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PREDICAMOS A JESUCRISTO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:17, Categoría: General

Predicamos a Jesucristo. En la Segunda Epístola a los Corintios, capítulo 4, verso 5, dice algo precioso: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Ahora vamos al libro de los Hechos de los Apóstoles, que dice: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch.4:32). “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch.2:42). Menciona aquí, en primer lugar, la doctrina de los apóstoles, y por eso leímos primero en 2ª de Corintios que los apóstoles no se predicaban a sí mismos, sino que predicaban a Jesucristo como el Señor, y también que su muerte fue una muerte expiatoria. El Señor Jesucristo había dicho que: “El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envío, este es verdadero…” (Jn.7:18). Jesucristo no buscaba su propia gloria, pues él dijo: “…yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga” (Jn.8:50). Dios el Padre busca la gloria de su Hijo, y también busca llevar muchos hijos e hijas a la gloria, y para eso envió a Jesús. Entonces, también en Hechos de los Apóstoles dice que: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hch.5:42). Todos esos versos que hemos leído nos muestran el tema central de los enviados del Señor, que eran los apóstoles (eso es lo que quiere decir apóstoles, los que envía el mismo Señor). Su tema central no era ellos mismos, no era cosas de ellos, o acerca de ellos, sino que predicaban al Señor Jesucristo. El Evangelio de Dios tiene como tema central al mismo Señor, y podemos verlo de esta manera en la Palabra. Leámoslo en la epístola a los Romanos, desde el capítulo 1 verso 1. “Pablo, siervo de Jesucristo…”. Notemos que él hubiera podido decir “presidente de la iglesia anglicana”, o “secretario de la confederación evangélica de Chile”, o hubiera podido decir “vocal de la junta directiva regional”, ¿verdad? Tantas cosas que a los hombres nos gusta adjudicarnos, como títulos y cosas así. Pero no representaba organización humana, sino que representaba al gran Señor. Continúa diciendo: “…llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Rom.1:1). Pablo no miente, y notemos esta palabra “apartado para el evangelio de Dios”. Recordemos lo que dijo el Espíritu Santo también en Hechos, cuando dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch.13:2). “Apartadme”; él fue apartado, fue separado para ocuparse de esto tan importante a los ojos de Dios. Puede ser que los seres humanos no lo entiendan en consistencia, pero después lo entenderán. Lo importante es que Dios y los suyos lo entienden. Y ¿para qué fue apartado Pablo? “…para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras” (Rom.1:1). Aunque Dios mandó la ley por Moisés, en la misma ley Dios dice que enviaría otro, y que debían oírle, porque recordemos que el Señor Jesús es profeta, aunque es mucho más que un profeta, porque él es Hijo de Dios, es el Verbo, Dios hecho hombre, pero como hombre tomó varias oficios: es profeta, es sacerdote según el orden de Melquisedec, y él es el Rey de reyes y Señor de señores. Entonces, ya estaba prometido que había que oír lo que dijera el Mesías cuando viniera; por eso la mujer samaritana estaba esperando que llegara el Mesías. Sabemos que Jesús entabló una conversación con ella, y ella le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn.4:9). Entonces el Señor le dice: “Si conociera el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Jn.4:10). Así el Señor le promete que le daría un agua con la que no tendría más sed, y ella responde: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” (Jn.4:25). Ella sabía que tenía que venir el Mesías; no sólo los judíos de Judea, sino incluso los samaritanos, que eran de las diez tribus de Israel (de las otras diez tribus que se habían mezclado con otros pueblos), pero ellos ya sabían que venía el Mesías. O sea, Dios había prometido el evangelio por los profetas en las Santas Escrituras. Por lo tanto, ¿cuál es el tema central del evangelio, de las buenas nuevas que nos da Dios? Las buenas nuevas que nos da Dios son su Hijo. Dios envió a su Hijo, y la Palabra nos dice aun más: “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). Por eso, Jesús fue mostrado por Dios en público, después de su vida privada, antes de su vida pública, cuando llegó a bautizarse. Dios dio testimonio diciendo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”(Jn.17:5). Eso no lo ha dicho Dios de ningún otro ser humano, sino sólo del Señor Jesús. Esto ocurrió cuando apenas iba a comenzar su ministerio público; o sea, el Padre honró la vida privada, la vida secreta de Jesús, aunque no fue secreta para su familia. En Nazaret decían: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?” (Mt.13:55). Los hombres se preguntaban de dónde habrá salido él con estas cosas, de dónde vienen esos milagros, y esa sabiduría que Dios le ha dado, y se maravillaban de él. En la vida secreta de Jesucristo, aunque mejor le llamaremos la vida privada, que es mejor que secreta, Dios lo honró. En la Biblia, en el Nuevo Testamento, tenemos dos cartas escritas por dos de los hermanos del Señor Jesús; porque de ella, por ejemplo, en el evangelio de San Mateo, y en el evangelio de Marcos, nos dan los nombres de sus cuatro hermanos. Uno era Jacobo Santiago, el otro era Judas Tadeo, otro era José, así como el papá putativo de Jesús, que no es su padre, porque Jesús nació por el Espíritu Santo. Mientras uno de sus hermanos se llamaba José, el otro se llamaba Simeón. Entonces, dos de esos hermanos, Jacobo que se llama también Santiago, y Judas Tadeo, San Judas Tadeo, eran hermanos de Jesús, y, sin embargo, escriben dos cartas que hablan del Señor. San Judas Tadeo, que era uno de los hermanos menores, dice en su carta: “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo…” (Jud.1). Llama a Jesucristo como su Señor, y dícese siervo de su hermano, con el que ha crecido y vivido su vida privada, de niño, en la carpintería con José. El Señor Jesús era un hombre verdadero que trabajó como lo hacían en el campo, en un pueblo pequeño. Él trabajó en la carpintería trabajos duros; y sus hermanos, que son los que conocen la vida privada de sus otros hermanos, ni siquiera se atrevieron a llamarle “hermano”, sino “Señor”. Ellos mismos no podían creer esto tan grande, pero luego se les apareció resucitado, como lo dice en Primera a los Corintios, que se le apareció a Jacobo, el hermano del Señor Jesús (1Co.15:7). Y cuenta la historia primitiva, que cuando Jacobo escuchó que Jesús había resucitado, dijo: “No comeré pan, ni beberé agua hasta que yo no le vea resucitado”. San Pablo simplemente la menciona, pero en la historia de la Iglesia primitiva, se cuenta cómo fue. Dice que el Señor Jesús se le apareció a Jacobo y le dijo: “Come tu pan y bebe tu agua Jacobo; porque el Hijo del Hombre ha resucitado de los muertos”. ¡Qué maravilla!, ¿verdad? Entonces, el evangelio es acerca del Hijo de Dios, que nos muestra que él no había cometido ningún pecado; inclusive una vez dijo: “¿Quien de vosotros me redarguye de pecado?...” (Jn.8:46). Y claramente, nadie podía reargüirlo de pecado, y cuando quisieron acusarlo para matarlo, se contradecían entre los testigos, porque no encontraban culpa en él. Pero aun así lo crucificaron, por decir quién era él realmente. Lo crucificaron por ser lo que era, y no porque haya pecado, simplemente porque él era el Cristo. Él fue como aquel cordero que fue examinado y no hallaron ningún defecto. Y con este ejemplo, Dios estaba preparando nuestro reconocimiento del Señor Jesús como el varón perfecto. Jesús, después de su vida pública, en la que vivió como hombre y también hizo milagros, cuando iba a ir a Jerusalén ya para morir, fue transfigurado en gloria, delante de tres testigos en el monte Tabor, cerca de Nazaret, cerca del valle Meguido, al norte de Israel. En la transfiguración, estos tres testigos fueron Jacobo, Juan y Pedro. Delante de ellos, se transfiguró, y aparecieron Moisés y Elías y hablaban con él. En ese momento, cuando ya había pasado su ministerio público, por segunda vez, Dios mismo, Dios el Padre, dio testimonio de él, y San Pedro dice: “…nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo” (2Pe.1:18). Ellos oyeron esa voz de Dios desde la magnífica gloria. Podemos apreciar que el tema del Padre, y todas las cosas que el Padre hizo, han sido por el Hijo. El Padre ama al Hijo, y todo lo que hace y lo que hizo, es para el Hijo. Como hemos visto, el evangelio de Dios es acerca de su Hijo Jesucristo. Hay muchas cosas en la Palabra de Dios, pero si se le separa del tema central, perdemos el equilibrio; todas las cosas tienen que ver con Cristo, porque todo fue hecho para él, y en él está la base de todo. Él es la última palabra de Dios y que todas las cosas al final son para él, y para su gloria. Por esta razón, hemos visto que los siervos de Dios no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo, y que el evangelio de Dios es acerca de nuestro Señor. Luego dice que los apóstoles todos los días, en el templo y por las casas – porque ellos también se reunían por las casas como nosotros, porque lo aprendimos de la Biblia –, dice que no cesaban de predicar y de enseñar de Jesucristo. Esa era la doctrina de los apóstoles, el evangelio de Dios acerca de su Hijo. Entonces, no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo, y también enseñamos sobre él. Ahí hay dos palabras que se traducen así: predicar y enseñar. Muchas veces nosotros pensamos que es la misma cosa, pero no lo es; una palabra es kerigma - predicaciones. Kerigma es la proclamación profética en el Espíritu, según la coyuntura de la necesidad que haya. Siempre Dios proclama lo que Jesucristo es y la obra de Jesucristo para enfrentar cualquiera sea la situación. Por otra parte, está la Didaché - enseñar. La enseñanza es la didaché y la predicación es el kerigma. Kerigma y Didaché. Los apóstoles no cesaban de predicar (kerigma) y enseñar (didaché) a Jesucristo. De la palabra didaché viene didáctica; es decir, era una enseñanza didáctica, ordenada, acerca del Señor Jesús; y también la palabra kerigma, una proclamación profética acerca de Jesucristo que todos los días hace el Espíritu Santo, porque Él vino para que Jesucristo sea glorificado, para que Jesucristo sea predicado y enseñado todos los días en el templo y por las casas. Por lo tanto, para que la gente sea evangelizada era necesario predicar y proclamar, pero luego había que enseñar, y enseñar didácticamente acerca del Señor Jesucristo. Por esto, Dios ponía a los profetas junto con los maestros, para que se acompañen y complementen, produciendo los dos aspectos, que son el kerigma de la predicación profética, y el aspecto didaché de la didáctica de la enseñanza. Sigamos con Romanos 1, que nos dice: “…acerca de su Hijo…” (Ro.1:3). Y a continuación, Pablo nos muestra quién es el Hijo. “…nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne…” (Ro.1:3). Nos muestra un aspecto del Señor Jesucristo que nos habla de su humanidad, por la línea de David. “…que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…” (Ro.1:4). Aquí se ve el aspecto de la divinidad. Pablo nos ha mostrado al Señor Jesucristo en su aspecto divino y humano, muerto y resucitado. Ahora pasemos a 1ª de Corintios capítulo 15. Es necesario fijarnos en estos primeros versos que, siendo sencillos, son muy profundos y riquísimos. El apóstol Pablo, después de haber puesto en orden muchos problemas en la iglesia de Corinto acerca del matrimonio, de la comida, del vestido y de muchas otras cosas, el Espíritu Santo lo movió a cerrar la carta con la respuesta para todos aquellos problemas. Pablo respondía a los problemas, pero llevándolos a la respuesta que era el Señor Jesucristo. “Además os declaro, hermanos, el evangelio…” (1Co.15:1). Otra vez, hay una declaración apostólica de lo que es el evangelio; no es cualquier cosa lo que va a decir Pablo acá, y no es solamente el final de una carta, sino que es la declaración apostólica de lo que es el evangelio, de lo esencial, de lo principal, de lo primero, en lo cual todos estamos enterados, que es nuestra común fe, la de los cristianos. “…que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis…” (1 Co.15:1). ¡Qué privilegio el que la Iglesia primitiva recibió! No necesitamos pasar por un sin fin de interpretaciones pontificias, cardenalicias, y episcopales, o un montón de cosas intermedias; no. Surgió directo del horno a la mesa, es decir, de los apóstoles a nosotros, sin pasar por tantos que le agregan o le quitan a lo del Señor. Por eso es que estamos hablando de esos recovecos intermediarios de gente que pretende ponerse de mediador entre Dios y los hombres, con una serie de locuras. El Espíritu Santo le inspiró a Pablo lo que escribió, y aquí lo tenemos. Entonces, Pablo dice aquí que el evangelio que recibió la Iglesia primitiva y en el cual también perseveraron, primero es una declaración apostólica, o sea enviada por el Padre a través del Hijo y del Espíritu Santo a los apóstoles que Él escogió y envió al resucitar. Ahora, dice que la Iglesia primitiva lo recibió, y no sólo eso, sino que perseveraron en él. Los apóstoles no iban a perder tiempo con cosas, porque ellos predicaban el evangelio acerca del Hijo. “…por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1Co.15:2). Esto habla de una fe de verdad. Porque a veces esa emoción que sentimos es pasajera, algo cultural, social, o meramente intelectual, pero que no es espiritual ni viene del corazón. El cristiano nace de nuevo solamente si la persona creyó de verdad. Lo que ha dicho Pablo es importante, porque va a declarar el evangelio que recibió de Dios, que recibió con los otros apóstoles, el que Dios le mandó a predicar, que predicó, lo que él recibió y que salvó a la Iglesia primitiva, pues perseveraron, y ha salvado a toda la Iglesia. “…primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí…” (1Co.15:3). Lo que ha recibido Pablo no puede faltar, es la piedra del tope. Y ¿qué es lo primero que predicó Pablo? Cristo. Primero empieza por la persona, y le llama el Cristo. La identidad más intima, más interior del Señor Jesús, es la persona del Hijo, el Verbo de Dios que estaba con él antes de la fundación del mundo y de la caída del hombre. El Verbo no se refiere sólo a la humanidad luego de haber nacido, porque antes de que él naciera como hombre, ya existía como Verbo con Dios. Él estuvo eternamente con el Padre y nada de lo que fue hecho, fue hecho sin Él. Eso es lo primero que aparece en el punto central. El evangelio de Dios es acerca de su Hijo hecho hombre, y declarado Hijo de Dios según la resurrección. A través de la resurrección nos demostró que ése era el Hijo de Dios y que su sacrificio hecho en humillación y encarnación había sido aceptado en los cielos, por eso lo resucitó. Entonces, lo primero que la Iglesia, el pueblo cristiano, tiene que saber acerca de Jesucristo, es que él es divino y humano. Divino en cuanto Verbo, y humano en cuanto se hizo carne en el vientre de la virgen María, resucitando luego en gloria, encontrándose ahora a la diestra del Padre. Jesús es una persona con dos naturalezas: la divina y la humana. Cuando Jesucristo resucitó, él hizo una cosa durante los cuarenta días, y fue tomar las Escrituras, y comenzar a mostrar lo que ellas hablaban de él. Así está escrito en el libro de Hechos de los Apóstoles, que podemos ver antes de continuar con Corintios: “En el primer tratado (o sea en el evangelio según San Lucas), oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios” (Hch.1:1,3). Ahora, vamos hacia el final del evangelio de Lucas, que es la primera parte de Hechos, porque Hechos lo escribió también Lucas. Entonces, al final de Lucas, en el capítulo 24, surge también cuando Jesús se apareció: “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies…” (Lc.24:36-39). Por esta razón se ha dejado las cicatrices en el cuerpo, porque él resucitó con el mismo cuerpo que murió, con el mismo que fue crucificado. Jesús se dejó las cicatrices como si fueran su firma, la prueba de su muerte en la Cruz. “…que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc.24:39). Él no era sólo un espíritu, sino que él resucitó con su carne y sus huesos, y pidió que lo tocaran para mostrar quién era. “Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían (ahora era de gozo, imaginémonos lo increíble que era la situación, pero había que creerlo, era increíble, pero sucedió), y estaban maravillados…“ (Lc.24:40-41). Jesús había hecho muchas maravillas en la vida, había caminado sobre las aguas, había multiplicado los panes y los peces, resucitado muertos, sanado enfermos, echado demonios, hecho milagros, pero esto que estaba ocurriendo, ya era más de la cuenta para la fe natural de ellos. “…les dijo, ¿tenéis aquí algo de comer?” (Lc.24:41). Esto era para que pudieran ver que no era una alucinación, pues las alucinaciones no comen. “Entonces le dieron parte de un pez asado y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc.24:42,44). Estas eran las tres divisiones del Antiguo Testamento: la Tanak viene con la Torá, ley de Moisés; Nebiim, los profetas; y Ketubin, los salmos, y los otros escritos junto con los salmos. Esa era la división de las Escrituras en el Antiguo Testamento, que Jesús les mostró. “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras…” (Lc.24:45). Este trabajo de Jesús era muy necesario, y que continúa haciendo. Comenzado desde el principio les abrió el entendimiento, porque no se puede dar nada por sentado, y había que estar seguros. ¿Para qué? Para que comprendiesen las Escrituras y que supieran lo que ellas hablaban de él. “…y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc.24:46,48). Ese es el testimonio principal. A veces nosotros decimos: “¡Qué lindo que Jesús caminó sobre las aguas!”, y está bien, pues nunca vamos a menospreciar esto, pero si hubiere caminado diez mil veces sobre las aguas, pero no muere por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Si él hubiera multiplicado los panes y los peces, y no sólo dos veces, sino diez mil veces, pero no hubiera muerto por nosotros, igual nos iríamos al infierno. Entonces, en la persona divina y humana del Hijo de Dios e Hijo del hombre, y en su muerte, resurrección, ascensión e intercesión, y regreso, está el centro del testimonio cristiano. Eso es lo principal que nosotros creemos y es lo central que debemos hacer creer a todas las gentes. O sea, dar testimonio. El Señor es el que los hará creer, pero él dice que: “…el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, el dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio…” (Jn.15:26-27). El testimonio de la Iglesia debe ser el mismo del Espíritu. Jesucristo, el mismo que murió, resucitó y ascendió, intercede y volverá, con la misma voz, la del Espíritu y la de la Iglesia. Ahora sí podemos volver a 1ª de los Corintios. Pero era necesario ver cómo Jesús les habló de él mismo y de las obras que hizo, y que ellos habían visto. Eso era el fundamento, el primer testimonio de la Iglesia, y de eso tenemos que asegurarnos, que todas las personas comprendan. “…Que Cristo murió por nuestros pecados…” (1Co.15:3). Claro que se podía enseñar lo del caminar de Jesús sobre las aguas, de la multiplicación de los panes y los peces, sobre echar fuera demonios, todo eso está muy bien, pero esas señales le siguen a la Palabra, cuyo tema central es el propio Señor Jesús. Lo que la Iglesia conoce como evangelio de Dios, es acerca de su Hijo en su divinidad y en su humanidad; o sea, lo relativo a la Trinidad de Dios y a la encarnación del Verbo, y a la expiación, a la muerte expiatoria. “…conforme a las Escrituras; y fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y apareció a Cefas, y después a los doce” (1Co.15:3). Luego menciona varias apariciones, pero sólo principalmente a los varones, sin casi mencionar aquellas a las mujeres, ya que se le apareció también a María Magdalena; pero en aquella época los judíos no aceptaban testimonio de mujeres, sino sólo de hombres. El Señor Jesús valoró a la mujer y la puso a valer lo mismo que el hombre, pues la misma Sangre que pagó por el hombre, lo pagó por la mujer. El Señor es el que nos ha valorado, porque somos hombres y mujeres a la imagen y semejanza de Dios, cada uno con su función, pero seres humanos a su imagen y semejanza, y ellas coherederas de la gracia y de la vida del Padre. Hay cosas que nosotros recibimos de Dios por la muerte de Cristo, y hay cosas que nosotros recibimos de Dios por su resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera muerto, no tendríamos el perdón de los pecados, ni limpieza del pecado, ni liberación del pecado, ni justificación, ni reconciliación; no lo tendríamos. Jesucristo murió por nosotros y resucitó: eso es lo principal, es el centro de la Palabra de Dios, el centro del evangelio y el centro de la historia, y debe ser el centro de la Iglesia, el centro de nuestro testimonio, y de nuestra vida. Ahora, también hay cosas que nos vienen por la resurrección. Por ejemplo, si él no hubiera resucitado y ascendido, no hubiera derramado el Espíritu Santo. Él dice: “…Os conviene que me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn.16:7). El Espíritu Santo llega a hacer muchos trabajos. ¿Cómo íbamos a nacer de nuevo en el Espíritu, si el Espíritu Santo no es enviado? No habría regeneración, no habría renovación, no habría vivificación de nuestros cuerpos mortales, no habría transformación, no habría configuración a la imagen de Cristo, no habría unidad en la Iglesia, no habría dones ni fruto del Espíritu, nadie nos enseñaría, y estaríamos todos ciegos. Entonces, de la obra del Señor, lo primero que comenzó a predicar Pedro, el primer mensaje, tenía que ver con la Sangre y con el Espíritu: “…Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hch.2:38). Esto es lo que hace la Sangre, que es perdonar los pecados, y que nosotros todos los días seamos nuevos. Necesitamos todos los días la Sangre de Cristo para limpiarnos, y el Espíritu de Cristo para fortalecernos. A través de la Sangre y de la Cruz se quita todo lo viejo, y a través del Espíritu se introduce todo lo nuevo. El Espíritu es el que introduce la nueva vida, pero el que borra la vieja es la Sangre, y la que termina con ella es la Cruz. Por eso en el centro del tabernáculo, en la casa de Dios, en el corazón divino, está el Arca de oro y de madera, con el propiciatorio, refiriéndose a la persona divina y humana de Jesucristo, y a su obra, su muerte, su resurrección, su ascensión, desde donde nos viene la Sangre con la que nos limpiamos, y la Cruz por la que somos liberados, y el Espíritu por el cual recibimos nueva vida, y somos regenerados, renovados, transformados, y configurados a la imagen de Cristo, hechos un solo cuerpo. Todas las maravillas de Dios las hace por el Espíritu. La Sangre y el Espíritu son un regalo, porque nadie tendría con qué pagarlo. Esos son los elementos esenciales del Nuevo Pacto. Dice él: “…porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer.31:34). “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. La Sangre y el Espíritu son los dos elementos esenciales del nuevo pacto que estableció Jesucristo antes de morir” (Ez.11:19-20). “…tomó el pan, (…) Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; (…) Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Jn.22:19-20). Nos damos cuenta que este nuevo pacto son las promesas de perdón por su sangre, y de regeneración por su Espíritu. Dios nos dio a su Hijo como un regalo, nos dio la vida cuando estábamos muertos, y nos dio su Espíritu.

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