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EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO ANTE NUESTRA CONCIENCIA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:01, Categoría: General

El valor de la Sangre de Cristo ante nuestra conciencia. Hemos visto el aspecto de la Sangre del Señor en un sentido objetivo, casi jurídico, al ver cómo nuestra deuda fue cancelada, gracias a Dios, por la muerte en la Cruz del Señor Jesús. Ahora, en Hebreos, veremos el valor de la Sangre ante los ojos de nuestra propia conciencia. Dios quiere que el valor que le concede a la Sangre de su Hijo, nosotros también se lo concedamos, porque muchas veces sin darnos cuenta nos deslizamos a pretender estar delante del Señor sobre alguna otra base que no sea la Sangre del Señor Jesucristo. Dios quiere que nuestra conciencia llegue a ser una con la valoración que tiene Dios, y que nuestra conciencia funcione conforme al Espíritu de nuestro Dios. El apóstol Pablo usaba una expresión, en una de sus cartas, diciendo: “…y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo…” (Rom.9:1). La conciencia de Pablo funcionaba a una con el Espíritu Santo. En nuestro caso, en la condición caída del hombre, nuestra conciencia muchas veces no funciona a una misma voz, en un mismo sentir con el Espíritu Santo. La conciencia y la rectitud en el corazón, deben ser trabajadas por Dios y llegar a ser una con la voz del Espíritu. Entonces, respecto de la conciencia, hay varios adjetivos que determinan distintos estados de conciencia: conciencia mala, conciencia buena, conciencia corrompida; pero, gracias a Dios, también conciencia en el Espíritu Santo. O sea que la conciencia debe ser corregida por el Espíritu Santo. El Señor tiene que corregir los desequilibrios de la conciencia humana, y especialmente la religiosa. Dios tiene que trabajar con nuestra conciencia; y este versículo que vamos a leer en 2ª de Corintios es un versículo que apunta a ella, para que sea sostenida en la misma visión de Dios. Porque Satanás tiene un trabajo incansable, que, entre otros, es el de acusar a los escogidos de Dios. Claro que el Espíritu Santo también hace su trabajo convenciéndonos de pecado y conduciéndonos a la gracia. El Espíritu Santo es nuestro Consolador. Leamos 2ª a los Corintios: “Así que, al proponerme esto, ¿usé quizá de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No?” (2ª Co.1:17). Pablo se propuso, pero se lo propuso en espíritu, usando su voluntad. Porque la voluntad le fue dada al hombre para usarla. El Espíritu Santo sugiere la dirección, pero él no va a decidir por nosotros, sino solamente nos hace saber lo que él quiere. Debemos volvernos al Señor, tocar al Señor por la fe, dejar que él nos toque, y nosotros tocarlo como aquella mujer que lo tomó de su manto y fue sanada. Pablo, al hablar de ligereza, nos dice que él también se puede equivocar, pero él sabía que no en ese caso. Él lo había hecho bien, su conciencia le daba también testimonio en este caso; pero lo que nos dice, es si lo que pensaba era según la carne. Nos damos cuenta de que podemos pensar, conocer y colocar nuestra mente en el espíritu, y a veces también en la carne. Carne hay en nosotros y cuando estamos en la carne hay sí y hay no; hay vacilación, pero cuando es del Espíritu es siempre un sí con certeza, o un no también con certeza. En el Espíritu hay claridad, en cambio el enemigo juega con nuestra conciencia cuando estamos en la carne, y nos acostumbramos a vivir por emociones, por impulsos, o por hábitos, y no nos volvemos al Señor en el espíritu. “Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No, porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él;… (2Co.1:18-19). Notemos la clave “sí en él”, y en esto hay una diferencia, porque si estás en él es claro, es todo definido, no hay vacilaciones, es un cielo abierto y no hay penumbra, no hay ambigüedad. El Señor es muy claro: “…porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2ª Co.1:20). Podemos darnos cuenta de lo que pasa con las conciencias y la diferencia de estar en la carne. Se necesita que Dios vaya trabajando con nuestra conciencia, que él siembre un paradigma nuevo. Ahora, a partir de Cristo, hay que conocer según el Espíritu, aun cuando estamos tan acostumbrados a vivir en nuestra naturalidad, y basados en las emociones. Que el Señor nos ayude a estar delante de él y, como decíamos anteriormente, el Espíritu Santo nos convence de pecado, pero nos conduce a la gracia. El Señor debe rescatarnos no sólo la conciencia, sino íntegramente; es decir, espíritu, alma y cuerpo. “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (He.9:13-14). ¡Qué palabras preciosas estas de santificar y purificar! Santificar es separar para Dios. Y para servir al Dios vivo nuestras conciencias deben ser limpiadas por la Sangre de Cristo. Entonces, aquí está hablando del valor de la Sangre para nuestras conciencias, para santificarlas y purificarlas. Lo que significa para el Padre ver la Sangre de su Hijo, como decía en la Pascua “veré la sangre y pasaré de vosotros” (Ex.12:13). Eso mismo él quiere que nosotros veamos, y que creamos la Palabra del Padre y el consuelo del Espíritu Santo, que siempre habla la Palabra del Hijo y del Padre, porque el Espíritu Santo no habla por su propia cuenta, sino que habla de lo que oye del Hijo y del Padre. El Espíritu Santo tiene la misma voz del Hijo y del Padre, y la Iglesia debe aprender a tener la misma voz de ellos. En los Proverbios nos dice algo muy interesante con respecto a esto: “Su deseo busca el que se desvía, y se entremete en todo negocio” (Pr.18:1). ¿Por qué la persona se desvía y se enreda? Nos podemos dar cuenta que es por su propio deseo. Ama más ese deseo que al propio Señor, sin importarle las señales que le dé el propio Señor. ¿Qué pasa si nosotros idolatramos algo que nosotros queremos a nuestra manera? ¿No es engañoso el corazón? ¿No tiene que ver el corazón con la conciencia? El corazón es engañoso, y a veces lo es también nuestra conciencia por nuestro propio pecado, por nuestra propia astucia, y también por la astucia de Satanás que nos engaña, y nos acusa, nos atormenta, y que trata de decirnos “¡nada, eso no es nada, siga adelante!”. Entonces, necesitamos el paradigma de Dios, la mente de Cristo y la conciencia según el Espíritu Santo, y que el valor que la Sangre tiene para el Padre sea exactamente igual en valor para nosotros. Esto es lo que Dios quiere. Él quiere que lo suyo pase a nosotros, su paradigma, su naturaleza, y que nosotros veamos las cosas como él las ve, y lo único que sinceramente purifica, santifica, limpia nuestra conciencia, es la Sangre del Señor. Esto tiene que ser recibido con seriedad, con arrepentimiento y creyendo lo que el Señor dice. El enemigo viene con sus engaños y muchas veces falsea nuestra personalidad, y pone un manto sobre nosotros, del que no nos damos cuenta. Entonces él se disfraza de lo que nos gusta, y luego él va añadiendo lo suyo, porque es perverso, y quiere destruirnos; nos coloca pensamientos de él, a veces sentimientos, pero lo hace tan sutil, que nos hace creer que somos nosotros mismos. Al comienzo, el desvío parece pequeño, pero deja que pase el tiempo y nos damos cuenta que nos quiere llevar a la muerte. “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Pr.16:25). Pero Dios quiere unir nuestra conciencia a su Palabra, que es la espada y la voz del Espíritu Santo, para que la voz del Espíritu sea la voz de la Iglesia. Porque la voz del Espíritu es la del Hijo, y la del Hijo es la del Padre, y ellos quieren que la Iglesia tenga la misma voz, para que predique y bautice, y enseñe todas las cosas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, representando a Dios. Esto es muy importante, porque tenemos ejemplos en la Palabra, de hombres que no han cumplido con los deseos de Dios, como le pasó a Saúl que no representó a Dios, pero en cambio David sí lo hizo, y aunque erró, Dios lo corrigió y pudo confesar su pecado. Pero Saúl se honró delante del pueblo; es decir, no había rectitud, no representaba el sentir del Señor. Dios ya no podía contar con esa persona, porque tenía intereses humanos, idolátricos; su propia gloria estaba primero que el propio Señor. El Señor dice que “…como ídolos e idolatría la obstinación….” (1 S.15:23). Porque la idolatría es tener otro Dios distinto, amar otra cosa más que Dios y aceptar la propuesta, el sentimiento, la sugerencia, la tentación de otros espíritus y no la del propio Señor, que nos guía. Por eso se compara con hechicería, y se compara con obstinación. Entonces el Señor tiene que tratarnos, para que nuestra conciencia valore las cosas conforme a la Palabra de Dios. No nos apoyemos en nuestra propia prudencia, sino fiémonos de Jehová, como nos dice Proverbios: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal… (Pr.3:6-7). Debemos consultarle con seriedad a Dios, no como aquellos ancianos que llegaron delante de Ezequiel haciéndose los justos: “Vinieron a mí algunos de los ancianos de Israel, y se sentaron delante de mí. Y vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos? (Ez.14:1-3). ¿Será que Dios se dejará consultar por personas que ya establecieron de antemano lo que quieren? Establecieron su propio ídolo, establecieron su propio tropiezo. Las personas se engañan a sí mismas, atribuyéndole a Dios los propios deseos de su corazón, incluso muchas veces hasta lo dicen en forma de profecía, pero estas no nacen del Espíritu de Dios, sino que hablan conforme al deseo de su corazón. La gente ya no tiene excusa, pues Jesús dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa…” (Jn.15:22). Cuando hubo luz, ya no hay excusa, porque vieron, pero aborrecieron sin causa al Padre, amaron más sus propios pecados; pero ahora ¿qué es lo que nos limpia de las obras muertas? La Sangre. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar…” (1ª Jn. 1:9). Dios nos está preparando para vivir en la luz, y está formándonos para ser transparentes en la nueva Jerusalén. Dios ofreció a su Hijo en sacrificio por nosotros, y él derramó su Sangre para purificar nuestras conciencias, para que podamos servir al Dios vivo, para que podamos decir: “Padre, te estábamos esperando, Señor”, y salir a recibirle en el aire. Ser arrebatados como el Señor fue arrebatado. Y dice el Señor que él quiere encontrarnos en pie cuando venga. En pie, no escondiéndonos como encontró a Adán, o como va encontrar a los poderosos de la tierra, a los soberbios que decían: “¡¿Qué Dios?!”. Que Dios nos sane de nuestra necedad; así que aprovechemos en volvernos a él con corazón sincero, humilde, y recibir con toda fe la limpieza de su Sangre. Él mismo limpia las conciencias. Si ya tenemos planeado el arrepentimiento y es sincero, como el hijo prodigo: “Y yo qué hago aquí, en esta hora los siervos de mi padre están comiendo y bebiendo con abundancia en la casa de mi padre, y yo aquí, con los cerdos, comiendo lo que les sobra; voy a ir, voy a volver a la casa de mi Padre, y le voy a decir: Padre no soy digno de ser llamado tu hijo” (Paráfrasis Lucas 15). El hijo confesó su indignidad, diciendo: “Recíbeme como a uno de tus jornaleros” (Lc.15:19). Tenía todo el discurso preparado, y era sincero, y cuando llegó a la casa no había ni empezado a decir el discurso, cuando el Padre vino corriendo, lo abrazó y lo recibió. El Padre no lo dejó terminar el discurso, lo abrazó, le puso un anillo, lo vistió. Nosotros sabemos cuando Dios nos ha perdonado y nuestra conciencia tiene que aprender a ver las cosas a la luz de Dios, no a nuestra propia luz. Dios nos ama, y el mayor bien que él nos puede hacer y dar es hacernos semejantes a su Hijo, del que dice: “…en quien tengo complacencia” (Mt.3:17), y en el cual se siente fielmente representado. Y por otra parte, él también desea que le seamos útiles, pero si no hay una relación correcta con Dios de fe, de sinceridad y transparencia, seremos inútiles. La Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; la palabra del testimonio está basada en que la gracia fiel de Dios se recibe sólo por la fe. Y esta verdadera fe incluye el arrepentimiento y empezamos a ver las cosas como Dios las ve. Dios nos ha perdonado, nos ha abrazado y sentimos su abrazo en el espíritu. Vencimos al enemigo por la Sangre, que nos hizo nuevos y nos podemos levantar en Cristo.

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