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TRES NIVELES DE LA CRUZ

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:57, Categoría: General

Tres niveles de la cruz La Sangre y el Espíritu Acerca de la prioridad del Arca del Pacto, Dios la colocó en el lugar principal del Tabernáculo, en el Lugar Santísimo, para hablarnos del lugar que en su corazón ocupa la persona de su Hijo; y su obra, que es el fundamento sobre el cual edifica la Iglesia. Y es también el elemento de la edificación de su Iglesia, que es edificada en el conocimiento espiritual del Señor Jesucristo. Consideramos que la revelación del Señor y la edificación de la Iglesia están íntimamente relacionadas. Pablo decía, al recordar a la Iglesia, en los Corintios (los primordios del evangelio), que lo primero que él les había enseñado, era que Jesucristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día. Entonces, comienza tocando el fundamento de la persona y la obra del Señor Jesús, centrándose en la Cruz y en la resurrección. Por ahí debemos nosotros comenzar también, sobre ese fundamento. El Señor quería que siempre recordáramos esto, por eso estableció la mesa del Señor, la Santa Cena para que la tuviéramos siempre presente. Habíamos comenzado a compartir del Lugar Santísimo, de adentro hacia fuera. El Arca nos habla de la persona de Cristo, de la naturaleza divina en cuanto al Verbo de Dios. Él estaba con Dios el Padre antes de la fundación del mundo, y fue por él por quien hizo todas las cosas. Habíamos tocado estos dos asuntos anteriormente, la divinidad y la encarnación del Hijo de Dios, y lo relativo al Arca. Como parte del Arca está el propiciatorio, que es su tapa donde se colocaban la sangre que había sido derramada de la expiación. Veíamos que el Arca nos habla de la persona de Jesús, y el propiciatorio nos habla de su obra. Esto nos habla de la obra de la Cruz con la Sangre del Señor, pero también de la resurrección y la ascensión, porque estaba hablando de la sangre no tan solo derramada en el Atrio en el Altar de Bronce, sino la sangre introducida por el sacerdote, que en el caso de Jesús, es también la ofrenda expiatoria. Él es el sacerdote que la presenta, es decir, que Jesucristo resucitó para presentar su propia obra por nosotros al Padre. Él entró al Lugar Santísimo como sumo sacerdote. Dios el Padre, al enviar a su Hijo, ha reconciliado consigo al mundo. El Señor conoce lo que necesitamos para poder estar delante de él, para poder ser sus hijos, para poder mantener una comunión constante y no caer fulminados. Por esto Dios hizo unas promesas que tienen que ver con dos elementos esenciales que constituyen el remedio de Dios en Cristo para nosotros. No se puede empezar sin la Sangre y el Espíritu de Cristo. Nosotros sólo podemos vivir por la Sangre de Cristo y su Espíritu, y eso es lo primero que el Evangelio de Dios presenta de parte de Dios en Cristo, es decir, que Dios nos de la vida de su propio Hijo y de su Espíritu, es como darnos su propio corazón. Eso es lo primero que anunció el apóstol Pedro en el día de Pentecostés, porque eso era lo esencial que Dios había prometido para hacer su trabajo, para que nosotros aprendiéramos con claridad lo que él nos quiere enseñar, confirmando que el Espíritu del Señor nos tocará con la importancia y seriedad, para poder permanecer bajo su Sangre y su Espíritu. Vamos al libro de los Hechos capítulo 2, para revisar el primer discurso inaugural de la Iglesia. Aquí está el mensaje de Pedro donde, en primer lugar, ocurre el derramamiento del Espíritu Santo, y comienza a hablar diciendo que Jesús es el Mesías, que vino, murió, resucitó y que cuando ascendió Dios le dio lo que le había prometido para nosotros, el Espíritu. Ahí está el Arca divina y humana, el oro y la madera, la muerte, la sangre introducida en el propiciatorio, en el Lugar santísimo, figura del cielo mismo. Después del mensaje, dice: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch.2:32). Nosotros sabemos que el Espíritu es invisible, pero habla que se puede ver y oír lo que él hace. Aunque Dios es invisible, sin embargo, lo que hace es patente. Lo que Dios quiere es tocarnos, impregnarnos con su Espíritu, y que nos toque. Nosotros necesitamos del toque de Dios, que es la comunicación del eterno, lo espiritual, lo celestial por lo cual vivimos. Continúa diciendo: “Porque David no subió a los cielos; pero el mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel…” (Hch.2:33,36). ¿Qué es lo que tiene que saber? “…que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron…” (Hch.2:36-37). Ahí está el toque del Señor, y fueron ganados por él de corazón (ellos eran judíos en su mayoría que estaban en Jerusalén), y justo en ese momento, el día de Pentecostés, en que había venido el Espíritu Santo, ellos preguntaron: “¿Qué haremos?”. Estamos tan acostumbrados a hacer nosotros las cosas que pensamos siempre en cómo hacer las cosas. Si nos dan el secreto de lo que debemos hacer podemos alcanzar lo que sea; ya antes le habían hecho una pregunta al Señor Jesús: “Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Jn. 6:28). El problema que tenemos es que pensamos que “nosotros haremos”. El pueblo de Israel decía que cumplirían todo lo que le mandara Dios, pero él sabía que no era así, y que ellos necesitaban hacer la ley; pero el Señor Jesús nos responde esta pregunta por otro lado, diciéndonos que “…creáis en el que él ha enviado” (Jn.6:29). Porque no es por lo que nosotros hacemos, ya que eso sería una obra propia, pues la obra es de Dios. Pedro les dijo a los Judíos y a los habitantes de Jerusalén: “Arrepentíos”, palabra que viene de metanoia (cambio de entendimiento), que es un cambio en la manera de ver las cosas. Antes veíamos las cosas de un punto de vista humano, pero cuando el Señor nos toca, empezamos a ver las cosas de un punto de vista distinto y nos damos cuenta que no somos tan buenos, ni tan capaces como pensábamos que éramos, y que si él no nos hubiera curado y tomado sobre sí, nosotros hubiéramos muerto para siempre. El arrepentimiento está junto con la fe, porque el arrepentimiento es por el convencimiento del Espíritu Santo en nosotros. Porque el Espíritu empieza a trabajar cuando estábamos en el mundo, como dice el Señor que el Espíritu Santo: “…convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn.16:8). Nos podemos dar cuenta que Dios cuando nos toca empezamos a ver las cosas como él las ve. Dios nos está guardando desde el principio, y nos pide que seamos sabios y entendidos, y no seamos necios. Esto está incluido en el arrepentimiento, que es empezar a ver las cosas como Dios las está viendo. Entonces, no es tan sólo arrepentimiento, porque nos dice: “… Arrepentíos y bautícense cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…” (Hch2:38). Esto es lo que necesitamos para empezar y para continuar: la Sangre y el Espíritu Santo. Siempre el perdón de los pecados es por la Sangre, pues “… sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He 9:22). Así como también sin el Espíritu no hay nuevo nacimiento, ni podemos ser participes de nada divino. Cuando nosotros recibimos la Sangre, es porque no nos auto justificamos, sino que Dios nos justifica en el sacrificio de muerte de su Hijo. Sólo la Cruz se encarga de borrar todo lo que pertenece a la vieja creación y sólo su Espíritu introduce todo lo que corresponde a la nueva creación, terminando todo lo viejo en la Cruz. Por eso el lugar central de la Cruz, del Propiciatorio, es encima del Arca, porque ese Propiciatorio nos habla de la obra de la Cruz, de la resurrección, de la ascensión y del Espíritu; todo eso está incluido en el Propiciatorio, porque la Sangre fue derramada en el Atrio, en el Altar de Bronce, pero el sacerdote es Cristo quien resucitó, ascendió al cielo mismo, al verdadero templo de Dios que está en el cielo. La Palabra dice: “…y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu…” (Hch.2:33). Es decir, Jesús tenía que resucitar y presentar su obra consumada para que entonces Dios pudiera enviar el Espíritu. El Propiciatorio nos recuerda la Sangre, pero como está en el Lugar Santísimo, nos recuerda al sacerdote, es decir, la resurrección y ascensión, recordándonos lo que se consiguió en la promesa del nuevo pacto que incluye perdón y regeneración, dos elementos fundamentales de la promesa de Dios. Veamos Hebreos 8:1 lo que nos dice el Espíritu: “…tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Eso es lo que nos recuerda al propiciatorio, y aquí el modelo verdadero del Arca que Juan vio. Continúa Hebreos diciendo: “… Todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por el cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer. Así que, si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote...” (He8:3-4). Los sacerdotes y sus hechos siguen a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando erigiera el tabernáculo: “Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte” (Ex25:40). Ahora tenemos mejor ministerio que el de los sacerdotes antiguos, que es el de Cristo, por cuanto es mediador de un mejor pacto. Nuevamente esto nos recuerda el Propiciatorio, del trabajo del Mediador vivo y humano que murió por nosotros, que hoy intercede y consiguió el regalo del Espíritu. Aquí veremos cuáles son esos dos primeros asuntos prometidos, dice: “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, En que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; No como el pacto que hice con sus padres El día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; Porque ellos no permanecieron en mi pacto, Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos me serán a mi por pueblo; Y ninguno enseñará a su prójimo…” (He8:7,11). El Señor, reprendiéndoles, promete perdonar y regalarnos el Espíritu Santo; bendita reprensión que nos ha dado su Sangre y su Espíritu: “Porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos”. (He.8:11). Esa es obra del Espíritu; “Porque seré propicio a sus injusticias,…” Y esta es obra de su Sangre, “…Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (He.8:12). La Sangre y el Espíritu, elementos esenciales de la promesa. Y estas promesas que están aquí, son las que estaban en Jeremías y en Ezequiel, y no son inventos de los apóstoles. Cuando el Señor Jesús resucitó y se les apareció a los discípulos, él empezó a enseñarles durante cuarenta días lo que de él decían las Escrituras. Todo lo que los apóstoles recibieron, lo aprendieron del Señor, y en las Escrituras del Antiguo Testamento. Desde aquí es donde brota toda nuestra victoria, nuestra vida y la edificación de la Iglesia, y es la única manera que el propósito de Dios se cumpliera con nosotros; no hay otra manera sino haciendo uso permanente de su Sangre y de su Espíritu. Podemos ver sobre esta palabra en Jeremías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y la casa de Judá” (Jer.31:31). “…daré mi ley en su mente” (Jer.31:33). Qué hermoso es este verbo “daré”; no dice venderé, arrendaré, prestaré, sino “daré”, es decir, que nadie podía pagarlo, ni nadie podía merecerlo. Y sigue diciendo en el mismo verso: “…y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios,…” (Jer.31:33). Él es un Dios para nosotros, lo conoceremos como nuestro Dios, por enseñanza directa de su Espíritu. Ahora pasaremos a Ezequiel para completar la promesa de Jeremías, en que nos dice: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré” (Ez.36:25). Esa es la obra de la Sangre. Él nos dará, y nosotros no tendremos que hacer nada, porque lo recibiremos por gracia. “Y pondré mi Espíritu en vosotros…”. Dejemos que estas palabras entren en nuestro corazón, que nos toquen y que se queden ahí. Esto es un regalo de Dios, es un don, es vida eterna. Nos dio a su Hijo y nos dio el don del Espíritu, aun cuando no lo merecíamos. Nunca lo podremos pagar, pues sólo lo podemos recibir creyéndole a Dios. Cuando bebemos de la copa y partimos el pan que es el cuerpo del Señor, estamos expresando el nuevo pacto de Dios diciendo: “Gracias Señor, tú viniste”.

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