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RECAPITULACIÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:10, Categoría: General

Recapitulación. En el evangelio de Marcos hay una parábola del Señor Jesucristo que solamente él registra, que sintetiza muchas cosas, y que nos ayudará a tener una visión global de la obra del Señor. La obra del Señor es preciosa y también profunda que nos revela la riqueza de nuestro Señor. Dios hizo una obra en continuidad, y así él les ha hablado a sus siervos. Estamos trabajando en conjunto, trabajando en equipo en una obra multigeneracional en el Señor, y como se dijo de David: “él fue fiel a su generación”. La obra de ninguna generación es una obra aislada, sino que es una obra que descansa en los trabajos del Señor con las generaciones anteriores, y que debe avanzar un poco mas de generación en generación, hasta llegar a una conclusión. Por eso es que Pablo, en el capítulo primero de la epístola de los Efesios, habla de “la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así (de) las (cosas) que están en los cielos, como (de) las que están en la tierra” (Ef.1:10). En esta frase de Pablo, guiado por el Espíritu, nos da cuenta que los tiempos tienen un sentido. El Señor es el Señor de la historia; y su obra, junto con el Espíritu Santo y la Iglesia, continúa su avance a lo largo de la historia y de la geografía. Podemos afirmar entonces que la obra de Dios es multigeneracional, y a nosotros no toca recibir el beneficio del trabajo del Señor con las generaciones anteriores, y a la vez nos toca poner nuestro granito de arena para las próximas. Entonces, esos pasajes de recapitulación, de síntesis, nos ayudan mucho porque hacen que no nos perdamos en los detalles, sino que los aprovechemos y que los integremos en la visión general de Dios. Esta visión de Dios podríamos decir que es un paradigma, una manera de ver las cosas, y es la única que no se equivoca. Dios es suficiente en sí mismo, pero como él en sí mismo es amor, él no quiere ser el único que existe, aun cuando él no necesita que exista nadie más, pero por ser un Dios tan lleno de vida y de buena voluntad, ha dado el ser a otras criaturas haciéndolas partícipes de la existencia, y les ha delegado también una misión, función y capacidades. Esta parábola en Marcos también sirve como una recapitulación histórica de la obra y del reino de Señor. Entonces, nos ayudará a comprender muchas cosas de la palabra de Dios y de la historia de la iglesia. “Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado” (Mr.4:26-29). Nos podemos dar cuenta que el Señor nos da esta preciosa y didáctica parábola como una real síntesis de un largo proceso. El trabajo del Espíritu Santo a lo largo de la historia es un proceso y la Palabra del Señor nos habla de estos procesos, como también nos habla de obras consumadas, sin encontrar en ellas contradicción. Realmente, no habría procesos si no hubiera habido primero una obra consumada, y digamos que la obra que el Señor consuma es la base para que pueda haber un proceso. La obra que el Señor termina es una provisión para ser aprovechada, pero el aprovechamiento de esa provisión es la semilla que se siembra, y las semillas se multiplican. Al principio es una sola semilla, pero está programada para reproducirse en muchas. Las provisiones, el arreglo divino de Dios, da todo de antemano, listo para que, a partir de ese don de Dios, ese regalo, se desarrolle en un proceso que nos conduzca a la expresión gloriosa de Dios. Lo que el Señor dio debe ir descubriéndose, disfrutándose y formándose en nosotros. Todo es herencia nuestra, pero con Cristo. Aquel que lo pierda todo por causa del Señor, lo gana todo; y el que quiera perder al Señor para quedarse con todo, se queda sin nada. Qué paradójico es que para heredar todo, hay que perderlo todo y rendirlo todo a los pies del Señor. Y en Jesús, el Hijo de Dios, todas las cosas a la verdad son buenas, y nada es desechable. Esto nos muestra el principio de la Trinidad; el Padre no hace nada sino con el Hijo. Jesucristo dijo: “…como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…” (Jn.17:21). Ese “como” es el modelo para la Iglesia; o sea, Dios siendo todo en todo, pero primeramente en la Iglesia. Dios quiere que hagamos las cosas con él y él con nosotros. Dios quiere hacer muchas cosas, y las va a hacer con la Iglesia, como las hizo con Cristo. Él realizó con Cristo todo lo que necesitaba para hacer al hombre y Dios hizo al hombre perfecto en Jesucristo. El reino es el proceso por el cual Dios llegará a ser todo y en todo a través de Cristo. La Iglesia es la vanguardia del reino de Dios, y por fin se verá este reino manifiesto en la Nueva Jerusalén. Pero todo aquello tiene que ir siendo construido desde la raíz. Esta parábola que hemos recibido nos muestra la historia sagrada; así es el reino de Dios. Cuando un hombre siembra una semilla, lleva fruto a la tierra. Así mismo es la vida de la Iglesia. Cuando la semilla que representa a nuestro Señor es plantada, y recibimos a Jesús como el Hijo de Dios, comienza la nueva vida. Comienza el crecimiento y el desarrollo de la Iglesia. Ahora, de esa semilla tiene que salir una hierbita. Y no puede salir sino de la semilla; pero esa hierbita no es toda la potencialidad que está en ese granito de semilla, sino que hay hojas y ramas. Dios quiere que esta planta crezca en buena dirección para que cuando sea espiga, tenga tallos verdes, y cuando madure va a ser exactamente igual que el original y van a poder multiplicarse las semillas. El reino de Dios es así. Cuando el grano está maduro, en seguida se mete la hoz porque la siega ha llegado. El tiempo de la siega para nosotros es la venida del Señor, pero esta venida tiene que ver con la madurez de la Iglesia. Entonces, Dios no retarda su proceso, sino que espera que nos arrepintamos y nos volvamos a Él. Hay un proceso en el crecimiento espiritual y formación de Cristo en la Iglesia, y nosotros somos los herederos de todo el trabajo de nuestros antepasados. Somos deudores, porque entramos en las labores que ellos comenzaron. Al final, tiene que haber granos llenos para que llegue el tiempo de Dios y él pueda venir a cosechar. En Gálatas también podemos ver como se nos habla de un proceso, y de una realidad que es la siguiente: “Pero cuando agradó Dios, que me apartó desde en el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mi, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre…” (Gá.1:15-16). La frase “revelar a su Hijo” es una realidad espiritual necesaria. Hoy, ese es el fundamento. El Espíritu Santo viene para glorificar al Hijo, para darnos sabiduría y revelación en el conocimiento, que es espiritual y no sólo intelectual. Jesucristo, siéndonos revelado por Dios nuestro Padre, es el fundamento; y la Iglesia es edificada en la misma medida en que el Señor Jesucristo nos es revelado. En la medida que el Espíritu Santo nos revela al Hijo somos edificados, ya que todo aprovechamiento depende del Cristo que conocemos. Lo que Cristo sea para nosotros es lo que determinará lo que lleguemos a ser para Dios. Nada nos ayudará más que conocer al mismo Señor y sus caminos, siendo todo revelado de manera espiritual. Conocer al Señor en Espíritu y seguirlo en unión, siendo uno con él, y así llegar a ser conformados a la imagen de Dios. “Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gá.2:19-20). Cristo en mí, es un estado, pero vivir por el Cristo es diferente. Está el aspecto de la vida misma y el aspecto del vivir la Palabra. Se nos muestra a Cristo como la vida, pero también como el vivir, que nos muestra la vida del que tiene al Hijo. Dice Pablo: “…para mí el vivir es Cristo…” (Fil.1:21); él es la vida, él es el depósito, la provisión, y disfrutar de esta vida es la aplicación. Aplicar la provisión de Dios en Cristo. Hay un avance progresivo en esto, pues Cristo se nos ha revelado, y luego él viene a ser la vida en nosotros: “…y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios…” (Gá.2:20). Estamos en esta carne luchando desde el espíritu contra todo lo que en ella hay. Aunque Cristo ya la venció, y nos dio la victoria en el Espíritu, si vivimos en comunión con él. Aunque seamos necios, débiles y menospreciados, nos debe bastar su gracia. Su poder se perfecciona en nuestra debilidad; así que si somos débiles es una buena ocasión para decirle al Señor que nos enseñe. Tenemos que poder ver las cosas como Dios las ve. Nosotros como Iglesia pasamos por distintos desafíos durante la historia, pero el Señor es la respuesta ante todo reto. Si la Iglesia está pasando persecuciones, el Señor nos dice que él estuvo muerto y resucitó. Él nos pide que seamos fieles hasta la muerte. Él es el buey bueno que nos ayuda a llevar la carga. La Iglesia debe dar lugar a que el Señor llene toda nuestra vida, que nada vivamos sin él. Dios quiere vivir nuestra vida, mientras nosotros vivimos nuestra vida en la vida de él. Quiere llenar nuestra vida, darle significado. Siguiendo en Gálatas capítulo 4 versículo 19, nos dice Pablo: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros…”. El Cristo revelado del capítulo 1, en el 2 es el Cristo viviente, Cristo como vida y vivencia, y ahora en el 3 es Cristo formado. La vida de Cristo se forma en nosotros y vamos conociendo al Señor cada vez de una manera más nítida. Dios nos dio a su Hijo y nos dio su Espíritu que vive en nosotros: “Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien, con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte” (Fil1:19-20). Es hermoso esto que nos dice el apóstol. Cristo es revelado en nosotros y existe Aquel que suministra el Espíritu; hasta que Cristo sea magnificado aun en nuestra carne, en nuestra vida y en nuestra muerte.

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