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TRES ESCENAS DEL ESPECTÁCULO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:08, Categoría: General

TRES ESCENAS DEL ESPECTÁCULO. La Palabra del Señor es tan rica y preciosa, que realmente ha sido el alimento para el pueblo del Señor por siglos. Pareciera que nunca terminamos de leerla, y que nunca terminamos de desentrañar todos los tesoros que están en ella, no importando cuántas veces la hayamos leído. Necesitamos depender del Señor para leerla, y que sea el propio Espíritu Santo quien nos guíe. El Señor ya nos ha dado Palabra, y algunas de ellas han sido recurrentes, porque él desea que se asienten en nuestros corazones. El Señor le ha entregado cosas maravillosas de manera muy particular y exclusiva a la Iglesia, reservándole a ella la verdadera sabiduría. Después de haber visto el contraste entre la sabiduría humana y la divina, Pablo entra a subrayar que existe una sabiduría divina predestinada para la gloria de la iglesia: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1ª Co.2:2,4). Pablo nos muestra que él se propuso esto, y que nadie es suficiente, sino sólo el Espíritu. Y nosotros tenemos el mismo Espíritu que él. Es el Espíritu Santo quien tiene que mostrarse, y a continuación nos dice el por qué. “…para que nuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1ª Co.2:5). Contrastaremos lo que es característico de la Iglesia, que es Cristo como poder y sabiduría de Dios, con lo que buscaban los griegos con todos su tipos de sabiduría, o los judíos con sus señales y milagros, pero desconectados de Cristo el Mesías. Pablo nos enseña, guiado por el Espíritu, que la verdadera sabiduría y el verdadero poder es Cristo mismo. Entonces, como la iglesia ha recibido a Cristo, pues él ha sido hecho por Dios sabiduría para nosotros. “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta…” (1ª Co.2:7). Esta sabiduría oculta, no del ocultismo, sino oculta porque Dios la ha querido reservar para un tiempo, y este es ese tiempo, el de la Iglesia. “…la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria…” (1ª Co.2:7). Esta gloria es para la Iglesia. El Señor quiso vestir a la Iglesia de gloria, como le dio gloria solamente a su propio Hijo, a su propio Verbo, a su propia sabiduría. Dios guardó algo que ni siquiera a los propios ángeles les quiso contar, y sabemos que entre ellos hay seres celestiales de gran categoría, que incluso el mismo Pablo describe en Colosenses, aquellos seres del mundo invisible, creados para Cristo y por medio de Cristo, nombrándose en relación a ellos, tronos, principados, potestades, gobernadores, etcétera. Podemos asociar estos tronos con los veinticuatro ancianos celestiales que están delante del trono de Dios que llevan sus coronas y las ponen a los pies del Señor, y que también en el capítulo 24 de Isaías son llamados los ancianos, y al llamarles así, y aparecer en esa posición tan especial, rodeando el trono de Dios, podemos imaginarnos que son las criaturas más antiguas que Dios creó en el mundo invisible, y que conocen la historia celestial porque han sido testigo de ella desde que fueron creados; y sin embargo, ni siquiera a ellos Dios les reservó estas cosas, o sea, se las manifestó, pero se las reservó para la Iglesia. Aunque hay ángeles altísimos, por ejemplo, aquel ángel que se aparece a Daniel, para contarle cosas que estaban escritas acerca del futuro de Israel, y de la historia en el libro de la verdad. “Pero yo te declararé lo que está escrito en el libro de la verdad; y ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel vuestro príncipe” (Dn.10:21). “Y ahora yo te mostraré la verdad. He aquí que aun abra tres reyes en Persia, y el cuarto se hará de grandes riquezas más que todos ellos…” (Dn.11:2). Y así empieza este ángel a revelarle a Daniel lo que está escrito en el libro de la verdad, hablándole en este capítulo acerca de la historia futura, hasta la resurrección y la segunda venida del Mesías. A pesar de todas estas revelaciones, el apóstol Pablo nos dice que hay cosas que los ángeles desean conocer. Podríamos explicar esta situación de la siguiente manera: En la actualidad vemos como existen best seller, o trilogías de películas y libros que la gente quiere ver o leer, según sea el caso. Si hacemos una comparación de esta situación con lo que ocurre en el cielo, vemos como se les presenta a los ángeles la edificación de la Iglesia, que ha sido el acontecimiento más importante que “ahora” está sucediendo, pues es como una tercera parte de una escena, de la que no se apartarían los ojos. En el cielo, los ángeles han visto la maravillosa historia de la Trinidad, la preciosa historia de la encarnación del Verbo y también la historia del Verbo que introdujo la edificación del Espíritu en medio de la Iglesia. Pablo dice que: “…hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1Co.4:9). Este apóstol se consideró a sí mismo como el más pequeño de todos los santos y creemos que no decía esto sólo por diplomacia; él era consciente de su debilidad humana, por eso no desaprovechaba la gracia de Dios. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo…” (Ef.3:8). Y luego coloca una coma, y añade una conclusión, pues no puso punto final: “…y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido, desde los siglos en Dios…” (Ef.3:9). Esa palabra dispensación es una traducción parcial, y una palabra más completa sería “economía”; es decir, del misterio escondido. El evangelio revelado, riquísimo de Cristo, y también el misterio de la economía del evangelio es para restaurar al otro, pero restaurarlo a la economía de Dios. Es decir, Dios nos enseña por Pablo cómo ser salvos, pero también nos enseña para qué somos salvos. Él dice que el misterio escondido es la sabiduría oculta de Dios, que habla a los Corintios y ahora le habla a los Efesios. “…que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales…”. No sólo en el Milenio o en la Nueva Jerusalén, sino desde ahora, es decir, desde los siglos pasados; estos XXI siglos que hemos vivido, caben en este “ahora”. Estos principados y potestades y ángeles son los espectadores de esta tercera escena del espectáculo, pues eran espectadores de la gloria del Señor, y luego del tremendo espectáculo de la vida del Señor Jesús visto de los ángeles. ¿Cómo se le llama cuando está Jesús en la Cruz? Se le llama también espectáculo (Lc.23:48); y resulta que nuestro Padre, no para ocultar sino para mostrar su propia gloria y la de su Hijo, permitió que continuara el espectáculo por la obra del Espíritu en la Iglesia. Entonces, dice que es un espectáculo no sólo para los hombres, porque se podría haber dicho que el misterio y la sabiduría de la Iglesia es para Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra, pero no solo eso, porque aquí Pablo está hablando de principados y potestades, mirando ahora, aprendiendo de Dios por la Iglesia. ¿Quién se iba a imaginar esto? Tenemos en el pasado al ángel Gabriel quien comunica cosas, y viene este otro ángel que le comunica a Daniel, y a nosotros, lo que está escrito en el libro de la verdad. Pero ahora dice Pablo que, aun en el cielo, están viendo esta clase, o mejor dicho esta película que está de moda. Ahora en el cielo está de moda la edificación de la Iglesia, y cuando se convierte un hombre hay gozo, y es un gran espectáculo que ellos están viendo. Pero así también hay espectadores del otro lado que están viendo y luchando contra la Iglesia, que son los principados y potestades rebeldes en los lugares celestiales. Podemos decir que el Padre junto con el Hijo y el Espíritu Santo, en el momento de decir “hagamos al hombre” (Gn.1:26), dio como resultado que ese hombre que se propuso, es la Iglesia, es el hombre nuevo. Cuando estaba comenzando ya cayó, y ese vaso ya se quebró, pero si Dios dijo “hagamos”, es como cuando el Señor le dice a Jeremías: “Levántate y vete a casa del alfarero (…) Y descendí a la casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echo a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mi palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?...” (Jer.18:2,6). Esto se le mostró a Jeremías, para manifestar cómo es Dios. El Señor está haciendo lo suyo, aunque a veces su pueblo, al igual que Israel, le falló, pero Dios aún sigue con el remanente. El Mesías lo ha hecho, realizado; lo que fue propuesto fue realizado con Cristo, el Mesías, la persona del Hijo, del Verbo que estaba con Dios; quiere decir que se hizo con el Hijo de Dios; con él Dios creó y con él Dios redimió, y llevó al hombre a su realización, y ahora él por el Espíritu se dispensa a la Iglesia, para formarse en ella, y esa dispensación de Cristo en la Iglesia es el nuevo hombre, y es él quien cumplirá la Palabra que dice “hagamos al hombre a nuestra imagen”. Ahora la Iglesia contiene y porta a Dios, para representar al Señor, y las puertas del Hades no prevalecerán. Esa es una lucha verdadera, una lucha cósmica real. El Señor nos dice: “Yo estoy con vosotros” (Mt.28:20), y que “… lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte…” (1Co.1:27). Dios escogió lo necio, lo que no sirve para nada, lo menospreciado, y le dio el más alto precio, porque dice que el tesoro está en vasos de barro, para que la gloria y el poder sean de él, y no de nosotros. Volvamos a 1ª de los Corintios, donde estábamos anteriormente en el capítulo 2: “…la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó…” (1Co.2:8). Estas cosas no se descubren de abajo hacia arriba, sino que tienen que venir de arriba hacia abajo. Babilonia se levantó de abajo hacia arriba, pero la Jerusalén celestial desciende de arriba hacia abajo, porque el arquitecto y el constructor es Dios. “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1Co.2:10). Estas son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman, y que privilegio el de nosotros, la Iglesia. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu de mundo…” (1Co.2:11:12). El mundo nos está tocando a la puerta constantemente, a toda hora, por todas partes, por la radio, por la televisión, por las propagandas, por la calle, para que lo recibamos, pero la Iglesia no quiere recibir otro espíritu, y como dice el Señor: “…las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn.10:4). “…sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido…” (1Co.2:12). Pablo, con otras palabras, nos dice lo que ya ha dicho el Señor Jesús respecto del Espíritu cuando él venga. Ahora miremos una de las funciones de Espíritu: “Él os guiará a toda verdad; (…) Él me glorificará…” (Jn.16:13-14). Es decir, él nos abrirá los ojos acerca de nuestro Señor, y él también lo glorificará. El Padre busca la gloria del Hijo, y el Hijo no busca su propia gloria, sino la del Padre, y el Espíritu busca la gloria del Hijo, y así es la Trinidad. En la Trinidad no hay rivalidad, no hay competencia. El Señor es de una manera tan especial, que nos quiere conquistar para que nosotros estemos en el mismo Espíritu. Sabemos que esto nos va a quitar toda nuestra vana gloria, que nos costará muchas cosas, pero queremos seguir al Señor. Continúa diciendo la carta: “…el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido…” (1Co.2:12). No bastará el tiempo, ni el Milenio para conocer a Dios el Padre, y a su Hijo. Ahora también sepamos lo que Dios nos ha concedido: “…lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1Co.2:13). Nos damos cuenta que también esta sabiduría de Dios, manifestada en la Iglesia, se refiere a lo que Dios nos ha concedido, y eso también lo sabe Satanás, quien ha querido ser igual a Dios. El diablo piensa que Dios es egoísta, y trata de presentarle una distorsión de Dios al hombre, diciéndole a Eva que “…serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios…” (Gn.3:5). Mostró un Dios que no es el verdadero, pero Dios hizo todo lo contrario, porque él quiso hacer al hombre a su imagen y semejanza, mientras que Satanás quiso ser semejante al Altísimo; qué contraste. La imagen y semejanza Dios también la va a demostrar por medio de la Iglesia; ya lo demostró Jesucristo porque se encarnó, fue un hombre, y no sólo vino a nosotros como Dios, sino que vino a ayudarnos a nosotros de hombre a hombre, en imagen de Dios. Dios no va a pelear con Satanás, porque si quisiera haría desaparecer a Satanás de un soplo, pero Dios tiene en su corazón una razón. Hay cosas que él ha revelado a nosotros, a sus hijos. “…sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1Co.2:13). Él habla de dos cosas espirituales, que se acomodan una a lo otra; lo espiritual es lo que Dios nos ha concedido y se acomoda a lo espiritual, que son las palabras inspiradas por el Espíritu Santo: “…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.6:63). Y se acomodan a la realidad; y esa realidad es el Espíritu, y en este Espíritu es la Iglesia predestinada. La Iglesia no puede hacer eso por sí sola, por eso Pablo dice que el depósito de Dios es guardado mediante el Espíritu, o sea confiado en el Espíritu Santo, y que sea él quien nos ayude, porque es él la realidad en las cosas, y el Espíritu no se nos da por las obras de la ley, sino, gracias a Dios, es suministrado, y hace maravillas por el oír por la fe, por creerle. “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal.81:10). Lo que Dios ha concedido exclusivamente a la Iglesia es tremendamente grande, y lo hace para alegrarse con la Iglesia; para que los ángeles suyos, y aquellos ancianos, serafines, querubines y arcángeles se gocen con Dios, se maravillen y aprendan del Señor. La Iglesia tiene un testimonio, y una encomienda especial. Lo que el Señor le ha dado a la Iglesia es un testimonio posible, que no está en el mero judaísmo, no está en la ciencia, no está en una academia, no está en la filosofía, no está en las religiones, sino sólo la Iglesia puede dar ese testimonio de verdad. El cielo debe estar pendiente de este testimonio de la Iglesia que es en el Espíritu. El Señor Jesucristo nos había prometido al Espíritu Santo y que ahí iba a estar la Iglesia. Si le damos una mirada a la historia de la Iglesia, vemos el por qué Jesús dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad;…” (Jn.16:13). La historia de la Iglesia se nos muestra mediante el Espíritu. Las principales preocupaciones de la Iglesia del Señor en los primeros siglos, era procurar conocer a Jesucristo. Cuando el Señor Jesús estaba aun aquí en la tierra, él indujo a sus discípulos a indagar en la primerísima prioridad diciéndoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas” (Mr.8:27-28). Los discípulos fueron muy diplomáticos al responderle a Jesús y después de hacer patentes las opiniones humanas acerca de él, el Señor Jesús les pregunta: “¿Quién decís que soy yo? (Mt.16:15). Jesús consideraba a los suyos como distintos a los demás, y no les hace esta pregunta como si él no supiera la respuesta, sino él quería que se hiciera patente la siguiente confesión, por lo menos inicialmente entre ellos. “…Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente” (Mt.16:16). Lo que dijo Pedro, sin duda fue por revelación de Dios, porque el mismo Jesús le dice: “…porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo…” (Mt.16:17-18). Aquí el Señor comienza a revelar a la Iglesia, “…que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia…” (Mt16:18). Esta es la revelación del Espíritu, y lo primero que hizo fue la edificación de la Iglesia, con una tarea principal que es glorificar al Hijo y también mostrarnos lo que vino a hacer Jesús a la tierra. El Padre conoce al Hijo desde la eternidad, pero ahora él empezó a ser revelado por el Padre y lo hace por el Espíritu de la Iglesia, para que ella le sea testigo juntamente con el Espíritu y en el Espíritu. Lo primero que el Espíritu comenzó a hacer con la Iglesia es abrirle los ojos acerca de quién es Jesús, y fue el propio Señor Jesucristo el que indujo a la Iglesia a esa consideración, porque lo que nosotros lleguemos a ser depende de lo que sea Jesucristo para nosotros. Hay una íntima relación entre la revelación de Jesucristo y la edificación verdadera de la Iglesia. No habrá una edificación verdadera de la Iglesia sin una auténtica revelación de Jesús.

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