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EL ÓLEO DE LA SANTA UNCIÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:54, Categoría: General

El Óleo de la Santa Unción. Toda la obra del Señor es una obra orgánica, una obra relacionada; es decir, cada parte con su parte. Tenemos la parte de Dios el Padre, porque recordemos que al principio de la Palabra es la primera vez que habla Dios en Trinidad ahí en Génesis 1:26: “…hagamos”. No es solamente el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Espíritu, sino el Padre con el Hijo y con el Espíritu, involucrándose en hacer una obra: “…hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Gn.1:26). Entonces el Padre tiene su parte en este hacer. Pero el Padre no hace nada sin el Hijo. “…sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn.1:3). Incluso la planeación. Proverbios 8 nos dice: “…que la sabiduría de Dios estaba con Dios, y era su delicia delante de él”. En algunas traducciones dice que “…era su arquitecto…” Cuando un padre va a construir una casa, él contrata un arquitecto y conversan juntos, porque el arquitecto no va a hacer la casa sin tener en cuenta los deseos del dueño de la casa, y tampoco este padre no va a hacer la casa sin tener en cuenta a la madre y a los hijos. Entonces, el Señor Jesucristo era el arquitecto, es decir, que nada planeó el Padre sin el Hijo. Todo lo concibió con el Hijo. Ahora viene el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo. Debemos confiar que el Espíritu Santo nos tocará, dará refrigerio a nuestro espíritu, y como él está en nosotros, hará su trabajo, que es pasarnos estas cosas, comunicárnoslas, hacernos partícipes espirituales de este amor común entre el Padre y el Hijo, que es el Espíritu. Por eso se le llama el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo, no solamente llamándole Espíritu Santo. Por ejemplo, en Mateo 10 dice que no nos preocupemos el día que nos lleven ante los magistrados, y ante las autoridades para dar cuenta de nuestra fe, porque en aquella hora nos será dada palabra que ellos no podrán resistir, porque no somos nosotros solos los que hablamos, sino el Espíritu de nuestro Padre (Mt.10:16,20, paráfrasis). “…el Espíritu de vuestro Padre…” (Mt.10:20). Espíritu “de” vuestro Padre que habla en nosotros, o sea, que el Espíritu es llamado a “ser” del Padre, “Espíritu del Padre”. Y en Romanos 8, dice “…si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús…” (Ro.8:11). Ese “aquel” es nuestro Padre. Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Entonces, el Espíritu es el Espíritu de “aquel”; es decir, de nuestro Padre. El Espíritu es del Padre, pero también es del Hijo. Recordemos aquel pasaje en Gálatas donde dice: “… Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Ga.4:6). Esto es porque el Espíritu es también del Hijo, porque además de provenir del Padre también lo hace del Hijo, porque el Padre ama al Hijo. Así que el Padre es el amante, y el Hijo es el amado, y este amado también ama al Padre. Por lo tanto, entre el Padre y el Hijo hay un amor común, pleno, divino y además eterno, porque no es que el Padre y el Hijo un día comenzaron a amarse, sino lo han hecho desde siempre. “…El cual por medio del Espíritu Eterno…” (He.9:14). En Hebreos aparece esa expresión: “el Espíritu Eterno”, porque así como el Padre y el Hijo son eternos, también lo es el Espíritu. Se han amado con un amor común, que comparten los dos; y es tan grande, por cuanto al Padre le agradó que en el Hijo habitase “…toda la plenitud de la Deidad…” (Col.2:9). Y como el Padre tiene vida en sí mismo, dio al Hijo el tener también vida en sí mismo. De manera que el Padre y el Hijo comparten un amor común. Y ese amor divino que procede del Padre y del Hijo, es el Espíritu. Dios es Espíritu y si no lo vemos de esta manera, y si tampoco vemos al Espíritu como del Padre y del Hijo ¿cómo podremos ver Iglesia? El Señor Jesucristo dijo: “…como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…” (Jn.17:21). Ese es el modelo para la Iglesia. La unidad de la Iglesia es la Trinidad. Y el que derrama el amor de Dios en el corazón de la Iglesia es el Espíritu. Entonces, el Espíritu es el que nos comunica todo el amor. Este es el amor que planea el Padre. La Escritura dice: “…nos amó con amor eterno…” (Ver Jer.31:3). Y también dice: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado…” (Jn.15:9). Meditemos sobre esto, que el Padre nos ama de tal manera que nos dio a su propio Hijo, al que todo le ha dado y quien nos ha dado a nosotros su gloria. Esto es una cosa tremenda, y no bastará la eternidad para disfrutar esto – nosotros usamos la palabra “cosa” sólo literariamente, pero lo que Dios nos ha dado es él mismo, que no es una cosa. Dios mismo se nos dio por su Hijo, y por su Espíritu. Toda la plenitud del Padre se la pasó al Hijo, y éste la comparte con el Padre, y ahora el Espíritu la toma de ellos, por eso la Iglesia va en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, haciendo discípulos, bautizándolos, y enseñando todo lo que recibieron del Señor. Entonces, hay una parte en la obra de Dios que la hace el Padre, y que se le atribuye a él. Porque él dijo también “hagamos” junto con el Hijo, y con el Espíritu, siendo esto como el resultado de ese amor eterno, de ese plan. La palabra ‘concilio’ le queda pequeña. Los hombres se han tenido que inventar esas palabras “Trinidad”, “concilio”, y muchas otras para poder tratar de sintetizar en una palabra todo lo que dice la Escritura. Pero lo que dice la Escritura es profundo y riquísimo. Y el Espíritu, a pesar de esos elementos tan insuficientes, comunica lo interior, comunica su realidad, y si su Espíritu nos toca, nos hace vivir, comprender, nos ilumina, nos vivifica, y nos fortalece, dispensándose a nosotros y se forma en la Iglesia. También la parte que es del Hijo, no la hizo sin el Padre. Y también el Hijo no hizo nada sin el Padre. Pero los tres son un solo Dios, y una obra que los tres hacen juntos. Porque la Trinidad no son tres Dioses. Son tres personas de un mismo y único Dios. Este es el modelo de la Iglesia: “hagamos”, “vamos a hacer al hombre, al género humano, un hombre corporativo “a nuestra”, en plural, pero “imagen” se presenta en singular. Todos juntos van a expresar un mismo Dios. En la Trinidad solamente el Hijo es la Imagen. No se dice del Padre que sea la imagen, sino que es el Dios Invisible, en cambio se dice del Hijo que: “…es la Imagen del Dios Invisible…” (Col.1:15). Pero cuando se habla de la imagen única de Dios se dice “nuestra imagen”, o sea, que el Padre se siente identificado y bien representado en el Hijo, pues el mismo Padre dice: “…a él oíd” (Mt.17:5). O sea, lo que dice el Hijo es lo mismo que dice el Padre. Esto es precioso, grande y profundo, y es lo que están haciendo ahora también de nosotros, porque Dios dijo “hagamos al hombre a nuestra imagen”, cuyo modelo es la Trinidad. Dios nunca había hecho cosa tan grande. Cuando miramos al hombre decimos: ¡pero qué miseria es el hombre!, pero lo que Dios planeó, lo va a terminar de hacer y es lo más alto que puede existir, porque es a la imagen y a la semejanza de Dios, no habiendo otra “cosa” más alta. Si Dios no hubiera hecho al hombre, Dios mismo no hubiera obedecido su Palabra, porque él por medio de ella nos ha dicho que: “…y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Stg.4:17). Este sería un pecado de omisión, pues no solamente hay pecados de acción, sino pecados de omisión; y el Espíritu no habla por su propia cuenta, sino lo que oye del Hijo, y el Hijo habla lo que oye del Padre; es decir, lo que escribió Santiago es del Padre, del Hijo y del Espíritu. Y ¿acaso Dios no va a ser consecuente con lo que nos enseña? Dios hizo muchas cosas hasta el sexto día; y al hacer al hombre, si no nos hacía de la mejor manera posible, él mismo hubiera sido omiso. Está decisión tremenda de crear al hombre, ha sido la más alta, porque este es la Iglesia, puesto que ese hombre es un hombre colectivo. Existe humanidad para que exista Iglesia. Dios quería que toda la humanidad fuera este cuerpo que lo contuviera, y lo representara, lo expresara, y lo canalizara, pero como las cosas en Dios no son a la fuerza, pues Dios es soberano pero no un dictador, es para el que quiera. La Palabra nos dice: “¡Cuántas veces quise juntar tus hijos…!” (Mt.23:37). Podemos preguntarnos entonces: Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no lo hace a la fuerza? Simplemente porque no es un violador. No hay carácter tan precioso como el carácter de nuestro Dios. Él es el modelo de los esposos, quienes deben ser como Cristo con la Iglesia, y la mujer como la Iglesia con Cristo; entonces esta relación es un matrimonio. ¿Cómo se va a casar un hombre solo? Debe haber mutuo consentimiento, y más que eso, se debe compartir la misma naturaleza, estar en un mismo Espíritu. Dios es trino, y cuando hizo al hombre, lo hizo en familia, porque lo pensó en papá, mamá e hijos. No lo hizo sólo hombre o sólo mujer. El hombre debe conocer al Señor, recibirlo en su espíritu, recibir el Espíritu del Padre y del Hijo en amor, y derramar ese amor en la Iglesia; y eso no se puede hacer sin la ayuda del Espíritu. La Sangre es para limpiarnos, y para perdonarnos. La Cruz es para quitar todas las cosas terribles que fueron introducidas en el universo, empezando desde el cielo donde un querubín se rebeló, y quiso rivalizar con Dios. Dios no lo obligó, pero lo dejó hacer sus propuestas. En la Biblia, una vez reunidos los espíritus con Dios, inclusive los malos, no sólo los fieles, les dijo Dios: “¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad? (…) Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. (…) Yo saldré, y seré espíritu de mentira (…) Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; ve, pues, y hazlo así” (1 R.22:20,22). Dios le dio permiso a ese espíritu de ir a engañar. Qué caballeroso es Dios al dejar incluso opinar a un demonio de engaño. No puede engañar a Dios, pero podía engañar a un hombre. Recordemos también cuando Dios autoriza a Satanás diciéndole con respecto a Job: “… He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida” (Job2:6). Nadie puede hace algo si Dios no lo autoriza. Dios tiene el control absoluto de todo, y aun Satanás, para poder tentarnos, tiene que pedirle permiso a Dios. Por eso dice Jesús: “…Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos…” (Lc.22:31). No pensemos que el diablo puede zarandearnos cuando él quiere, sino sólo cuando Dios le dice “ve, pues”. Aclaremos que Dios le dice “ve” a Satanás, no porque concuerde con las intenciones de él – porque sus intenciones son muy distintas de las de Dios –, pero lo hace con la intención de que Satanás se estrelle contra el muro, y lo hizo en este caso de Job. Dios hizo al hombre para que “…señoree en los peces del mar (…) y sojuzgadla…” (Gn.1:26-28). Y ¿dónde va a señorear? Por donde anda suelto el diablo, en los peces del mar. ¿No está ahí el ángel del abismo? En las aves de los cielos, ¿no anda el espíritu de la potestad del aire? Y sobre la tierra, ¿no anda la serpiente? Ahí gobernará ese hombre colectivo del que Dios dijo “hagamos”, porque cuando comenzó Dios la creación del hombre, y éste falló, no pensó en cambiar de plan porque el diablo nos echó a perder. El propósito de Dios era eterno, y si él dijo “hagamos al hombre”, no hay diablo que pueda contra su voluntad. Puede oponerse, pero no tendrá nunca éxito, al contrario, servirá al propósito. Entonces, cuando Dios dijo “hagamos” está el Padre haciendo su parte, inclusive cuando dice: “…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo…” (2ª Co.5:19). O cuando Jesús dice: “… no me ha dejado solo el Padre…” (Jn.8:29). Es el Hijo que estaba como arquitecto del Padre, pensando y planeando juntos; claro que también está incluido el Espíritu. Y luego Dios dice: “…le haré ayuda idónea…” (Gn.2:18). Aquella que es ayudadora de Cristo; es decir, Dios no estaba hablando sólo de Adán, sino estaba hablando de aquella que es ayuda idónea de Cristo. Con esta palabra Dios nos está diciendo que nosotros vamos a ser para él. Pero podemos preguntarnos, ¿cómo vamos a lograr llegar a eso? Nosotros no lo lograríamos, pero fue Dios quien dijo “hagamos” y “le haré”; por lo tanto, él está haciendo todo. Entonces, el Padre, el Hijo y el Espíritu, cada cual hace su parte. El Espíritu es eterno, aunque es procedente del Padre y del Hijo, pues no comenzó a proceder en el tiempo, porque el amor entre el Padre y el Hijo es eterno, y Dios todo es eterno, por lo que la Trinidad también es eterna. Ahora, en lo económico, en su administración, el Padre hace su parte primero, luego el Hijo, y tercero el Espíritu. El Padre es eterno, y el Hijo es el Verbo eterno de Dios, o no se podría decir que: “… era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Ni se puede desconocer cuando la Palabra nos dice: “En el principio era…” (Jn.1:1). El Espíritu Santo representado por el Aceite de la Santa Unción Entonces, si Jesús es Dios, tiene que ser eterno. El Espíritu Eterno fue representado con el aceite de la santa unción. Pero el aceite de la santa unción contiene otros elementos como mirra, canela, cálamo, casia; por lo tanto, el Espíritu no se llama solamente Espíritu o Espíritu Santo, sino que es el Espíritu del Padre, del Hijo, llamado también el Espíritu de Cristo o de Jesús. Lo dice el original griego en Hechos de los apóstoles. Pero ¿por qué a veces se le llama de diferente manera? ¿Por qué no se le llama solamente el Espíritu Santo? Porque el Espíritu toma todo lo que es del Hijo, y del Padre, para luego entregarnos, dispensarnos y aplicarnos todo eso a nosotros. Esos elementos, esas especies que se le agregan al aceite para hacer la santa unción contienen todas esas cosas. Pablo en la carta a Filemón le dice “…para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús…” (Flm.1:6). La Palabra nos alumbra en el bien que está en nosotros por Cristo. Si nosotros somos alumbrados en lo que nos ha sido dado y en lo que tenemos, entonces, hacemos uso de lo que tenemos, y ponemos nuestras raíces ahí; contamos con eso y actuamos en el nombre del Señor. Y el Espíritu está ahí diciéndonos qué es verdad, qué podemos hablar, y que él lo respaldará. Porque el Espíritu está ahí para hacer realidad, hacer fresca cada día la Palabra en nosotros, para que no dependamos de la memoria, y para que lo que leamos en las Escrituras no sean palabras huecas, pues el Espíritu las llenará. De esta misma manera, nosotros solos somos huecos, somos un vaso vacío, y él es el contenido. El Espíritu hace realidad lo que Dios ha prometido. El Espíritu es el que la da la sustancia, el contenido, a nuestra proclamación de fe. “… Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal 81:10). Y ¿qué es lo que tenemos que decir? La palabra del testimonio: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos…” (Ap.12:11). El Señor es una realidad mayor que cualquier otra. Porque lo demás es una obra creada y sustentada por él. Dios puede hacer milagros, puede cambiar una cosa en otra, puede cerrar los ojos al ejército enemigo. Nosotros no nos guiamos por lo que se ve, sino somos guiados por el Invisible. Por la fe proclamamos lo que Dios ha dicho en la Palabra. Lo que Dios ha dicho y ha prometido, lo creemos y lo proclamamos. Esa es la palabra de nuestro testimonio, que llena el Señor y que confirma el Espíritu, porque estamos hablando en el nombre del Señor; porque el hombre, incluido varón y mujer, fue hecho a su imagen para contenerlo, canalizarlo, y representarlo. Por esto es tan importante el Espíritu, porque él es quien nos impulsa, quien nos revela, quien nos sugiere; el que está con nosotros, y el que llena. Por eso dice: “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo…” (2ª Ti.1:14). El Espíritu Santo es el que permite guardar, es el que le da frescura, es el que le da realidad al testimonio de la Iglesia. Por eso nosotros como iglesia debemos confiar en la obra del Espíritu Santo, así como confió el Señor Jesús. Al Espíritu no podemos verlo, pero está ahí, aun cuando no lo sintamos, pero ¿quién dijo que él venía para que lo sintiéramos? Él viene para que creamos. Entonces, si creemos, hablamos: “…Creí por lo cual hablé…” (2ª Co.4:13). Pero no hablamos lo que se nos ocurre, sino lo que el Señor dice en su Palabra. En Éxodo se nos describe la composición del óleo de la santa unción; o sea, nos muestra lo que contenía ese óleo. Recordemos que todo esto es símbolo para el tiempo presente, y todo es una figura de lo espiritual. El Señor dijo que él nos daría el Espíritu, y lo pondría en nosotros y este nos haría andar: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad…” (Jn.14:16-17). Vamos a usar un ejemplo de una radio que necesita energía para funcionar. Si la radio no está conectada a la electricidad, no funciona. Esto es como una figura del Espíritu. Cuando conectamos la radio recibe la energía. Ésta energía no la hemos visto nunca, pero ahí está, y está a disposición para mover unas máquinas tremendas. Así mismo es el Espíritu. El Espíritu es una persona, una persona divina que contiene la plenitud de Dios, de la misma manera que el Hijo y que el Padre. El Espíritu tampoco viene por su propia cuenta. Cuando el Señor dijo que vendría el Espíritu, dijo que el Padre y él vendrían. Cuando Jesús venía hablando del Espíritu, nos dice que: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn.14:18). Y no sólo el Hijo, sino también el Padre: “…y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:23). Nosotros somos morada de Dios, y somos morada del Espíritu. El Padre, el Hijo, y el Espíritu están en la Iglesia. En la medida que conozcamos por revelación divina todo lo que Dios ha puesto en nosotros desde que vino, vamos a ser más eficaces, porque vamos a compartir de lo que Dios nos ha dado. El problema es que a veces no creemos lo que Dios nos ha dado, y seguimos pidiendo, pero sin creer en que ya lo hemos recibido por fe. “…Al que a mí viene…“ (Jn.6:37). Jesucristo es la conexión que nosotros necesitamos, es nuestra energía para poder funcionar, pero ¿cómo hacemos ese contacto? Por la fe, y el enchufe es el Señor Jesús. Entonces, aferrémonos al Señor: “… de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Cuando vamos al Señor “… sed edificados como casa (…) como sacerdocio…” (1ª P.2:5). En lo individual, y en lo colectivo, proviniendo todo de ese río canalizado, del río del Espíritu, o mejor dicho de los ríos, porque él lo dijo en plural. El Espíritu son “los ríos” de agua viva, porque a veces él viene para hacer un trabajo, teniendo una función de amor, paz, alegría, gozo, templanza, o a veces también es un don. Pidámosle al Señor no perder un solo día quedándonos en nuestra sola naturalidad, como una radio apagada, sin estar en conexión con él. Habiendo conexión hay circulación, y cuando hay fe hay dispensar del Espíritu. Volviendo a Éxodo capítulo 30, versículo 22, nos dice: “Habló más Jehová…”. Dios ya había hablado, y ha querido seguir haciéndolo; ya lo hizo sobre la Fuente de Bronce, del dinero del rescate, que tiene que ver con la obra de la Cruz y el arrepentimiento. Pero ahora el Señor va a hablar de la unción y del incienso. La unción es una figura, es un símbolo del Espíritu de Jesucristo. En Filipenses se nos presenta al Espíritu llamado “de Jesucristo”, y el versículo comienza así: “… Sé…”. Esa es la expresión de la fe de Pablo sobre este saber de la fe, porque no es sólo un conocimiento, sino que un conocimiento en la fe, pues lo sabe en su espíritu, porque la fe es la convicción, es la sustancia, la hipóstasis, la sustantivación de la promesa de Dios. “…Sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación…” (Fil.1:19). Esta era la experiencia de Pablo, por eso él habló de esto, porque sabía lo que estaba diciendo. Pablo habla de algo que existe, y que se llama “la suministración del Espíritu de Jesucristo”. No habló del Espíritu Santo, aunque es él, y aquí vemos el aceite con la mirra, el aceite con la canela, el aceite con el cálamo, el aceite con la casia; es decir, el Espíritu tomando lo que es de Jesucristo. A veces la Biblia dice: “el Espíritu Santo” o “el Espíritu Eterno”, y ahí está ese aceite que tiene que traer las especies, y hacerlas bajar de la cabeza a la barba, que es el ministerio del nuevo pacto, una figura; y que tiene que seguir bajando hasta el borde de las vestiduras, que es el resto del cuerpo de Cristo; es decir, a todo el cuerpo de Cristo. Entonces, el aceite no viene solo, sino que viene trayendo el aroma de la mirra. Ese es el trabajo del aceite, él porta y pasa a nosotros, y nos suministra lo que es de Jesucristo. Pero ¿qué es de Jesucristo? Todo lo que es del Padre, además de la victoria sobre la muerte, sobre el diablo, sobre el mundo, y sobre la carne. El Espíritu es eterno, pero Dios estaba esperando que Jesucristo ascendiera para enviarlo, pues en relación a lo que él tenía que hacer en el Nuevo Testamento, en la era de la Iglesia hacia acá, todavía el Espíritu no había venido. Dios estaba esperando que Jesucristo terminara su parte, la cual consistía en vivir como hombre, crecer en sabiduría, y aprender, aun cuando era como Dios y no tenía que aprender ni crecer, pero decidió hacerse hombre. “…Por lo que padeció aprendió la obediencia…” (He.5:8). Y ¿para qué? Para enseñarnos. Él es el camino, porque él aprendió. Él creció en estatura, en sabiduría, en gracia, y habiendo sido perfeccionado, llegó a ser autor de eterna salvación. Entonces, Jesucristo se hizo hombre para vivir nuestra vida y enseñarnos cómo se vive y para eso él tenía que vivir. Jesucristo podría habernos salvado como un superhéroe, pero no lo hizo de esa manera, sino que lo hizo tomando nuestra naturaleza, vistiéndose de nosotros, y desarrollándose hasta la máxima perfección, para que el Espíritu la tomara, nos la pasara, y nos ayudara. Cuando no sabemos lo que tenemos que hacer, estamos en la mejor posición, porque es ahí cuando podemos conectarnos con el Espíritu. En este momento él viene y nos entrega lo que sabe. Él conoce el camino, pues ya pasó por ahí; él es el camino desde el principio hasta el fin; por lo tanto, dependemos de él. En muchísimas ocasiones, Dios nos tiene que llevar al límite de nuestras fuerzas, hasta que decimos lo que él quiere escuchar: “Ya no doy más Señor”, para descubrir que no somos nada; y esta es una gran oportunidad, porque la Palabra nos dice: “…mi poder se perfecciona en la debilidad” (2ª Co.12:9). “… Bástate mi gracia…” (2ª Co.12:9). No que no seamos perfectos en sí mismos, pero Dios muestra su total expresión cuando le damos lugar, porque nosotros sin él no podemos: “… Separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5). “… Yo he vencido al mundo” (Jn.16:33). Entonces, ¿quién nos traspasa toda la victoria del Señor? El Espíritu. La radio no puede funcionar sola, pero si la conectamos empieza a funcionar. Cuando nosotros decimos: “Señor, no puedo más con este problema, ni siquiera puedo conmigo mismo”, el Señor nos dice que le creamos, que lo miremos y veamos lo que él hizo por nosotros. No nos preocupemos por lo que sentimos, ni tampoco pensemos que las cosas serán siempre de color de rosa, pero si le decimos al Señor “ten piedad de mí”, creemos que él tomó esta miseria y la cargó crucificándola. El Señor nos ha enviado su Espíritu para introducirse dentro de nosotros. Entonces, esto es como estar sentado, pero ¿qué quiere decir eso? Significa estar “en” una silla. La silla está cargando todo nuestro peso, y así es para los que están sentados, ya que su peso está sobre otra cosa, que en este caso es “en” la silla. Esta es una excelente comparación a estar “en” Cristo. Dios nos puso “en” Cristo, y “en” el Espíritu. En lo práctico, estar en Cristo y en el Espíritu es lo mismo. El Señor es quien carga nuestras cosas. ¿Hemos visto a esas personas que edifican un segundo piso? Llega el camión con los ladrillos y los obreros hacen una fila y se van entregando unos a otros los ladrillos para ir avanzando, porque si no lo hacen, los ladrillos se irían amontonando. En nuestra vida podemos ver como Satanás nos manda estos ladrillos, pero tan pronto como lo haga, nosotros debemos recurrir al Señor y decirle que tenga misericordia. Entonces, cada ladrillo que el diablo nos mande, se lo entregamos al Señor Jesús. Nunca estamos solos. Al abrir nuestros ojos por la mañana, clamemos al Señor y tomemos ese día y entreguémoselo al él; porque ¿para qué vamos a perderlo? Digámosle que queremos vivir con él. Ésta es la fe, confiar en él, conectarse con el Señor. Así que, pidámosle que nos mantenga crucificados en sus clavos. Dios realizó al hombre en Cristo y él asumió nuestra naturaleza y la llevó hasta la gloria. Él nos glorificó en él, después de haber pasado por todo el proceso de crecimiento humano, de perfeccionamiento y aprendizaje humano. Él fue un niño perfecto, un adolescente y un hombre perfecto, pues él es el varón perfecto. Y ahora nosotros somos hechos del material de él. La Palabra dice: “… le haré ayuda idónea…” (Gn.2:18). ¿Con qué material lo haría? Con el mismo de él. Y ¿quién nos está haciendo esposa de Cristo? ¿Quién le está diciendo a Adán que le haría una Eva? ¿Y acaso Eva no es una figura de la Iglesia? Entonces, ¿quién le está haciendo Iglesia a Cristo? Dios; y esto es lo que está haciendo. “…Mi Padre hasta ahora trabaja…” (Jn.5:17). Del trabajo de creación ya descansó, pero tras la caída del hombre, tuvo que tener otro trabajo, y todos nosotros colaboramos o trabajamos con Dios. Cada uno, como Padre, Hijo y Espíritu hacen lo que le corresponde, y lo hacen con el otro, en el otro, y para el otro. Entonces, estos elementos que aparecen aquí en la unción representan lo que el Señor consiguió. El aceite no viene solo. No es sólo el Espíritu Santo. Los componentes del Óleo y sus significados Luego de haber visto esa suministración del Espíritu, volvemos a Éxodo 30, que nos dice: “Tomarás…”. Si no estuvieran ahí, ¿cómo se podrían tomar? ¿Quién preparó estas especies para ser tomadas? Dios las preparó. “…tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, y de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de oliva un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa. Con el ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar de holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones. Sobre carne de hombre no será derramado…” (o sea, esto es para el vivir en el nuevo hombre) “…ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo…” (Ex.30:22-33). Aquí estamos viendo la composición del óleo de la santa unción. Un hin de aceite es el Espíritu Eterno. Pero había que ponerle “tres quinientos” de especies. Quinientos, otros quinientos dividido en dos, y otros quinientos. Quinientos de mirra, el otro quinientos del medio está dividido en dos, doscientos cincuenta de canela, doscientos cincuenta de cálamo, y el tercer quinientos de casia. Tres medidas de quinientos, porque en la casa de Dios está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero entre el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo; el que murió por nosotros fue el segundo, el Hijo. Entonces, está partido por la mitad el quinientos del medio; está partido por la mitad, doscientos cincuenta de canela, doscientos cincuenta de cálamo. Es como el velo. El velo tenía cuatro columnas, pero entre la primera y la segunda columna estaba una parte del velo, entre la segunda y la tercera, otra parte del velo, entre la tercera y la cuarta, otra parte del velo, porque el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo moran en la casa. Por eso tiene esas tres partes, para indicar la Trinidad. El Señor nos dijo que “…rogaré al Padre, y os dará otro Consolador” (Jn.14:16). Pero también nos dice: “y vendremos a él, y haremos morada” (Jn.14:23). Entonces, dentro de la Iglesia está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque somos la casa de Dios, del único Dios que es trino. Cuando Jesucristo murió, el velo fue rasgado, pero por el medio, entre la segunda y la tercera columna, por el velo del medio; es decir, en la sección que le corresponde al Hijo. El Hijo fue el que murió. Y así vemos aquí quinientos siclos, quinientos siclos, y quinientos siclos, pero los quinientos siclos del medio están partidos en doscientos cincuenta y doscientos cincuenta, que nos habla de la obra de la muerte y resurrección del Hijo: canela y cálamo. La primera parte es la mirra, y la mirra tiene que ver con el aspecto de la muerte de Cristo. Por eso dice: “suministro del Espíritu de Jesucristo”. No es sólo aceite, sino es el Espíritu Santo; pero dice Espíritu de Jesucristo, porque toma lo de Jesús. El Padre estaba esperando que el Hijo resucitara y ascendiera para poner en el Espíritu la victoria de su Hijo sobre el mundo, la muerte, la resurrección y ascensión de Jesucristo, y que el Espíritu nos lo pueda pasar a nosotros. Entonces, ¿cuál es la tarea del Espíritu Santo? Pasar a nosotros todo lo que el Hijo es y consiguió en su vida, muerte, y resurrección. Por eso había que tomar especies finas y ponerlas en el aceite de la unción, para que el aceite nos trajera la mirra, y nos la pasara al cuerpo de Cristo. Tenía que venir de la cabeza al cuerpo; el Espíritu transportando todo lo que es de Cristo hacia nosotros. ¿Y qué transporta? Mirra. Primero vimos que son tres medidas, pero la del medio está dividida en dos, así como el velo, y eso para indicar la obra del Hijo. La mirra nos habla de la victoria sobre la muerte. A los muertos los embalsaman con mirra para vencer el olor de la muerte. Cuando nació el Señor Jesús, vinieron a él, Gaspar, Melchor y Baltasar, aquellos tres hombres que la tradición, no la Biblia, menciona; trajeron oro, incienso y mirra, la deidad en servicio para muerte, pues él se hizo hombre para morir por nosotros y salvarnos. Llegó la mirra, que es lo que consiguió el Señor para nosotros en su muerte. Hay algo objetivo que fue hecho en la muerte, y es que todo lo que él hizo en ella se lo dio al Espíritu. Ahora es el aceite el que tiene la mirra. “Tomarás” y ¿quién las produjo? El Señor. Ahí está la mirra, y ¿dónde se pone? En el aceite. Ahora el aceite lo trae. O sea, no podemos negarnos a nosotros mismos por nuestras propias fuerzas, sino en unión con Cristo. Por eso, la Biblia dice dos cosas que parecen contradictorias, pero sólo parecen: “…Nuestro viejo hombre fue crucificado…” (Rom.6:6), y dice también: “Haced, pues, morir la carne con sus hechos”. Entonces, al final ¿fue crucificado o hay que hacerlo morir? En Cristo fue crucificado. Cristo venció al pecado en la carne. Cristo ya consiguió la victoria sobre la carne y por eso ya hay mirra en el aceite. Pero también puede surgir otra interrogante: ¿Cómo nosotros lo hacemos morir en nuestra experiencia? Aplicando la muerte de nuestro viejo hombre; es decir, nuestro viejo hombre ya fue crucificado juntamente con Cristo. Ahora, nuevamente nos preguntamos: ¿Cómo vamos a experimentarlo? Cuando por el Espíritu Santo, el aceite trae la mirra, ahí aplicamos lo que ya fue hecho en Cristo. Lo aplicamos a nosotros. No es algo que nosotros tenemos que hacer, porque no podemos matar al viejo hombre, pues ya fue crucificado, y cuando estamos en el Espíritu, en novedad de vida, en nuestra experiencia, hacemos morir lo que ya está muerto. Ya está muerto objetivamente, pero subjetivamente tiene la experiencia cuando el Espíritu aplica. Cuando creemos esto, inmediatamente viene el efecto. Y de esta manera hacemos morir en la práctica, y en la experiencia. Estamos en la carne sufriendo aflicciones, pero nos volvemos al Señor, confiamos en el Señor, y nos olvidamos de nosotros mismos, pues nos consideramos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo, y nuestros miembros como instrumentos de justicia. Y nuevamente surge otra pregunta: ¿Cómo se convierten nuestros miembros que estaban vendidos al pecado en instrumentos de justicia? El Señor Jesús pasó por la muerte, y nos pasó por la muerte; resucitó, y nos resucitó; puso nuestra muerte, y nuestra resurrección en su Espíritu. Y su Espíritu viene a nuestro espíritu, y cuando estamos en el Espíritu estamos muertos al pecado, y vivos para Dios en Cristo. De esa manera práctica hacemos morir lo que ya el Señor mató. No hay contradicción. Uno se refiere a la provisión objetiva en Cristo, y otro se refiere a la aplicación subjetiva por el Espíritu mediante la fe. Confío que el Señor nos revelará esto. Ahora viene la canela, que es la que da sabor y fragancia, porque la obra de la Cruz es objetiva y subjetiva. Hay una obra objetiva que cubre la muerte. Pero hay un sabor que le da Cristo. Entonces, hay dos aspectos de la obra de Cristo. El aspecto objetivo, que es lo histórico que realizó el Señor, en el tiempo, en la historia allá en Jerusalén, allá en el Gólgota. Y luego, está la aplicación, que es el sabor. La canela le da sabor, la canela es aromática, y el aroma nos habla de la aplicación de Cristo, del olor de Cristo. ¿No habla la Biblia del olor de Cristo? Opera la muerte, para que el olor de Cristo aparezca en nosotros. También tenemos la parte del cálamo. El cálamo es una caña blanca que se levanta del barro, y que a nosotros nos habla de la resurrección. Por eso la medida de los quinientos siclos, como el velo rasgado en dos, está divido en doscientos cincuenta y doscientos cincuenta; es decir, lo que el Señor hizo en su muerte y en su resurrección. El cálamo es blanco, puro; sin embargo, se levanta del barro. Y Dios preparó el cálamo que es Cristo resucitado para ponerlo en el aceite: “tomarás especies” de la provisión de Dios en Cristo. Cristo es la mirra. Cristo es la canela. Cristo es el cálamo y también la casia. Cada una de esas especies finas son distintos aspectos de la persona y obra del Señor Jesús. Cristo murió para libertarnos por la Sangre y por la Cruz, pero también resucitó para derramar el Espíritu. La Cruz quita lo viejo, y la Sangre nos limpia, pero el Espíritu suple, y suministra lo nuevo. Es por el Espíritu que pasamos por la Cruz, y es por el Espíritu que estamos en novedad de vida. El que nos crucificó, el que nos resucitó, ascendió y nos sentó, es Cristo. No busquemos esto en nosotros mismos, sino mirémoslo a él. Si no lo vemos, o no lo sentimos no importa, sino más bien conectémonos, diciéndole: “Señor Jesús”, y empieza a funcionar. Todo eso está en el Espíritu. El Espíritu toma todo lo que el Señor hizo. Todo lo que él vivió fue para nosotros. Todo su vivir, su perfeccionamiento, y su obediencia fue para nosotros. Ese es el cálamo. El aceite también tiene cálamo. El aceite nos trae la mirra, nos trae la canela, nos trae el cálamo, y también la casia. La casia es una resina que tiene una propiedad especial que ahuyenta a las serpientes. La serpiente huele la casia y sale huyendo. La casia nos habla de la victoria de Cristo sobre todo principado y potestad, porque el Señor no sólo venció la muerte, el pecado y la carne, sino también al diablo, y expuso todo principado y potestad. Nosotros no sabemos cómo vencer un diablo de esos, pero el Señor ya lo hizo. No estamos solos. El aceite pasa a nosotros la casia y nos da victoria sobre todo poder del diablo. “…En mi nombre echarán fuera demonios…” (…) “…tomarán en las manos serpientes…” (Mr.16:17). La victoria sobre todo poder del enemigo está en Jesucristo, y nos dice que el Espíritu Santo: “… os hará saber todas las cosas“(Jn.16:12). Y no sólo para saberlo, sino para participar; ese conocer habla de experimentación; es para disfrutarlo, es el conocer espiritual. Pero no podemos usarlo si no sabemos. Cuando uno no sabe lo que tiene, es como si no lo tuviera, aun cuando lo tiene. El Señor ya nos dio esto. Su Espíritu fue derramado sobre la Iglesia. Nosotros ya recibimos al Señor y ya bajó de la cabeza a los pies. El Espíritu de Jesucristo, no sólo el Espíritu Santo, ya fue suministrado. No es sólo el aceite, sino el aceite con la mirra, con la canela, con el cálamo y con la casia. Con todas las victorias. Nosotros somos colocados en una situación que parece difícil, pero es solamente para darle lugar al Señor, para invocar su nombre: “Señor, tú venciste a nuestro favor, venciste el pecado, al mundo, a la muerte, y al diablo con sus principados y potestades, y viniste a nosotros, y te recibimos”. El Espíritu toma todo lo que es del Padre, y del Hijo, en lo divino y en lo humano, toma el aceite con las especies, y lo pasa a nosotros, desde la cabeza al cuerpo. Confiamos que el Espíritu Santo hará viva su palabra cuando la necesitemos, y la necesitamos desde ahora, durante todos los días de nuestra vida. La Sangre y el Espíritu. La Sangre nos limpia, la Cruz nos libera, y el Espíritu nos constituye en nuevas criaturas, en hijos, en sacerdotes, en reyes, en miembros de su cuerpo, y en instrumentos de justicia. Eso es lo que somos en Cristo Jesús.

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