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LO INDISPENSABLE DE LA REALIDAD DE CRISTO EN NOSOTROS

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:06, Categoría: General

Lo indispensable de la realidad de Cristo en nosotros Veremos algunos versos en San Juan que nos servirán de primera cita inicial para introducirnos en el tema: “Escudriñáis las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn.5:39-40). “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn.7:37-38). Palabras tremendas y preciosas del Señor Jesús, y ciertamente palabras de amor, palabras de ayuda. A veces pareciera que las palabras del Señor, en ciertas ocasiones fueran duras, y que hacen vibrar nuestros oídos. Los mismos apóstoles a veces decían: “…Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Jn.6:60). Cuando el Señor usa palabras duras, es porque nosotros somos aún más duros. Él no quiere ser duro, mas siempre habla conforme al Padre, y el Padre mora en Jesús. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo, porque él no vino a condenarlo, sino a salvarlo. En el corazón del Señor no hay dureza para con el mundo, sino que hay amor. El Señor ama a todas las personas, y como dice la Escritura, “… el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1ª Ti.2:4). El Señor es bueno, es fiel, sólo que sabe cómo tratar con nosotros. Él muchas veces viene como el Cordero, y a veces viene como el León; él es el león-cordero. Todo lo que el Señor hace, lo hace por amor a nosotros, y no debemos escandalizarnos del Señor. Alguna vez, incluso Juan el Bautista no entendía bien al Señor, y tuvo algunas preguntas, como cualquier ser humano puede tenerlas, y mandó a preguntarle al Señor: “… ¿Eres tu aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mt.11:3). Muchas veces tenemos nuestras expectativas humanas, y cuando viene el Señor, podemos decir que no cumple nuestras expectativas. Pero Jesucristo viene a salvarnos, y a representar fielmente a su Padre. Entonces, el Señor hizo lo que tenía que hacer, lo que estaba profetizado ya en Isaías: “…los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán” (Is.35:5). Jesús hizo las cosas que haría el que tenía que venir. Así también Jesús le responde a Juan el Bautista: “…Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis” (Mt.11:4). Pero añadió una palabra: “…bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mt.116). Parece que a veces podemos tropezarnos en el Señor, a veces no lo entendemos, y en muchas otras le echamos la culpa sobre los problemas que nos pasan, porque no vemos que el Señor hace las cosas con bondad, con sinceridad, con fidelidad, y siempre hace las cosas conforme a su naturaleza perfecta. Esto no lo entendemos, porque estamos en una condición humana caída, pero él sí nos puede entender a nosotros, pues él es Dios y hombre. Nadie tiene que contarle lo que hay en el hombre, pues él lo sabe. Por lo tanto, Jesús sabe que tiene que venir a nosotros como un cordero, y también según la situación, viene como un león. La mayoría de las veces usamos la Palabra para los pecadores, por ejemplo, aquella que dice: “…estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo” (Ap.3:20). Es válido que se lo mostremos a los pecadores, pero en la Biblia, el Señor se lo dice a su propia y amada Iglesia, que también lo ama. Lo que pasa es que el amor de él para con nosotros es perfecto, pero el amor nuestro está siendo perfeccionado todavía. Él nos ama, y tiene que decirnos cosas que no le entendemos, pero si no las dijera, y a veces de forma dura, a causa de nuestra dureza, entonces no las aprovecharíamos. El Señor, porque es bueno, nos aparta de nuestros propios autoengaños para trasladarnos de nosotros mismos y de lo meramente nuestro, a lo suyo; y esas frases que comenzamos a leer a manera de epígrafe, de iniciación, tienen ese propósito, pues todas ellas mencionan al Señor y al Espíritu, en el contexto de su propio pueblo, que de la mejor manera posible le ha estado siguiendo. El Señor hace perfecto a su amado pueblo, que es imperfecto en sí mismo. Él está pasándonos su perfección, porque ya nos la dio en Cristo, y ahora el Espíritu la está aplicando. Entonces, miremos ese primer verso introductorio, que nos dice que escudriñamos las Escrituras. El Señor veía algo que sucedía en su amado pueblo, y es que ellos separaban su estudio, separaban su actividad religiosa, bien intencionada, por lo demás, fuera del Señor. No dependían de él para leer, para escudriñar; hay una gran diferencia entre estudiar por nosotros mismos las Escrituras, y estudiarlas conversando con el Señor, charlando con él y preguntándoselo todo a él, y pidiendo que nos enseñe e ilumine. Podemos ver en este verso la denuncia del Señor. Ese problema del pueblo era un peligro, pero el Señor no quiere menospreciar a su pueblo y humillarlo, porque él no vino a condenarnos. El ministerio de condenación es el de la sinagoga, pero el ministerio de la Iglesia es de reconciliación, no de condenación. El Señor no vino a condenar al mundo, menos a su pueblo; más bien quiere salvarlo; él es nuestra ayuda y es la única esperanza que tenemos. Sólo nuestro Señor tiene palabras de vida eterna. Entonces, él dijo: “Escudriñáis las Escrituras, pensando tener en ellas la vida eterna”, pero aquí empieza el Señor a decir cuál es el trabajo de las Escrituras, cuál es el trabajo de escudriñar su Palabra, y cuál es el objetivo. Jesús nos dice que ellas dan testimonio de él, pero ellos estudiaban, como quien dice, con la mejor intención, pero no lo veían a él, no lo tocaban. A pesar de todo, el Señor no los estaba condenando, ni acusándolos, sino está ayudándolos. Continúa diciéndoles: “A vosotros os parece que en ellas…”, y con esto no está diciendo que las Escrituras no digan la verdad, pero si se separan de él, si se hace una distancia entre los asuntos religiosos y la persona del Señor Jesús, no se está cumpliendo el objetivo de la Palabra. El objetivo de las Escrituras es llevarnos al Señor Jesús, así como también es el objetivo de la ley. La ley era de parte de Dios, y es santa, justa, buena, y Dios se la dio a los hombres, aunque los hombres somos malos, carnales, e inútiles, pero como nos creemos buenos, creemos que podemos hacer algo bueno también. Entonces, Dios no quería que confiáramos en nosotros mismos, porque resulta que ese árbol que mata, el de la ciencia del bien y del mal, tiene algo de bien, pero mezclado con el mal. A veces nosotros decimos que en el jardín había dos árboles, el del bien y el del mal, poniendo el bien a un lado, y el mal al otro lado, y nos olvidamos de la vida, pero esto no es así. Si leemos con cuidado, es el árbol de la vida y el otro, el que mata, el del bien y del mal; es decir, el árbol que mata, por el que morimos, tiene algo de bueno, ¿qué nos parece? Hay cierto bien en él, pero que está mezclado con el mal, y por eso mata. Dios le dijo al hombre: “…mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás” (Gn.2:17). Dios quería que comiéramos del árbol de la vida, por eso lo puso en el medio del huerto. Entonces, ¿cuál será el árbol que Dios quería que comiésemos? El de la vida, porque los otros árboles eran para alimentar nuestro cuerpo, pero nosotros también tenemos alma y espíritu, y de ese árbol de la vida necesitábamos el alimento. Dios mismo quiere con su propia vida alimentar nuestro espíritu, para luego alimentar nuestra alma y nuestro cuerpo con vida eterna, para que seamos inmortales y gloriosos. Pero ¿qué le pasó al hombre? Le entró la curiosidad por lo prohibido. Eso es muy interesante comprender, porque mientras más se le dice al hombre que no mire, que no vaya, o cualquier otra orden, o prohibición, él hará totalmente lo contario. El árbol que estaba en el centro del jardín era el de la vida, y si vamos al Apocalipsis, donde dice que: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida…” (Ap.2:7), en este verso, la vida es la palabra ZOE, que en griego quiere decir la propia vida divina. Nosotros en español tenemos sólo una palabra para vida, pero también en el griego vida es “psique”. Y psique es de donde viene la palabra psicología que se refiere a nuestra alma, a la sede de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y emociones, de nuestra voluntad, a nuestro propio yo, que es el alma y es la vida del alma. Hay un versículo que dice: “…y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mr.8:35). Esto habla de perder nuestra alma “psique”; es decir, negarnos a nosotros mismos, someter la independencia de nuestros pensamientos, sentimientos y voluntad, para aliarla con el Espíritu de Dios, y así perder nuestra vida, la vida de nuestra alma, para ganar la vida eterna. Dios quiere que la vida eterna de Él sea la que permea nuestra alma, pues ella no fue creada para estar desconectada de la vida divina. Cuando el hombre decidió independizarse de Dios, y andar por su propio camino, que le parecía bueno, esto está representado en el árbol de la ciencia del bien y del mal. Este árbol no solamente tiene mal, sino también tiene algo de bien. Por eso el apóstol Pablo hacía una clara diferencia entre la justicia propia, que es la parte buena del árbol, y todo lo que esté sobre esta base está en terreno equivocado. Con respecto a escudriñar las Escrituras, y hacerlo sin el Espíritu Santo, es decir, leer sólo con nuestra propia mente, confiando en nuestra prudencia, es querer andar en nuestros caminos, y no hay vida en esto. La Biblia hay que leerla en comunión con Dios, invocando su nombre, y él nos enseñará. Anteriormente, hablábamos de la conexión con el Señor, y en este caso sucede lo mismo. El Señor nos dice que sus Palabras son Espíritu y vida, y por lo tanto, el Espíritu y la vida del Señor están en su Palabra. Recurramos al Espíritu Santo, porque hay una distancia enorme entre nuestra actividad buena, bien intencionada y religiosa, con lo que el Señor quiere. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.6:63). Es el contacto con el Señor lo que hace la diferencia. El toque es la circulación del Espíritu y de la vida del Señor que viene a darle vida a nuestro espíritu, y a cumplir su promesa de vivificarnos, de fortalecernos. La Palabra de Dios nos nutre, y para eso debemos comerla, y beberla. La Palabra da testimonio de nuestro Señor, y nos hace encontrarnos con él. No cumplamos meramente deberes con ella, ni la leamos meramente por compromiso, ni tratemos de leerla meramente lo más rápido posible con el solo fin de poder leerla completa. Hay un gran contraste entre lo que nos da la carne, es decir, sus obras, y el fruto que da el Espíritu. Y veremos esto apoyándonos en la Palabra. Todo lo que nace de la carne es carne, no tiene provecho y sus obras son: “…adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías…” (Gá.5:19-21). Esto es algo que podríamos llamar la lista negra de la carne; pero lo que nace de Espíritu es totalmente diferente: “es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” (Gá.5:22-23). Como hemos visto, la Biblia también tiene una lista blanca de las obras de la carne, pues no son sólo asesinatos y esas cosas, sino también son nuestras justicias propias. Muchos pensamos que el bien se encuentra en un lado y por el otro está el mal, pero no es así, porque el bien y el mal están en el mismo árbol que mata. Pablo en Filipenses nos muestra que la carne tiene cosas loables, y de que confiar, ejemplificándolas en él mismo: “…circuncidado al octavo día...”. Él era circuncidado del linaje de Israel, el único pueblo de Dios, “…del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos…” (Fil.3:4). Note que Pablo empieza a mostrar el lado bueno de la carne, lo que sólo brota de nuestra propia naturalidad; y así sea justicia propia, no puede heredar el reino de Dios, sino sólo puede hacerlo lo que el Espíritu produce. Pero luego continúa diciendo: “…cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como perdida por amor de Cristo” (Fil.3:7). Toda esa lista de títulos y diplomas, si amo a Cristo, es una pérdida. Pablo no está haciendo un contraste entre el bien y el mal, sino entre la justicia de Dios que es por la fe, en el Espíritu, y la justicia propia. Preocupémonos de que el Señor de verdad reine. Si estamos en el Espíritu él reinará. “…no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo” (Fil.3:9). Debemos soltar todo lo nuestro y aferrarnos a la fuerza del Espíritu. ¿Acaso creemos que las intenciones de David eran malas cuando intentó traer el Arca del Señor a Jerusalén? No eran malas intenciones, pero al querer trasladarla, la pusieron en un carro nuevo guiado por Uza y Ahío. Este fue un gran error, porque Dios no escogió un carro para trasladar el Arca, porque la gloria de Dios tiene que pesar en el corazón de las personas que él escogió. Los Levitas eran los que tenían que llevar la carga. El peso de la Palabra de Dios tiene que venir de ese peso de la gloria. La gloria de Dios tiene que cargar nuestros corazones. David no se había dado cuenta de su acto. Toda la casa de Israel danzaba delante de Jehová, pero los bueyes que llevaban el carro tropezaron, y Uza extiende su mano para sostener el Arca, enfureciendo a Jehová, quien lo hiere por aquella temeridad, y cae muerto. (Paráfrasis de 2 S: 6:1-11). El Señor ya había aguantado bastante cuando pusieron el Arca en el carro. Y así también es con nosotros, pues aguante y aguante, y no nos damos cuenta. Si hay alguien que tiene paciencia con nosotros es el Señor. En este capítulo de Samuel, sucede esto porque no actuaron conforme a la Palabra de Dios, y no podemos olvidar además que lo único por lo cual nosotros estamos en la presencia de Dios, es por la Sangre de Cristo. Filipenses 3 nos dice algo muy interesante: “Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo” (Fil.3:2). Pablo nos dice que los que quieren gloriarse según la carne, obligan a circuncidarse; o sea, obligaban a los santos para circuncidarse para decir que esos ahora sí son santos por haberse circuncidado. Ellos hablaban de la circuncisión hecha con la mano en la carne, pero la verdadera circuncisión no la inventó Pablo, ya que el mismo Señor, incluso ya en el Antiguo Testamento, venía introduciendo el concepto espiritual de la verdadera circuncisión, de la que habla Dios por medio de Isaías, cuando dijo: “Circuncidad vuestros corazones”. Dios quería una circuncisión verdadera, y esa es de la que habla Pablo aquí, y en Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo…” (Col.2:11). Ahora Pablo, volviendo a Filipenses, continúa diciéndonos: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil3:3). ¿Quiénes son la circuncisión? Los que servimos a Dios, pero enseguida dice algo fundamental, “los que lo hacen en Espíritu”. En Romanos 1 verso 9, sólo para complementar, dice: “Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo…” (Ro.1:9). Pablo dice esto, porque el que conoce lo íntimo es Dios; a veces de afuera la gente no se da cuenta, pero Dios sí lo hace. El hombre natural, el psíquico, y el meramente almático, en su naturalidad de vida no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, y no las puede entender. Se necesita discernir espiritualmente lo que es espiritual, o sea, usando su Espíritu. Queríamos subrayar la expresión “a quien sirvo en mi espíritu”, ya que a veces es posible querer servir a Dios con buena intención, pero no lo hacemos en espíritu. Pablo vivió un buen tiempo en este mundo, y lo hizo a los pies de Gamaliel, que era el mejor legalista que había en su tiempo, y el más entrenado. ¿Y para qué le sirvió todo su seminario? Para oponerse al Señor, quien lo tuvo que derribar al piso. El Señor lo derribó por amor, porque le quería dar cosas mejores, porque el viejo pacto no es tan bueno como el nuevo; el ministerio y el régimen del Espíritu es mejor que la justicia propia. Dios busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad. Pablo servía a Dios en espíritu, y ponía atención al mover de Dios. El Espíritu del Señor es como un semáforo en nuestro interior; a veces es luz verde de vida y paz, donde está la puerta abierta a la paz y la alegría, pero a veces empezamos a perder esa paz en el espíritu y empieza la luz amarilla, que es para andar con cuidado de no estrellarnos; y está la luz roja que nos pide frenar. Sigamos al Señor y adorémosle en el espíritu. Para esto necesitamos decirle que nos ayude, que nos enseñe y nos vuelva desde donde sea que estemos. La Palabra nos dice: “…el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1ª Co.6:17). El Espíritu de Dios viene a unirse a nuestro espíritu humano, y nos da un espíritu nuevo. Ahora estamos en lo nuevo, en novedad de vida, en la nueva creación. Ahí es donde tenemos que estar y servir a Dios; ahí en espíritu adorar a Dios, en espíritu cantar, en el espíritu orar. Preocupémonos de que el Señor de verdad reine, y si estamos en espíritu lo hará, no teniendo nosotros nuestras propias justicias.

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