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LA CIRCULACIÓN DEL ARCA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:03, Categoría: General

La circulación del Arca. La obra del Señor, la obra del Espíritu I Todo el propósito de Dios se realiza por medio de la Cruz, y por medio de ella es que todas las cosas negativas son enfrentadas y son tratadas. Después de la Cruz también viene la obra del Espíritu, gracias a la resurrección y a la ascensión del Señor. Es necesario que veamos las riquezas que contiene su obra, para que queden escritas permanentemente, y cada vez que necesitemos confesar con la palabra del testimonio lo que el Señor ha hecho y nos ha hecho, lo podamos tener claro y tengamos testimonio en palabras y en vida, por la gracia del Señor. Vamos a ir con un verso que ya hemos citado anteriormente en 2ª de Corintios, hablándonos de la obra del Señor, y nos dice: “…que si uno murió por todos, luego todos murieron…” (2ª Co.5:14). Nos está hablando de implicaciones profundas de la Cruz para nosotros. Al principio, nosotros entendemos la primera parte de estos versículos donde nos dice que Cristo murió por nosotros, pero no podemos dejar de lado la segunda parte. Recordemos que el Señor Jesucristo es el Hijo del Hombre, el representante de toda la raza humana, porque de una sola sangre Dios hizo el linaje de todos los hombres, y el Señor, cuando se vistió de nuestra humanidad, llegó a ser el postrer Adán, lo que significa que él terminó con todo lo de Adán. Cuando el Señor Jesús se encarnó, lo hizo para condenar al pecado en la carne. Dios primeramente hizo a Adán en libertad, libre del pecado, aun cuando éste ya existía (porque Satanás se rebeló contra Dios siguiéndole un tercio de los ángeles), pero no estaba todavía en el hombre. Dios no quería que el hombre participara de ciertas cosas que se habían originado con el pecado, y por eso le dijo que no comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal, ya que eso sería como abrir la puerta para entrar en el mundo donde ya existía la rebelión, el mal, la muerte eterna, y lógicamente, el juicio de Dios. Pero el hombre en su libertad, sin que nadie lo obligara, en este caso Eva, dice la Escritura, fue engañada. De Adán no se dice que fue engañado. Entonces, la muerte entró por un hombre que fue Adán, por él entró el pecado, y la Palabra dice que: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Ro.6:23). Entonces, ahora el Señor Jesucristo tenía que hacerse carne, y en la carne vencer al pecado, como dice la Escritura: “…condenó al pecado en la carne…” (Ro.8:3). Por eso la Iglesia confiesa que Jesucristo ha venido en carne, porque él realmente vino como hombre, y a luchar como hombre en la carne. Adán había vendido la naturaleza humana al pecado, de manera que el poder del pecado llegó a esclavizar a la naturaleza humana, y nuestro espíritu fue separado del Señor, y de esta manera: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro.3:23). Nuestra alma se centró en sí misma y el hombre quiso vivir una vida independiente de Dios, pero esa vida espiritualmente era un camino hacia la muerte. El hombre murió, y el alma quedó sin el poder suficiente en sí misma para agradar y obedecer a Dios. Por más esfuerzo que haga el alma, queda supeditada al poder del pecado, como dice Romanos: “…porque querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro.7:17). La mente sola, las emociones, la voluntad, no tienen suficiente poder en sí mismas para vencer el poder del pecado. Cuando la naturaleza humana estaba bajo el poder del pecado en nuestros primeros padres, se reprodujo la humanidad caída, de manera que todos nacimos caídos, con la ley del pecado y de la muerte operando en nuestros miembros, en nuestra carne, solamente esperando que a la primera oportunidad que tengamos, no importa si somos pequeñitos, se manifieste el pecado, y se manifieste nuestra condición caída. Entonces, la muerte del Señor Jesús debía tener también un alcance mayor. Él no debía morir solamente para perdonarnos los pecados, que es lo que hasta aquí hemos estado viendo, porque nuestro problema, que él en su bondad quería resolver, no era solamente perdonar nuestros pecados, sino que el problema era lo que nosotros somos y heredamos en Adán, desde nuestro simple nacimiento, y, vamos a decirlo, incluso desde la concepción, ya que la Escritura dice: “…Y en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). No nacemos buenos y nos volvemos pecadores, sino que fuimos constituidos pecadores desde la concepción y nacemos pecadores con la tendencia y la naturaleza vendida al poder del pecado. Por lo tanto, el Señor Jesús no tenía que morir solamente para perdonar nuestros pecados, sino también para terminar con el viejo Adán, y llegar a ser el postrer Adán, que termina con él, y resucita para comenzar de nuevo. El Señor Jesús venció a la carne, venció el pecado en la carne, y aunque él se hizo carne, no pecó; asumió nuestra naturaleza humana y en la carne: “… sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He.4:15). Así como tú y yo somos tentados, y venció en la carne como hombre. En su muerte nos incluyó, y la Escritura nos dice que: “uno murió por todos…” (2 Co.5:14). En consecuencia, todos murieron. Nuestro viejo hombre fue crucificado, y en la Cruz no sólo limpió los pecados, sino crucificó al pecador y nos hizo una nueva criatura nacida en la justicia y santidad de la verdad; el nuevo hombre está libre del pecado, porque es Cristo en nosotros. Que el nuevo hombre esté limpio del pecado, no significa que en Adán y en nuestra carne hayan “desconectado” la ley del pecado y de la muerte, ya que todo lo que Adán llegó a hacer después de la caída lo heredamos en nuestra carne y está en nuestra carne. Lo que Cristo consiguió, está en Cristo, y él lo puso en el Espíritu, porque él dijo que el Espíritu tomaría lo de él para nosotros. De manera que, así como en Adán heredamos la naturaleza pecaminosa y la muerte, en Cristo heredamos la naturaleza divina, la victoria y la libertad. Sólo que lo pecaminoso está en nuestra carne y lo victorioso está en el Espíritu de Cristo. Ahora existe un combate entre la carne y el Espíritu. Esto hay que entenderlo correctamente y lo que se quiere decir es que el pecado fue destruido, absolutamente destruido en Cristo, y ese logro está en el Espíritu, y su Espíritu lo ha puesto en el nuestro y en nuestro espíritu somos regenerados; somos nuevas criaturas en el Espíritu. Si andamos en el Espíritu, heredamos vida y paz, pero si andamos en la carne, heredamos corrupción y muerte. Dios nos da la oportunidad otra vez, como al principio, de estar delante de dos árboles, el árbol de la vida que viene a nosotros por Cristo y el Espíritu, o el árbol de la ciencia del bien y del mal, donde está la muerte, el vivir por nosotros mismos, y vivir por la carne. Diariamente estamos delante de dos árboles. El Señor Jesucristo fue crucificado por nosotros, luego nosotros fuimos crucificados juntamente con él. Esta base es la que debemos tener clara; de lo contrario, vamos a tratar de crucificar nosotros nuestra propia carne, que ya está crucificada en el Espíritu. Entonces, Satanás nos coloca en la posición del legalismo, en la posición de nuestra naturalidad para que nosotros por nuestro esfuerzo religioso tratemos de matar lo que sentimos en la carne por causa de que heredamos la caída de Adán, haciéndonos dudar de la obra del Señor. Porque nos pone en nosotros mismos, en nuestros propios sentimientos, en la realidad de la herencia adánica de la carne. Pero el Evangelio nos anuncia una realidad superior, un don superior, donde la carne y Satanás fueron vencidos, donde todo lo negativo fue vencido por un hombre: Jesucristo, y ese hombre como hombre venció, para ayudarnos, y para pasarnos a nosotros su victoria. Necesitamos conocer a Cristo en su victoria y saber que toda esa victoria está en su Espíritu, y que su Espíritu se ha unido al nuestro. Cuando viene el Espíritu no viene solo, sino que nos trae al Hijo, y esto quiere decir que cuando viene el Consolador, que es el Espíritu Santo, Cristo también viene, y el Padre; por eso dijo: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn.14:18), “… y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:23). El ministerio del nuevo pacto va más allá de la letra, pues es el Espíritu de la Palabra, la realidad de lo que la Palabra dice, es la realidad del Espíritu. El Señor Jesús dijo: “… las palabras que yo os he hablado son espíritu, y son vida” (Jn.6:63). Demos gracias a Dios que él puso a la Iglesia en el ministerio del nuevo pacto, y creamos cuando el Señor nos dice: “…estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de mundo”(Mt.28:20). Cristo para nosotros es la sabiduría, la justificación, la santificación, la redención y esto es un regalo de Dios, y no sólo para la Iglesia, sino para todas las personas. Dios quiere que todos sean salvos; por lo tanto, hay que anunciárselo a todos. El que quiera tomará su Cruz, se negará a sí mismo y andará en él. En la Palabra se nos dice: “El Señor Jesucristo esté con tu espíritu” (2ª Ti.4:22). Eso no es sólo un saludo, es el fortalecimiento del hombre interior. El mismo que caminó por Galilea, el mismo que fue crucificado, que resucitó y ascendió, el mismo de ayer, hoy y por los siglos, ya no fuera de nosotros, sino con nuestro espíritu, y también lo será con nuestra alma. En 1ª de Corintios 14:15, el apóstol Pablo dice: “…Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.” El entendimiento pertenece a nuestra mente, y nuestra mente pertenece a nuestra alma; nuestra mente tiene sede en el alma y nuestra alma es la sede de nuestra emoción, de nuestra voluntad. Nuestra alma es nuestro propio yo, que es como el lugar Santo del Templo de Dios. Así como el espíritu humano es el lugar santísimo donde el Espíritu divino se unió a nuestro espíritu, trayéndonos al Padre, al Hijo, con todo lo que hizo, y en todo lo que triunfó y consiguió, y se lo ha pasado al Espíritu, quien lo ha traído a nuestro espíritu en la regeneración, que es en un instante, es instantánea y es para siempre. El que cree y recibe al Hijo tiene la vida, y ahora que la tenemos es para que circule. La necesidad de que el Arca circule Por eso es que el Arca era de madera, con oro por dentro y por fuera, y el propiciatorio, que es la esencia de la obra del Señor Jesús en su muerte, resurrección, y ascensión – porque el propiciatorio implica también la resurrección, y la ascensión, porque es el sumo sacerdote que pone la Sangre, que en el Altar de Bronce del atrio fue derramada, y es el sumo sacerdote que la introduce en el Lugar Santísimo. Entonces, el Propiciatorio nos habla de la Sangre, pero también del sacerdocio, o sea, de la ascensión y la entronización. Pero había otra cosa que tenía también el Arca, que eran las varas. El Arca tenía cuatro argollas, y por esas argollas se colocaban las varas, y esas varas eran las que se ponían los levitas sobre sus hombros, y llevaban el Arca. Es decir, aquellas varas eran como las ruedas del carro, que nos hablan de la circulación. Ahora, ¿por qué el Arca tiene varas? Para hacer circular a Cristo, porque es la misma figura. Aquí estaba el Arca con los Levitas, pero luego vemos en Ezequiel la Gloria del Señor, y los cuatro querubines que tenían unas ruedas, y en ellas estaba el Espíritu; es decir, la gloria de Dios hace que andemos, por eso nos dice que: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis…” (Ez.36:27). Entonces, aquellas ruedas son las varas del Arca, que nos hablan de la circulación, del fluir del Señor. El Señor viene a nosotros para fluir, para conducirnos, para llevarnos como nos lleva el río, y ese río salía de debajo del trono. Si nosotros entramos un poco en ese río, nos puede llegar hasta los tobillos, y podemos salirnos fácilmente de él, llevándole la contraria, pero cuando empieza a subir el agua y nos llega hasta los hombros, es más difícil llevarle la contraria al río, y no podemos ya nadar contra la corriente, llegando a un punto cuando ya no tocamos fondo, sino que el río nos lleva donde él va. Cuando no conocemos el fluir del Espíritu, podemos ir en la dirección contraria, pero ya después no, cuando conocemos “…la supereminente grandeza de su poder para con nosotros…” (Ef.1:19). ¿Cómo un hombre, aun cuando hubiera sido un gran poeta, podría haber dicho estas palabras? Pero él sabía lo que decía. Pablo sabía que no solamente existía lo viejo, lo malo, su naturalidad, sino también lo nuevo, lo del Espíritu, su fluir, y los ríos del Espíritu, siendo otra realidad que Pablo conocía, incluyéndola en su inventario. Nosotros los cristianos incluimos la Trinidad, la encarnación, la resurrección, la ascensión, y el Espíritu de Jesucristo con su suministro, su actuar, y lo incluimos también en nuestro inventario. Pablo hablaba de lo que él conocía, dando testimonio de lo que él había experimentado. Pablo hablaba para que el Señor siga circulando, para el que el Arca siga siendo transportada. Ese fluir de Dios, del Espíritu, está representado por esas barras que llevan el Arca, por esas ruedas de los querubines donde está el Espíritu, quien es el que dice ¡“rueda”! El Espíritu está en el propio Dios, procede del Padre y del Hijo, pero viene a nosotros para ponernos a andar. “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:2). ¿Por qué hay que predicar el evangelio? Para oír con fe, porque la fe viene por el oír, y por la fe se recibe al Espíritu. Se predica para que se sepa, para que se crea, y se cree para invocar, y se invoca para hacer el contacto y recibir; y para recibir es necesario creer; y para creer hay que oír. Entonces, Dios envía su Palabra para darnos por medio de ella la fe. Dios manda su Palabra a todo el mundo, y da fe a todos (Hch.17:31). Si alguno no tiene fe, no es porque Dios no le ha dado, sino porque no la quiso recibir. Dice la Palabra de Dios que: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres…” (Tit.2:11). Enviando así su Palabra para producir el oír, y dar la fe, pero Dios nunca va a violar la decisión de las personas. Dios llega y hace milagros, y las personas son iluminadas, sanadas, pero quieren seguir pecando. La luz vino, pero amaron más las tinieblas que la luz, y no recibieron; y al no recibir, no son regenerados. Con el Espíritu Santo recibimos al Hijo, y nos regenera, haciéndonos nacer de nuevo. Este nuevo nacimiento nos transmite la nueva naturaleza, que está en el Espíritu del Señor, pero como este Espíritu pasó al nuestro, nosotros también lo tenemos para que circule, y fluya desde adentro hacia fuera: “…De su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Desde adentro hacia fuera; es decir, hasta nuestra alma primero, porque el río sale desde el trono donde está el Santísimo, pasando al Lugar Santo; por eso cuando vamos a Crónicas podemos encontrar un detalle curioso, diciendo que en el tiempo de Salomón, cuando se levantó el templo, y se colocó el Arca en el Santísimo, las varas del Arca, sus puntas se anunciaban en el Lugar Santo. Entonces, estas puntas hacían que aparecieran en el Lugar Santo por medio del velo, haciendo una señal. Las varas tocaban el velo, y señalaban en el Lugar Santo donde estaba el Arca, y eso es muy significativo, por eso la Palabra dice: “…Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento…” (1ª Co.14:15). O sea, el deseo de Dios es que todo lo que recibimos del Padre, del Hijo y del Espíritu en nuestro espíritu pase a nuestra alma, y esto es la renovación en el Espíritu Santo. La regeneración es instantánea, pero la renovación es durante toda la vida, porque esta renovación es la aplicación en la práctica cotidiana de lo que fue provisto. Es tomar de él para aplicarlo en todas nuestras necesidades, pues nosotros siendo necios, Dios es nuestra sabiduría. Somos débiles, pero él nos fortalece; somos viles, pero él es nuestra justificación; nosotros no valemos nada, pero él nos compró, pagando el más alto precio, haciéndonos su familia real y celestial, pues ahora nosotros nacimos en el cielo, no siendo este sólo nuestro destino, sino también nuestro origen. El primer nacimiento es en nuestra carne, pero este nuevo nacimiento es del cielo. Por esto el Señor nos dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col.3:2). Dios quiere que el río que sale de su trono circule, pase por el Lugar Santo, pase por el atrio, salga a las naciones, y que toda alma que se sumerja en ese río del Espíritu sea vivificada, porque el río es el que da vida, el Espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha, sino sólo el Espíritu. Lo que el Señor quiere es que su Espíritu, con el Hijo y el Padre, que ya están unidos a nuestro espíritu, se abran camino a través de nuestro yo, a través de nuestros pensamientos, para tener los pensamientos de Cristo, el sentir de Cristo, el querer con Cristo, para colaborar con él y cargarlo, y trasportarlo a él. Nosotros somos un vaso de barro, pero él es un tesoro, y él escogió lo débil con un propósito, para que la excelencia del poder sea de él, y no de nosotros. El Señor hace circular lo suyo, para que cada vez seamos configurados a la imagen de él. Representar al Señor, y no andar sueltos de él, sino tomados de la mano, escondidos en él; él en nosotros y nosotros en él por el Espíritu. No nos miremos a nosotros, sino a él. No busquemos en nosotros, pues no somos nada, pero el Señor nos ha elegido, para deshacer lo que es. El Arca es portada sobre los hombros, sobre el corazón de los levitas, pero ahora ya no estamos en la figura. Ahora el sacerdocio es según el orden de Melquisedec, y es de todo el pueblo de Dios, porque ahora el que nos hace sacerdotes es el Señor Jesús, no sacerdote de Leví, sino de la tribu de Judá, y según el orden de Melquisedec, con el poder de una vida indestructible, para ayudarnos siempre, porque él conoce nuestra debilidad, pues él pasó por la tierra como hombre, vino en carne y en carne venció. Él sabe lo que hay en el hombre, y no necesita preguntar, porque él ahora también es hombre, y es capaz de socorrernos. El alma con todas sus partes, sus pensamientos, empiezan a ser corregidos por la presencia del Espíritu; cuando estamos en el Espíritu, cuando escogemos volver a él, creyendo que “…es galardonador de los que le buscan” (He.11:6). El que se acerca al Señor debe creer que él está ahí, porque de verdad está ahí. Debemos volvernos al Señor, e invocar su nombre, contar con él para que actúe en nosotros, no confiando en nosotros, sino en su fidelidad. Entonces, cuando nuestros pensamientos miserables surgen, se enciende una lucecita roja, y cuando estamos con vida y paz, estamos con luz verde. La Palabra dice: “Y La paz de Dios gobierne en nuestros corazones…” (Col.3:15). Cuando estamos en el Espíritu hay vida y paz, y esa paz gobierna. Cuando empezamos a perder la paz, y el Espíritu comienza a encogerse, apagándose la luz del Espíritu, debemos volvernos al Señor, pidiéndole piedad, pues él mismo dice: “… Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn.6:37). Ahora podemos preguntarnos: ¿Cómo podemos volvernos al Espíritu? Invocando al Señor de corazón. No creemos solo en el acto de invocar, sino en el Invocado. No entramos en el legalismo de las obras; no está mal invocar, pero no confiemos en nuestro ejercicio, porque incluso Satanás puede no dejarnos invocar; pero hagámoslo de corazón, volviéndose al que debe ser invocado. El Señor circula a nuestra alma, a nuestra mente, a nuestras emociones. A veces nuestras emociones son todas torcidas; las emociones existen para tener un mismo sentir con Cristo. Si el Señor está ahí, y nos ha fortalecido, sólo él puede manejar estas emociones. El Señor tiene que irrigar toda nuestra alma, todo el Lugar Santo, con el fluir del Espíritu. Si estamos en el Espíritu, él nos da refrigerio. El Señor ha puesto delante de nosotros dos árboles, un camino de vida y otro de muerte: “… escoge, pues, la vida, para que vivas…” (Dt.30:19). Volvámonos al Señor, y roguemos al Señor para que nos vuelva a él. Entonces, esto es al mismo tiempo, ya que él nos vuelve porque está en nosotros, y nosotros nos volvemos porque estamos en él. Él en nosotros es la provisión, y nosotros en él es la responsabilidad, la decisión en fe activa. Si nosotros no queremos, él nos deja, e insiste hasta un punto, que él conoce muy bien. “…No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Ser entregado por Dios, ser sueltos por Dios, equivale a ser entregado a Satanás. Es algo muy delicado salir de debajo de la protección de Dios, y es semejante a caer en las garras de los demonios. Finalmente, Dios entrega a los propios ídolos, a lo que se ama más que a él. Las gentes del mundo, por no tener en cuenta a Dios, fueron entregados a toda clase de depravaciones, porque no quisieron tenerlo en cuenta, por lo tanto, fueron soltados, entregados. Roguemos que esto no suceda con nosotros, y donde sea que estemos volvámonos al Señor, pues la Sangre nos limpia, y el Espíritu nos fortalece, nos levanta y camina con nosotros en nuestro interior, y nosotros con él, haciendo juntos la obra de Dios. Este fluir no sólo llega a todos los rincones del alma, a lo largo de nuestra vida, también tiene que pasar a nuestro cuerpo. Pablo, en Romanos 8, dice: “…el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado…” (Ro.8:10). El hombre heredó el pecado de Adán, y por eso no podemos andar y dejar a nuestro cuerpo gobernar, porque “está vendido al poder del pecado”. Pero hemos nacido de nuevo, y la Palabra continúa diciendo: “…mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). Y esto es ahora por la fe en Cristo. Él es nuestra justificación, pues aunque el cuerpo esté muerto, el espíritu vive. Entonces, nosotros no somos deudores a la carne que nos llevará a la muerte, pues mientras estemos en ella pecaremos, pero “Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, (…) vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu…” (Ro.8:11). O sea que otro trabajo que hace el Espíritu en su circulación del Santísimo al Santo, y ahora al Atrio, a nuestro cuerpo, es primero antes de glorificarlo, aunque ya está glorificado en Cristo, pero de esa glorificación se nos adelantan los poderes del siglo venidero, sanidades, fortalezas, milagros. En el siglo venidero, en estado de resurrección íntegra, con el cuerpo incluido, habrá ciertos poderes, que se llaman así “los poderes del siglo venidero”, que es en el Milenio, donde el poder del Señor obrará en nuestro cuerpo. Inclusive las aguas que serán destruidas, vueltas sangre, en las copas de la ira, el río que fluye del trono de Dios, en el milenio va a sanear las aguas. También los animales van a ser saneados, cuánto más lo serán nuestros cuerpos, o sea, que existe lo que se llaman “los poderes del siglo venidero”. Pero la Biblia dice que algunos de esos poderes se adelantan en esta vida, y que algunos, incluso en esta vida antes del Milenio, gustamos de los poderes del siglo venidero; y la vivificación de nuestros cuerpos mortales, es como un adelanto de estos poderes venideros. A veces estamos exhaustos, estamos enfermos, cansados, pero hay que ir a predicar, entonces sabemos lo que hay que hacer: “Señor Jesús”, y nos volvemos a él. Aun nuestro cuerpo es vivificado en estado mortal. Esta circulación que llega a nuestro cuerpo, va ocurriendo de a poco en esta vida. Démonos cuenta que la Palabra dice: “don de sanidades” en plural, y no “don de sanidad”. Lo que es el don son las sanidades. Cada vez que Dios sana a uno, ese es el don. No es el don de sanidad, como si todo el tiempo la persona tiene un don, y todo el tiempo la gente tiene que sanarse, sino “don de sanidades”. Las sanidades, cada una de ellas son los dones, que son adelantos de los poderes del siglo venidero en nuestro cuerpo. Debemos creer, estar disponibles para que el Señor haga maravillas, que no las hace por las obras de la ley, sino por el oír con fe; suministra el Espíritu, y hace maravillas en nuestra vida. Y después nos glorificará el cuerpo en su venida. Dice que cuando él venga: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:4). Porque ya en su glorificación fuimos glorificados. Pablo dice que: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo (…) Y a los que predestinó, a éstos también llamó; a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro.8:29-30). Ya lo dice como un hecho, pues ese hecho se realizó en Cristo. Él se vistió de nuestra humanidad, terminando con la muerte, lo Adánico, y resucitó como segundo hombre. Ahora resucitó nuestro espíritu, y va pasando esa resurrección a nuestra alma a lo largo de nuestra vida, incluso a nuestro cuerpo mortal, vivificándolo. Un día, toda esa glorificación que él ya consiguió la pasará también a nuestro cuerpo, porque él ahora reconoce nuestro cuerpo como su cuerpo. Porque nuestra boca, es su boca; nuestras manos, son sus manos; nuestros pies, son sus pies, porque caminamos con él, y él con nosotros. Él nos reconocerá como miembros suyos, y esa glorificación que él obtuvo, y que ya es nuestra aparecerá también y tendremos un cuerpo semejante al de la gloria suya. Demos gracias a Dios por la circulación del Arca.

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