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EL TESTIMONIO DIVINO ANTE EL CONFLICTO DE LAS CIVILIZACIONES

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:18, Categoría: General

El testimonio divino ante el conflicto de las civilizaciones. Hemos estado viendo la importancia de conocer al Señor en su Trinidad, y ver lo que implica que nuestro Dios, el único Dios, tenga un Hijo. Mirábamos que no es solamente un asunto teológico, sino intensamente práctico, con muchas implicaciones para nuestra vida personal, para la vida de la familia, para la vida de la Iglesia, e incluso para la vida social. Claro que es algo que sobrepasa nuestro entendimiento, y sin embargo, es algo de lo que Dios ha hablado, y que él ha revelado. Dicen las Escrituras: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová…” (Dt.29:29). Pero las reveladas pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Lo principal que la Palabra de Dios nos revela es acerca de Dios mismo, y Dios se revela como él es, porque quiere compartirse. Bienaventurados los que hemos sido creados por Dios para conocerlo y para recibirlo. Lo principal que el Señor ha revelado a la Iglesia, dentro de tantos temas que hay en la Palabra de Dios, es el Señor mismo, y lo que él hará: “…él os guiará a toda la verdad…” (Jn.16:13). La formación de Cristo en la Iglesia es comparada por el Señor con aquella visión de esa mujer que está de parto, como aparece en Apocalipsis 12: “Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento” (Ap.12:2). Y esa figura ya lo había dicho el Señor Jesús, registrada por Juan en su evangelio, donde el Señor, hablándoles a sus apóstoles, les dice: “La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza...” (Jn.16:21-22). Está relacionado lo de Apocalipsis 12 y Juan 16. El mundo se alegrará y la Iglesia sufrirá; la Iglesia pasará por dolores de parto como aquella mujer de Apocalipsis, refiriéndose al pueblo del Señor en general, incluido el Antiguo y el Nuevo Testamento, que ha estado de parto para que el Hijo varón se forme dentro de su vientre. La Iglesia está siendo edificada por el Señor Jesús, y conducida a toda verdad por el Espíritu Santo conforme a su labor. Si miramos un poquito la historia de la Iglesia, nos damos cuenta cuáles fueron las teclas que fue tocando el Espíritu Santo a lo largo de los siglos, porque él es el que edifica a la Iglesia, es el vicario de Cristo, el que vino en nombre del Hijo, trayéndonos al Señor Jesús, así como el Hijo nos trajo al Padre. El Espíritu Santo ha conducido a la iglesia, la ha dirigido, primeramente y antes que cualquier otra cosa, a conocer a Dios mismo. Una de las cosas que haría el Espíritu del Señor, entonces, es abrirnos los ojos acerca de la gloria del Hijo, porque en la medida que lo conocemos, conocemos al Padre; porque el Hijo es como el Padre, y es su imagen, la exacta representación de Dios. El Padre que es llamado en la Escritura como “el Dios invisible”, se ha dado a conocer por medio del Hijo: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, (…) él le ha dado a conocer” (Jn.1:18). Algunos manuscritos más antiguos lo dicen de una manera más estrecha todavía, refiriéndose al Señor como “el unigénito Dios, o, el Dios unigénito”. De manera que el Hijo vino para que viéramos cómo es el Padre. El interés de los discípulos era conocer al Padre; incluso uno de ellos se lo expresó, diciendo: “Felipe le dijo: Señor muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” (Jn. 14:8-9). El Hijo nos ha dado a conocer al Padre, pero ahora necesitamos también que el Espíritu Santo nos dé a conocer al Hijo, y nos lo presenta en su divinidad, en su humanidad, en su personalidad, y en su relación con el Padre, con el Espíritu y con la Iglesia. Esto es lo que está en el corazón de la Iglesia, lo fundamental, lo central, lo que nunca debemos olvidar. El Espíritu Santo comenzó a mostrar a los discípulos de la Iglesia primitiva (y no sólo a la primera generación, sino a las generaciones siguientes), a Dios por medio del Hijo. Jesucristo indujo esa búsqueda en el Espíritu de la Iglesia cuando los llevó aparte del mundo religioso en que estaban. Ellos estaban en Jerusalén, donde había muchos grupos, mucha actividad religiosa, y él seguramente que a propósito se los llevó a un lugar apartado, a Cesarea de Filipo, retirándolos de todas las distracciones, al punto focal diciéndoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt.16:13). Apreciemos la didáctica que utiliza el Señor. Dios, para revelársenos y dársenos tenía que mandar a su Hijo, y éste comienza como el novio con la novia, a llamarle la atención sobre lo principal. Los apóstoles responden muy diplomáticamente con lo que sabían, porque lo más probable es que no le dijeran todo lo que decían los hombres acerca de él, lo que después se escribió en algunas partes del Talmud; mas fueron las partes buenas lo que los discípulos le dijeron de las opiniones humanas, diciéndole que era Elías, o Jeremías o alguno de los profetas; pero en fin, dijeron las opiniones de los hombres (paráfrasis Mt.16:14). Hoy, toda la tierra está llena de opiniones de los hombres acerca de Jesús, circulando incluso muchos libros, algunos son best seller, presentando un Jesús apócrifo. Han vuelto a estar de moda los libros apócrifos, especialmente el de Judas Iscariote y de María Magdalena, y el Código da Vinci, y tantos otros, porque Jesús sigue siendo un tema que vende, pero claro, el Jesús apócrifo, el Jesús de los best seller, es al que quieren leer, pero al de la Biblia no lo quieren oír: “…y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2Ti.4:3-4). Esto es lo que han estado haciendo. La Palabra de Dios, en contraposición a lo anterior, nos dice que: “…el que conoce a Dios, nos oye…” (1Jn.4:6). Es decir, los que son de Dios oyen lo que los apóstoles del Nuevo Testamento confiesan por medio del Espíritu Santo de Cristo; los del mundo no nos oyen, no soportan y no pueden aguantar lo que el Espíritu Santo dice. “En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Jn.4:6). El Espíritu de verdad se distingue por su confesión acerca del Cristo. Estos versículos clásicos de Juan, nos muestran la importancia de la revelación y confesión acerca de Jesucristo, y las intenciones de la serpiente de presentarnos otro Jesús, otro espíritu y otro evangelio, siendo este el punto crucial del combate entre el Espíritu de Dios y el espíritu del anticristo. La revelación acerca del Señor Jesucristo y la confesión acerca de esa revelación, sobre el Cristo revelado por el Padre, y confesado por la Iglesia, dice que “…sobre esta roca edificare mi iglesia…” (Mt.16:18). Existiendo una íntima relación entre revelación de Jesucristo y edificación de la Iglesia. No habrá verdadera edificación de la Iglesia, sin una verdadera, profunda y espiritual revelación y confesión de Jesucristo. La Iglesia crece en la medida que conoce al Señor Jesús; por eso el enemigo está tan interesado en confundir este asunto, y por lo mismo es que también el Espíritu Santo, por mano de los apóstoles, está igualmente interesado en que tan crucial punto sea revelado y confesado. No seamos descuidados ni ingenuos, sino sumamente cuidadosos sobre esto. A veces damos por sentadas ciertas cosas, pero si palpamos un poco, nos damos cuenta que es necesario cavar profundo, para que el fundamento esté realmente colocado y estemos sobre la roca, porque depende de lo que Jesucristo sea para nosotros, eso determinará lo que nosotros seamos para Dios. Entonces, por eso el Espíritu Santo hará, conforme a su misión de glorificar al Hijo y de enseñar: “…él os guiará a la toda verdad…” (Jn.16:13). Lo primero que comenzó a hacer, al igual que como lo hizo el Señor, fue llamar la atención de la Iglesia acerca de quién es el Hijo de Dios. Anteriormente, estuvimos introduciéndonos en la importancia e implicaciones de este tema, pero necesitamos penetrar aún más en el. El Espíritu Santo continuó con la pregunta acerca de Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt.16:15). Primero, Jesús pregunta por la opinión de los hombres, y luego pregunta por la opinión de los apóstoles, es decir, por los suyos. Sus discípulos no pueden estar mezclados, ni contemporizando con las opiniones del mundo, pues hay un claro contraste entre la confesión del Espíritu por sus discípulos legítimos, y las opiniones del mundo acerca de Jesús. En esto la Iglesia no puede ser descuidada. En la Palabra del Señor hay asuntos cruciales y hay asuntos que son periféricos; hay asuntos donde se pueden tolerar una diferencia de escuela, porque no es lo mismo que una herejía. En asuntos fundamentales, en cuanto al Señor Jesús, el apóstol Juan, el apóstol del amor, decía con mucha claridad a los santos en sus cartas que: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina…” (2Jn.1:10). Quizá nosotros, en otras cosas, hemos aprendido a no pelearnos por doctrinas, pero tratándose acerca del Hijo de Dios, del Señor Jesús, necesitamos tener mucho cuidado, porque no podemos decir “bienvenido” con ligereza a cualquier cosa que se diga acerca de él, porque ahí está minándose nuestro fundamento, ya que el diablo quiere presentar a otro Jesús, poniendo dinamita en nuestro fundamento. Satanás no quiere que dejemos de ser religiosos; todo lo contrario, ya que él fomenta la religión, porque quiere hacerse Dios, y va a necesitar la religiosidad y la devoción de la gente. Él prefiere la religión al ateísmo, ya que sólo para combatir a los fieles mete el asunto del ateísmo, pero el preferiría la religión, con tal de que sea él a quien se adora. Si hacemos un seguimiento de qué era a lo cual el Espíritu Santo llamaba la atención de los cristianos de los primeros siglos, vemos que el asunto central era el mismo que en Cesarea de Filipos había introducido el Señor Jesús, preguntando sobre quién era él. Entonces, ¿quién es el Hijo? Es la pregunta fundamental. ¿Qué relación tiene el Hijo con el Padre?, ¿Es una creatura del Padre? ¿Es la misma persona del Padre? ¿El Hijo es el mismo Padre disfrazado de hombre? Estas interrogantes no son solo antiguas, sino actuales y de mucho interés, que quizás ya habrán llegado hasta nuestras propias casas, por medio de personas muy bien intencionadas, que vienen a decirnos que Jesús no es Dios, y que piensan salvarse enseñando en contra de la divinidad del Hijo de Dios; enseñando otras cosas contra el infierno, contra la resurrección corporal de Cristo, y otras series de temas religiosos. Todo este asunto ha estado y sigue estando en ebullición, pero igualmente la Iglesia debe crecer para el Señor, con un testimonio claro en medio de miles de voces dirigidas por demonios. Existen demonios y existen doctrinas de demonios queriendo presentar otro Jesús, otro espíritu, otro evangelio, y todo eso está en aumento en el mundo religioso. Hoy en día, el mayor escándalo para millones de personas en la tierra, que siguen a un falso profeta llamado Mahoma, es escuchar que Dios tiene un Hijo, y que ese Hijo es Jesús. Lo más preciado para el corazón del cristiano, es la peor blasfemia para un musulmán. Los sociólogos están estudiando el problema del conflicto de las llamadas civilizaciones, estudiándolo como un asunto de sociología y de estrategias políticas, para ver cómo facilitar la globalización del mundo, sabiendo manejar las variedades religiosas y cómo utilizar el ecumenismo y eclecticismo al servicio de la globalidad. A veces la sociología estudia la religión, y las conversiones en Latinoamérica del catolicismo al protestantismo, y otros temas parecidos, pero lo estudian en aras de aquella globalización. Hay millones de dólares que circulan para promover el eclecticismo, para promover la unidad humana, pero ¿unidad alrededor de quién? ¿Y para quién? ¿O al servicio de qué? Puede parecer muy práctico, sí; la religión ha sido aceptada como útil para el orden social, pero ¿será eso suficiente? En el corazón de ese llamado conflicto tan actual de civilizaciones, está este punto y pregunta crucial: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Nosotros, la Iglesia, somos la sal de la tierra, somos la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder, y le debe al mundo un testimonio claro, un precedente nítido basado realmente en el trabajo multigeneracional de Dios, en la Palabra revelada por Dios desde el principio, a lo largo de los XXI siglos que tenemos de cristianismo. Entonces, ¿cómo no va la Iglesia a digerir con plena conciencia este asunto para la gloria de Dios? Porque este es el punto decisivo, que se esconde debajo del Armagedón, que será un conflicto, la intención máxima de rebelión de Satanás que quiere hacerse semejante a Dios, contra el Dios verdadero. La Palabra nos dice que: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos…” (Ap.16:13). Por otra parte, Zacarías nos dice que al anticristo le interesa la carne de las ovejas gordas y que ellos van trabajando por lo alto para reunir a los reyes de la tierra, para reunirlos contra el Cordero y contra los suyos, y puede ser que reúnan los ejércitos hablando de paz y seguridad, pero ellos no tienen interés en eso. Satanás sabe que con esa falsa promesa va a canalizar la fuerza de los ejércitos, incluidas las bombas de neutrones, para resistir la segunda venida del Señor Jesucristo. Y no estamos hablando sueños, ya que lo dicen expresamente los luciferianos en sus propios libros, que recibirán la Segunda Venida de Cristo con bombas de neutrones. Les parecerá raro, pero en Chile hace poco murió Miguel Serrano, un militar luciferiano y pro fundador de este movimiento, que en uno de sus libros pudimos leer lo anterior. Satanás quiere reunir las naciones y a sus ejércitos no para la paz y la seguridad, sino usando la propuesta de paz y seguridad. La Palabra discierne para qué reúne Satanás a las naciones, pues dice que los quiere reclutar para pelear contra el que montaba el caballo blanco, contra el Señor Jesús, el Verbo de Dios, y contra su ejército. Los que están con el Verbo de Dios son llamados, escogidos y fieles, y quiera Dios que estemos en ese bando, en el bando que desciende del cielo, que nació de lo alto y que representa los intereses de Dios en la tierra, y no la Babilonia que se levanta de abajo para arriba, pretendiendo conquistar el cielo y la gloria divina. La gloria desciende de Dios para abajo, pero Babilonia son ladrillos de barro, hechura humana que se levanta de abajo para arriba; pero que ya fue juzgada, fue confundida y fue dispersada. La dispersión y la confusión es el juicio de Dios contra Babilonia. El propósito eterno de Dios nuestro Padre es recapitular, reunir en Cristo Jesús todas las cosas. Hoy en día, nosotros no podemos contemporizar. Tenemos que conocer al Señor, porque nuestro testimonio tiene que ser claro y no podemos simplemente ser prácticos, ya que ese aparente beneficio de la práctica para convivir, renunciando a la verdad, no es de los seguidores del Señor Jesús. Debemos ser muy decentes con la gente, amables, cariñosos, cuidadosos, caritativos, pero muy claros con ellos. La Iglesia tiene la incumbencia de dar el testimonio acerca de Jesucristo. La Iglesia no se va a reunir en concilio mundial con otras religiones para ponerse de acuerdo y facilitar la convivencia en la tierra, porque esa no es la misión de la Iglesia. La Iglesia debe representar al Señor, así como el Señor ha representado a su Padre, cosa que no les gusta a las personas, porque ellas quieren el lugar de Padre. Los hijos del diablo tienen los mismos intereses de su padre el diablo, pero la Iglesia tiene al Señor en el centro. Entonces, nosotros, en estas cosas, tenemos que ir despacio y asegurarnos de cuál es la Palabra de Dios, y la confesión del Espíritu acerca de esta crucial pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy?”. El Espíritu Santo se demoró cuatro siglos para que los santos, a la luz de los testimonios bíblicos, reconociera que Jesús es el Hijo de Dios, y es consustancial con el Padre. Esto se trata de revelación, y se trata de saber por qué estamos o no de acuerdo con alguna voz de las tantas que hay en la tierra. El Espíritu Santo comenzó a enseñar a la Iglesia de los primeros siglos, quién es Jesucristo en su divinidad, y por qué se le dice Dios, también. Jesucristo es la gran piedra de escándalo y de tropiezo para el propio Judaísmo, y ahora para el Islam; y además, para cierta parte de la cristiandad quienes aún se encuentran confundidos alrededor de esto. Por lo tanto, la Iglesia debe oír lo que dice el Señor, porque Él tomó las Escrituras cuando resucitó, y se pasó los cuarenta días antes de la ascensión enseñando lo que decían de él, y luego los apóstoles, de los cuales nos dice la Palabra que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Este era el tema de los apóstoles, y el tema del evangelio de Dios; y como dice en Romanos 1: “…el evangelio de Dios, (…) acerca de su Hijo (…) que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro.1:1,4). Eso era lo que estaba en el Lugar Santísimo del Tabernáculo, lo que ocupaba el lugar central en la casa de Dios, que es el Arca del Testimonio de oro y de madera, lo cual nos habla de la persona divina y humana de Cristo, y el propiciatorio, que nos habla de la esencia del evangelio, de la obra de esta persona divina y humana. Recordemos que el propiciatorio es donde se colocaba la sangre de la expiación, pero ahora también nos habla de su resurrección y ascensión, porque esa Sangre fue derramada cuando era un hombre (es todavía hombre), cuando estaba de paso por la tierra. Allá en el Atrio, en el Altar de Bronce, derramó la Sangre, pero esa Sangre no se quedó allí, sino que fue introducida por el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, lo que implica la resurrección, ascensión y entronización del Señor Jesús, porque en base a su Sangre obtuvo eterna redención. Entonces, el propiciatorio nos habla de la esencia de la obra del Señor en la Cruz, en la resurrección y en la ascensión. Eso es lo que ocupa el lugar central, en el corazón de la fe de la Iglesia, y de allí es de donde recibe todos sus beneficios, desde la divinidad, desde la humanidad, desde la muerte, desde la resurrección, desde la ascensión, desde la entronización, desde la intercesión, y desde el derramamiento del Espíritu. Desde ahí proviene la vida de la Iglesia, debajo del trono en el Lugar Santísimo, desde donde surge el río de Dios hacia el Lugar Santo, hacia el Atrio, y toda alma que entrare en aquel río será vivificada. Desde ahí desciende todo; aquí está la casa de Dios, que es la Iglesia, y ¿qué tiene en su corazón? ¿A quién ha recibido? Al Señor; y al recibir al Hijo, se recibe al Padre; al recibir al Espíritu, el Padre y el Hijo han venido a hacer morada, junto con lo que el Señor Jesús consiguió en su humanidad, en su vida, muerte, resurrección y ascensión. El Espíritu toma todo lo que es del Hijo, y el Hijo todo lo que es del Padre, y todo lo que es del Padre y del Hijo, lo pasa el Espíritu a nosotros. Por esto, la Palabra nos habla no sólo del Espíritu Santo, sino de: “la suministración del Espíritu de Jesucristo” (Fil.1:19). Esa frase es muy importante y muy significativa, y está también en Gálatas, que nos dice: “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:5). Por el oír con fe recibimos la suministración del Espíritu, y el Espíritu nos trae todo lo que es del Señor, así como el aceite trae todas las especies machacadas, el aceite de la unción pasa hasta el borde de las vestiduras del cuerpo, trayendo la mirra, la canela, la casia, y el cálamo que nos hablan de la obra del Señor. La Iglesia siguiendo al Espíritu y la Palabra, junto con el testimonio del Padre, del Hijo y del Espíritu, debe conocer al Señor en su divinidad, en su personalidad distintiva como Segunda Persona de la Trinidad, como Verbo de Dios y también como hombre, lo que comprende su vivir humano, su muerte, resurrección y ascensión. Todo lo anterior junto es el corazón del testimonio de la Iglesia. Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo; el que tiene al Hijo, tiene el testimonio en sí mismo, y tiene también la vida. Hebreos es una epístola que cumple la función del Espíritu de glorificar al Hijo por la vía del contraste, es decir, contrasta el Antiguo Pacto con el Nuevo; contrasta al Hijo con los ángeles, y contrasta muchas otras cosas para exaltar y glorificar al Señor Jesús. Vamos a hacer el seguimiento de la manera cómo el Espíritu Santo empieza a abrir los ojos de la Iglesia por el testimonio. El Espíritu Santo inspiró, creemos que a Lucas, a escribir Hebreos, aunque no es el tema en este momento, sino es que el autor fue guiado para el testimonio. Y justamente en el primer capítulo de la epístola aparece nada menos que el testimonio del Padre acerca de la divinidad del Hijo. Hemos oído el testimonio de Jesús acerca de su Padre, pues él vino a glorificarlo, pero ahora la Palabra de Dios nos muestra la glorificación hacia el Hijo. El Padre honra al Hijo y pide que nosotros también le honremos, al igual como se honra al Padre. Esto es justamente lo que el Islam tiene como gran blasfemia. Lo que nos pide el propio Padre en la Palabra, pidiéndoselo a todas las criaturas en el cielo y en la tierra, que reconozcan el lugar divino que ocupa el Hijo. Esa es la confesión de la Iglesia, que está en el centro del conflicto. Veamos aquellos capítulos que nos hablan de esto: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas por la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él será a mí hijo? (Heb.1:1-5). Dios nos ha hablado por el Hijo, y el Hijo es el hablar de Dios final, y cualquier otra cosa que se diga no puede ser diferente a lo que ya ha dicho el Hijo. La Iglesia puede crecer en la revelación, en el entendimiento espiritual del hablar del Hijo, pero el hablar del Hijo es conclusivo, es la última palabra de Dios. Dios, en otros tiempos, habló de muchas maneras, pero en los postreros tiempos el hablar de Dios es el Hijo. Todo le pertenece al Hijo por voluntad del Padre; el Hijo desde la eternidad compartía la gloria del Padre; él es el resplandor de la gloria divina y esa frase no es un invento del autor, porque Dios mismo, cuando le mostró a Ezequiel el resplandor de la gloria divina, lo vio semejante a un hombre (Ez.1:26,28). Esta era la semejanza de la gloria divina, era el Hijo antes de la encarnación, el Hijo en la eternidad con el Padre, en el principio de todo. Todo ha sido creado y sustentado por el Hijo. Qué síntesis preciosa ha hecho el Espíritu en esta introducción a la epístola, y qué síntesis del evangelio de Dios acerca de su Hijo. En la actualidad, estas palabras provocan un escándalo, pero Lucas no se está inventando esto, o cualquier otro que haya sido el autor ocupado por el Espíritu Santo, porque se basó en la Palabra del propio Padre, pues es él quien ha hablado acerca del Hijo. También aquí, Dios Padre ha hecho un contraste entre el Hijo y los ángeles quienes son poderosos en gloria, pero no como Jesús. Lo que está haciendo el Espíritu Santo por medio del autor, es citar al Padre, pues Jesús no es una doctrina inventada por Lucas o por los cristianos, a quienes se les ocurrió divinizar a un carpintero, sino que el Padre le reveló a su Hijo a muchos carpinteros y pescadores. El Padre, cuando introduce al Primogénito en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He.1:6). Dios el Padre le manda a los ángeles a adorar al Hijo, e incluso cuando está en la tierra como hombre, fue adorado desde que nació en Belén, por aquellos personajes con regalos muy significativos, al igual que aquella vez cuando el ciego recibe la vista y fue adorado por él. Jesús, a lo largo de su vida recibió la adoración. Por lo tanto, ¿nos podemos dar cuenta quién es el Hijo? “…El que no honra al Hijo, no honra al Padre…” (Jn.5:23). Dios tiene un Hijo, y le agradó que en el Hijo habitase toda plenitud, y el propio Hijo da testimonio. La misma vida autosuficiente de Dios, posee el Hijo. Esto no se dice de ningún ángel, ni anciano, querubín, serafín, arcángel, etcétera, sino sólo se dice del Hijo. “Ciertamente de los ángeles, dice: El que hace a sus ángeles espíritus, Y a sus ministros llama de fuego” (Heb.1:7). Eso se dice de los ángeles, que son espíritus; mas del Hijo dice: “…Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el centro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual, te ungió Dios, el Dios tuyo…” (Heb.1:8-9). Jesús es una persona divina, que era en el principio, antes de todas las cosas. Por eso fue que cuando Isaías en el capítulo 6 vio a Jehová de los ejércitos en el trono, diciendo que serafines a su alrededor proclamaban a la Trinidad: Santo, Santo, Santo (paráfrasis Is.6:1,13), nos habla de la gloria de Jesús antes de la encarnación. “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra…” (Heb.1:10). Podemos apreciar en estas palabras que el Hijo no es solamente un hombre en la tierra, sino que ya era en el principio. “Y los cielos son obra de tus manos” (Heb.1:10). Muchas veces repetimos esto, pero no nos fijamos que es del Hijo de quien se habla. “Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados…” (Heb.1:11-12). Se mudará de vestido el Señor, pues ese universo tan tremendo es un vestido viejo. La gloria es de Dios, no del sol, no de la luna, ni de las estrellas. Todo va mudando, pero él no muda. “Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán” (Heb.1:12). Los años del universo podrán ser años luz, pero se acaban, mas los del Señor permanecerán para siempre. “Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra?…” (Heb.1:13). O sea, al lado de Dios, en su trono. Como dice la Palabra en otro lugar: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap.3:21). ¿Quién está sentado en el trono? El Padre y el Hijo. Y ¿quién más se sentará ahí? Los vencedores de la Iglesia. Qué llamamiento altísimo, pero que no podremos ni siquiera soñar con ese llamamiento si no conocemos al Hijo. Pero ahora que conocemos al Hijo y las promesas sobre él, descubrimos lo enorme de nuestro llamamiento. “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? (Heb.1:14). Esto fue escrito a manera de contraste, para ver la gloria del Hijo sobre el paño de fondo de la gloria de los ángeles, que son tan fuertes en poder, pero que no son nada comparados con el Hijo.

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