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LA CRUZ: CAPÍTULO INTERMEDIO ENTRE LA SANGRE Y EL ESPÍRITU

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:52, Categoría: General

La Cruz (Capítulo intermedio entre la Sangre y el Espíritu) En los capítulos anteriores hemos visto el valor que tiene a los ojos de nuestro Padre la Sangre del Señor, su aplicación ante él, y también el valor que debe tener a los ojos de nuestra conciencia, y que es lo único que nos libra de las acusaciones del enemigo. Al habernos detenido en la Sangre, debemos también hacerlo en el Espíritu. Porque en la medida que Dios nos va revelando a su Hijo, el Espíritu lo va aplicando en nosotros. Es necesario que sepamos lo que el Espíritu nos da, para creerlo y por la fe disfrutarlo, porque la experiencia del hombre no proviene de la ley, sino proviene de la revelación del don de Dios. En la Epístola a los Romanos capítulo 1 verso 1, hemos de ver parte de esa panorámica de contenidos de las dádivas de Dios. Comienza esta carta diciendo: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios…”, recordándonos las propias palabras del Espíritu cuando en Hechos mencionan a Saulo diciendo: “… Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado…” (Hch.13:1-2). Luego, volviendo a Romanos 1, continuando con el verso 2, nos dice algo interesante acerca del evangelio: “…que él (Dios) había prometido antes…”. Es decir, que el evangelio de Dios era una promesa. Hay pasajes y profecías de la Biblia donde se preanuncia el evangelio: “…por sus profetas en las santas Escrituras…”. Allí Dios había prometido el evangelio: “…acerca de su Hijo…” Con esto se nos revela claramente cuál es el contenido central de las buenas noticias que nos llegan de parte de Dios y que ya desde el comienzo él ha venido anunciando; como, por ejemplo, cuando Dios le dice a Moisés: “…os levantara profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; (…) y toda alma que no oiga a aquél profeta, será desarraigada…” (Hch.3:22-23). Aquel profeta de quien Dios el Padre habla es Jesús, su propio Hijo; por lo tanto, el evangelio es acerca de él. Las buenas noticias nos llegan de Dios en el Hijo, y nos muestran quién es él, y qué hizo a favor nuestro. En Romanos continúa ahora con la descripción de esos dos aspectos fundamentales de la persona de Su Hijo, y que son su aspecto divino y su aspecto humano, diciéndonos: “…nuestro Señor Jesucristo que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…” (Ro.1:3-4). Él siempre ha sido Hijo, pero esto de ser declarado es sobre ser reconocido públicamente ante nosotros, para que lo recibamos como lo que él es desde la eternidad. “… y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe…” (Ro.1:5). Primero, viene la gracia que es dada por el Hijo; y luego viene el apostolado. Tiene que haber fe, y de ésta es que surge la obediencia. Ciertamente, podemos decir que sin fe no habrá obediencia. “… En todas las naciones por amor de su nombre; entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo…” (Ro.5:6). Si el denominacionalismo en la cristiandad comprendiese lo que significa el “llamados a ser”; poder comprender que eso significa que pertenecemos a Cristo, no a un partido, sino a estar encabezados, guiados, y llenados por Jesucristo. “…a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos…” (Ro.1:7). El original dice simplemente “llamados santos”, porque él ya nos hizo santos. Si somos hijos, ya somos santos de origen. “…Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo…” (Ro.1:7). El objetivo de toda esta carta es presentarnos el evangelio acerca del Hijo, el prometido en las Escrituras, en su humanidad, en su divinidad y lo que él hizo por nosotros, lo que él entrega a nuestra fe, para que no sólo como personas, sino como naciones, podamos obedecer a Dios. “…Pídeme, y te daré por herencia las naciones…” (Sal. 2:8). Así le habla el Padre al Hijo. Y eso son las Iglesias, son las naciones salvas. Y no solamente bendición a las almas de los hombres, sino a los espíritus, a los cuerpos y a las familias. El cordero había que comérselo por familia, o sea que la redención tiene un aspecto corporativo, porque es para bendición de las naciones, para bendición de las familias de la tierra. “En tu simiente serán benditas todas las naciones…” (Gn.22:18). En esta epístola a los Romanos, podemos ver una panorámica de la venida del Hijo de Dios a morir por nosotros y pasarnos por su Cruz. Este es el capítulo intermedio que podemos ver entre la Sangre y el Espíritu. Podemos preguntarnos entonces, ¿la Sangre acaso no tiene que ver con la Cruz? Claro que sí; no habría Sangre redentora sin la Cruz, sólo que veremos en la Palabra del Señor que la Cruz es mucho más profunda. El significado de la Cruz Como primer hecho, vemos que la Cruz nos muestra de una manera objetiva el sacrificio del Señor. Al mismo tiempo, la Cruz también nos crucificó a nosotros juntamente con Cristo, que es otro segundo aspecto. Entonces, de eso nos habla Romanos al presentarnos esos distintos aspectos de la Cruz. Él tomó nuestra naturaleza, pero ¿para qué la tomó? Para ponernos en sus hombros. Desde luego, él nos puso encima de él, sobre sus hombros como una vestidura, y nos cargó y nos introdujo en su gloria, sentándonos con él en lugares celestiales, y nos escondió con él en Dios. Nosotros no subimos solos, sino que él bajó, y nos puso sobre sus hombros, y ascendió con nosotros, y nos sentó con él en lugares celestiales. Eso es lo que hace el evangelio: ponernos en el Hijo, para que al estar en él estemos también en el seno del Padre. La Iglesia es puesta en el Hijo y en el Padre. “Si lo que habéis oído desde el principio, permanece en vosotros, (…) también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1ª Jn.2: 24). Y lo que hace el Hijo, como también dice en otro lugar en Efesios, es introducirnos al Padre. El evangelio nos pone en el Hijo, y a la vez pone al Hijo en nosotros. Y ahora el Hijo nos introduce al corazón del Padre. El Señor se nos revela a través de su Palabra, y esa Palabra es vivificada por el Espíritu dentro de nuestro espíritu. Mantengámonos en la fe, en la simplicidad de ella. No basemos nuestra fe en lo que sentimos, no basemos la fe en lo que experimentamos, sino basemos la fe en lo que él reveló en su Palabra, que será enseñada por el Espíritu. “…Sobre esta roca…” (Mt.16:18). Esta roca es La revelación que el Padre nos da del Hijo. “…edificaré mi iglesia…” (Mt.16:18). La Iglesia es edificada con revelación, en una revelación que viene de parte de Dios acerca del Hijo, con la cual nosotros ahora contamos, y recibimos con gratitud, porque no es algo que merezcamos. Porque siempre Satanás nos lleva al territorio de querer merecer, para hacernos caer de la gracia, y entrar en la necedad de la soberbia, en la locura y en la presunción; y este es un terreno peligroso. Donde estamos nosotros es por la gracia y por la fe, es decir, por la gracia recibida por fe delante de Dios. Ese es nuestro terreno firme. Podemos escuchar miles de voces para sacarnos de ahí, para entrar en la arena movediza de la confusión, y de la emocionalidad, porque los seres humanos somos tan emocionales, especialmente al lado femenino que le gusta sentir, mientras que a los hombres les gusta saber, pero aun así las dos cosas son del alma. Pero el alma es un velo que nos mantiene afuera. ¿Nos damos cuenta? Es por la fe. Claro que él también produce un conocimiento del Espíritu y produce un sentir, pero en Cristo. El Señor, desde adentro, va permeando nuestra mente, para que llegue a ser la de Cristo, y también nuestros sentimientos para que seamos de un mismo sentir con él, y haya también en nosotros el sentir que hubo en Cristo. Esto es algo que Dios nos da cuando creemos. Es por la fe que nos volvemos al Señor, y somos trasladados al Espíritu. “…El que en mí cree, confía”. No el que siente de tal manera, porque aun cuando no sintamos ningún cosquilleo, debemos creerle a Dios. Creamos que Dios nos ama, aunque no sintamos nada. El enemigo es el que nos hace sentir que no somos amados, ni apreciados, llegando a creer esas mentiras, llevándonos a la depresión. Nos acostumbramos a ese complejo de inferioridad, que es la base de comparaciones, de rivalidades, de envidias, y de jactancias. Creamos, como dice Juan: “…nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros….” (1ª Jn.4:16). Y el amor es por la fe. Y dice que el evangelio de Dios y la justicia de Dios es “… por fe y para fe…” (Ro.1:17). Hay que creer y seguir creyendo, permaneciendo en la fe. Guardando hasta el fin la esperanza, nunca mirándonos a nosotros mismos, ni siendo guiados por sentimientos. De hecho, recordemos que el Arca tenía unas barras que eran para cargarla, es decir, esta Arca tenía que circular, ser transportada. Esto nos habla de la circulación y del fluir de Cristo desde nuestro espíritu. Él nos indica su dirección a nuestra alma y nuestra alma percibe la dirección del Espíritu. “…De su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Con esta palabra podemos ver que hay un fluir, un circular, mostrándonos la función de esas barras para cargar el Arca y que ésta circule, y así también que Cristo circule y fluya desde nuestro interior, dándonos la dirección en el lugar Santo, desde el Santísimo. Nosotros, en nuestro espíritu, recibimos una indicación suave, porque el Señor no va a decidir por nosotros, eso corresponde a nuestra parte. Y es ahí donde algunas veces nos equivocamos, queriendo que él haga todo, pero él primero nos sugiere su voluntad, pero no nos obliga. Él espera que nosotros le entendamos y le pidamos que nos ayude para hacer lo que él nos indica. Entonces, contamos con esa ayuda, y en unión con él, colaboramos, y hacemos con él sus obras, es decir, nosotros con él, y él en nosotros. Lejos de Cristo, sin comunión con él, es imposible ser edificados, pero en comunión con Cristo, tenemos revelación, que es la edificación de Dios, donde Cristo está siendo revelado y luego confesado. “…Creí, por lo cual hablé…” (2ª Co.4:13). Lo que él es, lo que hizo y lo que somos gracias a él. Por la fe somos edificados como casa espiritual, y el Espíritu circulará desde nuestro interior hacia fuera como un río de agua viva. Si creemos en él, si contamos con él, y andamos en su nombre, este río fluirá, y seremos edificados. Por lo tanto, la circulación del Espíritu, que es por revelación, edifica la casa. Hebreos, en el capítulo 9, nos habla de las ordenanzas de culto y de un santuario terrenal que era el tabernáculo. Éste tenía una disposición establecida de sus partes y elementos, cuyo fin es que el Espíritu Santo diera a entender algo propio del Nuevo Testamento a la Iglesia. Esto es algo acerca de Cristo, de la obra de Cristo, porque no era solamente un interés arquitectónico, o solamente una descripción de cómo eran los tabernáculos en el pasado, sino que está hablando de espiritualidad neotestamentaria: “…lo cual es símbolo para el tiempo presente…” (He.9:9). Todas aquellas descripciones del Tabernáculo, del mobiliario, de su orden y ritos eran “símbolos para nuestro tiempo”. Muchas veces nos puede haber resultado tedioso leer esos capítulos, por ejemplo, en Éxodo sobre el tabernáculo, porque el velo estaba puesto sobre nuestro entendimiento, y leíamos del velo para afuera y no veíamos del velo para adentro. Pero en la medida de nuestra conversión a Cristo – porque la Iglesia es edificada en la revelación de Jesucristo – el velo es quitado, y comenzamos a entender las realidades espirituales, y nuestra propia experiencia espiritual está descrita con estos símbolos. Dios organizó y dispuso esas cosas para hablarnos a nosotros ahora, en el tiempo presente, del Nuevo Testamento. Este es el “hoy” de Dios. Correlación entre el Evangelio en Romanos y el Tabernáculo Volviendo al primer capítulo de Romanos, comenzamos a darnos cuenta de que nos habla del evangelio de Dios. Pero de pronto, el Señor empieza a abrirnos los ojos y vemos cómo va coincidiendo este desarrollo del evangelio que va presentando el Espíritu Santo por medio de Pablo, con aquellas disposiciones en el tabernáculo. Entonces, ¿qué era lo que había en el atrio? En el atrio había dos cosas, el Altar de Bronce, donde se ofrecían distintas clases de sacrificios, por ejemplo, el sacrificio por las transgresiones, el sacrificio por el pecado, la ofrenda de paz, que son descritas en Éxodo y especialmente en Levítico. Veamos que nos dice también Éxodo sobre este tema, en el capítulo 38 verso 7 y 8: “Y metió las varas por los anillos a los lados del altar para llevarlo con ellas; hueco lo hizo, de tablas”. Lo que está describiendo es el altar del atrio. Esto nos está hablando de Cristo, sobre tomar la cruz. “Hueco lo hizo”, y esto tiene mucho significado porque el que llena todo es nuestro Señor. Si nosotros hacemos sólo lo exterior es algo hueco, es apariencia; pero el Señor es el que llena, le da la realidad a todo. Y dice: “de tablas”, que representa cómo somos nosotros. “También hizo la Fuente de Bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión…” Cuando las mujeres, que aquí es una figura de la Iglesia, velaban a la puerta del tabernáculo de reunión, fue indicación de Dios, que se tomaran esos espejos, y se hiciera una Fuente de Bronce para lavarse, cuyo fin es para mirarse a sí mismo. Y esa Fuente de Bronce estaba y era en el Atrio. En el Atrio había dos muebles, uno era el Altar de Bronce y la Fuente de Bronce donde se ponía agua, y donde los sacerdotes podían verse a sí mismos y lavarse, porque si uno no se ve, no se lava. ¿Nos damos cuenta? Las mujeres dejaron sus espejos que eran para mirarse a sí mismas, para peinarse, embellecerse. Esos espejos no eran como los de ahora, que tienen nitrato de plata, sino que eran con bronce bruñido, bien lijados, no eran de vidrio. Entonces había dos cosas en el Atrio. Pero note que las cosas no venían primero al Altar, sino primero a la Fuente. Como dijo el Señor Jesús: “Y cuando él venga convencerá al mundo…” (Jn.16:8). La gente no estaba ni siquiera en el Atrio, estaba en el mundo, pero el Espíritu Santo convence al mundo. Ese es un trabajo que haría el Espíritu Santo, el trabajo de introducirnos al Atrio, y después al Santo y al Santísimo. ¿Y de qué convencerá el Espíritu? “…de pecado, de justicia y de juicio” (Jn.16:8). Ese trabajo del Espíritu Santo es convencernos, mostrarnos quiénes somos y qué merecemos en nosotros mismos, si no somos cubiertos por la Sangre del Cordero. Por eso es que la fuente se hacía de espejos de bronce. El bronce nos habla del juicio, pero espejos de bronce es sobre el juicio de sí mismo. Cuando abrimos Romanos, ya desde el capítulo 1 al 3 empezamos a descubrir la Fuente de Bronce. Esos 3 capítulos nos hablan de la Fuente de Bronce; y luego, desde la mitad del 3 y el 4, nos hablan del Altar de Bronce. Es decir, antes de hablarnos del Altar de Bronce, nos hablan de la Fuente de Bronce, hecha con espejos de bronce para juzgarse a sí mismo a su luz. Veamos el capítulo 1, verso 18 al 20: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad, porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo…”. En el lugar Santo, la luz provenía del candelero. En cambio, La luz que da en el atrio, es la luz de la naturaleza, la luz del sol, o de la luna y las estrellas, es la obra de Dios escrita en los corazones: “…Siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa…” (Ro.1:20). Ahí está el funcionamiento de la Fuente de Bronce y de los espejos, mostrarnos que somos inexcusables. “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios…” (Ro.1:21-22). Todo ese capítulo 1 es un espejo, donde muestra al hombre su culpabilidad. ¿No son acaso, estas porciones de la Palabra de Dios, las herramientas del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio? Pero el mundo no es solamente los impíos, sino también los religiosos, porque la religión humana también es hace parte del mundo. ¿No dice la Escritura algo acerca de los rudimentos del mundo? ¿Y cuáles son los rudimentos del mundo? “No mires, no te vistas, no tomes”. Todos reglamentos exteriores, estoicos, religiosos, pero sin depender de la gracia de Dios, sin Cristo. Hay muchas religiones en el mundo tratando de agradar a Dios por sus propias fuerzas; incluso aquí habla de los judíos: “por lo cual eres inexcusable”. Ahí sigue el Espíritu Santo convenciendo al mundo, incluidos los judíos religiosos, y también los evangélicos religiosos. También nosotros como religiosos “somos inexcusables”, “…Quien quiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo” (Ro.2:1). Luego, llega el capítulo 3, en el verso 9, diciendo: “… ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos?…” ¡Qué alegría ver que Pablo se puso entre este “somos”! “En ninguna manera, pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado”. Entonces, ¿cuál es el primer trabajo del Espíritu Santo? “Convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. “Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; No hay quién entienda, no hay quién busque a Dios. Todos se desviaron…” (Ro.3:10-11). Aquí compone Pablo un salmo compuesto de pedacitos de salmos. Un pedacito de éste, un pedacito de otro, un pedacito del otro. El Espíritu Santo se los juntó todos, porque eran varios espejos, e hizo una sola fuente, para que los sacerdotes se vieran a sí mismos; porque no por ser sacerdotes van a entrar sin limpiarse, y sin necesidad de la sangre. ¿Podemos darnos cuenta de que en estos 3 primeros capítulos, el 1, el 2 y hasta la mitad del 3, está la Fuente de Bronce, que utiliza el Espíritu para convencernos de pecado y de justicia? ¿Y qué tal que fuera sólo de pecado? Eso sí que sería terrible. Pero el Espíritu Santo es lo opuesto a Satanás que acusa a los hermanos; en cambio, el Espíritu Santo es llamado “Consolador”, y él no sólo nos convence de pecado, sino también de justicia, y en esta justicia está lo que el Señor Dios hizo en Cristo a nuestro favor. El sacerdote, antes de ejercer sus funciones en el altar, tenía que pasar primero por la Fuente de Bronce. Tenía que lavarse, y mirarse a sí mismo. Por eso dice la Escritura que ellos también ofrecían sacrificio no sólo por el pueblo sino por ellos mismos, porque son pecadores también; mas en el Señor Jesús no hubo pecado, aunque se identificó con nosotros, y por eso se bautizó. Juan el Bautista le decía: “…Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” (Mt.3:14-15). Él dijo estas palabras porque venía para tomar sobre sí mismo el precio de nuestros pecados, por eso él se bautizó, y también nosotros nos bautizamos, porque nos identificamos con él en su muerte. Jesucristo murió en nuestro lugar, y gracias a Dios que no sólo murió, sino también resucitó para darnos su vida. Nosotros fuimos puestos en él y lo llevamos a la Cruz. Pero él fue puesto en nosotros y nos pasó por la Cruz, y también por su resurrección, y ascensión. Ahora, prosiguiendo en el capítulo 3, llegamos al Altar de Bronce. “…pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre…” (Ro.3:19). Para eso son los espejos de bronce, para mostrarnos quiénes somos, a dónde está nuestra pretendida altura, nuestros pretendidos méritos. La ley expone nuestra condición caída. “… y todo el mundo quede bajo el juicio de Dio; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado…” (Ro.3:19-20). Por eso, la ley colocaba una Fuente de Bronce de espejos en el atrio. El primer trabajo del Espíritu es convencernos de pecado, pues mientras estamos contentos con nosotros mismos, no pedimos perdón, y tenemos la razón, pensando que el otro se merece nuestras críticas, pero no nosotros. Pero cuando nos alumbra la luz, nos vemos a nosotros mismos, y dejamos de pensar en los otros, y comenzamos a pensar en nosotros mismos, y la ley nos conduce como un ayo a Cristo. La ley nos encerró bajo pecado, nos descubrió, dejándonos sin salida. Pero hay una puerta, que es el Señor Jesús, y sólo él nos perdona. Reconocemos que todos somos pecadores, somos una miseria, y que sólo su Sangre nos lleva de la fuente al altar. “Pero ahora…” (Ro.3:21). Dios le puso “pero” a esa condición terrible, y este “ahora” es en Cristo “…aparte de la ley…” (Ro.3:21). No solamente existe esa ley que nos muestra quienes somos, sino también hay un altar que nos muestra quién es el Señor, y qué hizo el Señor por nosotros, y cómo nos involucró en su muerte para conducirnos por ella a su resurrección, y ascensión, dándonos su Espíritu. “…Se ha manifestado la justicia de Dios…” (Ro.3:21). Vino a convencernos de pecado, de justicia, y ahora está no solamente la fuente, sino que está el Altar de Bronce y eso es el Atrio. Estos primeros capítulos de Romanos nos describen el Atrio y su experiencia espiritual, porque aquello era “símbolo para el tiempo presente”. Por lo tanto, el tiempo presente empieza por aquí, en el Atrio. “…testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo…” (Ro.3:21). El fin de la ley es conducirnos a Cristo. Incluso de la ley escrita en nuestros corazones, aún sin conocer la de Moisés. Incluso los paganos tratan de hacer por su conciencia lo que es correcto; sin embargo, se dan cuenta que ser bueno es difícil, y ser malo es fácil. La ley nos prepara para descubrir que necesitamos la gracia de Dios en Cristo. Y la gracia fue manifestada en la encarnación, crucifixión, resurrección, ascensión, intercesión y derramamiento del Espíritu de Cristo, siendo todo esto gracia. El Espíritu va haciendo primero un trabajo, luego otro, y aquí ya nos llamó la atención al Altar, y a los sacrificios del Altar, comenzando por el primero que comienza en Levítico. En este libro, cuando vamos a la descripción de los sacrificios, el primero que aparece es el de holocaustos enterame4nte quemados simbolizando la obra de Cristo para vindicar la santidad, justicia y gloria de su Padre, y entonces después en relación a nuestra necesidad, descrito en el sacrificio por las transgresiones, y después por el pecado, y después el de paz, hablándonos del perdón, de la crucifixión con Cristo, de la reconciliación con Dios, que es lo que habla Pablo desde Romanos 3. “…Porque no hay diferencia…” (Ro.3:22). Antes nosotros pensábamos que sí había diferencia: “yo soy judío, y tú eres gentil”, “yo soy de la tribu de Benjamín” (que era de Raquel, la enamorada de Jacob, la que Jacob quería), etc. En estos tiempos, también nosotros hacemos diferencias, y nos comparamos los unos con el otro, pero aquí la Palabra nos muestra nuestra condición diciéndonos “…por cuanto todos pecaron…” (Ro.3:23). Esto que aparece implícito, lo veremos de manera explícita: “…y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro.3:23). Ese es el juicio, pero ahora dice “…siendo…” refiriéndose a todos, judíos o gentiles, chilenos, brasileros, de las montañas, o del mar, “…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (Ro.3:24). Aquí coloca la justificación sobre la base de la redención “justificados gratuitamente por”. Entonces, ¿cuál es la base? Si no hay redención, no hay justificación; la justificación descansa en la redención, y la redención descansa en la propiciación, y por eso dice a continuación que la redención es en Cristo. “…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” (Ro.3:25). Somos propiciados por medio de la fe en su Sangre. Sobre la propiciación descansa la redención, y sobre la redención descansa la justificación; y la justificación es que Dios ya no nos declara culpables, porque la culpa fue quitada, pero ¿mediante qué?, por la redención, porque el Señor pagó por nosotros. En la redención fuimos revividos, fuimos rescatados por la propiciación. Antes éramos enemigos, y lo seguimos siendo en la carne, y Dios tenía que estar en contra, aunque nos amaba, pero él tenía que condenarnos. Ahora Dios demostró que él está a nuestro favor, pero, y este ‘pero’ es muy importante, porque tiene que ser por medio de la “propiciación”. Entonces, la Sangre derramada, creída, de Aquél que es la propiciación, es la base de la redención. Y la redención es la base de la justificación. Todo está relacionado, pero no es lo mismo. Lo uno es la base de lo otro. “…para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto…” (Ro.3:23). Aquí está la pascua ¿Nos damos cuenta? (“…veré la sangre y pasaré…”). “…A causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo…” (Ro.3:25-26). Este tiempo es el presente… “…su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida” (Ro.3:26-27). Ahí está la jactancia, cuando pensamos que somos mejor que el otro. No hay diferencia, todos vamos a la misma caldera si no recibimos al Señor. Entonces, dice aquí que la jactancia queda excluida “… ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe…” (Ro.3:27). Continúa hablando de la justificación en el capítulo 4, diciéndonos: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro.4:7-8). Y ahí comienza a hablar del sacrificio por las transgresiones, que es un aspecto de la Cruz de Cristo. La Sangre es para perdonarnos delante de Dios, y que nuestras conciencias estén limpias para poder servirle, y no aceptar las acusaciones de Satanás. La Cruz sobre la naturaleza pecaminosa Pero hay otros aspectos de la Cruz que sólo tienen que ver con el perdón, porque ciertamente, nuestros pecados nos armaban un problema delante de Dios, y necesitamos el perdón, pero el problema que Dios tiene con nosotros no son solamente las cosas malas que hemos hecho, sino que tiene otro problema con el hombre más grave que lo que el hombre ha hecho, y es lo que el hombre es. Nuestro problema no es sólo el cometer pecado, sino lo que somos desde que fuimos concebidos en nuestra madre. Podemos apreciar que el capítulo 4, y la primera parte del 5, nos hablan de ese sacrificio por las transgresiones que se presenta en el Atrio, en el Altar de Bronce. Pero hay otro sacrificio, que es el sacrificio por el pecado. Ya no hablamos de los pecados en plural, de las transgresiones, las desobediencias, sino de la naturaleza pecaminosa que heredamos desde que fuimos concebidos en el vientre de nuestra madre. Porque cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, tomaron la decisión de darle las espaldas a Dios y vivir por sí mismos, y aceptar el camino de Satanás, desde ese momento la naturaleza humana quedó vendida al poder del pecado. Entonces, cuando ellos cayeron, y se reprodujeron, toda su descendencia, que somos nosotros, nacimos vendidos al poder del pecado, con una naturaleza que no puede por sí misma vencerle, aunque lo intente, resultando lo que nos dice romanos 7: “…no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:19). Ahora descubrimos que el problema somos nosotros. Entonces Dios tuvo que tratar, no sólo lo que habíamos hecho, sino lo que somos. En la Cruz, con la Sangre, Él nos limpia de los pecados, pero necesitamos no solamente ser perdonados, sino necesitamos ser liberados de lo que somos, que es algo más grave, porque lo que hicimos es por causa de lo que somos, y podemos llegar a hacer mucho más de lo que ya hemos hecho. Necesitamos ser perdonados, y para eso es la Sangre, el sacrificio por las transgresiones. Pero hay otro aspecto del sacrificio, y el sacrificio de Cristo fue uno solo, pero Dios hizo tantas cosas en el sacrificio, que tuvo que representar sus muchas obras con muchas clases de sacrificios. Allá en Levítico descubrimos que hay otro sacrificio que se llama ofrenda, que es la del Señor por el pecado, y ya no por las transgresiones en plural, sino por el pecado en singular. La ofrenda por las transgresiones es la muerte de Cristo por nuestros pecados como el Cordero de Dios, pero también dice la Escritura, que se hizo (ya no plural, sino en singular) pecado por nosotros. También él aparece como una serpiente ensartada en un asta, porque los israelitas estaban siendo mordidos por la serpiente, y no se podían librar del veneno de ella. Entonces, Dios le indicó a Moisés que tomara una serpiente de esas, pero de bronce, porque el bronce es el juicio de la serpiente, y ensartar a esa serpiente en un asta, y todo israelita que fuera afectado por el veneno de la serpiente, la mirara y sería libre del veneno de ella. Ya no solo perdonado de los pecados, sino liberados del pecado. Llegamos al capítulo 6, a la otra clase de sacrificio, que es el mismo sacrificio de Cristo pero con otro aspecto. El Señor trató la condición caída del ser humano, y nuestro viejo hombre fue crucificado, y Jesucristo fue hecho pecado por nosotros, y fue hecho maldición por nosotros, acabando con el viejo hombre. Podemos preguntarnos entonces: ¿Por qué lo sentimos todavía? Porque lo sentimos en la carne, pero en Cristo fue crucificado. Y todo lo que Cristo es, nos lo pasó a nuestro espíritu por Su Espíritu. Es necesario ver esto que hizo Cristo, y que puso en el Espíritu, y que es un hecho en el Espíritu, y que si nosotros contamos con lo que el Espíritu nos trae, en el espíritu somos libres del pecado. Somos una nueva criatura, nacimos otra vez. La primera vez nacimos pecaminosos, fuimos concebidos en pecado, y como dice la Escritura: “…en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). Pero ahora no solamente es perdón, sino también liberación de lo que somos, realizada en la Cruz y en la resurrección, contenida por el Espíritu. En el Espíritu somos libres y si andamos en el Espíritu somos una nueva criatura en la justicia y santidad de la verdad. En el nuevo hombre somos ya justos, santos y verdaderos. Esto no lo vamos a ser, sino que ya lo somos en el Espíritu. No lo busquemos en la carne, porque en ella heredamos lo que Adán llegó a ser, pero en el Espíritu heredamos de la misma manera, gratuitamente, la condición resucitada, ascendida, pura, santa, en el Espíritu. Entonces, en el Espíritu heredamos una cosa, y en la carne heredamos otra, y las dos están ahí. Y el alma está en el medio, por eso en Romanos entre el capítulo 3 y el capítulo 8 están los capítulos que tratan con lo que pasa en nuestra alma, que es el lugar Santo. Podemos andar en la carne, o podemos andar en el Espíritu. La ley vino a mostrarnos lo que somos, para que no nos engañemos y para ser trasladados a su Hijo, para nacer de nuevo y recibir otra naturaleza distinta de la mera natural, y para que ya no vivamos en nuestra naturalidad. Así como Satanás nos vendió gratuitamente al pecado, el Señor nos rescató gratuitamente. Y como por un hombre entró la muerte, por un solo hombre también entró la vida, entró la resurrección, y entró el Espíritu. Y el Espíritu que recibimos tiene todo lo que necesitamos; y para poder disfrutar al Espíritu, necesitamos conocer las provisiones de la Cruz, de la resurrección, y de la ascensión, porque todos esos elementos son los que están en el Espíritu. Y en el Espíritu es que heredamos la santidad, la justicia, y la verdad. Esa es nuestra herencia gratuita. ¿Recibimos el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? Por el oír con fe es que recibimos el suministro del Espíritu y las obras maravillosas que él hace entre nosotros, aunque no lo merecemos, pues es un regalo, porque la vida es un regalo. Dios sabe que todo lo que intente la naturaleza humana, en su sola naturalidad, no nos va a llevar a nada. Él tuvo que hacer todo. Cristo trató con el pecado en la carne, y condenó al pecado en su carne, y nos dio a comer su carne, que es verdadera comida y bebida. En el capítulo 8 de Romanos ya aparece el Espíritu. Este es como el Lugar Santísimo del Tabernáculo. Pero hay en el Lugar Santo unos fenómenos, y es que el Atrio tiene que ver con nuestra carne, y el Lugar Santo con nuestra alma, mientras que el lugar Santísimo con nuestro espíritu. Es decir, lo que recibimos en nuestro espíritu es algo que el Señor consiguió en su carne, y en su alma. Entonces, lo que el Señor está haciendo ahora es poner a Cristo en nosotros, y a nosotros en Cristo. Ese es el trabajo del Evangelio. “…Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1ª Jn.2:24). El evangelio es para ponernos en el Hijo, y por medio del Hijo ponernos en el Padre, y también para poner al Hijo y al Padre en nosotros. Él en nosotros es la provisión; nosotros en él es el disfrute, es el ejercicio, es la apropiación. Son dos aspectos: primero él en nosotros, y segundo nosotros en él. Tenemos que tener los dos aspectos, porque si sólo pensamos que él es bueno y que es él quien hace todo, caemos en la facilidad, porque no ponemos el pie en lo que él nos dio, que es la obediencia de la fe, la responsabilidad. Si hay fe, hay obediencia, que es la que cuenta con que Jesucristo murió y fuimos crucificados con él, considerándonos muerto al pecado, mas también vivos para Dios en Cristo.

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