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SUMA Y PARADIGMA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:25, Categoría: General

Suma y Paradigma. Veremos un verso a manera de epígrafe; es decir, daremos una idea mínima, para luego desarrollarla de una forma más completa. “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia” (Sal.119:160). Es interesante que aparezca aquí esa expresión. A veces, la visión que tenemos de la Palabra del Señor pareciera que está desconectada; es decir, a veces al acercarnos a la Biblia recibimos impresiones fragmentarias. En la Biblia, encontramos historias, un poco de genealogía, proverbios, visiones, salmos, canciones, consejo, doctrinas, y pareciera que fuera como una colección – aunque de hecho es una colección de varios autores. Lo que debemos ver, es que detrás de estos autores, y a lo largo de muchos años, y de muchas épocas, y teniendo en cuenta a personas en diferentes situaciones, nos ha hablado un mismo Espíritu. Es precioso que el Espíritu de Dios, que es uno solo, haya querido utilizar personas de muchas clases, que han vivido diferentes experiencias. Algunas eruditas, otros pescadores, o inclusive pasajes escritos por mujeres que en aquellas culturas antiguas eran muy menospreciadas. En fin, lo que hemos estado diciendo, es que personas en distintas situaciones, y en diferentes épocas, la humanidad ha sido representada. Cada uno de nosotros, seguramente, ha sido tocado por el Señor en uno o en otro Salmo, porque hemos encontrado representada allí nuestra situación, y Dios nos ha hablado a través de esos libros, a través de esas oraciones. Toda la Biblia parece que proviene, y de hecho, el exterior proviene de una gran diversidad, y, sin embargo, ha sido traducida a una gran cantidad de idiomas, y ha sido beneficiosa a muchas culturas, y el Espíritu Santo la ha utilizado en países llamados “civilizados” – y lo ponemos entre comillas, porque en ellos encontramos grandes brutalidades, pero de entre ellos Dios tuvo que sacar gente. La Iglesia ha sido sacada del mundo, ha sido separada de la cultura humana, y aunque seguimos siendo personas de nuestra raza, tenemos nuestra historia, nuestro lenguaje, tenemos las costumbres, tenemos nuestro acento al hablar. Iglesia quiere decir, en esencia, personas que fueron escogidas y atraídas por Dios, escogidos en Cristo para pertenecerle a él, y por haber sido escogidos, fueron llamados, y fueron separados para Dios, separadas para el reino, separados o escogidos, como esposa del Hijo de Dios, como miembros de la familia de Dios, con una misión especial y distintiva. El Señor le da a los suyos, a los que ha separado para sí, su propio norte, su propio Espíritu, y una identidad, que especialmente en estos tiempos finales, nosotros debemos comprender muy bien; porque estos tiempos de globalización, de eclecticismo, de ecumenismo, de ambigüedad, de engaño, son tiempos difíciles. Esta es la última prueba, pues a lo largo de la historia la humanidad ha sido probada, y el pueblo de Dios también ha sido probado. Y cuánto más probado será en los últimos tiempos, porque en la misma Palabra del Señor se habla de una hora de la prueba para el mundo entero. Claramente, siempre ha habido una prueba, pero sin ser el tiempo de la prueba final. Dice el Señor que: “….te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo…” (Mt.32:36). Porque será una prueba más acentuada, más seria. Siempre ha habido una batalla; bueno, no siempre, pero digamos que desde la rebelión de Satanás en los cielos; y para nosotros los hombres, desde que nacemos. Pero todo comenzó con la batalla en los cielos, con la rebelión de Lucifer, con aquel querubín que quiso ser como Dios. Y Dios lo permitió, y lo hizo con mucha sabiduría, pues Él no es afectado negativamente. Dios nunca puede ser vencido, nunca puede ser derrotado, nunca puede ser disminuido, ni humillado, aunque el Señor Jesús como hombre se humilló a sí mismo, pero lo hizo voluntariamente. Pero ha habido una insolencia terrible contra Dios, y ha habido ofensa terrible contra su santidad, contra su gloria, contra su justicia. Y porque la ha habido, habrá un juicio. La locura del enemigo le ha hecho creer que puede ser semejante a Dios, y se le ha permitido esa locura para que sirva de prueba para todos; por lo tanto, podríamos decir que hay una guerra entre la locura y la cordura. La cordura es el Señor, la cordura es la del Hijo de Dios. Entonces, el Señor ha separado a su Iglesia, a su esposa, a sus seguidores para sí, los que hemos ido aprendiendo a amarle de a poco. Porque la Palabra dice que: “…él nos amó primero” (1ª Jn.4:19). Y es por eso que ahora nosotros le amamos, por causa de su amor primero. Ahora, la Iglesia, poco a poco va conociendo al Señor, va conociendo su persona, sus principios, sus propósitos, caminos y planes, para llegar a su objetivo. La Iglesia que lo va conociendo, se va identificando con él, y recibe del Señor su propio Espíritu. Un “paradigma” significa una manera de ver las cosas, una cosmovisión, una mirada panorámica, una manera de entender el mundo, de entender la historia, valores. Todas esas cosas juntas forman un paradigma. Podríamos decir que Dios ha dividido a la humanidad en su diagnóstico de ella, es decir, los que están con él tienen un paradigma, una manera de ver las cosas, y los que están contra él tienen otro paradigma, y otra manera de ver las cosas. Dios ya había profetizado desde el principio que esto sería así. Una de las primeras profecías la podemos encontrar en Génesis 3:15, donde Dios le ha hablado a la serpiente. Dios la maldice y le dice, entre otras cosas, que: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Dios le dice a la serpiente que Él mismo pondrá enemistad entre ella y la mujer, y entre su simiente, que son los hijos del diablo, y la Simiente de la mujer, es decir, aquel nacido de la virgen, el Emanuel, el Dios con nosotros. Y como en la Iglesia somos uno, el Cristo de Dios es corporativo. El Señor Jesús es la cabeza, y la Iglesia es su costilla; su amada es su cuerpo. Entonces, a lo largo de toda la historia humana, ha habido dos líneas: una línea que es atraída por el Señor, y que le ama, y otra línea, como la de Caín que sale de la presencia de Dios, pero que prefiere andar por sí mismo, dándole la espalda a Dios, edificando su mundo sin tener en cuenta a Dios. Pero el Señor vino y nos pidió orar, y ser uno con él en este interés, “en que el reino de Dios venga a la tierra y que se haga su voluntad en la tierra como se hace en el cielo” (paráfrasis de Lc.11:2). Por lo tanto, los que son de Dios, sus hijos, le siguen y tienen una línea específica. Éstos están en el Espíritu y en el propósito de Dios; en cambio, el enemigo tiene sus intereses, diciendo Jesús de ellos que: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer…” (Jn. 8:44). Lo que hay en lo íntimo del corazón de los hijos del diablo, es lo mismo que hay en el corazón del diablo, y están conscientes de esto, llamándole a Satanás “padre”. En cambio, otros han sido engañados y le están siguiendo, y que igualmente se hallarán con él en el infierno. Es necesario reiterar constantemente que Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que lo hizo para Satanás y sus ángeles, pero que estará lleno de millares de hombres y de mujeres supremamente incómodos en él. Dios desea que todos los hombres y mujeres procedan al arrepentimiento, porque él no es un dictador, aunque es soberano y todopoderoso, pero no usa su poder de una manera arbitraria. Dios quiere las cosas como él las tiene en su Trinidad, o sea, en armonía, en consideración mutua, en consenso. Así es el carácter de Dios, y él quiere todo de esa manera. Dios no va a conquistar de la manera que lo han hecho los llamados conquistadores en la historia, pues ellos han hecho sus tronos en base a muerte. En cambio Dios nos conquista con su amor enviándonos su Espíritu y su Palabra, y aún más, pues siendo sus enemigos, él toma la iniciativa de reconciliarse con nosotros, de manera que Dios ha hecho todo lo habido y por haber para salvar al hombre, y lo seguirá haciendo hasta cuando Él estime que no es conveniente continuar, así como tuvo que decidirlo antes del diluvio, porque “…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Por lo que Dios dice que: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Dios contendió con el hombre, y esa contención de Dios con nosotros es por pura gracia. Bienaventurado aquel contra quien Dios contiende, porque la contienda de Dios es su amor. Cuando él contiende con nosotros, él nos está amando, está procurando librarnos de la locura y traernos a la cordura. La verdadera bendición de Dios, en quien están escondidas todas las bendiciones espirituales, es en Cristo. Toda bendición espiritual desde antes de la fundación del mundo, está en Cristo, y que fueron anticipadas a través de profecías, a través de tipologías, pero ya la totalidad de la bendición divina es Cristo, y los que son escogidos no lo son por algo que ellos son en sí mismos, sino que son escogidos en Cristo. La Biblia dice que: “…nos escogió en él (…) para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo…” (Ef.1:4). Dios escogió a Cristo y nos dio a todos a Cristo, para todo aquel que quiera. “…Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap.22:17). Él nos llama a venir, y seguramente él también nos ayudará a llegar, así como él le dice a un paralítico que se levante y ande, pues de esa misma manera él nos ayudará a pararnos y andar. Dios no sólo nos va a dar un mandamiento, sino que nos va a dar el socorro y la gracia suficiente para obedecerle. Dios sabía quiénes recibirían a Cristo en su miseria y quienes querían la bendición de él; esa fue la diferencia entre Jacob y Esaú. A veces, pareciera que Dios lucha contra las personas, pero esta lucha es para despertar la búsqueda de la bendición que es Cristo. Cristo es la bendición de Dios, y Dios se la quiere dar a todos, por eso manda que se le anuncie el Evangelio a toda criatura, aun sabiendo que no todos lo van a recibir. El Señor nos dice “… si alguno quiere venir en pos de mí…” (Lc.9:23-24). Dios quiere que todos sean sus discípulos, pero él no obliga a nadie, sino es sólo para el que quiera aceptarlo. Entonces, Dios tiene una elección eterna, un conocimiento eterno y un amor eterno, y él ha hecho las cosas correctamente. Él nos ha invitado a todos, y cada día es una extensión de esa invitación. Cada día que abrimos los ojos vemos que Dios nos está llamando a salir fuera y venir a él. Así es la novia, así es la Iglesia y Dios tendrá su identificación con ella; habrá una sincronía en su corazón, la cuerda que vibra en el corazón de Dios encontrará eco en otros corazones, en los de los hijos de Dios, en los que declaran realmente que Dios se ha revelado en Cristo. Este es nuestro paradigma, el punto de vista de Dios, el de su Espíritu, el de su carácter, porque los hijos y las hijas de él lo quieren con todo lo suyo. La Palabra de Dios expone, avergüenza y juzga la identidad distinta a Dios: “El que no es conmigo, contra mí es…” (Lc.11:23). El Señor dice esto, porque no se puede ser neutral, sino que hay que pronunciarse por el Señor. Es mejor que la Iglesia se prepare a no ser ambigua, sobre todo en estos tiempos donde a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno se le llama malo. Lo que se espera de la Iglesia, es que se identifique con Dios, que la Iglesia lo conozca como él es, en su amor, en su Trinidad, en su solidaridad con nosotros, en las razones que tuvo y que lo condujo a la encarnación y a la expiación. En Éxodo, cuando Moisés tenía que decirle al pueblo lo que Dios le pedía, escribió esto en el capítulo 25, y así dice el Dios de Israel: “Y harán un santuario para mí…” (Ex.25:8). Ese verbo "harán" aparece por muchas partes en la Biblia; por ejemplo: “Harán también un arca…” (Ex.25:10), que representa al mismo Cristo. Ahora, nos dice que le hagamos un arca para que Cristo sea formado en nosotros. Para esto debemos colaborar, querer hacerlo de corazón, espontánea y voluntariamente y traer su ofrenda a Dios para el tabernáculo. Antes era más fácil porque era sólo una figura, era madera y plata, pero hoy las verdaderas maderas somos nosotros, el servicio somos nosotros. Pero aun así, él dice que le hagamos un arca, y que le hagamos una mesa con panes de la proposición, y un candelero cuya vara del centro representa el Cristo. Y este candelero tiene brazos ahí al centro derecho, y al centro izquierdo, y tiene otros brazos a la derecha y a la izquierda, y todos caben en el mismo candelero. Nosotros sólo tendríamos candeleros de izquierda o de derecha, pero poner en la misma mesa a Simón el zelote, con Mateo el publicano, solamente se le ocurre al Señor Jesús. Nosotros sabemos quiénes eran lo publicanos, eran los oligarcas de la época, los oligarcas nacionales que hacían negocios con los imperialistas, que no les importaba el pueblo de su nación, sino sólo les interesaba el dinero y les gustaba que su país estuviera bajo el dominio de los imperialistas. Y pagaban los impuestos adelantados al imperio, para cobrarle los intereses a su propio pueblo; por eso eran aborrecidos los publicanos. Sin embargo, el Señor llamó a Mateo. Simón el zelote era del otro lado. Los zelotes eran los cananitas, que amaban su patria y no soportaban a los imperialistas, ni tampoco a los oligarcas de su propia patria; y no solamente ideológicamente, sino con cuchillo y con espada los mataban. Así el Señor tuvo gente de la izquierda y la derecha en su mesa, como en el candelero. Aquí los brazos de centro derecha y centro izquierda se podían encontrar en una manzanita que es fruto del Espíritu. El candelero es como el árbol de la vida, y también es comparado con un manzano, que es Cristo. En Cantar de los Cantares se nos dice que Cristo es el manzano: “Como el manzano (…) bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar” (Cnt.2:3). El candelero tiene nueve manzanas, tres manzanas en la caña central y una manzana en cada brazo, que representan el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad. Seguramente la manzana del amor es la que está en el centro arriba donde se junta en centro derecha y centro izquierda, pero la manzana de más abajo donde se juntan la ultra derecha y la ultra izquierda se llama paciencia. Y paciencia se traduce también en longanimidad, y así se puede ir colocando las otras manzanas, pero tienen que estar todas las nueve, bien equilibradas en Cristo, porque él es la realidad, y toda la virtud crece en el árbol de la Iglesia, en el candelero, el árbol de vida, incorporando en el cuerpo a todos los hermanos. Por eso era que la vida de los patriarcas era una vida de altares, y cada altar era una consagración más profunda, porque en cada consagración Dios lo liberaba de más problemas y más complicaciones con Satanás. Cuando Abraham se consagraba en el primer altar, significaba una primera cosa, y Dios estaba muy feliz porque Abraham había sido liberado de algo, algo que lo dañaba a él mismo, y luego Dios lo conducía a un nuevo altar, y en ese nuevo altar había algo más que consagrar. Hasta ahora, ni siquiera se nos había pasado por la cabeza que estábamos atados a determinadas cosas que considerábamos normales. El Señor quiere que edifiquemos un altar más avanzado que el anterior, pidiéndonos lo que más amamos, incluso devolviendole lo que él mismo nos dio. Los altares nos introducen en el seno de la Trinidad para participar de la naturaleza divina, y ser libres de las cosas que son vergonzosas, que son distintas a nuestro Señor. Él tiene que hacer un trabajo a fondo con nuestras vidas. Él nos ha dado una identidad y es la identidad de él mismo, la del Padre, la del Hijo y la de su Espíritu. Quién iba a pensar que Dios, siendo absoluto soberano, respete incluso al ser humano más pequeñito, inclusive a los que se quieren ir al infierno. Dios no quiere que vayan, pero ellos insisten y él lucha hasta cuando sabe que se cruza una línea, entonces deja de luchar y los entrega. “…No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Es muy delicado desaprovechar las contiendas de Dios. Cuando nos redarguye, cuando nos corrige, cuando nos humilla, cuando nos trata, nos está diciendo que todavía hay oportunidad. Bienaventurado aquel a quien Dios trata, porque no lo ha entregado a su locura. La sabiduría es el temor a Dios, y la inteligencia es apartarse del mal, pero en este conflicto que estamos, no todos están en la línea del Espíritu. Para que Cristo se forme en la Iglesia, y hacerle al Señor un arca que esté en el Lugar Santísimo, hacerle una mesa con panes de la proposición, un candelero, un altar, un incensario, debemos estar en la vida de la iglesia. Mientras el mundo está en lo de ellos, ¿en qué estamos nosotros? ¿Estamos haciendo un candelero al Señor como él lo pide? No es tan fácil hacer esos panes, pero él dijo: “me harás”. Dios nos ha dado un sentido en la vida, y nos dijo para qué vivimos, y qué es lo que podemos hacer para agradar el corazón de Dios, y esto lo haremos en unión con su Hijo. Jesucristo lo hace todo para el Padre y él vive en nosotros y su Espíritu nos conduce a través de nuestro espíritu a hacer lo mismo que el Hijo hace, y el Hijo vino a hacer la voluntad del Padre. El candelero es la Iglesia en cada ciudad, y debemos estar abiertos y en comunión con nuestros hermanos para reunirnos en Cristo por el fruto del Espíritu. Seamos una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder; seamos una propuesta, una proposición de Dios al resto de las ciudades. Tenemos que tener una identidad clara, la identidad del cuerpo de Cristo, estar en su Espíritu y hacerle un candelero que es lo mismo que hacerle panes de proposición, o sea, una propuesta de vida y esa propuesta es la vida de la Iglesia. La propuesta de Dios para la humanidad en Israel eran figuras, pero hoy en nosotros es una realidad. Hay que tomar esos granos de trigo del granero del Señor y molerlos unos con otros. No es fácil estar juntos, pero Dios quiere que lo estemos para que seamos molidos y vueltos flor de harina; es decir, como polvo, y después ser pasados por aceite, y ser amasados para ser un pan de la proposición, ser amasados, ser horneados en el fuego. Así se hacen los panes, y esos panes eran las tribus del pueblo de Dios. En Israel eran doce panes, pero hoy, el Israel de Dios es la Iglesia, los panes son las Iglesias, y nosotros, siendo muchos, somos un solo pan. Dios siempre hace propuestas, y esa propuesta es Cristo, y la Trinidad de Dios encarnada y expresada en la Iglesia. Esa es la propuesta de la vida intra-trinitaria, la vida del Padre y del Hijo en el Espíritu formándose en la Iglesia. Los discípulos tenían en común todas las cosas, y nada de lo que poseían era propio; ¡qué cosa maravillosa era ese pan! El hacer este pan es algo voluntario, pero del que algunos querrán huir, porque el que ama la oscuridad no viene a la luz para que no se descubran sus actos. Pero el Señor, ¿qué hizo en la Cruz? Expuso y avergonzó a los principados, los mostró públicamente, y los exhibió. Y si nuestra vida es como ellos, vamos a quedar avergonzados también, porque el Señor vino a exponer la realidad de Dios, mostrar quiénes somos, porque ellos se hacían los dioses de las naciones y ¿qué clase de dioses eran? Eran tramposos y perversos. Pero si estamos con Cristo no seremos avergonzados, porque él nos cubrirá, nos limpiará, perdonará, y nos vestirá de gala. La iglesia tiene un testimonio que dar y es la Palabra de Dios, un paradigma divino. El Espíritu en que anduvo el Señor fue en el mismo Espíritu en que anduvo Pablo, Timoteo, y así muchos más discípulos y apóstoles, porque el Espíritu es la corriente de Dios. El Espíritu es el que nos comunica lo que Dios es y cómo ese Espíritu del Padre y del Hijo es Espíritu de la Trinidad; por lo tanto, es el que puede mostrarnos a Dios, el que puede iluminar y avergonzar. El Señor ascendió, recibió el Libro de los 7 Sellos, abrió el Libro, derramó el Espíritu Santo, envió apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para perfeccionar a la Iglesia para la obra del ministerio; o sea, envió a la Iglesia, y el evangelio ha estado cabalgando, llevando a las personas el Espíritu y la verdad del Señor; pero ese no es el único caballo que cabalga. Porque si la gente no quiere la verdad, dice la Palabra, “…por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2ª Ts.2:10), Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad. Sería algo muy terrible si menospreciamos la verdad, pues sólo quedaría la mentira, y las personas son entregadas a ella porque la adoran y la aman más que a Dios, haciéndola su ídolo, por sus propios intereses.

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