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DOS NORMALIDADES DE UNA IGLESIA EN CRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:27, Categoría: General

Dos normalidades de una Iglesia en Cristo. Quisiéramos considerar, en la epístola a los Filipenses, al comienzo del capítulo 1, la Salutación, con la cual se da inicio. Podemos apreciar que es un saludo informal, que, de hecho, si comparamos los demás saludos de las otras cartas, tanto de Pablo como de Santiago, o de Pedro, podemos darnos cuenta que los saludos no siempre son iguales, aunque hay muchas palabras parecidas; son saludos espontáneos, y son saludos que nosotros podríamos llamar informales, pero al mismo tiempo son saludos espirituales, pues lo espiritual también puede expresarse y se expresa en libertad. Si subrayamos esto desde el principio es para que nos demos cuenta de un detalle, que no estamos leyendo una teología sistemática, que también tiene su lugar. La Palabra del Señor nos habla de la enseñanza, de la didáctica, y por lo tanto, ahí cabe el ministerio de los hermanos maestros, y caben las teologías sistemáticas. Aclaremos que no se está criticando eso, pero sí destacando que lo que aquí se está compartiendo aparece en un espíritu muy libre y espontáneo, y eso nos da una mirada a la realidad de la vida de la Iglesia, porque si se tratase de una teología sistemática podría parecer algo ideal, pero no aquí. Pablo está saludando de una manera franca, y a través de ese saludo se puede percibir la realidad de la vida de la Iglesia: “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos: Gracia y Paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Fil.1:1-2). Hay mucho que ver en este solo saludo. Se encuentran ya vislumbrados con claridad varios principios de normalidad de una Iglesia bíblica, varios principios que en otro lugar, inclusive, fueron plenamente tipificados por Dios, y que después se podrán ver los principios en el propio Nuevo Testamento, mirando cómo ya habían sido adelantados y preparados tipológicamente por el Señor, para confirmarnos en esas verdades, que son delicadezas del Espíritu del Señor, delicadezas en el sentido de lo bueno, lo precioso que es el corazón de Dios, y en lo fino que es Su corazón. En primer lugar, queremos llamar la atención a que en sólo un saludo de dos versículos, ya apareció tres veces el nombre del Señor Jesucristo. Fijémonos en “Siervos de Jesucristo”, “Santos en Cristo Jesús”, “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. O sea, ya desde el saludo, esa preciosa relación de la obra del Señor con las Iglesias rebosa del Señor Jesucristo. Todo está lleno del Señor Jesucristo. La Iglesia es de él, la paz y la gracia vienen de él, la santidad y el servicio también pertenecen al Señor Jesucristo. Aquí podemos darnos cuenta de un primer principio de salud espiritual eclesiástica y también de normalidad, porque debiera ser lo normal. Podríamos llamarlo “un principio de Cristocentricidad”, donde el centro, el fundamento, el objetivo es el Señor Jesucristo. La Iglesia es del Señor Jesucristo, y el nombre importante en la Iglesia es él, y desde un principio la Iglesia le pertenece. El nombre del Señor es el que aparece aquí por todas partes, pues por medio del Señor Jesucristo es que conocemos a Dios. La Iglesia no puede ser fundada por ningún hombre, sino que el creador es el propio Dios. Pablo dice, por el Espíritu Santo, que Jesús está en el centro, en nuestro centro. La Iglesia no puede estar organizada alrededor de algún hombre en particular, o de algún ministerio particular. Si la Iglesia dice: “… Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas…” (1Co.1:12), se está volviendo ministerialita, se está volviendo sectaria; es como si se organizara alrededor de un solo ministerio. Pero la Iglesia es un regalo del Padre al Hijo y también del Hijo al Padre, porque todo lo tiene el Padre es del Hijo, y lo del Hijo es del Padre. La Iglesia es de Dios. La Iglesia proclama “al Señor”, por lo tanto, la Iglesia no puede girar alrededor de un ministerio particular, sino alrededor de Dios en Cristo, a quienes le pertenece la Iglesia, y donde está el fundamento de ella. La Iglesia es Cristocéntrica. Fijémonos que cuando Pablo comienza, dice: “Pablo y Timoteo”, poniendo a los hermanos mayores y antiguos junto a los hermanos nuevos, en un plano de comunión, como ya en el Antiguo Testamento Dios quería, que cuando se iba a servir en la casa de él, los nuevos trabajaran junto con los más antiguos. Y así como el mismo Señor representa a ese buey viejo, y nosotros somos el buey joven que necesitamos llevar el yugo con él, para aprender a no adelantarnos, a no apurarnos, a no causar dificultades, a aprender a ser mansos y humildes como el Señor Jesús, cuando nos dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas…” (Mt.11:29). Entonces, nosotros tenemos que ponernos el yugo con el Señor y los jóvenes acompañar a los adultos, y los más ancianos incorporar a los nuevos en el servicio al Señor. En Filipenses, aparece Pablo y Timoteo como hermanos que trabajan en la obra del Señor, presentándose además como siervos de Jesucristo, sin ninguna intención de presentarse a los demás con nombres altisonantes. Ellos tampoco se presentaban como funcionarios de alguna organización, ni en representación de nadie, sino que se movían según el Espíritu, sirviendo a una cabeza que es el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia le pertenece y está en una estrecha comunión viva con el Señor en el Espíritu, siendo ésta la manera en que aparece, de una manera clara, el servicio de los apóstoles. Ellos seguían a una Persona y el Señor les llamó desde el principio para que estuvieran con él, y después él los enviaba. Nosotros debemos estar con el Señor, a sus pies, teniendo comunión con él, aprendiendo de su Espíritu, de la forma que él nos quiera enseñar, directa o indirectamente, pero dependiendo de él para que así él nos pueda enviar, y abrir el camino a cada uno, para hacer en él, por él y para él. Este es el primer principio que caracteriza el servicio de la obra en la Iglesia del Señor, porque es un servicio Cristocéntrico; es decir, es un servicio que se origina en Cristo. Hoy en día muchas personas quieren consagrarse a Dios, pero no han aprendido a conocer al Señor de manera directa en su Espíritu, y a veces se entregan a organizaciones, pensando que le están sirviendo a Dios; por ejemplo, la Iglesia en Sardis, teniendo nombre de que vive. Podemos decir contrariamente a esto, que está muerta, porque muchas veces nos ponemos nombres llamativos, pero la realidad espiritual no está ahí, porque el verdadero servicio al Señor es en el Espíritu. El Espíritu Santo siempre está para ayudarnos si lo que queremos es depender del Señor y acudir a él. El Espíritu Santo siempre nos va a ayudar, porque él dijo que estaría con nosotros para siempre. El Señor Jesús prometió estar con nosotros “…todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt.28:20); “No os dejaré huérfanos…” (Jn.14:18). Esta es una relación íntima espiritual con Dios, con la vida divina, con una persona viva que es el Hijo y una unión con el Padre, porque la Iglesia tiene comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Entonces, el primer principio de salud espiritual – y digamos de normalidad bíblica –, es el de la Cristocentricidad. Esto es lo que diferencia a la Iglesia de los demás grupos en la tierra, porque en ella hay una gran cantidad de organizaciones humanas, porque el ser humano fue hecho para vivir en comunión, y, por lo tanto, podríamos decir que en el ser humano hay un instinto de comunión que debería ser llenado por Señor, pero a falta de él, las personas se han agrupado alrededor de cualquier otra cosa, menos en el Señor. La Iglesia se caracteriza porque se reúne alrededor de Jesús y vive en él, para él, y camina con él de una manera viva, íntima, personal, espontánea, agradable, porque el Señor dijo: “Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt.11:30). Él nos ayuda sobrenaturalmente a hacer algunos trabajos, que otros podrían considerar pesados, pero que no nos resultan de esa manera porque no estamos solos. Esta es una iglesia bíblica del Nuevo Testamento, rebosante del Señor Jesús, donde todo lo que se oye, lo que se habla, lo que se vive, resuena al Señor Jesús, siendo éste el nombre que se exalta en medio de la Iglesia. A esta comunión de los siervos de Jesucristo, dice: “…a todos los Santos en Cristo Jesús que están en Filipos…” (Fil.1:1), y aquí continúa una palabra muy importante, una fase que debiera despertarnos, especialmente a toda la cristiandad en general, porque no está dirigida solamente a los hermanos que han visto la unidad del pueblo de Cristo, y también de su Iglesia en cada ciudad, sino a todos los hermanos, la hayan visto o no. En este comienzo de la epístola a Filipenses, Pablo y Timoteo como apóstol y un cooperador adulto, proponen a quienes el Señor colocó en el ámbito de la obra para servirle en las Iglesias, dirigiéndose así a todos los Santos en Cristo Jesús, en este caso en Filipos. Pero quisiéramos poder tomar la primera parte de la frase: “todos los Santos en Cristo Jesús”. Sólo en esta frase aparecen ya varios principios. Si resaltamos la palabra “todos”, ya encontramos un principio; luego, en “Los Santos” y “en Cristo Jesús” encontramos los demás. Si podemos ver estos principios individualmente, la palabra “todos” nos habla de un “principio de inclusividad”. Este está íntimamente relacionado con otro principio llamado “de receptividad”, que incluye a todos los santos en Cristo Jesús, a todos los que han nacido de nuevo, todos los que fueron comprados por la Sangre de Cristo y que lo recibieron, y, por lo tanto, esos son los miembros de la Iglesia en Filipos. El principio de inclusividad se basta en la palabra “todos”, y no todos los seres humanos, aunque Dios quisiera que fueran todos, pero aquí es todos los santos en Cristo Jesús. Si nuestro Padre nos engendró como hijos, en consecuencia, todos sus hijos son hermanos, y nosotros no podemos escoger a los hermanos, más bien debemos aceptarlos, pues los ha engendrado nuestro Padre. Si nuestro Padre engendró hijos, son nuestros hermanos, y eso es lo que implica la palabra “todos los santos en Cristo Jesús”, subrayando la palabra “todos”. Debajo de esa palabra está ese principio de inclusividad, es decir, el considerar como nuestros hermanos a todos los verdaderos hijos e hijas de Dios, que son los que han creído y son comprados por su Sangre, nacidos de nuevo por el Espíritu. Por lo tanto, hay tal nación en el ámbito de la nueva creación, que es la Iglesia. La Iglesia nace en el cielo, porque participa de la naturaleza divina. El que se une al Señor es un espíritu con el Señor, y ha sido bautizado en un solo cuerpo, que está formado por todos los miembros. En la familia de Dios no se puede entrar sino por medio del nuevo nacimiento, no por afiliación a un movimiento, no por afinidad intelectual, o amistad, sino por haber nacido de Dios, del Espíritu.

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