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¿QUIÉN ME LIBRARÁ?

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:15, Categoría: General

¿Quién me librará? Hemos estado considerando aspectos y niveles de la obra de Cristo, principalmente en relación con la Cruz, lógicamente relacionándola con la resurrección, con la ascensión y con el derramamiento de su Espíritu. En la Cruz, el Señor realizó todo lo necesario para limpiar el pecado de los hombres aquí en la tierra, y quitar lo negativo, lo que no podía permanecer en la presencia de Dios y que fue introducido por Satanás desde su rebelión en los cielos. Entonces, una parte de la obra del Señor – como vemos – es para limpiar, para quitar y también para suplir e introducir la nueva creación, su obra nueva. Él ha regenerado, renovado, y transformado para ir conformándonos a su propia imagen. Para lograr esto, es necesario el Espíritu, y Él ha venido porque Jesucristo resucitó, ascendió y está sentado a la diestra del Padre. Dios, desde el Antiguo Testamento, prometió, por una parte, perdonar nuestros pecados, olvidar nuestras iniquidades y echarlas al mar del olvido; y por otra, ha prometido también darnos su Espíritu, ponerlo en nosotros y hacernos andar con él, regenerándonos y fortaleciéndonos. En los primeros tres capítulos de Romanos, podemos ver un diagnóstico de nuestra condición; y así como en el Atrio del tabernáculo se encontraba antes del propio Altar de Bronce una Fuente de Bronce hecha con los espejos de las mujeres de Israel, que esperaban a la puerta del tabernáculo, donde los sacerdotes podían verse a sí mismos, así, la primera obra que hace el Espíritu Santo, como lo hacían los espejos de la Fuente de Bronce, es la de convencernos de pecado, de justicia y de juicio. Y ésta tarea es la de los tres primeros capítulos, especialmente hasta la mitad del 3. En Romanos, desde el capítulo 4, se nos viene hablando de algunos aspectos que tienen que ver con la Sangre, con los pecados e iniquidades en general. Por ejemplo, en el verso 7 de ese capítulo se nos muestra ese primer nivel de la obra del Señor Jesús en la Cruz con su Sangre: “… Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro.4:7-8). El énfasis aquí, como lo podemos ver, es en el perdón de los pecados por la Sangre de Cristo en la justificación por la fe. Es una obra que podríamos llamar jurídica de parte del Señor a nuestro favor, llevando nuestra deuda y pagándola. “Porque la paga del pecado es la muerte…” (Rom.6:23). Y nosotros pecamos, pero Jesucristo murió para limpiarnos con su sangre y esa es la bienaventuranza que aparece aquí. Hasta la mitad del 5, vemos al Espíritu Santo guiándonos desde la Fuente de Bronce al Altar de Bronce, a ese primer aspecto del sacrificio de Cristo que tiene que ver con nuestros pecados y con su perdón. Pero luego a partir de la mitad de este capítulo, la Palabra del Señor comienza a mostrarnos que nuestro problema, además de nuestros pecados, es la condición humana heredada, caída desde que nacimos, así, como dice la Palabra que “… en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). Porque, “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres…”. Y este hombre fue Adán. La gloria y santidad de Dios el Padre fue ofendida por el hombre. El Señor Jesús vino sin pecado y luchó contra él, venciéndolo. El Señor Jesús no tenía por qué morir, pero lo hizo y no por sus pecados, sino por los nuestros. El Padre testificó que su Hijo le agradaba, que le complacía, que nunca hubo pecado en él y que como un Cordero sin defecto se entregó en expiación perfecta para satisfacer la justicia de su Padre, y también para hacer expiación por nosotros y justificarnos, ser reconciliados y libertados. Entonces, en su muerte nos incluyó a nosotros. Él se vistió de la naturaleza humana, venció en la carne como hombre, condenó al pecado en la carne y pasó por la muerte a nuestro viejo hombre, que fue crucificado juntamente con él, y Cristo también nos resucitó. Jesús fue a la Cruz como el postrer Adán, para terminar todo lo que Adán llegó a ser después de la caída. A los ojos de Dios hay prácticamente solo dos hombres, el primero y el segundo. El Señor Jesús es considerado como el segundo hombre y toda la humanidad nacida de Adán es considerada como Adán mismo, pues por el pecado de él, la naturaleza humana de todos nosotros quedó vendida al poder del pecado. Y por eso, por el pecado de uno solo, fuimos constituidos pecadores y nacimos con una condición pecaminosa, con una naturaleza inclinada a la corrupción, al pecado, a la concupiscencia en sus diversos sentidos y a la inmoralidad. Entonces, Dios no solamente tenía que tratar con nuestros pecados, con lo que hacemos, sino además con lo que somos. Porque hasta el día en que esta carne sea transformada a semejanza de su gloria, en nuestra carne operará la ley del pecado y de la muerte que fue introducida a partir de la caída de Adán. Por eso, el Señor Jesús no sólo tenía que morir por nosotros, sino que era necesario que también nosotros en Cristo muriésemos. Gracias a Dios, que el Señor Jesús también resucitó, y estando nosotros muertos en delitos y pecados, siendo hijos de ira por naturaleza, lo mismo que los demás hombres, Él nos amó y nos dio vida cuando estábamos muertos. El Hijo del hombre vino a buscar lo que estaba perdido y nos dio vida, aunque nadie la podía merecer, ni nadie la podría pagar. “… De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). El Espíritu Santo es un don, es un regalo, y Pablo le pregunta a los Gálatas: “… ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:2). No es porque lo merecemos, no es porque nunca fallamos, sino porque le creímos a Dios, y Él, en su bondad, se compadeció profundamente de nosotros y vino a llevar el precio de nuestros pecados. Ahora, llegamos al capítulo 6, donde la palabra clave es libertad, y la libertad gracias al don. Ya en el 5 aparecía esa expresión del don de la justicia, el don de ser constituidos justos, así como “…muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Como hombres fuimos constituidos justos, pero no por causa de lo que hicimos, sino porque Jesucristo lo hizo en la regeneración, por la obra de la Sangre y del Espíritu de Cristo. Hemos nacido de nuevo en la justicia y santidad de la verdad. Entonces, en el capítulo 6 aparece la palabra libertad, y estas frases podríamos considerarlas tremendas, y que un hombre se atreva a hablar de esta manera, es solamente porque está posicionado en la fe, en la gracia y en el don de Dios. En Romanos, hasta aquí, se ha hablado de los pecados, del perdón, de la justificación, pero ahora comienza a hablar del pecado en singular, de la condición caída del hombre y ya no habla sólo del perdón, sino de la liberación. “Pero gracias a Dios” (Ro.6:17). Estas “gracias a Dios”, es la voz de un redimido con revelación, que ha creído y ha tomado lo que él mismo enseñó en la primera parte de este capítulo 6, es decir, considerarse muerto en Cristo, muerto al pecado y al mismo tiempo vivo para Dios en Cristo y como instrumento de justicia, y todo por la obra del Señor, por los hechos objetivos históricos de Cristo recibido por la fe y transmitido por el Espíritu. Por eso Pablo, en este versículo, da gracias a Dios: “…que aunque erais esclavos del pecado…” (Ro.6:17). Este también es un gran versículo, y uno podría pensar qué diría uno en su condición caída tan atrevida, pero Pablo no la considera atrevida de ninguna manera, porque él ha creído de verdad y ha recibido al Señor y se halla en Cristo y no en sí mismo, y ya no confía en lo que él es, ni en su carne, pero sí confía en el don que Dios le dio y que recibió. Pablo sabe que eso no es solo para él, sino para todos nosotros, diciéndonos que la ley lo hizo esclavo del pecado, pero “habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados…” (Ro.6:17). Él no tiene reparos en hablar de doctrina, porque sabe que esa es una doctrina viva del ministerio del nuevo pacto, lo que Cristo hizo, y lo que Cristo nos hizo y lo que somos en Cristo. “… y libertados del pecado” (Ro.6:18). He aquí otra palabra atrevida del apóstol, porque esta es la osadía de la fe, el júbilo de los libres en Cristo. Erais esclavos del pecado, mas libertados del pecado, dice, “vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro.6:18). Pablo habla de todo lo que Dios da al hombre en Cristo y ya no sólo habla del perdón sino de la liberación, pues antes éramos esclavos, pero ya no. Ahora somos libertados y hechos siervos de la justicia. Le está hablando a la nueva creación, a los que nacieron de nuevo, no de varón sino de Dios, por el Espíritu y por la gracia. Y ahora, en esta posición nueva, él es condescendiente para con los hermanos más débiles, diciendo: “Hablo como humano” (Ro.6:19). O, mejor dicho, soy hijo de Dios, somos hijos de Dios, pero voy a hablar como un humano; y aunque ha de vivir en la carne, está en el Espíritu, por eso dice que va a hablar como humano. ¿Por qué causa? “por vuestra humana debilidad…” (Ro.6:19). Él realmente se sentía fuerte en Cristo, porque en Cristo lo somos, y así también débiles en Cristo, pero no vamos a entrar por ahora en esa paradoja. “Para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Ro.6:19). La Palabra no dice que es por causa de la santificación provista, que ya está incluida en la parte anterior, sino que lo que ha sido provisto debe ser aprovechado. Cristo es nuestra santificación, y ya nacimos como nuevas criaturas en la justicia y santidad de la verdad. Nuestra santificación es Cristo, pero él empieza a enseñarnos que esta provisión debe ser usada, debe ser aplicada en la vida diaria y no debe ser solamente una posición, sino una disposición; no debe ser solamente una fe sin expresión, sino una fe que florece, que produce. Entonces, aquí Pablo habla en dos planos acerca de la santificación. Él habla de Cristo como nuestra santificación provista. 1ª de los Corintios 1:30, dice: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención…”. Dios ha hecho a Cristo nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención; y el Espíritu Santo, también por la mano del autor a los Hebreos, nos dice que “…con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre los santificados” (He.10:14). Entonces, habla de la obra perfecta de Dios que fue hecha en Cristo y que nos es dada por el Espíritu Santo, pero que debe de ser aprovechada por nosotros. Por eso es que existe también junto con el capítulo 6, el 7. Por eso el Espíritu Santo no se salta el capítulo para pasar al 8 que habla del Espíritu, pero también de la carne. Por lo tanto esto ¿qué quiere decir? que el don que nos fue dado, en el capítulo 7 no significa todavía lo que va a significar después. No significa que nuestra carne en este momento o antes de la resurrección física haya heredado la impecabilidad, como algunos malentienden; es decir, creer que la carne hubiera mejorado, que así como nuestro Espíritu nació de nuevo, nuestra carne también hubiera nacido de nuevo. Juan nos dice que: “él que ha nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn.5:18). O sea, lo que proviene de Dios del cielo, lo que proviene del nuevo nacimiento, lo que es Cristo en nosotros, acerca de eso sí se dice correctamente, pues que el que ha nacido de Dios no peca, pero en la misma carta habla que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn.1:8). Aquí les habla a los hijos de Dios, y continúa: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis…” (1 Jn.2:1). Como él es realista y entiende bien que el don de Dios es completamente perfecto, justo y santo en el Espíritu, y que todavía nuestra carne no ha adquirido la condición definitiva, él dice: “…ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn.3:2). El don es mucho más, el don no solamente es para regenerar nuestro espíritu, el don también da para renovar todo nuestro hombre interior, nuestra alma y también para vivificar nuestros cuerpos mortales mientras estamos en la tierra. Aunque también da para glorificar nuestros cuerpos, sólo que primero comienza desde adentro para afuera. Se empieza con el Lugar Santísimo del templo, con la regeneración. Por eso, en Romanos 8, Pablo, después de hablar tantas maravillas de la provisión de Dios, dice con toda sinceridad: “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). Entonces, ¿para qué se escribió ese capítulo 7? Para que no se malinterprete el 6. No pasamos del 6 al 8, de la vida nueva hacia el resto que habla del Espíritu, sino que nos explica ese problema terrible que existe en la carne de los salvos, de los que tenemos el Espíritu Santo, y cómo Él nos fue dado para aplicar la victoria de Cristo en nuestra lucha real y verdadera con la carne. Entonces, el Espíritu tiene que luchar con la carne; y evidentemente, la carne no mejoró para nada después de que nacimos de nuevo, no hay que malinterpretar el nacer de nuevo, y el “estamos vivos presentando nuestros miembros a Dios, como instrumentos de justicia”, en el sentido de que nuestra carne ya adquirió este estado antes de la resurrección física en un estado de impecabilidad. A veces, malentendemos las cosas y le hacemos creer a algunos santos equivocadamente, y después los enviamos a la frustración porque andan repitiendo algo que no se da en su experiencia. Entonces, la doctrina del Espíritu por Pablo no es la doctrina de la impecabilidad en la carne, aunque después sí lo sea, cuando nuestro cuerpo haya sido resucitado, cuando todo lo que Cristo consiguió en su carne haya pasado a nuestro espíritu. Lo cual ya pasó en el día del nuevo nacimiento, porque ya pasó de su Espíritu al nuestro, y están unidos, pero es a lo largo de nuestra vida y colaboración con Dios en la fe, que va pasando de nuestro espíritu a nuestra alma, incluso anticipando los poderes del siglo venidero en cierta medida, a nuestro cuerpo mortal. Pero en la venida del Señor, este cuerpo de humillación, que todavía Pablo le llama “cuerpo de humillación”, porque nos humilla constantemente, será un cuerpo de gloria semejante al Suyo; o sea que todavía no es un cuerpo de gloria. Lo maravilloso es que, aun sin ser de gloria, el Señor nos ha perdonado, nos ha salvado y hasta nos usa. Él va a recoger este cuerpo como propiedad suya, como miembros de su cuerpo, y entonces lo va a resucitar en gloria, cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste en gloria. Dice Colosenses 3, que nosotros “…también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:4). La glorificación de nuestra humanidad que el Señor Jesús ya consiguió en su resurrección y ascensión y en propiciación, la pasará completamente del Espíritu a nuestro cuerpo y seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora sí podemos decir que entraremos en una situación distinta en cuanto a nuestra carne. Era necesario el capítulo 7, para que supiésemos que lo que Cristo consiguió lo obtiene el Espíritu, y él ha venido a nuestro espíritu. Pero hay una condición, y es que él no nos va a imponer el don. Si andamos en el Espíritu, cosechamos vida, paz, y somos partícipes de la naturaleza divina y vivimos una vida victoriosa. Pero si aun siendo hijos de Dios no escogemos andar en el Espíritu, sino que andamos en la carne, entonces inclusive habrá disensiones entre los hermanos, como en 1ª de los Corintios dice: “…Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1Co.1:12). Y hay peleas y contiendas, hay caídas y pecados en la Iglesia, y no es porque no sean hijos de Dios. Hay personas que no han nacido de nuevo y que están en medio de los hermanos, que pueden aprenderse la cultura y los modales sin haber nacido de nuevo y sin obtener el Espíritu. Pero hay personas que sí tienen el Espíritu, que sí nacieron de nuevo, pero que son niños. Entonces Pablo dice: “…como a niños en Cristo (…)…sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones…” (1Co.3:3-4). ¿No sois carnales y andáis como hombres? Pablo dice que va a hablar como hombre, pero no que hay que andar como hombre, sino como hijos de Dios, como Cristo. Así Juan nos escribe: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn.2:6). No solamente se debe creer, sino, como fruto de ese creer, andar como él anduvo. Pablo dice “sois niños en Cristo”, no dice que no sean cristianos, sino que en Cristo son niños porque aun son carnales. Es decir, aun la carne prevalece en ese combate entre ella y el espíritu, y todavía le damos la ayuda a la carne viviendo en su naturalidad, no aprendiendo a vivir en el Espíritu, aunque lo tenemos. Entonces, es necesario ser muy honestos en esto, y no pensar que por causa de Romanos 6 nuestra carne ya adquirió de manera efectiva la impecabilidad. Y no es así, porque ahora empezó el combate entre la carne y el espíritu. Antes de nacer de nuevo, no había ningún combate entre la carne y el espíritu, porque estábamos solamente en la carne; había un combate entre el alma y la carne y aun la hay en el creyente, pero no había una lucha entre el espíritu y la carne, porque no habíamos nacido de nuevo. Pablo nos instruye acerca de esta lucha, y hace un profundo diagnóstico psicológico, sólo para exaltar lo que es el Señor. En la descripción psicológica de los problemas del hombre, este capítulo 7 es de los más profundos y ricos. Cuatro leyes espirituales Veremos, desde el versículo 12, la co-existencia de cuatro leyes diferentes. La ley es una constante, que tiene validez general. En este pasaje, el Espíritu Santo por mano del apóstol Pablo, empieza a mostrarnos que hay cuatro leyes distintas. La primera, la ley de Dios La primera, es la ley del propio Dios que tiene que ver con la naturaleza del Señor y que se presenta como ejemplo para nosotros, porque él quiere que seamos conformados a su imagen y su semejanza, pero antes de que el Señor hermosee nuestra vida, y nosotros poder ser como él quiere que seamos. Primeramente, él está fuera del hombre, como Jesús también decía a los discípulos que él estaba con ellos, pero que después iba a estar en ellos. Entonces la ley de Dios, la que está escrita en tablas de piedra, tiene los 613 mandamientos en los rollos del Pentateuco y se escribía después en las columnas, en las paredes, en las casas, en las filacterias, en muchas partes; y es una ley de Dios justa y buena. Pero existe al mismo tiempo otra ley, y Dios actúa porque la ley expresa lo que es en su naturaleza justa, santa y buena. Entonces Romanos dice: “De manera que la ley (es decir la ley de Dios, la que está en sus mandamientos y estatutos) a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro.7:12). La ley de Dios es justa, santa y buena. Nosotros no estamos menospreciando la ley, pero nosotros no nos justificamos por la ley; no porque la ley sea mala, porque la ley es la que nos hace conocer lo malo que somos. Si Dios nos trasladó del régimen de la ley al régimen de la gracia, no es porque la ley sea mala, sino porque nosotros somos tan malos y tan inútiles que no tenemos la capacidad para obedecer por nosotros mismos. Pero si la ley pudiera vivificar, dice Pablo, la justicia sería verdaderamente por la ley; pero el hecho es que nadie ha obedecido toda ley. Le preguntaron a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mt.19:16). “Cumplan los mandamientos”, les responde. Si cumplimos siempre los mandamientos y nunca fallamos en nada, ¿por qué Dios nos va a condenar? Pero ¿será que hay uno que ha cumplido siempre todos los mandamientos? Dios tuvo que hacer una nueva alianza, un nuevo pacto para perdonar los pecados y darnos su Espíritu. Entonces, ahora dice: “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, (el pecado singular) para mostrarse pecado, (y es lo perverso de esto) produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno (el pecado usó lo bueno para matarnos), a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro.7:13). Ahora se vuelve más horrible todo, porque la gente conoce lo que no debe hacer, lo que es abominable, pero igualmente lo hace, y éste es el misterio de iniquidad, que sin causa aborrecemos al Señor, porque sabemos. Pablo confía que los demás también lo saben como él, y que la ley es espiritual, porque como dijimos anteriormente, el problema no es la ley, el problema somos nosotros, carnales y vendidos al pecado. ¿Qué es lo carnal? Lo que nace de la carne. Todos nosotros nacimos de la carne, y todo lo que es nacido de la carne es carne. Basta con haber nacido de papá y mamá y ya es suficiente para ser carnal y para estar vendido y sometido al poder del pecado. Porque no es por mis pecados lo que me constituye pecador, sino fue la desobediencia de un hombre, y en la primera oportunidad que tuve simplemente demostré la máxima de que el hombre es un pecador. Entonces ahí se va descubriendo una ley distinta a la ley de Dios, en la carne del hombre. La ley del pecado Una segunda ley dice: “Porque lo que hago, (él va explicar porque dijo que era carnal y vendido al pecado; él va a explicarlo en una exposición magistral) no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco” (Ro.7:15). Pablo habla esto como un problema personal, pero ¿sería sólo de Pablo? Si somos honestos, es lo mismo con todos nosotros. “Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena”(Ro.7:16). Pablo nos dice que aprueba que la ley sea buena, aunque no quiera. Él no quiere ser un miserable, y después decir: ¿Qué es lo que hice? “De manera que ya no soy yo quien hace aquello” (Ro.7:17). O sea, no es solamente una complicación de mi alma; hay algo más aquí en este problema que Pablo nos dice; no soy sólo yo, sino que el pecado que mora en mí, y que el problema mayor soy yo. “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:18-19). ¡No soy sólo yo!, sino el pecado que mora en mí, desde que Adán se vendió al poder del pecado, y la naturaleza humana quedó vendida al poder del pecado, y toda la fuerza del alma humana no es suficiente por sí sola para vencerlo. El poder del pecado en su carne es el problema del hombre. La Palabra dice de Pablo: “Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros” (Hch.22:3). Él sí sabía lo que era querer hacer el bien y al mismo tiempo no hacerlo. Dios sabe a quién escogió para escribir este capítulo. Pablo no está teorizando; él era uno de los mejores representantes de lo mejor que tenía Israel, de lo más celoso, de lo más selecto, de lo más sincero. ¿Pero a dónde había llegado? A llamar a todo ese esfuerzo humano “ignorancia”. Aquí hay una segunda ley diferente, otra ley, otra cosa constante que se repite siempre, que está siempre. ¿Cuál? “Que el mal está en mí” (Ro.7:21). Y está en el santo apóstol Pablo, que hasta lo último de su vida y más claramente que al principio, confesó que era el peor de los pecadores; sin embargo, vivió una vida santa. Pero ahora que estamos en el capítulo 7, ¿qué es del capítulo 6? ¿Acaso no acaba de decir que hemos sido libertados del pecado? Sí, y esa libertad es en Cristo y está en el Espíritu, pero no en la carne. ¿Nos damos cuenta? Porque era necesario que escribiera en este orden la Palabra, para que no se malentienda la libertad como impecabilidad de la carne en cuanto estemos en la tierra. Vemos cómo Pablo hacía una crudísima descripción, muy sincera, para no engañar a la gente, ni engañarnos a nosotros mismos. Entonces dice: “hallo esta ley” (Ro.7:21). A esta ley le llama “ley del pecado y de la muerte”, diciendo que está en sus miembros y en los de cualquiera que haya nacido de Adán. Incluso en la carne de los que han nacido de nuevo está esa ley, y por eso el que nace de nuevo tiene que luchar en el espíritu contra la carne. Hay un combate a muerte entre la carne y el Espíritu que no lo había antes porque todo era sólo carne, habiendo sólo combates entre carnales, pero no contra el Espíritu porque el Espíritu de Dios luchaba con nosotros desde afuera. “Porque según el hombre interior (o sea según su espíritu), me deleito en la ley de Dios…” (Ro.7:22). Vuelve a mencionar la ley de Dios que está fuera, y el hombre interior concuerda con la ley, produciéndose una concordancia, por lo cual dice que aprueba que la ley es buena: “… Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente…” (Ro.7:23). La ley de la mente Aquí se menciona una tercera ley, la de su mente, o sea la de su propia alma, aquella que quiere hacer el bien y que aprueba la ley de Dios, y aunque no puede, hace el esfuerzo, pero no hace lo que quiere, sino lo que no quiere y lo que aborrece. Ya podemos ver esta ley de Dios, que está fuera de nosotros, escrita en las tablas de piedra, escrita en los rollos, incluso en nuestra conciencia de manera rudimentaria. Por eso podemos ver cómo antropólogos se han asombrado de percibir en indígenas que no tienen conciencia, la ley escrita en sus corazones poniendo orden en sus tribus, castigando el incesto, el robo y otras cosas como si hubieran leído a Moisés. Indígenas que nunca han oído nunca de Cristo ni de Dios. Continuando con el verso 23, vemos esa otra ley del pecado y de la muerte, que está en la carne y que se rebela contra la ley de la mente, la ley de nuestra alma. Dios nos hizo el alma para caminar con Dios, pero quedamos vendidos al poder del pecado. Aunque a veces aprobemos y queramos, no podemos, es decir, el hombre abandonado a su propia fuerza, a su buena voluntad, a lo mejor que hay en él, a su moral y ética, no cambia la condición caída de la naturaleza humana. “…y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!” (Ro.7:23-24). ¡Qué contraste es esto! Él mismo que dijo que está resucitado con Cristo dice “miserable de mí” y dice algo más: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro.7:24). Después de esa constante descubierta, de lo que es la carne humana, la carne del hombre, la ley del pecado y de la muerte en nuestros miembros, y la ley de la mente vendida al poder del pecado, Pablo hizo una gran pregunta, y Dios quería que se la hiciera: “¿Quién me librará?”. Mientras hacía el esfuerzo por sí solo, la pregunta tácita era: ¿Cómo saldré de esto? Podría haber muchas respuestas como: “voy a orar mas”, “voy a leer más la Biblia”, etc., pero el Señor dice esto: “…que creáis en el que él ha enviado” (Jn.6:29). Es decir, nos lleva directamente a él. Y así como Pablo, también nosotros nos preguntamos: ¿Cómo me libraré? ¿Cómo venceré? ¿Cómo superaré este problema que me humilla? Pablo empezó a mirar a alguien fuera de sí mismo. Demos gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor que nos librará del mal; él es la respuesta. “Con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro.7:25). Por eso decía que era el peor de lo pecadores, aunque no tenemos registro de sus pecados, sino de su victoria. Ahora sí llegamos al Lugar Santísimo del templo, al capítulo 8. Continuamos en el plano de la nueva creación que ya se había introducido desde el capítulo 5 y 6. Después de haber dado gracias a Dios por Jesucristo, menciona que “…ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Ro.8:1). Los que están en Cristo ya no pueden tener confianza en la carne, ni en sí mismos, ni en carne humana, solamente en Jesucristo. Y ¿qué implica estar en Cristo? Estar en él, es estar en el Espíritu. Así como todo lo que Adán destruyó lo heredamos en la carne, y andando en ella es lo que tendremos, así también Cristo venció, y lo que él es lo heredamos también gratuitamente en el Espíritu. Pues en la carne heredamos a Adán, y en el Espíritu heredamos a Cristo. Si andamos en el Espíritu, en el Espíritu somos libres, santos, justos, y buenos; y aunque la Palabra nos dice que no hay ninguno bueno sino Dios, el Espíritu Santo dice que Bernabé era un varón bueno. ¿La palabra se contradice? Bernabé era malo en Adán, pero bueno en Cristo. La ley del Espíritu “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús…” (Ro.8:2). Estar en Cristo es estar abiertos y confiados al Espíritu, pero no sólo al Espíritu, sino que nuestra fe debe incluir más revelación. Aquí no habla sólo del Espíritu, sino de la ley del Espíritu. Nuestra fe debe también creer en esta ley, así como hay una ley en la carne. El Espíritu de Dios, el del Padre y el del Hijo, también tienen una ley, que es interior, que siempre lleva a hacer lo perfecto, lo bueno, lo santo, lo que agrada a Dios; y así como la ley de la carne nos lleva al pecado y a la muerte, la ley del Espíritu nos lleva hacer lo correcto, y lo correcto es andar en Cristo. “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez.36:27). El Señor no solamente nos dio el Espíritu, sino que el Espíritu que nos dio tiene también una ley. Por eso está escrito que la ley del Espíritu es una revelación de Dios. Debemos creer y confiar en el Espíritu, en el que tanto confió el Señor; él nos dijo que cuando viniera el Espíritu Santo, el otro Consolador: “…él os guiará a toda verdad…” (Jn.16:13). Eso no será solamente una verdad sinóptica, será una verdad espiritual, es decir, una vida. Si hemos nacido de nuevo y tenemos al Señor Jesús y a su Espíritu, también en nuestro espíritu hay otra ley superior que es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, la que me libra de la ley del pecado y la muerte en la carne. No es el esfuerzo de mi alma, es la ley del Espíritu; no es lo que produzco con mi fuerza, sino es lo que produce por si solo el Espíritu. Él es el que toma la iniciativa y nos impulsa, nos sostiene y nos ayuda; nos hace fuertes, alegres, no como respuesta a nuestros méritos, sino como respuesta a su propia fidelidad, a su propia función, a su propia misión. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado…” (Ro.8:2). Esta fue la experiencia de Pablo; por eso él dice que “… aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia…” (Rom.6:17-18). La obra del Señor no puede ser solamente el aspecto negativo de la Cruz, y negativo en el sentido de solo quitar lo malo, sino también el aspecto positivo, de suplir por el Espíritu. Es el Espíritu el que introduce lo nuevo. Sí necesitamos el perdón. Gracias a Dios, en el mundo cristiano, especialmente evangélico, se ha enfatizado sobre el perdón de los pecados por la Sangre, y sobre nuestra muerte juntamente con Cristo; pero también es necesario seguir al Espíritu en el que también hemos resucitado, y hemos nacido de nuevo. En ese mismo Espíritu que es el de Dios, que es el de Cristo, que es el de los Apóstoles, que es el del Nuevo Testamento, en ese mismo Espíritu nosotros también debemos andar. “Porque lo que era imposible para la ley…” (Ro.8:3). Siempre la salida es Dios; Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado (es decir, con la misma naturaleza humana que tenía Adán quien después se vendió al pecado), lo condenó en la carne, y no permitió que el pecado venciese, y lo expuso, y no lo aprobó. Parece que fallar es humano, y se acepta la pecaminosidad como algo normal, llamando a lo malo bueno y a lo bueno malo, porque el hombre, de tanto querer ser perfecto y no poder, acepta su imperfección como algo normal. Pero es Cristo lo que Dios tiene como normal para el hombre. No cedamos a la naturaleza humana caída, sino que digamos al Señor que queremos vivir como si no fuéramos humanos, y que todo esto no lo podemos vivir sin Él. Y así como Pablo, que vivió una gran y maravillosa vida en las narices de su propia debilidad, el poder de Dios se demostró perfecto en él, y con esto no se está diciendo que Dios no fuera perfecto, sino que su poder se manifestó en él, mientras más débil era Pablo, diciéndole: “…mi poder se perfecciona en la debilidad….” (2Co.12:9). En otras palabras, quiso decirle que aunque él era débil, que confiara en Dios, y Él aplicaría su perfección en él. Continúa el apóstol, diciendo: “…condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, (no sólo en cuanto a la muerte sino en cuanto a lo que es correcto) que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro.8:4). Entonces, aquí Pablo introduce la vida en el Espíritu, eso que él experimentó y que muchos otros victoriosos en Cristo también experimentaron. Continúa diciendo: “porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro.8:5-6). En el griego, la traducción de ocuparse es “poner la mente en”. Nosotros somos tripartitos, espíritu, alma y cuerpo. Los hijos de Dios tenemos al Espíritu de Dios en nuestro espíritu; nuestra alma está entre el espíritu y la carne; ella es la que escoge, ella es la que decide de qué ocuparse, en quién poner la mente. Por lo tanto, el alma puede poner la mente en las cosas de la carne, y tan pronto dejas que el alma se solace en pensamientos de la carne, comienza a despertar la concupiscencia, los juicios, empieza el enojo, el rencor. Y todo, por poner la mente donde no debía, en vez de haber puesto la mente en el espíritu, en el hombre interior, donde está el Señor. El alma tiene la oportunidad de poner la mente en la carne o en el espíritu. Pablo dice que: “…se propuso en espíritu…” (Hch.19:21). Él estaba en contacto con el Espíritu, atento al Señor en su espíritu; hay que servir al Señor que mora dentro de nosotros y adorarlo en el espíritu. Si nos volvemos a Él cosecharemos vida y paz, y le daremos lugar a que el Espíritu con su ley interior se mueva. Este es el asunto: andar según el Espíritu, ocuparse de la cosas de Dios, no en las cosas religiosas; es ocuparse de Dios mismo, atender al Señor, volverse a él, invocarlo, tocarlo con nuestra fe, atender su mover en el Espíritu si él está alegre, si está triste, si hemos contristado su Espíritu. Voy a atender al Señor en el hombre interior; a eso se refiere, porque ocuparse de la carne es muerte. “Por cuando los designios de la carne son enemistad contra Dios…” (Ro.8:7); las intenciones de la carne; y en consecuencia, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Es una cuestión de capacidad. Aun el alma sola, el hombre psíquico, no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, sino que se deben discernir espiritualmente, poniendo atención al mover interior del Señor en el espíritu. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:9-10). Estar alerta a lo que pasa dentro de nosotros, no dejarnos arrastrar al remolino del alma, a los apuros de este siglo. Invoquemos al Señor y descansemos en Él. “Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”(Ro.8:11). Él vivificará no sólo nuestro espíritu, y no sólo nuestra alma, sino aun nuestro cuerpo. Nuestro viejo hombre fue crucificado y por eso podemos, en la práctica cotidiana, hacer morir las obras de la carne “…todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos; ¡Abba, Padre! (Ro8:14-15). Esto es algo que él mismo hace: da testimonio a nuestro espíritu que no nos abandona, él nos mueve, nos habla, nos santifica; allí nos declara en el Lugar Santísimo que somos hijos de Dios, “y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que también juntamente con Él seamos glorificados” (Ro.8:17). Hay un padecimiento en este conflicto, en este combate, luchando hasta la sangre contra el pecado, pero no en la sola fuerza nuestra, sino con la fe, contando con el Espíritu y su ley. El fluir del Espíritu, la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús es la que nos libró, dice Pablo, de la ley del pecado y de la muerte.

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