El Blog

Calendario

<<   Marzo 2012  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  

Categorías

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog

PRIMER NIVEL DE LA CRUZ Y TRES NIVELES DEL PERDÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:59, Categoría: General

Primer nivel de la Cruz Y tres niveles del perdón. Respecto de la obra del Señor en la Cruz, necesitamos detenernos y considerarla más lentamente. La obra del Señor en su Cruz ha sido rica y bastante profunda. Es más, podríamos decir que la obra del Señor en la Cruz es una obra en tres niveles. Dios escogió realizar su obra, la que él tenía en su corazón desde la eternidad, porque esto no es algo nuevo que a él de pronto se le ocurrió con el fin de remediar alguna cosa que quizá Dios no sabía. Lejos ha estado de Dios improvisar alguna cosa, porque Dios es eterno y así son sus propósitos. El propósito eterno de Dios fue realizar las cosas por medio del instrumento de la Cruz. Hay un primer nivel que aparece en la Palabra de Dios, y es que la Cruz desde la eternidad ya estaba en el corazón de Dios. En las Escrituras podemos encontrar versículos que nos hablan que el Cordero fue inmolado antes de la fundación del mundo. Claro que históricamente sucedió allá en Israel, en las afueras de Jerusalén, sin embargo, desde el comienzo en el corazón de Dios ya estaba esta decisión. En la Trinidad no hay rivalidades, no hay envidia, porque hay una Cruz en el corazón de la naturaleza divina. Por eso es que el Cordero fue inmolado en la decisión de Dios, en la naturaleza divina que comparte el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que están en un acuerdo, de manera que cuando el tiempo llegó, el Señor Jesús vino a manifestar lo que siempre ha estado en el corazón de Dios. El Señor es la manifestación para nosotros de esa naturaleza de amor, cuya mejor expresión es la Cruz. Entonces, cuando hablamos de esos tres niveles estamos dejando afuera lo eterno y entrando solamente en lo temporal, en el tiempo, que atañe a la administración de lo eterno a nosotros aquí en la tierra. Los tres niveles expresan esa Cruz eterna que es el amor eterno de Dios, pero que se empieza a manifestar primeramente para nosotros que estamos en la tierra, en un tiempo, y comienza a manifestarse en la historia, en esa muerte objetiva. Porque el Verbo divino y eterno que estaba con el Padre se hizo carne, se hizo semejante a los hombres y entró en nuestro tiempo, no como una mitología antigua, porque el Señor Jesús no es un invento, es una historia verídica, con testigos, pues incluso los enemigos son testigos porque dan testimonio al rechazarlo. Entonces, en la historia, si el Señor no hubiese venido para pasar por la Cruz, el propósito de Dios no se hubiera cumplido, pero él se sometió negándose a sí mismo para honrar a su Padre. Jesús vivió en el principio de la Cruz, no solamente cuando fue crucificado, sino que él vivió siempre en ese principio. El Hijo nada hace por sí mismo, sino hace lo que ve hacer al Padre y depende de él. Ni el Padre, ni el Hijo, desean hacer las cosas sin el otro. El Padre hubiera podido crear el universo solo, él es suficiente, es Dios, pero no quiso hacer nada sin su Hijo, y así también el Hijo no quiso vivir la vida en la tierra sin la compañía de su Padre. Jesucristo quiere que aprendamos de él este ejemplo de vida que nos ha entregado. Esto ocurre también con Dios y nosotros, porque él quiere hacer las cosas con nuestra compañía, y debemos darle las gracias por querer involucrarse con el hombre. Entonces, también el Hijo vio el principio de la Cruz, en incluir a su Padre en todas sus obras y expresarlo. Entre ellos existe una estrecha relación, que es maravillosa, ya que tienen en común algo tan divino que es el propio Espíritu, y así toda la Trinidad es un solo Dios, y aunque son tres personas, son una misma esencia, y una misma naturaleza, pero expresada en la comunión de la Trinidad. Y esto es así por causa de la naturaleza de la Cruz, por esa naturaleza del amor, de vivir en función del otro, en armonía, sin rivalidad, con delicadeza. Dios quiere involucrar a la Iglesia, para que el hombre nuevo sea realizado en la Trinidad Divina por medio del Espíritu Santo que nos muestra lo que ellos hacen, para que en la misma comunión, nosotros también estemos atentos a nuestro Dios, a nuestro Rey y a su Espíritu, para que podamos hacer las cosas en unión con Dios. Entonces, la Cruz es la que expresa y la que ha realizado el propósito eterno de Dios. Por lo tanto, el Señor entró en la historia porque vino a hacer la obra de su Padre. Necesitamos ver la Cruz en todos sus niveles. Uno de los primeros niveles, la Cruz histórica del Señor Jesús, y no estamos incluyendo el nivel eterno visto anteriormente, que se expresa en estos niveles económicos, administrativos, históricos. El primer nivel de la Cruz El primer nivel histórico es que el Señor Jesús murió para que nuestros pecados fueran perdonados, para que fuéramos limpiados de toda maldad, siendo algo objetivo y jurídico, porque éramos deudores y no teníamos cómo pagar la deuda: “…la paga del pecado es muerte…” (Ro.6:23). Ningún otro podía morir, sino el propio Acreedor que se hizo hombre y fue probado como nosotros, claro que resultando inocente, para que su muerte sea expiatoria, porque él es tratado como culpable aunque siendo en verdad inocente, o de lo contario, su muerte dejaría de ser expiatoria y sería la muerte por su propio pecado. La Sangre ya ha sido provista, pero debe ser tomada, y la Iglesia es la que la tomó. Pero el mundo no lo hizo, así como muchas otras provisiones, tanto en su Cruz, como en su resurrección, y ascensión. Estas provisiones hay que tomarlas por medio de la fe, así como al pueblo de Israel se le dio Canaán, la tierra prometida – que es una representación de Cristo – y así nosotros debemos tomar posesión de la provisión. Y podemos hacer esto por medio de la fe. Jesús nos dice: “…tome su cruz, y sígame” (Mr.8:34). Y antes de ser tomada tiene que ser provista. El segundo aspecto de la Cruz El segundo aspecto de la Cruz nos dice que “…uno murió por todos,…” (2 Co.5:14). Por lo tanto, continúa diciendo: “…luego todos murieron…” (2 Co.5:14). Entonces, la muerte de todos en la Cruz está hecha. Recordemos, pues, que primero hay una realización histórica en el Señor, para que haya una provisión inclusiva que es el segundo nivel, y una toma de la provisión en nuestra experiencia, que es el tercer nivel. En Éxodo capítulo 12, que nos habla sobre la anunciada muerte de los primogénitos en Egipto, el verso 22 nos dice que: “Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre (…) y untad el dintel y los dos postes con la sangre…”. Esto fue de esta manera para que el ángel de juicio la viera, y para que Dios también la viera. Continúa diciendo en el verso 23: “… Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel (…) pasará Jehová aquella puerta”. Este es el énfasis que a veces olvidamos; sólo estamos delante de Dios y no somos fulminados por la Sangre de su Hijo. Nadie puede justificarse delante de Dios, sino que él nos justifica por la fe en su Sangre, porque él sabe lo que ella significa. Dios, que conoce a su Hijo desde antes de la fundación del mundo, ahora le ha placido que nosotros le conozcamos por medio de su encarnación, y por medio de las pruebas que el aprobó, en esa vida pública aquí en la tierra. Después de su muerte expiatoria, el Padre lo resucitó ante testigos para que todos sepan que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que su sacrificio fue aceptable para él y que nos ha conseguido la redención. “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros…” (Ex.12:13). Es la sangre que Jehová verá y será la señal, y esto es lo que quiere decir Pascua, o “Pesaj”, en hebreo, que significa “pasar por alto”; es decir, no tomar en cuenta los pecados. Y nuestra fe debe ver la Sangre del Señor como Dios la ve, y debemos valorarla y nunca más estar sobre ninguna otra base. Nunca debemos vivir sobre la base de méritos, por nuestros esfuerzos, porque esos nunca serán terrenos seguros, ya que el único terreno seguro es la Sangre. En Juan capítulo 1, dice: “… La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1ª Jn. 1:7, 9). Quisiéramos subrayar la expresión “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”. ¿Por qué no dice, por ejemplo, que él es bueno y misericordioso? Claro que él también lo es, pero aquí la base no está sobre su bondad, o sobre su misericordia, sino que colocó la base en un terreno más seguro. El Señor aplica la justicia, pero también aplicada su bondad. En este caso, al tratar sobre nuestra salvación, la bondad se sometió a la justicia, de lo contario, Dios nos hubiera perdonado sin la muerte del Señor. Pero Dios no quiso que la salvación fuera solamente basada en la bondad, en la misericordia; aunque claramente la Palabra nos dice que por su misericordia el Señor nos perdonó. Pero esto es mucho más que eso, porque él también es fiel y justo para perdonarnos, y esto es una base segura porque está sobre la muerte expiatoria de su Hijo inocente. Satanás engaña nuestros sentimientos, porque no quiere que estemos en la roca firme, jurídica, histórica, de la muerte de Jesús y su Sangre. Dios hace justicia, no solamente misericordia, que también hace. Dios no nos perdonó sin Sangre, sino que perdonó a través del sacrificio de su Hijo, y manteniendo la justicia, cobró en su propio Hijo. Cualquier otra sangre que Dios ve, como la de Abel por ejemplo, reclama muerte, pues la sangre de Abel clama, pero no para perdonar a Caín, sino para decirle a Dios: ¡Caín me mató! Cualquier otra sangre que ha sido derramada en la tierra, clama como la de Abel, pero la única sangre que clama para que seamos perdonados es la del Hijo de Dios, y esa fue la que el Señor Jesús derramó, y es la que Dios ve. En estos últimos versículos que hemos visto, el Espíritu Santo le muestra a Juan que Dios no solamente es misericordia, sino también fidelidad y justicia, colocándonos una base firme. A Dios no le ha sorprendió nada de lo que ha ocurrido con el hombre; él sabía desde el momento de decir: “Hagamos al hombre” (Gn.1:26), que tenía que redimirlo, porque sabía que iba a caer, y en el debido tiempo aconteció la manifestación de la gracia de Dios, destinada a nosotros desde antes de los tiempos. Hemos visto este aspecto jurídico y objetivo de la Sangre, pero viene un aspecto subjetivo, y es que el Cordero tenía que ser comido; es decir, nos debemos alimentar del Cordero, ser constituidos por él, y que el Cordero venga a nuestra vida, porque ya vino el perdón, pero tenemos que ser liberados y hechos nuevos, y este es otro aspecto. Los tres niveles del perdón El perdón también tiene sus niveles, y, en primer lugar, hay un perdón de parte de Dios basado en su justicia, por la muerte de su Hijo, manifestando también su bondad para que tenga sustento, para que esas promesas de Dios donde nos decía que borraría nuestros pecados, tuvieran una base segura. El otro aspecto del perdón, que también está en la Biblia, que después de ser hechos hijos de Dios, y después de hablar de ese perdón fiel y justo de parte de Dios, en primera de Juan, nos dice: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis…”(1Jn.2:1). Fuimos perdonados, pero se espera que ahora seamos salvos, y que no volvamos a pecar, pero Juan es realista y todos nosotros también lo somos, porque no debiéramos pecar después de que Dios nos perdonó, pero cuantas veces nos ha tenido que perdonar nuevamente. El Señor sabe que necesitamos otra vez ser limpiados. Por eso el Señor, antes de la fiesta de la Pascua, y ya sabiendo que su hora había llegado, comienza a lavar los pies de sus discípulos. Pero Pedro le dice: “¿Tú me lavas los pies?” (Jn.13:6). Pedro no entendía este acto de Señor, porque sólo veía el aspecto externo. Pero el Señor le da la respuesta: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Jn13:8). El Señor ahí entró en otro nivel, y Pedro le dice: “… No sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos” (Jn.13:9). Pedro no entendía, pues había un limpieza, valga la redundancia, que los había dejado limpios, como hijos de Dios, nacidos en la justicia y santidad de la verdad, pero en la caminata por el mundo, a veces, se ensucian los pies. Dios les dice a sus hijos que ya están limpios, y que sólo necesitan lavarse los pies. Esta segunda “limpieza” es distinta a la primera. Ya estamos limpios por la Palabra del Evangelio, que nos anuncia lo que el Señor consiguió en la Cruz. Entonces viene la otra “limpieza”, que nos dice que ya somos hijos, y que nos escriben estas cosas para que no pequemos (paráfrasis Jn.2:1), pero vine el realismo, y si alguno ha pecado, o sea se le ensuciaron los pies en la caminata, no ha dejado de ser un hijo, porque ya estamos comprados, y somos salvos. Esa limpieza que tenemos que hacer a nuestros pies, es para recuperar la comunión – el segundo aspecto del perdón –, pues aunque somos salvos, pecamos, y necesitamos recuperar la comunión con nuestro Padre, quien vuelve a concedernos, no la salvación que ya tenemos, sino el gozo de la salvación. Tenemos un mediador, y Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo los nuestros, sino también los del mundo. Entonces, ahí está el aspecto del perdón que recupera la comunión y el gozo de la salvación. Para comprender estos aspectos, y para comprender el siguiente, vamos al salmo 89, desde el versículo 26: “Él me clamará: Mi padre eres tú, Mi Dios, y la roca de mi salvación. Yo también le pondré por primogénito, El más excelso de los reyes de la tierra” (Sal.89:26-27).El Padre está hablando de su Hijo, es una profecía, a través de David, pero mirando proféticamente al Mesías. Y continúa diciendo: “Para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto será firme con él. Pondré su descendencia para siempre, y su trono como los días de los cielos” (Sal.89:28-29). Ese pacto con el Señor, que es un pacto con David, pero principalmente es con Cristo y con nosotros, a través de él. Esos son todos los alcances de este pacto, entonces ahora dice así: “Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieran en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia…” (Sal.89:30-33). Dios castigará, pero con misericordia; será un castigo, pero sin quitar la misericordia, porque hubo un pacto al cual Dios le está siendo fiel. Nosotros estamos bajo el pacto eterno de Dios y él es fiel al pacto; él es el buen Padre que castiga a sus hijos, pero no con un castigo eterno, sino con un castigo con misericordia. Hay vara, hay azotes, hay castigo, pero también hay misericordia. “…Ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto, Ni mudaré lo que ha salido de mis labios. Una vez he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Como la luna será firme para siempre, y como un testigo fiel en el cielo” (Sal.89:33-37). Vemos la fidelidad del Señor, en la cual muchas veces tiene que corregir. Llegamos también aquí a un tercer aspecto del perdón, de todo lo que consigue la Sangre, que nos salva y nos reconcilia. No perdemos la calidad de hijos, pero pecamos; perdemos la comunión con él, perdemos el gozo, pero no la salvación; él nos limpia de nuestros pecados, para restaurar la comunión y el gozo de la salvación. David había cometido un pecado serio, un asesinato y adulterio. Fue un acto grave, y como dice la Palabra fue “desagradable ante los ojos de Jehová” (2 Sam.11:27). Del cual también se hizo el desentendido David por un buen rato, lo que todavía es más grave. Dios, por medio de Natán, le dice que por haber hecho lo malo delante de sus ojos, no se apartaría la espada de su casa. (Paráfrasis 2S.12:9-10) Luego de ser anunciado esto, el hijo que nació de Betsabé, la mujer con quien adulteró, murió, aun cuando David había orado mucho para que esto no ocurriera. Dios había perdonado a David, pero no permitió que el hijo viviera. Después, su otro hijo Amnón violó a su hermana Tamar. Absalón hermano de Tamar, venga su deshonra asesinando a Amnón. Dios había perdonado a David, porque él se humilló, y creyó, y volvió a tener comunión con él, pero Dios no levantó la disciplina de su casa, que es otro aspecto del perdón. Es un perdón de gobierno, porque la protección paternal es para tener a sus hijos en seriedad, y que no convirtieran en libertinaje la gracia. Si Dios no corrigiera a sus hijos, con quienes tiene comunión, se podrían torcer de una peor manera. Cuando la disciplina se levanta, cuando ya no es necesaria más la disciplina, es un perdón de gobierno, y se levanta porque la Sangre ha cubierto todo. Entonces, vemos que el perdón tiene niveles, y todo se consigue por la Sangre. Una cosa es la salvación eterna, otra es recuperar el gozo de la salvación, y otra cosa es levantar la disciplina. No todo esto es al tiempo, porque cuando recibimos al Señor fue la salvación. La restauración de la comunión es cada vez que la perdemos y reconocemos nuestra falta y volvemos con él. El levantamiento de la disciplina es cuando la disciplina ha cumplido su propósito, pues mientras no cumpla su propósito puede continuar. Entonces, no alarguemos la disciplina, sino que seamos irreprensibles, reprendiéndonos a nosotros mismos, para que Dios no nos tenga que reprender.

Blog alojado en ZoomBlog.com