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LIBERTADOS PARA FRUTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:14, Categoría: General

Libertados para fruto. Anteriormente hemos hecho un pequeño seguimiento de algunos de los capítulos de la epístola a los Romanos, relacionándolos con el tabernáculo, y viendo cómo algunas de las porciones del tabernáculo, de lo cotidiano, de los ritos, tienen una correspondencia con la presentración del Evangelio de Dios que nos hace el apóstol Pablo. Veíamos a grandes rasgos cómo los primeros capítulos, 1, 2 y hasta la mitad del 3 aproximadamente, aparecían, ya en el lenguaje propio neo-testamentario del Evangelio, la bacia o Fuente de Bronce que fue hecha con los espejos de la mujeres de Israel, en la cual los sacerdotes podían verse a sí mismos. Entonces veíamos porqué debían ser purificados, y pasar por el Altar de Bronce. En esos primeros capítulos de Romanos se presenta que el hombre es inexcusable, así también como los gentiles que han tenido un testimonio verdadero, aunque parcialmente verdadero de Dios, a través de las cosas creadas. En el capítulo 2, también se presenta a los judíos como inexcusables. En el capítulo 3, ya llega con ese diagnóstico tremendo de que no hay justo, ni aun uno. Vemos cómo el trabajo inicial del Espíritu Santo, de convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio, es claramente hecho ahí. Entonces esos primeros capítulos, digamos desde el 1:1 al 3:20, nos hablan del primer aspecto del Atrio, y de la función de la Fuente de Bronce, con los espejos de las mujeres de Israel, que esperaban a la puerta del tabernáculo, como nos lo dice el libro de Éxodo. Ya desde el versículo 21 comienza a describir el Altar de Bronce, mostrando la justicia de Dios por medio de Cristo, hablando de la muerte expiatoria de él, de la justificación por la fe, del tratamiento de nuestros pecados o transgresiones por la Sangre del Señor, del perdón de Dios, y después uno de los primeros tipos de sacrificios, mostrando la riqueza de la obra del Señor Jesús en la Cruz, y cómo él nos consiguió el perdón. Luego del capítulo 4 y del 5, a partir del verso 12, se hace una transición también, así como en varias transiciones cuando se describen los sacrificios por el pecado, el sacrificio de paz, etc. En Levítico dice: Esta es la ley de los holocaustos, y de las ofrendas, de los sacrificios por la culpa, por el pecado, los sacrificios de paz, los de consagraciones, y una serie de palabras claves que nos revelan la profundidad de las riquezas inescrutables de la gracia de Dios en Cristo, realizadas por Él en la Cruz. La muerte del Señor por el pecado Ahora pasamos a tratar este aspecto de la muerte del Señor por el pecado, en el sentido singular. Hasta el capítulo 5 verso 11 se podían ver palabras claves como justificación, perdón, salvación, incluso reconciliación, mostrándonos aspectos de la expiación, el sacrificio por el pecado, el sacrificio de paz. Pero luego el apóstol Pablo, ya en el capítulo 5, no trata solamente el problema de los frutos del árbol, sino el problema del árbol mismo que no luce con los frutos. El Señor no trata solamente el perdón por los pecados que cometemos, los cuales con su infinita gracia, con su preciosa Sangre, nos perdona, sino que aquí se presenta otro problema, y es lo que nosotros mismos somos. No solamente el fruto del árbol, sino del árbol mismo; el Señor no solamente tiene que tratar con nuestros pecados, sino con el pecador. Luego comienza a aparecer el aspecto del tratamiento al pecador a través de la Cruz y a través de la muerte conjunta con Cristo. Entonces, ya no se habla más en plural de las transgresiones, de iniquidades y pecados, ni perdón de los pecados en plural, sino que comienza a aparecer la palabra “el pecado” en singular, especialmente en el capítulo 5 y en el capítulo 6. En nuestra condición humana, hemos sido concebidos en pecado desde el vientre de nuestra madre, y fuimos constituidos pecadores por la desobediencia de un solo hombre, que fue Adán. El problema es que cuando Adán pecó, la naturaleza humana en general quedó vendida al poder del pecado, y cada ser humano que nace es un pecador, que antes de cometer el primer pecado ya está listo para pecar tan pronto tenga la primera oportunidad. Pablo dice, por el Espíritu Santo, en Romanos que: “…por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…” (Ro.5:19). Es decir, cuando Adán pecó, la naturaleza humana fue vendida al poder del pecado, quedando esclava de él, e incapaz por sí sola de vencerle. Por lo tanto, el problema que el Señor ha tenido con nosotros no es solamente lo que hacemos, sino lo que somos en nosotros mismos. Desde la segunda mitad del capítulo 5, comienza a tratar lo que es estar en Adán, en contraposición a los que están en Cristo. Ya no solamente habla del perdón sino que habla también de la Cruz, y ya no solamente habla de pecados, sino del “pecado”, referido al poder del pecado que subyuga a la naturaleza humana a partir de la caída del primer hombre, y que opera en todos los hombres, con excepción del Señor Jesucristo que venció el pecado en la carne, y este no pudo entrar en él, y no fue aceptado en su carne. El Señor Jesucristo asume, por una parte, como si él hubiera cometido los pecados, y muere por nuestros pecados, simbolizando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; pero también el Señor, por él mismo, se identificó con aquel juicio de la serpiente. Cuando el pueblo de Israel era mordido por una serpiente, tenía que mirar a otra serpiente, pero de bronce, que estaba insertada en un asta, para poder ser libres del efecto de la mordedura. Entonces, ahí estamos viendo otros aspectos de la obra del Señor Jesucristo, y no sólo el morir por nuestros pecados, sino que también comienza a introducirnos en el hecho de nuestra muerte conjunta con él, que es otro nivel de la obra del Señor Jesús en la Cruz, el cual está más allá de haber muerto por nuestros pecados como el Cordero de Dios que con su Sangre nos limpia de todo pecado. Es también el primer nivel el que tiene que ver con la justificación y con la limpieza de la mancha del pecado; pero ahora va más allá cuando Aquel mismo dice: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:14). Ahí el Señor Jesús fue hecho pecado por nosotros, llevando nuestra maldición, y nuestro viejo hombre crucificado juntamente con él, así como también el pecado. El cuerpo de pecado es anulado o dejado sin efecto, o bien dicho, desempleado, por medio de la muerte de Cristo que es el último Adán, con quien todo lo perteneciente a Adán es terminado, resucitando Cristo como el Segundo Hombre para comenzar de nuevo. Ya hemos llegado al capítulo 6, donde dice que: “…nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, (…) Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro.6:6 y 11). La liberación del pecado Pablo está entrando en algo más profundo que solo sobre el perdón. Otra palabra que comienza a aparecer especialmente en el capítulo 6 es la palabra libertad. Ya que una cosa es ser perdonados, y otra cosa mayor y más profunda es ser liberados. El capítulo 6 nos presenta claramente en el evangelio la liberación del pecado, y no solamente el perdón de los pecados, sino la liberación. A veces podemos entender mal este capítulo, e interpretar la liberación del pecado como si nuestra carne pudiera mejorar después de nacer de nuevo, tornándonos impecables. Estas son interpretaciones raras de nuestra muerte con Cristo, y de nuestra liberación del pecado. Lo que somos en Adán está siempre en nuestra carne, hasta el día que nuestra carne sea transformada en un cuerpo glorioso semejante al resurrecto del Señor Jesús. Si hay una liberación del pecado es porque el Señor Jesucristo condenó al pecado en la carne, pasando la naturaleza humana por la Cruz y también por la resurrección y ascensión. De manera que la liberación del pecado está en Cristo, por lo tanto, está también en el Espíritu. La libertad de la que habla Pablo en el capítulo 6, no es una libertad en el sentido de que nos tornamos impecables, y que nunca pecaremos, pues sería una doctrina errónea acerca de la impecabilidad. El apóstol Juan también habla, en su primera epístola, algo muy interesante: “Todo aquel que permanece en él, no peca; (1Jn.3:6). “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1Jn.1:8). “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados…” (1Jn.1:9). Esto para que no pequéis, pero luego con todo realismo continua diciendo: “…y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1Jn.2:1-2). Ahora, en el capítulo 6 de Romanos, desde el versículo 15, veremos cómo empiezan a aparecer algunas diferencias de expresión, que hasta aquí no habían aparecido. En el capítulo 3 y 4, las expresiones eran en plural, por ejemplo, “los pecados”, “las transgresiones”, etc. “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos” (Ro.4:7). Dios tenía que hacer algo más profundo con nosotros, y por su gracia lo ha hecho en Cristo. Dios tenía que libertar nuestra naturaleza del pecado; y no lo hizo desconectando el pecado de nuestra carne, sino dándonos una nueva vida en el Espíritu, totalmente justa, santa, libre y verdadera; pero en la carne continuó operando el Adán caído. Si escogemos andar en la carne, aparecerá de nuevo la miseria que Adán introdujo en la naturaleza humana. Si escogemos andar en el Espíritu, en él hay libertad, hay justicia, y ya no solamente imputada como en el perdón, sino que infundida, porque la nueva naturaleza, la divina, es justa en el sentido positivo, y es santa en el sentido positivo. Hay un aspecto negativo también de la santidad, que es como la separación de lo pecaminoso y del mundo, e incluso de lo humanamente natural y de lo común; pero hay un aspecto positivo de la santidad que la naturaleza ofrece. Entonces, el Señor nos libra de lo negativo y podemos decir que nos perdona en un sentido jurídico. El Señor también introduce un elemento nuevo, que es la naturaleza divina, naciendo de nuevo nosotros del Espíritu. Somos nuevas criaturas creadas en la justicia, y en la santidad de la verdad; y eso es un aspecto positivo de la justicia y de la santidad. Tenemos que comprender cada nivel de la Cruz, donde el propio Señor Jesús tiene que morir por nuestros pecados, y además hecho pecado por nosotros, cargando con la maldición; es decir, ensartar a la serpiente en el asta, y juzgarla. Por eso, esa serpiente era de bronce, que representa el juicio de Dios; y ensartada en un asta porque es representativa de la crucifixión del viejo hombre en la Cruz, porque el Señor fue hecho pecado por nosotros para que seamos hechos justicia de Dios en Él. Ahora, ya en el capítulo 6, aparece la palabra libertad; palabra que se asocia luego con el Espíritu. Pero para que no entendamos mal, esta liberación nos lleva del capítulo 6 al 8, donde habla de la ley del Espíritu de vida y de la vida en el Espíritu. Pero, también es necesario pasar por el capítulo 7, para que no entendamos mal los términos de la liberación, pues es preciso tener claro que en Cristo Jesús fuimos totalmente libertados del pecado. Pero por este capítulo 7, entendemos que esa liberación no constituyó una mejoría de nuestra carne. Nuestra carne no ha mejorado y sigue siendo poco confiable, ya que no podemos nunca poner nuestra confianza más en ella, ni siquiera en sus aspectos más blanquecinos, como los que aparecen en aquella lista blanca de las obras de la carne que está en Filipenses 3. Por lo tanto, la carne tiene su lado aparentemente bueno; el árbol que mata, es el que tiene más descaros en el mismo árbol, porque no es que uno es el árbol del bien y otro es el árbol del mal. Uno es el que da vida divina, y el otro es el árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, el de la justicia propia, de la independencia humana de Dios. El Señor nos quiere conducir al árbol de la vida, y no solamente a una justicia propia, sino a vivir única y exclusivamente por el propio Dios, por el propio Cristo de Dios, por el propio Espíritu de Jesucristo. El papel de la responsabilidad humana Veamos el capítulo 6, para dar continuidad a esa visión panorámica, a partir del verso 15: “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Ro.6:15). Esto ya lo había dicho en el verso 1: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Ro.6:1-2). Ya introduce nuestra muerte con Cristo diciendo: “Porque los que hemos muerto al pecado” (Ro.6:2). No está diciendo que debemos ir muriendo, o hacer un esfuerzo para procurar libertad, ¡nada de eso! Él habla de hechos espirituales consumados en la persona de Cristo, que son una realidad en el Espíritu y en el nuevo hombre, pero no en la carne, sino en el Espíritu. “¿No sabéis que si os sometéis…” (Ro.6:16). Aquí vuelve a introducir la responsabilidad humana. En este capítulo, cuando comienza a hablar de la libertad, ya no estamos en el Atrio. Cuando se hablaba de la Fuente de Bronce, de ser convencidos de pecado, e incluso un sacrificio por las transgresiones, y del sacrificio por el pecado, todos los tipos de sacrificios se realizan en el Altar de Bronce. Estamos en el Atrio; pero luego el efecto de eso es introducirnos, darnos entrada, al Lugar Santo. En el Atrio hay que tratar lo que deberíamos de tratar, pero ya en el Lugar Santo, se trata de lo que pasa con el alma. Dios trata con nuestra alma, así como el Lugar Santísimo trata con nuestro espíritu, y podríamos decir, que el capítulo 8 de Romanos, donde aparece el río de vida del Espíritu de Dios, es el Lugar Santísimo, porque los ríos de Dios, salen de debajo de su trono, salen del Lugar Santísimo, y claro, después aparece, saltando desde el 8 al 12, la vida de la Iglesia. O sea, estaban dispuestas en el tabernáculo; pero como la Iglesia comienza y termina con Israel, no puede saltarse del 8 al 12, sino que tiene que pasar por el 9, 10 y el 11, donde nos habla del misterio de Israel, de Dios planificando algo con Israel. Promesas, corrección, endurecimiento parcial, pero transitorios. Cristo es el todo y en todos; así la Iglesia comienza con Israel, las promesas fueron hechas a Israel, de perdonar los pecados, de dar el Espíritu; comienza en Jerusalén y en Judea y en Samaria, y después pasa hasta lo último de la tierra, y al final vuelve otra vez a Israel, como lo hacen muchas profecías, y las resume en Romanos 11. Entonces, entre el capítulo 8 donde está el Lugar Santísimo y el capítulo 12 donde está la vida práctica de la Iglesia, los capítulos 9, 10 y 11 tienen que ver con el misterio de Israel, porque la Iglesia empieza en Jerusalén; la Iglesia empieza con promesas hechas a Israel, que pasan a través de la Cruz también a los gentiles. Por lo tanto, la Iglesia no puede ignorar el misterio de Israel; por eso dice: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles…” (Rom.11:25). El Lugar Santísimo tiene que ver con nuestro espíritu; y hay que tratar lo relativo al Lugar Santo, el alma, pues es el resultado de haber sido facultados en el Atrio por el perdón y por la muerte conjunta con Cristo, por reconciliación y por la resurrección de Cristo y ascensión. Entonces, escondidos con él ahí, comenzamos a entrar, comienzan las operaciones de nuestra alma, porque, en cuanto al Atrio, las operaciones son de tipo jurídico, pero en el Lugar Santo las operaciones son del tipo orgánico; es decir, lo que el Señor hizo con nosotros en la Cruz, se comprimió el sentido, y cambia nuestra situación jurídica de culpables, por perdonados, y por libres. Pero Dios no quiere solamente cambiar delante de él nuestra situación jurídica, sino que quiere también transformarnos a nosotros. No solamente es algo de perdón, sino también de conocimiento de la renovación, de transformación, y todo eso tiene que ver con nuestra alma, y con nuestro espíritu. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien, a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (Ro.6:16). Es interesante que relaciona la justicia con la obediencia, y en otros lugares, inclusive empezando Romanos, en el saludo, habla de la obediencia a la fe, o sea, que la verdadera fe incluye el arrepentimiento que produce obras, como dice Santiago. No es que tenga que haber necesariamente una oposición entre Pablo y Santiago, pues Pablo también ve lo que ve Santiago, pero Pablo enfatiza primeramente el aspecto jurídico de la justificación por la sola fe sin las obras. Pablo también dice en Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella” (Ef.2:8-9). Y Santiago cuando habla de la fe nos dice: “Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg.2:18). Si leemos Santiago, nos encontramos con frases como ésta, donde él se refiere a la salvación del alma. Lo que Santiago está tratando en su epístola, es lo relativo a la salvación del alma y al reino, y no lo relativo a la salvación jurídica. Lo que trata Santiago, lo trata también Pablo en las segundas partes de sus epístolas, de manera que no hay una contradicción sino un complemento. Las dos líneas apostólicas son inspiradas por el Espíritu Santo. “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados…” (Ro.6:17). La obediencia trae justicia, y esta gracia, a primera vista, parece sumamente osada, pero Pablo habla así con tal desparpajo, y sin temores al mencionar la palabra doctrina, pero no hay problema en eso si se está en el Espíritu. Así que Pablo no está usando la palabra doctrina en un sentido legalista. Ahora, continúa con la consecuencia de esto: “…libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro.6:18). Donde dice “erais esclavos del pecado”, ahora dice “libertados del pecado y hechos siervos de la justicia”, hablando del resultado normal de haber sido crucificados con Cristo y resucitados también con él, hechos nuevas criaturas. Por lo tanto, en la nueva creación somos libres del pecado, en Cristo por el Espíritu. Pablo no quiere que malentendamos esto, y que digamos que nuestra carne mejoró, y por eso sigue diciendo: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad…” (Ro.6:19). Él podía hablar como hijo Dios, pero también por la debilidad humana de los hermanos en su carne, porque no han creído lo suficiente para permanecer lo más posible en el Espíritu. Es posible vivir toda la vida en el Espíritu, pero no lo hacemos. Dios no nos puso una imposibilidad, sino que nos la ponemos nosotros al tomarnos vacaciones del Espíritu y darle lugar a la carne, pero la provisión espiritual, y el perdón, son cosas verdaderas. El Espíritu es suficiente. La Sangre y el Espíritu son los elementos esenciales de la promesa del nuevo pacto, por los que Dios olvidaría nuestros pecados y pondría ese Espíritu en nosotros, y nos haría andar en sus caminos. Pablo estaba en Espíritu cuando habla como humano, pues ya no dice nuestra, sino vuestra. En Cristo hay la muerte al pecado, y en Cristo todo se puede, pero de todas maneras él dice que habla como humano, por vuestra humana debilidad. “…que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros…” (Ro.6:19). Aquí se refiere a esa aplicación cotidiana de la provisión en el Espíritu, ejercida por la fe, y la responsabilidad del hombre en la fe, esforzándose en la gracia. La gracia escrita en nosotros, y el esforzarse de nosotros en Cristo, son los dos aspectos complementarios, los dos remos de una barca. La provisión es lo que el Señor hizo por nosotros, o sea, Cristo en nosotros; ese es un remo. Y a veces hay que remar con un remo. Pero si sólo reman con ese remo, vamos a dar vueltas y vueltas, y no va a avanzar porque está siendo pasivo e irresponsable. No podemos dejar de contar con la provisión y la obra consumada de Cristo, creída por fe, que es la provisión, mas también siendo responsables en disfrutar lo que hemos conseguido por gracia. Quien tomó la decisión de presentarse a la iniquidad fue el alma, y el alma es la que así también debe tomar la decisión de presentarse en Cristo y tomar por la fe activa lo que Cristo ha provisto. “…que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia…” (Dt.30:19). Cristo es nuestra santificación, pero aquí nos está hablando de la santificación no sólo provista, sino de la santificación adquirida. Ya nacimos en el nuevo hombre, y así también ya se nació en la justicia y santidad de la verdad; pero debemos ejercitarlas en la vida diaria por la fe activa, para que esa santificación provista se exprese en nuestra vida. “…sino presentaos vosotros mismos a Dios (…) y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Ro.6:13). Cuando habla de “santificación y para servir a la justicia” está pasando de la sola fe, a lo que Pedro dice: “…añadid a vuestra fe virtud…” (2P.1:5). Es decir, al ejercicio de la provisión por medio de la fe, considerarse muertos al pecado, y también vivos para Dios, en Cristo; muertos para el pecado en Cristo por la fe, porque él nos crucificó y nos liberó en Él, y eso está en el Espíritu, y al Espíritu lo recibimos por gracia, y no por las obras de la ley. Así que, permaneciendo en Él y Él en nosotros, avanzará la barca, y llevaremos frutos de justicia para la gloria del Padre. “Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios…” (Ro.6:20,22). Ese “ahora” de que habla Pablo, es el ahora de la Iglesia. La Iglesia no solo ha sido perdonada porque es de Él, sino que ha sido también liberada y constituida nueva creación, hijos e hijas de Dios en la gracia asumida con responsabilidad y fe. Ahora pasamos de lo jurídico a lo orgánico; pasamos de la provisión al disfrute; pasamos a tener la tierra dada por Dios delante de nosotros, a poner el pie en la tierra para que efectivamente el regalo sea demostrado como cumplido. Veremos otra expresión que aparece en 2ª de Tesalonicenses, dejando un momento Romanos, pero lo retomaremos nuevamente: “… Cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros). Por lo cual, asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder…” (1Ts.1:10-11). Recordemos la colaboración del casamiento entre el Dios que provee y el hombre que recibe, que corresponde sustentado por la gracia, y ahora ejercita la liberación, que es la libertad que la gracia dio, porque Dios no obliga a nadie. La gracia capacita a ser libre al que escoge libremente, esforzándose en la gracia. Luego, ¿qué debe cumplir Dios? “Todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder”, nos dice la Palabra. Aquí está la sinergia, aquí están los dos remos: Dios en nosotros, y que cumpla con su pueblo, y nosotros en Dios-Cristo. Pablo dice: “Me propuse en espíritu”. Es decir, él ejercitó su voluntad, y esto nos sirve a nosotros, porque algunos quieren que el Señor nos hale del oído, y haga todas las cosas solo; pero el Señor dice: “Yo quise, mas vosotros no quisisteis”. El Señor es soberano y todopoderoso, pero él no ejercita de forma violenta, ni de manera arbitraria, su soberanía. Dios quiere un ser humano responsable. Claro que la caída afectó nuestra capacidad, pero la responsabilidad sigue porque fue dada al hombre, y ahora el hombre en la gracia tiene la capacidad de cumplir su responsabilidad. Pero, ¿qué hace la gracia? La gracia recapacita para la responsabilidad, pero no la sustituye. El que quiera ser nacido de nuevo, tome esa provisión: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc.9:23). Esto es una provisión de Dios que viene a ser adquirida por la fe, y con una elección responsable, sustentada en la gracia. La Escritura dice: “…Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo…” (Hch.7:51). El Espíritu Santo sí es resistible. Dios, que es soberano y todopoderoso, podría obligarnos, pero dejaríamos de ser hombres y pasaríamos a ser muñecos, y esa clase de gloria no es gloria para Dios. Él hace a sus criaturas responsables y libres. Algunos piensan que la gloria de Dios consiste en una sola realidad arbitraria, y no es así, porque la gloria de Dios consiste en ser adorado en espíritu y en verdad, y eso es lo que el Padre busca. Dios quiere que nosotros queramos: “Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap.22:17). “Si alguno quiere venir en pos de mí…” (Lc.9:23). “…el cual quiere que todos los hombres sean salvos…” (1Ti.2:4). Dice Pablo a Tito que: “…la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres…” (Tit.2:11). El hombre no le ha querido recibir, porque la manera como Dios da la fe es haciendo oír el evangelio; y además la Palabra nos dice que: “…la fe es por el oír…” (Ro.10:17). Entonces, hay una responsabilidad en el hombre. La gracia no anula la responsabilidad del hombre, sino que capacita al hombre para que se esfuerce en la gracia y tome una decisión en la gracia. Entonces, no es que sea sólo Dios produciendo el querer y el hacer sin nosotros, sino que Él produce el querer y el hacer, pero en nosotros; o sea, pasando a través de todo nuestro ser en pleno ejercicio, conteniéndonos en sus obras. “Mas a todos los que le recibieron (…) les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…” (Jn.1:12). Pero tienen que recibirle para ser hijos de Dios. En Tesalonicenses, Pablo usa estas expresiones: “propósito de bondad”, y “obra de fe”, que es el proponerse, y es la responsabilidad del hombre. Ahora regresemos nuevamente a Romanos, que nos dice: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado…” (Ro.6:22). Este “ahora” es de la regeneración, de la nueva creación en Cristo, es el ahora del suministro del Espíritu de Dios como un don, y es el ahora nuestro. Y también vuelve a usar la palabra libertados, y ya no el perdonados de los pecados, sino libertados del pecado, en singular. Es algo más profundo, es otro aspecto de la muerte de Cristo. “…y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación…” (Ro.6:22). Pero esta santificación es provista, y es Cristo en nosotros; es la que produce el fruto, y debe ser apropiada por la fe, y ejercida en fe, por responsabilidad del hombre, para que esta santificación ya no sea sólo provisión. “…y como fin, la vida eterna” (Ro.6:22). Esto pareciera ser una paradoja, que aquella vida eterna aparece como fin. En algunos lugares, aparece como futuro, y en otros aparece como presente, pero todo esto no es una contradicción. Dice Juan: “…os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” (1Jn.5:13). Es decir, que ya la tenemos. Y Pablo también ha dicho que: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; (…) pues es don de Dios…” (Ef.2:8). También se nos muestra como un hecho. Pero el Señor Jesús dice: “Mas si quieres entrar en la vida…” (Mt.19:17). Hay que poner atención a esta frase, pues una cosa es que la vida entre en nosotros, y otra cosa es que nosotros entremos en la vida. La vida entra en nosotros cuando creemos, y pasamos de muerte a vida. El que vea al Hijo y crea en él, no perecerá jamás; el que recibe al Hijo tiene la vida. Este es el testimonio de Dios, que nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. Cada uno tiene la vida, y esa vida tiene una tremenda capacidad. Pero llega la hora del tribunal de Cristo, y viene la pregunta: ¿Qué hiciste con tu mina? Y uno dirá: “Señor, tu mina produjo diez minas”; entonces se le dirá: “Sé sobre diez ciudades”; otro dirá: “Produjo cinco minas”; por lo que también: “Sé sobre cinco ciudades”. Entonces, una cosa es la vida que entra en nosotros, lo cual equivale a recibir la mina; y otra cosa es nosotros entrar en la vida. La vida como un don, y la vida como un vivir, porque hay Cristo como vida y Cristo como vivir. Cristo como vivir es la aplicación del don de la vida a la cotidianeidad, es el poner el pie en la tierra. Eso es lo que dice aquí Pablo “como fin la vida eterna”. Si estuviera hablando de la provisión, tendría que decir “como principio la vida eterna”; pero como ahora se trata del aprovechamiento responsable de la gracia, ahora tiene como fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Por eso, Pablo le dice a Timoteo: “…echen mano de la vida eterna” (1Ti.6:19). Pero acaso, ¿no la tiene ya? Claro que la tiene. Jurídicamente ya está salvo y ha nacido de nuevo, y en esa nueva criatura está el reproducir a Cristo en la vida de las personas, formar a Cristo hasta configurarlo a su imagen. Para que él se configure en nosotros, y nosotros seamos configurados para él, se requiere de nuestra colaboración, de nuestra responsabilidad, de nuestro esfuerzo en la gracia. No estamos hablando de que nosotros podemos hacer algo sin la gracia, sino que estamos hablando que la gracia quiere que seamos responsables. El Señor quiere colocarnos en una posición cerca de él en su reino, y todos los que estén en el reino van a estar salvos, pero una cosa es ser ciudadanos de una ciudad y otra cosa es ser alcalde de una ciudad, y otra mayor es ser coordinador de la nación o presidente de la nación. El Señor va a necesitar muchos presidentes, reyes, gobernadores, y alcaldes, y no sólo ciudadanos. Ser ciudadanos es por haber nacido de nuevo, pero ser alcalde, ser el gobernador, ser el ministro de hacienda, es haber trabajado con el presidente cuando él era candidato, es haber sido su amigo, colaborador con él, y haberle servido, para que entonces, cuando él ya esté gobernando, sepa cuáles son sus amigos que lucharon con él, y darles algún puesto en la presidencia con el rey. La salvación es una cosa y el reino otra; la provisión es una cosa y el aprovechamiento de ella es otra; la gracia es una cosa y la responsabilidad es otra. Dios nunca nos da su gracia para hacernos irresponsables, sino para que seamos cada vez más responsables en aprovecharla. Por eso dice: “¿Perseveraremos en el pecado para que la Gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos en él? (Ro.6:1-2). El que hayamos muerto significa que estamos crucificados, pero también resucitados, y que nos tenemos que considerar muertos y a la vez vivos, y como vivos, presentarnos como instrumentos de justicia. Ahí no hay ninguna pasividad, sino que hay propósito de bondad y obra de fe, pero cumplidos por Dios con su poder, por dos remos, para avanzar por el sepulcro, y hacia la vida eterna, y a santificación desde la santificación, y desde la vida eterna. Desde la vida eterna, hacia la vida eterna; desde la santificación provista, a la santificación aprovechada. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ro.6:23). La dádiva nos dice que es en Cristo Jesús nuestro Señor; y ahí entonces ya llegamos al capítulo 7, que a modo de resumen valdrá la pena mantener. Y aparecen varias cosas desde el verso 7. La ley del pecado en la carne es tan fuerte que el poder del pecado no es vencido por la sola alma, ni por la sola fuerza de la mente, o por la sola fuerza del hombre. Tiene que haber una cuarta ley: la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, que es la ley que tiene el Espíritu dentro de Él. Así como cada criatura tiene una programación interior, donde cada ser vivo se comporta como lo que es. Es decir, digamos que en el ADN están programadas todas sus funciones, y así como los animales tienen su naturaleza, así los seres humanos caídos están programados para pecar. Pero el Espíritu Santo, que no es criatura, pero proviene del Padre y el Hijo, Él también tiene una ley dentro de sí, que se llama la ley del Espíritu de vida en Cristo, y esa es la que nos libra de la ley de pecado en la carne. La ley de la mente no es suficiente para vencer la ley del pecado y de la muerte en la carne, sino que se necesita la ley del Espíritu. Por eso Dios no nos colocó ahora bajo la ley externa, la ley de los mandamientos, pues hemos muerto con Cristo, y por la muerte hemos sido crucificados con él, y sepultados con él. La ley externa nos condenaba a muerte y esa condenación la recibió Cristo por nosotros, y Cristo nos incluyó en su muerte. Él resucitó como Segundo Hombre, y nos resucitó para casarnos con otro; se muere el marido, como decía al inicio del capítulo siete, entonces esa mujer está libre de casarse con otro. Mientras el marido vive, no puede casarse con otro, pero cuando su marido muere, sí puede hacerlo. Así nosotros hemos muerto. La ley no tiene por qué morir, pero nosotros sí morimos. Nosotros no pudimos obedecer la ley, y ésta nos condenó. Pero Cristo nos salvó en su muerte, nos sepultó con él, nos resucitó, nos dio el Espíritu y ahora nacimos de nuevo, pero para ser de otro, y estamos en otro reino. Fuimos trasladados de la carne, del mundo, de las potestades de las tinieblas, del reino de la letra, al reino de Dios, al reino del Espíritu, que es en Cristo Jesús. Ahora estamos casados con otro. Ya no con el reino de la ley, sino bajo la gracia, y esa gracia no es solo para perdonarnos, sino también para regenerarnos, para transformarnos a la imagen de Cristo, y revelarnos el misterio, vivificarnos como un solo cuerpo. Pero requiere de nuestra colaboración con la gracia. ¿Queremos? Pues, entonces, el que quiera, venga y beba gratuitamente, dice el Señor.

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