El Blog

Calendario

<<   Marzo 2012  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  

Categorías

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog

CIERTAS PARADOJAS

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:12, Categoría: General

Ciertas paradojas. Paradojas son cosas que aparentan ser contradictorias para la gente natural, sin serlo; es común encontrarlas en la Palabra. Por ejemplo, veamos justamente ese versículo en 1 de Corintios 2:14: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” Estos son asuntos de incapacidad del alma desvinculada del Espíritu de Dios, y se han de discernir espiritualmente; o sea, haciendo uso del espíritu humano para captar la dirección y revelación del Espíritu divino. En cambio, el espiritual, juzga todas las cosas y este juicio no es en sentido de acusación, sino de discernimiento: “En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co.2:15-16). Este “nosotros” habla de los santos del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Nosotros tenemos la mente de Cristo. Ahora compararemos este pasaje con uno que está en 2ª de Corintios. “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así” (2Co.5:14,16). Este “nos” del comienzo se refiere a los santos hijos de Dios, que en unión a Cristo nos hizo pasar junto a él por la muerte, y que resucitó, y nos resucitó también a una nueva vida. Este “de aquí en adelante” es a partir de la regeneración, a partir de la participación junto a la naturaleza divina. Pablo también hace diferencia entre conocer según el Padre, según Cristo, según el Espíritu, y conocer según la carne; “y aún si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”. Hay una manera de conocer según el Espíritu, teniendo en cuenta a Dios. Jesús decía que él no juzgaba solo, sino que juzgaba juntamente con el Padre, y él no juzgaba según las apariencias, sino con justo juicio. Aquí nos damos cuenta de que Pablo nos está dando a entender que existe un conocimiento de las cosas que es según la carne, la que se ejercita para poder conocer algunas cosas. De hecho, también Santiago, como lo hace Pablo, hace una distinción entre la sabiduría que es la de Dios, que viene de lo alto, y la que es natural, llamada animal y hasta diabólica. Aquí hay un plano espiritual, y uno natural, que aparecen muy claros cuando el Señor Jesús ha resucitado, y en alguna de sus apariciones a sus discípulos. Podemos entenderlo hacia el final de los evangelios, y también en Hechos, que nos hablan de apariciones del Señor Jesús ya resucitado, manifestándose a las mismas personas, produciéndose el desconocimiento del hombre exterior y en contraposición al conocimiento del hombre interior. Algunos dudaban y otros lo adoraron. Eso es lo que sucede con el hombre natural, con el hombre psíquico, con el hombre meramente exterior que está lleno de preguntas. Satanás ocupa el terreno del hombre exterior para llenarlo de millones de preguntas, y de doctrinas a través de hombres, a través de filósofos, teólogos, lanzando sus ideas sobre la humanidad y logrando que nuestro hombre exterior tenga dudas aun del mismo Señor. Juan el Bautista decía: “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo….” (Jn.1:33). En su espíritu, él tuvo revelaciones tremendas; Juan el Bautista proclamaba que Jesús era el Cordero de Dios, pues él tenía revelación en su espíritu. Muchas veces uno no siente lo del espíritu, y comienzan las dudas del hombre natural. Nos podemos dar cuenta de esas diferencias entre el hombre natural y el hombre espiritual en la Palabra: “Así que, al proponerles esto, ¿usé quizás de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No? (2Co.1:17). ¿Podemos darnos cuenta de lo que acontece? Hay sí y no al mismo tiempo; en la carne hay muchas dudas, porque en ella no se conocen los hechos espirituales, y por eso el hombre exterior duda. Por eso algunos de los apóstoles se preguntaban: “¿Tú, quién eres?”, aun sabiendo que era el Señor (Jn.21:12). Esto también sucede con nosotros, porque todos tenemos espíritu, alma y cuerpo. Cuando estamos en el espíritu, hay una revelación del Espíritu: “…y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn.10:4). El Espíritu nos da testimonio de vida y de luz, pero el hombre exterior, en la carne, estará siempre en cavilaciones. Es necesario aprender a conocer al Señor según el testimonio del Espíritu en nuestro espíritu. Las Escrituras nos dicen que Dios nos ha dado vida y éste es un testimonio, que él nos ha dado vida eterna en su Hijo: “El que tiene al Hijo, tiene la vida...” (1Jn.5:12). “El Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro.8:16). Hemos estado tan acostumbrados a vivir solamente según el hombre exterior, por nuestro intelecto o nuestras emociones, que no ponemos atención al mover de su Espíritu, que es la única manera de conocer al Señor. Entonces, claramente en las Escrituras aparecen ciertas paradojas, y que se resuelven en el Espíritu. Cuando el Espíritu Santo nos revela la Palabra, hay una participación que nos hace entender, así como entendió Pedro y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: (…) porque no te lo reveló ni carne ni sangre, sino mi padre que está en los cielos” (Mt.16:16-17). Todos nuestros sentidos exteriores son para tocar, escuchar, y captar aspectos del mundo material; y con nuestra alma captamos aspectos del mundo psicológico, personalidades, tristezas, exaltación; pero por nuestro espíritu distinguimos lo espiritual. Dios es Espíritu y es necesario adorarle en espíritu. Las realidades espirituales pueden ser discernidas en el espíritu; por eso cuando no entendemos algo, preguntémosle directamente a Dios. Esperemos en él y él lo resolverá en su momento. No nos apoyemos en nuestra propia prudencia, sino “…confía en él; y el hará” (Sal.37:5). Tres paradojas Tomaremos algunos ejemplos en la Palabra del Señor acerca de tres paradojas. Una acerca de la muerte, otra acerca de la vida y otra acerca de la salvación. Vamos a empezar con la de la muerte. “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Ro.6:2). Pablo está declarando un hecho espiritual, declarándolo con fe, y con conocimiento de causa, diciéndoselo a hermanos. “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Ro.6:3). Lo que Adán llegó a ser después de la caída, todos los hombres lo heredamos en la carne. Pero los cristianos, los hijos de Dios, los creyentes, hemos muerto al pecado, y hemos sido bautizados en la muerte de Cristo. La muerte del Señor no fue sólo para perdonar nuestros pecados, sino para pasarnos también a nosotros por la muerte juntamente con él. Jesucristo se vistió de nuestra humanidad, creció como Hijo de hombre y “…condenó al pecado en la carne…” (Ro.8:3-4). Para que nosotros fuéramos libertados, murió, resucitó, ascendió y envió al Espíritu para darnos vida y resucitamos con él: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro.6:4). Somos participes de la misma resurrección de Cristo, no de otra diferente; por lo tanto, andemos en vida nueva: “…sabiendo esto…” (Ro.6:6). Pablo lo sabía por revelación de Dios. Dios le había abierto los ojos para comprender todo, incluso la muerte “…que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido…” (Ro.6:6). La palabra “destruido” en el griego se traduce como anulado o desempleado, es decir, el cuerpo de pecado se ha dejado de usar. No es necesario volver a usar lo que corresponde al viejo hombre que está en la carne, porque ahora tenemos el don del Espíritu que contiene lo que es de Cristo, y podemos vivir por medio de la justicia de Dios y no por nuestra naturalidad. En Gálatas nos dice: “y lo que vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo” (Gá.2:20). Hay un conocer según la carne y un conocer según el Espíritu; un vivir según la carne y un vivir según el Espíritu. Por medio del Espíritu podemos vencer a la carne. Eso resuelve la paradoja que estamos nombrando. En Colosenses, el Espíritu Santo dice algunas frases, que si las leemos según el hombre natural, son incomprensibles: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que están arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues lo terrenal en vosotros…” (Col.3:1,5). Aquí Pablo nos llama a hacer morir, surgiendo la pregunta: ¿Es decir, que no hemos muerto? Esto parece una contradicción, pero sólo parece. Es tan difícil morir por nosotros mismos: “…por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas” (Col.3:6-7); “y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno…” (Col. 3:10). “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, De entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviese queja de otros. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacerlo vosotros. Y sobre todas las cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto (Col.3:12,14). Las palabras “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo”, “estáis muertos”, “haced morir”, son comprendidas cuando sabemos lo que es estar en Adán, en nosotros mismos, y en nuestra carne, a diferencia de estar en Cristo, y en su Espíritu. Aun cuando estamos en este cuerpo mortal, en resurrección espiritual somos semejantes a Cristo, mas todavía en nuestra carne opera la ley del pecado y de muerte. De manera que si andamos en la carne, en nosotros mismos, las cosas terrenales están vivas. Por eso hay que hacerlas morir en la experiencia de nuestra identificación con Cristo, en su muerte y en su resurrección, y como dice Romanos, presentarnos a Dios en Cristo como vivos de entre los muertos. En resumen, en Adán heredamos la carne, y en la carne está la posición caída; y si andamos en nuestra naturalidad, se manifestará la carne. Aunque el Señor haya vencido a Adán, es necesario que le creamos y vivamos por el Señor y según el Espíritu. El Señor Jesús fue probado en todo, así como nosotros somos probados, pero él venció; él es el postrer Adán y terminó con todo lo de la vieja creación. Si estamos en el Espíritu, estamos muertos al pecado y vivimos para Dios y somos libres, y esa libertad es lo que debemos aplicar, haciendo morir lo terrenal. Este “morir lo terrenal” de que hablamos, no quiere decir que no hayamos muerto con Cristo, sino que todavía nos toca emplear lo que Cristo consiguió, y que está en nuestro espíritu y necesita ser aplicado, no desechando la gracia de Dios. Pablo da a entender: “No voy a vivir por mí mismo si puedo vivir por la gracia, pues de lo contario se manifestaría nuevamente la carne”. Cuando recibimos a Cristo, nuestra carne no se vuelve cristiana; se puede tratar de ser bueno, pero eso nunca va a hacer que la carne quede derrotada. Queremos decir que estando en Cristo, la carne fue vencida en Él, colocando la victoria sobre ella, y la nueva vida está en el Espíritu, que es un don de Dios para los que vivimos por la fe. Pedro confió en sus fuerzas cuando dijo: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (…), “… aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré…” (Mt.26:33 y 35). Él no conocía la condición humana, y el Señor tuvo que permitirle la caída para que asumiera su condición y dejara de confiar en sí mismo. Después de la caída, Pedro lloró, porque pudo conocerse a sí mismo. El Señor dice que cuando nos limpia los pecados, se olvida de ellos. Demos gracias al Padre por esta Palabra: “…aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida… (Ef.2:5). El Señor también nos ha resucitado y su resurrección también es una paradoja. Podemos considerarnos vivo para Dios y vivir en esa novedad de vida nueva. Y esta vida no es la vida vieja “tratando de hacer”, sino nueva vida de Dios en Cristo resucitado. Si le creemos al Señor, debemos dejar “el hacer” a él. Cuando dice que nuestro viejo hombre fue crucificado, es un hecho espiritual que ya existe. Podemos enfrentar la vida según la naturalidad que está en nuestra carne, en medio de la religiosidad, o podemos levantarnos en el nombre del Señor Jesús, confiar en él, y comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Desde esta manera, en la práctica cotidiana, Pablo hacía morir lo terrenal, queriendo decir, que apreciemos la muerte de Cristo, que es la nuestra, y que también creamos en nuestra resurrección, y poder considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo. Veamos otra paradoja acerca de la vida: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo” (Ef.2:1-2). “…Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aún estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef.2:4-5). En Juan dice: “El que tiene al Hijo, tiene la vida…” (1Jn. 5:12). Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Nuestra fe debe venir del Señor, y en él tener nuestra confianza, porque Satanás nos engaña con una falsa fe. Hoy en día mucha gente está en la Nueva Era, que está copiando la confesión de Cristo en la Iglesia, pero sin fe en Cristo, no teniendo el sustento de la promesa de Dios, ni de la obra de Cristo, ni del Espíritu Santo. Pablo agrega más cosas; veámoslas en Primera de Timoteo 6:12: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuisteis llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos”. Y ahora dice en el verso 18 y 19: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la visa eterna”. No debemos poner la gracia en las riquezas que son inciertas, sino en el Dios vivo que nos da todas las cosas en abundancia, para que disfrutemos y hagamos el bien. Pero hablando de la vida eterna, a veces nos aparece como una vida eterna del tiempo futuro. Tomarse de la vida eterna no quiere decir que no tengamos ya la vida eterna, sino más bien quiere decir hacer uso de ella. Ahora debemos hacer que la vida eterna forme a Cristo en nosotros y hacer lo de Cristo. A veces la vida se nos presenta en versículos como algo ya obtenido, y otras, como que hay que echar mano de ella, queriendo decir que la vamos a heredar después. Nos podemos preguntar entonces, si Cristo murió por todos ¿por qué algunos se van al infierno? Y la respuesta es porque ellos no creyeron; no porque el Señor no quisiera salvarlos, pues la misma Palabra dice: “…el cual quiere que todos los hombres sean salvos…” (1 Ti.2:4). Dios es todopoderoso y soberano, y él en su poder y sabiduría ha querido que el hombre pueda también decidir. La gracia de Dios fue manifestada para todos los hombres, y presentarlos perfectos en Cristo Jesús. Dios decidió no imponer salvación sino ofrecerla, y por nuestra parte como hombres sólo debemos decir “sí quiero”. Hay una entrada “en la vida” y una entrada “de la vida”. Cuando recibimos al Señor, la vida “entra” en nosotros y vive Cristo en nosotros. Ahora cuando la Palabra nos dice “yo en Cristo”, eso es entrar en la vida. Porque una cosa es Cristo en nosotros, y otra cosa es nosotros en Cristo, y nosotros ser hallados en él. Cristo ya está en nosotros, porque ya lo recibimos, pero ahora nos toca vivir por la fe en el Hijo, guardando sus obras. Entonces, miremos lo que dice Pablo en Filipenses: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Fil.3:12). Cristo ya nos tomó y ahora debemos lograr tomar por la fe aquello para lo cual fuimos tomados. Este asir de Cristo significa ser operario de los asuntos de Dios y aprovechar los dones que nos ha dado. Pablo es sincero en cuanto a su experiencia y aprovechamiento del don de Dios; porque él mismo no pretende haber alcanzado todo. “…prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:14). No proseguimos a la meta solamente por ser salvos y no irnos al infierno eternamente, sino sentándonos con él en su trono, venciendo como el venció. Nuestra responsabilidad es aprovechar lo que Cristo nos ha dado, y nuestro regalo ha sido la vida, y Cristo en nuestra vida, y lo que aprovechamos en él. “….todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos…” (Fil.3:15). ¿Será ésta otra contradicción? Pablo acaba de decir que no es perfecto, y ahora dice “los que somos perfectos”. Bueno, esto sólo parece una contradicción, pero no lo es. Somos perfectos para siempre todos los que creemos. Él nos hizo perfectos porque la ofrenda es perfecta. Él en nosotros, pero esa perfección es un don, y es algo que Pablo persigue. Lo que Dios le dio y lo que Dios le hizo, quiere que sea aplicado en la experiencia, y en su testimonio. Otro versículo dice: “…por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. (…) Creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef.2:8-9-10). “He aquí yo vengo pronto, (…) para recompensar a cada uno según sean sus obras...” (Ap.22:12). La salvación no es por las obras, sino por la fe, y nuestra fe se perfecciona en las obras, pero no es lo que hacemos lo que nos salva, sino el Señor Jesús recibido por la fe. Esa salvación se realiza, y tiene efecto en la vida, en el vivir y en las obras. Entonces, hay versículos, como el que acabamos de citar, donde dice que ya somos salvos, que por gracia somos salvos, pero al mismo tiempo en Filipenses nos dice: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor…” (Fil.2:12). Y de pronto, nos encontramos con que Pedro dice, “…en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1P.1:13). “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt.24:13). Así que ¿somos salvos o hay que ocuparse de la salvación? ¿Hay que traerla o ya la tenemos? Parece que hay contradicción, pero no la hay tampoco. Cuando el Señor pagó el precio por nuestros pecados, jurídicamente fuimos perdonados, y resucitó y ascendió y derramó el Espíritu, y el que cree y el que se une al Señor por la fe, es un espíritu con él, y nació de nuevo instantáneamente y de una vez y para siempre. Ya está en su espíritu, pero esa vida eterna que tiene en el espíritu tiene que pasar a nuestra alma, y decidir ocuparse de la salvación con temor y temblor, y aplicar el don de la vida. La vida entró en nosotros, y ahora nosotros tenemos que entrar en esa vida, y también nuestra alma debe ser sumergida en esa vida. A eso se refiere la salvación del alma. El espíritu ya lo está, tenemos vida eterna, pues jurídicamente ya fuimos perdonados, tenemos la vida divina, pero esa vida debe aplicarse. Por eso dice que debemos ocuparnos de la salvación con paciencia, y ya no dice con fe, sino dice con paciencia, y ganaremos las almas. Ganar el alma es aplicar la vida eterna a todos los aspectos de nuestra alma. Ya somos perdonados por Dios, pero a veces nuestro pensamiento parece no estarlo, porque el hombre se siente pecador. Debemos estar a salvo del infierno, y también de los pensamientos. Hay que aplicarlo tomando la Cruz, porque ella también hay que tomarla, pues es una provisión. Por lo tanto, ahí habla de la salvación diaria, y habrá una aplicación cuando el Señor venga a nuestro cuerpo, es decir, la vida ya está en el espíritu. Ese río que sale del Espíritu, pasa del Lugar Santísimo que es nuestro espíritu, y pasa para ganar el alma y los pensamientos, y los sentimientos, y nuestra voluntad. Él vendrá a ponerlo todo en orden a lo largo de toda nuestra vida. Vamos ganando el alma, salvando el alma, con la salvación que ya tenemos en el espíritu. Entonces, dice: “…el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.(Mt.16:25). Esto se trata de otro aspecto de la salvación, y es la salvación del alma, la aplicación de la salvación eterna, a nuestra vida diaria, a nuestros pensamientos, y eventualmente llegará a nuestro cuerpo. Dice Pablo en Romanos que: “…el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). El que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará nuestros cuerpos mortales por su Espíritu. Nuestros cuerpos mortales pueden ser vivificados, si dependemos del Señor. Podemos estar agotados, confundidos, tantas cosas, pero está el Señor, que resucitó y vive en nosotros, y también ayudará a nuestros cuerpos. Cuánto nos falta poner el pie en la tierra, y aprovechar a Cristo. Un día Cristo, que es nuestra vida, se manifestará, y nosotros también seremos manifestados con él en gloria, y al lado habrá una salvación que nos traerá salvación a nuestro cuerpo. La Palabra nos dice: “Amados ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser…” (1Jn.3:2). Y lo que hemos de ser, es la salvación de nuestro cuerpo, en la resurrección gloriosa con Jesucristo. Hay un aspecto pasado de la salvación, un aspecto presente y un aspecto final. No hay contradicción, porque cada cosa está en su lugar.

Blog alojado en ZoomBlog.com