de la palabra de Jehová acerca de Israel. Jehová, que extiende los cielos y funda la tierra, y forma el espíritu del hombre dentro de él, ha dicho; He aquí, yo pongo a Jerusalén…” (Zac.12:1-2). Este “yo” es Jehová quien sigue hablando en el verso 4: “En aquel día, dice Jehová, heriré…” (Zac.12:4). ¿Quién es este Dios? Jehová; ¿Quién herirá? Jehová. “En aquel día pondré…” (Zac.12:6). Y sigue hablando el Señor, diciendo: “Y en aquel día yo procuraré destruir…” (Zac.12:9). “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron…” (Zac.12:10). Desde el principio viene hablando Jehová. ¿Quién derramará? ¿A quién traspasaron? A Jehová, pero venía como un niño, que creció en sabiduría, en gracia, que fue probado como un hombre, pero era el propio Dios, la persona divina que se hizo también humana. “…y mirarán a mí, a quien traspasaron” (Zac.12:10). Esta expresión es del Hijo unigénito. Jehová usó esa expresión, y no fue un invento de alguna teología. El propio Dios había usado estas palabras, y eso es lo que está usando Juan en su evangelio, lo que el mismo Señor Dios habló. Entonces, el Espíritu Santo, por boca de los profetas, confesó de antemano la divinidad del Mesías, del Hijo de Dios, y en el Nuevo Testamento, los apóstoles. Ya hemos mencionado bastante a Juan; por lo tanto, veremos ahora a Pedro. También tenemos a tres testigos en el Nuevo Testamento. “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra:…” (2P.1:1). ¿Cómo le llamó Pedro a nuestro Señor Jesucristo? Le llamó nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y esa es la confesión de la Iglesia, es la roca firme en la cual estamos, en las manos de este que también es hombre y Dios, y hombre que murió, resucitó, ascendió y envió a su Espíritu. ¿Nos damos cuenta? Nuestro Dios y Salvador Jesucristo. ¿Lo podemos confesar? La misma confesión que hizo Juan, la hace Pedro, y también la hizo Pablo al escribirle a Tito: “…aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo…” (Tit.2:13). Esta es la confesión de Pablo, y la de Pedro, que Jesucristo es nuestro gran Dios y Salvador, además de hablar de la manifestación gloriosa y bienaventurada. Si volvemos al Antiguo Testamento, podemos leer: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos…” (Zac.14:4). ¿Quién es el que vendrá a poner los pies en el Monte de los Olivos? Aquel que viene a poner los pies con todos los santos en el Monte de los Olivos es Jehová, el mismo Dios. “…y vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos” (Zac.14:5). ¿Quién fue el que ascendió desde el monte de los Olivos? “…dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando el cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch.1:9,11). El que ha sido tomado de vosotros, como hombre resucitado, y no como un fantasma, sino como hombre y Dios, ascendió en las nubes, y fue a la diestra del Padre. Ya tenemos el testimonio de Juan, Pedro y Pablo, y seguiremos también con Romanos, viendo solamente lo esencial: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Ro.9:3-5). Decimos “amén” con Pablo, con el Espíritu Santo. Es esta la confesión en boca de dos o tres testigos, y el postre está con Tomás, en el evangelio de Juan: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn.20:29,29). ¡Gloria al Señor! Ahí está la confesión del Padre, Del Hijo y del Espíritu Santo, por mano de los profetas y de los apóstoles en el Antiguo y Nuevo Testamentos; esa es la fe de la Iglesia acerca de la divinidad del Hijo, pero hemos visto también la persona del Hijo. Ahora, la tercera palabra de divinidad y persona es “teofanía”. Teofanía significa “las apariciones de Dios”. Cuando Dios se aparecía, esa era una teofanía. La Escritura dice que: “Nadie ha visto jamás a Dios” (1ª Jn.4:12). Pero, por otra parte, también dice que: “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara” (Ex.33:11). Hay muchas apariciones de Dios, pero esto no quiere decir que sean contradicciones. Cuando la Palabra dice que a Dios nadie le ha visto jamás, se refiere a la plenitud de su gloria. Aunque Dios hablaba cara a cara con Moisés, él tenía que retener su gloria, revelándole solo un poco, para que Moisés no muriera. En la Biblia, las apariciones de Jehová, sus teofanías, como el mensajero, eran el Verbo antes de su encarnación. “Rodéate ahora de muros, hija de guerreros; nos han sitiado;…” (Mi.5:1). Eso fue Jerusalén, porque rechazaron al Mesías fueron sitiados. “…con vara herirán en la mejilla al juez de Israel” (Mi.5:1). Aquí está parte de los sufrimientos del Mesías. “…pequeña para estar en las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2). Está hablando de atrás para adelante, como a veces sucede en las películas cuando empiezan por el final y luego van retrocediendo, y así fue en este pasaje. Sus salidas, son las salidas del que sería el Mesías, y son desde el principio. Dios nuestro Padre, el Dios invisible tenía que revelarse. Entonces, él enviaba al Mensajero de Su Faz, que es el Hijo, el Verbo, antes de la encarnación. Las apariciones de Jehová son teofanías, donde no se presenta con toda su gloria, sino se retiene. El mismo Mesías, el que nació en Belén, el que fue herido, ya había salido desde el principio. Es decir, que a lo largo de todo el Antiguo Testamento las apariciones de Dios son las teofanías del Verbo de Dios que después se hizo carne. Lo que pasa es que a veces nosotros nos confundimos con la palabra “ángel”. La palabra ángel es un nombre que se refiere a oficio, y no a naturaleza. La palabra ángel simplemente significa mensajero. Si vamos a decir “mensajero” en griego, se dice angelos, y si lo decimos en hebreo es malak; entonces malak y angelos, o ángel, significa “mensajero”. Hay mensajeros que son de naturaleza angelical como Gabriel, o mensajeros que son de una naturaleza humana. Y la Biblia, incluso si leemos el Nuevo Testamento, cuando Jesús envió ciertos discípulos a prepararle camino o la mesa para celebrar la Pascua, dice que envió mensajeros, pero no eran los ángeles celestiales con alas, sino sus discípulos a los que él envió. El Angel de Yahvé no es un ángel creado, sino que es el Mensajero del Padre, usando la palabra ángel sólo como el oficio del Hijo eterno de Dios. Para ver eso, vamos a Éxodo: “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová…” (Ex.3:1,4). Entonces, el que estaba en la zarza como el Angel de Jehová, era el Hijo, como una teofanía divina, no en toda su gloria, ya que así nadie le ha visto jamás, pero aquí hablaba con Moisés cara a cara. “… y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido…” (Ex.3:4,8). Esta es una aparición económica de Dios. Dios es omnisciente y no tiene que subir, ni bajar, pero en sus apariciones, en sus trabajos, el habla de esta manera: “He descendido”; es decir, era una aparición teofánica de Dios. Era el Mensajero de Dios, el mismo Hijo de Dios, que viene a representar a su Padre. Sus salidas son desde el principio, del que sería el Mesías. Él ya había venido varias veces, y ésta que vemos en Éxodo fue una de esas veces, y una muy importante. “… y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, (…) El clamor, pues, De los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión (…) Ven, por tanto, ahora, y te enviaré (…) Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? (…) He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a moisés: YO SOY EL QUE SOY” (Ex.3:8,14). EL QUE SOY es el Dios invisible, es el Dios que se conoce y se revela, pero Yo soy es la imagen del Dios invisible, el Hijo, el mensajero de la faz de Dios, una teofanía divina, una de las salidas del Verbo antes de la encarnación. “Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros (…) Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos. Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me apareció diciendo…” (Ex.3:15,16). ¿Quién era el Ángel de Jehová? Jehová, quien le apareció a Moisés diciendo que el Dios de Abraham, Isaac y de Jacob es el mensajero de Dios, el Ángel de Jehová. Cuando Agar está llorando, después de ser afligida por Sarai, y de haber huido de ella, se le aparece el Viviente que ve, y dijo: “… ¿No he visto también aquí al que me ve? (Gn.16:13). Este es el mismo Dios apareciéndose en una teofanía, es el Verbo como el Mensajero de Jehová. Dios se revela en la medida de la persona a tratar. A él nadie le vio jamás en toda su gloria, pero el Hijo es el que lo mostrará en su gloria cuando él venga. También en Éxodo aparece otra teofanía, y vamos a verla: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado” (Ex.23:20). Ese “yo” es la persona del Padre, y ese Mensajero de su Faz es la persona del Hijo. “Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonara vuestra rebelión, porque mi nombre está en él” (Ex.23:21). Dios le puso a su Mensajero su propio Nombre. ¿Nos damos cuenta? Ahora, sigamos a este Ángel, a este mensajero de la faz de Dios, y vamos al libro de Jueces y veamos cómo habla el Ángel de Jehová: “El ángel de Jehová subió de Gilgal a Boquim, y dijo: Yo os saqué de Egipto, y os introduje en la tierra en la cual había jurado a vuestros padres, Diciendo: No invalidaré jamás mi pacto con vosotros, con tal que vosotros no hagáis pacto con los moradores de esta tierra, cuyos altares habéis de derribar; mas vosotros no habéis atendido a mi voz. ¿Por qué habéis hecho esto? Por tanto, yo también digo: No los echaré de delante de vosotros, sino que serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero. Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a todos los hijos de Israel, el Pueblo alzó su voz y lloró. Y llamaron el nombre de aquel lugar Boquim, y ofrecieron allí sacrificios a Jehová” (Jue.2:1-5). El mismo que dijo: “Mi Nombre está en él”, Él los introducirá, y “Yo os introduje”, fue el que los acompañó todo el tiempo, viéndolo Moisés; lo mismo que vio Agar, lo vio Abraham, Isaac, Jacob, y Job desde un torbellino. “Yo, yo hablé, y le llamé y le traje; por tanto, será prosperado su camino. Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu. Así ha dicho Jehová, redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te encamina por el camino que debes seguir (Is.48:15,17). Así habla Dios, y habla de la Trinidad; Yo hablé, y me envió Él, y su Espíritu. Allí está la Trinidad, y el Yo que habla es el Hijo, el que lo envió es el Padre y su Espíritu. “Porque dijo: Ciertamente mi pueblo son, hijos que no mienten; y fue su Salvador. En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó…” (Is.63:8-9). ¿Quién fue el que los salvó? El Ángel de su Faz, el mensajero de la faz de Dios, la imagen del Dios invisible, el representante, el testigo fiel y verdadero de Dios. “He aquí, yo envío mi mensajero el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Mal.3:1). Estas apariciones son las salidas del que sería el Mesías desde el principio hasta el fin; y si queremos ver que esta es la enseñanza del Nuevo Testamento, la enseñanza apostólica, debemos ir al Nuevo Testamento: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1ª Co. 10:1,4). ¿Quién era el Angel que los introducía a la tierra prometida, en el cual el Nombre Divino estaba en él? Era Cristo; por lo tanto, hay que ver esto de la teofanía, junto con lo de la persona, junto con lo de la divinidad, y junto con lo de la humanidad del Hijo. Para finalizar, es necesario ver a Zacarías. En este libro vamos a ver cómo Jehová habla como el Padre y cómo Jehová habla como el Hijo, y aun cómo en la misma Trinidad aparece Jehová enviando a Jehová. Ese Jehová que envía es el Padre, y el Jehová enviado es el Hijo. El Hijo siempre estuvo en la Biblia, sólo que la leemos muy rápido: “…y otro ángel le salió al encuentro, y le dijo: Corre, habla a este joven, diciendo: Sin muros será habitada Jerusalén, a causa de la multitud de hombres y de ganado en medio de ella. Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella. Eh, eh, huid de la tierra del norte, dice Jehová, pues por los cuatro vientos de los cielos os esparcí, dice Jehová. Oh Sion, la que moras con la hija de Babilonia, escápate. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos: Tras la gloria me enviará él a las naciones que os despojaron; porque el que os toca, toca a la niña de su ojo” (Zac.2:3-8). Este enviado es el Hijo, y el que lo envía es el Padre; el enviado es la teofanía de la encarnación, hablando del enojo de su Padre. “Porque he aquí yo alzo mi mano sobre ellos, y serán despojo a sus a sus siervos, y sabréis que Jehová de los ejércitos me envió” (Zac.2:9). El Padre Yahvéh es el que envía, y Yahvéh Hijo es el enviado, y los dos son Yahvéh. “Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová. Y se unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo, y moraré en medio de ti; y entonces conocerás que Jehová de los ejércitos me ha enviado a ti” (Zac.2:10-11). Oh Señor, qué misterioso es esto de hablar en primera y en segunda persona. El Hijo no hace nada por sí mismo, sino en el nombre del Padre, y se lo remite todo a él. Por otra parte, el Padre se lo remite todo al Hijo. Entonces, el Hijo es desde el principio el que aparece a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Por eso habla de: “…y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2). “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Él es el mensajero de su faz, el representante de Dios, es las apariciones teofánicas de Dios, pero no en toda la gloria. El Hijo de Dios conteniendo al Padre. El que se hizo hombre, y fue probado en todo, que venció, murió, resucitó, ascendió, y envió a su Espíritu, y que volverá en gloria.

LAS AFLICCIONES DE CRISTO POR SU CUERPO, Y EL MISTERIO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:21, Categoría: General

Las aflicciones de Cristo por su cuerpo, y el misterio. Pablo escribió a los Colosenses algunas expresiones preciosas, muy significativas en aquel tiempo, por medio del Espíritu de Dios prometido por él, y que el Señor Jesús en su humanidad también inspiró a Pablo, dentro de la obra del Señor en la tierra, para que nos hablara. Lo que el apóstol recibió del Señor, fue una encomienda sumamente importante. El pasaje que vamos a leer tiene un núcleo, en el cual presenta una visión general de Dios, sintetizada para nosotros. A veces el Señor inspira frases cortas, pero claves, y que nos dan una información general, ubicándonos dentro de los propósitos de Dios para nuestra vida. Esperemos que el propósito de Dios con nosotros sea el mismo propósito nuestro con Dios. Empezaba Pablo a decirles a los santos en Colosas lo siguiente: "Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros…" (Col.1:24). Ahora, esta es una frase extraña en el mundo, pero no es que Pablo sea masoquista y le guste el sufrimiento, sino que se goza en el sentido de sus padecimientos en vez de temerles. Y aunque a veces padecía, sin embargo, en medio de aquellos había gozo porque tenían un sentido; valía la pena haber caminado por ese camino estrecho, haber pasado por la puerta angosta. Él llegó a gozarse en las dificultades, en cosas que para la carne eran desagradables, pero que tienen un sentido y una recompensa eterna. "…y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia…" (Col.1:24). Es una frase profunda, que podría dar, quizás, en alguna ocasión a un mal entendido si la leemos descuidadamente. Pero lo que dice es que cumple en su carne lo que falta "de", y no que a Cristo le faltaron aflicciones. Pablo tenía que completar lo que Cristo no pudo consumar, no en el sentido de la obra del Señor Jesús, porque esta es una obra consumada, dicho por el propio Señor cuando estaba en la Cruz: "…Consumado es" (Jn.19:30), pagando el precio por nuestros pecados por su muerte. Pero a nosotros, como lo dice Pablo en otra parte, se nos ha concedido de Dios, y así lo debemos entender, como un gran privilegio, que "… a causa de Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él…" (Fil.1:29). El Señor nos confía algunas cosas que implican algunos pequeños padecimientos, que Pablo les llama "leves tribulaciones", y que no son comparables con el eterno peso de gloria que está reservado para nosotros. Pablo no se amedrentaba ante las dificultades, porque él sabía que no estaba solo, sino que estaba con el Señor, y que todo eso tendría un fruto. En muchas ocasiones, pareciera que la semilla, al caer en tierra, se viera pisoteada, o que está pudriéndose; pero eso solamente es un camino para apresurar la multiplicación de esa semilla. La semilla cae en la tierra y empieza el germen a brotar, empieza a surgir la plantita, multiplicándose los granos, y de un grano salen muchos otros. Por lo tanto, ese es el sentido del sufrimiento del que Pablo hablaba, y que se nos había concedido creer y padecer por Cristo. Aunque claramente Cristo padeció por nosotros, y llevó nuestros pecados, nuestros dolores, de los montos de los sufrimientos de Cristo se nos concede a nosotros un poquito. Y como vemos, a Cristo no le faltaron aflicciones paras redimirnos, pues la muerte de Cristo ha sido suficiente para salvarnos, pero a nosotros se nos ha concedido participar un poco si seguimos a Cristo, y si vivimos por él. Lógicamente, que va a haber una reacción del enemigo, además de que hay mucho mal en nosotros, y en nuestra carne, y en nuestro mundo; por lo tanto, hay que enfrentarlo, y eso a veces no es agradable. Cuando Pablo dice: "cumplo en mi carne", se refiere a su vida mientras estaba aquí en la tierra, "lo que falta de las aflicciones de Cristo", o sea, del monto de las aflicciones de Cristo, que de a poco se van cumpliendo también en nosotros – y en ese caso Pablo decía que cumplía en su carne de ese monto que le faltaba a Pablo experimentar. Nosotros debemos cumplir lo que nos falta de las aflicciones del Señor, pues él nos ha honrado permitiéndonos hacernos participes de esto, pues en nada son comparables con la gloria venidera. Pablo también dice una cosa curiosa, que hay que destacar: "las aflicciones de Cristo por su cuerpo". A veces hemos pensado que las aflicciones de Cristo, su muerte expiatoria, fueron solamente por el alma de cada uno de nosotros, para perdonarnos los pecados, y para no ir al infierno. Eso es una parte de la verdad; el Señor Jesús murió en la Cruz como el Cordero de Dios para perdonar nuestros pecados. Y eso está escrito en muchos lugares en la Palabra. Pero también hay otros versículos que muestran otros aspectos que realizó el Señor Jesús en su muerte, pues también murió para que nuestro viejo hombre fuera crucificado juntamente con él, y así no solamente para morir él por nosotros, sino para que nosotros, al estar unidos a él, y en unión con él, podamos también morir a nosotros mismos, y morir al pecado que hay en nosotros. Esa Cruz puede traer una pequeña aflicción a nuestra carne y a nuestra alma, pero significa una liberación para nuestro espíritu. Es muy importante lo que hemos visto en estas dos cartas de Colosenses y Efesios, que fueron escritas juntas, en el mismo periodo, y enviadas a dos Iglesias. Por eso son muy parecidas, y es interesante cuando en las Escrituras encontramos pasajes, porciones o cartas parecidas, o que podríamos llamar paralelas, porque esas porciones nos sirven para compararlas una con la otra y multiplicarse mutuamente el entendimiento unos a otros. Nótese que la muerte del Señor Jesús no tiene solamente una alcance individual, sino tiene un alcance corporativo. La Biblia dice que: "…y mediante la Cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo…" (Ef.2:16). Entonces, la Cruz nos reconcilia con Dios, y también nos reconcilia con nuestros hermanos, por medio de participar con Cristo, de ser perdonados por él, de vivir con su Espíritu, y además, vernos morir a nosotros mismos con su ayuda, en unión con él por la fe. Eso hace que descubramos el otro lado de la Cruz, ya resucitados en Espíritu, como un solo cuerpo. La Cruz es la puerta del cuerpo de Cristo junto con el Espíritu. Por medio de aquella puerta salimos del mundo, y salimos de debajo de la potestad de la tinieblas, siendo trasladados y plantados en el reino del amado Hijo de Dios. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en el cuerpo, nacemos en la Iglesia; por eso decimos que la Cruz tiene un alcance corporativo. Si no hubiera habido Cruz, no se hubiera presentado la Iglesia; por eso es interesante saber que lo objetivo de la Cruz no determina solamente el no ir al infierno, sino lo que Dios tiene planeado es darnos nueva vida. El objetivo de las tribulaciones es facilitar el objetivo final que es la formación de Cristo en nosotros. Así que no temamos a esas leves – recordemos aquella palabra "leves" aflicciones –, porque en nada son comparables con el peso de gloria. En el pasaje de Colosenses, se nos dice que el cuerpo de Cristo es la Iglesia. Generalmente, siempre surge la pregunta: ¿De qué iglesia eres? Universalmente, sólo tiene una, y todos los que somos hijos de Dios nacimos en ella. Nosotros no podemos cambiarnos de Iglesia, porque estamos por dentro de ella. Si nuestra unión fuera en torno a una organización, podríamos cambiarnos a otra, pero no se trata de cosas exteriores, sino se trata de nacer en el reino de Dios, nacer por el Espíritu, y nacemos dentro de la Iglesia. No necesitamos afiliarnos a alguna cosa, hacer algún pacto nuevo o especial acerca de algo, porque simplemente al recibir al Señor de corazón, ya nacimos de nuevo dentro de la Iglesia, y somos miembros del cuerpo de Cristo. Por lo tanto, valga la redundancia, somos hermanos de todos los hermanos, aun de aquellos que no entiendan bien el asunto de la Iglesia, pues no es algo que se entiende de golpe, ni al principio. Esta Iglesia, para tenerla en unidad y en gloria, fue la razón para que el Señor pasara por la cruz. Por eso, la Palabra nos dice: "…por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreció el oprobio…" (He.12:2). El Señor vio lo que era tener una Iglesia en gloria, vio muchos hijos e hijas en gloria; vio a la familia celestial reinando con él en todo el universo, porque él es heredero de todas las cosas; y su esposa, que es la Iglesia, su compañera, su coheredera, consistente e íntima, con la cual él se goza en lo que el Padre le dio. Él tiene un gozo con la Iglesia, y el Señor sabía que tenía que pasar las aflicciones por ella, por sufrimientos que ni siquiera nos lo imaginamos, porque nosotros vemos lo de afuera, lo físico, pero para él, la segunda persona de la Trinidad, ser separado del Padre, recibir juicio de pecador como si él lo fuera, y sentirse abandonado por el Padre, es realmente un sufrimiento, y peor que cualquier otro. Sólo él sabe lo que significa haber pasado por lo que él pasó. En cambio nosotros, pasaremos por cosas menores, pero sustentados por el Padre, porque él está con nosotros. El Espíritu de gloria reposa cuando estamos en las más mínimas pruebas. Ahora nos encontramos en estas mínimas pruebas, pero en la gloria. Así que llenemos nuestro corazón con una alegría infinita, sin importar lo que esté sucediendo afuera, ya que estamos bajo el Espíritu de gloria. En el caso del Señor, aquel clamor de aflicción, no era ningún "teatro", porque no hay nada más desgarrador que por lo que él pasó, sintiendo que era una condenación eterna, diciendo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt.27:46). Nosotros no conocemos lo que es el sufrimiento, y sin embargo, él lo tuvo como pequeño, por el gozo que tenía puesto delante de él, por el gozo de salvar para sí una esposa de millones de hijos, y de hijas, de todas las tribus, de todas las razas, de todas las lenguas, y de todas las naciones. Por lo tanto, no vamos a vivir cualquier clase de vida, porque nuestro Padre es el mejor Padre que existe y tenemos que ser como es él. Nuestro Padre sabe cómo quiere que seamos, y a veces nos tiene que corregir, o no sería realmente un Padre, y el mayor bien que puede hacernos es darnos su propia vida, hacernos como él, y que participemos con él guardando sus obras. Qué precioso es que Dios quiera hacer las cosas con nosotros, y que nosotros hagamos las cosas con él. El Padre ama al Hijo, y le muestra las cosas que hace, para que el Hijo las haga igualmente. La muerte del Señor fue suficiente, y fue una obra consumada, pero él le concedió el honor a Simón de Cirene de cargar la cruz un poco (Mt.27:32). Aunque no se puede comparar la Cruz del Señor con la carga que hizo Simón de ella, pero esto está simbolizando que el Señor nos está pidiendo lo mismo a nosotros. La Iglesia tiene que salir de su comodidad, salir de las cosas en las cuales uno siempre quiere estar, porque uno siempre busca lo fácil, y muchas veces el Señor requiere una Iglesia que esté dispuesta a pasar por estas pequeñas molestias que no son nada, pero que a la vez son una honra. ¿O acaso creemos que las cicatrices del Señor Jesús no son ahora una honra para él? Si no fuera de esta forma, posiblemente cuando resucitó las hubiera desaparecido. Entonces, cualquier bobería que pasemos por el Señor es nuestra honra, y nuestro privilegio; y hay que estar dispuestos por amor al Señor a lo que él nos pida. Por lo demás, él nunca nos va a pedir algo más de lo que podemos soportar, porque nunca podremos hacer cosas por nuestra sola fuerza. De pronto, nos damos cuenta de que si hemos podido cooperar con el Señor, fue por la ayuda sobrenatural de él, y nos sostenemos naturalmente por la gracia. La obra del Señor se realiza poniéndose en el altar de Dios, cumpliendo en nuestra carne las aflicciones de Cristo, concediéndosenos honra y privilegio como el de Simón de Cirene. Entonces, cada uno de nosotros considerémonos honrosamente como un pequeño Simón de Cirene. Para que la Iglesia sea edificada debemos estar dispuestos a ponernos en las manos del Señor, a perder ciertas comodidades, y debemos hacerlo con alegría, no pensando en que estamos haciendo demasiadas cosas. Nada de eso; por lo demás, cuando María quebró el vaso de alabastro sobre Jesús, Judas decía que había sido un desperdicio, pero Judas no estaba en lo correcto, porque el Señor es digno, y no sólo de uno, sino que todos los vasos de alabastro se quiebren a sus pies. El Señor murió para tener una Iglesia gloriosa, y murió por nuestros pecados; por lo tanto, esas aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia, se han cumplido en Pablo, y en nosotros, cooperando por lo que Cristo murió. De tal manera que él, por su muerte, tiene derecho a casarse con una Iglesia gloriosa. "…de la cual fui hecho ministro…" (Col.1:25). Aquí vemos la continuidad de los versos de Colosenses, comenzando con las palabras "de la cual", refiriéndose a la Iglesia. Luego, cuando Pablo usa la palabra "ministro", no lo dice como lo podemos entender nosotros, sino muy por el contrario, él lo dice como si fuera un sirviente. Pablo nos habla de aflicciones, de servir, y no exaltarse a sí mismo, sino que exaltar a los otros y ponerse a disposición de ellos por amor del Señor. "…según la administración de Dios que me fue dada…" (Col.1:25). Hay una administración de Dios y que ha sido encomendada a cada uno; hay algo en esa tarea que cada uno de nosotros debe realizar, para cumplir el propósito y que Dios tenga a la Iglesia gloriosa. Para eso estamos en la Tierra, para vivir principalmente para nuestro Señor, y no vivir solamente para lo nuestro. "De Jehová es la tierra y su plenitud… El mundo, y los que en él habitan" (Sal.24:1). Así lo dice el salmo, y lo repite el Nuevo Testamento, pero a él no le gusta contar con todo eso, sino con lo que nosotros voluntariamente le devolvemos. El Señor es dueño de la tierra, de nuestras pertenencias, de todo lo que somos, y de lo que tenemos. Pero el Señor no quiere usarlo forzadamente, pues quiere hacer lo más alto, que es tener un santuario. Así como Dios le dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diera de su voluntad, de corazón…" (Ex.25:2). Estas palabras nos muestran que hay que darle al Señor lo que él pide, para lo que él quiere, y no lo que a nosotros nos sobra o lo que nosotros queremos dar. El Señor merece tener lo que él quiere, solo que él no quiere tomarlo a la fuerza. El Señor quiere tener una familia, y estar rodeado de los hijos. Dios dice: "Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" (Ex.25:8). Aquel santuario es una casa, es una familia de Dios. Dios quiere que su familia sea un ejemplo para toda la tierra, y que muchas personas más ingresen en su familia, porque él quisiera que todos los hombres fueran salvos, y que ninguno perezca. Pero él no hace esto a la fuerza, pues ¿qué alegría sería para Dios forzar al hombre? Si alguien no quiere ir a Dios, él lo va a dejar libre; y como dice la Palabra: "…el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida…" (Ap.22:17). O sea, las cosas con el Señor son así: "el que quiera". El Señor es dueño de todo, pero como decíamos anteriormente, sólo es honrado de una manera especial, y él le llama "tesoro especial" a aquellos que le aman. Y este tesoro especial es la Iglesia y ese es su servicio, de los hijos y de las hijas de Dios, voluntario, alegre y espontáneo, que no está reclamando, sino que le sirve. Entonces, las aflicciones del Señor son para tener a la Iglesia, y se nos concede también a nosotros un pequeño monto de colaboración con Cristo, en aquellas pequeñas dificultades. Por eso es que hay que servir a Dios en espíritu, y entender que él está aquí colaborando para que nosotros invirtamos nuestra vida en servirle, porque es un desperdicio usar la vida en otra cosa que no sea el Señor. Hay una lamentación inmensa por aquellas personas a las que se les acabe el tiempo para el Señor, y llegue el momento de presentarse con las manos vacías, diciendo que se ocupó durante toda su vida solamente en tonterías, y perdió el tiempo, sin colaborar a Dios con nada. En ese momento, habrá llanto, crujir de dientes, y habrá vergüenza. Retomando la Palabra, ahora nos dice para lo que fuimos hechos: "…ministro (servidor), según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros…" (Col.1:25). Empezamos a entender un poco ese servicio. Aquel "vosotros" son los hermanos, los miembros de la Iglesia, y Dios da una administración para esta razón: "…para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios…" (Col.1:25). Fijémonos que aquí el apóstol dice otra expresión interesante. Pablo podría haber dicho solamente: "Para anunciar la palabra de Dios", pero el Espíritu Santo no lo dejó decir esto de una forma incompleta, sino que utiliza la palabra "cumplidamente". No es la primera vez que Pablo habla en estos términos, ya que les dice a los tesalonicenses, que oraban por ellos, recordándolos, y para poder volver a Tesalónica a completar la fe de los santos, aunque ya los santos tenían fe. De hecho, el mismo Pablo da testimonio de ellos diciendo: "Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor…" (1ª Ts.1:8). Así que cuando Pablo llegaba a evangelizar, los hermanos en Tesalónica ya se habían adelantado. Pablo sabía para qué existe la Iglesia y cuál es su llamamiento, el cual no solamente es no ir al infierno. Pablo sabía que la fe de la Iglesia debía ser completada. Veamos la expresión de esto, en Primera de Tesalonicenses: "¿…orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe?..." (1ª Ts.3:10). El misterio de la fe tiene un contenido completo, y la iglesia en Tesalónica tenía fe, amor, era misionera, pero Pablo sabía que no tenía el depósito completo de la fe, entonces él oraba para que la fe de la Iglesia fuera completa. Podemos comprender, por lo tanto, por qué dice anunciar "cumplidamente la palabra de Dios". La palabra de Dios tiene un monto, tiene un contenido, un fundamento, una edificación, una culminación. Lo que el Señor está queriendo de la iglesia, es que ésta reciba el misterio de la fe de manera completa, que la Iglesia reciba la misión de Dios, que sea una con la misión de Dios y su visión celestial. Además de ser siervos del Señor, él también quiere que seamos amigos. El Señor nos dijo que ya no nos va a llamar siervos, sino amigos, y nos dio la razón de esto: "porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Jn.15:15). El siervo no sabe lo que hace su Señor, pero el amigo sí lo sabe. Entonces, el Señor quiere que sus siervos también sean sus amigos, que sepamos qué es lo que el Señor está haciendo, para dónde se dirige, y cómo colaborar eficazmente con Dios, sin dar vueltas y vueltas en las miserias, sino que le colaboremos, así como Pablo lo hacía. A este apóstol se le había dado la administración, y se le había encomendado anunciar cumplidamente la palabra de Dios, orando de día y de noche. Por eso, Pablo no hablaba de manera descuidada la Palabra Dios. El Señor le ha encomendado a la iglesia, mucho más que sólo Proverbios, o las genealogías – aunque todo eso es parte de la Palabra; pero podemos decir que son una especie de "tuercas" que tienen su lugar, pero que contribuyen a la visión global. Sin embargo, a veces la Palabra de Dios es compuesta, y no la vemos en su forma cumplida. Por ejemplo, tenemos una de estas tuercas que acabamos de nombrar, y nos gusta algún Salmo, o aquel Proverbio, pero todas esas piezas forman el motor, y deben estar armadas para funcionar. De esta misma manera es la Palabra de Dios, que está formada por muchas cosas, pero todas tienen que estar en su lugar, porque si tenemos sólo algunos proverbios favoritos, o algunos Salmos, o también, como algunos, que les gusta el Apocalipsis, pero no vemos el asunto esencial de la Palabra de Dios, entonces todavía no estamos teniendo la fe completa. Nosotros somos la iglesia y debemos tener esa comunión divina que se le ha dado. La iglesia debe saber para qué está aquí, y en qué consiste el plan eterno de Dios, de dónde viene y hacia dónde va, y cómo cooperamos con el Hijo, mirando derecho al centro para no estar pendientes de multitud de modas. Porque de repente llega la moda de pedir dinero, o danzar con banderas, y nos preguntamos si será eso lo que predicaba Jesús y los apóstoles. No queremos estar en espíritu de crítica, pero también hay que decir la verdad. Dejemos a cada cual en su camino, pero dejemos que nuestro camino sea el del señor. Entonces, se nos dice esto que Pablo ha llamado "el anuncio cumplido de la Palabra de Dios". Pero esto es solamente un versículo – y claro que todo eso tiene su lugar, y hay que predicar de todo. Lo que queremos decir es que tenemos que agarrar esas tuercas, ponerlas con sus tornillos, y armar el motor. A esto nos referimos, a ver el asunto de la Biblia, ver cuál es la clave de la Biblia, cuál es el tema; porque podemos ver que aparece el lavar los pies, o que los hombres se corten el cabello y las mujeres no, y claro que esto está en la Biblia, pero ¿ese es el tema de la Palabra? O ¿cuál es el tema de Romanos? ¿Cuál es el tema de Juan? ¿Cuál es el tema de Juan con Romanos? ¿Cuál es el tema del Nuevo Testamento? ¿Cuál es el tema del Antiguo Testamento? ¿Cuál es el asunto? Eso es lo que Pablo a continuación da a resumir, aunque lo dice en un solo versículo. Regresemos a Colosenses, diciéndonos que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, y luego nos viene a dar como una explicación de eso: "…el misterio…" (Col.1:26). Por lo tanto, ¿cuál es la palabra cumplida de Dios? Es un misterio, y que debe quedar al descubierto. "…el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos…" (Col.1:26). La revelación del misterio de Cristo es la llave de toda la Biblia. Efesios, junto con Colosenses, nos hablan del misterio de Cristo, y también nos dan la llave de este misterio de Cristo. La llave de toda la Biblia, lo que abre la Palabra, lo que conecta todas las tuercas con todos los tornillos, y que ha sido ahora manifestado a sus santos, es decir a nosotros, es el misterio revelado de Cristo. "….a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles…" (Col1:27). Dios, desde Génesis hasta Apocalipsis, nos habla de un asunto importante, y es lo que nos dice aquí con estas palabras "dar a conocer". Dios quiso dar a conocer a los santos las riquezas, la gloria y el poder de este misterio de Cristo, dentro de los gentiles, o sea, entre los mapuches, entre los guaraníes, entre los cubanos, chinos, colombianos, etc. Y ¿cuál es el misterio? ¿Cuál es la clave? ¿Cuál es el anuncio cumplido de la palabra? Aquí lo dice: "…que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col.1:27). Estas palabras son la llave de toda la Biblia, la que nos abre todo lo que está desde Génesis hasta Apocalipsis. Cristo en vosotros la esperanza de gloria. Sólo en una palabra: "Cristo", encontramos la Trinidad, la divinidad del Hijo de Dios, su personalidad, su relación de Hijo con su Padre, como Mesías. Aquí está toda la profecía, toda la misión, toda la función del Hijo en su divinidad, y ahora en su humanidad. Encontramos su despojamiento, su encarnación, la humanidad, sus funciones sacerdotales y de profeta, al igual que Moisés, pero con el mensaje definitivo, porque el de Moisés era provisorio, hasta el tiempo de reformar las cosas, pero Cristo es la palabra última de Dios. ¿Nos damos cuenta de todo lo que está debajo de la palabra "Cristo"? El tesoro de la Iglesia es el testimonio que nosotros tenemos, y es el testimonio que debemos dar. Dios ha puesto en nuestras manos lo más rico, y lo ha reservado a la Iglesia. Muchos pueden estar hablando en las universidades de átomos, o pueden estar hablando de edificios, de ingeniería química, o de psicología analítica, pueden estar hablando de muchas cosas, pero cuando terminen todo, se van a ir al infierno. No es que esté mal ocuparse de esas cosas, pero no son lo central. Pero a nosotros se nos ha confiado lo más importante. El mundo no quiere a la iglesia, pero Dios sí la quiere. Para eso estamos aquí, porque Dios quiso manifestar a los santos las riquezas de la gloria de este misterio; esto que está aquí tan resumido. Estas riquezas de la gloria, hay que abrirlas como una cajita y empezar a sacar el botín de Dios, y solamente estamos en la primera palabra. Ahora, después de Cristo dice: "en" y "vosotros". Dos letras con tan grande significado, pues no es solamente Cristo en sí mismo. Dios es rico en sí mismo, pero además, él quiere compartir esta riqueza. Dios es rico para con los que le invocan, y quiere traspasarnos lo que es de Él. Entonces, Cristo "en" nos habla de la economía divina, de la manera cómo Dios se administra a sí mismo a los suyos. Cristo "en" es el Cristo de la Trinidad, de la eternidad, el Cristo del propósito, y del plan de Cristo de la creación, el Cristo de la revelación, el Cristo de la redención, el Cristo del reino, el Cristo del juicio, de la Nueva Jerusalén, y del Cielo Nuevo y de la Tierra Nueva, y es el mismo Cristo que quiere pasar a vivir en la iglesia. Es el mismo Cristo, pero administrado, fluyendo, circulando, otorgándose. Ahora, Cristo en "vosotros"; y podemos decir que muchas cosas caben en esa palabra, pero podemos asegurar que estamos nosotros, todos los hermanos reunidos, nuestros espíritus individuales están ahí, incluidos en "vosotros"; y nuestra alma también, junto con nuestra mente y todos sus pensamientos, emociones y sentimientos. Ahí está toda la antropología, en la palabra "vosotros". A raíz de esto podemos preguntarnos: ¿Cómo el Cristo Hijo de Dios pasa a formase dentro de nosotros? ¿Cómo se administra? ¿Cómo se mueve dentro del espíritu, en nuestra alma y en nuestro cuerpo? De todo eso habla la Palabra de Dios, y todo está escondido en esta frase: "Cristo en vosotros". Es ahí donde están todas las Iglesias, las que existen, las que van a existir, y las que existieron, en lo local y lo universal. Ahí está todo el cuerpo de Cristo. Es decir, ahí está la Iglesia gloriosa, toda eclesiología. Cristo en vosotros, como a lo largo de la historia en XXI siglos, el Señor se ha ido formando en la Iglesia, y la Iglesia ha ido creciendo en el Señor, de gloria en gloria, de revelación en revelación. ¿O acaso no dice eso en la Escritura? "…de su plenitud tomamos todos…" (Jn.1:16). La incorporación de Cristo a lo largo de la Iglesia, es como un bebé creciendo en el vientre de su madre, como el hijo varón formándose en la mujer, que es una figura de la Iglesia. Y luego la Palabra nos dice: "…la esperanza de gloria,…" (Col.1:27). Si en la palabra "vosotros" está toda la antropología, y está toda la psicología, y toda la eclesiología, en la palabra "esperanza" está toda la escatología. Esa palabra "esperanza", es el propósito eterno de Dios, y no lo saben los científicos, no lo saben los académicos, sino que lo saben los santos. Los otros no saben para dónde van, ni para qué fueron creados. ¿Será que el hombre fue creado para que muera y se acabe? ¿Será para eso que Dios hizo tan maravillosamente al ser humano, para que se vaya al polvo de la tierra otra vez? La Biblia no es una tragedia, sino un romance; aunque si hubo tragedias en ese romance, pero prevaleció el amor del Señor. Y ahora dice: "…a quien anunciamos…" (Col.1:28). ¿A quién anuncian? Al Cristo glorioso, al Cristo de la divinidad, de la eternidad, al de la encarnación, de la redención, del reino, del juicio, etc. "…amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre;…" (Col.1:28). ¡Qué trabajo de la Iglesia éste de presentar perfecto en Cristo a todo hombre!, no importa cuál sea, sin importar cuán torcido sea; Dios lo quiere presentar perfecto en Cristo, y su Hijo hizo todo lo necesario para que sea perfecto, sin importa la raza, o la cultura, o si es analfabeta o erudito, pues Dios quiere que todos sean salvos, y que ninguno perezca. Dios quiere que a toda criatura se le presente el evangelio para que pueda ser perfecto en Cristo. El evangelio tiene la capacidad de perfeccionar, porque ese es el resultado de Cristo en nosotros, es la perfección en ese "en". Es la administración de Cristo hasta la perfección. Somos perfectos en Cristo, estamos completos, y esto debe ser anunciado. Esto es lo principal que está sucediendo en la tierra, esto es lo que Dios está vigilando. Para eso Dios nos tiene aquí, y nos hace mover por distintos lugares, para colaborarle. Ayudarle un poco a cargar su pesada cruz, pues la mayor honra que se nos puede conceder es cooperar con el Señor. Para eso vivimos, y para eso Dios quiso darnos a conocer las riquezas de la gloria de este misterio, a fin de poder presentar perfecto en Cristo a todo hombre. Dios está detrás de todo hombre, y no debemos pensar que hay alguno al que Dios ame más, sino que él no quiere que ninguno perezca. Dios quiere que todos sean salvos, y no sólo salvos, sino que vengan al pleno conocimiento de la verdad, y para eso está la Iglesia. Aquí, la Iglesia es un candelero para alumbrar, es una ciudad sobre un monte que no se puede esconder. Esa es nuestra misión, para eso vivimos, y para eso Dios ha trabajado con nosotros hasta aquí, y sigue trabajando. "…para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él…" (Col.1:29). Esto era el trabajo de Pablo, y para esto él trabajaba. También dice "luchando", que son las pequeñas molestias, y continúa diciendo que "según la potencia de él", con lo que nos quiere decir que no estamos solos en la lucha, porque la lucha no es contra cualquiera, pero tenemos que estar tranquilos, porque es el diablo quien se está metiendo con Dios. "…la cual actúa poderosamente en mí" (Col.1:29). Así como actuó en Pablo, también puede hacerlo en nosotros. Para eso envió su Espíritu, para actuar poderosamente en la Iglesia. "Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros…" (Col.2:1). Y aquí sigue explicando lo de esa lucha: "…para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas…" (Col.2:2). Ya había hablado de esas riquezas de la gloriosa, de ese misterio, y ahora vuelve hablar lo mismo, pero en otras palabras. El objetivo no es sólo saber, sino alcanzar, poseer, disfrutar y servir. "…hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo…" (Col.2:2). El original dice "el misterio de Dios, Cristo". Aquí, claro, el traductor lo parafraseó para evitar, quizás, alguna interpretación herética. "…en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas" (Col.2:3).Hay muchas voces en la Tierra de millares de demonios, pero también está el hablar de Dios, que es Cristo. Cristo es el hablar de Dios, el mismo Cristo de la Biblia, de los apóstoles, el de la Iglesia. El llamamiento de Dios es grande e inmenso, y nosotros somos como mendrugos, pero si él nos bendice, esos mendrugos van a alimentar multitudes.

EL TESTIMONIO DIVINO ANTE EL CONFLICTO DE LAS CIVILIZACIONES

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:18, Categoría: General

El testimonio divino ante el conflicto de las civilizaciones. Hemos estado viendo la importancia de conocer al Señor en su Trinidad, y ver lo que implica que nuestro Dios, el único Dios, tenga un Hijo. Mirábamos que no es solamente un asunto teológico, sino intensamente práctico, con muchas implicaciones para nuestra vida personal, para la vida de la familia, para la vida de la Iglesia, e incluso para la vida social. Claro que es algo que sobrepasa nuestro entendimiento, y sin embargo, es algo de lo que Dios ha hablado, y que él ha revelado. Dicen las Escrituras: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová…” (Dt.29:29). Pero las reveladas pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Lo principal que la Palabra de Dios nos revela es acerca de Dios mismo, y Dios se revela como él es, porque quiere compartirse. Bienaventurados los que hemos sido creados por Dios para conocerlo y para recibirlo. Lo principal que el Señor ha revelado a la Iglesia, dentro de tantos temas que hay en la Palabra de Dios, es el Señor mismo, y lo que él hará: “…él os guiará a toda la verdad…” (Jn.16:13). La formación de Cristo en la Iglesia es comparada por el Señor con aquella visión de esa mujer que está de parto, como aparece en Apocalipsis 12: “Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento” (Ap.12:2). Y esa figura ya lo había dicho el Señor Jesús, registrada por Juan en su evangelio, donde el Señor, hablándoles a sus apóstoles, les dice: “La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza...” (Jn.16:21-22). Está relacionado lo de Apocalipsis 12 y Juan 16. El mundo se alegrará y la Iglesia sufrirá; la Iglesia pasará por dolores de parto como aquella mujer de Apocalipsis, refiriéndose al pueblo del Señor en general, incluido el Antiguo y el Nuevo Testamento, que ha estado de parto para que el Hijo varón se forme dentro de su vientre. La Iglesia está siendo edificada por el Señor Jesús, y conducida a toda verdad por el Espíritu Santo conforme a su labor. Si miramos un poquito la historia de la Iglesia, nos damos cuenta cuáles fueron las teclas que fue tocando el Espíritu Santo a lo largo de los siglos, porque él es el que edifica a la Iglesia, es el vicario de Cristo, el que vino en nombre del Hijo, trayéndonos al Señor Jesús, así como el Hijo nos trajo al Padre. El Espíritu Santo ha conducido a la iglesia, la ha dirigido, primeramente y antes que cualquier otra cosa, a conocer a Dios mismo. Una de las cosas que haría el Espíritu del Señor, entonces, es abrirnos los ojos acerca de la gloria del Hijo, porque en la medida que lo conocemos, conocemos al Padre; porque el Hijo es como el Padre, y es su imagen, la exacta representación de Dios. El Padre que es llamado en la Escritura como “el Dios invisible”, se ha dado a conocer por medio del Hijo: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, (…) él le ha dado a conocer” (Jn.1:18). Algunos manuscritos más antiguos lo dicen de una manera más estrecha todavía, refiriéndose al Señor como “el unigénito Dios, o, el Dios unigénito”. De manera que el Hijo vino para que viéramos cómo es el Padre. El interés de los discípulos era conocer al Padre; incluso uno de ellos se lo expresó, diciendo: “Felipe le dijo: Señor muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” (Jn. 14:8-9). El Hijo nos ha dado a conocer al Padre, pero ahora necesitamos también que el Espíritu Santo nos dé a conocer al Hijo, y nos lo presenta en su divinidad, en su humanidad, en su personalidad, y en su relación con el Padre, con el Espíritu y con la Iglesia. Esto es lo que está en el corazón de la Iglesia, lo fundamental, lo central, lo que nunca debemos olvidar. El Espíritu Santo comenzó a mostrar a los discípulos de la Iglesia primitiva (y no sólo a la primera generación, sino a las generaciones siguientes), a Dios por medio del Hijo. Jesucristo indujo esa búsqueda en el Espíritu de la Iglesia cuando los llevó aparte del mundo religioso en que estaban. Ellos estaban en Jerusalén, donde había muchos grupos, mucha actividad religiosa, y él seguramente que a propósito se los llevó a un lugar apartado, a Cesarea de Filipo, retirándolos de todas las distracciones, al punto focal diciéndoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt.16:13). Apreciemos la didáctica que utiliza el Señor. Dios, para revelársenos y dársenos tenía que mandar a su Hijo, y éste comienza como el novio con la novia, a llamarle la atención sobre lo principal. Los apóstoles responden muy diplomáticamente con lo que sabían, porque lo más probable es que no le dijeran todo lo que decían los hombres acerca de él, lo que después se escribió en algunas partes del Talmud; mas fueron las partes buenas lo que los discípulos le dijeron de las opiniones humanas, diciéndole que era Elías, o Jeremías o alguno de los profetas; pero en fin, dijeron las opiniones de los hombres (paráfrasis Mt.16:14). Hoy, toda la tierra está llena de opiniones de los hombres acerca de Jesús, circulando incluso muchos libros, algunos son best seller, presentando un Jesús apócrifo. Han vuelto a estar de moda los libros apócrifos, especialmente el de Judas Iscariote y de María Magdalena, y el Código da Vinci, y tantos otros, porque Jesús sigue siendo un tema que vende, pero claro, el Jesús apócrifo, el Jesús de los best seller, es al que quieren leer, pero al de la Biblia no lo quieren oír: “…y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2Ti.4:3-4). Esto es lo que han estado haciendo. La Palabra de Dios, en contraposición a lo anterior, nos dice que: “…el que conoce a Dios, nos oye…” (1Jn.4:6). Es decir, los que son de Dios oyen lo que los apóstoles del Nuevo Testamento confiesan por medio del Espíritu Santo de Cristo; los del mundo no nos oyen, no soportan y no pueden aguantar lo que el Espíritu Santo dice. “En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Jn.4:6). El Espíritu de verdad se distingue por su confesión acerca del Cristo. Estos versículos clásicos de Juan, nos muestran la importancia de la revelación y confesión acerca de Jesucristo, y las intenciones de la serpiente de presentarnos otro Jesús, otro espíritu y otro evangelio, siendo este el punto crucial del combate entre el Espíritu de Dios y el espíritu del anticristo. La revelación acerca del Señor Jesucristo y la confesión acerca de esa revelación, sobre el Cristo revelado por el Padre, y confesado por la Iglesia, dice que “…sobre esta roca edificare mi iglesia…” (Mt.16:18). Existiendo una íntima relación entre revelación de Jesucristo y edificación de la Iglesia. No habrá verdadera edificación de la Iglesia, sin una verdadera, profunda y espiritual revelación y confesión de Jesucristo. La Iglesia crece en la medida que conoce al Señor Jesús; por eso el enemigo está tan interesado en confundir este asunto, y por lo mismo es que también el Espíritu Santo, por mano de los apóstoles, está igualmente interesado en que tan crucial punto sea revelado y confesado. No seamos descuidados ni ingenuos, sino sumamente cuidadosos sobre esto. A veces damos por sentadas ciertas cosas, pero si palpamos un poco, nos damos cuenta que es necesario cavar profundo, para que el fundamento esté realmente colocado y estemos sobre la roca, porque depende de lo que Jesucristo sea para nosotros, eso determinará lo que nosotros seamos para Dios. Entonces, por eso el Espíritu Santo hará, conforme a su misión de glorificar al Hijo y de enseñar: “…él os guiará a la toda verdad…” (Jn.16:13). Lo primero que comenzó a hacer, al igual que como lo hizo el Señor, fue llamar la atención de la Iglesia acerca de quién es el Hijo de Dios. Anteriormente, estuvimos introduciéndonos en la importancia e implicaciones de este tema, pero necesitamos penetrar aún más en el. El Espíritu Santo continuó con la pregunta acerca de Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt.16:15). Primero, Jesús pregunta por la opinión de los hombres, y luego pregunta por la opinión de los apóstoles, es decir, por los suyos. Sus discípulos no pueden estar mezclados, ni contemporizando con las opiniones del mundo, pues hay un claro contraste entre la confesión del Espíritu por sus discípulos legítimos, y las opiniones del mundo acerca de Jesús. En esto la Iglesia no puede ser descuidada. En la Palabra del Señor hay asuntos cruciales y hay asuntos que son periféricos; hay asuntos donde se pueden tolerar una diferencia de escuela, porque no es lo mismo que una herejía. En asuntos fundamentales, en cuanto al Señor Jesús, el apóstol Juan, el apóstol del amor, decía con mucha claridad a los santos en sus cartas que: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina…” (2Jn.1:10). Quizá nosotros, en otras cosas, hemos aprendido a no pelearnos por doctrinas, pero tratándose acerca del Hijo de Dios, del Señor Jesús, necesitamos tener mucho cuidado, porque no podemos decir “bienvenido” con ligereza a cualquier cosa que se diga acerca de él, porque ahí está minándose nuestro fundamento, ya que el diablo quiere presentar a otro Jesús, poniendo dinamita en nuestro fundamento. Satanás no quiere que dejemos de ser religiosos; todo lo contrario, ya que él fomenta la religión, porque quiere hacerse Dios, y va a necesitar la religiosidad y la devoción de la gente. Él prefiere la religión al ateísmo, ya que sólo para combatir a los fieles mete el asunto del ateísmo, pero el preferiría la religión, con tal de que sea él a quien se adora. Si hacemos un seguimiento de qué era a lo cual el Espíritu Santo llamaba la atención de los cristianos de los primeros siglos, vemos que el asunto central era el mismo que en Cesarea de Filipos había introducido el Señor Jesús, preguntando sobre quién era él. Entonces, ¿quién es el Hijo? Es la pregunta fundamental. ¿Qué relación tiene el Hijo con el Padre?, ¿Es una creatura del Padre? ¿Es la misma persona del Padre? ¿El Hijo es el mismo Padre disfrazado de hombre? Estas interrogantes no son solo antiguas, sino actuales y de mucho interés, que quizás ya habrán llegado hasta nuestras propias casas, por medio de personas muy bien intencionadas, que vienen a decirnos que Jesús no es Dios, y que piensan salvarse enseñando en contra de la divinidad del Hijo de Dios; enseñando otras cosas contra el infierno, contra la resurrección corporal de Cristo, y otras series de temas religiosos. Todo este asunto ha estado y sigue estando en ebullición, pero igualmente la Iglesia debe crecer para el Señor, con un testimonio claro en medio de miles de voces dirigidas por demonios. Existen demonios y existen doctrinas de demonios queriendo presentar otro Jesús, otro espíritu, otro evangelio, y todo eso está en aumento en el mundo religioso. Hoy en día, el mayor escándalo para millones de personas en la tierra, que siguen a un falso profeta llamado Mahoma, es escuchar que Dios tiene un Hijo, y que ese Hijo es Jesús. Lo más preciado para el corazón del cristiano, es la peor blasfemia para un musulmán. Los sociólogos están estudiando el problema del conflicto de las llamadas civilizaciones, estudiándolo como un asunto de sociología y de estrategias políticas, para ver cómo facilitar la globalización del mundo, sabiendo manejar las variedades religiosas y cómo utilizar el ecumenismo y eclecticismo al servicio de la globalidad. A veces la sociología estudia la religión, y las conversiones en Latinoamérica del catolicismo al protestantismo, y otros temas parecidos, pero lo estudian en aras de aquella globalización. Hay millones de dólares que circulan para promover el eclecticismo, para promover la unidad humana, pero ¿unidad alrededor de quién? ¿Y para quién? ¿O al servicio de qué? Puede parecer muy práctico, sí; la religión ha sido aceptada como útil para el orden social, pero ¿será eso suficiente? En el corazón de ese llamado conflicto tan actual de civilizaciones, está este punto y pregunta crucial: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Nosotros, la Iglesia, somos la sal de la tierra, somos la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder, y le debe al mundo un testimonio claro, un precedente nítido basado realmente en el trabajo multigeneracional de Dios, en la Palabra revelada por Dios desde el principio, a lo largo de los XXI siglos que tenemos de cristianismo. Entonces, ¿cómo no va la Iglesia a digerir con plena conciencia este asunto para la gloria de Dios? Porque este es el punto decisivo, que se esconde debajo del Armagedón, que será un conflicto, la intención máxima de rebelión de Satanás que quiere hacerse semejante a Dios, contra el Dios verdadero. La Palabra nos dice que: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos…” (Ap.16:13). Por otra parte, Zacarías nos dice que al anticristo le interesa la carne de las ovejas gordas y que ellos van trabajando por lo alto para reunir a los reyes de la tierra, para reunirlos contra el Cordero y contra los suyos, y puede ser que reúnan los ejércitos hablando de paz y seguridad, pero ellos no tienen interés en eso. Satanás sabe que con esa falsa promesa va a canalizar la fuerza de los ejércitos, incluidas las bombas de neutrones, para resistir la segunda venida del Señor Jesucristo. Y no estamos hablando sueños, ya que lo dicen expresamente los luciferianos en sus propios libros, que recibirán la Segunda Venida de Cristo con bombas de neutrones. Les parecerá raro, pero en Chile hace poco murió Miguel Serrano, un militar luciferiano y pro fundador de este movimiento, que en uno de sus libros pudimos leer lo anterior. Satanás quiere reunir las naciones y a sus ejércitos no para la paz y la seguridad, sino usando la propuesta de paz y seguridad. La Palabra discierne para qué reúne Satanás a las naciones, pues dice que los quiere reclutar para pelear contra el que montaba el caballo blanco, contra el Señor Jesús, el Verbo de Dios, y contra su ejército. Los que están con el Verbo de Dios son llamados, escogidos y fieles, y quiera Dios que estemos en ese bando, en el bando que desciende del cielo, que nació de lo alto y que representa los intereses de Dios en la tierra, y no la Babilonia que se levanta de abajo para arriba, pretendiendo conquistar el cielo y la gloria divina. La gloria desciende de Dios para abajo, pero Babilonia son ladrillos de barro, hechura humana que se levanta de abajo para arriba; pero que ya fue juzgada, fue confundida y fue dispersada. La dispersión y la confusión es el juicio de Dios contra Babilonia. El propósito eterno de Dios nuestro Padre es recapitular, reunir en Cristo Jesús todas las cosas. Hoy en día, nosotros no podemos contemporizar. Tenemos que conocer al Señor, porque nuestro testimonio tiene que ser claro y no podemos simplemente ser prácticos, ya que ese aparente beneficio de la práctica para convivir, renunciando a la verdad, no es de los seguidores del Señor Jesús. Debemos ser muy decentes con la gente, amables, cariñosos, cuidadosos, caritativos, pero muy claros con ellos. La Iglesia tiene la incumbencia de dar el testimonio acerca de Jesucristo. La Iglesia no se va a reunir en concilio mundial con otras religiones para ponerse de acuerdo y facilitar la convivencia en la tierra, porque esa no es la misión de la Iglesia. La Iglesia debe representar al Señor, así como el Señor ha representado a su Padre, cosa que no les gusta a las personas, porque ellas quieren el lugar de Padre. Los hijos del diablo tienen los mismos intereses de su padre el diablo, pero la Iglesia tiene al Señor en el centro. Entonces, nosotros, en estas cosas, tenemos que ir despacio y asegurarnos de cuál es la Palabra de Dios, y la confesión del Espíritu acerca de esta crucial pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy?”. El Espíritu Santo se demoró cuatro siglos para que los santos, a la luz de los testimonios bíblicos, reconociera que Jesús es el Hijo de Dios, y es consustancial con el Padre. Esto se trata de revelación, y se trata de saber por qué estamos o no de acuerdo con alguna voz de las tantas que hay en la tierra. El Espíritu Santo comenzó a enseñar a la Iglesia de los primeros siglos, quién es Jesucristo en su divinidad, y por qué se le dice Dios, también. Jesucristo es la gran piedra de escándalo y de tropiezo para el propio Judaísmo, y ahora para el Islam; y además, para cierta parte de la cristiandad quienes aún se encuentran confundidos alrededor de esto. Por lo tanto, la Iglesia debe oír lo que dice el Señor, porque Él tomó las Escrituras cuando resucitó, y se pasó los cuarenta días antes de la ascensión enseñando lo que decían de él, y luego los apóstoles, de los cuales nos dice la Palabra que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Este era el tema de los apóstoles, y el tema del evangelio de Dios; y como dice en Romanos 1: “…el evangelio de Dios, (…) acerca de su Hijo (…) que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro.1:1,4). Eso era lo que estaba en el Lugar Santísimo del Tabernáculo, lo que ocupaba el lugar central en la casa de Dios, que es el Arca del Testimonio de oro y de madera, lo cual nos habla de la persona divina y humana de Cristo, y el propiciatorio, que nos habla de la esencia del evangelio, de la obra de esta persona divina y humana. Recordemos que el propiciatorio es donde se colocaba la sangre de la expiación, pero ahora también nos habla de su resurrección y ascensión, porque esa Sangre fue derramada cuando era un hombre (es todavía hombre), cuando estaba de paso por la tierra. Allá en el Atrio, en el Altar de Bronce, derramó la Sangre, pero esa Sangre no se quedó allí, sino que fue introducida por el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, lo que implica la resurrección, ascensión y entronización del Señor Jesús, porque en base a su Sangre obtuvo eterna redención. Entonces, el propiciatorio nos habla de la esencia de la obra del Señor en la Cruz, en la resurrección y en la ascensión. Eso es lo que ocupa el lugar central, en el corazón de la fe de la Iglesia, y de allí es de donde recibe todos sus beneficios, desde la divinidad, desde la humanidad, desde la muerte, desde la resurrección, desde la ascensión, desde la entronización, desde la intercesión, y desde el derramamiento del Espíritu. Desde ahí proviene la vida de la Iglesia, debajo del trono en el Lugar Santísimo, desde donde surge el río de Dios hacia el Lugar Santo, hacia el Atrio, y toda alma que entrare en aquel río será vivificada. Desde ahí desciende todo; aquí está la casa de Dios, que es la Iglesia, y ¿qué tiene en su corazón? ¿A quién ha recibido? Al Señor; y al recibir al Hijo, se recibe al Padre; al recibir al Espíritu, el Padre y el Hijo han venido a hacer morada, junto con lo que el Señor Jesús consiguió en su humanidad, en su vida, muerte, resurrección y ascensión. El Espíritu toma todo lo que es del Hijo, y el Hijo todo lo que es del Padre, y todo lo que es del Padre y del Hijo, lo pasa el Espíritu a nosotros. Por esto, la Palabra nos habla no sólo del Espíritu Santo, sino de: “la suministración del Espíritu de Jesucristo” (Fil.1:19). Esa frase es muy importante y muy significativa, y está también en Gálatas, que nos dice: “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:5). Por el oír con fe recibimos la suministración del Espíritu, y el Espíritu nos trae todo lo que es del Señor, así como el aceite trae todas las especies machacadas, el aceite de la unción pasa hasta el borde de las vestiduras del cuerpo, trayendo la mirra, la canela, la casia, y el cálamo que nos hablan de la obra del Señor. La Iglesia siguiendo al Espíritu y la Palabra, junto con el testimonio del Padre, del Hijo y del Espíritu, debe conocer al Señor en su divinidad, en su personalidad distintiva como Segunda Persona de la Trinidad, como Verbo de Dios y también como hombre, lo que comprende su vivir humano, su muerte, resurrección y ascensión. Todo lo anterior junto es el corazón del testimonio de la Iglesia. Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo; el que tiene al Hijo, tiene el testimonio en sí mismo, y tiene también la vida. Hebreos es una epístola que cumple la función del Espíritu de glorificar al Hijo por la vía del contraste, es decir, contrasta el Antiguo Pacto con el Nuevo; contrasta al Hijo con los ángeles, y contrasta muchas otras cosas para exaltar y glorificar al Señor Jesús. Vamos a hacer el seguimiento de la manera cómo el Espíritu Santo empieza a abrir los ojos de la Iglesia por el testimonio. El Espíritu Santo inspiró, creemos que a Lucas, a escribir Hebreos, aunque no es el tema en este momento, sino es que el autor fue guiado para el testimonio. Y justamente en el primer capítulo de la epístola aparece nada menos que el testimonio del Padre acerca de la divinidad del Hijo. Hemos oído el testimonio de Jesús acerca de su Padre, pues él vino a glorificarlo, pero ahora la Palabra de Dios nos muestra la glorificación hacia el Hijo. El Padre honra al Hijo y pide que nosotros también le honremos, al igual como se honra al Padre. Esto es justamente lo que el Islam tiene como gran blasfemia. Lo que nos pide el propio Padre en la Palabra, pidiéndoselo a todas las criaturas en el cielo y en la tierra, que reconozcan el lugar divino que ocupa el Hijo. Esa es la confesión de la Iglesia, que está en el centro del conflicto. Veamos aquellos capítulos que nos hablan de esto: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas por la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él será a mí hijo? (Heb.1:1-5). Dios nos ha hablado por el Hijo, y el Hijo es el hablar de Dios final, y cualquier otra cosa que se diga no puede ser diferente a lo que ya ha dicho el Hijo. La Iglesia puede crecer en la revelación, en el entendimiento espiritual del hablar del Hijo, pero el hablar del Hijo es conclusivo, es la última palabra de Dios. Dios, en otros tiempos, habló de muchas maneras, pero en los postreros tiempos el hablar de Dios es el Hijo. Todo le pertenece al Hijo por voluntad del Padre; el Hijo desde la eternidad compartía la gloria del Padre; él es el resplandor de la gloria divina y esa frase no es un invento del autor, porque Dios mismo, cuando le mostró a Ezequiel el resplandor de la gloria divina, lo vio semejante a un hombre (Ez.1:26,28). Esta era la semejanza de la gloria divina, era el Hijo antes de la encarnación, el Hijo en la eternidad con el Padre, en el principio de todo. Todo ha sido creado y sustentado por el Hijo. Qué síntesis preciosa ha hecho el Espíritu en esta introducción a la epístola, y qué síntesis del evangelio de Dios acerca de su Hijo. En la actualidad, estas palabras provocan un escándalo, pero Lucas no se está inventando esto, o cualquier otro que haya sido el autor ocupado por el Espíritu Santo, porque se basó en la Palabra del propio Padre, pues es él quien ha hablado acerca del Hijo. También aquí, Dios Padre ha hecho un contraste entre el Hijo y los ángeles quienes son poderosos en gloria, pero no como Jesús. Lo que está haciendo el Espíritu Santo por medio del autor, es citar al Padre, pues Jesús no es una doctrina inventada por Lucas o por los cristianos, a quienes se les ocurrió divinizar a un carpintero, sino que el Padre le reveló a su Hijo a muchos carpinteros y pescadores. El Padre, cuando introduce al Primogénito en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He.1:6). Dios el Padre le manda a los ángeles a adorar al Hijo, e incluso cuando está en la tierra como hombre, fue adorado desde que nació en Belén, por aquellos personajes con regalos muy significativos, al igual que aquella vez cuando el ciego recibe la vista y fue adorado por él. Jesús, a lo largo de su vida recibió la adoración. Por lo tanto, ¿nos podemos dar cuenta quién es el Hijo? “…El que no honra al Hijo, no honra al Padre…” (Jn.5:23). Dios tiene un Hijo, y le agradó que en el Hijo habitase toda plenitud, y el propio Hijo da testimonio. La misma vida autosuficiente de Dios, posee el Hijo. Esto no se dice de ningún ángel, ni anciano, querubín, serafín, arcángel, etcétera, sino sólo se dice del Hijo. “Ciertamente de los ángeles, dice: El que hace a sus ángeles espíritus, Y a sus ministros llama de fuego” (Heb.1:7). Eso se dice de los ángeles, que son espíritus; mas del Hijo dice: “…Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el centro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual, te ungió Dios, el Dios tuyo…” (Heb.1:8-9). Jesús es una persona divina, que era en el principio, antes de todas las cosas. Por eso fue que cuando Isaías en el capítulo 6 vio a Jehová de los ejércitos en el trono, diciendo que serafines a su alrededor proclamaban a la Trinidad: Santo, Santo, Santo (paráfrasis Is.6:1,13), nos habla de la gloria de Jesús antes de la encarnación. “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra…” (Heb.1:10). Podemos apreciar en estas palabras que el Hijo no es solamente un hombre en la tierra, sino que ya era en el principio. “Y los cielos son obra de tus manos” (Heb.1:10). Muchas veces repetimos esto, pero no nos fijamos que es del Hijo de quien se habla. “Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados…” (Heb.1:11-12). Se mudará de vestido el Señor, pues ese universo tan tremendo es un vestido viejo. La gloria es de Dios, no del sol, no de la luna, ni de las estrellas. Todo va mudando, pero él no muda. “Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán” (Heb.1:12). Los años del universo podrán ser años luz, pero se acaban, mas los del Señor permanecerán para siempre. “Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra?…” (Heb.1:13). O sea, al lado de Dios, en su trono. Como dice la Palabra en otro lugar: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap.3:21). ¿Quién está sentado en el trono? El Padre y el Hijo. Y ¿quién más se sentará ahí? Los vencedores de la Iglesia. Qué llamamiento altísimo, pero que no podremos ni siquiera soñar con ese llamamiento si no conocemos al Hijo. Pero ahora que conocemos al Hijo y las promesas sobre él, descubrimos lo enorme de nuestro llamamiento. “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? (Heb.1:14). Esto fue escrito a manera de contraste, para ver la gloria del Hijo sobre el paño de fondo de la gloria de los ángeles, que son tan fuertes en poder, pero que no son nada comparados con el Hijo.

PREDICAMOS A JESUCRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:17, Categoría: General

Predicamos a Jesucristo. En la Segunda Epístola a los Corintios, capítulo 4, verso 5, dice algo precioso: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Ahora vamos al libro de los Hechos de los Apóstoles, que dice: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch.4:32). “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch.2:42). Menciona aquí, en primer lugar, la doctrina de los apóstoles, y por eso leímos primero en 2ª de Corintios que los apóstoles no se predicaban a sí mismos, sino que predicaban a Jesucristo como el Señor, y también que su muerte fue una muerte expiatoria. El Señor Jesucristo había dicho que: “El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envío, este es verdadero…” (Jn.7:18). Jesucristo no buscaba su propia gloria, pues él dijo: “…yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga” (Jn.8:50). Dios el Padre busca la gloria de su Hijo, y también busca llevar muchos hijos e hijas a la gloria, y para eso envió a Jesús. Entonces, también en Hechos de los Apóstoles dice que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Todos esos versos que hemos leído nos muestran el tema central de los enviados del Señor, que eran los apóstoles (eso es lo que quiere decir apóstoles, los que envía el mismo Señor). Su tema central no era ellos mismos, no era cosas de ellos, o acerca de ellos, sino que predicaban al Señor Jesucristo. El Evangelio de Dios tiene como tema central al mismo Señor, y podemos verlo de esta manera en la Palabra. Leámoslo en la epístola a los Romanos, desde el capítulo 1 verso 1. “Pablo, siervo de Jesucristo…”. Notemos que él hubiera podido decir “presidente de la iglesia anglicana”, o “secretario de la confederación evangélica de Chile”, o hubiera podido decir “vocal de la junta directiva regional”, ¿verdad? Tantas cosas que a los hombres nos gusta adjudicarnos, como títulos y cosas así. Pero no representaba organización humana, sino que representaba al gran Señor. Continúa diciendo: “…llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Rom.1:1). Pablo no miente, y notemos esta palabra “apartado para el evangelio de Dios”. Recordemos lo que dijo el Espíritu Santo también en Hechos, cuando dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch.13:2). “Apartadme”; él fue apartado, fue separado para ocuparse de esto tan importante a los ojos de Dios. Puede ser que los seres humanos no lo entiendan en consistencia, pero después lo entenderán. Lo importante es que Dios y los suyos lo entienden. Y ¿para qué fue apartado Pablo? “…para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras” (Rom.1:1). Aunque Dios mandó la ley por Moisés, en la misma ley Dios dice que enviaría otro, y que debían oírle, porque recordemos que el Señor Jesús es profeta, aunque es mucho más que un profeta, porque él es Hijo de Dios, es el Verbo, Dios hecho hombre, pero como hombre tomó varias oficios: es profeta, es sacerdote según el orden de Melquisedec, y él es el Rey de reyes y Señor de señores. Entonces, ya estaba prometido que había que oír lo que dijera el Mesías cuando viniera; por eso la mujer samaritana estaba esperando que llegara el Mesías. Sabemos que Jesús entabló una conversación con ella, y ella le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn.4:9). Entonces el Señor le dice: “Si conociera el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Jn.4:10). Así el Señor le promete que le daría un agua con la que no tendría más sed, y ella responde: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” (Jn.4:25). Ella sabía que tenía que venir el Mesías; no sólo los judíos de Judea, sino incluso los samaritanos, que eran de las diez tribus de Israel (de las otras diez tribus que se habían mezclado con otros pueblos), pero ellos ya sabían que venía el Mesías. O sea, Dios había prometido el evangelio por los profetas en las Santas Escrituras. Por lo tanto, ¿cuál es el tema central del evangelio, de las buenas nuevas que nos da Dios? Las buenas nuevas que nos da Dios son su Hijo. Dios envió a su Hijo, y la Palabra nos dice aun más: “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). Por eso, Jesús fue mostrado por Dios en público, después de su vida privada, antes de su vida pública, cuando llegó a bautizarse. Dios dio testimonio diciendo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”(Jn.17:5). Eso no lo ha dicho Dios de ningún otro ser humano, sino sólo del Señor Jesús. Esto ocurrió cuando apenas iba a comenzar su ministerio público; o sea, el Padre honró la vida privada, la vida secreta de Jesús, aunque no fue secreta para su familia. En Nazaret decían: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?” (Mt.13:55). Los hombres se preguntaban de dónde habrá salido él con estas cosas, de dónde vienen esos milagros, y esa sabiduría que Dios le ha dado, y se maravillaban de él. En la vida secreta de Jesucristo, aunque mejor le llamaremos la vida privada, que es mejor que secreta, Dios lo honró. En la Biblia, en el Nuevo Testamento, tenemos dos cartas escritas por dos de los hermanos del Señor Jesús; porque de ella, por ejemplo, en el evangelio de San Mateo, y en el evangelio de Marcos, nos dan los nombres de sus cuatro hermanos. Uno era Jacobo Santiago, el otro era Judas Tadeo, otro era José, así como el papá putativo de Jesús, que no es su padre, porque Jesús nació por el Espíritu Santo. Mientras uno de sus hermanos se llamaba José, el otro se llamaba Simeón. Entonces, dos de esos hermanos, Jacobo que se llama también Santiago, y Judas Tadeo, San Judas Tadeo, eran hermanos de Jesús, y, sin embargo, escriben dos cartas que hablan del Señor. San Judas Tadeo, que era uno de los hermanos menores, dice en su carta: “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo…” (Jud.1). Llama a Jesucristo como su Señor, y dícese siervo de su hermano, con el que ha crecido y vivido su vida privada, de niño, en la carpintería con José. El Señor Jesús era un hombre verdadero que trabajó como lo hacían en el campo, en un pueblo pequeño. Él trabajó en la carpintería trabajos duros; y sus hermanos, que son los que conocen la vida privada de sus otros hermanos, ni siquiera se atrevieron a llamarle “hermano”, sino “Señor”. Ellos mismos no podían creer esto tan grande, pero luego se les apareció resucitado, como lo dice en Primera a los Corintios, que se le apareció a Jacobo, el hermano del Señor Jesús (1Co.15:7). Y cuenta la historia primitiva, que cuando Jacobo escuchó que Jesús había resucitado, dijo: “No comeré pan, ni beberé agua hasta que yo no le vea resucitado”. San Pablo simplemente la menciona, pero en la historia de la Iglesia primitiva, se cuenta cómo fue. Dice que el Señor Jesús se le apareció a Jacobo y le dijo: “Come tu pan y bebe tu agua Jacobo; porque el Hijo del Hombre ha resucitado de los muertos”. ¡Qué maravilla!, ¿verdad? Entonces, el evangelio es acerca del Hijo de Dios, que nos muestra que él no había cometido ningún pecado; inclusive una vez dijo: “¿Quien de vosotros me redarguye de pecado?...” (Jn.8:46). Y claramente, nadie podía reargüirlo de pecado, y cuando quisieron acusarlo para matarlo, se contradecían entre los testigos, porque no encontraban culpa en él. Pero aun así lo crucificaron, por decir quién era él realmente. Lo crucificaron por ser lo que era, y no porque haya pecado, simplemente porque él era el Cristo. Él fue como aquel cordero que fue examinado y no hallaron ningún defecto. Y con este ejemplo, Dios estaba preparando nuestro reconocimiento del Señor Jesús como el varón perfecto. Jesús, después de su vida pública, en la que vivió como hombre y también hizo milagros, cuando iba a ir a Jerusalén ya para morir, fue transfigurado en gloria, delante de tres testigos en el monte Tabor, cerca de Nazaret, cerca del valle Meguido, al norte de Israel. En la transfiguración, estos tres testigos fueron Jacobo, Juan y Pedro. Delante de ellos, se transfiguró, y aparecieron Moisés y Elías y hablaban con él. En ese momento, cuando ya había pasado su ministerio público, por segunda vez, Dios mismo, Dios el Padre, dio testimonio de él, y San Pedro dice: “…nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo” (2Pe.1:18). Ellos oyeron esa voz de Dios desde la magnífica gloria. Podemos apreciar que el tema del Padre, y todas las cosas que el Padre hizo, han sido por el Hijo. El Padre ama al Hijo, y todo lo que hace y lo que hizo, es para el Hijo. Como hemos visto, el evangelio de Dios es acerca de su Hijo Jesucristo. Hay muchas cosas en la Palabra de Dios, pero si se le separa del tema central, perdemos el equilibrio; todas las cosas tienen que ver con Cristo, porque todo fue hecho para él, y en él está la base de todo. Él es la última palabra de Dios y que todas las cosas al final son para él, y para su gloria. Por esta razón, hemos visto que los siervos de Dios no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo, y que el evangelio de Dios es acerca de nuestro Señor. Luego dice que los apóstoles todos los días, en el templo y por las casas – porque ellos también se reunían por las casas como nosotros, porque lo aprendimos de la Biblia –, dice que no cesaban de predicar y de enseñar de Jesucristo. Esa era la doctrina de los apóstoles, el evangelio de Dios acerca de su Hijo. Entonces, no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo, y también enseñamos sobre él. Ahí hay dos palabras que se traducen así: predicar y enseñar. Muchas veces nosotros pensamos que es la misma cosa, pero no lo es; una palabra es kerigma - predicaciones. Kerigma es la proclamación profética en el Espíritu, según la coyuntura de la necesidad que haya. Siempre Dios proclama lo que Jesucristo es y la obra de Jesucristo para enfrentar cualquiera sea la situación. Por otra parte, está la Didaché - enseñar. La enseñanza es la didaché y la predicación es el kerigma. Kerigma y Didaché. Los apóstoles no cesaban de predicar (kerigma) y enseñar (didaché) a Jesucristo. De la palabra didaché viene didáctica; es decir, era una enseñanza didáctica, ordenada, acerca del Señor Jesús; y también la palabra kerigma, una proclamación profética acerca de Jesucristo que todos los días hace el Espíritu Santo, porque Él vino para que Jesucristo sea glorificado, para que Jesucristo sea predicado y enseñado todos los días en el templo y por las casas. Por lo tanto, para que la gente sea evangelizada era necesario predicar y proclamar, pero luego había que enseñar, y enseñar didácticamente acerca del Señor Jesucristo. Por esto, Dios ponía a los profetas junto con los maestros, para que se acompañen y complementen, produciendo los dos aspectos, que son el kerigma de la predicación profética, y el aspecto didaché de la didáctica de la enseñanza. Sigamos con Romanos 1, que nos dice: “…acerca de su Hijo…” (Ro.1:3). Y a continuación, Pablo nos muestra quién es el Hijo. “…nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne…” (Ro.1:3). Nos muestra un aspecto del Señor Jesucristo que nos habla de su humanidad, por la línea de David. “…que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…” (Ro.1:4). Aquí se ve el aspecto de la divinidad. Pablo nos ha mostrado al Señor Jesucristo en su aspecto divino y humano, muerto y resucitado. Ahora pasemos a 1ª de Corintios capítulo 15. Es necesario fijarnos en estos primeros versos que, siendo sencillos, son muy profundos y riquísimos. El apóstol Pablo, después de haber puesto en orden muchos problemas en la iglesia de Corinto acerca del matrimonio, de la comida, del vestido y de muchas otras cosas, el Espíritu Santo lo movió a cerrar la carta con la respuesta para todos aquellos problemas. Pablo respondía a los problemas, pero llevándolos a la respuesta que era el Señor Jesucristo. “Además os declaro, hermanos, el evangelio…” (1Co.15:1). Otra vez, hay una declaración apostólica de lo que es el evangelio; no es cualquier cosa lo que va a decir Pablo acá, y no es solamente el final de una carta, sino que es la declaración apostólica de lo que es el evangelio, de lo esencial, de lo principal, de lo primero, en lo cual todos estamos enterados, que es nuestra común fe, la de los cristianos. “…que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis…” (1 Co.15:1). ¡Qué privilegio el que la Iglesia primitiva recibió! No necesitamos pasar por un sin fin de interpretaciones pontificias, cardenalicias, y episcopales, o un montón de cosas intermedias; no. Surgió directo del horno a la mesa, es decir, de los apóstoles a nosotros, sin pasar por tantos que le agregan o le quitan a lo del Señor. Por eso es que estamos hablando de esos recovecos intermediarios de gente que pretende ponerse de mediador entre Dios y los hombres, con una serie de locuras. El Espíritu Santo le inspiró a Pablo lo que escribió, y aquí lo tenemos. Entonces, Pablo dice aquí que el evangelio que recibió la Iglesia primitiva y en el cual también perseveraron, primero es una declaración apostólica, o sea enviada por el Padre a través del Hijo y del Espíritu Santo a los apóstoles que Él escogió y envió al resucitar. Ahora, dice que la Iglesia primitiva lo recibió, y no sólo eso, sino que perseveraron en él. Los apóstoles no iban a perder tiempo con cosas, porque ellos predicaban el evangelio acerca del Hijo. “…por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1Co.15:2). Esto habla de una fe de verdad. Porque a veces esa emoción que sentimos es pasajera, algo cultural, social, o meramente intelectual, pero que no es espiritual ni viene del corazón. El cristiano nace de nuevo solamente si la persona creyó de verdad. Lo que ha dicho Pablo es importante, porque va a declarar el evangelio que recibió de Dios, que recibió con los otros apóstoles, el que Dios le mandó a predicar, que predicó, lo que él recibió y que salvó a la Iglesia primitiva, pues perseveraron, y ha salvado a toda la Iglesia. “…primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí…” (1Co.15:3). Lo que ha recibido Pablo no puede faltar, es la piedra del tope. Y ¿qué es lo primero que predicó Pablo? Cristo. Primero empieza por la persona, y le llama el Cristo. La identidad más intima, más interior del Señor Jesús, es la persona del Hijo, el Verbo de Dios que estaba con él antes de la fundación del mundo y de la caída del hombre. El Verbo no se refiere sólo a la humanidad luego de haber nacido, porque antes de que él naciera como hombre, ya existía como Verbo con Dios. Él estuvo eternamente con el Padre y nada de lo que fue hecho, fue hecho sin Él. Eso es lo primero que aparece en el punto central. El evangelio de Dios es acerca de su Hijo hecho hombre, y declarado Hijo de Dios según la resurrección. A través de la resurrección nos demostró que ése era el Hijo de Dios y que su sacrificio hecho en humillación y encarnación había sido aceptado en los cielos, por eso lo resucitó. Entonces, lo primero que la Iglesia, el pueblo cristiano, tiene que saber acerca de Jesucristo, es que él es divino y humano. Divino en cuanto Verbo, y humano en cuanto se hizo carne en el vientre de la virgen María, resucitando luego en gloria, encontrándose ahora a la diestra del Padre. Jesús es una persona con dos naturalezas: la divina y la humana. Cuando Jesucristo resucitó, él hizo una cosa durante los cuarenta días, y fue tomar las Escrituras, y comenzar a mostrar lo que ellas hablaban de él. Así está escrito en el libro de Hechos de los Apóstoles, que podemos ver antes de continuar con Corintios: “En el primer tratado (o sea en el evangelio según San Lucas), oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios” (Hch.1:1,3). Ahora, vamos hacia el final del evangelio de Lucas, que es la primera parte de Hechos, porque Hechos lo escribió también Lucas. Entonces, al final de Lucas, en el capítulo 24, surge también cuando Jesús se apareció: “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies…” (Lc.24:36-39). Por esta razón se ha dejado las cicatrices en el cuerpo, porque él resucitó con el mismo cuerpo que murió, con el mismo que fue crucificado. Jesús se dejó las cicatrices como si fueran su firma, la prueba de su muerte en la Cruz. “…que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc.24:39). Él no era sólo un espíritu, sino que él resucitó con su carne y sus huesos, y pidió que lo tocaran para mostrar quién era. “Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían (ahora era de gozo, imaginémonos lo increíble que era la situación, pero había que creerlo, era increíble, pero sucedió), y estaban maravillados…“ (Lc.24:40-41). Jesús había hecho muchas maravillas en la vida, había caminado sobre las aguas, había multiplicado los panes y los peces, resucitado muertos, sanado enfermos, echado demonios, hecho milagros, pero esto que estaba ocurriendo, ya era más de la cuenta para la fe natural de ellos. “…les dijo, ¿tenéis aquí algo de comer?” (Lc.24:41). Esto era para que pudieran ver que no era una alucinación, pues las alucinaciones no comen. “Entonces le dieron parte de un pez asado y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc.24:42,44). Estas eran las tres divisiones del Antiguo Testamento: la Tanak viene con la Torá, ley de Moisés; Nebiim, los profetas; y Ketubin, los salmos, y los otros escritos junto con los salmos. Esa era la división de las Escrituras en el Antiguo Testamento, que Jesús les mostró. “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras…” (Lc.24:45). Este trabajo de Jesús era muy necesario, y que continúa haciendo. Comenzado desde el principio les abrió el entendimiento, porque no se puede dar nada por sentado, y había que estar seguros. ¿Para qué? Para que comprendiesen las Escrituras y que supieran lo que ellas hablaban de él. “…y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc.24:46,48). Ese es el testimonio principal. A veces nosotros decimos: “¡Qué lindo que Jesús caminó sobre las aguas!”, y está bien, pues nunca vamos a menospreciar esto, pero si hubiere caminado diez mil veces sobre las aguas, pero no muere por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Si él hubiera multiplicado los panes y los peces, y no sólo dos veces, sino diez mil veces, pero no hubiera muerto por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Entonces, en la persona divina y humana del Hijo de Dios e Hijo del hombre, y en su muerte, resurrección, ascensión e intercesión, y regreso, está el centro del testimonio cristiano. Eso es lo principal que nosotros creemos y es lo central que debemos hacer creer a todas las gentes. O sea, dar testimonio. El Señor es el que los hará creer, pero él dice que: “…el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, el dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio…” (Jn.15:26-27). El testimonio de la Iglesia debe ser el mismo del Espíritu. Jesucristo, el mismo que murió, resucitó y ascendió, intercede y volverá, con la misma voz, la del Espíritu y la de la Iglesia. Ahora sí podemos volver a 1ª de los Corintios. Pero era necesario ver cómo Jesús les habló de él mismo y de las obras que hizo, y que ellos habían visto. Eso era el fundamento, el primer testimonio de la Iglesia, y de eso tenemos que asegurarnos, que todas las personas comprendan. “…Que Cristo murió por nuestros pecados…” (1Co.15:3). Claro que se podía enseñar lo del caminar de Jesús sobre las aguas, de la multiplicación de los panes y los peces, sobre echar fuera demonios, todo eso está muy bien, pero esas señales le siguen a la Palabra, cuyo tema central es el propio Señor Jesús. Lo que la Iglesia conoce como evangelio de Dios, es acerca de su Hijo en su divinidad y en su humanidad; o sea, lo relativo a la Trinidad de Dios y a la encarnación del Verbo, y a la expiación, a la muerte expiatoria. “…conforme a las Escrituras; y fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y apareció a Cefas, y después a los doce” (1Co.15:3). Luego menciona varias apariciones, pero sólo principalmente a los varones, sin casi mencionar aquellas a las mujeres, ya que se le apareció también a María Magdalena; pero en aquella época los judíos no aceptaban testimonio de mujeres, sino sólo de hombres. El Señor Jesús valoró a la mujer y la puso a valer lo mismo que el hombre, pues la misma Sangre que pagó por el hombre, lo pagó por la mujer. El Señor es el que nos ha valorado, porque somos hombres y mujeres a la imagen y semejanza de Dios, cada uno con su función, pero seres humanos a su imagen y semejanza, y ellas coherederas de la gracia y de la vida del Padre. Hay cosas que nosotros recibimos de Dios por la muerte de Cristo, y hay cosas que nosotros recibimos de Dios por su resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera muerto, no tendríamos el perdón de los pecados, ni limpieza del pecado, ni liberación del pecado, ni justificación, ni reconciliación; no lo tendríamos. Jesucristo murió por nosotros y resucitó: eso es lo principal, es el centro de la Palabra de Dios, el centro del evangelio y el centro de la historia, y debe ser el centro de la Iglesia, el centro de nuestro testimonio, y de nuestra vida. Ahora, también hay cosas que nos vienen por la resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera resucitado y ascendido, no hubiera derramado el Espíritu Santo. Él dice: “…Os conviene que me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn.16:7). El Espíritu Santo llega a hacer muchos trabajos. ¿Cómo íbamos a nacer de nuevo en el Espíritu, si el Espíritu Santo no es enviado? No habría regeneración, no habría renovación, no habría vivificación de nuestros cuerpos mortales, no habría transformación, no habría configuración a la imagen de Cristo, no habría unidad en la Iglesia, no habría dones ni fruto del Espíritu, nadie nos enseñaría, y estaríamos todos ciegos. Entonces, de la obra del Señor, lo primero que comenzó a predicar Pedro, el primer mensaje, tenía que ver con la Sangre y con el Espíritu: “…Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hch.2:38). Esto es lo que hace la Sangre, que es perdonar los pecados, y que nosotros todos los días seamos nuevos. Necesitamos todos los días la Sangre de Cristo para limpiarnos, y el Espíritu de Cristo para fortalecernos. A través de la Sangre y de la Cruz se quita todo lo viejo, y a través del Espíritu se introduce todo lo nuevo. El Espíritu es el que introduce la nueva vida, pero el que borra la vieja es la Sangre, y la que termina con ella es la Cruz. Por eso en el centro del tabernáculo, en la casa de Dios, en el corazón divino, está el Arca de oro y de madera, con el propiciatorio, refiriéndose a la persona divina y humana de Jesucristo, y a su obra, su muerte, su resurrección, su ascensión, desde donde nos viene la Sangre con la que nos limpiamos, y la Cruz por la que somos liberados, y el Espíritu por el cual recibimos nueva vida, y somos regenerados, renovados, transformados, y configurados a la imagen de Cristo, hechos un solo cuerpo. Todas las maravillas de Dios las hace por el Espíritu. La Sangre y el Espíritu son un regalo, porque nadie tendría con qué pagarlo. Esos son los elementos esenciales del Nuevo Pacto. Dice él: “…porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer.31:34). “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. La Sangre y el Espíritu son los dos elementos esenciales del nuevo pacto que estableció Jesucristo antes de morir” (Ez.11:19-20). “…tomó el pan, (…) Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; (…) Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Jn.22:19-20). Nos damos cuenta que este nuevo pacto son las promesas de perdón por su sangre, y de regeneración por su Espíritu. Dios nos dio a su Hijo como un regalo, nos dio la vida cuando estábamos muertos, y nos dio su Espíritu.

¿QUIÉN ME LIBRARÁ?

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:15, Categoría: General

¿Quién me librará? Hemos estado considerando aspectos y niveles de la obra de Cristo, principalmente en relación con la Cruz, lógicamente relacionándola con la resurrección, con la ascensión y con el derramamiento de su Espíritu. En la Cruz, el Señor realizó todo lo necesario para limpiar el pecado de los hombres aquí en la tierra, y quitar lo negativo, lo que no podía permanecer en la presencia de Dios y que fue introducido por Satanás desde su rebelión en los cielos. Entonces, una parte de la obra del Señor – como vemos – es para limpiar, para quitar y también para suplir e introducir la nueva creación, su obra nueva. Él ha regenerado, renovado, y transformado para ir conformándonos a su propia imagen. Para lograr esto, es necesario el Espíritu, y Él ha venido porque Jesucristo resucitó, ascendió y está sentado a la diestra del Padre. Dios, desde el Antiguo Testamento, prometió, por una parte, perdonar nuestros pecados, olvidar nuestras iniquidades y echarlas al mar del olvido; y por otra, ha prometido también darnos su Espíritu, ponerlo en nosotros y hacernos andar con él, regenerándonos y fortaleciéndonos. En los primeros tres capítulos de Romanos, podemos ver un diagnóstico de nuestra condición; y así como en el Atrio del tabernáculo se encontraba antes del propio Altar de Bronce una Fuente de Bronce hecha con los espejos de las mujeres de Israel, que esperaban a la puerta del tabernáculo, donde los sacerdotes podían verse a sí mismos, así, la primera obra que hace el Espíritu Santo, como lo hacían los espejos de la Fuente de Bronce, es la de convencernos de pecado, de justicia y de juicio. Y ésta tarea es la de los tres primeros capítulos, especialmente hasta la mitad del 3. En Romanos, desde el capítulo 4, se nos viene hablando de algunos aspectos que tienen que ver con la Sangre, con los pecados e iniquidades en general. Por ejemplo, en el verso 7 de ese capítulo se nos muestra ese primer nivel de la obra del Señor Jesús en la Cruz con su Sangre: “… Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro.4:7-8). El énfasis aquí, como lo podemos ver, es en el perdón de los pecados por la Sangre de Cristo en la justificación por la fe. Es una obra que podríamos llamar jurídica de parte del Señor a nuestro favor, llevando nuestra deuda y pagándola. “Porque la paga del pecado es la muerte…” (Rom.6:23). Y nosotros pecamos, pero Jesucristo murió para limpiarnos con su sangre y esa es la bienaventuranza que aparece aquí. Hasta la mitad del 5, vemos al Espíritu Santo guiándonos desde la Fuente de Bronce al Altar de Bronce, a ese primer aspecto del sacrificio de Cristo que tiene que ver con nuestros pecados y con su perdón. Pero luego a partir de la mitad de este capítulo, la Palabra del Señor comienza a mostrarnos que nuestro problema, además de nuestros pecados, es la condición humana heredada, caída desde que nacimos, así, como dice la Palabra que “… en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). Porque, “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres…”. Y este hombre fue Adán. La gloria y santidad de Dios el Padre fue ofendida por el hombre. El Señor Jesús vino sin pecado y luchó contra él, venciéndolo. El Señor Jesús no tenía por qué morir, pero lo hizo y no por sus pecados, sino por los nuestros. El Padre testificó que su Hijo le agradaba, que le complacía, que nunca hubo pecado en él y que como un Cordero sin defecto se entregó en expiación perfecta para satisfacer la justicia de su Padre, y también para hacer expiación por nosotros y justificarnos, ser reconciliados y libertados. Entonces, en su muerte nos incluyó a nosotros. Él se vistió de la naturaleza humana, venció en la carne como hombre, condenó al pecado en la carne y pasó por la muerte a nuestro viejo hombre, que fue crucificado juntamente con él, y Cristo también nos resucitó. Jesús fue a la Cruz como el postrer Adán, para terminar todo lo que Adán llegó a ser después de la caída. A los ojos de Dios hay prácticamente solo dos hombres, el primero y el segundo. El Señor Jesús es considerado como el segundo hombre y toda la humanidad nacida de Adán es considerada como Adán mismo, pues por el pecado de él, la naturaleza humana de todos nosotros quedó vendida al poder del pecado. Y por eso, por el pecado de uno solo, fuimos constituidos pecadores y nacimos con una condición pecaminosa, con una naturaleza inclinada a la corrupción, al pecado, a la concupiscencia en sus diversos sentidos y a la inmoralidad. Entonces, Dios no solamente tenía que tratar con nuestros pecados, con lo que hacemos, sino además con lo que somos. Porque hasta el día en que esta carne sea transformada a semejanza de su gloria, en nuestra carne operará la ley del pecado y de la muerte que fue introducida a partir de la caída de Adán. Por eso, el Señor Jesús no sólo tenía que morir por nosotros, sino que era necesario que también nosotros en Cristo muriésemos. Gracias a Dios, que el Señor Jesús también resucitó, y estando nosotros muertos en delitos y pecados, siendo hijos de ira por naturaleza, lo mismo que los demás hombres, Él nos amó y nos dio vida cuando estábamos muertos. El Hijo del hombre vino a buscar lo que estaba perdido y nos dio vida, aunque nadie la podía merecer, ni nadie la podría pagar. “… De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). El Espíritu Santo es un don, es un regalo, y Pablo le pregunta a los Gálatas: “… ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:2). No es porque lo merecemos, no es porque nunca fallamos, sino porque le creímos a Dios, y Él, en su bondad, se compadeció profundamente de nosotros y vino a llevar el precio de nuestros pecados. Ahora, llegamos al capítulo 6, donde la palabra clave es libertad, y la libertad gracias al don. Ya en el 5 aparecía esa expresión del don de la justicia, el don de ser constituidos justos, así como “…muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Como hombres fuimos constituidos justos, pero no por causa de lo que hicimos, sino porque Jesucristo lo hizo en la regeneración, por la obra de la Sangre y del Espíritu de Cristo. Hemos nacido de nuevo en la justicia y santidad de la verdad. Entonces, en el capítulo 6 aparece la palabra libertad, y estas frases podríamos considerarlas tremendas, y que un hombre se atreva a hablar de esta manera, es solamente porque está posicionado en la fe, en la gracia y en el don de Dios. En Romanos, hasta aquí, se ha hablado de los pecados, del perdón, de la justificación, pero ahora comienza a hablar del pecado en singular, de la condición caída del hombre y ya no habla sólo del perdón, sino de la liberación. “Pero gracias a Dios” (Ro.6:17). Estas “gracias a Dios”, es la voz de un redimido con revelación, que ha creído y ha tomado lo que él mismo enseñó en la primera parte de este capítulo 6, es decir, considerarse muerto en Cristo, muerto al pecado y al mismo tiempo vivo para Dios en Cristo y como instrumento de justicia, y todo por la obra del Señor, por los hechos objetivos históricos de Cristo recibido por la fe y transmitido por el Espíritu. Por eso Pablo, en este versículo, da gracias a Dios: “…que aunque erais esclavos del pecado…” (Ro.6:17). Este también es un gran versículo, y uno podría pensar qué diría uno en su condición caída tan atrevida, pero Pablo no la considera atrevida de ninguna manera, porque él ha creído de verdad y ha recibido al Señor y se halla en Cristo y no en sí mismo, y ya no confía en lo que él es, ni en su carne, pero sí confía en el don que Dios le dio y que recibió. Pablo sabe que eso no es solo para él, sino para todos nosotros, diciéndonos que la ley lo hizo esclavo del pecado, pero “habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados…” (Ro.6:17). Él no tiene reparos en hablar de doctrina, porque sabe que esa es una doctrina viva del ministerio del nuevo pacto, lo que Cristo hizo, y lo que Cristo nos hizo y lo que somos en Cristo. “… y libertados del pecado” (Ro.6:18). He aquí otra palabra atrevida del apóstol, porque esta es la osadía de la fe, el júbilo de los libres en Cristo. Erais esclavos del pecado, mas libertados del pecado, dice, “vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro.6:18). Pablo habla de todo lo que Dios da al hombre en Cristo y ya no sólo habla del perdón sino de la liberación, pues antes éramos esclavos, pero ya no. Ahora somos libertados y hechos siervos de la justicia. Le está hablando a la nueva creación, a los que nacieron de nuevo, no de varón sino de Dios, por el Espíritu y por la gracia. Y ahora, en esta posición nueva, él es condescendiente para con los hermanos más débiles, diciendo: “Hablo como humano” (Ro.6:19). O, mejor dicho, soy hijo de Dios, somos hijos de Dios, pero voy a hablar como un humano; y aunque ha de vivir en la carne, está en el Espíritu, por eso dice que va a hablar como humano. ¿Por qué causa? “por vuestra humana debilidad…” (Ro.6:19). Él realmente se sentía fuerte en Cristo, porque en Cristo lo somos, y así también débiles en Cristo, pero no vamos a entrar por ahora en esa paradoja. “Para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Ro.6:19). La Palabra no dice que es por causa de la santificación provista, que ya está incluida en la parte anterior, sino que lo que ha sido provisto debe ser aprovechado. Cristo es nuestra santificación, y ya nacimos como nuevas criaturas en la justicia y santidad de la verdad. Nuestra santificación es Cristo, pero él empieza a enseñarnos que esta provisión debe ser usada, debe ser aplicada en la vida diaria y no debe ser solamente una posición, sino una disposición; no debe ser solamente una fe sin expresión, sino una fe que florece, que produce. Entonces, aquí Pablo habla en dos planos acerca de la santificación. Él habla de Cristo como nuestra santificación provista. 1ª de los Corintios 1:30, dice: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención…”. Dios ha hecho a Cristo nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención; y el Espíritu Santo, también por la mano del autor a los Hebreos, nos dice que “…con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre los santificados” (He.10:14). Entonces, habla de la obra perfecta de Dios que fue hecha en Cristo y que nos es dada por el Espíritu Santo, pero que debe de ser aprovechada por nosotros. Por eso es que existe también junto con el capítulo 6, el 7. Por eso el Espíritu Santo no se salta el capítulo para pasar al 8 que habla del Espíritu, pero también de la carne. Por lo tanto esto ¿qué quiere decir? que el don que nos fue dado, en el capítulo 7 no significa todavía lo que va a significar después. No significa que nuestra carne en este momento o antes de la resurrección física haya heredado la impecabilidad, como algunos malentienden; es decir, creer que la carne hubiera mejorado, que así como nuestro Espíritu nació de nuevo, nuestra carne también hubiera nacido de nuevo. Juan nos dice que: “él que ha nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn.5:18). O sea, lo que proviene de Dios del cielo, lo que proviene del nuevo nacimiento, lo que es Cristo en nosotros, acerca de eso sí se dice correctamente, pues que el que ha nacido de Dios no peca, pero en la misma carta habla que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn.1:8). Aquí les habla a los hijos de Dios, y continúa: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis…” (1 Jn.2:1). Como él es realista y entiende bien que el don de Dios es completamente perfecto, justo y santo en el Espíritu, y que todavía nuestra carne no ha adquirido la condición definitiva, él dice: “…ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn.3:2). El don es mucho más, el don no solamente es para regenerar nuestro espíritu, el don también da para renovar todo nuestro hombre interior, nuestra alma y también para vivificar nuestros cuerpos mortales mientras estamos en la tierra. Aunque también da para glorificar nuestros cuerpos, sólo que primero comienza desde adentro para afuera. Se empieza con el Lugar Santísimo del templo, con la regeneración. Por eso, en Romanos 8, Pablo, después de hablar tantas maravillas de la provisión de Dios, dice con toda sinceridad: “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). Entonces, ¿para qué se escribió ese capítulo 7? Para que no se malinterprete el 6. No pasamos del 6 al 8, de la vida nueva hacia el resto que habla del Espíritu, sino que nos explica ese problema terrible que existe en la carne de los salvos, de los que tenemos el Espíritu Santo, y cómo Él nos fue dado para aplicar la victoria de Cristo en nuestra lucha real y verdadera con la carne. Entonces, el Espíritu tiene que luchar con la carne; y evidentemente, la carne no mejoró para nada después de que nacimos de nuevo, no hay que malinterpretar el nacer de nuevo, y el “estamos vivos presentando nuestros miembros a Dios, como instrumentos de justicia”, en el sentido de que nuestra carne ya adquirió este estado antes de la resurrección física en un estado de impecabilidad. A veces, malentendemos las cosas y le hacemos creer a algunos santos equivocadamente, y después los enviamos a la frustración porque andan repitiendo algo que no se da en su experiencia. Entonces, la doctrina del Espíritu por Pablo no es la doctrina de la impecabilidad en la carne, aunque después sí lo sea, cuando nuestro cuerpo haya sido resucitado, cuando todo lo que Cristo consiguió en su carne haya pasado a nuestro espíritu. Lo cual ya pasó en el día del nuevo nacimiento, porque ya pasó de su Espíritu al nuestro, y están unidos, pero es a lo largo de nuestra vida y colaboración con Dios en la fe, que va pasando de nuestro espíritu a nuestra alma, incluso anticipando los poderes del siglo venidero en cierta medida, a nuestro cuerpo mortal. Pero en la venida del Señor, este cuerpo de humillación, que todavía Pablo le llama “cuerpo de humillación”, porque nos humilla constantemente, será un cuerpo de gloria semejante al Suyo; o sea que todavía no es un cuerpo de gloria. Lo maravilloso es que, aun sin ser de gloria, el Señor nos ha perdonado, nos ha salvado y hasta nos usa. Él va a recoger este cuerpo como propiedad suya, como miembros de su cuerpo, y entonces lo va a resucitar en gloria, cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste en gloria. Dice Colosenses 3, que nosotros “…también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:4). La glorificación de nuestra humanidad que el Señor Jesús ya consiguió en su resurrección y ascensión y en propiciación, la pasará completamente del Espíritu a nuestro cuerpo y seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora sí podemos decir que entraremos en una situación distinta en cuanto a nuestra carne. Era necesario el capítulo 7, para que supiésemos que lo que Cristo consiguió lo obtiene el Espíritu, y él ha venido a nuestro espíritu. Pero hay una condición, y es que él no nos va a imponer el don. Si andamos en el Espíritu, cosechamos vida, paz, y somos partícipes de la naturaleza divina y vivimos una vida victoriosa. Pero si aun siendo hijos de Dios no escogemos andar en el Espíritu, sino que andamos en la carne, entonces inclusive habrá disensiones entre los hermanos, como en 1ª de los Corintios dice: “…Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1Co.1:12). Y hay peleas y contiendas, hay caídas y pecados en la Iglesia, y no es porque no sean hijos de Dios. Hay personas que no han nacido de nuevo y que están en medio de los hermanos, que pueden aprenderse la cultura y los modales sin haber nacido de nuevo y sin obtener el Espíritu. Pero hay personas que sí tienen el Espíritu, que sí nacieron de nuevo, pero que son niños. Entonces Pablo dice: “…como a niños en Cristo (…)…sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones…” (1Co.3:3-4). ¿No sois carnales y andáis como hombres? Pablo dice que va a hablar como hombre, pero no que hay que andar como hombre, sino como hijos de Dios, como Cristo. Así Juan nos escribe: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn.2:6). No solamente se debe creer, sino, como fruto de ese creer, andar como él anduvo. Pablo dice “sois niños en Cristo”, no dice que no sean cristianos, sino que en Cristo son niños porque aun son carnales. Es decir, aun la carne prevalece en ese combate entre ella y el espíritu, y todavía le damos la ayuda a la carne viviendo en su naturalidad, no aprendiendo a vivir en el Espíritu, aunque lo tenemos. Entonces, es necesario ser muy honestos en esto, y no pensar que por causa de Romanos 6 nuestra carne ya adquirió de manera efectiva la impecabilidad. Y no es así, porque ahora empezó el combate entre la carne y el espíritu. Antes de nacer de nuevo, no había ningún combate entre la carne y el espíritu, porque estábamos solamente en la carne; había un combate entre el alma y la carne y aun la hay en el creyente, pero no había una lucha entre el espíritu y la carne, porque no habíamos nacido de nuevo. Pablo nos instruye acerca de esta lucha, y hace un profundo diagnóstico psicológico, sólo para exaltar lo que es el Señor. En la descripción psicológica de los problemas del hombre, este capítulo 7 es de los más profundos y ricos. Cuatro leyes espirituales Veremos, desde el versículo 12, la co-existencia de cuatro leyes diferentes. La ley es una constante, que tiene validez general. En este pasaje, el Espíritu Santo por mano del apóstol Pablo, empieza a mostrarnos que hay cuatro leyes distintas. La primera, la ley de Dios La primera, es la ley del propio Dios que tiene que ver con la naturaleza del Señor y que se presenta como ejemplo para nosotros, porque él quiere que seamos conformados a su imagen y su semejanza, pero antes de que el Señor hermosee nuestra vida, y nosotros poder ser como él quiere que seamos. Primeramente, él está fuera del hombre, como Jesús también decía a los discípulos que él estaba con ellos, pero que después iba a estar en ellos. Entonces la ley de Dios, la que está escrita en tablas de piedra, tiene los 613 mandamientos en los rollos del Pentateuco y se escribía después en las columnas, en las paredes, en las casas, en las filacterias, en muchas partes; y es una ley de Dios justa y buena. Pero existe al mismo tiempo otra ley, y Dios actúa porque la ley expresa lo que es en su naturaleza justa, santa y buena. Entonces Romanos dice: “De manera que la ley (es decir la ley de Dios, la que está en sus mandamientos y estatutos) a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro.7:12). La ley de Dios es justa, santa y buena. Nosotros no estamos menospreciando la ley, pero nosotros no nos justificamos por la ley; no porque la ley sea mala, porque la ley es la que nos hace conocer lo malo que somos. Si Dios nos trasladó del régimen de la ley al régimen de la gracia, no es porque la ley sea mala, sino porque nosotros somos tan malos y tan inútiles que no tenemos la capacidad para obedecer por nosotros mismos. Pero si la ley pudiera vivificar, dice Pablo, la justicia sería verdaderamente por la ley; pero el hecho es que nadie ha obedecido toda ley. Le preguntaron a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mt.19:16). “Cumplan los mandamientos”, les responde. Si cumplimos siempre los mandamientos y nunca fallamos en nada, ¿por qué Dios nos va a condenar? Pero ¿será que hay uno que ha cumplido siempre todos los mandamientos? Dios tuvo que hacer una nueva alianza, un nuevo pacto para perdonar los pecados y darnos su Espíritu. Entonces, ahora dice: “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, (el pecado singular) para mostrarse pecado, (y es lo perverso de esto) produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno (el pecado usó lo bueno para matarnos), a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro.7:13). Ahora se vuelve más horrible todo, porque la gente conoce lo que no debe hacer, lo que es abominable, pero igualmente lo hace, y éste es el misterio de iniquidad, que sin causa aborrecemos al Señor, porque sabemos. Pablo confía que los demás también lo saben como él, y que la ley es espiritual, porque como dijimos anteriormente, el problema no es la ley, el problema somos nosotros, carnales y vendidos al pecado. ¿Qué es lo carnal? Lo que nace de la carne. Todos nosotros nacimos de la carne, y todo lo que es nacido de la carne es carne. Basta con haber nacido de papá y mamá y ya es suficiente para ser carnal y para estar vendido y sometido al poder del pecado. Porque no es por mis pecados lo que me constituye pecador, sino fue la desobediencia de un hombre, y en la primera oportunidad que tuve simplemente demostré la máxima de que el hombre es un pecador. Entonces ahí se va descubriendo una ley distinta a la ley de Dios, en la carne del hombre. La ley del pecado Una segunda ley dice: “Porque lo que hago, (él va explicar porque dijo que era carnal y vendido al pecado; él va a explicarlo en una exposición magistral) no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco” (Ro.7:15). Pablo habla esto como un problema personal, pero ¿sería sólo de Pablo? Si somos honestos, es lo mismo con todos nosotros. “Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena”(Ro.7:16). Pablo nos dice que aprueba que la ley sea buena, aunque no quiera. Él no quiere ser un miserable, y después decir: ¿Qué es lo que hice? “De manera que ya no soy yo quien hace aquello” (Ro.7:17). O sea, no es solamente una complicación de mi alma; hay algo más aquí en este problema que Pablo nos dice; no soy sólo yo, sino que el pecado que mora en mí, y que el problema mayor soy yo. “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:18-19). ¡No soy sólo yo!, sino el pecado que mora en mí, desde que Adán se vendió al poder del pecado, y la naturaleza humana quedó vendida al poder del pecado, y toda la fuerza del alma humana no es suficiente por sí sola para vencerlo. El poder del pecado en su carne es el problema del hombre. La Palabra dice de Pablo: “Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros” (Hch.22:3). Él sí sabía lo que era querer hacer el bien y al mismo tiempo no hacerlo. Dios sabe a quién escogió para escribir este capítulo. Pablo no está teorizando; él era uno de los mejores representantes de lo mejor que tenía Israel, de lo más celoso, de lo más selecto, de lo más sincero. ¿Pero a dónde había llegado? A llamar a todo ese esfuerzo humano “ignorancia”. Aquí hay una segunda ley diferente, otra ley, otra cosa constante que se repite siempre, que está siempre. ¿Cuál? “Que el mal está en mí” (Ro.7:21). Y está en el santo apóstol Pablo, que hasta lo último de su vida y más claramente que al principio, confesó que era el peor de los pecadores; sin embargo, vivió una vida santa. Pero ahora que estamos en el capítulo 7, ¿qué es del capítulo 6? ¿Acaso no acaba de decir que hemos sido libertados del pecado? Sí, y esa libertad es en Cristo y está en el Espíritu, pero no en la carne. ¿Nos damos cuenta? Porque era necesario que escribiera en este orden la Palabra, para que no se malentienda la libertad como impecabilidad de la carne en cuanto estemos en la tierra. Vemos cómo Pablo hacía una crudísima descripción, muy sincera, para no engañar a la gente, ni engañarnos a nosotros mismos. Entonces dice: “hallo esta ley” (Ro.7:21). A esta ley le llama “ley del pecado y de la muerte”, diciendo que está en sus miembros y en los de cualquiera que haya nacido de Adán. Incluso en la carne de los que han nacido de nuevo está esa ley, y por eso el que nace de nuevo tiene que luchar en el espíritu contra la carne. Hay un combate a muerte entre la carne y el Espíritu que no lo había antes porque todo era sólo carne, habiendo sólo combates entre carnales, pero no contra el Espíritu porque el Espíritu de Dios luchaba con nosotros desde afuera. “Porque según el hombre interior (o sea según su espíritu), me deleito en la ley de Dios…” (Ro.7:22). Vuelve a mencionar la ley de Dios que está fuera, y el hombre interior concuerda con la ley, produciéndose una concordancia, por lo cual dice que aprueba que la ley es buena: “… Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente…” (Ro.7:23). La ley de la mente Aquí se menciona una tercera ley, la de su mente, o sea la de su propia alma, aquella que quiere hacer el bien y que aprueba la ley de Dios, y aunque no puede, hace el esfuerzo, pero no hace lo que quiere, sino lo que no quiere y lo que aborrece. Ya podemos ver esta ley de Dios, que está fuera de nosotros, escrita en las tablas de piedra, escrita en los rollos, incluso en nuestra conciencia de manera rudimentaria. Por eso podemos ver cómo antropólogos se han asombrado de percibir en indígenas que no tienen conciencia, la ley escrita en sus corazones poniendo orden en sus tribus, castigando el incesto, el robo y otras cosas como si hubieran leído a Moisés. Indígenas que nunca han oído nunca de Cristo ni de Dios. Continuando con el verso 23, vemos esa otra ley del pecado y de la muerte, que está en la carne y que se rebela contra la ley de la mente, la ley de nuestra alma. Dios nos hizo el alma para caminar con Dios, pero quedamos vendidos al poder del pecado. Aunque a veces aprobemos y queramos, no podemos, es decir, el hombre abandonado a su propia fuerza, a su buena voluntad, a lo mejor que hay en él, a su moral y ética, no cambia la condición caída de la naturaleza humana. “…y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!” (Ro.7:23-24). ¡Qué contraste es esto! Él mismo que dijo que está resucitado con Cristo dice “miserable de mí” y dice algo más: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro.7:24). Después de esa constante descubierta, de lo que es la carne humana, la carne del hombre, la ley del pecado y de la muerte en nuestros miembros, y la ley de la mente vendida al poder del pecado, Pablo hizo una gran pregunta, y Dios quería que se la hiciera: “¿Quién me librará?”. Mientras hacía el esfuerzo por sí solo, la pregunta tácita era: ¿Cómo saldré de esto? Podría haber muchas respuestas como: “voy a orar mas”, “voy a leer más la Biblia”, etc., pero el Señor dice esto: “…que creáis en el que él ha enviado” (Jn.6:29). Es decir, nos lleva directamente a él. Y así como Pablo, también nosotros nos preguntamos: ¿Cómo me libraré? ¿Cómo venceré? ¿Cómo superaré este problema que me humilla? Pablo empezó a mirar a alguien fuera de sí mismo. Demos gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor que nos librará del mal; él es la respuesta. “Con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro.7:25). Por eso decía que era el peor de lo pecadores, aunque no tenemos registro de sus pecados, sino de su victoria. Ahora sí llegamos al Lugar Santísimo del templo, al capítulo 8. Continuamos en el plano de la nueva creación que ya se había introducido desde el capítulo 5 y 6. Después de haber dado gracias a Dios por Jesucristo, menciona que “…ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Ro.8:1). Los que están en Cristo ya no pueden tener confianza en la carne, ni en sí mismos, ni en carne humana, solamente en Jesucristo. Y ¿qué implica estar en Cristo? Estar en él, es estar en el Espíritu. Así como todo lo que Adán destruyó lo heredamos en la carne, y andando en ella es lo que tendremos, así también Cristo venció, y lo que él es lo heredamos también gratuitamente en el Espíritu. Pues en la carne heredamos a Adán, y en el Espíritu heredamos a Cristo. Si andamos en el Espíritu, en el Espíritu somos libres, santos, justos, y buenos; y aunque la Palabra nos dice que no hay ninguno bueno sino Dios, el Espíritu Santo dice que Bernabé era un varón bueno. ¿La palabra se contradice? Bernabé era malo en Adán, pero bueno en Cristo. La ley del Espíritu “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús…” (Ro.8:2). Estar en Cristo es estar abiertos y confiados al Espíritu, pero no sólo al Espíritu, sino que nuestra fe debe incluir más revelación. Aquí no habla sólo del Espíritu, sino de la ley del Espíritu. Nuestra fe debe también creer en esta ley, así como hay una ley en la carne. El Espíritu de Dios, el del Padre y el del Hijo, también tienen una ley, que es interior, que siempre lleva a hacer lo perfecto, lo bueno, lo santo, lo que agrada a Dios; y así como la ley de la carne nos lleva al pecado y a la muerte, la ley del Espíritu nos lleva hacer lo correcto, y lo correcto es andar en Cristo. “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez.36:27). El Señor no solamente nos dio el Espíritu, sino que el Espíritu que nos dio tiene también una ley. Por eso está escrito que la ley del Espíritu es una revelación de Dios. Debemos creer y confiar en el Espíritu, en el que tanto confió el Señor; él nos dijo que cuando viniera el Espíritu Santo, el otro Consolador: “…él os guiará a toda verdad…” (Jn.16:13). Eso no será solamente una verdad sinóptica, será una verdad espiritual, es decir, una vida. Si hemos nacido de nuevo y tenemos al Señor Jesús y a su Espíritu, también en nuestro espíritu hay otra ley superior que es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, la que me libra de la ley del pecado y la muerte en la carne. No es el esfuerzo de mi alma, es la ley del Espíritu; no es lo que produzco con mi fuerza, sino es lo que produce por si solo el Espíritu. Él es el que toma la iniciativa y nos impulsa, nos sostiene y nos ayuda; nos hace fuertes, alegres, no como respuesta a nuestros méritos, sino como respuesta a su propia fidelidad, a su propia función, a su propia misión. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado…” (Ro.8:2). Esta fue la experiencia de Pablo; por eso él dice que “… aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia…” (Rom.6:17-18). La obra del Señor no puede ser solamente el aspecto negativo de la Cruz, y negativo en el sentido de solo quitar lo malo, sino también el aspecto positivo, de suplir por el Espíritu. Es el Espíritu el que introduce lo nuevo. Sí necesitamos el perdón. Gracias a Dios, en el mundo cristiano, especialmente evangélico, se ha enfatizado sobre el perdón de los pecados por la Sangre, y sobre nuestra muerte juntamente con Cristo; pero también es necesario seguir al Espíritu en el que también hemos resucitado, y hemos nacido de nuevo. En ese mismo Espíritu que es el de Dios, que es el de Cristo, que es el de los Apóstoles, que es el del Nuevo Testamento, en ese mismo Espíritu nosotros también debemos andar. “Porque lo que era imposible para la ley…” (Ro.8:3). Siempre la salida es Dios; Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado (es decir, con la misma naturaleza humana que tenía Adán quien después se vendió al pecado), lo condenó en la carne, y no permitió que el pecado venciese, y lo expuso, y no lo aprobó. Parece que fallar es humano, y se acepta la pecaminosidad como algo normal, llamando a lo malo bueno y a lo bueno malo, porque el hombre, de tanto querer ser perfecto y no poder, acepta su imperfección como algo normal. Pero es Cristo lo que Dios tiene como normal para el hombre. No cedamos a la naturaleza humana caída, sino que digamos al Señor que queremos vivir como si no fuéramos humanos, y que todo esto no lo podemos vivir sin Él. Y así como Pablo, que vivió una gran y maravillosa vida en las narices de su propia debilidad, el poder de Dios se demostró perfecto en él, y con esto no se está diciendo que Dios no fuera perfecto, sino que su poder se manifestó en él, mientras más débil era Pablo, diciéndole: “…mi poder se perfecciona en la debilidad….” (2Co.12:9). En otras palabras, quiso decirle que aunque él era débil, que confiara en Dios, y Él aplicaría su perfección en él. Continúa el apóstol, diciendo: “…condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, (no sólo en cuanto a la muerte sino en cuanto a lo que es correcto) que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro.8:4). Entonces, aquí Pablo introduce la vida en el Espíritu, eso que él experimentó y que muchos otros victoriosos en Cristo también experimentaron. Continúa diciendo: “porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro.8:5-6). En el griego, la traducción de ocuparse es “poner la mente en”. Nosotros somos tripartitos, espíritu, alma y cuerpo. Los hijos de Dios tenemos al Espíritu de Dios en nuestro espíritu; nuestra alma está entre el espíritu y la carne; ella es la que escoge, ella es la que decide de qué ocuparse, en quién poner la mente. Por lo tanto, el alma puede poner la mente en las cosas de la carne, y tan pronto dejas que el alma se solace en pensamientos de la carne, comienza a despertar la concupiscencia, los juicios, empieza el enojo, el rencor. Y todo, por poner la mente donde no debía, en vez de haber puesto la mente en el espíritu, en el hombre interior, donde está el Señor. El alma tiene la oportunidad de poner la mente en la carne o en el espíritu. Pablo dice que: “…se propuso en espíritu…” (Hch.19:21). Él estaba en contacto con el Espíritu, atento al Señor en su espíritu; hay que servir al Señor que mora dentro de nosotros y adorarlo en el espíritu. Si nos volvemos a Él cosecharemos vida y paz, y le daremos lugar a que el Espíritu con su ley interior se mueva. Este es el asunto: andar según el Espíritu, ocuparse de la cosas de Dios, no en las cosas religiosas; es ocuparse de Dios mismo, atender al Señor, volverse a él, invocarlo, tocarlo con nuestra fe, atender su mover en el Espíritu si él está alegre, si está triste, si hemos contristado su Espíritu. Voy a atender al Señor en el hombre interior; a eso se refiere, porque ocuparse de la carne es muerte. “Por cuando los designios de la carne son enemistad contra Dios…” (Ro.8:7); las intenciones de la carne; y en consecuencia, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Es una cuestión de capacidad. Aun el alma sola, el hombre psíquico, no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, sino que se deben discernir espiritualmente, poniendo atención al mover interior del Señor en el espíritu. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:9-10). Estar alerta a lo que pasa dentro de nosotros, no dejarnos arrastrar al remolino del alma, a los apuros de este siglo. Invoquemos al Señor y descansemos en Él. “Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”(Ro.8:11). Él vivificará no sólo nuestro espíritu, y no sólo nuestra alma, sino aun nuestro cuerpo. Nuestro viejo hombre fue crucificado y por eso podemos, en la práctica cotidiana, hacer morir las obras de la carne “…todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos; ¡Abba, Padre! (Ro8:14-15). Esto es algo que él mismo hace: da testimonio a nuestro espíritu que no nos abandona, él nos mueve, nos habla, nos santifica; allí nos declara en el Lugar Santísimo que somos hijos de Dios, “y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que también juntamente con Él seamos glorificados” (Ro.8:17). Hay un padecimiento en este conflicto, en este combate, luchando hasta la sangre contra el pecado, pero no en la sola fuerza nuestra, sino con la fe, contando con el Espíritu y su ley. El fluir del Espíritu, la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús es la que nos libró, dice Pablo, de la ley del pecado y de la muerte.

LIBERTADOS PARA FRUTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:14, Categoría: General

Libertados para fruto. Anteriormente hemos hecho un pequeño seguimiento de algunos de los capítulos de la epístola a los Romanos, relacionándolos con el tabernáculo, y viendo cómo algunas de las porciones del tabernáculo, de lo cotidiano, de los ritos, tienen una correspondencia con la presentración del Evangelio de Dios que nos hace el apóstol Pablo. Veíamos a grandes rasgos cómo los primeros capítulos, 1, 2 y hasta la mitad del 3 aproximadamente, aparecían, ya en el lenguaje propio neo-testamentario del Evangelio, la bacia o Fuente de Bronce que fue hecha con los espejos de la mujeres de Israel, en la cual los sacerdotes podían verse a sí mismos. Entonces veíamos porqué debían ser purificados, y pasar por el Altar de Bronce. En esos primeros capítulos de Romanos se presenta que el hombre es inexcusable, así también como los gentiles que han tenido un testimonio verdadero, aunque parcialmente verdadero de Dios, a través de las cosas creadas. En el capítulo 2, también se presenta a los judíos como inexcusables. En el capítulo 3, ya llega con ese diagnóstico tremendo de que no hay justo, ni aun uno. Vemos cómo el trabajo inicial del Espíritu Santo, de convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio, es claramente hecho ahí. Entonces esos primeros capítulos, digamos desde el 1:1 al 3:20, nos hablan del primer aspecto del Atrio, y de la función de la Fuente de Bronce, con los espejos de las mujeres de Israel, que esperaban a la puerta del tabernáculo, como nos lo dice el libro de Éxodo. Ya desde el versículo 21 comienza a describir el Altar de Bronce, mostrando la justicia de Dios por medio de Cristo, hablando de la muerte expiatoria de él, de la justificación por la fe, del tratamiento de nuestros pecados o transgresiones por la Sangre del Señor, del perdón de Dios, y después uno de los primeros tipos de sacrificios, mostrando la riqueza de la obra del Señor Jesús en la Cruz, y cómo él nos consiguió el perdón. Luego del capítulo 4 y del 5, a partir del verso 12, se hace una transición también, así como en varias transiciones cuando se describen los sacrificios por el pecado, el sacrificio de paz, etc. En Levítico dice: Esta es la ley de los holocaustos, y de las ofrendas, de los sacrificios por la culpa, por el pecado, los sacrificios de paz, los de consagraciones, y una serie de palabras claves que nos revelan la profundidad de las riquezas inescrutables de la gracia de Dios en Cristo, realizadas por Él en la Cruz. La muerte del Señor por el pecado Ahora pasamos a tratar este aspecto de la muerte del Señor por el pecado, en el sentido singular. Hasta el capítulo 5 verso 11 se podían ver palabras claves como justificación, perdón, salvación, incluso reconciliación, mostrándonos aspectos de la expiación, el sacrificio por el pecado, el sacrificio de paz. Pero luego el apóstol Pablo, ya en el capítulo 5, no trata solamente el problema de los frutos del árbol, sino el problema del árbol mismo que no luce con los frutos. El Señor no trata solamente el perdón por los pecados que cometemos, los cuales con su infinita gracia, con su preciosa Sangre, nos perdona, sino que aquí se presenta otro problema, y es lo que nosotros mismos somos. No solamente el fruto del árbol, sino del árbol mismo; el Señor no solamente tiene que tratar con nuestros pecados, sino con el pecador. Luego comienza a aparecer el aspecto del tratamiento al pecador a través de la Cruz y a través de la muerte conjunta con Cristo. Entonces, ya no se habla más en plural de las transgresiones, de iniquidades y pecados, ni perdón de los pecados en plural, sino que comienza a aparecer la palabra “el pecado” en singular, especialmente en el capítulo 5 y en el capítulo 6. En nuestra condición humana, hemos sido concebidos en pecado desde el vientre de nuestra madre, y fuimos constituidos pecadores por la desobediencia de un solo hombre, que fue Adán. El problema es que cuando Adán pecó, la naturaleza humana en general quedó vendida al poder del pecado, y cada ser humano que nace es un pecador, que antes de cometer el primer pecado ya está listo para pecar tan pronto tenga la primera oportunidad. Pablo dice, por el Espíritu Santo, en Romanos que: “…por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…” (Ro.5:19). Es decir, cuando Adán pecó, la naturaleza humana fue vendida al poder del pecado, quedando esclava de él, e incapaz por sí sola de vencerle. Por lo tanto, el problema que el Señor ha tenido con nosotros no es solamente lo que hacemos, sino lo que somos en nosotros mismos. Desde la segunda mitad del capítulo 5, comienza a tratar lo que es estar en Adán, en contraposición a los que están en Cristo. Ya no solamente habla del perdón sino que habla también de la Cruz, y ya no solamente habla de pecados, sino del “pecado”, referido al poder del pecado que subyuga a la naturaleza humana a partir de la caída del primer hombre, y que opera en todos los hombres, con excepción del Señor Jesucristo que venció el pecado en la carne, y este no pudo entrar en él, y no fue aceptado en su carne. El Señor Jesucristo asume, por una parte, como si él hubiera cometido los pecados, y muere por nuestros pecados, simbolizando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; pero también el Señor, por él mismo, se identificó con aquel juicio de la serpiente. Cuando el pueblo de Israel era mordido por una serpiente, tenía que mirar a otra serpiente, pero de bronce, que estaba insertada en un asta, para poder ser libres del efecto de la mordedura. Entonces, ahí estamos viendo otros aspectos de la obra del Señor Jesucristo, y no sólo el morir por nuestros pecados, sino que también comienza a introducirnos en el hecho de nuestra muerte conjunta con él, que es otro nivel de la obra del Señor Jesús en la Cruz, el cual está más allá de haber muerto por nuestros pecados como el Cordero de Dios que con su Sangre nos limpia de todo pecado. Es también el primer nivel el que tiene que ver con la justificación y con la limpieza de la mancha del pecado; pero ahora va más allá cuando Aquel mismo dice: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:14). Ahí el Señor Jesús fue hecho pecado por nosotros, llevando nuestra maldición, y nuestro viejo hombre crucificado juntamente con él, así como también el pecado. El cuerpo de pecado es anulado o dejado sin efecto, o bien dicho, desempleado, por medio de la muerte de Cristo que es el último Adán, con quien todo lo perteneciente a Adán es terminado, resucitando Cristo como el Segundo Hombre para comenzar de nuevo. Ya hemos llegado al capítulo 6, donde dice que: “…nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, (…) Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro.6:6 y 11). La liberación del pecado Pablo está entrando en algo más profundo que solo sobre el perdón. Otra palabra que comienza a aparecer especialmente en el capítulo 6 es la palabra libertad. Ya que una cosa es ser perdonados, y otra cosa mayor y más profunda es ser liberados. El capítulo 6 nos presenta claramente en el evangelio la liberación del pecado, y no solamente el perdón de los pecados, sino la liberación. A veces podemos entender mal este capítulo, e interpretar la liberación del pecado como si nuestra carne pudiera mejorar después de nacer de nuevo, tornándonos impecables. Estas son interpretaciones raras de nuestra muerte con Cristo, y de nuestra liberación del pecado. Lo que somos en Adán está siempre en nuestra carne, hasta el día que nuestra carne sea transformada en un cuerpo glorioso semejante al resurrecto del Señor Jesús. Si hay una liberación del pecado es porque el Señor Jesucristo condenó al pecado en la carne, pasando la naturaleza humana por la Cruz y también por la resurrección y ascensión. De manera que la liberación del pecado está en Cristo, por lo tanto, está también en el Espíritu. La libertad de la que habla Pablo en el capítulo 6, no es una libertad en el sentido de que nos tornamos impecables, y que nunca pecaremos, pues sería una doctrina errónea acerca de la impecabilidad. El apóstol Juan también habla, en su primera epístola, algo muy interesante: “Todo aquel que permanece en él, no peca; (1Jn.3:6). “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1Jn.1:8). “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados…” (1Jn.1:9). Esto para que no pequéis, pero luego con todo realismo continua diciendo: “…y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1Jn.2:1-2). Ahora, en el capítulo 6 de Romanos, desde el versículo 15, veremos cómo empiezan a aparecer algunas diferencias de expresión, que hasta aquí no habían aparecido. En el capítulo 3 y 4, las expresiones eran en plural, por ejemplo, “los pecados”, “las transgresiones”, etc. “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos” (Ro.4:7). Dios tenía que hacer algo más profundo con nosotros, y por su gracia lo ha hecho en Cristo. Dios tenía que libertar nuestra naturaleza del pecado; y no lo hizo desconectando el pecado de nuestra carne, sino dándonos una nueva vida en el Espíritu, totalmente justa, santa, libre y verdadera; pero en la carne continuó operando el Adán caído. Si escogemos andar en la carne, aparecerá de nuevo la miseria que Adán introdujo en la naturaleza humana. Si escogemos andar en el Espíritu, en él hay libertad, hay justicia, y ya no solamente imputada como en el perdón, sino que infundida, porque la nueva naturaleza, la divina, es justa en el sentido positivo, y es santa en el sentido positivo. Hay un aspecto negativo también de la santidad, que es como la separación de lo pecaminoso y del mundo, e incluso de lo humanamente natural y de lo común; pero hay un aspecto positivo de la santidad que la naturaleza ofrece. Entonces, el Señor nos libra de lo negativo y podemos decir que nos perdona en un sentido jurídico. El Señor también introduce un elemento nuevo, que es la naturaleza divina, naciendo de nuevo nosotros del Espíritu. Somos nuevas criaturas creadas en la justicia, y en la santidad de la verdad; y eso es un aspecto positivo de la justicia y de la santidad. Tenemos que comprender cada nivel de la Cruz, donde el propio Señor Jesús tiene que morir por nuestros pecados, y además hecho pecado por nosotros, cargando con la maldición; es decir, ensartar a la serpiente en el asta, y juzgarla. Por eso, esa serpiente era de bronce, que representa el juicio de Dios; y ensartada en un asta porque es representativa de la crucifixión del viejo hombre en la Cruz, porque el Señor fue hecho pecado por nosotros para que seamos hechos justicia de Dios en Él. Ahora, ya en el capítulo 6, aparece la palabra libertad; palabra que se asocia luego con el Espíritu. Pero para que no entendamos mal, esta liberación nos lleva del capítulo 6 al 8, donde habla de la ley del Espíritu de vida y de la vida en el Espíritu. Pero, también es necesario pasar por el capítulo 7, para que no entendamos mal los términos de la liberación, pues es preciso tener claro que en Cristo Jesús fuimos totalmente libertados del pecado. Pero por este capítulo 7, entendemos que esa liberación no constituyó una mejoría de nuestra carne. Nuestra carne no ha mejorado y sigue siendo poco confiable, ya que no podemos nunca poner nuestra confianza más en ella, ni siquiera en sus aspectos más blanquecinos, como los que aparecen en aquella lista blanca de las obras de la carne que está en Filipenses 3. Por lo tanto, la carne tiene su lado aparentemente bueno; el árbol que mata, es el que tiene más descaros en el mismo árbol, porque no es que uno es el árbol del bien y otro es el árbol del mal. Uno es el que da vida divina, y el otro es el árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, el de la justicia propia, de la independencia humana de Dios. El Señor nos quiere conducir al árbol de la vida, y no solamente a una justicia propia, sino a vivir única y exclusivamente por el propio Dios, por el propio Cristo de Dios, por el propio Espíritu de Jesucristo. El papel de la responsabilidad humana Veamos el capítulo 6, para dar continuidad a esa visión panorámica, a partir del verso 15: “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Ro.6:15). Esto ya lo había dicho en el verso 1: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Ro.6:1-2). Ya introduce nuestra muerte con Cristo diciendo: “Porque los que hemos muerto al pecado” (Ro.6:2). No está diciendo que debemos ir muriendo, o hacer un esfuerzo para procurar libertad, ¡nada de eso! Él habla de hechos espirituales consumados en la persona de Cristo, que son una realidad en el Espíritu y en el nuevo hombre, pero no en la carne, sino en el Espíritu. “¿No sabéis que si os sometéis…” (Ro.6:16). Aquí vuelve a introducir la responsabilidad humana. En este capítulo, cuando comienza a hablar de la libertad, ya no estamos en el Atrio. Cuando se hablaba de la Fuente de Bronce, de ser convencidos de pecado, e incluso un sacrificio por las transgresiones, y del sacrificio por el pecado, todos los tipos de sacrificios se realizan en el Altar de Bronce. Estamos en el Atrio; pero luego el efecto de eso es introducirnos, darnos entrada, al Lugar Santo. En el Atrio hay que tratar lo que deberíamos de tratar, pero ya en el Lugar Santo, se trata de lo que pasa con el alma. Dios trata con nuestra alma, así como el Lugar Santísimo trata con nuestro espíritu, y podríamos decir, que el capítulo 8 de Romanos, donde aparece el río de vida del Espíritu de Dios, es el Lugar Santísimo, porque los ríos de Dios, salen de debajo de su trono, salen del Lugar Santísimo, y claro, después aparece, saltando desde el 8 al 12, la vida de la Iglesia. O sea, estaban dispuestas en el tabernáculo; pero como la Iglesia comienza y termina con Israel, no puede saltarse del 8 al 12, sino que tiene que pasar por el 9, 10 y el 11, donde nos habla del misterio de Israel, de Dios planificando algo con Israel. Promesas, corrección, endurecimiento parcial, pero transitorios. Cristo es el todo y en todos; así la Iglesia comienza con Israel, las promesas fueron hechas a Israel, de perdonar los pecados, de dar el Espíritu; comienza en Jerusalén y en Judea y en Samaria, y después pasa hasta lo último de la tierra, y al final vuelve otra vez a Israel, como lo hacen muchas profecías, y las resume en Romanos 11. Entonces, entre el capítulo 8 donde está el Lugar Santísimo y el capítulo 12 donde está la vida práctica de la Iglesia, los capítulos 9, 10 y 11 tienen que ver con el misterio de Israel, porque la Iglesia empieza en Jerusalén; la Iglesia empieza con promesas hechas a Israel, que pasan a través de la Cruz también a los gentiles. Por lo tanto, la Iglesia no puede ignorar el misterio de Israel; por eso dice: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles…” (Rom.11:25). El Lugar Santísimo tiene que ver con nuestro espíritu; y hay que tratar lo relativo al Lugar Santo, el alma, pues es el resultado de haber sido facultados en el Atrio por el perdón y por la muerte conjunta con Cristo, por reconciliación y por la resurrección de Cristo y ascensión. Entonces, escondidos con él ahí, comenzamos a entrar, comienzan las operaciones de nuestra alma, porque, en cuanto al Atrio, las operaciones son de tipo jurídico, pero en el Lugar Santo las operaciones son del tipo orgánico; es decir, lo que el Señor hizo con nosotros en la Cruz, se comprimió el sentido, y cambia nuestra situación jurídica de culpables, por perdonados, y por libres. Pero Dios no quiere solamente cambiar delante de él nuestra situación jurídica, sino que quiere también transformarnos a nosotros. No solamente es algo de perdón, sino también de conocimiento de la renovación, de transformación, y todo eso tiene que ver con nuestra alma, y con nuestro espíritu. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien, a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (Ro.6:16). Es interesante que relaciona la justicia con la obediencia, y en otros lugares, inclusive empezando Romanos, en el saludo, habla de la obediencia a la fe, o sea, que la verdadera fe incluye el arrepentimiento que produce obras, como dice Santiago. No es que tenga que haber necesariamente una oposición entre Pablo y Santiago, pues Pablo también ve lo que ve Santiago, pero Pablo enfatiza primeramente el aspecto jurídico de la justificación por la sola fe sin las obras. Pablo también dice en Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella” (Ef.2:8-9). Y Santiago cuando habla de la fe nos dice: “Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg.2:18). Si leemos Santiago, nos encontramos con frases como ésta, donde él se refiere a la salvación del alma. Lo que Santiago está tratando en su epístola, es lo relativo a la salvación del alma y al reino, y no lo relativo a la salvación jurídica. Lo que trata Santiago, lo trata también Pablo en las segundas partes de sus epístolas, de manera que no hay una contradicción sino un complemento. Las dos líneas apostólicas son inspiradas por el Espíritu Santo. “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados…” (Ro.6:17). La obediencia trae justicia, y esta gracia, a primera vista, parece sumamente osada, pero Pablo habla así con tal desparpajo, y sin temores al mencionar la palabra doctrina, pero no hay problema en eso si se está en el Espíritu. Así que Pablo no está usando la palabra doctrina en un sentido legalista. Ahora, continúa con la consecuencia de esto: “…libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro.6:18). Donde dice “erais esclavos del pecado”, ahora dice “libertados del pecado y hechos siervos de la justicia”, hablando del resultado normal de haber sido crucificados con Cristo y resucitados también con él, hechos nuevas criaturas. Por lo tanto, en la nueva creación somos libres del pecado, en Cristo por el Espíritu. Pablo no quiere que malentendamos esto, y que digamos que nuestra carne mejoró, y por eso sigue diciendo: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad…” (Ro.6:19). Él podía hablar como hijo Dios, pero también por la debilidad humana de los hermanos en su carne, porque no han creído lo suficiente para permanecer lo más posible en el Espíritu. Es posible vivir toda la vida en el Espíritu, pero no lo hacemos. Dios no nos puso una imposibilidad, sino que nos la ponemos nosotros al tomarnos vacaciones del Espíritu y darle lugar a la carne, pero la provisión espiritual, y el perdón, son cosas verdaderas. El Espíritu es suficiente. La Sangre y el Espíritu son los elementos esenciales de la promesa del nuevo pacto, por los que Dios olvidaría nuestros pecados y pondría ese Espíritu en nosotros, y nos haría andar en sus caminos. Pablo estaba en Espíritu cuando habla como humano, pues ya no dice nuestra, sino vuestra. En Cristo hay la muerte al pecado, y en Cristo todo se puede, pero de todas maneras él dice que habla como humano, por vuestra humana debilidad. “…que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros…” (Ro.6:19). Aquí se refiere a esa aplicación cotidiana de la provisión en el Espíritu, ejercida por la fe, y la responsabilidad del hombre en la fe, esforzándose en la gracia. La gracia escrita en nosotros, y el esforzarse de nosotros en Cristo, son los dos aspectos complementarios, los dos remos de una barca. La provisión es lo que el Señor hizo por nosotros, o sea, Cristo en nosotros; ese es un remo. Y a veces hay que remar con un remo. Pero si sólo reman con ese remo, vamos a dar vueltas y vueltas, y no va a avanzar porque está siendo pasivo e irresponsable. No podemos dejar de contar con la provisión y la obra consumada de Cristo, creída por fe, que es la provisión, mas también siendo responsables en disfrutar lo que hemos conseguido por gracia. Quien tomó la decisión de presentarse a la iniquidad fue el alma, y el alma es la que así también debe tomar la decisión de presentarse en Cristo y tomar por la fe activa lo que Cristo ha provisto. “…que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia…” (Dt.30:19). Cristo es nuestra santificación, pero aquí nos está hablando de la santificación no sólo provista, sino de la santificación adquirida. Ya nacimos en el nuevo hombre, y así también ya se nació en la justicia y santidad de la verdad; pero debemos ejercitarlas en la vida diaria por la fe activa, para que esa santificación provista se exprese en nuestra vida. “…sino presentaos vosotros mismos a Dios (…) y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Ro.6:13). Cuando habla de “santificación y para servir a la justicia” está pasando de la sola fe, a lo que Pedro dice: “…añadid a vuestra fe virtud…” (2P.1:5). Es decir, al ejercicio de la provisión por medio de la fe, considerarse muertos al pecado, y también vivos para Dios, en Cristo; muertos para el pecado en Cristo por la fe, porque él nos crucificó y nos liberó en Él, y eso está en el Espíritu, y al Espíritu lo recibimos por gracia, y no por las obras de la ley. Así que, permaneciendo en Él y Él en nosotros, avanzará la barca, y llevaremos frutos de justicia para la gloria del Padre. “Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios…” (Ro.6:20,22). Ese “ahora” de que habla Pablo, es el ahora de la Iglesia. La Iglesia no solo ha sido perdonada porque es de Él, sino que ha sido también liberada y constituida nueva creación, hijos e hijas de Dios en la gracia asumida con responsabilidad y fe. Ahora pasamos de lo jurídico a lo orgánico; pasamos de la provisión al disfrute; pasamos a tener la tierra dada por Dios delante de nosotros, a poner el pie en la tierra para que efectivamente el regalo sea demostrado como cumplido. Veremos otra expresión que aparece en 2ª de Tesalonicenses, dejando un momento Romanos, pero lo retomaremos nuevamente: “… Cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros). Por lo cual, asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder…” (1Ts.1:10-11). Recordemos la colaboración del casamiento entre el Dios que provee y el hombre que recibe, que corresponde sustentado por la gracia, y ahora ejercita la liberación, que es la libertad que la gracia dio, porque Dios no obliga a nadie. La gracia capacita a ser libre al que escoge libremente, esforzándose en la gracia. Luego, ¿qué debe cumplir Dios? “Todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder”, nos dice la Palabra. Aquí está la sinergia, aquí están los dos remos: Dios en nosotros, y que cumpla con su pueblo, y nosotros en Dios-Cristo. Pablo dice: “Me propuse en espíritu”. Es decir, él ejercitó su voluntad, y esto nos sirve a nosotros, porque algunos quieren que el Señor nos hale del oído, y haga todas las cosas solo; pero el Señor dice: “Yo quise, mas vosotros no quisisteis”. El Señor es soberano y todopoderoso, pero él no ejercita de forma violenta, ni de manera arbitraria, su soberanía. Dios quiere un ser humano responsable. Claro que la caída afectó nuestra capacidad, pero la responsabilidad sigue porque fue dada al hombre, y ahora el hombre en la gracia tiene la capacidad de cumplir su responsabilidad. Pero, ¿qué hace la gracia? La gracia recapacita para la responsabilidad, pero no la sustituye. El que quiera ser nacido de nuevo, tome esa provisión: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc.9:23). Esto es una provisión de Dios que viene a ser adquirida por la fe, y con una elección responsable, sustentada en la gracia. La Escritura dice: “…Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo…” (Hch.7:51). El Espíritu Santo sí es resistible. Dios, que es soberano y todopoderoso, podría obligarnos, pero dejaríamos de ser hombres y pasaríamos a ser muñecos, y esa clase de gloria no es gloria para Dios. Él hace a sus criaturas responsables y libres. Algunos piensan que la gloria de Dios consiste en una sola realidad arbitraria, y no es así, porque la gloria de Dios consiste en ser adorado en espíritu y en verdad, y eso es lo que el Padre busca. Dios quiere que nosotros queramos: “Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap.22:17). “Si alguno quiere venir en pos de mí…” (Lc.9:23). “…el cual quiere que todos los hombres sean salvos…” (1Ti.2:4). Dice Pablo a Tito que: “…la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres…” (Tit.2:11). El hombre no le ha querido recibir, porque la manera como Dios da la fe es haciendo oír el evangelio; y además la Palabra nos dice que: “…la fe es por el oír…” (Ro.10:17). Entonces, hay una responsabilidad en el hombre. La gracia no anula la responsabilidad del hombre, sino que capacita al hombre para que se esfuerce en la gracia y tome una decisión en la gracia. Entonces, no es que sea sólo Dios produciendo el querer y el hacer sin nosotros, sino que Él produce el querer y el hacer, pero en nosotros; o sea, pasando a través de todo nuestro ser en pleno ejercicio, conteniéndonos en sus obras. “Mas a todos los que le recibieron (…) les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…” (Jn.1:12). Pero tienen que recibirle para ser hijos de Dios. En Tesalonicenses, Pablo usa estas expresiones: “propósito de bondad”, y “obra de fe”, que es el proponerse, y es la responsabilidad del hombre. Ahora regresemos nuevamente a Romanos, que nos dice: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado…” (Ro.6:22). Este “ahora” es de la regeneración, de la nueva creación en Cristo, es el ahora del suministro del Espíritu de Dios como un don, y es el ahora nuestro. Y también vuelve a usar la palabra libertados, y ya no el perdonados de los pecados, sino libertados del pecado, en singular. Es algo más profundo, es otro aspecto de la muerte de Cristo. “…y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación…” (Ro.6:22). Pero esta santificación es provista, y es Cristo en nosotros; es la que produce el fruto, y debe ser apropiada por la fe, y ejercida en fe, por responsabilidad del hombre, para que esta santificación ya no sea sólo provisión. “…y como fin, la vida eterna” (Ro.6:22). Esto pareciera ser una paradoja, que aquella vida eterna aparece como fin. En algunos lugares, aparece como futuro, y en otros aparece como presente, pero todo esto no es una contradicción. Dice Juan: “…os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” (1Jn.5:13). Es decir, que ya la tenemos. Y Pablo también ha dicho que: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; (…) pues es don de Dios…” (Ef.2:8). También se nos muestra como un hecho. Pero el Señor Jesús dice: “Mas si quieres entrar en la vida…” (Mt.19:17). Hay que poner atención a esta frase, pues una cosa es que la vida entre en nosotros, y otra cosa es que nosotros entremos en la vida. La vida entra en nosotros cuando creemos, y pasamos de muerte a vida. El que vea al Hijo y crea en él, no perecerá jamás; el que recibe al Hijo tiene la vida. Este es el testimonio de Dios, que nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. Cada uno tiene la vida, y esa vida tiene una tremenda capacidad. Pero llega la hora del tribunal de Cristo, y viene la pregunta: ¿Qué hiciste con tu mina? Y uno dirá: “Señor, tu mina produjo diez minas”; entonces se le dirá: “Sé sobre diez ciudades”; otro dirá: “Produjo cinco minas”; por lo que también: “Sé sobre cinco ciudades”. Entonces, una cosa es la vida que entra en nosotros, lo cual equivale a recibir la mina; y otra cosa es nosotros entrar en la vida. La vida como un don, y la vida como un vivir, porque hay Cristo como vida y Cristo como vivir. Cristo como vivir es la aplicación del don de la vida a la cotidianeidad, es el poner el pie en la tierra. Eso es lo que dice aquí Pablo “como fin la vida eterna”. Si estuviera hablando de la provisión, tendría que decir “como principio la vida eterna”; pero como ahora se trata del aprovechamiento responsable de la gracia, ahora tiene como fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Por eso, Pablo le dice a Timoteo: “…echen mano de la vida eterna” (1Ti.6:19). Pero acaso, ¿no la tiene ya? Claro que la tiene. Jurídicamente ya está salvo y ha nacido de nuevo, y en esa nueva criatura está el reproducir a Cristo en la vida de las personas, formar a Cristo hasta configurarlo a su imagen. Para que él se configure en nosotros, y nosotros seamos configurados para él, se requiere de nuestra colaboración, de nuestra responsabilidad, de nuestro esfuerzo en la gracia. No estamos hablando de que nosotros podemos hacer algo sin la gracia, sino que estamos hablando que la gracia quiere que seamos responsables. El Señor quiere colocarnos en una posición cerca de él en su reino, y todos los que estén en el reino van a estar salvos, pero una cosa es ser ciudadanos de una ciudad y otra cosa es ser alcalde de una ciudad, y otra mayor es ser coordinador de la nación o presidente de la nación. El Señor va a necesitar muchos presidentes, reyes, gobernadores, y alcaldes, y no sólo ciudadanos. Ser ciudadanos es por haber nacido de nuevo, pero ser alcalde, ser el gobernador, ser el ministro de hacienda, es haber trabajado con el presidente cuando él era candidato, es haber sido su amigo, colaborador con él, y haberle servido, para que entonces, cuando él ya esté gobernando, sepa cuáles son sus amigos que lucharon con él, y darles algún puesto en la presidencia con el rey. La salvación es una cosa y el reino otra; la provisión es una cosa y el aprovechamiento de ella es otra; la gracia es una cosa y la responsabilidad es otra. Dios nunca nos da su gracia para hacernos irresponsables, sino para que seamos cada vez más responsables en aprovecharla. Por eso dice: “¿Perseveraremos en el pecado para que la Gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos en él? (Ro.6:1-2). El que hayamos muerto significa que estamos crucificados, pero también resucitados, y que nos tenemos que considerar muertos y a la vez vivos, y como vivos, presentarnos como instrumentos de justicia. Ahí no hay ninguna pasividad, sino que hay propósito de bondad y obra de fe, pero cumplidos por Dios con su poder, por dos remos, para avanzar por el sepulcro, y hacia la vida eterna, y a santificación desde la santificación, y desde la vida eterna. Desde la vida eterna, hacia la vida eterna; desde la santificación provista, a la santificación aprovechada. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ro.6:23). La dádiva nos dice que es en Cristo Jesús nuestro Señor; y ahí entonces ya llegamos al capítulo 7, que a modo de resumen valdrá la pena mantener. Y aparecen varias cosas desde el verso 7. La ley del pecado en la carne es tan fuerte que el poder del pecado no es vencido por la sola alma, ni por la sola fuerza de la mente, o por la sola fuerza del hombre. Tiene que haber una cuarta ley: la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, que es la ley que tiene el Espíritu dentro de Él. Así como cada criatura tiene una programación interior, donde cada ser vivo se comporta como lo que es. Es decir, digamos que en el ADN están programadas todas sus funciones, y así como los animales tienen su naturaleza, así los seres humanos caídos están programados para pecar. Pero el Espíritu Santo, que no es criatura, pero proviene del Padre y el Hijo, Él también tiene una ley dentro de sí, que se llama la ley del Espíritu de vida en Cristo, y esa es la que nos libra de la ley de pecado en la carne. La ley de la mente no es suficiente para vencer la ley del pecado y de la muerte en la carne, sino que se necesita la ley del Espíritu. Por eso Dios no nos colocó ahora bajo la ley externa, la ley de los mandamientos, pues hemos muerto con Cristo, y por la muerte hemos sido crucificados con él, y sepultados con él. La ley externa nos condenaba a muerte y esa condenación la recibió Cristo por nosotros, y Cristo nos incluyó en su muerte. Él resucitó como Segundo Hombre, y nos resucitó para casarnos con otro; se muere el marido, como decía al inicio del capítulo siete, entonces esa mujer está libre de casarse con otro. Mientras el marido vive, no puede casarse con otro, pero cuando su marido muere, sí puede hacerlo. Así nosotros hemos muerto. La ley no tiene por qué morir, pero nosotros sí morimos. Nosotros no pudimos obedecer la ley, y ésta nos condenó. Pero Cristo nos salvó en su muerte, nos sepultó con él, nos resucitó, nos dio el Espíritu y ahora nacimos de nuevo, pero para ser de otro, y estamos en otro reino. Fuimos trasladados de la carne, del mundo, de las potestades de las tinieblas, del reino de la letra, al reino de Dios, al reino del Espíritu, que es en Cristo Jesús. Ahora estamos casados con otro. Ya no con el reino de la ley, sino bajo la gracia, y esa gracia no es solo para perdonarnos, sino también para regenerarnos, para transformarnos a la imagen de Cristo, y revelarnos el misterio, vivificarnos como un solo cuerpo. Pero requiere de nuestra colaboración con la gracia. ¿Queremos? Pues, entonces, el que quiera, venga y beba gratuitamente, dice el Señor.

CIERTAS PARADOJAS

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:12, Categoría: General

Ciertas paradojas. Paradojas son cosas que aparentan ser contradictorias para la gente natural, sin serlo; es común encontrarlas en la Palabra. Por ejemplo, veamos justamente ese versículo en 1 de Corintios 2:14: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” Estos son asuntos de incapacidad del alma desvinculada del Espíritu de Dios, y se han de discernir espiritualmente; o sea, haciendo uso del espíritu humano para captar la dirección y revelación del Espíritu divino. En cambio, el espiritual, juzga todas las cosas y este juicio no es en sentido de acusación, sino de discernimiento: “En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co.2:15-16). Este “nosotros” habla de los santos del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Nosotros tenemos la mente de Cristo. Ahora compararemos este pasaje con uno que está en 2ª de Corintios. “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así” (2Co.5:14,16). Este “nos” del comienzo se refiere a los santos hijos de Dios, que en unión a Cristo nos hizo pasar junto a él por la muerte, y que resucitó, y nos resucitó también a una nueva vida. Este “de aquí en adelante” es a partir de la regeneración, a partir de la participación junto a la naturaleza divina. Pablo también hace diferencia entre conocer según el Padre, según Cristo, según el Espíritu, y conocer según la carne; “y aún si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”. Hay una manera de conocer según el Espíritu, teniendo en cuenta a Dios. Jesús decía que él no juzgaba solo, sino que juzgaba juntamente con el Padre, y él no juzgaba según las apariencias, sino con justo juicio. Aquí nos damos cuenta de que Pablo nos está dando a entender que existe un conocimiento de las cosas que es según la carne, la que se ejercita para poder conocer algunas cosas. De hecho, también Santiago, como lo hace Pablo, hace una distinción entre la sabiduría que es la de Dios, que viene de lo alto, y la que es natural, llamada animal y hasta diabólica. Aquí hay un plano espiritual, y uno natural, que aparecen muy claros cuando el Señor Jesús ha resucitado, y en alguna de sus apariciones a sus discípulos. Podemos entenderlo hacia el final de los evangelios, y también en Hechos, que nos hablan de apariciones del Señor Jesús ya resucitado, manifestándose a las mismas personas, produciéndose el desconocimiento del hombre exterior y en contraposición al conocimiento del hombre interior. Algunos dudaban y otros lo adoraron. Eso es lo que sucede con el hombre natural, con el hombre psíquico, con el hombre meramente exterior que está lleno de preguntas. Satanás ocupa el terreno del hombre exterior para llenarlo de millones de preguntas, y de doctrinas a través de hombres, a través de filósofos, teólogos, lanzando sus ideas sobre la humanidad y logrando que nuestro hombre exterior tenga dudas aun del mismo Señor. Juan el Bautista decía: “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo….” (Jn.1:33). En su espíritu, él tuvo revelaciones tremendas; Juan el Bautista proclamaba que Jesús era el Cordero de Dios, pues él tenía revelación en su espíritu. Muchas veces uno no siente lo del espíritu, y comienzan las dudas del hombre natural. Nos podemos dar cuenta de esas diferencias entre el hombre natural y el hombre espiritual en la Palabra: “Así que, al proponerles esto, ¿usé quizás de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No? (2Co.1:17). ¿Podemos darnos cuenta de lo que acontece? Hay sí y no al mismo tiempo; en la carne hay muchas dudas, porque en ella no se conocen los hechos espirituales, y por eso el hombre exterior duda. Por eso algunos de los apóstoles se preguntaban: “¿Tú, quién eres?”, aun sabiendo que era el Señor (Jn.21:12). Esto también sucede con nosotros, porque todos tenemos espíritu, alma y cuerpo. Cuando estamos en el espíritu, hay una revelación del Espíritu: “…y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn.10:4). El Espíritu nos da testimonio de vida y de luz, pero el hombre exterior, en la carne, estará siempre en cavilaciones. Es necesario aprender a conocer al Señor según el testimonio del Espíritu en nuestro espíritu. Las Escrituras nos dicen que Dios nos ha dado vida y éste es un testimonio, que él nos ha dado vida eterna en su Hijo: “El que tiene al Hijo, tiene la vida...” (1Jn.5:12). “El Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro.8:16). Hemos estado tan acostumbrados a vivir solamente según el hombre exterior, por nuestro intelecto o nuestras emociones, que no ponemos atención al mover de su Espíritu, que es la única manera de conocer al Señor. Entonces, claramente en las Escrituras aparecen ciertas paradojas, y que se resuelven en el Espíritu. Cuando el Espíritu Santo nos revela la Palabra, hay una participación que nos hace entender, así como entendió Pedro y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: (…) porque no te lo reveló ni carne ni sangre, sino mi padre que está en los cielos” (Mt.16:16-17). Todos nuestros sentidos exteriores son para tocar, escuchar, y captar aspectos del mundo material; y con nuestra alma captamos aspectos del mundo psicológico, personalidades, tristezas, exaltación; pero por nuestro espíritu distinguimos lo espiritual. Dios es Espíritu y es necesario adorarle en espíritu. Las realidades espirituales pueden ser discernidas en el espíritu; por eso cuando no entendemos algo, preguntémosle directamente a Dios. Esperemos en él y él lo resolverá en su momento. No nos apoyemos en nuestra propia prudencia, sino “…confía en él; y el hará” (Sal.37:5). Tres paradojas Tomaremos algunos ejemplos en la Palabra del Señor acerca de tres paradojas. Una acerca de la muerte, otra acerca de la vida y otra acerca de la salvación. Vamos a empezar con la de la muerte. “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Ro.6:2). Pablo está declarando un hecho espiritual, declarándolo con fe, y con conocimiento de causa, diciéndoselo a hermanos. “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Ro.6:3). Lo que Adán llegó a ser después de la caída, todos los hombres lo heredamos en la carne. Pero los cristianos, los hijos de Dios, los creyentes, hemos muerto al pecado, y hemos sido bautizados en la muerte de Cristo. La muerte del Señor no fue sólo para perdonar nuestros pecados, sino para pasarnos también a nosotros por la muerte juntamente con él. Jesucristo se vistió de nuestra humanidad, creció como Hijo de hombre y “…condenó al pecado en la carne…” (Ro.8:3-4). Para que nosotros fuéramos libertados, murió, resucitó, ascendió y envió al Espíritu para darnos vida y resucitamos con él: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro.6:4). Somos participes de la misma resurrección de Cristo, no de otra diferente; por lo tanto, andemos en vida nueva: “…sabiendo esto…” (Ro.6:6). Pablo lo sabía por revelación de Dios. Dios le había abierto los ojos para comprender todo, incluso la muerte “…que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido…” (Ro.6:6). La palabra “destruido” en el griego se traduce como anulado o desempleado, es decir, el cuerpo de pecado se ha dejado de usar. No es necesario volver a usar lo que corresponde al viejo hombre que está en la carne, porque ahora tenemos el don del Espíritu que contiene lo que es de Cristo, y podemos vivir por medio de la justicia de Dios y no por nuestra naturalidad. En Gálatas nos dice: “y lo que vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo” (Gá.2:20). Hay un conocer según la carne y un conocer según el Espíritu; un vivir según la carne y un vivir según el Espíritu. Por medio del Espíritu podemos vencer a la carne. Eso resuelve la paradoja que estamos nombrando. En Colosenses, el Espíritu Santo dice algunas frases, que si las leemos según el hombre natural, son incomprensibles: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que están arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues lo terrenal en vosotros…” (Col.3:1,5). Aquí Pablo nos llama a hacer morir, surgiendo la pregunta: ¿Es decir, que no hemos muerto? Esto parece una contradicción, pero sólo parece. Es tan difícil morir por nosotros mismos: “…por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas” (Col.3:6-7); “y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno…” (Col. 3:10). “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, De entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviese queja de otros. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacerlo vosotros. Y sobre todas las cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto (Col.3:12,14). Las palabras “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo”, “estáis muertos”, “haced morir”, son comprendidas cuando sabemos lo que es estar en Adán, en nosotros mismos, y en nuestra carne, a diferencia de estar en Cristo, y en su Espíritu. Aun cuando estamos en este cuerpo mortal, en resurrección espiritual somos semejantes a Cristo, mas todavía en nuestra carne opera la ley del pecado y de muerte. De manera que si andamos en la carne, en nosotros mismos, las cosas terrenales están vivas. Por eso hay que hacerlas morir en la experiencia de nuestra identificación con Cristo, en su muerte y en su resurrección, y como dice Romanos, presentarnos a Dios en Cristo como vivos de entre los muertos. En resumen, en Adán heredamos la carne, y en la carne está la posición caída; y si andamos en nuestra naturalidad, se manifestará la carne. Aunque el Señor haya vencido a Adán, es necesario que le creamos y vivamos por el Señor y según el Espíritu. El Señor Jesús fue probado en todo, así como nosotros somos probados, pero él venció; él es el postrer Adán y terminó con todo lo de la vieja creación. Si estamos en el Espíritu, estamos muertos al pecado y vivimos para Dios y somos libres, y esa libertad es lo que debemos aplicar, haciendo morir lo terrenal. Este “morir lo terrenal” de que hablamos, no quiere decir que no hayamos muerto con Cristo, sino que todavía nos toca emplear lo que Cristo consiguió, y que está en nuestro espíritu y necesita ser aplicado, no desechando la gracia de Dios. Pablo da a entender: “No voy a vivir por mí mismo si puedo vivir por la gracia, pues de lo contario se manifestaría nuevamente la carne”. Cuando recibimos a Cristo, nuestra carne no se vuelve cristiana; se puede tratar de ser bueno, pero eso nunca va a hacer que la carne quede derrotada. Queremos decir que estando en Cristo, la carne fue vencida en Él, colocando la victoria sobre ella, y la nueva vida está en el Espíritu, que es un don de Dios para los que vivimos por la fe. Pedro confió en sus fuerzas cuando dijo: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (…), “… aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré…” (Mt.26:33 y 35). Él no conocía la condición humana, y el Señor tuvo que permitirle la caída para que asumiera su condición y dejara de confiar en sí mismo. Después de la caída, Pedro lloró, porque pudo conocerse a sí mismo. El Señor dice que cuando nos limpia los pecados, se olvida de ellos. Demos gracias al Padre por esta Palabra: “…aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida… (Ef.2:5). El Señor también nos ha resucitado y su resurrección también es una paradoja. Podemos considerarnos vivo para Dios y vivir en esa novedad de vida nueva. Y esta vida no es la vida vieja “tratando de hacer”, sino nueva vida de Dios en Cristo resucitado. Si le creemos al Señor, debemos dejar “el hacer” a él. Cuando dice que nuestro viejo hombre fue crucificado, es un hecho espiritual que ya existe. Podemos enfrentar la vida según la naturalidad que está en nuestra carne, en medio de la religiosidad, o podemos levantarnos en el nombre del Señor Jesús, confiar en él, y comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Desde esta manera, en la práctica cotidiana, Pablo hacía morir lo terrenal, queriendo decir, que apreciemos la muerte de Cristo, que es la nuestra, y que también creamos en nuestra resurrección, y poder considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo. Veamos otra paradoja acerca de la vida: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo” (Ef.2:1-2). “…Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aún estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef.2:4-5). En Juan dice: “El que tiene al Hijo, tiene la vida…” (1Jn. 5:12). Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Nuestra fe debe venir del Señor, y en él tener nuestra confianza, porque Satanás nos engaña con una falsa fe. Hoy en día mucha gente está en la Nueva Era, que está copiando la confesión de Cristo en la Iglesia, pero sin fe en Cristo, no teniendo el sustento de la promesa de Dios, ni de la obra de Cristo, ni del Espíritu Santo. Pablo agrega más cosas; veámoslas en Primera de Timoteo 6:12: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuisteis llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos”. Y ahora dice en el verso 18 y 19: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la visa eterna”. No debemos poner la gracia en las riquezas que son inciertas, sino en el Dios vivo que nos da todas las cosas en abundancia, para que disfrutemos y hagamos el bien. Pero hablando de la vida eterna, a veces nos aparece como una vida eterna del tiempo futuro. Tomarse de la vida eterna no quiere decir que no tengamos ya la vida eterna, sino más bien quiere decir hacer uso de ella. Ahora debemos hacer que la vida eterna forme a Cristo en nosotros y hacer lo de Cristo. A veces la vida se nos presenta en versículos como algo ya obtenido, y otras, como que hay que echar mano de ella, queriendo decir que la vamos a heredar después. Nos podemos preguntar entonces, si Cristo murió por todos ¿por qué algunos se van al infierno? Y la respuesta es porque ellos no creyeron; no porque el Señor no quisiera salvarlos, pues la misma Palabra dice: “…el cual quiere que todos los hombres sean salvos…” (1 Ti.2:4). Dios es todopoderoso y soberano, y él en su poder y sabiduría ha querido que el hombre pueda también decidir. La gracia de Dios fue manifestada para todos los hombres, y presentarlos perfectos en Cristo Jesús. Dios decidió no imponer salvación sino ofrecerla, y por nuestra parte como hombres sólo debemos decir “sí quiero”. Hay una entrada “en la vida” y una entrada “de la vida”. Cuando recibimos al Señor, la vida “entra” en nosotros y vive Cristo en nosotros. Ahora cuando la Palabra nos dice “yo en Cristo”, eso es entrar en la vida. Porque una cosa es Cristo en nosotros, y otra cosa es nosotros en Cristo, y nosotros ser hallados en él. Cristo ya está en nosotros, porque ya lo recibimos, pero ahora nos toca vivir por la fe en el Hijo, guardando sus obras. Entonces, miremos lo que dice Pablo en Filipenses: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Fil.3:12). Cristo ya nos tomó y ahora debemos lograr tomar por la fe aquello para lo cual fuimos tomados. Este asir de Cristo significa ser operario de los asuntos de Dios y aprovechar los dones que nos ha dado. Pablo es sincero en cuanto a su experiencia y aprovechamiento del don de Dios; porque él mismo no pretende haber alcanzado todo. “…prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:14). No proseguimos a la meta solamente por ser salvos y no irnos al infierno eternamente, sino sentándonos con él en su trono, venciendo como el venció. Nuestra responsabilidad es aprovechar lo que Cristo nos ha dado, y nuestro regalo ha sido la vida, y Cristo en nuestra vida, y lo que aprovechamos en él. “….todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos…” (Fil.3:15). ¿Será ésta otra contradicción? Pablo acaba de decir que no es perfecto, y ahora dice “los que somos perfectos”. Bueno, esto sólo parece una contradicción, pero no lo es. Somos perfectos para siempre todos los que creemos. Él nos hizo perfectos porque la ofrenda es perfecta. Él en nosotros, pero esa perfección es un don, y es algo que Pablo persigue. Lo que Dios le dio y lo que Dios le hizo, quiere que sea aplicado en la experiencia, y en su testimonio. Otro versículo dice: “…por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. (…) Creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef.2:8-9-10). “He aquí yo vengo pronto, (…) para recompensar a cada uno según sean sus obras...” (Ap.22:12). La salvación no es por las obras, sino por la fe, y nuestra fe se perfecciona en las obras, pero no es lo que hacemos lo que nos salva, sino el Señor Jesús recibido por la fe. Esa salvación se realiza, y tiene efecto en la vida, en el vivir y en las obras. Entonces, hay versículos, como el que acabamos de citar, donde dice que ya somos salvos, que por gracia somos salvos, pero al mismo tiempo en Filipenses nos dice: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor…” (Fil.2:12). Y de pronto, nos encontramos con que Pedro dice, “…en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1P.1:13). “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt.24:13). Así que ¿somos salvos o hay que ocuparse de la salvación? ¿Hay que traerla o ya la tenemos? Parece que hay contradicción, pero no la hay tampoco. Cuando el Señor pagó el precio por nuestros pecados, jurídicamente fuimos perdonados, y resucitó y ascendió y derramó el Espíritu, y el que cree y el que se une al Señor por la fe, es un espíritu con él, y nació de nuevo instantáneamente y de una vez y para siempre. Ya está en su espíritu, pero esa vida eterna que tiene en el espíritu tiene que pasar a nuestra alma, y decidir ocuparse de la salvación con temor y temblor, y aplicar el don de la vida. La vida entró en nosotros, y ahora nosotros tenemos que entrar en esa vida, y también nuestra alma debe ser sumergida en esa vida. A eso se refiere la salvación del alma. El espíritu ya lo está, tenemos vida eterna, pues jurídicamente ya fuimos perdonados, tenemos la vida divina, pero esa vida debe aplicarse. Por eso dice que debemos ocuparnos de la salvación con paciencia, y ya no dice con fe, sino dice con paciencia, y ganaremos las almas. Ganar el alma es aplicar la vida eterna a todos los aspectos de nuestra alma. Ya somos perdonados por Dios, pero a veces nuestro pensamiento parece no estarlo, porque el hombre se siente pecador. Debemos estar a salvo del infierno, y también de los pensamientos. Hay que aplicarlo tomando la Cruz, porque ella también hay que tomarla, pues es una provisión. Por lo tanto, ahí habla de la salvación diaria, y habrá una aplicación cuando el Señor venga a nuestro cuerpo, es decir, la vida ya está en el espíritu. Ese río que sale del Espíritu, pasa del Lugar Santísimo que es nuestro espíritu, y pasa para ganar el alma y los pensamientos, y los sentimientos, y nuestra voluntad. Él vendrá a ponerlo todo en orden a lo largo de toda nuestra vida. Vamos ganando el alma, salvando el alma, con la salvación que ya tenemos en el espíritu. Entonces, dice: “…el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.(Mt.16:25). Esto se trata de otro aspecto de la salvación, y es la salvación del alma, la aplicación de la salvación eterna, a nuestra vida diaria, a nuestros pensamientos, y eventualmente llegará a nuestro cuerpo. Dice Pablo en Romanos que: “…el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). El que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará nuestros cuerpos mortales por su Espíritu. Nuestros cuerpos mortales pueden ser vivificados, si dependemos del Señor. Podemos estar agotados, confundidos, tantas cosas, pero está el Señor, que resucitó y vive en nosotros, y también ayudará a nuestros cuerpos. Cuánto nos falta poner el pie en la tierra, y aprovechar a Cristo. Un día Cristo, que es nuestra vida, se manifestará, y nosotros también seremos manifestados con él en gloria, y al lado habrá una salvación que nos traerá salvación a nuestro cuerpo. La Palabra nos dice: “Amados ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser…” (1Jn.3:2). Y lo que hemos de ser, es la salvación de nuestro cuerpo, en la resurrección gloriosa con Jesucristo. Hay un aspecto pasado de la salvación, un aspecto presente y un aspecto final. No hay contradicción, porque cada cosa está en su lugar.

RECAPITULACIÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:10, Categoría: General

Recapitulación. En el evangelio de Marcos hay una parábola del Señor Jesucristo que solamente él registra, que sintetiza muchas cosas, y que nos ayudará a tener una visión global de la obra del Señor. La obra del Señor es preciosa y también profunda que nos revela la riqueza de nuestro Señor. Dios hizo una obra en continuidad, y así él les ha hablado a sus siervos. Estamos trabajando en conjunto, trabajando en equipo en una obra multigeneracional en el Señor, y como se dijo de David: “él fue fiel a su generación”. La obra de ninguna generación es una obra aislada, sino que es una obra que descansa en los trabajos del Señor con las generaciones anteriores, y que debe avanzar un poco mas de generación en generación, hasta llegar a una conclusión. Por eso es que Pablo, en el capítulo primero de la epístola de los Efesios, habla de “la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así (de) las (cosas) que están en los cielos, como (de) las que están en la tierra” (Ef.1:10). En esta frase de Pablo, guiado por el Espíritu, nos da cuenta que los tiempos tienen un sentido. El Señor es el Señor de la historia; y su obra, junto con el Espíritu Santo y la Iglesia, continúa su avance a lo largo de la historia y de la geografía. Podemos afirmar entonces que la obra de Dios es multigeneracional, y a nosotros no toca recibir el beneficio del trabajo del Señor con las generaciones anteriores, y a la vez nos toca poner nuestro granito de arena para las próximas. Entonces, esos pasajes de recapitulación, de síntesis, nos ayudan mucho porque hacen que no nos perdamos en los detalles, sino que los aprovechemos y que los integremos en la visión general de Dios. Esta visión de Dios podríamos decir que es un paradigma, una manera de ver las cosas, y es la única que no se equivoca. Dios es suficiente en sí mismo, pero como él en sí mismo es amor, él no quiere ser el único que existe, aun cuando él no necesita que exista nadie más, pero por ser un Dios tan lleno de vida y de buena voluntad, ha dado el ser a otras criaturas haciéndolas partícipes de la existencia, y les ha delegado también una misión, función y capacidades. Esta parábola en Marcos también sirve como una recapitulación histórica de la obra y del reino de Señor. Entonces, nos ayudará a comprender muchas cosas de la palabra de Dios y de la historia de la iglesia. “Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado” (Mr.4:26-29). Nos podemos dar cuenta que el Señor nos da esta preciosa y didáctica parábola como una real síntesis de un largo proceso. El trabajo del Espíritu Santo a lo largo de la historia es un proceso y la Palabra del Señor nos habla de estos procesos, como también nos habla de obras consumadas, sin encontrar en ellas contradicción. Realmente, no habría procesos si no hubiera habido primero una obra consumada, y digamos que la obra que el Señor consuma es la base para que pueda haber un proceso. La obra que el Señor termina es una provisión para ser aprovechada, pero el aprovechamiento de esa provisión es la semilla que se siembra, y las semillas se multiplican. Al principio es una sola semilla, pero está programada para reproducirse en muchas. Las provisiones, el arreglo divino de Dios, da todo de antemano, listo para que, a partir de ese don de Dios, ese regalo, se desarrolle en un proceso que nos conduzca a la expresión gloriosa de Dios. Lo que el Señor dio debe ir descubriéndose, disfrutándose y formándose en nosotros. Todo es herencia nuestra, pero con Cristo. Aquel que lo pierda todo por causa del Señor, lo gana todo; y el que quiera perder al Señor para quedarse con todo, se queda sin nada. Qué paradójico es que para heredar todo, hay que perderlo todo y rendirlo todo a los pies del Señor. Y en Jesús, el Hijo de Dios, todas las cosas a la verdad son buenas, y nada es desechable. Esto nos muestra el principio de la Trinidad; el Padre no hace nada sino con el Hijo. Jesucristo dijo: “…como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…” (Jn.17:21). Ese “como” es el modelo para la Iglesia; o sea, Dios siendo todo en todo, pero primeramente en la Iglesia. Dios quiere que hagamos las cosas con él y él con nosotros. Dios quiere hacer muchas cosas, y las va a hacer con la Iglesia, como las hizo con Cristo. Él realizó con Cristo todo lo que necesitaba para hacer al hombre y Dios hizo al hombre perfecto en Jesucristo. El reino es el proceso por el cual Dios llegará a ser todo y en todo a través de Cristo. La Iglesia es la vanguardia del reino de Dios, y por fin se verá este reino manifiesto en la Nueva Jerusalén. Pero todo aquello tiene que ir siendo construido desde la raíz. Esta parábola que hemos recibido nos muestra la historia sagrada; así es el reino de Dios. Cuando un hombre siembra una semilla, lleva fruto a la tierra. Así mismo es la vida de la Iglesia. Cuando la semilla que representa a nuestro Señor es plantada, y recibimos a Jesús como el Hijo de Dios, comienza la nueva vida. Comienza el crecimiento y el desarrollo de la Iglesia. Ahora, de esa semilla tiene que salir una hierbita. Y no puede salir sino de la semilla; pero esa hierbita no es toda la potencialidad que está en ese granito de semilla, sino que hay hojas y ramas. Dios quiere que esta planta crezca en buena dirección para que cuando sea espiga, tenga tallos verdes, y cuando madure va a ser exactamente igual que el original y van a poder multiplicarse las semillas. El reino de Dios es así. Cuando el grano está maduro, en seguida se mete la hoz porque la siega ha llegado. El tiempo de la siega para nosotros es la venida del Señor, pero esta venida tiene que ver con la madurez de la Iglesia. Entonces, Dios no retarda su proceso, sino que espera que nos arrepintamos y nos volvamos a Él. Hay un proceso en el crecimiento espiritual y formación de Cristo en la Iglesia, y nosotros somos los herederos de todo el trabajo de nuestros antepasados. Somos deudores, porque entramos en las labores que ellos comenzaron. Al final, tiene que haber granos llenos para que llegue el tiempo de Dios y él pueda venir a cosechar. En Gálatas también podemos ver como se nos habla de un proceso, y de una realidad que es la siguiente: “Pero cuando agradó Dios, que me apartó desde en el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mi, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre…” (Gá.1:15-16). La frase “revelar a su Hijo” es una realidad espiritual necesaria. Hoy, ese es el fundamento. El Espíritu Santo viene para glorificar al Hijo, para darnos sabiduría y revelación en el conocimiento, que es espiritual y no sólo intelectual. Jesucristo, siéndonos revelado por Dios nuestro Padre, es el fundamento; y la Iglesia es edificada en la misma medida en que el Señor Jesucristo nos es revelado. En la medida que el Espíritu Santo nos revela al Hijo somos edificados, ya que todo aprovechamiento depende del Cristo que conocemos. Lo que Cristo sea para nosotros es lo que determinará lo que lleguemos a ser para Dios. Nada nos ayudará más que conocer al mismo Señor y sus caminos, siendo todo revelado de manera espiritual. Conocer al Señor en Espíritu y seguirlo en unión, siendo uno con él, y así llegar a ser conformados a la imagen de Dios. “Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gá.2:19-20). Cristo en mí, es un estado, pero vivir por el Cristo es diferente. Está el aspecto de la vida misma y el aspecto del vivir la Palabra. Se nos muestra a Cristo como la vida, pero también como el vivir, que nos muestra la vida del que tiene al Hijo. Dice Pablo: “…para mí el vivir es Cristo…” (Fil.1:21); él es la vida, él es el depósito, la provisión, y disfrutar de esta vida es la aplicación. Aplicar la provisión de Dios en Cristo. Hay un avance progresivo en esto, pues Cristo se nos ha revelado, y luego él viene a ser la vida en nosotros: “…y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios…” (Gá.2:20). Estamos en esta carne luchando desde el espíritu contra todo lo que en ella hay. Aunque Cristo ya la venció, y nos dio la victoria en el Espíritu, si vivimos en comunión con él. Aunque seamos necios, débiles y menospreciados, nos debe bastar su gracia. Su poder se perfecciona en nuestra debilidad; así que si somos débiles es una buena ocasión para decirle al Señor que nos enseñe. Tenemos que poder ver las cosas como Dios las ve. Nosotros como Iglesia pasamos por distintos desafíos durante la historia, pero el Señor es la respuesta ante todo reto. Si la Iglesia está pasando persecuciones, el Señor nos dice que él estuvo muerto y resucitó. Él nos pide que seamos fieles hasta la muerte. Él es el buey bueno que nos ayuda a llevar la carga. La Iglesia debe dar lugar a que el Señor llene toda nuestra vida, que nada vivamos sin él. Dios quiere vivir nuestra vida, mientras nosotros vivimos nuestra vida en la vida de él. Quiere llenar nuestra vida, darle significado. Siguiendo en Gálatas capítulo 4 versículo 19, nos dice Pablo: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros…”. El Cristo revelado del capítulo 1, en el 2 es el Cristo viviente, Cristo como vida y vivencia, y ahora en el 3 es Cristo formado. La vida de Cristo se forma en nosotros y vamos conociendo al Señor cada vez de una manera más nítida. Dios nos dio a su Hijo y nos dio su Espíritu que vive en nosotros: “Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien, con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte” (Fil1:19-20). Es hermoso esto que nos dice el apóstol. Cristo es revelado en nosotros y existe Aquel que suministra el Espíritu; hasta que Cristo sea magnificado aun en nuestra carne, en nuestra vida y en nuestra muerte.

Otros mensajes en 25 de Marzo, 2012

Blog alojado en ZoomBlog.com