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SEGUNDO NIVEL DE LA CRUZ

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:05, Categoría: General

Segundo nivel de la Cruz Volvamos a abrir la Palabra del Señor en Romanos, porque queremos ubicarlo en el contexto general del plan del Señor, pero primero es necesario volver sobre nuestros pasos y todavía considerar algunas cosas. Para ver Romanos, vamos a leer en Hebreos, para que la visión de Romanos se nos amplíe. Desde el verso 1: “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. Porque el tabernáculo estaba dispuesto así” (He.9:1-2). El autor, que aquí nos va a hablar de disposiciones del tabernáculo, aunque no dice todas las que hubiera podido decir, pues ya en el capítulo 6 dice que “Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar…” (He.6:1). Todo esto no se puede ahora hablar en detalle, entonces decía algunas. De las cosas que sí hablaba, nos daban la clave para saber que había otras que no dijo, pero que las dejó indicadas; o sea, nos dejó la clave para entrar en las otras. Continuemos en Hebreos 9: “…en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle. Y así dispuestas estas cosas…” (He.9:2,6). Todo aquello que era una disposición de Dios, una disposición para nosotros hoy, no era solamente para el culto de ayer en el Antiguo Testamento. Vamos a ver el objetivo, que es éste, ver que esa disposición de culto, esa colocación del mobiliario y las ordenanzas del santuario eran para hoy, para hablarnos hoy. “…en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando el Espíritu Santo a entender con esto…” (He.9:6,8). Con esas disposiciones, con esas ordenanzas de culto, con esos muebles, etc., el Espíritu Santo quería dar a entender cosas propias del Nuevo Testamento, cosas que atañen a la Iglesia hoy, como lo dice también aquí en el mismo capítulo, en la misma epístola de los Hebreos capítulo 3 verso 5: “Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir…” No solamente era para testimonio de lo que sucedió en el pasado, sino que Moisés fue fiel para testimonio de lo que se iba a decir, ¡lo que se iba a decir! Y lo que se iba a decir tiene que ver con el Nuevo Testamento, con la Iglesia, y con el evangelio. Dios dispuso aquel santuario, aquellos ritos, aquellos muebles, con el objetivo de preparar lo que se iba a decir, con el objetivo de enseñar. Dios es muy didáctico, y como dice el dicho, “una imagen habla más que muchas palabras”, entonces Dios utiliza imágenes, utiliza figuras, para que al verlas, podamos entender más fácilmente. Y ahora llegamos a la frase clave, en Hebreos: “…dando el Espíritu Santo a entender (…) Lo cual es símbolo para el tiempo presente…” (He9:8-9). Podemos apreciar que todo esto no era solamente una cuestión de arquitectura y de decoración, sino era un lenguaje del Espíritu Santo para hoy, para el tiempo en que se habría de decir algo, y por eso tenían que usarse esas figuras, esos símbolos, para poder decir las cosas de hoy. Cuando estamos leyendo aquellas cosas, debemos leer como para nosotros hoy, y que no solo estamos leyendo cosas de ayer, porque con lo de ayer Dios quería hablar hoy. “…Ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (He9:10). Antes del tiempo de reformar las cosas, estaba en vigencia lo simbólico, lo tipológico. Cuando llegó el tiempo de reformar las cosas, fue el tiempo de la realidad, y el tiempo presente es el tiempo de reformar las cosas. El Espíritu Santo nos da a entender cosas para hoy. En el tabernáculo, en el Atrio, de afuera para adentro, había principalmente dos muebles. Un mueble que era el Altar de Bronce, donde se ofrecían los sacrificios, de donde se obtenía la Sangre que el sumo sacerdote introducía hasta el propiciatorio, y había también una Fuente de Bronce que estaba descrita en el libro del Éxodo. Vamos a Éxodo para ver esa Fuente de Bronce: “Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una Fuente de Bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavaran las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones” (Ex.30:17-21). Pasemos unas páginas más del libro de Éxodo, hasta el capítulo 38 versículo 8, donde hay un detalle adicional que no apareció en la lectura anterior, que nos ayudará a entender mucho más: “También hizo la Fuente de Bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.” Entonces, ¿qué hacían las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión con sus espejos? Se miraban a sí mismas. En ese tiempo, los espejos no eran como los de ahora que son de cristal con nitrato de plata, sino que eran de bronce bruñido. Entonces, las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, o sea, las mujeres santas de Dios, las que representan a la Iglesia, se podían reflejar, verse a sí mismas en el bronce. Con eso se hacía la fuente. Notemos que los sacerdotes, cuando llegaban, inclusive antes de pasar por el altar, tenían que llegar a la Fuente de Bronce. Esto quiere decir que los mismos sacerdotes se podían ver a sí mismo en aquella fuente, y después de verse, de reconocerse, se lavaban. Y ¿para qué sirven esas dos cosas? Antes de poder entrar a las siguientes, de poder pasar al Lugar Santo y al Santísimo, ellos tenían que pasar por el Atrio, y en el Atrio tenían que pasar primeramente por la Fuente de Bronce, antes de ofrecer los sacrificios para que no murieran. Para que no haya muerte, debe haber arrepentimiento y fe, que es lo que está representando esa Fuente de Bronce y ese altar. En los tres primeros capítulos de Romanos, podemos encontrar ahí la Fuente de Bronce, y ¿qué es lo que nos dicen? Ellos cumplen el papel de la Fuente de Bronce hecha con los espejos de bronce, pues nosotros somos reflejados, se nos muestra nuestra verdadera cara y necesitamos lavarnos, además de necesitar el sacrificio. Miremos lo que dice, por ejemplo, en el capítulo 1, en el verso 18: “…La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se los manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”. Ahí está el espejo, no tienen excusas, dice. Muchos dirán, “pero yo nunca había oído”, pero ha visto la obra de Dios, porque las cosas invisibles de Dios se hacen claramente visibles por medio de las cosas hechas. Así que, al menos, una porción de la verdad de Dios es revelada a través de la naturaleza y del universo creado por Dios. O sea que aquí, este capítulo comienza a mostrar que somos inexcusables. También la ley nos muestra que necesitamos a Cristo, porque el objetivo de la ley es servir como ayo; o sea, cuando llegamos al bronce de los espejos, empezamos a conocer que somos inexcusables y que necesitamos a Cristo, y no solamente nosotros, sino el mundo entero, porque en el capítulo 1 habla de la gente que no conoce la ley, pero en el 2 habla de los que sí la conocen. “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre…” (Ro.2:1). Otra vez continúa la acusación; ya había dicho que no teníamos excusas porque la naturaleza nos habla la verdad de Dios, por lo menos en parte, pero nos habla de la verdad, y que los hombres con injusticia la detienen, y el capítulo 2 nos muestra también que la ley nos conduce a Cristo, y se lo muestra también a los judíos. Ya cuando llegamos al capítulo 3, ahí sí que no queda ninguno con excusa, porque el apóstol Pablo hace un ramillete de versículos, haciendo un salmo de salmos, pues junta varios salmos. ¿Y qué dirá este salmo? “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios, todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos (Ro.3:11-18). ¡Qué espejito! ¿no? ¿Qué era lo primero que haría el Espíritu Santo? Lo dijo el Señor Jesús, que sería el Consolador, y convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Entonces, notemos que el evangelio comienza por un llamamiento al arrepentimiento, y nos hace vernos a nosotros mismos a la luz de Dios. Entonces, ahí en el capítulo 1, en el 2 y en el 3, tenemos esa Fuente de Bronce que nos llama al arrepentimiento. Ahora ya pasamos al Altar; después de haber pasado por la Fuente, para reconocernos y lavarnos, pasamos al Altar, donde está la base de nuestra salvación. Pero la ley nos tenía que ayudar, porque la gente pensaría que es buena, pero viene la ley y dice al hombre que no haga estas ciertas cosas. Alguno obedeció nueve puntos de la ley, pero en el número diez falló. La Palabra nos dice que si se falla en una cosa de la ley, falla en todas, y es un transgresor. Ahora sí podemos ver que necesitamos a Cristo. Ahora, de la fuente pasamos al Altar de Bronce, donde se ofrece una serie de sacrificios. Entonces, en el capítulo 3:19, pasamos de la Fuente al Altar de Bronce: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo en juicio de Dios…” El Espíritu nos convence de pecado, de justicia y de juicio, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley (ese es el capítulo 2) es el conocimiento del pecado. “Inexcusable”, se les dice a los gentiles; “inexcusable”, se les dice a los judíos; todos, no hay diferencia, y no hay manera de ser salvos. No hay ni siquiera uno, todos se hicieron inútiles. Esto es muy serio, pero ahora se hace el traslado. El Evangelio recién está comenzando con el arrepentimiento; arrepentíos, así empieza el evangelio. ¿No fue acaso lo primero que el Señor Jesús comenzó a anunciar por todas partes? “Arrepentíos y creed”, nos decía. “…Ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para que todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituido de la gloria de Dios, siendo justificado gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Ro.3:21-26). Ahora ya pasamos al altar. ¿Nos podemos dar cuenta? De la Fuente de Bronce, pasamos al Altar. Aquí empiezan a aparecer palabras preciosas, todas relacionadas unas con otras, y con una secuencia: justificación, redención, propiciación; y de a poco nos encontramos con reconciliación, salvación y nos damos cuenta que nos topamos con el Altar de Bronce. Y eso nos hace recordar el libro de Levítico, para volver otra vez de nuevo a Romanos. Los primeros capítulos de Levítico nos presentan distintas clases de sacrificios, aunque nosotros sabemos que el sacrificio del Señor Jesucristo fue uno solo, y hecho una sola vez y para siempre. Sin embargo, es tan profundo y tan rico lo que Jesús hizo en la Cruz, que Dios para poder enseñarnos a valorar el sacrificio de su Hijo, para poder penetrar en las insondables riquezas de su gracia, simbolizó el sacrificio de Jesús con muchas clases de sacrificios, usando distintos nombres, distintas frases, en la que cada una nos muestra un aspecto. Por ejemplo, vamos a mirar los títulos de los primeros capítulos: Levítico, capítulo 1: “Los holocaustos”; capítulo 2: “Las ofrendas”, ofrendas en el Altar de Bronce; capítulo 3: “Ofrendas de paz”; capítulo 4: “Ofrendas por el pecado”; capítulo 5: “Ofrendas expiatorias”; capítulo 6: “Leyes de los sacrificios”, y eso continúa en el 7. Y ya al final de toda esa lista, que empieza desde el 1 hasta 7, vemos lo que nos dice este último capítulo, como resumiendo en un título lo que leímos en todos estos 7 capítulos. “Esta es la ley del holocausto, de la ofrenda, del sacrificio por el pecado, del sacrificio por la culpa, de las consagraciones y del sacrificio de paz…” (Lv.7:37). Todos estos sacrificios que están descritos con detalles, se refieren a un solo sacrificio hecho una vez y para siempre del Señor Jesucristo; pero como para ver las insondables riquezas de esto, empieza el Espíritu Santo a desglosarlo, y comienzan a aparecer palabras diferentes que se refieren a realidades espirituales, todas relacionadas y todas provenientes de la Cruz de Cristo, porque aquello era lo que se iba a decir hoy, en la era de la Iglesia, en la era de la gracia, en la edad del Espíritu del Nuevo Pacto, y del régimen nuevo. No debemos pasar por alto Levítico, hay que volver a leer y releer, para poder comprender que hay varias palabras curiosas. Vamos a Levítico 1. Este primer capítulo nos habla de los holocaustos, y cuando comparamos estos con las ofrendas, en las que también se sacrificaba un cordero o un becerro, o una cabrita, podemos ver que es casi lo mismo, pero aparecen palabras diferenciales. Por ejemplo, los holocaustos eran totalmente quemados y se ofrecía todo, y el sacerdote no comía nada. El holocausto se ofrece todo, en comparación con los demás, en que los sacerdotes sacaban algo para ellos, o en otros sacrificios que el pueblo podía comer también, dejándole determinada parte para el sacerdote y su familia. Entonces, ¿por qué en los holocaustos los sacerdotes no podían comer? Había que quemarlo todo, y en ninguno de los otros se hacía de esta manera porque los holocaustos satisfacen la necesidad de justicia, honra, santidad y gloria del Padre. Todos ellos hablan del sacrificio de Cristo, pero hablan aspectos diferentes. Dios hace las cosas detalladamente. Por ejemplo, dice que había unos garfios, para abrir el animal y separar el hígado del páncreas, y los intestinos y el estómago. Al leer esto, pareciera ser una carnicería, pero al comprender que todo habla del Señor, y es para la Iglesia, es muy diferente. Si relacionamos esto con nuestra vida, muchas veces decimos “¡Señor, perdóname si he pecado!”. Y claro que hemos pecado, pero es necesario ser más detallista, como lo es el Señor. Imaginémonos esto: con un garfio se ha agarrado el hígado, el riñón izquierdo y el derecho, pues así es como había que ofrecer las cosas. Por lo tanto, no podemos decirle al Señor que hemos pecado, sino más bien: “Señor, fui hipócrita”, “fui envidioso”, “lujurioso”, “perezoso”, “tuve mala voluntad”, etc.; o sea, debemos repartir en pedacitos las cosas. ¿Nos damos cuenta? Todo eso está para hacernos ganar tiempo, y para que vayamos por donde hay que ir. El capítulo 1, donde la característica es que todo se quema, para que Dios lo huela y lo considere agradable. A veces nosotros venimos a Dios por causa de nuestra necesidad, pero el Señor Jesús sabía que su Padre había sido despreciado, y la justicia, y santidad de Dios fue ofendida, habiendo que hacer justicia primeramente a Dios, antes que ver la necesidad de los hombres. El Señor Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres. El hombre merecía la muerte, y Dios merecía la vindicación, la gloria del reconocimiento. Debía haber un sacrificio que satisficiera la necesidad de Dios. El Padre es justo y por eso alguien tenía que morir. Dios podía habernos perdonarnos sin la muerte de Jesús, pero no hubiera sido justo. La gloria de Dios había sido profanada con la rebelión del hombre. A veces nosotros nos olvidamos de vindicar la gloria de Dios, pues con tal de nosotros salir del infierno no nos importa si Dios sigue mal entendido, o si el corazón de Dios sigue insatisfecho, porque sólo nos interesa la satisfacción de nuestra necesidad. Lo que hizo Jesucristo fue primeramente en relación con su Padre, pues su justicia, su santidad y su gloria debían ser vindicadas. Dios debía ser adorado. En la Cruz, el Señor Jesús honró a su Padre, honró su justicia, su santidad, su gloria, su derecho. Por eso nadie podía comerlo, pues el holocausto sólo Dios lo podía oler; no era para con el hombre, aunque del mismo sacrificio somos perdonados, reconciliados y justificados, y somos beneficiados. En la relación del hombre con Dios, hay que ser justos con él. Anteriormente, leíamos en Romanos que el hombre detiene con injusticia la verdad, injusticia contra Dios, y echándole a él la culpa de cosas de que somos nosotros los culpables, ofendiendo su justicia, su santidad y su gloria. Entonces, nuevamente, ¿qué hace el holocausto? ¿Qué representa el holocausto? Que es uno de los aspectos del sacrificio de Cristo, en el cual pone los intereses del Padre por encima de los intereses humanos. Es el segundo aspecto que se describe, el de la ofrenda, que no es todavía por el pecado, sino el derecho que Dios tiene de poseerlo todo; de que todo se haga para él, porque es de él y es para él, así como dice la Escritura: “todo es de él, por él y para él”. Este aspecto de la muerte de Cristo, a veces no lo consideramos, porque estamos solo pensando que nos perdone, y ojalá lo más rápido posible. En Eclesiastés se nos dice que cuando vengamos a la casa de Dios no lo hagamos apurados, ni ofrezcamos el sacrificio de los necios, sino más bien, llegar para ser tocados por Dios, convencidos, iluminados, limpiados y convertidos, o si no, vamos a salir igual para pecar otra vez. (Paráfrasis Ec.5: 1 al 7). El Señor Jesucristo estaba interesado en vindicar a su Padre. ¿Por qué no perdonó Dios sin sacrificio? y, ¿Por qué no perdona a todos los que no le piden perdón? Nosotros deseamos que Dios perdone a todos, que nadie se vaya al infierno. Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que para Satanás y sus ángeles, pero hay hombres que han seguido a Satanás hasta el infierno, y van a estar muy incómodos en él. Dios no perdonó a los ángeles, ellos no tienen redención, porque fueron creados en la gloria y ofendieron a Dios, y esta ofensa contra la majestad de Dios fue grave. Nosotros nacimos en oscuridad, nacimos en pecado, nacimos corrompidos, pero Dios nos socorrió y por la fe nos salva. Nosotros no entendemos lo que significa una ofensa a la majestad de Dios, no entendemos la ofensa que hacemos a Dios, y a los hombres, hasta que nos toca probar de la misma medicina. Hay que tener conciencia, vivir en la presencia de Dios y pensar en los intereses de él por encima de los de los hombres, para que no estemos en la posición de Satanás, porque así le dijo Jesús a Pedro: “… ¡Quítate de delante de mí, Satanás!”(Mr.8:33). ¿Por qué? Porque no tenía la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Ese es el sentido que tiene el holocausto, totalmente quemado, para que sólo Dios sea vindicado, y sólo Dios sea reconocido en su derecho, en su gloria, porque el Señor vino a reconciliar. En el capítulo 2 aparece que, si alguno ofrendare algo a Dios, el sacerdote puede comer de la espaldilla, del muslo, y no puede comer de la sangre, no puede comer de la grosura. Ciertas cosas son sólo para quemarlas delante de Dios, pero ahora nosotros también tenemos beneficios, por ejemplo, el perdón, y estuvimos viendo que es un beneficio; la libertad, es un beneficio; la justificación, la redención, la propiciación, la reconciliación, la regeneración, la santificación, la renovación, la vivificación, la glorificación, la edificación. Son todos beneficios que nos vienen del sacrificio de Cristo y de su resurrección, ascensión y Espíritu. De esto nosotros podemos comer, pero ahí continúa la variedad: esto es de paz y esto es para tratar el problema de la culpa, y esto para tratar el problema del pecado. Cuando llegamos a Romanos capítulo 3, el Altar de Bronce, donde se presentaban todos esos sacrificios, podemos ver que empieza el Espíritu Santo, al ponernos el espejo de la Fuente de Bronce, a mostrarnos el derecho de Dios y las injusticias de los hombres, que cambiaron con injusticia la verdad, y no le dieron la gloria a Dios, sino a las criaturas que empezaron a llamarles dios, ignorando al verdadero Dios. Por eso la idolatría es una ofensa grande, porque Dios dice que él es celoso. A veces no conocemos a Dios como un marido cuyo Espíritu nos anhela celosamente, y quiere que le pertenezcamos a él, que existamos para él. El propio pueblo de Dios tiene amantes distintos al Señor, pues, ¿acaso no nos dice el apóstol Santiago (no el de los doce, sino el hermano del Señor) en su epístola?: “¡Oh almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg.4:4). Dios (mucho más que nosotros) quiere estar unido al hombre; él quiere abrazarnos y hacerse uno con nosotros. Para eso nos hizo, y eso es lo que está esperando. A veces nosotros no nos damos cuenta y tenemos una imagen de Dios como un ogro, como alguien insaciable, como alguien imposible de agradar. Pero él ha hecho todo para recibirnos; nos ha dado todo, nos ha perdonado, y lo seguirá haciendo. Dios está tratando con nosotros y nos revela lo íntimo del asunto en la Cruz del Señor Jesús. Por eso debemos entender lo más que podamos, con la ayuda del Espíritu Santo. ¿Por qué fue necesaria la Cruz? ¿Qué asuntos involucra, y hasta dónde nos lleva la Cruz? El Señor había muerto como el Cordero de Dios, para tratar ese primer aspecto, ese primer nivel de la Cruz que es el de nuestros pecados. Hemos visto que también él fue representado con una serpiente de bronce ensartada en un asta, o sea, el juicio de la serpiente, y algo más que ya sabemos, pero que hay que tenerlo bien claro, y es que nuestro problema no son sólo los pecados que hemos cometido. Porque los frutos se deben al árbol, y no sólo a los malos frutos; por lo tanto, no solamente hemos pecado, sino que somos pecadores. Por eso, algo de la Cruz tiene que ver con los que hicimos, y algo de la Cruz tiene que ver con lo que éramos. Entonces volvemos a Romanos otra vez, desde el capítulo 3 verso 21, continuando por todo el 4 y el 5 hasta el verso 11, que nos habla de ese primer aspecto en que nos hemos detenido, el de la Sangre, el de la justificación por la redención, por la propiciación; y porque hubo propiciación hubo redención, porque hubo redención hay justificación, por eso el sacrificio por la culpa; y hay también por el pecado, y aquí empieza a hablarse de pecados en plural, de transgresiones, hasta que llega a la mitad de el capítulo 5 donde el Espíritu Santo comienza a hablar del pecado, de la naturaleza pecaminosa, del pecador, del árbol maligno. Todo lo que ha significado el sacrificio de Cristo, Dios quiere mostrarnos su sentido. Quiere que conozcamos a su Hijo, que conozcamos el asunto, que entendamos a Dios. El Señor quiere que no nos gloriemos en ninguna otra cosa, pero que le entendamos a él, y en eso gloriarnos; no en el dinero o en cualquier otra cosa, sino en él. Y a Dios no lo conocemos sin Jesucristo, y a Jesucristo no lo conocemos sin la Cruz, porque ella es la que resuelve las cosas en los cielos y en la tierra. La Cruz es lo que revela el corazón de Dios, la naturaleza de la Trinidad, y el destino de la Iglesia. En Romanos 4, verso 7, dice: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos”. Aquí dice iniquidades y pecados en plural, y habla de perdón y de cobertura. De la carne del sacrificio, cierta parte, o con otras palabras, ciertos aspectos nosotros podíamos comer, pero el holocausto se lo comía todo Dios; todo se quemaba para Dios y no había ningún desperdicio. Era el derecho divino de Dios. Y para sustentar y proclamar el derecho de su Padre, vino el Hijo. Jesús vino a honrar a su Padre, y someterlo, otra vez, todo a él. ¿Cuál es el sentido de la historia? Desde la ascensión de Cristo, todas las cosas están siendo expuestas, juzgadas y sometidas al Hijo. Dios primero extiende un armisticio para los enemigos, pues todos nosotros éramos enemigos de él, pero siendo enemigos nos amó y quiso reconciliarse con nosotros. Los que no lo reciben y no aceptan aquella reconciliación, no reciben al Cristo. A éstos, que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos, les envía un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados, por haberse complacido en la injusticia. La gente rechaza el evangelio, al Espíritu, a la justificación, a la Iglesia. Matan a sus hijos, a sus siervos. Les gusta la sangre, y ¡cuánta sangre han derramado! En Apocalipsis 16, nos dice: “… Justo eres tú, oh Señor, (…) Por cuanto han derramado la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre; pues lo merecen” (Ap.16:5-6). Les gusta derramar la sangre de Jesucristo, la de Esteban, la de Jacobo, la de los apóstoles, las de los mártires; al mundo les gusta la sangre. Entonces van a beber sangre, las aguas se convertirán en sangre, y eso después del caballo rojo, y después de que viene el negro que aprieta más, y luego del amarillo que viene como pestilencia, Muerte y Hades. El Hades sigue a la Muerte, que es el juicio de Dios si no se someten a su gobierno. El Señor va a remover todas las cosas, y ¿sabemos cómo termina la última? Con un terremoto mundial, en que las ciudades, no una, sino las ciudades del mundo caerán, donde el sol a medio día se pondrá, donde cambiarán los polos magnéticos de la tierra, las islas desaparecerán, los montes no serán hallados, se cambiará la geografía del mundo, porque todo lo que ha de ser removido será removido; pero Dios tiene herederos de un reino inconmovible. Para eso el Señor se sentó a la diestra del Padre y todo otro reino será removido, destruido, pero la ciudad de Dios no se estremecerá. Volvámonos al Señor, porque el enemigo está en lo suyo. Sigamos profundizando en los sentidos de la Cruz, en ese segundo nivel. El primero, Cristo murió por todos, pero en el segundo “todos murieron”, es decir, los que aceptan morir y vivir con Cristo, ya no viven para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Ahora viene el aspecto de nuestra muerte, y llegamos al capítulo 5 de Romanos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro.5:8). Cristo murió por todos ¿No es todo el evangelio? No. El evangelio tiene mucho más, mucho más de Cristo quien murió por nuestros pecados. Además, nos dice la Palabra que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros, que es otro eslabón ascendente en la profundización de la obra del Señor. “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…” (Ro.5:9-10). Esto sí es precioso. Ya no sólo habló de perdón y de salvación, sino de reconciliación con Dios. ¿Sabemos la diferencia entre perdón y reconciliación? Esto se puede ejemplificar con un matrimonio en el que ha fallado su relación. Puede ser que este matrimonio se haya perdonado, pero decidieron continuar por separado. En este caso hubo sólo perdón. Pero en la reconciliación hay olvido; en este ejemplo del matrimonio, si hubiera habido reconciliación, seguirían juntos, olvidando todo lo que pasó. Esto hay en el corazón de Dios, y es lo que quería que entendiéramos. Nuestro amor hacia Dios ha sido infiel, pero el de él ha sido profundo. Ahora, Dios nos dice que estamos reconciliados, que seremos salvos por su vida, que es otro aspecto. Una cosa es ser salvos de la ira y otra cosa más profunda es ser salvos por su vida; habíamos visto que nos salva por su muerte, pero ahora dice que seremos salvos por su vida. Ese es el aspecto del suministro del Espíritu, y por eso fue que empezamos con la Sangre y el Espíritu. Luego, en el verso 11, dice: “Y no solo esto…” (Ro.5:11). ¿Cómo? Esto viene subiendo de escalón en escalón. Pablo estaba rebosando, por eso él hablaba de las inescrutables riquezas de Cristo. Cuando fue perdonado y de pronto vio más y más, y no sólo eso, sino que está descubriendo el botín de Cristo. Nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, porque hemos recibido ahora la reconciliación; por lo tanto, todo eso era la preparación para el siguiente nivel. Ya hemos sido perdonados, reconciliados, y ahora al avanzar al siguiente nivel nos dice que es necesario hacernos de nuevo. El hombre vuelve natural lo que Dios considera abominación, y pecado. El Señor comienza a mostrar la condición caída del hombre, pero que no se inculpaba mientras no había ley. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, y aun los que no pecaron a la manera de la transgresión, de otras maneras sí fueron pecadores. Pero surgen tres letras, sólo tres, que forman la palabra “don”. Lo que nos dice esta pequeña palabra es grandioso. Hay transgresión, pero el don fue mayor. Abundó el pecado, pero sobreabundó la gracia. Entonces dice: “…porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (Ro.5:15). Aquí nos dice que abundó la gracia y el don de Dios, por Jesucristo. “Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación” (Ro.5:16). Aquí aparece la primera parte del don, que es el perdonar las transgresiones, pero ahora nos dice algo más: “Pues si por la transgresión de uno solo reino la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo…” (Ro.5:17). Reinarán en vida por uno solo, por Jesucristo. ¡Esto es glorioso! “…los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Ro.5:17). Hasta aquí habíamos sido bandidos perdonados, reconciliados, y amados. Nos salvó de la ira, pero también nos dio la vida para reinar en vida. Esto es algo más, y luego sigue diciendo que los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia, gracia y justicia como don, no sólo gracia como don, sino también justicia. Él fue hecho pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia; ese es el aspecto de la serpiente de bronce en el asta, el cordero es por las transgresiones, pues el ensartar la serpiente que es el pecado, y que es la naturaleza pecaminosa, porque el aspecto de Cordero es para perdonar pecados, y el aspecto de ensartar a la serpiente es para tratar con nuestra naturaleza, no sólo lo que hicimos, sino con lo que somos. Ahora entramos en otro nivel, diciendo: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro.5:19). ¿Por la desobediencia de quién? De uno. Tampoco dice que todos fueron constituidos pecadores, porque Jesucristo no pecó. Y ¿por qué fuimos constituidos pecadores? Porque Adán vendió la naturaleza humana al poder del pecado, y cuando se reprodujo, se reprodujo caída y bastó solamente ser concebidos en el vientre de nuestra madre, para nacer pecadores. No nos engañemos pensando que al ser perdonados y nacer de nuevo, nuestra carne, o la de Pablo, o la de muchos otros, mejoró. Cuando Pablo se dio cuenta que era el peor de los pecadores, fue cuando mejor apóstol fue, porque ya no se atrevía a hacer nada por sí mismo, sino que le pedía socorro a Dios, para que mostrara en él toda su gracia. Si nosotros no sabemos que somos una miseria, ¿para qué vamos a nacer de nuevo? Pero el Señor tiene el espejo y la ley, para exponer nuestra miseria, y si no, también tiene legalismos, tiene la religiosidad, para que descubramos cuán hipócritas somos. Porque la obra de la ley también está escrita en nuestro corazón para que desesperemos acerca de nuestra condición, y seamos trasladados de nosotros al Señor. Dios nos quiere sacar de nosotros mismos y ponernos en Cristo, y eso es lo que él ha hecho. Nos puso en Cristo, y puso a Cristo en nosotros. Aun no hemos llegado al capítulo 6 de Romanos, pero ya vamos a llegar. “… Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Esto también es importante, porque Dios es justo. A veces sólo pensamos en el aspecto de la muerte de Jesús, y vemos que ésta fue obediencia hasta la muerte. El Señor Jesucristo vivió una vida de separación con Dios, pero pensando en él, pensando en honrar a su Padre, y también pensando en santificarnos a nosotros. Él fue obediente, para ayudarnos a obedecer, y no sólo para perdonarnos. Él Señor quiere que la fe produzca obediencia, y no quedarnos sólo con el perdón por la fe. La Biblia habla de la obediencia de la fe, por eso decimos que la fe incluye el arrepentimiento, y produce obras y obediencia. La verdadera fe produce obras, pero no obras para ser salvos, sino obras porque fuimos salvados. Poner las obras como base de salvación es un error, pero quitar las obras como si no tuvieran nada que hacer en el plan de Dios, también es otro error. Por lo que el Señor hizo, le da el derecho a cosechar la Iglesia; él dice que se entregó a sí mismo por la Iglesia para purificarla. La Cruz de Cristo no es sólo para perdonarnos, porque cuando él estaba en la Cruz, al traspasarlo, salió sangre y agua, o sea, representa la costilla de Adán, porque así como de éste salió Eva, su mujer, así también de Jesús, ha de salir una mujer, que es la Iglesia. La Iglesia es un derecho del Señor. Él tiene derecho a la unidad de la Iglesia y a la unanimidad de la Iglesia, y al conjunto de la Iglesia como un solo corazón, y una sola alma. No solo unidad en el espíritu, sino también en el alma y el corazón. “Los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que como así el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro.5:19-21). Aquí, cuando dice “para vida eterna”, es lo interesante, porque en otros lugares diríamos “por causa de la vida eterna”. Él ya nos dio vida eterna; Pablo dice que ya somos salvos y que ya tenemos vida eterna. Juan también dice: “tenéis vida eterna”; sin embargo, Pablo también dice “echa mano de la vida eterna”. Entonces, ¿tengo vida eterna o tengo que echar mano? Las dos cosas, porque ya tenemos vida eterna dada por Dios, y ya que nos la dio, debemos disfrutarla. Apliquémosla todos los días, y creamos.

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