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LAS AFLICCIONES DE CRISTO POR SU CUERPO, Y EL MISTERIO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:21, Categoría: General

Las aflicciones de Cristo por su cuerpo, y el misterio. Pablo escribió a los Colosenses algunas expresiones preciosas, muy significativas en aquel tiempo, por medio del Espíritu de Dios prometido por él, y que el Señor Jesús en su humanidad también inspiró a Pablo, dentro de la obra del Señor en la tierra, para que nos hablara. Lo que el apóstol recibió del Señor, fue una encomienda sumamente importante. El pasaje que vamos a leer tiene un núcleo, en el cual presenta una visión general de Dios, sintetizada para nosotros. A veces el Señor inspira frases cortas, pero claves, y que nos dan una información general, ubicándonos dentro de los propósitos de Dios para nuestra vida. Esperemos que el propósito de Dios con nosotros sea el mismo propósito nuestro con Dios. Empezaba Pablo a decirles a los santos en Colosas lo siguiente: "Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros…" (Col.1:24). Ahora, esta es una frase extraña en el mundo, pero no es que Pablo sea masoquista y le guste el sufrimiento, sino que se goza en el sentido de sus padecimientos en vez de temerles. Y aunque a veces padecía, sin embargo, en medio de aquellos había gozo porque tenían un sentido; valía la pena haber caminado por ese camino estrecho, haber pasado por la puerta angosta. Él llegó a gozarse en las dificultades, en cosas que para la carne eran desagradables, pero que tienen un sentido y una recompensa eterna. "…y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia…" (Col.1:24). Es una frase profunda, que podría dar, quizás, en alguna ocasión a un mal entendido si la leemos descuidadamente. Pero lo que dice es que cumple en su carne lo que falta "de", y no que a Cristo le faltaron aflicciones. Pablo tenía que completar lo que Cristo no pudo consumar, no en el sentido de la obra del Señor Jesús, porque esta es una obra consumada, dicho por el propio Señor cuando estaba en la Cruz: "…Consumado es" (Jn.19:30), pagando el precio por nuestros pecados por su muerte. Pero a nosotros, como lo dice Pablo en otra parte, se nos ha concedido de Dios, y así lo debemos entender, como un gran privilegio, que "… a causa de Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él…" (Fil.1:29). El Señor nos confía algunas cosas que implican algunos pequeños padecimientos, que Pablo les llama "leves tribulaciones", y que no son comparables con el eterno peso de gloria que está reservado para nosotros. Pablo no se amedrentaba ante las dificultades, porque él sabía que no estaba solo, sino que estaba con el Señor, y que todo eso tendría un fruto. En muchas ocasiones, pareciera que la semilla, al caer en tierra, se viera pisoteada, o que está pudriéndose; pero eso solamente es un camino para apresurar la multiplicación de esa semilla. La semilla cae en la tierra y empieza el germen a brotar, empieza a surgir la plantita, multiplicándose los granos, y de un grano salen muchos otros. Por lo tanto, ese es el sentido del sufrimiento del que Pablo hablaba, y que se nos había concedido creer y padecer por Cristo. Aunque claramente Cristo padeció por nosotros, y llevó nuestros pecados, nuestros dolores, de los montos de los sufrimientos de Cristo se nos concede a nosotros un poquito. Y como vemos, a Cristo no le faltaron aflicciones paras redimirnos, pues la muerte de Cristo ha sido suficiente para salvarnos, pero a nosotros se nos ha concedido participar un poco si seguimos a Cristo, y si vivimos por él. Lógicamente, que va a haber una reacción del enemigo, además de que hay mucho mal en nosotros, y en nuestra carne, y en nuestro mundo; por lo tanto, hay que enfrentarlo, y eso a veces no es agradable. Cuando Pablo dice: "cumplo en mi carne", se refiere a su vida mientras estaba aquí en la tierra, "lo que falta de las aflicciones de Cristo", o sea, del monto de las aflicciones de Cristo, que de a poco se van cumpliendo también en nosotros – y en ese caso Pablo decía que cumplía en su carne de ese monto que le faltaba a Pablo experimentar. Nosotros debemos cumplir lo que nos falta de las aflicciones del Señor, pues él nos ha honrado permitiéndonos hacernos participes de esto, pues en nada son comparables con la gloria venidera. Pablo también dice una cosa curiosa, que hay que destacar: "las aflicciones de Cristo por su cuerpo". A veces hemos pensado que las aflicciones de Cristo, su muerte expiatoria, fueron solamente por el alma de cada uno de nosotros, para perdonarnos los pecados, y para no ir al infierno. Eso es una parte de la verdad; el Señor Jesús murió en la Cruz como el Cordero de Dios para perdonar nuestros pecados. Y eso está escrito en muchos lugares en la Palabra. Pero también hay otros versículos que muestran otros aspectos que realizó el Señor Jesús en su muerte, pues también murió para que nuestro viejo hombre fuera crucificado juntamente con él, y así no solamente para morir él por nosotros, sino para que nosotros, al estar unidos a él, y en unión con él, podamos también morir a nosotros mismos, y morir al pecado que hay en nosotros. Esa Cruz puede traer una pequeña aflicción a nuestra carne y a nuestra alma, pero significa una liberación para nuestro espíritu. Es muy importante lo que hemos visto en estas dos cartas de Colosenses y Efesios, que fueron escritas juntas, en el mismo periodo, y enviadas a dos Iglesias. Por eso son muy parecidas, y es interesante cuando en las Escrituras encontramos pasajes, porciones o cartas parecidas, o que podríamos llamar paralelas, porque esas porciones nos sirven para compararlas una con la otra y multiplicarse mutuamente el entendimiento unos a otros. Nótese que la muerte del Señor Jesús no tiene solamente una alcance individual, sino tiene un alcance corporativo. La Biblia dice que: "…y mediante la Cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo…" (Ef.2:16). Entonces, la Cruz nos reconcilia con Dios, y también nos reconcilia con nuestros hermanos, por medio de participar con Cristo, de ser perdonados por él, de vivir con su Espíritu, y además, vernos morir a nosotros mismos con su ayuda, en unión con él por la fe. Eso hace que descubramos el otro lado de la Cruz, ya resucitados en Espíritu, como un solo cuerpo. La Cruz es la puerta del cuerpo de Cristo junto con el Espíritu. Por medio de aquella puerta salimos del mundo, y salimos de debajo de la potestad de la tinieblas, siendo trasladados y plantados en el reino del amado Hijo de Dios. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en el cuerpo, nacemos en la Iglesia; por eso decimos que la Cruz tiene un alcance corporativo. Si no hubiera habido Cruz, no se hubiera presentado la Iglesia; por eso es interesante saber que lo objetivo de la Cruz no determina solamente el no ir al infierno, sino lo que Dios tiene planeado es darnos nueva vida. El objetivo de las tribulaciones es facilitar el objetivo final que es la formación de Cristo en nosotros. Así que no temamos a esas leves – recordemos aquella palabra "leves" aflicciones –, porque en nada son comparables con el peso de gloria. En el pasaje de Colosenses, se nos dice que el cuerpo de Cristo es la Iglesia. Generalmente, siempre surge la pregunta: ¿De qué iglesia eres? Universalmente, sólo tiene una, y todos los que somos hijos de Dios nacimos en ella. Nosotros no podemos cambiarnos de Iglesia, porque estamos por dentro de ella. Si nuestra unión fuera en torno a una organización, podríamos cambiarnos a otra, pero no se trata de cosas exteriores, sino se trata de nacer en el reino de Dios, nacer por el Espíritu, y nacemos dentro de la Iglesia. No necesitamos afiliarnos a alguna cosa, hacer algún pacto nuevo o especial acerca de algo, porque simplemente al recibir al Señor de corazón, ya nacimos de nuevo dentro de la Iglesia, y somos miembros del cuerpo de Cristo. Por lo tanto, valga la redundancia, somos hermanos de todos los hermanos, aun de aquellos que no entiendan bien el asunto de la Iglesia, pues no es algo que se entiende de golpe, ni al principio. Esta Iglesia, para tenerla en unidad y en gloria, fue la razón para que el Señor pasara por la cruz. Por eso, la Palabra nos dice: "…por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreció el oprobio…" (He.12:2). El Señor vio lo que era tener una Iglesia en gloria, vio muchos hijos e hijas en gloria; vio a la familia celestial reinando con él en todo el universo, porque él es heredero de todas las cosas; y su esposa, que es la Iglesia, su compañera, su coheredera, consistente e íntima, con la cual él se goza en lo que el Padre le dio. Él tiene un gozo con la Iglesia, y el Señor sabía que tenía que pasar las aflicciones por ella, por sufrimientos que ni siquiera nos lo imaginamos, porque nosotros vemos lo de afuera, lo físico, pero para él, la segunda persona de la Trinidad, ser separado del Padre, recibir juicio de pecador como si él lo fuera, y sentirse abandonado por el Padre, es realmente un sufrimiento, y peor que cualquier otro. Sólo él sabe lo que significa haber pasado por lo que él pasó. En cambio nosotros, pasaremos por cosas menores, pero sustentados por el Padre, porque él está con nosotros. El Espíritu de gloria reposa cuando estamos en las más mínimas pruebas. Ahora nos encontramos en estas mínimas pruebas, pero en la gloria. Así que llenemos nuestro corazón con una alegría infinita, sin importar lo que esté sucediendo afuera, ya que estamos bajo el Espíritu de gloria. En el caso del Señor, aquel clamor de aflicción, no era ningún "teatro", porque no hay nada más desgarrador que por lo que él pasó, sintiendo que era una condenación eterna, diciendo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt.27:46). Nosotros no conocemos lo que es el sufrimiento, y sin embargo, él lo tuvo como pequeño, por el gozo que tenía puesto delante de él, por el gozo de salvar para sí una esposa de millones de hijos, y de hijas, de todas las tribus, de todas las razas, de todas las lenguas, y de todas las naciones. Por lo tanto, no vamos a vivir cualquier clase de vida, porque nuestro Padre es el mejor Padre que existe y tenemos que ser como es él. Nuestro Padre sabe cómo quiere que seamos, y a veces nos tiene que corregir, o no sería realmente un Padre, y el mayor bien que puede hacernos es darnos su propia vida, hacernos como él, y que participemos con él guardando sus obras. Qué precioso es que Dios quiera hacer las cosas con nosotros, y que nosotros hagamos las cosas con él. El Padre ama al Hijo, y le muestra las cosas que hace, para que el Hijo las haga igualmente. La muerte del Señor fue suficiente, y fue una obra consumada, pero él le concedió el honor a Simón de Cirene de cargar la cruz un poco (Mt.27:32). Aunque no se puede comparar la Cruz del Señor con la carga que hizo Simón de ella, pero esto está simbolizando que el Señor nos está pidiendo lo mismo a nosotros. La Iglesia tiene que salir de su comodidad, salir de las cosas en las cuales uno siempre quiere estar, porque uno siempre busca lo fácil, y muchas veces el Señor requiere una Iglesia que esté dispuesta a pasar por estas pequeñas molestias que no son nada, pero que a la vez son una honra. ¿O acaso creemos que las cicatrices del Señor Jesús no son ahora una honra para él? Si no fuera de esta forma, posiblemente cuando resucitó las hubiera desaparecido. Entonces, cualquier bobería que pasemos por el Señor es nuestra honra, y nuestro privilegio; y hay que estar dispuestos por amor al Señor a lo que él nos pida. Por lo demás, él nunca nos va a pedir algo más de lo que podemos soportar, porque nunca podremos hacer cosas por nuestra sola fuerza. De pronto, nos damos cuenta de que si hemos podido cooperar con el Señor, fue por la ayuda sobrenatural de él, y nos sostenemos naturalmente por la gracia. La obra del Señor se realiza poniéndose en el altar de Dios, cumpliendo en nuestra carne las aflicciones de Cristo, concediéndosenos honra y privilegio como el de Simón de Cirene. Entonces, cada uno de nosotros considerémonos honrosamente como un pequeño Simón de Cirene. Para que la Iglesia sea edificada debemos estar dispuestos a ponernos en las manos del Señor, a perder ciertas comodidades, y debemos hacerlo con alegría, no pensando en que estamos haciendo demasiadas cosas. Nada de eso; por lo demás, cuando María quebró el vaso de alabastro sobre Jesús, Judas decía que había sido un desperdicio, pero Judas no estaba en lo correcto, porque el Señor es digno, y no sólo de uno, sino que todos los vasos de alabastro se quiebren a sus pies. El Señor murió para tener una Iglesia gloriosa, y murió por nuestros pecados; por lo tanto, esas aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia, se han cumplido en Pablo, y en nosotros, cooperando por lo que Cristo murió. De tal manera que él, por su muerte, tiene derecho a casarse con una Iglesia gloriosa. "…de la cual fui hecho ministro…" (Col.1:25). Aquí vemos la continuidad de los versos de Colosenses, comenzando con las palabras "de la cual", refiriéndose a la Iglesia. Luego, cuando Pablo usa la palabra "ministro", no lo dice como lo podemos entender nosotros, sino muy por el contrario, él lo dice como si fuera un sirviente. Pablo nos habla de aflicciones, de servir, y no exaltarse a sí mismo, sino que exaltar a los otros y ponerse a disposición de ellos por amor del Señor. "…según la administración de Dios que me fue dada…" (Col.1:25). Hay una administración de Dios y que ha sido encomendada a cada uno; hay algo en esa tarea que cada uno de nosotros debe realizar, para cumplir el propósito y que Dios tenga a la Iglesia gloriosa. Para eso estamos en la Tierra, para vivir principalmente para nuestro Señor, y no vivir solamente para lo nuestro. "De Jehová es la tierra y su plenitud… El mundo, y los que en él habitan" (Sal.24:1). Así lo dice el salmo, y lo repite el Nuevo Testamento, pero a él no le gusta contar con todo eso, sino con lo que nosotros voluntariamente le devolvemos. El Señor es dueño de la tierra, de nuestras pertenencias, de todo lo que somos, y de lo que tenemos. Pero el Señor no quiere usarlo forzadamente, pues quiere hacer lo más alto, que es tener un santuario. Así como Dios le dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diera de su voluntad, de corazón…" (Ex.25:2). Estas palabras nos muestran que hay que darle al Señor lo que él pide, para lo que él quiere, y no lo que a nosotros nos sobra o lo que nosotros queremos dar. El Señor merece tener lo que él quiere, solo que él no quiere tomarlo a la fuerza. El Señor quiere tener una familia, y estar rodeado de los hijos. Dios dice: "Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" (Ex.25:8). Aquel santuario es una casa, es una familia de Dios. Dios quiere que su familia sea un ejemplo para toda la tierra, y que muchas personas más ingresen en su familia, porque él quisiera que todos los hombres fueran salvos, y que ninguno perezca. Pero él no hace esto a la fuerza, pues ¿qué alegría sería para Dios forzar al hombre? Si alguien no quiere ir a Dios, él lo va a dejar libre; y como dice la Palabra: "…el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida…" (Ap.22:17). O sea, las cosas con el Señor son así: "el que quiera". El Señor es dueño de todo, pero como decíamos anteriormente, sólo es honrado de una manera especial, y él le llama "tesoro especial" a aquellos que le aman. Y este tesoro especial es la Iglesia y ese es su servicio, de los hijos y de las hijas de Dios, voluntario, alegre y espontáneo, que no está reclamando, sino que le sirve. Entonces, las aflicciones del Señor son para tener a la Iglesia, y se nos concede también a nosotros un pequeño monto de colaboración con Cristo, en aquellas pequeñas dificultades. Por eso es que hay que servir a Dios en espíritu, y entender que él está aquí colaborando para que nosotros invirtamos nuestra vida en servirle, porque es un desperdicio usar la vida en otra cosa que no sea el Señor. Hay una lamentación inmensa por aquellas personas a las que se les acabe el tiempo para el Señor, y llegue el momento de presentarse con las manos vacías, diciendo que se ocupó durante toda su vida solamente en tonterías, y perdió el tiempo, sin colaborar a Dios con nada. En ese momento, habrá llanto, crujir de dientes, y habrá vergüenza. Retomando la Palabra, ahora nos dice para lo que fuimos hechos: "…ministro (servidor), según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros…" (Col.1:25). Empezamos a entender un poco ese servicio. Aquel "vosotros" son los hermanos, los miembros de la Iglesia, y Dios da una administración para esta razón: "…para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios…" (Col.1:25). Fijémonos que aquí el apóstol dice otra expresión interesante. Pablo podría haber dicho solamente: "Para anunciar la palabra de Dios", pero el Espíritu Santo no lo dejó decir esto de una forma incompleta, sino que utiliza la palabra "cumplidamente". No es la primera vez que Pablo habla en estos términos, ya que les dice a los tesalonicenses, que oraban por ellos, recordándolos, y para poder volver a Tesalónica a completar la fe de los santos, aunque ya los santos tenían fe. De hecho, el mismo Pablo da testimonio de ellos diciendo: "Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor…" (1ª Ts.1:8). Así que cuando Pablo llegaba a evangelizar, los hermanos en Tesalónica ya se habían adelantado. Pablo sabía para qué existe la Iglesia y cuál es su llamamiento, el cual no solamente es no ir al infierno. Pablo sabía que la fe de la Iglesia debía ser completada. Veamos la expresión de esto, en Primera de Tesalonicenses: "¿…orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe?..." (1ª Ts.3:10). El misterio de la fe tiene un contenido completo, y la iglesia en Tesalónica tenía fe, amor, era misionera, pero Pablo sabía que no tenía el depósito completo de la fe, entonces él oraba para que la fe de la Iglesia fuera completa. Podemos comprender, por lo tanto, por qué dice anunciar "cumplidamente la palabra de Dios". La palabra de Dios tiene un monto, tiene un contenido, un fundamento, una edificación, una culminación. Lo que el Señor está queriendo de la iglesia, es que ésta reciba el misterio de la fe de manera completa, que la Iglesia reciba la misión de Dios, que sea una con la misión de Dios y su visión celestial. Además de ser siervos del Señor, él también quiere que seamos amigos. El Señor nos dijo que ya no nos va a llamar siervos, sino amigos, y nos dio la razón de esto: "porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Jn.15:15). El siervo no sabe lo que hace su Señor, pero el amigo sí lo sabe. Entonces, el Señor quiere que sus siervos también sean sus amigos, que sepamos qué es lo que el Señor está haciendo, para dónde se dirige, y cómo colaborar eficazmente con Dios, sin dar vueltas y vueltas en las miserias, sino que le colaboremos, así como Pablo lo hacía. A este apóstol se le había dado la administración, y se le había encomendado anunciar cumplidamente la palabra de Dios, orando de día y de noche. Por eso, Pablo no hablaba de manera descuidada la Palabra Dios. El Señor le ha encomendado a la iglesia, mucho más que sólo Proverbios, o las genealogías – aunque todo eso es parte de la Palabra; pero podemos decir que son una especie de "tuercas" que tienen su lugar, pero que contribuyen a la visión global. Sin embargo, a veces la Palabra de Dios es compuesta, y no la vemos en su forma cumplida. Por ejemplo, tenemos una de estas tuercas que acabamos de nombrar, y nos gusta algún Salmo, o aquel Proverbio, pero todas esas piezas forman el motor, y deben estar armadas para funcionar. De esta misma manera es la Palabra de Dios, que está formada por muchas cosas, pero todas tienen que estar en su lugar, porque si tenemos sólo algunos proverbios favoritos, o algunos Salmos, o también, como algunos, que les gusta el Apocalipsis, pero no vemos el asunto esencial de la Palabra de Dios, entonces todavía no estamos teniendo la fe completa. Nosotros somos la iglesia y debemos tener esa comunión divina que se le ha dado. La iglesia debe saber para qué está aquí, y en qué consiste el plan eterno de Dios, de dónde viene y hacia dónde va, y cómo cooperamos con el Hijo, mirando derecho al centro para no estar pendientes de multitud de modas. Porque de repente llega la moda de pedir dinero, o danzar con banderas, y nos preguntamos si será eso lo que predicaba Jesús y los apóstoles. No queremos estar en espíritu de crítica, pero también hay que decir la verdad. Dejemos a cada cual en su camino, pero dejemos que nuestro camino sea el del señor. Entonces, se nos dice esto que Pablo ha llamado "el anuncio cumplido de la Palabra de Dios". Pero esto es solamente un versículo – y claro que todo eso tiene su lugar, y hay que predicar de todo. Lo que queremos decir es que tenemos que agarrar esas tuercas, ponerlas con sus tornillos, y armar el motor. A esto nos referimos, a ver el asunto de la Biblia, ver cuál es la clave de la Biblia, cuál es el tema; porque podemos ver que aparece el lavar los pies, o que los hombres se corten el cabello y las mujeres no, y claro que esto está en la Biblia, pero ¿ese es el tema de la Palabra? O ¿cuál es el tema de Romanos? ¿Cuál es el tema de Juan? ¿Cuál es el tema de Juan con Romanos? ¿Cuál es el tema del Nuevo Testamento? ¿Cuál es el tema del Antiguo Testamento? ¿Cuál es el asunto? Eso es lo que Pablo a continuación da a resumir, aunque lo dice en un solo versículo. Regresemos a Colosenses, diciéndonos que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, y luego nos viene a dar como una explicación de eso: "…el misterio…" (Col.1:26). Por lo tanto, ¿cuál es la palabra cumplida de Dios? Es un misterio, y que debe quedar al descubierto. "…el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos…" (Col.1:26). La revelación del misterio de Cristo es la llave de toda la Biblia. Efesios, junto con Colosenses, nos hablan del misterio de Cristo, y también nos dan la llave de este misterio de Cristo. La llave de toda la Biblia, lo que abre la Palabra, lo que conecta todas las tuercas con todos los tornillos, y que ha sido ahora manifestado a sus santos, es decir a nosotros, es el misterio revelado de Cristo. "….a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles…" (Col1:27). Dios, desde Génesis hasta Apocalipsis, nos habla de un asunto importante, y es lo que nos dice aquí con estas palabras "dar a conocer". Dios quiso dar a conocer a los santos las riquezas, la gloria y el poder de este misterio de Cristo, dentro de los gentiles, o sea, entre los mapuches, entre los guaraníes, entre los cubanos, chinos, colombianos, etc. Y ¿cuál es el misterio? ¿Cuál es la clave? ¿Cuál es el anuncio cumplido de la palabra? Aquí lo dice: "…que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col.1:27). Estas palabras son la llave de toda la Biblia, la que nos abre todo lo que está desde Génesis hasta Apocalipsis. Cristo en vosotros la esperanza de gloria. Sólo en una palabra: "Cristo", encontramos la Trinidad, la divinidad del Hijo de Dios, su personalidad, su relación de Hijo con su Padre, como Mesías. Aquí está toda la profecía, toda la misión, toda la función del Hijo en su divinidad, y ahora en su humanidad. Encontramos su despojamiento, su encarnación, la humanidad, sus funciones sacerdotales y de profeta, al igual que Moisés, pero con el mensaje definitivo, porque el de Moisés era provisorio, hasta el tiempo de reformar las cosas, pero Cristo es la palabra última de Dios. ¿Nos damos cuenta de todo lo que está debajo de la palabra "Cristo"? El tesoro de la Iglesia es el testimonio que nosotros tenemos, y es el testimonio que debemos dar. Dios ha puesto en nuestras manos lo más rico, y lo ha reservado a la Iglesia. Muchos pueden estar hablando en las universidades de átomos, o pueden estar hablando de edificios, de ingeniería química, o de psicología analítica, pueden estar hablando de muchas cosas, pero cuando terminen todo, se van a ir al infierno. No es que esté mal ocuparse de esas cosas, pero no son lo central. Pero a nosotros se nos ha confiado lo más importante. El mundo no quiere a la iglesia, pero Dios sí la quiere. Para eso estamos aquí, porque Dios quiso manifestar a los santos las riquezas de la gloria de este misterio; esto que está aquí tan resumido. Estas riquezas de la gloria, hay que abrirlas como una cajita y empezar a sacar el botín de Dios, y solamente estamos en la primera palabra. Ahora, después de Cristo dice: "en" y "vosotros". Dos letras con tan grande significado, pues no es solamente Cristo en sí mismo. Dios es rico en sí mismo, pero además, él quiere compartir esta riqueza. Dios es rico para con los que le invocan, y quiere traspasarnos lo que es de Él. Entonces, Cristo "en" nos habla de la economía divina, de la manera cómo Dios se administra a sí mismo a los suyos. Cristo "en" es el Cristo de la Trinidad, de la eternidad, el Cristo del propósito, y del plan de Cristo de la creación, el Cristo de la revelación, el Cristo de la redención, el Cristo del reino, el Cristo del juicio, de la Nueva Jerusalén, y del Cielo Nuevo y de la Tierra Nueva, y es el mismo Cristo que quiere pasar a vivir en la iglesia. Es el mismo Cristo, pero administrado, fluyendo, circulando, otorgándose. Ahora, Cristo en "vosotros"; y podemos decir que muchas cosas caben en esa palabra, pero podemos asegurar que estamos nosotros, todos los hermanos reunidos, nuestros espíritus individuales están ahí, incluidos en "vosotros"; y nuestra alma también, junto con nuestra mente y todos sus pensamientos, emociones y sentimientos. Ahí está toda la antropología, en la palabra "vosotros". A raíz de esto podemos preguntarnos: ¿Cómo el Cristo Hijo de Dios pasa a formase dentro de nosotros? ¿Cómo se administra? ¿Cómo se mueve dentro del espíritu, en nuestra alma y en nuestro cuerpo? De todo eso habla la Palabra de Dios, y todo está escondido en esta frase: "Cristo en vosotros". Es ahí donde están todas las Iglesias, las que existen, las que van a existir, y las que existieron, en lo local y lo universal. Ahí está todo el cuerpo de Cristo. Es decir, ahí está la Iglesia gloriosa, toda eclesiología. Cristo en vosotros, como a lo largo de la historia en XXI siglos, el Señor se ha ido formando en la Iglesia, y la Iglesia ha ido creciendo en el Señor, de gloria en gloria, de revelación en revelación. ¿O acaso no dice eso en la Escritura? "…de su plenitud tomamos todos…" (Jn.1:16). La incorporación de Cristo a lo largo de la Iglesia, es como un bebé creciendo en el vientre de su madre, como el hijo varón formándose en la mujer, que es una figura de la Iglesia. Y luego la Palabra nos dice: "…la esperanza de gloria,…" (Col.1:27). Si en la palabra "vosotros" está toda la antropología, y está toda la psicología, y toda la eclesiología, en la palabra "esperanza" está toda la escatología. Esa palabra "esperanza", es el propósito eterno de Dios, y no lo saben los científicos, no lo saben los académicos, sino que lo saben los santos. Los otros no saben para dónde van, ni para qué fueron creados. ¿Será que el hombre fue creado para que muera y se acabe? ¿Será para eso que Dios hizo tan maravillosamente al ser humano, para que se vaya al polvo de la tierra otra vez? La Biblia no es una tragedia, sino un romance; aunque si hubo tragedias en ese romance, pero prevaleció el amor del Señor. Y ahora dice: "…a quien anunciamos…" (Col.1:28). ¿A quién anuncian? Al Cristo glorioso, al Cristo de la divinidad, de la eternidad, al de la encarnación, de la redención, del reino, del juicio, etc. "…amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre;…" (Col.1:28). ¡Qué trabajo de la Iglesia éste de presentar perfecto en Cristo a todo hombre!, no importa cuál sea, sin importar cuán torcido sea; Dios lo quiere presentar perfecto en Cristo, y su Hijo hizo todo lo necesario para que sea perfecto, sin importa la raza, o la cultura, o si es analfabeta o erudito, pues Dios quiere que todos sean salvos, y que ninguno perezca. Dios quiere que a toda criatura se le presente el evangelio para que pueda ser perfecto en Cristo. El evangelio tiene la capacidad de perfeccionar, porque ese es el resultado de Cristo en nosotros, es la perfección en ese "en". Es la administración de Cristo hasta la perfección. Somos perfectos en Cristo, estamos completos, y esto debe ser anunciado. Esto es lo principal que está sucediendo en la tierra, esto es lo que Dios está vigilando. Para eso Dios nos tiene aquí, y nos hace mover por distintos lugares, para colaborarle. Ayudarle un poco a cargar su pesada cruz, pues la mayor honra que se nos puede conceder es cooperar con el Señor. Para eso vivimos, y para eso Dios quiso darnos a conocer las riquezas de la gloria de este misterio, a fin de poder presentar perfecto en Cristo a todo hombre. Dios está detrás de todo hombre, y no debemos pensar que hay alguno al que Dios ame más, sino que él no quiere que ninguno perezca. Dios quiere que todos sean salvos, y no sólo salvos, sino que vengan al pleno conocimiento de la verdad, y para eso está la Iglesia. Aquí, la Iglesia es un candelero para alumbrar, es una ciudad sobre un monte que no se puede esconder. Esa es nuestra misión, para eso vivimos, y para eso Dios ha trabajado con nosotros hasta aquí, y sigue trabajando. "…para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él…" (Col.1:29). Esto era el trabajo de Pablo, y para esto él trabajaba. También dice "luchando", que son las pequeñas molestias, y continúa diciendo que "según la potencia de él", con lo que nos quiere decir que no estamos solos en la lucha, porque la lucha no es contra cualquiera, pero tenemos que estar tranquilos, porque es el diablo quien se está metiendo con Dios. "…la cual actúa poderosamente en mí" (Col.1:29). Así como actuó en Pablo, también puede hacerlo en nosotros. Para eso envió su Espíritu, para actuar poderosamente en la Iglesia. "Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros…" (Col.2:1). Y aquí sigue explicando lo de esa lucha: "…para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas…" (Col.2:2). Ya había hablado de esas riquezas de la gloriosa, de ese misterio, y ahora vuelve hablar lo mismo, pero en otras palabras. El objetivo no es sólo saber, sino alcanzar, poseer, disfrutar y servir. "…hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo…" (Col.2:2). El original dice "el misterio de Dios, Cristo". Aquí, claro, el traductor lo parafraseó para evitar, quizás, alguna interpretación herética. "…en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas" (Col.2:3).Hay muchas voces en la Tierra de millares de demonios, pero también está el hablar de Dios, que es Cristo. Cristo es el hablar de Dios, el mismo Cristo de la Biblia, de los apóstoles, el de la Iglesia. El llamamiento de Dios es grande e inmenso, y nosotros somos como mendrugos, pero si él nos bendice, esos mendrugos van a alimentar multitudes.

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