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TRES ESCENAS DEL ESPECTÁCULO

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:08, Categoría: General

TRES ESCENAS DEL ESPECTÁCULO. La Palabra del Señor es tan rica y preciosa, que realmente ha sido el alimento para el pueblo del Señor por siglos. Pareciera que nunca terminamos de leerla, y que nunca terminamos de desentrañar todos los tesoros que están en ella, no importando cuántas veces la hayamos leído. Necesitamos depender del Señor para leerla, y que sea el propio Espíritu Santo quien nos guíe. El Señor ya nos ha dado Palabra, y algunas de ellas han sido recurrentes, porque él desea que se asienten en nuestros corazones. El Señor le ha entregado cosas maravillosas de manera muy particular y exclusiva a la Iglesia, reservándole a ella la verdadera sabiduría. Después de haber visto el contraste entre la sabiduría humana y la divina, Pablo entra a subrayar que existe una sabiduría divina predestinada para la gloria de la iglesia: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1ª Co.2:2,4). Pablo nos muestra que él se propuso esto, y que nadie es suficiente, sino sólo el Espíritu. Y nosotros tenemos el mismo Espíritu que él. Es el Espíritu Santo quien tiene que mostrarse, y a continuación nos dice el por qué. “…para que nuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1ª Co.2:5). Contrastaremos lo que es característico de la Iglesia, que es Cristo como poder y sabiduría de Dios, con lo que buscaban los griegos con todos su tipos de sabiduría, o los judíos con sus señales y milagros, pero desconectados de Cristo el Mesías. Pablo nos enseña, guiado por el Espíritu, que la verdadera sabiduría y el verdadero poder es Cristo mismo. Entonces, como la iglesia ha recibido a Cristo, pues él ha sido hecho por Dios sabiduría para nosotros. “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta…” (1ª Co.2:7). Esta sabiduría oculta, no del ocultismo, sino oculta porque Dios la ha querido reservar para un tiempo, y este es ese tiempo, el de la Iglesia. “…la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria…” (1ª Co.2:7). Esta gloria es para la Iglesia. El Señor quiso vestir a la Iglesia de gloria, como le dio gloria solamente a su propio Hijo, a su propio Verbo, a su propia sabiduría. Dios guardó algo que ni siquiera a los propios ángeles les quiso contar, y sabemos que entre ellos hay seres celestiales de gran categoría, que incluso el mismo Pablo describe en Colosenses, aquellos seres del mundo invisible, creados para Cristo y por medio de Cristo, nombrándose en relación a ellos, tronos, principados, potestades, gobernadores, etcétera. Podemos asociar estos tronos con los veinticuatro ancianos celestiales que están delante del trono de Dios que llevan sus coronas y las ponen a los pies del Señor, y que también en el capítulo 24 de Isaías son llamados los ancianos, y al llamarles así, y aparecer en esa posición tan especial, rodeando el trono de Dios, podemos imaginarnos que son las criaturas más antiguas que Dios creó en el mundo invisible, y que conocen la historia celestial porque han sido testigo de ella desde que fueron creados; y sin embargo, ni siquiera a ellos Dios les reservó estas cosas, o sea, se las manifestó, pero se las reservó para la Iglesia. Aunque hay ángeles altísimos, por ejemplo, aquel ángel que se aparece a Daniel, para contarle cosas que estaban escritas acerca del futuro de Israel, y de la historia en el libro de la verdad. “Pero yo te declararé lo que está escrito en el libro de la verdad; y ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel vuestro príncipe” (Dn.10:21). “Y ahora yo te mostraré la verdad. He aquí que aun abra tres reyes en Persia, y el cuarto se hará de grandes riquezas más que todos ellos…” (Dn.11:2). Y así empieza este ángel a revelarle a Daniel lo que está escrito en el libro de la verdad, hablándole en este capítulo acerca de la historia futura, hasta la resurrección y la segunda venida del Mesías. A pesar de todas estas revelaciones, el apóstol Pablo nos dice que hay cosas que los ángeles desean conocer. Podríamos explicar esta situación de la siguiente manera: En la actualidad vemos como existen best seller, o trilogías de películas y libros que la gente quiere ver o leer, según sea el caso. Si hacemos una comparación de esta situación con lo que ocurre en el cielo, vemos como se les presenta a los ángeles la edificación de la Iglesia, que ha sido el acontecimiento más importante que “ahora” está sucediendo, pues es como una tercera parte de una escena, de la que no se apartarían los ojos. En el cielo, los ángeles han visto la maravillosa historia de la Trinidad, la preciosa historia de la encarnación del Verbo y también la historia del Verbo que introdujo la edificación del Espíritu en medio de la Iglesia. Pablo dice que: “…hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1Co.4:9). Este apóstol se consideró a sí mismo como el más pequeño de todos los santos y creemos que no decía esto sólo por diplomacia; él era consciente de su debilidad humana, por eso no desaprovechaba la gracia de Dios. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo…” (Ef.3:8). Y luego coloca una coma, y añade una conclusión, pues no puso punto final: “…y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido, desde los siglos en Dios…” (Ef.3:9). Esa palabra dispensación es una traducción parcial, y una palabra más completa sería “economía”; es decir, del misterio escondido. El evangelio revelado, riquísimo de Cristo, y también el misterio de la economía del evangelio es para restaurar al otro, pero restaurarlo a la economía de Dios. Es decir, Dios nos enseña por Pablo cómo ser salvos, pero también nos enseña para qué somos salvos. Él dice que el misterio escondido es la sabiduría oculta de Dios, que habla a los Corintios y ahora le habla a los Efesios. “…que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales…”. No sólo en el Milenio o en la Nueva Jerusalén, sino desde ahora, es decir, desde los siglos pasados; estos XXI siglos que hemos vivido, caben en este “ahora”. Estos principados y potestades y ángeles son los espectadores de esta tercera escena del espectáculo, pues eran espectadores de la gloria del Señor, y luego del tremendo espectáculo de la vida del Señor Jesús visto de los ángeles. ¿Cómo se le llama cuando está Jesús en la Cruz? Se le llama también espectáculo (Lc.23:48); y resulta que nuestro Padre, no para ocultar sino para mostrar su propia gloria y la de su Hijo, permitió que continuara el espectáculo por la obra del Espíritu en la Iglesia. Entonces, dice que es un espectáculo no sólo para los hombres, porque se podría haber dicho que el misterio y la sabiduría de la Iglesia es para Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra, pero no solo eso, porque aquí Pablo está hablando de principados y potestades, mirando ahora, aprendiendo de Dios por la Iglesia. ¿Quién se iba a imaginar esto? Tenemos en el pasado al ángel Gabriel quien comunica cosas, y viene este otro ángel que le comunica a Daniel, y a nosotros, lo que está escrito en el libro de la verdad. Pero ahora dice Pablo que, aun en el cielo, están viendo esta clase, o mejor dicho esta película que está de moda. Ahora en el cielo está de moda la edificación de la Iglesia, y cuando se convierte un hombre hay gozo, y es un gran espectáculo que ellos están viendo. Pero así también hay espectadores del otro lado que están viendo y luchando contra la Iglesia, que son los principados y potestades rebeldes en los lugares celestiales. Podemos decir que el Padre junto con el Hijo y el Espíritu Santo, en el momento de decir “hagamos al hombre” (Gn.1:26), dio como resultado que ese hombre que se propuso, es la Iglesia, es el hombre nuevo. Cuando estaba comenzando ya cayó, y ese vaso ya se quebró, pero si Dios dijo “hagamos”, es como cuando el Señor le dice a Jeremías: “Levántate y vete a casa del alfarero (…) Y descendí a la casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echo a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mi palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?...” (Jer.18:2,6). Esto se le mostró a Jeremías, para manifestar cómo es Dios. El Señor está haciendo lo suyo, aunque a veces su pueblo, al igual que Israel, le falló, pero Dios aún sigue con el remanente. El Mesías lo ha hecho, realizado; lo que fue propuesto fue realizado con Cristo, el Mesías, la persona del Hijo, del Verbo que estaba con Dios; quiere decir que se hizo con el Hijo de Dios; con él Dios creó y con él Dios redimió, y llevó al hombre a su realización, y ahora él por el Espíritu se dispensa a la Iglesia, para formarse en ella, y esa dispensación de Cristo en la Iglesia es el nuevo hombre, y es él quien cumplirá la Palabra que dice “hagamos al hombre a nuestra imagen”. Ahora la Iglesia contiene y porta a Dios, para representar al Señor, y las puertas del Hades no prevalecerán. Esa es una lucha verdadera, una lucha cósmica real. El Señor nos dice: “Yo estoy con vosotros” (Mt.28:20), y que “… lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte…” (1Co.1:27). Dios escogió lo necio, lo que no sirve para nada, lo menospreciado, y le dio el más alto precio, porque dice que el tesoro está en vasos de barro, para que la gloria y el poder sean de él, y no de nosotros. Volvamos a 1ª de los Corintios, donde estábamos anteriormente en el capítulo 2: “…la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó…” (1Co.2:8). Estas cosas no se descubren de abajo hacia arriba, sino que tienen que venir de arriba hacia abajo. Babilonia se levantó de abajo hacia arriba, pero la Jerusalén celestial desciende de arriba hacia abajo, porque el arquitecto y el constructor es Dios. “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1Co.2:10). Estas son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman, y que privilegio el de nosotros, la Iglesia. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu de mundo…” (1Co.2:11:12). El mundo nos está tocando a la puerta constantemente, a toda hora, por todas partes, por la radio, por la televisión, por las propagandas, por la calle, para que lo recibamos, pero la Iglesia no quiere recibir otro espíritu, y como dice el Señor: “…las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn.10:4). “…sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido…” (1Co.2:12). Pablo, con otras palabras, nos dice lo que ya ha dicho el Señor Jesús respecto del Espíritu cuando él venga. Ahora miremos una de las funciones de Espíritu: “Él os guiará a toda verdad; (…) Él me glorificará…” (Jn.16:13-14). Es decir, él nos abrirá los ojos acerca de nuestro Señor, y él también lo glorificará. El Padre busca la gloria del Hijo, y el Hijo no busca su propia gloria, sino la del Padre, y el Espíritu busca la gloria del Hijo, y así es la Trinidad. En la Trinidad no hay rivalidad, no hay competencia. El Señor es de una manera tan especial, que nos quiere conquistar para que nosotros estemos en el mismo Espíritu. Sabemos que esto nos va a quitar toda nuestra vana gloria, que nos costará muchas cosas, pero queremos seguir al Señor. Continúa diciendo la carta: “…el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido…” (1Co.2:12). No bastará el tiempo, ni el Milenio para conocer a Dios el Padre, y a su Hijo. Ahora también sepamos lo que Dios nos ha concedido: “…lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1Co.2:13). Nos damos cuenta que también esta sabiduría de Dios, manifestada en la Iglesia, se refiere a lo que Dios nos ha concedido, y eso también lo sabe Satanás, quien ha querido ser igual a Dios. El diablo piensa que Dios es egoísta, y trata de presentarle una distorsión de Dios al hombre, diciéndole a Eva que “…serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios…” (Gn.3:5). Mostró un Dios que no es el verdadero, pero Dios hizo todo lo contrario, porque él quiso hacer al hombre a su imagen y semejanza, mientras que Satanás quiso ser semejante al Altísimo; qué contraste. La imagen y semejanza Dios también la va a demostrar por medio de la Iglesia; ya lo demostró Jesucristo porque se encarnó, fue un hombre, y no sólo vino a nosotros como Dios, sino que vino a ayudarnos a nosotros de hombre a hombre, en imagen de Dios. Dios no va a pelear con Satanás, porque si quisiera haría desaparecer a Satanás de un soplo, pero Dios tiene en su corazón una razón. Hay cosas que él ha revelado a nosotros, a sus hijos. “…sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1Co.2:13). Él habla de dos cosas espirituales, que se acomodan una a lo otra; lo espiritual es lo que Dios nos ha concedido y se acomoda a lo espiritual, que son las palabras inspiradas por el Espíritu Santo: “…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.6:63). Y se acomodan a la realidad; y esa realidad es el Espíritu, y en este Espíritu es la Iglesia predestinada. La Iglesia no puede hacer eso por sí sola, por eso Pablo dice que el depósito de Dios es guardado mediante el Espíritu, o sea confiado en el Espíritu Santo, y que sea él quien nos ayude, porque es él la realidad en las cosas, y el Espíritu no se nos da por las obras de la ley, sino, gracias a Dios, es suministrado, y hace maravillas por el oír por la fe, por creerle. “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal.81:10). Lo que Dios ha concedido exclusivamente a la Iglesia es tremendamente grande, y lo hace para alegrarse con la Iglesia; para que los ángeles suyos, y aquellos ancianos, serafines, querubines y arcángeles se gocen con Dios, se maravillen y aprendan del Señor. La Iglesia tiene un testimonio, y una encomienda especial. Lo que el Señor le ha dado a la Iglesia es un testimonio posible, que no está en el mero judaísmo, no está en la ciencia, no está en una academia, no está en la filosofía, no está en las religiones, sino sólo la Iglesia puede dar ese testimonio de verdad. El cielo debe estar pendiente de este testimonio de la Iglesia que es en el Espíritu. El Señor Jesucristo nos había prometido al Espíritu Santo y que ahí iba a estar la Iglesia. Si le damos una mirada a la historia de la Iglesia, vemos el por qué Jesús dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad;…” (Jn.16:13). La historia de la Iglesia se nos muestra mediante el Espíritu. Las principales preocupaciones de la Iglesia del Señor en los primeros siglos, era procurar conocer a Jesucristo. Cuando el Señor Jesús estaba aun aquí en la tierra, él indujo a sus discípulos a indagar en la primerísima prioridad diciéndoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas” (Mr.8:27-28). Los discípulos fueron muy diplomáticos al responderle a Jesús y después de hacer patentes las opiniones humanas acerca de él, el Señor Jesús les pregunta: “¿Quién decís que soy yo? (Mt.16:15). Jesús consideraba a los suyos como distintos a los demás, y no les hace esta pregunta como si él no supiera la respuesta, sino él quería que se hiciera patente la siguiente confesión, por lo menos inicialmente entre ellos. “…Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente” (Mt.16:16). Lo que dijo Pedro, sin duda fue por revelación de Dios, porque el mismo Jesús le dice: “…porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo…” (Mt.16:17-18). Aquí el Señor comienza a revelar a la Iglesia, “…que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia…” (Mt16:18). Esta es la revelación del Espíritu, y lo primero que hizo fue la edificación de la Iglesia, con una tarea principal que es glorificar al Hijo y también mostrarnos lo que vino a hacer Jesús a la tierra. El Padre conoce al Hijo desde la eternidad, pero ahora él empezó a ser revelado por el Padre y lo hace por el Espíritu de la Iglesia, para que ella le sea testigo juntamente con el Espíritu y en el Espíritu. Lo primero que el Espíritu comenzó a hacer con la Iglesia es abrirle los ojos acerca de quién es Jesús, y fue el propio Señor Jesucristo el que indujo a la Iglesia a esa consideración, porque lo que nosotros lleguemos a ser depende de lo que sea Jesucristo para nosotros. Hay una íntima relación entre la revelación de Jesucristo y la edificación verdadera de la Iglesia. No habrá una edificación verdadera de la Iglesia sin una auténtica revelación de Jesús.

LO INDISPENSABLE DE LA REALIDAD DE CRISTO EN NOSOTROS

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:06, Categoría: General

Lo indispensable de la realidad de Cristo en nosotros Veremos algunos versos en San Juan que nos servirán de primera cita inicial para introducirnos en el tema: “Escudriñáis las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn.5:39-40). “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn.7:37-38). Palabras tremendas y preciosas del Señor Jesús, y ciertamente palabras de amor, palabras de ayuda. A veces pareciera que las palabras del Señor, en ciertas ocasiones fueran duras, y que hacen vibrar nuestros oídos. Los mismos apóstoles a veces decían: “…Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Jn.6:60). Cuando el Señor usa palabras duras, es porque nosotros somos aún más duros. Él no quiere ser duro, mas siempre habla conforme al Padre, y el Padre mora en Jesús. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo, porque él no vino a condenarlo, sino a salvarlo. En el corazón del Señor no hay dureza para con el mundo, sino que hay amor. El Señor ama a todas las personas, y como dice la Escritura, “… el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1ª Ti.2:4). El Señor es bueno, es fiel, sólo que sabe cómo tratar con nosotros. Él muchas veces viene como el Cordero, y a veces viene como el León; él es el león-cordero. Todo lo que el Señor hace, lo hace por amor a nosotros, y no debemos escandalizarnos del Señor. Alguna vez, incluso Juan el Bautista no entendía bien al Señor, y tuvo algunas preguntas, como cualquier ser humano puede tenerlas, y mandó a preguntarle al Señor: “… ¿Eres tu aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mt.11:3). Muchas veces tenemos nuestras expectativas humanas, y cuando viene el Señor, podemos decir que no cumple nuestras expectativas. Pero Jesucristo viene a salvarnos, y a representar fielmente a su Padre. Entonces, el Señor hizo lo que tenía que hacer, lo que estaba profetizado ya en Isaías: “…los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán” (Is.35:5). Jesús hizo las cosas que haría el que tenía que venir. Así también Jesús le responde a Juan el Bautista: “…Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis” (Mt.11:4). Pero añadió una palabra: “…bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mt.116). Parece que a veces podemos tropezarnos en el Señor, a veces no lo entendemos, y en muchas otras le echamos la culpa sobre los problemas que nos pasan, porque no vemos que el Señor hace las cosas con bondad, con sinceridad, con fidelidad, y siempre hace las cosas conforme a su naturaleza perfecta. Esto no lo entendemos, porque estamos en una condición humana caída, pero él sí nos puede entender a nosotros, pues él es Dios y hombre. Nadie tiene que contarle lo que hay en el hombre, pues él lo sabe. Por lo tanto, Jesús sabe que tiene que venir a nosotros como un cordero, y también según la situación, viene como un león. La mayoría de las veces usamos la Palabra para los pecadores, por ejemplo, aquella que dice: “…estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo” (Ap.3:20). Es válido que se lo mostremos a los pecadores, pero en la Biblia, el Señor se lo dice a su propia y amada Iglesia, que también lo ama. Lo que pasa es que el amor de él para con nosotros es perfecto, pero el amor nuestro está siendo perfeccionado todavía. Él nos ama, y tiene que decirnos cosas que no le entendemos, pero si no las dijera, y a veces de forma dura, a causa de nuestra dureza, entonces no las aprovecharíamos. El Señor, porque es bueno, nos aparta de nuestros propios autoengaños para trasladarnos de nosotros mismos y de lo meramente nuestro, a lo suyo; y esas frases que comenzamos a leer a manera de epígrafe, de iniciación, tienen ese propósito, pues todas ellas mencionan al Señor y al Espíritu, en el contexto de su propio pueblo, que de la mejor manera posible le ha estado siguiendo. El Señor hace perfecto a su amado pueblo, que es imperfecto en sí mismo. Él está pasándonos su perfección, porque ya nos la dio en Cristo, y ahora el Espíritu la está aplicando. Entonces, miremos ese primer verso introductorio, que nos dice que escudriñamos las Escrituras. El Señor veía algo que sucedía en su amado pueblo, y es que ellos separaban su estudio, separaban su actividad religiosa, bien intencionada, por lo demás, fuera del Señor. No dependían de él para leer, para escudriñar; hay una gran diferencia entre estudiar por nosotros mismos las Escrituras, y estudiarlas conversando con el Señor, charlando con él y preguntándoselo todo a él, y pidiendo que nos enseñe e ilumine. Podemos ver en este verso la denuncia del Señor. Ese problema del pueblo era un peligro, pero el Señor no quiere menospreciar a su pueblo y humillarlo, porque él no vino a condenarnos. El ministerio de condenación es el de la sinagoga, pero el ministerio de la Iglesia es de reconciliación, no de condenación. El Señor no vino a condenar al mundo, menos a su pueblo; más bien quiere salvarlo; él es nuestra ayuda y es la única esperanza que tenemos. Sólo nuestro Señor tiene palabras de vida eterna. Entonces, él dijo: “Escudriñáis las Escrituras, pensando tener en ellas la vida eterna”, pero aquí empieza el Señor a decir cuál es el trabajo de las Escrituras, cuál es el trabajo de escudriñar su Palabra, y cuál es el objetivo. Jesús nos dice que ellas dan testimonio de él, pero ellos estudiaban, como quien dice, con la mejor intención, pero no lo veían a él, no lo tocaban. A pesar de todo, el Señor no los estaba condenando, ni acusándolos, sino está ayudándolos. Continúa diciéndoles: “A vosotros os parece que en ellas…”, y con esto no está diciendo que las Escrituras no digan la verdad, pero si se separan de él, si se hace una distancia entre los asuntos religiosos y la persona del Señor Jesús, no se está cumpliendo el objetivo de la Palabra. El objetivo de las Escrituras es llevarnos al Señor Jesús, así como también es el objetivo de la ley. La ley era de parte de Dios, y es santa, justa, buena, y Dios se la dio a los hombres, aunque los hombres somos malos, carnales, e inútiles, pero como nos creemos buenos, creemos que podemos hacer algo bueno también. Entonces, Dios no quería que confiáramos en nosotros mismos, porque resulta que ese árbol que mata, el de la ciencia del bien y del mal, tiene algo de bien, pero mezclado con el mal. A veces nosotros decimos que en el jardín había dos árboles, el del bien y el del mal, poniendo el bien a un lado, y el mal al otro lado, y nos olvidamos de la vida, pero esto no es así. Si leemos con cuidado, es el árbol de la vida y el otro, el que mata, el del bien y del mal; es decir, el árbol que mata, por el que morimos, tiene algo de bueno, ¿qué nos parece? Hay cierto bien en él, pero que está mezclado con el mal, y por eso mata. Dios le dijo al hombre: “…mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás” (Gn.2:17). Dios quería que comiéramos del árbol de la vida, por eso lo puso en el medio del huerto. Entonces, ¿cuál será el árbol que Dios quería que comiésemos? El de la vida, porque los otros árboles eran para alimentar nuestro cuerpo, pero nosotros también tenemos alma y espíritu, y de ese árbol de la vida necesitábamos el alimento. Dios mismo quiere con su propia vida alimentar nuestro espíritu, para luego alimentar nuestra alma y nuestro cuerpo con vida eterna, para que seamos inmortales y gloriosos. Pero ¿qué le pasó al hombre? Le entró la curiosidad por lo prohibido. Eso es muy interesante comprender, porque mientras más se le dice al hombre que no mire, que no vaya, o cualquier otra orden, o prohibición, él hará totalmente lo contario. El árbol que estaba en el centro del jardín era el de la vida, y si vamos al Apocalipsis, donde dice que: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida…” (Ap.2:7), en este verso, la vida es la palabra ZOE, que en griego quiere decir la propia vida divina. Nosotros en español tenemos sólo una palabra para vida, pero también en el griego vida es “psique”. Y psique es de donde viene la palabra psicología que se refiere a nuestra alma, a la sede de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y emociones, de nuestra voluntad, a nuestro propio yo, que es el alma y es la vida del alma. Hay un versículo que dice: “…y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mr.8:35). Esto habla de perder nuestra alma “psique”; es decir, negarnos a nosotros mismos, someter la independencia de nuestros pensamientos, sentimientos y voluntad, para aliarla con el Espíritu de Dios, y así perder nuestra vida, la vida de nuestra alma, para ganar la vida eterna. Dios quiere que la vida eterna de Él sea la que permea nuestra alma, pues ella no fue creada para estar desconectada de la vida divina. Cuando el hombre decidió independizarse de Dios, y andar por su propio camino, que le parecía bueno, esto está representado en el árbol de la ciencia del bien y del mal. Este árbol no solamente tiene mal, sino también tiene algo de bien. Por eso el apóstol Pablo hacía una clara diferencia entre la justicia propia, que es la parte buena del árbol, y todo lo que esté sobre esta base está en terreno equivocado. Con respecto a escudriñar las Escrituras, y hacerlo sin el Espíritu Santo, es decir, leer sólo con nuestra propia mente, confiando en nuestra prudencia, es querer andar en nuestros caminos, y no hay vida en esto. La Biblia hay que leerla en comunión con Dios, invocando su nombre, y él nos enseñará. Anteriormente, hablábamos de la conexión con el Señor, y en este caso sucede lo mismo. El Señor nos dice que sus Palabras son Espíritu y vida, y por lo tanto, el Espíritu y la vida del Señor están en su Palabra. Recurramos al Espíritu Santo, porque hay una distancia enorme entre nuestra actividad buena, bien intencionada y religiosa, con lo que el Señor quiere. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.6:63). Es el contacto con el Señor lo que hace la diferencia. El toque es la circulación del Espíritu y de la vida del Señor que viene a darle vida a nuestro espíritu, y a cumplir su promesa de vivificarnos, de fortalecernos. La Palabra de Dios nos nutre, y para eso debemos comerla, y beberla. La Palabra da testimonio de nuestro Señor, y nos hace encontrarnos con él. No cumplamos meramente deberes con ella, ni la leamos meramente por compromiso, ni tratemos de leerla meramente lo más rápido posible con el solo fin de poder leerla completa. Hay un gran contraste entre lo que nos da la carne, es decir, sus obras, y el fruto que da el Espíritu. Y veremos esto apoyándonos en la Palabra. Todo lo que nace de la carne es carne, no tiene provecho y sus obras son: “…adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías…” (Gá.5:19-21). Esto es algo que podríamos llamar la lista negra de la carne; pero lo que nace de Espíritu es totalmente diferente: “es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” (Gá.5:22-23). Como hemos visto, la Biblia también tiene una lista blanca de las obras de la carne, pues no son sólo asesinatos y esas cosas, sino también son nuestras justicias propias. Muchos pensamos que el bien se encuentra en un lado y por el otro está el mal, pero no es así, porque el bien y el mal están en el mismo árbol que mata. Pablo en Filipenses nos muestra que la carne tiene cosas loables, y de que confiar, ejemplificándolas en él mismo: “…circuncidado al octavo día...”. Él era circuncidado del linaje de Israel, el único pueblo de Dios, “…del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos…” (Fil.3:4). Note que Pablo empieza a mostrar el lado bueno de la carne, lo que sólo brota de nuestra propia naturalidad; y así sea justicia propia, no puede heredar el reino de Dios, sino sólo puede hacerlo lo que el Espíritu produce. Pero luego continúa diciendo: “…cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como perdida por amor de Cristo” (Fil.3:7). Toda esa lista de títulos y diplomas, si amo a Cristo, es una pérdida. Pablo no está haciendo un contraste entre el bien y el mal, sino entre la justicia de Dios que es por la fe, en el Espíritu, y la justicia propia. Preocupémonos de que el Señor de verdad reine. Si estamos en el Espíritu él reinará. “…no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo” (Fil.3:9). Debemos soltar todo lo nuestro y aferrarnos a la fuerza del Espíritu. ¿Acaso creemos que las intenciones de David eran malas cuando intentó traer el Arca del Señor a Jerusalén? No eran malas intenciones, pero al querer trasladarla, la pusieron en un carro nuevo guiado por Uza y Ahío. Este fue un gran error, porque Dios no escogió un carro para trasladar el Arca, porque la gloria de Dios tiene que pesar en el corazón de las personas que él escogió. Los Levitas eran los que tenían que llevar la carga. El peso de la Palabra de Dios tiene que venir de ese peso de la gloria. La gloria de Dios tiene que cargar nuestros corazones. David no se había dado cuenta de su acto. Toda la casa de Israel danzaba delante de Jehová, pero los bueyes que llevaban el carro tropezaron, y Uza extiende su mano para sostener el Arca, enfureciendo a Jehová, quien lo hiere por aquella temeridad, y cae muerto. (Paráfrasis de 2 S: 6:1-11). El Señor ya había aguantado bastante cuando pusieron el Arca en el carro. Y así también es con nosotros, pues aguante y aguante, y no nos damos cuenta. Si hay alguien que tiene paciencia con nosotros es el Señor. En este capítulo de Samuel, sucede esto porque no actuaron conforme a la Palabra de Dios, y no podemos olvidar además que lo único por lo cual nosotros estamos en la presencia de Dios, es por la Sangre de Cristo. Filipenses 3 nos dice algo muy interesante: “Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo” (Fil.3:2). Pablo nos dice que los que quieren gloriarse según la carne, obligan a circuncidarse; o sea, obligaban a los santos para circuncidarse para decir que esos ahora sí son santos por haberse circuncidado. Ellos hablaban de la circuncisión hecha con la mano en la carne, pero la verdadera circuncisión no la inventó Pablo, ya que el mismo Señor, incluso ya en el Antiguo Testamento, venía introduciendo el concepto espiritual de la verdadera circuncisión, de la que habla Dios por medio de Isaías, cuando dijo: “Circuncidad vuestros corazones”. Dios quería una circuncisión verdadera, y esa es de la que habla Pablo aquí, y en Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo…” (Col.2:11). Ahora Pablo, volviendo a Filipenses, continúa diciéndonos: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil3:3). ¿Quiénes son la circuncisión? Los que servimos a Dios, pero enseguida dice algo fundamental, “los que lo hacen en Espíritu”. En Romanos 1 verso 9, sólo para complementar, dice: “Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo…” (Ro.1:9). Pablo dice esto, porque el que conoce lo íntimo es Dios; a veces de afuera la gente no se da cuenta, pero Dios sí lo hace. El hombre natural, el psíquico, y el meramente almático, en su naturalidad de vida no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, y no las puede entender. Se necesita discernir espiritualmente lo que es espiritual, o sea, usando su Espíritu. Queríamos subrayar la expresión “a quien sirvo en mi espíritu”, ya que a veces es posible querer servir a Dios con buena intención, pero no lo hacemos en espíritu. Pablo vivió un buen tiempo en este mundo, y lo hizo a los pies de Gamaliel, que era el mejor legalista que había en su tiempo, y el más entrenado. ¿Y para qué le sirvió todo su seminario? Para oponerse al Señor, quien lo tuvo que derribar al piso. El Señor lo derribó por amor, porque le quería dar cosas mejores, porque el viejo pacto no es tan bueno como el nuevo; el ministerio y el régimen del Espíritu es mejor que la justicia propia. Dios busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad. Pablo servía a Dios en espíritu, y ponía atención al mover de Dios. El Espíritu del Señor es como un semáforo en nuestro interior; a veces es luz verde de vida y paz, donde está la puerta abierta a la paz y la alegría, pero a veces empezamos a perder esa paz en el espíritu y empieza la luz amarilla, que es para andar con cuidado de no estrellarnos; y está la luz roja que nos pide frenar. Sigamos al Señor y adorémosle en el espíritu. Para esto necesitamos decirle que nos ayude, que nos enseñe y nos vuelva desde donde sea que estemos. La Palabra nos dice: “…el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1ª Co.6:17). El Espíritu de Dios viene a unirse a nuestro espíritu humano, y nos da un espíritu nuevo. Ahora estamos en lo nuevo, en novedad de vida, en la nueva creación. Ahí es donde tenemos que estar y servir a Dios; ahí en espíritu adorar a Dios, en espíritu cantar, en el espíritu orar. Preocupémonos de que el Señor de verdad reine, y si estamos en espíritu lo hará, no teniendo nosotros nuestras propias justicias.

SEGUNDO NIVEL DE LA CRUZ

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:05, Categoría: General

Segundo nivel de la Cruz Volvamos a abrir la Palabra del Señor en Romanos, porque queremos ubicarlo en el contexto general del plan del Señor, pero primero es necesario volver sobre nuestros pasos y todavía considerar algunas cosas. Para ver Romanos, vamos a leer en Hebreos, para que la visión de Romanos se nos amplíe. Desde el verso 1: “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. Porque el tabernáculo estaba dispuesto así” (He.9:1-2). El autor, que aquí nos va a hablar de disposiciones del tabernáculo, aunque no dice todas las que hubiera podido decir, pues ya en el capítulo 6 dice que “Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar…” (He.6:1). Todo esto no se puede ahora hablar en detalle, entonces decía algunas. De las cosas que sí hablaba, nos daban la clave para saber que había otras que no dijo, pero que las dejó indicadas; o sea, nos dejó la clave para entrar en las otras. Continuemos en Hebreos 9: “…en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle. Y así dispuestas estas cosas…” (He.9:2,6). Todo aquello que era una disposición de Dios, una disposición para nosotros hoy, no era solamente para el culto de ayer en el Antiguo Testamento. Vamos a ver el objetivo, que es éste, ver que esa disposición de culto, esa colocación del mobiliario y las ordenanzas del santuario eran para hoy, para hablarnos hoy. “…en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando el Espíritu Santo a entender con esto…” (He.9:6,8). Con esas disposiciones, con esas ordenanzas de culto, con esos muebles, etc., el Espíritu Santo quería dar a entender cosas propias del Nuevo Testamento, cosas que atañen a la Iglesia hoy, como lo dice también aquí en el mismo capítulo, en la misma epístola de los Hebreos capítulo 3 verso 5: “Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir…” No solamente era para testimonio de lo que sucedió en el pasado, sino que Moisés fue fiel para testimonio de lo que se iba a decir, ¡lo que se iba a decir! Y lo que se iba a decir tiene que ver con el Nuevo Testamento, con la Iglesia, y con el evangelio. Dios dispuso aquel santuario, aquellos ritos, aquellos muebles, con el objetivo de preparar lo que se iba a decir, con el objetivo de enseñar. Dios es muy didáctico, y como dice el dicho, “una imagen habla más que muchas palabras”, entonces Dios utiliza imágenes, utiliza figuras, para que al verlas, podamos entender más fácilmente. Y ahora llegamos a la frase clave, en Hebreos: “…dando el Espíritu Santo a entender (…) Lo cual es símbolo para el tiempo presente…” (He9:8-9). Podemos apreciar que todo esto no era solamente una cuestión de arquitectura y de decoración, sino era un lenguaje del Espíritu Santo para hoy, para el tiempo en que se habría de decir algo, y por eso tenían que usarse esas figuras, esos símbolos, para poder decir las cosas de hoy. Cuando estamos leyendo aquellas cosas, debemos leer como para nosotros hoy, y que no solo estamos leyendo cosas de ayer, porque con lo de ayer Dios quería hablar hoy. “…Ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (He9:10). Antes del tiempo de reformar las cosas, estaba en vigencia lo simbólico, lo tipológico. Cuando llegó el tiempo de reformar las cosas, fue el tiempo de la realidad, y el tiempo presente es el tiempo de reformar las cosas. El Espíritu Santo nos da a entender cosas para hoy. En el tabernáculo, en el Atrio, de afuera para adentro, había principalmente dos muebles. Un mueble que era el Altar de Bronce, donde se ofrecían los sacrificios, de donde se obtenía la Sangre que el sumo sacerdote introducía hasta el propiciatorio, y había también una Fuente de Bronce que estaba descrita en el libro del Éxodo. Vamos a Éxodo para ver esa Fuente de Bronce: “Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una Fuente de Bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavaran las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones” (Ex.30:17-21). Pasemos unas páginas más del libro de Éxodo, hasta el capítulo 38 versículo 8, donde hay un detalle adicional que no apareció en la lectura anterior, que nos ayudará a entender mucho más: “También hizo la Fuente de Bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.” Entonces, ¿qué hacían las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión con sus espejos? Se miraban a sí mismas. En ese tiempo, los espejos no eran como los de ahora que son de cristal con nitrato de plata, sino que eran de bronce bruñido. Entonces, las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, o sea, las mujeres santas de Dios, las que representan a la Iglesia, se podían reflejar, verse a sí mismas en el bronce. Con eso se hacía la fuente. Notemos que los sacerdotes, cuando llegaban, inclusive antes de pasar por el altar, tenían que llegar a la Fuente de Bronce. Esto quiere decir que los mismos sacerdotes se podían ver a sí mismo en aquella fuente, y después de verse, de reconocerse, se lavaban. Y ¿para qué sirven esas dos cosas? Antes de poder entrar a las siguientes, de poder pasar al Lugar Santo y al Santísimo, ellos tenían que pasar por el Atrio, y en el Atrio tenían que pasar primeramente por la Fuente de Bronce, antes de ofrecer los sacrificios para que no murieran. Para que no haya muerte, debe haber arrepentimiento y fe, que es lo que está representando esa Fuente de Bronce y ese altar. En los tres primeros capítulos de Romanos, podemos encontrar ahí la Fuente de Bronce, y ¿qué es lo que nos dicen? Ellos cumplen el papel de la Fuente de Bronce hecha con los espejos de bronce, pues nosotros somos reflejados, se nos muestra nuestra verdadera cara y necesitamos lavarnos, además de necesitar el sacrificio. Miremos lo que dice, por ejemplo, en el capítulo 1, en el verso 18: “…La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se los manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”. Ahí está el espejo, no tienen excusas, dice. Muchos dirán, “pero yo nunca había oído”, pero ha visto la obra de Dios, porque las cosas invisibles de Dios se hacen claramente visibles por medio de las cosas hechas. Así que, al menos, una porción de la verdad de Dios es revelada a través de la naturaleza y del universo creado por Dios. O sea que aquí, este capítulo comienza a mostrar que somos inexcusables. También la ley nos muestra que necesitamos a Cristo, porque el objetivo de la ley es servir como ayo; o sea, cuando llegamos al bronce de los espejos, empezamos a conocer que somos inexcusables y que necesitamos a Cristo, y no solamente nosotros, sino el mundo entero, porque en el capítulo 1 habla de la gente que no conoce la ley, pero en el 2 habla de los que sí la conocen. “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre…” (Ro.2:1). Otra vez continúa la acusación; ya había dicho que no teníamos excusas porque la naturaleza nos habla la verdad de Dios, por lo menos en parte, pero nos habla de la verdad, y que los hombres con injusticia la detienen, y el capítulo 2 nos muestra también que la ley nos conduce a Cristo, y se lo muestra también a los judíos. Ya cuando llegamos al capítulo 3, ahí sí que no queda ninguno con excusa, porque el apóstol Pablo hace un ramillete de versículos, haciendo un salmo de salmos, pues junta varios salmos. ¿Y qué dirá este salmo? “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios, todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos (Ro.3:11-18). ¡Qué espejito! ¿no? ¿Qué era lo primero que haría el Espíritu Santo? Lo dijo el Señor Jesús, que sería el Consolador, y convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Entonces, notemos que el evangelio comienza por un llamamiento al arrepentimiento, y nos hace vernos a nosotros mismos a la luz de Dios. Entonces, ahí en el capítulo 1, en el 2 y en el 3, tenemos esa Fuente de Bronce que nos llama al arrepentimiento. Ahora ya pasamos al Altar; después de haber pasado por la Fuente, para reconocernos y lavarnos, pasamos al Altar, donde está la base de nuestra salvación. Pero la ley nos tenía que ayudar, porque la gente pensaría que es buena, pero viene la ley y dice al hombre que no haga estas ciertas cosas. Alguno obedeció nueve puntos de la ley, pero en el número diez falló. La Palabra nos dice que si se falla en una cosa de la ley, falla en todas, y es un transgresor. Ahora sí podemos ver que necesitamos a Cristo. Ahora, de la fuente pasamos al Altar de Bronce, donde se ofrece una serie de sacrificios. Entonces, en el capítulo 3:19, pasamos de la Fuente al Altar de Bronce: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo en juicio de Dios…” El Espíritu nos convence de pecado, de justicia y de juicio, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley (ese es el capítulo 2) es el conocimiento del pecado. “Inexcusable”, se les dice a los gentiles; “inexcusable”, se les dice a los judíos; todos, no hay diferencia, y no hay manera de ser salvos. No hay ni siquiera uno, todos se hicieron inútiles. Esto es muy serio, pero ahora se hace el traslado. El Evangelio recién está comenzando con el arrepentimiento; arrepentíos, así empieza el evangelio. ¿No fue acaso lo primero que el Señor Jesús comenzó a anunciar por todas partes? “Arrepentíos y creed”, nos decía. “…Ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para que todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituido de la gloria de Dios, siendo justificado gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Ro.3:21-26). Ahora ya pasamos al altar. ¿Nos podemos dar cuenta? De la Fuente de Bronce, pasamos al Altar. Aquí empiezan a aparecer palabras preciosas, todas relacionadas unas con otras, y con una secuencia: justificación, redención, propiciación; y de a poco nos encontramos con reconciliación, salvación y nos damos cuenta que nos topamos con el Altar de Bronce. Y eso nos hace recordar el libro de Levítico, para volver otra vez de nuevo a Romanos. Los primeros capítulos de Levítico nos presentan distintas clases de sacrificios, aunque nosotros sabemos que el sacrificio del Señor Jesucristo fue uno solo, y hecho una sola vez y para siempre. Sin embargo, es tan profundo y tan rico lo que Jesús hizo en la Cruz, que Dios para poder enseñarnos a valorar el sacrificio de su Hijo, para poder penetrar en las insondables riquezas de su gracia, simbolizó el sacrificio de Jesús con muchas clases de sacrificios, usando distintos nombres, distintas frases, en la que cada una nos muestra un aspecto. Por ejemplo, vamos a mirar los títulos de los primeros capítulos: Levítico, capítulo 1: “Los holocaustos”; capítulo 2: “Las ofrendas”, ofrendas en el Altar de Bronce; capítulo 3: “Ofrendas de paz”; capítulo 4: “Ofrendas por el pecado”; capítulo 5: “Ofrendas expiatorias”; capítulo 6: “Leyes de los sacrificios”, y eso continúa en el 7. Y ya al final de toda esa lista, que empieza desde el 1 hasta 7, vemos lo que nos dice este último capítulo, como resumiendo en un título lo que leímos en todos estos 7 capítulos. “Esta es la ley del holocausto, de la ofrenda, del sacrificio por el pecado, del sacrificio por la culpa, de las consagraciones y del sacrificio de paz…” (Lv.7:37). Todos estos sacrificios que están descritos con detalles, se refieren a un solo sacrificio hecho una vez y para siempre del Señor Jesucristo; pero como para ver las insondables riquezas de esto, empieza el Espíritu Santo a desglosarlo, y comienzan a aparecer palabras diferentes que se refieren a realidades espirituales, todas relacionadas y todas provenientes de la Cruz de Cristo, porque aquello era lo que se iba a decir hoy, en la era de la Iglesia, en la era de la gracia, en la edad del Espíritu del Nuevo Pacto, y del régimen nuevo. No debemos pasar por alto Levítico, hay que volver a leer y releer, para poder comprender que hay varias palabras curiosas. Vamos a Levítico 1. Este primer capítulo nos habla de los holocaustos, y cuando comparamos estos con las ofrendas, en las que también se sacrificaba un cordero o un becerro, o una cabrita, podemos ver que es casi lo mismo, pero aparecen palabras diferenciales. Por ejemplo, los holocaustos eran totalmente quemados y se ofrecía todo, y el sacerdote no comía nada. El holocausto se ofrece todo, en comparación con los demás, en que los sacerdotes sacaban algo para ellos, o en otros sacrificios que el pueblo podía comer también, dejándole determinada parte para el sacerdote y su familia. Entonces, ¿por qué en los holocaustos los sacerdotes no podían comer? Había que quemarlo todo, y en ninguno de los otros se hacía de esta manera porque los holocaustos satisfacen la necesidad de justicia, honra, santidad y gloria del Padre. Todos ellos hablan del sacrificio de Cristo, pero hablan aspectos diferentes. Dios hace las cosas detalladamente. Por ejemplo, dice que había unos garfios, para abrir el animal y separar el hígado del páncreas, y los intestinos y el estómago. Al leer esto, pareciera ser una carnicería, pero al comprender que todo habla del Señor, y es para la Iglesia, es muy diferente. Si relacionamos esto con nuestra vida, muchas veces decimos “¡Señor, perdóname si he pecado!”. Y claro que hemos pecado, pero es necesario ser más detallista, como lo es el Señor. Imaginémonos esto: con un garfio se ha agarrado el hígado, el riñón izquierdo y el derecho, pues así es como había que ofrecer las cosas. Por lo tanto, no podemos decirle al Señor que hemos pecado, sino más bien: “Señor, fui hipócrita”, “fui envidioso”, “lujurioso”, “perezoso”, “tuve mala voluntad”, etc.; o sea, debemos repartir en pedacitos las cosas. ¿Nos damos cuenta? Todo eso está para hacernos ganar tiempo, y para que vayamos por donde hay que ir. El capítulo 1, donde la característica es que todo se quema, para que Dios lo huela y lo considere agradable. A veces nosotros venimos a Dios por causa de nuestra necesidad, pero el Señor Jesús sabía que su Padre había sido despreciado, y la justicia, y santidad de Dios fue ofendida, habiendo que hacer justicia primeramente a Dios, antes que ver la necesidad de los hombres. El Señor Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres. El hombre merecía la muerte, y Dios merecía la vindicación, la gloria del reconocimiento. Debía haber un sacrificio que satisficiera la necesidad de Dios. El Padre es justo y por eso alguien tenía que morir. Dios podía habernos perdonarnos sin la muerte de Jesús, pero no hubiera sido justo. La gloria de Dios había sido profanada con la rebelión del hombre. A veces nosotros nos olvidamos de vindicar la gloria de Dios, pues con tal de nosotros salir del infierno no nos importa si Dios sigue mal entendido, o si el corazón de Dios sigue insatisfecho, porque sólo nos interesa la satisfacción de nuestra necesidad. Lo que hizo Jesucristo fue primeramente en relación con su Padre, pues su justicia, su santidad y su gloria debían ser vindicadas. Dios debía ser adorado. En la Cruz, el Señor Jesús honró a su Padre, honró su justicia, su santidad, su gloria, su derecho. Por eso nadie podía comerlo, pues el holocausto sólo Dios lo podía oler; no era para con el hombre, aunque del mismo sacrificio somos perdonados, reconciliados y justificados, y somos beneficiados. En la relación del hombre con Dios, hay que ser justos con él. Anteriormente, leíamos en Romanos que el hombre detiene con injusticia la verdad, injusticia contra Dios, y echándole a él la culpa de cosas de que somos nosotros los culpables, ofendiendo su justicia, su santidad y su gloria. Entonces, nuevamente, ¿qué hace el holocausto? ¿Qué representa el holocausto? Que es uno de los aspectos del sacrificio de Cristo, en el cual pone los intereses del Padre por encima de los intereses humanos. Es el segundo aspecto que se describe, el de la ofrenda, que no es todavía por el pecado, sino el derecho que Dios tiene de poseerlo todo; de que todo se haga para él, porque es de él y es para él, así como dice la Escritura: “todo es de él, por él y para él”. Este aspecto de la muerte de Cristo, a veces no lo consideramos, porque estamos solo pensando que nos perdone, y ojalá lo más rápido posible. En Eclesiastés se nos dice que cuando vengamos a la casa de Dios no lo hagamos apurados, ni ofrezcamos el sacrificio de los necios, sino más bien, llegar para ser tocados por Dios, convencidos, iluminados, limpiados y convertidos, o si no, vamos a salir igual para pecar otra vez. (Paráfrasis Ec.5: 1 al 7). El Señor Jesucristo estaba interesado en vindicar a su Padre. ¿Por qué no perdonó Dios sin sacrificio? y, ¿Por qué no perdona a todos los que no le piden perdón? Nosotros deseamos que Dios perdone a todos, que nadie se vaya al infierno. Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que para Satanás y sus ángeles, pero hay hombres que han seguido a Satanás hasta el infierno, y van a estar muy incómodos en él. Dios no perdonó a los ángeles, ellos no tienen redención, porque fueron creados en la gloria y ofendieron a Dios, y esta ofensa contra la majestad de Dios fue grave. Nosotros nacimos en oscuridad, nacimos en pecado, nacimos corrompidos, pero Dios nos socorrió y por la fe nos salva. Nosotros no entendemos lo que significa una ofensa a la majestad de Dios, no entendemos la ofensa que hacemos a Dios, y a los hombres, hasta que nos toca probar de la misma medicina. Hay que tener conciencia, vivir en la presencia de Dios y pensar en los intereses de él por encima de los de los hombres, para que no estemos en la posición de Satanás, porque así le dijo Jesús a Pedro: “… ¡Quítate de delante de mí, Satanás!”(Mr.8:33). ¿Por qué? Porque no tenía la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Ese es el sentido que tiene el holocausto, totalmente quemado, para que sólo Dios sea vindicado, y sólo Dios sea reconocido en su derecho, en su gloria, porque el Señor vino a reconciliar. En el capítulo 2 aparece que, si alguno ofrendare algo a Dios, el sacerdote puede comer de la espaldilla, del muslo, y no puede comer de la sangre, no puede comer de la grosura. Ciertas cosas son sólo para quemarlas delante de Dios, pero ahora nosotros también tenemos beneficios, por ejemplo, el perdón, y estuvimos viendo que es un beneficio; la libertad, es un beneficio; la justificación, la redención, la propiciación, la reconciliación, la regeneración, la santificación, la renovación, la vivificación, la glorificación, la edificación. Son todos beneficios que nos vienen del sacrificio de Cristo y de su resurrección, ascensión y Espíritu. De esto nosotros podemos comer, pero ahí continúa la variedad: esto es de paz y esto es para tratar el problema de la culpa, y esto para tratar el problema del pecado. Cuando llegamos a Romanos capítulo 3, el Altar de Bronce, donde se presentaban todos esos sacrificios, podemos ver que empieza el Espíritu Santo, al ponernos el espejo de la Fuente de Bronce, a mostrarnos el derecho de Dios y las injusticias de los hombres, que cambiaron con injusticia la verdad, y no le dieron la gloria a Dios, sino a las criaturas que empezaron a llamarles dios, ignorando al verdadero Dios. Por eso la idolatría es una ofensa grande, porque Dios dice que él es celoso. A veces no conocemos a Dios como un marido cuyo Espíritu nos anhela celosamente, y quiere que le pertenezcamos a él, que existamos para él. El propio pueblo de Dios tiene amantes distintos al Señor, pues, ¿acaso no nos dice el apóstol Santiago (no el de los doce, sino el hermano del Señor) en su epístola?: “¡Oh almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg.4:4). Dios (mucho más que nosotros) quiere estar unido al hombre; él quiere abrazarnos y hacerse uno con nosotros. Para eso nos hizo, y eso es lo que está esperando. A veces nosotros no nos damos cuenta y tenemos una imagen de Dios como un ogro, como alguien insaciable, como alguien imposible de agradar. Pero él ha hecho todo para recibirnos; nos ha dado todo, nos ha perdonado, y lo seguirá haciendo. Dios está tratando con nosotros y nos revela lo íntimo del asunto en la Cruz del Señor Jesús. Por eso debemos entender lo más que podamos, con la ayuda del Espíritu Santo. ¿Por qué fue necesaria la Cruz? ¿Qué asuntos involucra, y hasta dónde nos lleva la Cruz? El Señor había muerto como el Cordero de Dios, para tratar ese primer aspecto, ese primer nivel de la Cruz que es el de nuestros pecados. Hemos visto que también él fue representado con una serpiente de bronce ensartada en un asta, o sea, el juicio de la serpiente, y algo más que ya sabemos, pero que hay que tenerlo bien claro, y es que nuestro problema no son sólo los pecados que hemos cometido. Porque los frutos se deben al árbol, y no sólo a los malos frutos; por lo tanto, no solamente hemos pecado, sino que somos pecadores. Por eso, algo de la Cruz tiene que ver con los que hicimos, y algo de la Cruz tiene que ver con lo que éramos. Entonces volvemos a Romanos otra vez, desde el capítulo 3 verso 21, continuando por todo el 4 y el 5 hasta el verso 11, que nos habla de ese primer aspecto en que nos hemos detenido, el de la Sangre, el de la justificación por la redención, por la propiciación; y porque hubo propiciación hubo redención, porque hubo redención hay justificación, por eso el sacrificio por la culpa; y hay también por el pecado, y aquí empieza a hablarse de pecados en plural, de transgresiones, hasta que llega a la mitad de el capítulo 5 donde el Espíritu Santo comienza a hablar del pecado, de la naturaleza pecaminosa, del pecador, del árbol maligno. Todo lo que ha significado el sacrificio de Cristo, Dios quiere mostrarnos su sentido. Quiere que conozcamos a su Hijo, que conozcamos el asunto, que entendamos a Dios. El Señor quiere que no nos gloriemos en ninguna otra cosa, pero que le entendamos a él, y en eso gloriarnos; no en el dinero o en cualquier otra cosa, sino en él. Y a Dios no lo conocemos sin Jesucristo, y a Jesucristo no lo conocemos sin la Cruz, porque ella es la que resuelve las cosas en los cielos y en la tierra. La Cruz es lo que revela el corazón de Dios, la naturaleza de la Trinidad, y el destino de la Iglesia. En Romanos 4, verso 7, dice: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos”. Aquí dice iniquidades y pecados en plural, y habla de perdón y de cobertura. De la carne del sacrificio, cierta parte, o con otras palabras, ciertos aspectos nosotros podíamos comer, pero el holocausto se lo comía todo Dios; todo se quemaba para Dios y no había ningún desperdicio. Era el derecho divino de Dios. Y para sustentar y proclamar el derecho de su Padre, vino el Hijo. Jesús vino a honrar a su Padre, y someterlo, otra vez, todo a él. ¿Cuál es el sentido de la historia? Desde la ascensión de Cristo, todas las cosas están siendo expuestas, juzgadas y sometidas al Hijo. Dios primero extiende un armisticio para los enemigos, pues todos nosotros éramos enemigos de él, pero siendo enemigos nos amó y quiso reconciliarse con nosotros. Los que no lo reciben y no aceptan aquella reconciliación, no reciben al Cristo. A éstos, que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos, les envía un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados, por haberse complacido en la injusticia. La gente rechaza el evangelio, al Espíritu, a la justificación, a la Iglesia. Matan a sus hijos, a sus siervos. Les gusta la sangre, y ¡cuánta sangre han derramado! En Apocalipsis 16, nos dice: “… Justo eres tú, oh Señor, (…) Por cuanto han derramado la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre; pues lo merecen” (Ap.16:5-6). Les gusta derramar la sangre de Jesucristo, la de Esteban, la de Jacobo, la de los apóstoles, las de los mártires; al mundo les gusta la sangre. Entonces van a beber sangre, las aguas se convertirán en sangre, y eso después del caballo rojo, y después de que viene el negro que aprieta más, y luego del amarillo que viene como pestilencia, Muerte y Hades. El Hades sigue a la Muerte, que es el juicio de Dios si no se someten a su gobierno. El Señor va a remover todas las cosas, y ¿sabemos cómo termina la última? Con un terremoto mundial, en que las ciudades, no una, sino las ciudades del mundo caerán, donde el sol a medio día se pondrá, donde cambiarán los polos magnéticos de la tierra, las islas desaparecerán, los montes no serán hallados, se cambiará la geografía del mundo, porque todo lo que ha de ser removido será removido; pero Dios tiene herederos de un reino inconmovible. Para eso el Señor se sentó a la diestra del Padre y todo otro reino será removido, destruido, pero la ciudad de Dios no se estremecerá. Volvámonos al Señor, porque el enemigo está en lo suyo. Sigamos profundizando en los sentidos de la Cruz, en ese segundo nivel. El primero, Cristo murió por todos, pero en el segundo “todos murieron”, es decir, los que aceptan morir y vivir con Cristo, ya no viven para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Ahora viene el aspecto de nuestra muerte, y llegamos al capítulo 5 de Romanos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro.5:8). Cristo murió por todos ¿No es todo el evangelio? No. El evangelio tiene mucho más, mucho más de Cristo quien murió por nuestros pecados. Además, nos dice la Palabra que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros, que es otro eslabón ascendente en la profundización de la obra del Señor. “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…” (Ro.5:9-10). Esto sí es precioso. Ya no sólo habló de perdón y de salvación, sino de reconciliación con Dios. ¿Sabemos la diferencia entre perdón y reconciliación? Esto se puede ejemplificar con un matrimonio en el que ha fallado su relación. Puede ser que este matrimonio se haya perdonado, pero decidieron continuar por separado. En este caso hubo sólo perdón. Pero en la reconciliación hay olvido; en este ejemplo del matrimonio, si hubiera habido reconciliación, seguirían juntos, olvidando todo lo que pasó. Esto hay en el corazón de Dios, y es lo que quería que entendiéramos. Nuestro amor hacia Dios ha sido infiel, pero el de él ha sido profundo. Ahora, Dios nos dice que estamos reconciliados, que seremos salvos por su vida, que es otro aspecto. Una cosa es ser salvos de la ira y otra cosa más profunda es ser salvos por su vida; habíamos visto que nos salva por su muerte, pero ahora dice que seremos salvos por su vida. Ese es el aspecto del suministro del Espíritu, y por eso fue que empezamos con la Sangre y el Espíritu. Luego, en el verso 11, dice: “Y no solo esto…” (Ro.5:11). ¿Cómo? Esto viene subiendo de escalón en escalón. Pablo estaba rebosando, por eso él hablaba de las inescrutables riquezas de Cristo. Cuando fue perdonado y de pronto vio más y más, y no sólo eso, sino que está descubriendo el botín de Cristo. Nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, porque hemos recibido ahora la reconciliación; por lo tanto, todo eso era la preparación para el siguiente nivel. Ya hemos sido perdonados, reconciliados, y ahora al avanzar al siguiente nivel nos dice que es necesario hacernos de nuevo. El hombre vuelve natural lo que Dios considera abominación, y pecado. El Señor comienza a mostrar la condición caída del hombre, pero que no se inculpaba mientras no había ley. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, y aun los que no pecaron a la manera de la transgresión, de otras maneras sí fueron pecadores. Pero surgen tres letras, sólo tres, que forman la palabra “don”. Lo que nos dice esta pequeña palabra es grandioso. Hay transgresión, pero el don fue mayor. Abundó el pecado, pero sobreabundó la gracia. Entonces dice: “…porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (Ro.5:15). Aquí nos dice que abundó la gracia y el don de Dios, por Jesucristo. “Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación” (Ro.5:16). Aquí aparece la primera parte del don, que es el perdonar las transgresiones, pero ahora nos dice algo más: “Pues si por la transgresión de uno solo reino la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo…” (Ro.5:17). Reinarán en vida por uno solo, por Jesucristo. ¡Esto es glorioso! “…los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Ro.5:17). Hasta aquí habíamos sido bandidos perdonados, reconciliados, y amados. Nos salvó de la ira, pero también nos dio la vida para reinar en vida. Esto es algo más, y luego sigue diciendo que los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia, gracia y justicia como don, no sólo gracia como don, sino también justicia. Él fue hecho pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia; ese es el aspecto de la serpiente de bronce en el asta, el cordero es por las transgresiones, pues el ensartar la serpiente que es el pecado, y que es la naturaleza pecaminosa, porque el aspecto de Cordero es para perdonar pecados, y el aspecto de ensartar a la serpiente es para tratar con nuestra naturaleza, no sólo lo que hicimos, sino con lo que somos. Ahora entramos en otro nivel, diciendo: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro.5:19). ¿Por la desobediencia de quién? De uno. Tampoco dice que todos fueron constituidos pecadores, porque Jesucristo no pecó. Y ¿por qué fuimos constituidos pecadores? Porque Adán vendió la naturaleza humana al poder del pecado, y cuando se reprodujo, se reprodujo caída y bastó solamente ser concebidos en el vientre de nuestra madre, para nacer pecadores. No nos engañemos pensando que al ser perdonados y nacer de nuevo, nuestra carne, o la de Pablo, o la de muchos otros, mejoró. Cuando Pablo se dio cuenta que era el peor de los pecadores, fue cuando mejor apóstol fue, porque ya no se atrevía a hacer nada por sí mismo, sino que le pedía socorro a Dios, para que mostrara en él toda su gracia. Si nosotros no sabemos que somos una miseria, ¿para qué vamos a nacer de nuevo? Pero el Señor tiene el espejo y la ley, para exponer nuestra miseria, y si no, también tiene legalismos, tiene la religiosidad, para que descubramos cuán hipócritas somos. Porque la obra de la ley también está escrita en nuestro corazón para que desesperemos acerca de nuestra condición, y seamos trasladados de nosotros al Señor. Dios nos quiere sacar de nosotros mismos y ponernos en Cristo, y eso es lo que él ha hecho. Nos puso en Cristo, y puso a Cristo en nosotros. Aun no hemos llegado al capítulo 6 de Romanos, pero ya vamos a llegar. “… Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Esto también es importante, porque Dios es justo. A veces sólo pensamos en el aspecto de la muerte de Jesús, y vemos que ésta fue obediencia hasta la muerte. El Señor Jesucristo vivió una vida de separación con Dios, pero pensando en él, pensando en honrar a su Padre, y también pensando en santificarnos a nosotros. Él fue obediente, para ayudarnos a obedecer, y no sólo para perdonarnos. Él Señor quiere que la fe produzca obediencia, y no quedarnos sólo con el perdón por la fe. La Biblia habla de la obediencia de la fe, por eso decimos que la fe incluye el arrepentimiento, y produce obras y obediencia. La verdadera fe produce obras, pero no obras para ser salvos, sino obras porque fuimos salvados. Poner las obras como base de salvación es un error, pero quitar las obras como si no tuvieran nada que hacer en el plan de Dios, también es otro error. Por lo que el Señor hizo, le da el derecho a cosechar la Iglesia; él dice que se entregó a sí mismo por la Iglesia para purificarla. La Cruz de Cristo no es sólo para perdonarnos, porque cuando él estaba en la Cruz, al traspasarlo, salió sangre y agua, o sea, representa la costilla de Adán, porque así como de éste salió Eva, su mujer, así también de Jesús, ha de salir una mujer, que es la Iglesia. La Iglesia es un derecho del Señor. Él tiene derecho a la unidad de la Iglesia y a la unanimidad de la Iglesia, y al conjunto de la Iglesia como un solo corazón, y una sola alma. No solo unidad en el espíritu, sino también en el alma y el corazón. “Los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que como así el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro.5:19-21). Aquí, cuando dice “para vida eterna”, es lo interesante, porque en otros lugares diríamos “por causa de la vida eterna”. Él ya nos dio vida eterna; Pablo dice que ya somos salvos y que ya tenemos vida eterna. Juan también dice: “tenéis vida eterna”; sin embargo, Pablo también dice “echa mano de la vida eterna”. Entonces, ¿tengo vida eterna o tengo que echar mano? Las dos cosas, porque ya tenemos vida eterna dada por Dios, y ya que nos la dio, debemos disfrutarla. Apliquémosla todos los días, y creamos.

LA CIRCULACIÓN DEL ARCA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:03, Categoría: General

La circulación del Arca. La obra del Señor, la obra del Espíritu I Todo el propósito de Dios se realiza por medio de la Cruz, y por medio de ella es que todas las cosas negativas son enfrentadas y son tratadas. Después de la Cruz también viene la obra del Espíritu, gracias a la resurrección y a la ascensión del Señor. Es necesario que veamos las riquezas que contiene su obra, para que queden escritas permanentemente, y cada vez que necesitemos confesar con la palabra del testimonio lo que el Señor ha hecho y nos ha hecho, lo podamos tener claro y tengamos testimonio en palabras y en vida, por la gracia del Señor. Vamos a ir con un verso que ya hemos citado anteriormente en 2ª de Corintios, hablándonos de la obra del Señor, y nos dice: “…que si uno murió por todos, luego todos murieron…” (2ª Co.5:14). Nos está hablando de implicaciones profundas de la Cruz para nosotros. Al principio, nosotros entendemos la primera parte de estos versículos donde nos dice que Cristo murió por nosotros, pero no podemos dejar de lado la segunda parte. Recordemos que el Señor Jesucristo es el Hijo del Hombre, el representante de toda la raza humana, porque de una sola sangre Dios hizo el linaje de todos los hombres, y el Señor, cuando se vistió de nuestra humanidad, llegó a ser el postrer Adán, lo que significa que él terminó con todo lo de Adán. Cuando el Señor Jesús se encarnó, lo hizo para condenar al pecado en la carne. Dios primeramente hizo a Adán en libertad, libre del pecado, aun cuando éste ya existía (porque Satanás se rebeló contra Dios siguiéndole un tercio de los ángeles), pero no estaba todavía en el hombre. Dios no quería que el hombre participara de ciertas cosas que se habían originado con el pecado, y por eso le dijo que no comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal, ya que eso sería como abrir la puerta para entrar en el mundo donde ya existía la rebelión, el mal, la muerte eterna, y lógicamente, el juicio de Dios. Pero el hombre en su libertad, sin que nadie lo obligara, en este caso Eva, dice la Escritura, fue engañada. De Adán no se dice que fue engañado. Entonces, la muerte entró por un hombre que fue Adán, por él entró el pecado, y la Palabra dice que: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Ro.6:23). Entonces, ahora el Señor Jesucristo tenía que hacerse carne, y en la carne vencer al pecado, como dice la Escritura: “…condenó al pecado en la carne…” (Ro.8:3). Por eso la Iglesia confiesa que Jesucristo ha venido en carne, porque él realmente vino como hombre, y a luchar como hombre en la carne. Adán había vendido la naturaleza humana al pecado, de manera que el poder del pecado llegó a esclavizar a la naturaleza humana, y nuestro espíritu fue separado del Señor, y de esta manera: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro.3:23). Nuestra alma se centró en sí misma y el hombre quiso vivir una vida independiente de Dios, pero esa vida espiritualmente era un camino hacia la muerte. El hombre murió, y el alma quedó sin el poder suficiente en sí misma para agradar y obedecer a Dios. Por más esfuerzo que haga el alma, queda supeditada al poder del pecado, como dice Romanos: “…porque querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro.7:17). La mente sola, las emociones, la voluntad, no tienen suficiente poder en sí mismas para vencer el poder del pecado. Cuando la naturaleza humana estaba bajo el poder del pecado en nuestros primeros padres, se reprodujo la humanidad caída, de manera que todos nacimos caídos, con la ley del pecado y de la muerte operando en nuestros miembros, en nuestra carne, solamente esperando que a la primera oportunidad que tengamos, no importa si somos pequeñitos, se manifieste el pecado, y se manifieste nuestra condición caída. Entonces, la muerte del Señor Jesús debía tener también un alcance mayor. Él no debía morir solamente para perdonarnos los pecados, que es lo que hasta aquí hemos estado viendo, porque nuestro problema, que él en su bondad quería resolver, no era solamente perdonar nuestros pecados, sino que el problema era lo que nosotros somos y heredamos en Adán, desde nuestro simple nacimiento, y, vamos a decirlo, incluso desde la concepción, ya que la Escritura dice: “…Y en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). No nacemos buenos y nos volvemos pecadores, sino que fuimos constituidos pecadores desde la concepción y nacemos pecadores con la tendencia y la naturaleza vendida al poder del pecado. Por lo tanto, el Señor Jesús no tenía que morir solamente para perdonar nuestros pecados, sino también para terminar con el viejo Adán, y llegar a ser el postrer Adán, que termina con él, y resucita para comenzar de nuevo. El Señor Jesús venció a la carne, venció el pecado en la carne, y aunque él se hizo carne, no pecó; asumió nuestra naturaleza humana y en la carne: “… sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He.4:15). Así como tú y yo somos tentados, y venció en la carne como hombre. En su muerte nos incluyó, y la Escritura nos dice que: “uno murió por todos…” (2 Co.5:14). En consecuencia, todos murieron. Nuestro viejo hombre fue crucificado, y en la Cruz no sólo limpió los pecados, sino crucificó al pecador y nos hizo una nueva criatura nacida en la justicia y santidad de la verdad; el nuevo hombre está libre del pecado, porque es Cristo en nosotros. Que el nuevo hombre esté limpio del pecado, no significa que en Adán y en nuestra carne hayan “desconectado” la ley del pecado y de la muerte, ya que todo lo que Adán llegó a hacer después de la caída lo heredamos en nuestra carne y está en nuestra carne. Lo que Cristo consiguió, está en Cristo, y él lo puso en el Espíritu, porque él dijo que el Espíritu tomaría lo de él para nosotros. De manera que, así como en Adán heredamos la naturaleza pecaminosa y la muerte, en Cristo heredamos la naturaleza divina, la victoria y la libertad. Sólo que lo pecaminoso está en nuestra carne y lo victorioso está en el Espíritu de Cristo. Ahora existe un combate entre la carne y el Espíritu. Esto hay que entenderlo correctamente y lo que se quiere decir es que el pecado fue destruido, absolutamente destruido en Cristo, y ese logro está en el Espíritu, y su Espíritu lo ha puesto en el nuestro y en nuestro espíritu somos regenerados; somos nuevas criaturas en el Espíritu. Si andamos en el Espíritu, heredamos vida y paz, pero si andamos en la carne, heredamos corrupción y muerte. Dios nos da la oportunidad otra vez, como al principio, de estar delante de dos árboles, el árbol de la vida que viene a nosotros por Cristo y el Espíritu, o el árbol de la ciencia del bien y del mal, donde está la muerte, el vivir por nosotros mismos, y vivir por la carne. Diariamente estamos delante de dos árboles. El Señor Jesucristo fue crucificado por nosotros, luego nosotros fuimos crucificados juntamente con él. Esta base es la que debemos tener clara; de lo contrario, vamos a tratar de crucificar nosotros nuestra propia carne, que ya está crucificada en el Espíritu. Entonces, Satanás nos coloca en la posición del legalismo, en la posición de nuestra naturalidad para que nosotros por nuestro esfuerzo religioso tratemos de matar lo que sentimos en la carne por causa de que heredamos la caída de Adán, haciéndonos dudar de la obra del Señor. Porque nos pone en nosotros mismos, en nuestros propios sentimientos, en la realidad de la herencia adánica de la carne. Pero el Evangelio nos anuncia una realidad superior, un don superior, donde la carne y Satanás fueron vencidos, donde todo lo negativo fue vencido por un hombre: Jesucristo, y ese hombre como hombre venció, para ayudarnos, y para pasarnos a nosotros su victoria. Necesitamos conocer a Cristo en su victoria y saber que toda esa victoria está en su Espíritu, y que su Espíritu se ha unido al nuestro. Cuando viene el Espíritu no viene solo, sino que nos trae al Hijo, y esto quiere decir que cuando viene el Consolador, que es el Espíritu Santo, Cristo también viene, y el Padre; por eso dijo: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn.14:18), “… y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:23). El ministerio del nuevo pacto va más allá de la letra, pues es el Espíritu de la Palabra, la realidad de lo que la Palabra dice, es la realidad del Espíritu. El Señor Jesús dijo: “… las palabras que yo os he hablado son espíritu, y son vida” (Jn.6:63). Demos gracias a Dios que él puso a la Iglesia en el ministerio del nuevo pacto, y creamos cuando el Señor nos dice: “…estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de mundo”(Mt.28:20). Cristo para nosotros es la sabiduría, la justificación, la santificación, la redención y esto es un regalo de Dios, y no sólo para la Iglesia, sino para todas las personas. Dios quiere que todos sean salvos; por lo tanto, hay que anunciárselo a todos. El que quiera tomará su Cruz, se negará a sí mismo y andará en él. En la Palabra se nos dice: “El Señor Jesucristo esté con tu espíritu” (2ª Ti.4:22). Eso no es sólo un saludo, es el fortalecimiento del hombre interior. El mismo que caminó por Galilea, el mismo que fue crucificado, que resucitó y ascendió, el mismo de ayer, hoy y por los siglos, ya no fuera de nosotros, sino con nuestro espíritu, y también lo será con nuestra alma. En 1ª de Corintios 14:15, el apóstol Pablo dice: “…Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.” El entendimiento pertenece a nuestra mente, y nuestra mente pertenece a nuestra alma; nuestra mente tiene sede en el alma y nuestra alma es la sede de nuestra emoción, de nuestra voluntad. Nuestra alma es nuestro propio yo, que es como el lugar Santo del Templo de Dios. Así como el espíritu humano es el lugar santísimo donde el Espíritu divino se unió a nuestro espíritu, trayéndonos al Padre, al Hijo, con todo lo que hizo, y en todo lo que triunfó y consiguió, y se lo ha pasado al Espíritu, quien lo ha traído a nuestro espíritu en la regeneración, que es en un instante, es instantánea y es para siempre. El que cree y recibe al Hijo tiene la vida, y ahora que la tenemos es para que circule. La necesidad de que el Arca circule Por eso es que el Arca era de madera, con oro por dentro y por fuera, y el propiciatorio, que es la esencia de la obra del Señor Jesús en su muerte, resurrección, y ascensión – porque el propiciatorio implica también la resurrección, y la ascensión, porque es el sumo sacerdote que pone la Sangre, que en el Altar de Bronce del atrio fue derramada, y es el sumo sacerdote que la introduce en el Lugar Santísimo. Entonces, el Propiciatorio nos habla de la Sangre, pero también del sacerdocio, o sea, de la ascensión y la entronización. Pero había otra cosa que tenía también el Arca, que eran las varas. El Arca tenía cuatro argollas, y por esas argollas se colocaban las varas, y esas varas eran las que se ponían los levitas sobre sus hombros, y llevaban el Arca. Es decir, aquellas varas eran como las ruedas del carro, que nos hablan de la circulación. Ahora, ¿por qué el Arca tiene varas? Para hacer circular a Cristo, porque es la misma figura. Aquí estaba el Arca con los Levitas, pero luego vemos en Ezequiel la Gloria del Señor, y los cuatro querubines que tenían unas ruedas, y en ellas estaba el Espíritu; es decir, la gloria de Dios hace que andemos, por eso nos dice que: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis…” (Ez.36:27). Entonces, aquellas ruedas son las varas del Arca, que nos hablan de la circulación, del fluir del Señor. El Señor viene a nosotros para fluir, para conducirnos, para llevarnos como nos lleva el río, y ese río salía de debajo del trono. Si nosotros entramos un poco en ese río, nos puede llegar hasta los tobillos, y podemos salirnos fácilmente de él, llevándole la contraria, pero cuando empieza a subir el agua y nos llega hasta los hombros, es más difícil llevarle la contraria al río, y no podemos ya nadar contra la corriente, llegando a un punto cuando ya no tocamos fondo, sino que el río nos lleva donde él va. Cuando no conocemos el fluir del Espíritu, podemos ir en la dirección contraria, pero ya después no, cuando conocemos “…la supereminente grandeza de su poder para con nosotros…” (Ef.1:19). ¿Cómo un hombre, aun cuando hubiera sido un gran poeta, podría haber dicho estas palabras? Pero él sabía lo que decía. Pablo sabía que no solamente existía lo viejo, lo malo, su naturalidad, sino también lo nuevo, lo del Espíritu, su fluir, y los ríos del Espíritu, siendo otra realidad que Pablo conocía, incluyéndola en su inventario. Nosotros los cristianos incluimos la Trinidad, la encarnación, la resurrección, la ascensión, y el Espíritu de Jesucristo con su suministro, su actuar, y lo incluimos también en nuestro inventario. Pablo hablaba de lo que él conocía, dando testimonio de lo que él había experimentado. Pablo hablaba para que el Señor siga circulando, para el que el Arca siga siendo transportada. Ese fluir de Dios, del Espíritu, está representado por esas barras que llevan el Arca, por esas ruedas de los querubines donde está el Espíritu, quien es el que dice ¡“rueda”! El Espíritu está en el propio Dios, procede del Padre y del Hijo, pero viene a nosotros para ponernos a andar. “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:2). ¿Por qué hay que predicar el evangelio? Para oír con fe, porque la fe viene por el oír, y por la fe se recibe al Espíritu. Se predica para que se sepa, para que se crea, y se cree para invocar, y se invoca para hacer el contacto y recibir; y para recibir es necesario creer; y para creer hay que oír. Entonces, Dios envía su Palabra para darnos por medio de ella la fe. Dios manda su Palabra a todo el mundo, y da fe a todos (Hch.17:31). Si alguno no tiene fe, no es porque Dios no le ha dado, sino porque no la quiso recibir. Dice la Palabra de Dios que: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres…” (Tit.2:11). Enviando así su Palabra para producir el oír, y dar la fe, pero Dios nunca va a violar la decisión de las personas. Dios llega y hace milagros, y las personas son iluminadas, sanadas, pero quieren seguir pecando. La luz vino, pero amaron más las tinieblas que la luz, y no recibieron; y al no recibir, no son regenerados. Con el Espíritu Santo recibimos al Hijo, y nos regenera, haciéndonos nacer de nuevo. Este nuevo nacimiento nos transmite la nueva naturaleza, que está en el Espíritu del Señor, pero como este Espíritu pasó al nuestro, nosotros también lo tenemos para que circule, y fluya desde adentro hacia fuera: “…De su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Desde adentro hacia fuera; es decir, hasta nuestra alma primero, porque el río sale desde el trono donde está el Santísimo, pasando al Lugar Santo; por eso cuando vamos a Crónicas podemos encontrar un detalle curioso, diciendo que en el tiempo de Salomón, cuando se levantó el templo, y se colocó el Arca en el Santísimo, las varas del Arca, sus puntas se anunciaban en el Lugar Santo. Entonces, estas puntas hacían que aparecieran en el Lugar Santo por medio del velo, haciendo una señal. Las varas tocaban el velo, y señalaban en el Lugar Santo donde estaba el Arca, y eso es muy significativo, por eso la Palabra dice: “…Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento…” (1ª Co.14:15). O sea, el deseo de Dios es que todo lo que recibimos del Padre, del Hijo y del Espíritu en nuestro espíritu pase a nuestra alma, y esto es la renovación en el Espíritu Santo. La regeneración es instantánea, pero la renovación es durante toda la vida, porque esta renovación es la aplicación en la práctica cotidiana de lo que fue provisto. Es tomar de él para aplicarlo en todas nuestras necesidades, pues nosotros siendo necios, Dios es nuestra sabiduría. Somos débiles, pero él nos fortalece; somos viles, pero él es nuestra justificación; nosotros no valemos nada, pero él nos compró, pagando el más alto precio, haciéndonos su familia real y celestial, pues ahora nosotros nacimos en el cielo, no siendo este sólo nuestro destino, sino también nuestro origen. El primer nacimiento es en nuestra carne, pero este nuevo nacimiento es del cielo. Por esto el Señor nos dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col.3:2). Dios quiere que el río que sale de su trono circule, pase por el Lugar Santo, pase por el atrio, salga a las naciones, y que toda alma que se sumerja en ese río del Espíritu sea vivificada, porque el río es el que da vida, el Espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha, sino sólo el Espíritu. Lo que el Señor quiere es que su Espíritu, con el Hijo y el Padre, que ya están unidos a nuestro espíritu, se abran camino a través de nuestro yo, a través de nuestros pensamientos, para tener los pensamientos de Cristo, el sentir de Cristo, el querer con Cristo, para colaborar con él y cargarlo, y trasportarlo a él. Nosotros somos un vaso de barro, pero él es un tesoro, y él escogió lo débil con un propósito, para que la excelencia del poder sea de él, y no de nosotros. El Señor hace circular lo suyo, para que cada vez seamos configurados a la imagen de él. Representar al Señor, y no andar sueltos de él, sino tomados de la mano, escondidos en él; él en nosotros y nosotros en él por el Espíritu. No nos miremos a nosotros, sino a él. No busquemos en nosotros, pues no somos nada, pero el Señor nos ha elegido, para deshacer lo que es. El Arca es portada sobre los hombros, sobre el corazón de los levitas, pero ahora ya no estamos en la figura. Ahora el sacerdocio es según el orden de Melquisedec, y es de todo el pueblo de Dios, porque ahora el que nos hace sacerdotes es el Señor Jesús, no sacerdote de Leví, sino de la tribu de Judá, y según el orden de Melquisedec, con el poder de una vida indestructible, para ayudarnos siempre, porque él conoce nuestra debilidad, pues él pasó por la tierra como hombre, vino en carne y en carne venció. Él sabe lo que hay en el hombre, y no necesita preguntar, porque él ahora también es hombre, y es capaz de socorrernos. El alma con todas sus partes, sus pensamientos, empiezan a ser corregidos por la presencia del Espíritu; cuando estamos en el Espíritu, cuando escogemos volver a él, creyendo que “…es galardonador de los que le buscan” (He.11:6). El que se acerca al Señor debe creer que él está ahí, porque de verdad está ahí. Debemos volvernos al Señor, e invocar su nombre, contar con él para que actúe en nosotros, no confiando en nosotros, sino en su fidelidad. Entonces, cuando nuestros pensamientos miserables surgen, se enciende una lucecita roja, y cuando estamos con vida y paz, estamos con luz verde. La Palabra dice: “Y La paz de Dios gobierne en nuestros corazones…” (Col.3:15). Cuando estamos en el Espíritu hay vida y paz, y esa paz gobierna. Cuando empezamos a perder la paz, y el Espíritu comienza a encogerse, apagándose la luz del Espíritu, debemos volvernos al Señor, pidiéndole piedad, pues él mismo dice: “… Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn.6:37). Ahora podemos preguntarnos: ¿Cómo podemos volvernos al Espíritu? Invocando al Señor de corazón. No creemos solo en el acto de invocar, sino en el Invocado. No entramos en el legalismo de las obras; no está mal invocar, pero no confiemos en nuestro ejercicio, porque incluso Satanás puede no dejarnos invocar; pero hagámoslo de corazón, volviéndose al que debe ser invocado. El Señor circula a nuestra alma, a nuestra mente, a nuestras emociones. A veces nuestras emociones son todas torcidas; las emociones existen para tener un mismo sentir con Cristo. Si el Señor está ahí, y nos ha fortalecido, sólo él puede manejar estas emociones. El Señor tiene que irrigar toda nuestra alma, todo el Lugar Santo, con el fluir del Espíritu. Si estamos en el Espíritu, él nos da refrigerio. El Señor ha puesto delante de nosotros dos árboles, un camino de vida y otro de muerte: “… escoge, pues, la vida, para que vivas…” (Dt.30:19). Volvámonos al Señor, y roguemos al Señor para que nos vuelva a él. Entonces, esto es al mismo tiempo, ya que él nos vuelve porque está en nosotros, y nosotros nos volvemos porque estamos en él. Él en nosotros es la provisión, y nosotros en él es la responsabilidad, la decisión en fe activa. Si nosotros no queremos, él nos deja, e insiste hasta un punto, que él conoce muy bien. “…No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre…” (Gn.6:3). Ser entregado por Dios, ser sueltos por Dios, equivale a ser entregado a Satanás. Es algo muy delicado salir de debajo de la protección de Dios, y es semejante a caer en las garras de los demonios. Finalmente, Dios entrega a los propios ídolos, a lo que se ama más que a él. Las gentes del mundo, por no tener en cuenta a Dios, fueron entregados a toda clase de depravaciones, porque no quisieron tenerlo en cuenta, por lo tanto, fueron soltados, entregados. Roguemos que esto no suceda con nosotros, y donde sea que estemos volvámonos al Señor, pues la Sangre nos limpia, y el Espíritu nos fortalece, nos levanta y camina con nosotros en nuestro interior, y nosotros con él, haciendo juntos la obra de Dios. Este fluir no sólo llega a todos los rincones del alma, a lo largo de nuestra vida, también tiene que pasar a nuestro cuerpo. Pablo, en Romanos 8, dice: “…el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado…” (Ro.8:10). El hombre heredó el pecado de Adán, y por eso no podemos andar y dejar a nuestro cuerpo gobernar, porque “está vendido al poder del pecado”. Pero hemos nacido de nuevo, y la Palabra continúa diciendo: “…mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro.8:10). Y esto es ahora por la fe en Cristo. Él es nuestra justificación, pues aunque el cuerpo esté muerto, el espíritu vive. Entonces, nosotros no somos deudores a la carne que nos llevará a la muerte, pues mientras estemos en ella pecaremos, pero “Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, (…) vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu…” (Ro.8:11). O sea que otro trabajo que hace el Espíritu en su circulación del Santísimo al Santo, y ahora al Atrio, a nuestro cuerpo, es primero antes de glorificarlo, aunque ya está glorificado en Cristo, pero de esa glorificación se nos adelantan los poderes del siglo venidero, sanidades, fortalezas, milagros. En el siglo venidero, en estado de resurrección íntegra, con el cuerpo incluido, habrá ciertos poderes, que se llaman así “los poderes del siglo venidero”, que es en el Milenio, donde el poder del Señor obrará en nuestro cuerpo. Inclusive las aguas que serán destruidas, vueltas sangre, en las copas de la ira, el río que fluye del trono de Dios, en el milenio va a sanear las aguas. También los animales van a ser saneados, cuánto más lo serán nuestros cuerpos, o sea, que existe lo que se llaman “los poderes del siglo venidero”. Pero la Biblia dice que algunos de esos poderes se adelantan en esta vida, y que algunos, incluso en esta vida antes del Milenio, gustamos de los poderes del siglo venidero; y la vivificación de nuestros cuerpos mortales, es como un adelanto de estos poderes venideros. A veces estamos exhaustos, estamos enfermos, cansados, pero hay que ir a predicar, entonces sabemos lo que hay que hacer: “Señor Jesús”, y nos volvemos a él. Aun nuestro cuerpo es vivificado en estado mortal. Esta circulación que llega a nuestro cuerpo, va ocurriendo de a poco en esta vida. Démonos cuenta que la Palabra dice: “don de sanidades” en plural, y no “don de sanidad”. Lo que es el don son las sanidades. Cada vez que Dios sana a uno, ese es el don. No es el don de sanidad, como si todo el tiempo la persona tiene un don, y todo el tiempo la gente tiene que sanarse, sino “don de sanidades”. Las sanidades, cada una de ellas son los dones, que son adelantos de los poderes del siglo venidero en nuestro cuerpo. Debemos creer, estar disponibles para que el Señor haga maravillas, que no las hace por las obras de la ley, sino por el oír con fe; suministra el Espíritu, y hace maravillas en nuestra vida. Y después nos glorificará el cuerpo en su venida. Dice que cuando él venga: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:4). Porque ya en su glorificación fuimos glorificados. Pablo dice que: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo (…) Y a los que predestinó, a éstos también llamó; a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro.8:29-30). Ya lo dice como un hecho, pues ese hecho se realizó en Cristo. Él se vistió de nuestra humanidad, terminando con la muerte, lo Adánico, y resucitó como segundo hombre. Ahora resucitó nuestro espíritu, y va pasando esa resurrección a nuestra alma a lo largo de nuestra vida, incluso a nuestro cuerpo mortal, vivificándolo. Un día, toda esa glorificación que él ya consiguió la pasará también a nuestro cuerpo, porque él ahora reconoce nuestro cuerpo como su cuerpo. Porque nuestra boca, es su boca; nuestras manos, son sus manos; nuestros pies, son sus pies, porque caminamos con él, y él con nosotros. Él nos reconocerá como miembros suyos, y esa glorificación que él obtuvo, y que ya es nuestra aparecerá también y tendremos un cuerpo semejante al de la gloria suya. Demos gracias a Dios por la circulación del Arca.

EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO ANTE NUESTRA CONCIENCIA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 5:01, Categoría: General

El valor de la Sangre de Cristo ante nuestra conciencia. Hemos visto el aspecto de la Sangre del Señor en un sentido objetivo, casi jurídico, al ver cómo nuestra deuda fue cancelada, gracias a Dios, por la muerte en la Cruz del Señor Jesús. Ahora, en Hebreos, veremos el valor de la Sangre ante los ojos de nuestra propia conciencia. Dios quiere que el valor que le concede a la Sangre de su Hijo, nosotros también se lo concedamos, porque muchas veces sin darnos cuenta nos deslizamos a pretender estar delante del Señor sobre alguna otra base que no sea la Sangre del Señor Jesucristo. Dios quiere que nuestra conciencia llegue a ser una con la valoración que tiene Dios, y que nuestra conciencia funcione conforme al Espíritu de nuestro Dios. El apóstol Pablo usaba una expresión, en una de sus cartas, diciendo: “…y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo…” (Rom.9:1). La conciencia de Pablo funcionaba a una con el Espíritu Santo. En nuestro caso, en la condición caída del hombre, nuestra conciencia muchas veces no funciona a una misma voz, en un mismo sentir con el Espíritu Santo. La conciencia y la rectitud en el corazón, deben ser trabajadas por Dios y llegar a ser una con la voz del Espíritu. Entonces, respecto de la conciencia, hay varios adjetivos que determinan distintos estados de conciencia: conciencia mala, conciencia buena, conciencia corrompida; pero, gracias a Dios, también conciencia en el Espíritu Santo. O sea que la conciencia debe ser corregida por el Espíritu Santo. El Señor tiene que corregir los desequilibrios de la conciencia humana, y especialmente la religiosa. Dios tiene que trabajar con nuestra conciencia; y este versículo que vamos a leer en 2ª de Corintios es un versículo que apunta a ella, para que sea sostenida en la misma visión de Dios. Porque Satanás tiene un trabajo incansable, que, entre otros, es el de acusar a los escogidos de Dios. Claro que el Espíritu Santo también hace su trabajo convenciéndonos de pecado y conduciéndonos a la gracia. El Espíritu Santo es nuestro Consolador. Leamos 2ª a los Corintios: “Así que, al proponerme esto, ¿usé quizá de ligereza? ¿O lo que pienso hacer, lo pienso según la carne, para que haya en mí Sí y No?” (2ª Co.1:17). Pablo se propuso, pero se lo propuso en espíritu, usando su voluntad. Porque la voluntad le fue dada al hombre para usarla. El Espíritu Santo sugiere la dirección, pero él no va a decidir por nosotros, sino solamente nos hace saber lo que él quiere. Debemos volvernos al Señor, tocar al Señor por la fe, dejar que él nos toque, y nosotros tocarlo como aquella mujer que lo tomó de su manto y fue sanada. Pablo, al hablar de ligereza, nos dice que él también se puede equivocar, pero él sabía que no en ese caso. Él lo había hecho bien, su conciencia le daba también testimonio en este caso; pero lo que nos dice, es si lo que pensaba era según la carne. Nos damos cuenta de que podemos pensar, conocer y colocar nuestra mente en el espíritu, y a veces también en la carne. Carne hay en nosotros y cuando estamos en la carne hay sí y hay no; hay vacilación, pero cuando es del Espíritu es siempre un sí con certeza, o un no también con certeza. En el Espíritu hay claridad, en cambio el enemigo juega con nuestra conciencia cuando estamos en la carne, y nos acostumbramos a vivir por emociones, por impulsos, o por hábitos, y no nos volvemos al Señor en el espíritu. “Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No, porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él;… (2Co.1:18-19). Notemos la clave “sí en él”, y en esto hay una diferencia, porque si estás en él es claro, es todo definido, no hay vacilaciones, es un cielo abierto y no hay penumbra, no hay ambigüedad. El Señor es muy claro: “…porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2ª Co.1:20). Podemos darnos cuenta de lo que pasa con las conciencias y la diferencia de estar en la carne. Se necesita que Dios vaya trabajando con nuestra conciencia, que él siembre un paradigma nuevo. Ahora, a partir de Cristo, hay que conocer según el Espíritu, aun cuando estamos tan acostumbrados a vivir en nuestra naturalidad, y basados en las emociones. Que el Señor nos ayude a estar delante de él y, como decíamos anteriormente, el Espíritu Santo nos convence de pecado, pero nos conduce a la gracia. El Señor debe rescatarnos no sólo la conciencia, sino íntegramente; es decir, espíritu, alma y cuerpo. “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (He.9:13-14). ¡Qué palabras preciosas estas de santificar y purificar! Santificar es separar para Dios. Y para servir al Dios vivo nuestras conciencias deben ser limpiadas por la Sangre de Cristo. Entonces, aquí está hablando del valor de la Sangre para nuestras conciencias, para santificarlas y purificarlas. Lo que significa para el Padre ver la Sangre de su Hijo, como decía en la Pascua “veré la sangre y pasaré de vosotros” (Ex.12:13). Eso mismo él quiere que nosotros veamos, y que creamos la Palabra del Padre y el consuelo del Espíritu Santo, que siempre habla la Palabra del Hijo y del Padre, porque el Espíritu Santo no habla por su propia cuenta, sino que habla de lo que oye del Hijo y del Padre. El Espíritu Santo tiene la misma voz del Hijo y del Padre, y la Iglesia debe aprender a tener la misma voz de ellos. En los Proverbios nos dice algo muy interesante con respecto a esto: “Su deseo busca el que se desvía, y se entremete en todo negocio” (Pr.18:1). ¿Por qué la persona se desvía y se enreda? Nos podemos dar cuenta que es por su propio deseo. Ama más ese deseo que al propio Señor, sin importarle las señales que le dé el propio Señor. ¿Qué pasa si nosotros idolatramos algo que nosotros queremos a nuestra manera? ¿No es engañoso el corazón? ¿No tiene que ver el corazón con la conciencia? El corazón es engañoso, y a veces lo es también nuestra conciencia por nuestro propio pecado, por nuestra propia astucia, y también por la astucia de Satanás que nos engaña, y nos acusa, nos atormenta, y que trata de decirnos “¡nada, eso no es nada, siga adelante!”. Entonces, necesitamos el paradigma de Dios, la mente de Cristo y la conciencia según el Espíritu Santo, y que el valor que la Sangre tiene para el Padre sea exactamente igual en valor para nosotros. Esto es lo que Dios quiere. Él quiere que lo suyo pase a nosotros, su paradigma, su naturaleza, y que nosotros veamos las cosas como él las ve, y lo único que sinceramente purifica, santifica, limpia nuestra conciencia, es la Sangre del Señor. Esto tiene que ser recibido con seriedad, con arrepentimiento y creyendo lo que el Señor dice. El enemigo viene con sus engaños y muchas veces falsea nuestra personalidad, y pone un manto sobre nosotros, del que no nos damos cuenta. Entonces él se disfraza de lo que nos gusta, y luego él va añadiendo lo suyo, porque es perverso, y quiere destruirnos; nos coloca pensamientos de él, a veces sentimientos, pero lo hace tan sutil, que nos hace creer que somos nosotros mismos. Al comienzo, el desvío parece pequeño, pero deja que pase el tiempo y nos damos cuenta que nos quiere llevar a la muerte. “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Pr.16:25). Pero Dios quiere unir nuestra conciencia a su Palabra, que es la espada y la voz del Espíritu Santo, para que la voz del Espíritu sea la voz de la Iglesia. Porque la voz del Espíritu es la del Hijo, y la del Hijo es la del Padre, y ellos quieren que la Iglesia tenga la misma voz, para que predique y bautice, y enseñe todas las cosas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, representando a Dios. Esto es muy importante, porque tenemos ejemplos en la Palabra, de hombres que no han cumplido con los deseos de Dios, como le pasó a Saúl que no representó a Dios, pero en cambio David sí lo hizo, y aunque erró, Dios lo corrigió y pudo confesar su pecado. Pero Saúl se honró delante del pueblo; es decir, no había rectitud, no representaba el sentir del Señor. Dios ya no podía contar con esa persona, porque tenía intereses humanos, idolátricos; su propia gloria estaba primero que el propio Señor. El Señor dice que “…como ídolos e idolatría la obstinación….” (1 S.15:23). Porque la idolatría es tener otro Dios distinto, amar otra cosa más que Dios y aceptar la propuesta, el sentimiento, la sugerencia, la tentación de otros espíritus y no la del propio Señor, que nos guía. Por eso se compara con hechicería, y se compara con obstinación. Entonces el Señor tiene que tratarnos, para que nuestra conciencia valore las cosas conforme a la Palabra de Dios. No nos apoyemos en nuestra propia prudencia, sino fiémonos de Jehová, como nos dice Proverbios: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal… (Pr.3:6-7). Debemos consultarle con seriedad a Dios, no como aquellos ancianos que llegaron delante de Ezequiel haciéndose los justos: “Vinieron a mí algunos de los ancianos de Israel, y se sentaron delante de mí. Y vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos? (Ez.14:1-3). ¿Será que Dios se dejará consultar por personas que ya establecieron de antemano lo que quieren? Establecieron su propio ídolo, establecieron su propio tropiezo. Las personas se engañan a sí mismas, atribuyéndole a Dios los propios deseos de su corazón, incluso muchas veces hasta lo dicen en forma de profecía, pero estas no nacen del Espíritu de Dios, sino que hablan conforme al deseo de su corazón. La gente ya no tiene excusa, pues Jesús dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa…” (Jn.15:22). Cuando hubo luz, ya no hay excusa, porque vieron, pero aborrecieron sin causa al Padre, amaron más sus propios pecados; pero ahora ¿qué es lo que nos limpia de las obras muertas? La Sangre. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar…” (1ª Jn. 1:9). Dios nos está preparando para vivir en la luz, y está formándonos para ser transparentes en la nueva Jerusalén. Dios ofreció a su Hijo en sacrificio por nosotros, y él derramó su Sangre para purificar nuestras conciencias, para que podamos servir al Dios vivo, para que podamos decir: “Padre, te estábamos esperando, Señor”, y salir a recibirle en el aire. Ser arrebatados como el Señor fue arrebatado. Y dice el Señor que él quiere encontrarnos en pie cuando venga. En pie, no escondiéndonos como encontró a Adán, o como va encontrar a los poderosos de la tierra, a los soberbios que decían: “¡¿Qué Dios?!”. Que Dios nos sane de nuestra necedad; así que aprovechemos en volvernos a él con corazón sincero, humilde, y recibir con toda fe la limpieza de su Sangre. Él mismo limpia las conciencias. Si ya tenemos planeado el arrepentimiento y es sincero, como el hijo prodigo: “Y yo qué hago aquí, en esta hora los siervos de mi padre están comiendo y bebiendo con abundancia en la casa de mi padre, y yo aquí, con los cerdos, comiendo lo que les sobra; voy a ir, voy a volver a la casa de mi Padre, y le voy a decir: Padre no soy digno de ser llamado tu hijo” (Paráfrasis Lucas 15). El hijo confesó su indignidad, diciendo: “Recíbeme como a uno de tus jornaleros” (Lc.15:19). Tenía todo el discurso preparado, y era sincero, y cuando llegó a la casa no había ni empezado a decir el discurso, cuando el Padre vino corriendo, lo abrazó y lo recibió. El Padre no lo dejó terminar el discurso, lo abrazó, le puso un anillo, lo vistió. Nosotros sabemos cuando Dios nos ha perdonado y nuestra conciencia tiene que aprender a ver las cosas a la luz de Dios, no a nuestra propia luz. Dios nos ama, y el mayor bien que él nos puede hacer y dar es hacernos semejantes a su Hijo, del que dice: “…en quien tengo complacencia” (Mt.3:17), y en el cual se siente fielmente representado. Y por otra parte, él también desea que le seamos útiles, pero si no hay una relación correcta con Dios de fe, de sinceridad y transparencia, seremos inútiles. La Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; la palabra del testimonio está basada en que la gracia fiel de Dios se recibe sólo por la fe. Y esta verdadera fe incluye el arrepentimiento y empezamos a ver las cosas como Dios las ve. Dios nos ha perdonado, nos ha abrazado y sentimos su abrazo en el espíritu. Vencimos al enemigo por la Sangre, que nos hizo nuevos y nos podemos levantar en Cristo.

PRIMER NIVEL DE LA CRUZ Y TRES NIVELES DEL PERDÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:59, Categoría: General

Primer nivel de la Cruz Y tres niveles del perdón. Respecto de la obra del Señor en la Cruz, necesitamos detenernos y considerarla más lentamente. La obra del Señor en su Cruz ha sido rica y bastante profunda. Es más, podríamos decir que la obra del Señor en la Cruz es una obra en tres niveles. Dios escogió realizar su obra, la que él tenía en su corazón desde la eternidad, porque esto no es algo nuevo que a él de pronto se le ocurrió con el fin de remediar alguna cosa que quizá Dios no sabía. Lejos ha estado de Dios improvisar alguna cosa, porque Dios es eterno y así son sus propósitos. El propósito eterno de Dios fue realizar las cosas por medio del instrumento de la Cruz. Hay un primer nivel que aparece en la Palabra de Dios, y es que la Cruz desde la eternidad ya estaba en el corazón de Dios. En las Escrituras podemos encontrar versículos que nos hablan que el Cordero fue inmolado antes de la fundación del mundo. Claro que históricamente sucedió allá en Israel, en las afueras de Jerusalén, sin embargo, desde el comienzo en el corazón de Dios ya estaba esta decisión. En la Trinidad no hay rivalidades, no hay envidia, porque hay una Cruz en el corazón de la naturaleza divina. Por eso es que el Cordero fue inmolado en la decisión de Dios, en la naturaleza divina que comparte el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que están en un acuerdo, de manera que cuando el tiempo llegó, el Señor Jesús vino a manifestar lo que siempre ha estado en el corazón de Dios. El Señor es la manifestación para nosotros de esa naturaleza de amor, cuya mejor expresión es la Cruz. Entonces, cuando hablamos de esos tres niveles estamos dejando afuera lo eterno y entrando solamente en lo temporal, en el tiempo, que atañe a la administración de lo eterno a nosotros aquí en la tierra. Los tres niveles expresan esa Cruz eterna que es el amor eterno de Dios, pero que se empieza a manifestar primeramente para nosotros que estamos en la tierra, en un tiempo, y comienza a manifestarse en la historia, en esa muerte objetiva. Porque el Verbo divino y eterno que estaba con el Padre se hizo carne, se hizo semejante a los hombres y entró en nuestro tiempo, no como una mitología antigua, porque el Señor Jesús no es un invento, es una historia verídica, con testigos, pues incluso los enemigos son testigos porque dan testimonio al rechazarlo. Entonces, en la historia, si el Señor no hubiese venido para pasar por la Cruz, el propósito de Dios no se hubiera cumplido, pero él se sometió negándose a sí mismo para honrar a su Padre. Jesús vivió en el principio de la Cruz, no solamente cuando fue crucificado, sino que él vivió siempre en ese principio. El Hijo nada hace por sí mismo, sino hace lo que ve hacer al Padre y depende de él. Ni el Padre, ni el Hijo, desean hacer las cosas sin el otro. El Padre hubiera podido crear el universo solo, él es suficiente, es Dios, pero no quiso hacer nada sin su Hijo, y así también el Hijo no quiso vivir la vida en la tierra sin la compañía de su Padre. Jesucristo quiere que aprendamos de él este ejemplo de vida que nos ha entregado. Esto ocurre también con Dios y nosotros, porque él quiere hacer las cosas con nuestra compañía, y debemos darle las gracias por querer involucrarse con el hombre. Entonces, también el Hijo vio el principio de la Cruz, en incluir a su Padre en todas sus obras y expresarlo. Entre ellos existe una estrecha relación, que es maravillosa, ya que tienen en común algo tan divino que es el propio Espíritu, y así toda la Trinidad es un solo Dios, y aunque son tres personas, son una misma esencia, y una misma naturaleza, pero expresada en la comunión de la Trinidad. Y esto es así por causa de la naturaleza de la Cruz, por esa naturaleza del amor, de vivir en función del otro, en armonía, sin rivalidad, con delicadeza. Dios quiere involucrar a la Iglesia, para que el hombre nuevo sea realizado en la Trinidad Divina por medio del Espíritu Santo que nos muestra lo que ellos hacen, para que en la misma comunión, nosotros también estemos atentos a nuestro Dios, a nuestro Rey y a su Espíritu, para que podamos hacer las cosas en unión con Dios. Entonces, la Cruz es la que expresa y la que ha realizado el propósito eterno de Dios. Por lo tanto, el Señor entró en la historia porque vino a hacer la obra de su Padre. Necesitamos ver la Cruz en todos sus niveles. Uno de los primeros niveles, la Cruz histórica del Señor Jesús, y no estamos incluyendo el nivel eterno visto anteriormente, que se expresa en estos niveles económicos, administrativos, históricos. El primer nivel de la Cruz El primer nivel histórico es que el Señor Jesús murió para que nuestros pecados fueran perdonados, para que fuéramos limpiados de toda maldad, siendo algo objetivo y jurídico, porque éramos deudores y no teníamos cómo pagar la deuda: “…la paga del pecado es muerte…” (Ro.6:23). Ningún otro podía morir, sino el propio Acreedor que se hizo hombre y fue probado como nosotros, claro que resultando inocente, para que su muerte sea expiatoria, porque él es tratado como culpable aunque siendo en verdad inocente, o de lo contario, su muerte dejaría de ser expiatoria y sería la muerte por su propio pecado. La Sangre ya ha sido provista, pero debe ser tomada, y la Iglesia es la que la tomó. Pero el mundo no lo hizo, así como muchas otras provisiones, tanto en su Cruz, como en su resurrección, y ascensión. Estas provisiones hay que tomarlas por medio de la fe, así como al pueblo de Israel se le dio Canaán, la tierra prometida – que es una representación de Cristo – y así nosotros debemos tomar posesión de la provisión. Y podemos hacer esto por medio de la fe. Jesús nos dice: “…tome su cruz, y sígame” (Mr.8:34). Y antes de ser tomada tiene que ser provista. El segundo aspecto de la Cruz El segundo aspecto de la Cruz nos dice que “…uno murió por todos,…” (2 Co.5:14). Por lo tanto, continúa diciendo: “…luego todos murieron…” (2 Co.5:14). Entonces, la muerte de todos en la Cruz está hecha. Recordemos, pues, que primero hay una realización histórica en el Señor, para que haya una provisión inclusiva que es el segundo nivel, y una toma de la provisión en nuestra experiencia, que es el tercer nivel. En Éxodo capítulo 12, que nos habla sobre la anunciada muerte de los primogénitos en Egipto, el verso 22 nos dice que: “Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre (…) y untad el dintel y los dos postes con la sangre…”. Esto fue de esta manera para que el ángel de juicio la viera, y para que Dios también la viera. Continúa diciendo en el verso 23: “… Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel (…) pasará Jehová aquella puerta”. Este es el énfasis que a veces olvidamos; sólo estamos delante de Dios y no somos fulminados por la Sangre de su Hijo. Nadie puede justificarse delante de Dios, sino que él nos justifica por la fe en su Sangre, porque él sabe lo que ella significa. Dios, que conoce a su Hijo desde antes de la fundación del mundo, ahora le ha placido que nosotros le conozcamos por medio de su encarnación, y por medio de las pruebas que el aprobó, en esa vida pública aquí en la tierra. Después de su muerte expiatoria, el Padre lo resucitó ante testigos para que todos sepan que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que su sacrificio fue aceptable para él y que nos ha conseguido la redención. “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros…” (Ex.12:13). Es la sangre que Jehová verá y será la señal, y esto es lo que quiere decir Pascua, o “Pesaj”, en hebreo, que significa “pasar por alto”; es decir, no tomar en cuenta los pecados. Y nuestra fe debe ver la Sangre del Señor como Dios la ve, y debemos valorarla y nunca más estar sobre ninguna otra base. Nunca debemos vivir sobre la base de méritos, por nuestros esfuerzos, porque esos nunca serán terrenos seguros, ya que el único terreno seguro es la Sangre. En Juan capítulo 1, dice: “… La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1ª Jn. 1:7, 9). Quisiéramos subrayar la expresión “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”. ¿Por qué no dice, por ejemplo, que él es bueno y misericordioso? Claro que él también lo es, pero aquí la base no está sobre su bondad, o sobre su misericordia, sino que colocó la base en un terreno más seguro. El Señor aplica la justicia, pero también aplicada su bondad. En este caso, al tratar sobre nuestra salvación, la bondad se sometió a la justicia, de lo contario, Dios nos hubiera perdonado sin la muerte del Señor. Pero Dios no quiso que la salvación fuera solamente basada en la bondad, en la misericordia; aunque claramente la Palabra nos dice que por su misericordia el Señor nos perdonó. Pero esto es mucho más que eso, porque él también es fiel y justo para perdonarnos, y esto es una base segura porque está sobre la muerte expiatoria de su Hijo inocente. Satanás engaña nuestros sentimientos, porque no quiere que estemos en la roca firme, jurídica, histórica, de la muerte de Jesús y su Sangre. Dios hace justicia, no solamente misericordia, que también hace. Dios no nos perdonó sin Sangre, sino que perdonó a través del sacrificio de su Hijo, y manteniendo la justicia, cobró en su propio Hijo. Cualquier otra sangre que Dios ve, como la de Abel por ejemplo, reclama muerte, pues la sangre de Abel clama, pero no para perdonar a Caín, sino para decirle a Dios: ¡Caín me mató! Cualquier otra sangre que ha sido derramada en la tierra, clama como la de Abel, pero la única sangre que clama para que seamos perdonados es la del Hijo de Dios, y esa fue la que el Señor Jesús derramó, y es la que Dios ve. En estos últimos versículos que hemos visto, el Espíritu Santo le muestra a Juan que Dios no solamente es misericordia, sino también fidelidad y justicia, colocándonos una base firme. A Dios no le ha sorprendió nada de lo que ha ocurrido con el hombre; él sabía desde el momento de decir: “Hagamos al hombre” (Gn.1:26), que tenía que redimirlo, porque sabía que iba a caer, y en el debido tiempo aconteció la manifestación de la gracia de Dios, destinada a nosotros desde antes de los tiempos. Hemos visto este aspecto jurídico y objetivo de la Sangre, pero viene un aspecto subjetivo, y es que el Cordero tenía que ser comido; es decir, nos debemos alimentar del Cordero, ser constituidos por él, y que el Cordero venga a nuestra vida, porque ya vino el perdón, pero tenemos que ser liberados y hechos nuevos, y este es otro aspecto. Los tres niveles del perdón El perdón también tiene sus niveles, y, en primer lugar, hay un perdón de parte de Dios basado en su justicia, por la muerte de su Hijo, manifestando también su bondad para que tenga sustento, para que esas promesas de Dios donde nos decía que borraría nuestros pecados, tuvieran una base segura. El otro aspecto del perdón, que también está en la Biblia, que después de ser hechos hijos de Dios, y después de hablar de ese perdón fiel y justo de parte de Dios, en primera de Juan, nos dice: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis…”(1Jn.2:1). Fuimos perdonados, pero se espera que ahora seamos salvos, y que no volvamos a pecar, pero Juan es realista y todos nosotros también lo somos, porque no debiéramos pecar después de que Dios nos perdonó, pero cuantas veces nos ha tenido que perdonar nuevamente. El Señor sabe que necesitamos otra vez ser limpiados. Por eso el Señor, antes de la fiesta de la Pascua, y ya sabiendo que su hora había llegado, comienza a lavar los pies de sus discípulos. Pero Pedro le dice: “¿Tú me lavas los pies?” (Jn.13:6). Pedro no entendía este acto de Señor, porque sólo veía el aspecto externo. Pero el Señor le da la respuesta: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Jn13:8). El Señor ahí entró en otro nivel, y Pedro le dice: “… No sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos” (Jn.13:9). Pedro no entendía, pues había un limpieza, valga la redundancia, que los había dejado limpios, como hijos de Dios, nacidos en la justicia y santidad de la verdad, pero en la caminata por el mundo, a veces, se ensucian los pies. Dios les dice a sus hijos que ya están limpios, y que sólo necesitan lavarse los pies. Esta segunda “limpieza” es distinta a la primera. Ya estamos limpios por la Palabra del Evangelio, que nos anuncia lo que el Señor consiguió en la Cruz. Entonces viene la otra “limpieza”, que nos dice que ya somos hijos, y que nos escriben estas cosas para que no pequemos (paráfrasis Jn.2:1), pero vine el realismo, y si alguno ha pecado, o sea se le ensuciaron los pies en la caminata, no ha dejado de ser un hijo, porque ya estamos comprados, y somos salvos. Esa limpieza que tenemos que hacer a nuestros pies, es para recuperar la comunión – el segundo aspecto del perdón –, pues aunque somos salvos, pecamos, y necesitamos recuperar la comunión con nuestro Padre, quien vuelve a concedernos, no la salvación que ya tenemos, sino el gozo de la salvación. Tenemos un mediador, y Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo los nuestros, sino también los del mundo. Entonces, ahí está el aspecto del perdón que recupera la comunión y el gozo de la salvación. Para comprender estos aspectos, y para comprender el siguiente, vamos al salmo 89, desde el versículo 26: “Él me clamará: Mi padre eres tú, Mi Dios, y la roca de mi salvación. Yo también le pondré por primogénito, El más excelso de los reyes de la tierra” (Sal.89:26-27).El Padre está hablando de su Hijo, es una profecía, a través de David, pero mirando proféticamente al Mesías. Y continúa diciendo: “Para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto será firme con él. Pondré su descendencia para siempre, y su trono como los días de los cielos” (Sal.89:28-29). Ese pacto con el Señor, que es un pacto con David, pero principalmente es con Cristo y con nosotros, a través de él. Esos son todos los alcances de este pacto, entonces ahora dice así: “Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieran en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia…” (Sal.89:30-33). Dios castigará, pero con misericordia; será un castigo, pero sin quitar la misericordia, porque hubo un pacto al cual Dios le está siendo fiel. Nosotros estamos bajo el pacto eterno de Dios y él es fiel al pacto; él es el buen Padre que castiga a sus hijos, pero no con un castigo eterno, sino con un castigo con misericordia. Hay vara, hay azotes, hay castigo, pero también hay misericordia. “…Ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto, Ni mudaré lo que ha salido de mis labios. Una vez he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Como la luna será firme para siempre, y como un testigo fiel en el cielo” (Sal.89:33-37). Vemos la fidelidad del Señor, en la cual muchas veces tiene que corregir. Llegamos también aquí a un tercer aspecto del perdón, de todo lo que consigue la Sangre, que nos salva y nos reconcilia. No perdemos la calidad de hijos, pero pecamos; perdemos la comunión con él, perdemos el gozo, pero no la salvación; él nos limpia de nuestros pecados, para restaurar la comunión y el gozo de la salvación. David había cometido un pecado serio, un asesinato y adulterio. Fue un acto grave, y como dice la Palabra fue “desagradable ante los ojos de Jehová” (2 Sam.11:27). Del cual también se hizo el desentendido David por un buen rato, lo que todavía es más grave. Dios, por medio de Natán, le dice que por haber hecho lo malo delante de sus ojos, no se apartaría la espada de su casa. (Paráfrasis 2S.12:9-10) Luego de ser anunciado esto, el hijo que nació de Betsabé, la mujer con quien adulteró, murió, aun cuando David había orado mucho para que esto no ocurriera. Dios había perdonado a David, pero no permitió que el hijo viviera. Después, su otro hijo Amnón violó a su hermana Tamar. Absalón hermano de Tamar, venga su deshonra asesinando a Amnón. Dios había perdonado a David, porque él se humilló, y creyó, y volvió a tener comunión con él, pero Dios no levantó la disciplina de su casa, que es otro aspecto del perdón. Es un perdón de gobierno, porque la protección paternal es para tener a sus hijos en seriedad, y que no convirtieran en libertinaje la gracia. Si Dios no corrigiera a sus hijos, con quienes tiene comunión, se podrían torcer de una peor manera. Cuando la disciplina se levanta, cuando ya no es necesaria más la disciplina, es un perdón de gobierno, y se levanta porque la Sangre ha cubierto todo. Entonces, vemos que el perdón tiene niveles, y todo se consigue por la Sangre. Una cosa es la salvación eterna, otra es recuperar el gozo de la salvación, y otra cosa es levantar la disciplina. No todo esto es al tiempo, porque cuando recibimos al Señor fue la salvación. La restauración de la comunión es cada vez que la perdemos y reconocemos nuestra falta y volvemos con él. El levantamiento de la disciplina es cuando la disciplina ha cumplido su propósito, pues mientras no cumpla su propósito puede continuar. Entonces, no alarguemos la disciplina, sino que seamos irreprensibles, reprendiéndonos a nosotros mismos, para que Dios no nos tenga que reprender.

TRES NIVELES DE LA CRUZ

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:57, Categoría: General

Tres niveles de la cruz La Sangre y el Espíritu Acerca de la prioridad del Arca del Pacto, Dios la colocó en el lugar principal del Tabernáculo, en el Lugar Santísimo, para hablarnos del lugar que en su corazón ocupa la persona de su Hijo; y su obra, que es el fundamento sobre el cual edifica la Iglesia. Y es también el elemento de la edificación de su Iglesia, que es edificada en el conocimiento espiritual del Señor Jesucristo. Consideramos que la revelación del Señor y la edificación de la Iglesia están íntimamente relacionadas. Pablo decía, al recordar a la Iglesia, en los Corintios (los primordios del evangelio), que lo primero que él les había enseñado, era que Jesucristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día. Entonces, comienza tocando el fundamento de la persona y la obra del Señor Jesús, centrándose en la Cruz y en la resurrección. Por ahí debemos nosotros comenzar también, sobre ese fundamento. El Señor quería que siempre recordáramos esto, por eso estableció la mesa del Señor, la Santa Cena para que la tuviéramos siempre presente. Habíamos comenzado a compartir del Lugar Santísimo, de adentro hacia fuera. El Arca nos habla de la persona de Cristo, de la naturaleza divina en cuanto al Verbo de Dios. Él estaba con Dios el Padre antes de la fundación del mundo, y fue por él por quien hizo todas las cosas. Habíamos tocado estos dos asuntos anteriormente, la divinidad y la encarnación del Hijo de Dios, y lo relativo al Arca. Como parte del Arca está el propiciatorio, que es su tapa donde se colocaban la sangre que había sido derramada de la expiación. Veíamos que el Arca nos habla de la persona de Jesús, y el propiciatorio nos habla de su obra. Esto nos habla de la obra de la Cruz con la Sangre del Señor, pero también de la resurrección y la ascensión, porque estaba hablando de la sangre no tan solo derramada en el Atrio en el Altar de Bronce, sino la sangre introducida por el sacerdote, que en el caso de Jesús, es también la ofrenda expiatoria. Él es el sacerdote que la presenta, es decir, que Jesucristo resucitó para presentar su propia obra por nosotros al Padre. Él entró al Lugar Santísimo como sumo sacerdote. Dios el Padre, al enviar a su Hijo, ha reconciliado consigo al mundo. El Señor conoce lo que necesitamos para poder estar delante de él, para poder ser sus hijos, para poder mantener una comunión constante y no caer fulminados. Por esto Dios hizo unas promesas que tienen que ver con dos elementos esenciales que constituyen el remedio de Dios en Cristo para nosotros. No se puede empezar sin la Sangre y el Espíritu de Cristo. Nosotros sólo podemos vivir por la Sangre de Cristo y su Espíritu, y eso es lo primero que el Evangelio de Dios presenta de parte de Dios en Cristo, es decir, que Dios nos de la vida de su propio Hijo y de su Espíritu, es como darnos su propio corazón. Eso es lo primero que anunció el apóstol Pedro en el día de Pentecostés, porque eso era lo esencial que Dios había prometido para hacer su trabajo, para que nosotros aprendiéramos con claridad lo que él nos quiere enseñar, confirmando que el Espíritu del Señor nos tocará con la importancia y seriedad, para poder permanecer bajo su Sangre y su Espíritu. Vamos al libro de los Hechos capítulo 2, para revisar el primer discurso inaugural de la Iglesia. Aquí está el mensaje de Pedro donde, en primer lugar, ocurre el derramamiento del Espíritu Santo, y comienza a hablar diciendo que Jesús es el Mesías, que vino, murió, resucitó y que cuando ascendió Dios le dio lo que le había prometido para nosotros, el Espíritu. Ahí está el Arca divina y humana, el oro y la madera, la muerte, la sangre introducida en el propiciatorio, en el Lugar santísimo, figura del cielo mismo. Después del mensaje, dice: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch.2:32). Nosotros sabemos que el Espíritu es invisible, pero habla que se puede ver y oír lo que él hace. Aunque Dios es invisible, sin embargo, lo que hace es patente. Lo que Dios quiere es tocarnos, impregnarnos con su Espíritu, y que nos toque. Nosotros necesitamos del toque de Dios, que es la comunicación del eterno, lo espiritual, lo celestial por lo cual vivimos. Continúa diciendo: “Porque David no subió a los cielos; pero el mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel…” (Hch.2:33,36). ¿Qué es lo que tiene que saber? “…que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron…” (Hch.2:36-37). Ahí está el toque del Señor, y fueron ganados por él de corazón (ellos eran judíos en su mayoría que estaban en Jerusalén), y justo en ese momento, el día de Pentecostés, en que había venido el Espíritu Santo, ellos preguntaron: “¿Qué haremos?”. Estamos tan acostumbrados a hacer nosotros las cosas que pensamos siempre en cómo hacer las cosas. Si nos dan el secreto de lo que debemos hacer podemos alcanzar lo que sea; ya antes le habían hecho una pregunta al Señor Jesús: “Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Jn. 6:28). El problema que tenemos es que pensamos que “nosotros haremos”. El pueblo de Israel decía que cumplirían todo lo que le mandara Dios, pero él sabía que no era así, y que ellos necesitaban hacer la ley; pero el Señor Jesús nos responde esta pregunta por otro lado, diciéndonos que “…creáis en el que él ha enviado” (Jn.6:29). Porque no es por lo que nosotros hacemos, ya que eso sería una obra propia, pues la obra es de Dios. Pedro les dijo a los Judíos y a los habitantes de Jerusalén: “Arrepentíos”, palabra que viene de metanoia (cambio de entendimiento), que es un cambio en la manera de ver las cosas. Antes veíamos las cosas de un punto de vista humano, pero cuando el Señor nos toca, empezamos a ver las cosas de un punto de vista distinto y nos damos cuenta que no somos tan buenos, ni tan capaces como pensábamos que éramos, y que si él no nos hubiera curado y tomado sobre sí, nosotros hubiéramos muerto para siempre. El arrepentimiento está junto con la fe, porque el arrepentimiento es por el convencimiento del Espíritu Santo en nosotros. Porque el Espíritu empieza a trabajar cuando estábamos en el mundo, como dice el Señor que el Espíritu Santo: “…convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn.16:8). Nos podemos dar cuenta que Dios cuando nos toca empezamos a ver las cosas como él las ve. Dios nos está guardando desde el principio, y nos pide que seamos sabios y entendidos, y no seamos necios. Esto está incluido en el arrepentimiento, que es empezar a ver las cosas como Dios las está viendo. Entonces, no es tan sólo arrepentimiento, porque nos dice: “… Arrepentíos y bautícense cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…” (Hch2:38). Esto es lo que necesitamos para empezar y para continuar: la Sangre y el Espíritu Santo. Siempre el perdón de los pecados es por la Sangre, pues “… sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He 9:22). Así como también sin el Espíritu no hay nuevo nacimiento, ni podemos ser participes de nada divino. Cuando nosotros recibimos la Sangre, es porque no nos auto justificamos, sino que Dios nos justifica en el sacrificio de muerte de su Hijo. Sólo la Cruz se encarga de borrar todo lo que pertenece a la vieja creación y sólo su Espíritu introduce todo lo que corresponde a la nueva creación, terminando todo lo viejo en la Cruz. Por eso el lugar central de la Cruz, del Propiciatorio, es encima del Arca, porque ese Propiciatorio nos habla de la obra de la Cruz, de la resurrección, de la ascensión y del Espíritu; todo eso está incluido en el Propiciatorio, porque la Sangre fue derramada en el Atrio, en el Altar de Bronce, pero el sacerdote es Cristo quien resucitó, ascendió al cielo mismo, al verdadero templo de Dios que está en el cielo. La Palabra dice: “…y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu…” (Hch.2:33). Es decir, Jesús tenía que resucitar y presentar su obra consumada para que entonces Dios pudiera enviar el Espíritu. El Propiciatorio nos recuerda la Sangre, pero como está en el Lugar Santísimo, nos recuerda al sacerdote, es decir, la resurrección y ascensión, recordándonos lo que se consiguió en la promesa del nuevo pacto que incluye perdón y regeneración, dos elementos fundamentales de la promesa de Dios. Veamos Hebreos 8:1 lo que nos dice el Espíritu: “…tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Eso es lo que nos recuerda al propiciatorio, y aquí el modelo verdadero del Arca que Juan vio. Continúa Hebreos diciendo: “… Todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por el cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer. Así que, si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote...” (He8:3-4). Los sacerdotes y sus hechos siguen a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando erigiera el tabernáculo: “Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte” (Ex25:40). Ahora tenemos mejor ministerio que el de los sacerdotes antiguos, que es el de Cristo, por cuanto es mediador de un mejor pacto. Nuevamente esto nos recuerda el Propiciatorio, del trabajo del Mediador vivo y humano que murió por nosotros, que hoy intercede y consiguió el regalo del Espíritu. Aquí veremos cuáles son esos dos primeros asuntos prometidos, dice: “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, En que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; No como el pacto que hice con sus padres El día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; Porque ellos no permanecieron en mi pacto, Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos me serán a mi por pueblo; Y ninguno enseñará a su prójimo…” (He8:7,11). El Señor, reprendiéndoles, promete perdonar y regalarnos el Espíritu Santo; bendita reprensión que nos ha dado su Sangre y su Espíritu: “Porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos”. (He.8:11). Esa es obra del Espíritu; “Porque seré propicio a sus injusticias,…” Y esta es obra de su Sangre, “…Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (He.8:12). La Sangre y el Espíritu, elementos esenciales de la promesa. Y estas promesas que están aquí, son las que estaban en Jeremías y en Ezequiel, y no son inventos de los apóstoles. Cuando el Señor Jesús resucitó y se les apareció a los discípulos, él empezó a enseñarles durante cuarenta días lo que de él decían las Escrituras. Todo lo que los apóstoles recibieron, lo aprendieron del Señor, y en las Escrituras del Antiguo Testamento. Desde aquí es donde brota toda nuestra victoria, nuestra vida y la edificación de la Iglesia, y es la única manera que el propósito de Dios se cumpliera con nosotros; no hay otra manera sino haciendo uso permanente de su Sangre y de su Espíritu. Podemos ver sobre esta palabra en Jeremías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y la casa de Judá” (Jer.31:31). “…daré mi ley en su mente” (Jer.31:33). Qué hermoso es este verbo “daré”; no dice venderé, arrendaré, prestaré, sino “daré”, es decir, que nadie podía pagarlo, ni nadie podía merecerlo. Y sigue diciendo en el mismo verso: “…y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios,…” (Jer.31:33). Él es un Dios para nosotros, lo conoceremos como nuestro Dios, por enseñanza directa de su Espíritu. Ahora pasaremos a Ezequiel para completar la promesa de Jeremías, en que nos dice: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré” (Ez.36:25). Esa es la obra de la Sangre. Él nos dará, y nosotros no tendremos que hacer nada, porque lo recibiremos por gracia. “Y pondré mi Espíritu en vosotros…”. Dejemos que estas palabras entren en nuestro corazón, que nos toquen y que se queden ahí. Esto es un regalo de Dios, es un don, es vida eterna. Nos dio a su Hijo y nos dio el don del Espíritu, aun cuando no lo merecíamos. Nunca lo podremos pagar, pues sólo lo podemos recibir creyéndole a Dios. Cuando bebemos de la copa y partimos el pan que es el cuerpo del Señor, estamos expresando el nuevo pacto de Dios diciendo: “Gracias Señor, tú viniste”.

LA PRIORIDAD DEL ARCA

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:56, Categoría: General

La Prioridad del Arca. “El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana” (Nm.9:15). Esto que podemos leer en la Palabra es muy interesante, porque todos nosotros queremos la cobertura de la nube, pero por aquel entonces había que erigir el Tabernáculo llamado la Tienda del Testimonio. Miremos la relación del Tabernáculo levantado y el testimonio. Sobre el testimonio que es el Tabernáculo, el Señor hace descender su nube que es su presencia, y era continuamente de esta manera. Cuando Dios descendía (aunque él es omnipresente), no lo hacía en el sentido de su esencia, sino de su economía, la manifestación de sus atributos divinos, y nadie se atrevía a acercarse a él. Dios enseñaba la reverencia y el temor a él. De esta forma, Dios deseaba enseñarle a su Pueblo a estar cerca de él y conocerle sin caer muertos, porque estaban en presencia santa. El Señor no se quería quedar arriba en el monte; él quería descender, por eso le pidió a su pueblo que le hiciese una tienda, un Tabernáculo para él, donde moraría en medio de su pueblo. Aquella tienda era la figura de la verdadera casa del Señor, el cuerpo único de Cristo, la familia única del Señor que sería la Iglesia. “Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel. Al mandato de Jehová los hijos de Israel partían, y al mandato de Jehová acampaban…” (Nm.9:16,18). El Señor estaba entrenando a su pueblo para seguirle. Cuando se levantaba la nube, había que seguir detrás de ella, y no había que levantarse antes, como tampoco había que quedarse atrás, sino que había que aprender a seguirla, estando atentos al mover del Espíritu del Señor. “Y cuando la nube estaba sobre el tabernáculo pocos días, al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían. Y cuando la nube se detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube se levantaba, ellos partían; o si había estado un día, y a la noche la nube se levantaba, entonces partían. O si dos días, o un mes, o un año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo permaneciendo sobre él, los hijos de Israel seguían acampados, y no se movían; mas cuando ella se alzaba, ellos partían. Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” (Nm.9:20,23). Pues este es el entrenamiento de Dios en el seguimiento colectivo. El Señor nos hace pasar por distintas experiencias, a veces gratas, a veces desagradables, pero de todas maneras es el Señor que determina cuando comienza esa nueva jornada, y qué lección hay que aprender de ella; y cuando ya las cosas están en su punto se pasa a la siguiente. El Señor nos hace pasar por determinados periodos, y cuando hay que aprender o vivir una nueva experiencia la nube se levanta, y no hay que atrasarse ni adelantarse, sino debe haber un discernimiento en el espíritu, del mover de la nube, de la presencia del Señor, para no entristecernos por haber salido de su presencia sin que él lo haya indicado. Sobre este tema habría mucho más que decir, pero esto es sólo una parte introductoria. Debemos saber que eso que leímos en el capítulo 9 sintetiza una serie de muchas jornadas donde se aprendieron lecciones; sin embargo, había algo que permanecía siempre en todas estas jornadas, y es que había en ellas una disposición dada por Dios. Dice en 1ª de Corintios que estas cosas les acontecieron y están escritas para amonestarnos a nosotros, y que son un ejemplo, por lo que no estamos solamente leyendo historias del pasado, sino que con estas palabras, Dios nos quiere enseñar hoy a nosotros. Antes era una historia exterior, hoy es una historia interior espiritual. Hoy el pueblo del Señor es la Iglesia. Retrocediendo unos capítulos en Números, podemos apreciar algunas instrucciones de Dios para cada una de las jornadas, porque el avance debe ser constante en el pueblo del Señor, porque él quiere que avancemos, como dice la Escritura: “…la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento…” (Pr.4:18). Y hoy esto nos muestra que la Iglesia debe ir de gloria en gloria, de triunfo en triunfo, y de jornada en jornada, para que cada nueva etapa sea exitosa, y para que no haya muerte. Ahora continuemos viendo aquellas instrucciones de Dios a su pueblo: “Cuando haya de mudarse el campamento, vendrán Aarón y sus hijos y desarmarán el velo de la tienda, y cubrirán con él el arca del testimonio; y pondrán sobre ella la cubierta de pieles de tejones, y extenderán encima un paño todo de azul, y le pondrán sus varas. Sobre la mesa de la proposición extenderán un paño azul, y pondrán sobre ella las escudillas, las cucharas, las copas y los tazones para libar; y el pan continuo estará sobre ella. Y extenderán sobre ella un paño carmesí, y lo cubrirán con la cubierta de pieles de tejones; y le pondrán sus varas. Tomarán un paño azul y cubrirán el candelero del alumbrado, sus lamparillas, sus despabiladeras, sus platillos, y todos sus utensilios del aceite con que se sirve; y lo pondrán con todos sus utensilios en una cubierta de pieles de tejones, y lo colocarán sobre unas parihuelas. Sobre el altar de oro extenderán un paño azul, y lo cubrirán con la cubierta de pieles de tejones, y le pondrán sus varas. Y tomarán todos los utensilios del servicio de que hacen uso en el santuario, y los pondrán en un paño azul, y los cubrirán con una cubierta de pieles de tejones, y los colocarán sobre unas parihuelas. Quitarán la ceniza del altar, y extenderán sobre él un paño de púrpura; y pondrán sobre él todos sus instrumentos de que se sirve: las paletas, los garfios, los braseros y los tazones, todos los utensilios del altar; y extenderán sobre él la cubierta de pieles de tejones, y le pondrán además las varas. Y cuando acaben Aarón y sus hijos de cubrir el santuario y todos los utensilios del santuario, cuando haya de mudarse el campamento, vendrán después de ello los hijos de Coat para llevarlos; pero no tocarán cosa santa, no sea que mueran. Estas serán las cargas de los hijos de Coat en el tabernáculo de reunión” (Nm.4:5,15). El Señor tenía que enseñar a su pueblo el orden de Dios y su delicadeza, para que su pueblo conociera al Señor y aprendiera a caminar personal y colectivamente conforme a su voluntad. Es necesario comprender que todo aquello de la nube levantándose y bajando, es para mostrarnos a no andar conforme a nosotros mismos, a no andar conforme a la costumbre, conforme a la inercia; sino que andar conforme a él mismo y tener un contacto directo con él, con la nube y que sea su presencia la que nos guíe, la que nos hace levantar o detener, la que nos hace hablar o callar, la que nos da tiempos de fiestas, o a veces tiempos de pruebas. En la Palabra que acabamos de ver, podemos apreciar que aparecen dos veces, al principio y al final del último pasaje la frase: “Cuando haya de mudarse el campamento”, porque llega un punto en que el Señor quiere enseñarnos algo para avanzar, no sea que nos pase lo que se dice en el libro de Oseas: “Efraín se ha mezclado con los demás pueblos; Efraín fue torta no volteada” (Os.7:8). ¿Qué pasa si la torta se cocina mucho tiempo? Va a quedar por un lado negra, carbonizada y al otro lado va a estar cruda. Así nos pasa si no atendemos la dirección del Espíritu, nos quedamos carbonizados en una cosa porque permanecemos más de la cuenta en lo mismo siguiendo costumbres. Cada pueblo del Señor era una torta, así como también la Iglesia es un pan. En ese entonces, una torta era Rubén, otra Simeón, otra Leví, etc. Cada tribu era una torta, era un pan de la proposición, o sea de la propuesta. Dios tiene una propuesta que es la vida de Cristo en la Iglesia, la vida de la Iglesia en Cristo; por lo tanto, Israel era una figura, pero ahora en el Nuevo Testamento, el pan es el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Dios nos está amasando para que juntos seamos una propuesta de vida; la vida de la Iglesia en Cristo. La obra de Jehová tiene que ser con seriedad, no con indolencia. Eso fue lo que hizo Saúl, porque él debía haber aplicado el juicio de Dios, y no representó al Señor con su actitud. Al Señor hay que representarlo con equilibrio, representar su misericordia y su santidad, así como dice la Palabra: “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová, y maldito el que detuviere de la sangre su espada” (Jer.48:10). O como dice Pablo: “Mira, pues la bondad y la severidad de Dios…” (Ro.11:22). Necesitamos aprender el equilibrio del Señor, y para que el pueblo aprenda, él nos dice: “Quieto estuvo Moab desde su juventud, y su sedimento ha estado reposado, y no fue vaciado de vasija en vasija…” (Jer.48:11). “…Ni nunca estuvo en cautiverio; por tanto quedó su sabor en él, y su olor no se ha cambiado.” (…) “… Y vaciarán sus vasijas, y romperán sus odres. Y se avergonzará Moab de Quemos, como la casa de Israel se avergonzó de Bet-el, su confianza” (Jer.48:11-13). O sea, esto nos muestra cómo el Señor nos pasa de una experiencia a otra, porque nos ama y nos quiere maduros. Continuando con Números capítulo 4, notemos cuál es la prioridad al trasladar el campamento. ¿Cuál es el primer cuidado? El Arca es el primer cuidado, porque es la que va a presidir, porque el crecimiento tiene que ver con ella. El Señor Jesucristo dijo una frase que tiene que ver con esto cuando preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre? (Mt.16:13). Y había muchas opiniones acerca de Jesús, pero luego le preguntó a los suyos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y Pedro movido por el Espíritu Santo, se levanta y dice: “Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente” (Mt.16:15-16). Jesús le responde “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt.16:17). Así como Pedro, nosotros somos bienaventurados porque Dios nos reveló esto. Debemos conocer cada vez mejor a Cristo, con mayor luz, con mayor equilibrio, y crecer en el conocimiento espiritual de Cristo, porque el Señor edifica la Iglesia mediante la revelación de Jesucristo. Cualquier avance legítimo y verdadero en la jornada del pueblo de Dios, tiene que ver primeramente con Cristo. El Arca de la que se nos habla es muy significativa porque ella nos habla de Cristo. Él es quien edifica la Iglesia. El primer cuidado que hay que tener para avanzar, es volvernos inmediatamente a Cristo, es crecer en el conocimiento de él. Entonces, esa Arca es llamada el Arca del Testimonio; Cristo es el testigo fiel y verdadero, Cristo es el testimonio de Dios. El Arca era hecha de dos materiales: Oro y madera de Acacia. El oro y la madera, hablan de su divinidad y su humanidad, respectivamente. El oro estaba por dentro y por fuera del Arca. El oro por dentro, se refiere a la identidad de la persona divina de Cristo como Verbo de Dios, y con Dios antes de la fundación del mundo. Ésta es su primera identidad que es eterna y aunque él se encarnó en hombre, y se humilló, y se despojó de su gloria, seguía siendo la misma persona divina, porque él no dejó de ser quien era. Jesús era la personalidad divina del Verbo hecho hombre, y ahora tenía también la naturaleza humana, representando así a la madera de acacia. Él fue un hombre verdadero, con espíritu humano, con alma humana, con cuerpo humano, sometido a las pruebas humanas, pero creció en estatura, en sabiduría, en gracia y obediencia. Por lo tanto, aquí tenemos los dos materiales, las dos naturalezas de la persona del Hijo: Hijo de Dios e Hijo del hombre; la naturaleza divina y humana de la misma persona. Pero podemos preguntarnos: ¿Por qué tiene oro por fuera también? Porque Jesús dijo: “… Padre, glorifícame tu al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). Es decir, que ahora el Padre ascendió al Señor Jesús a su diestra, y lo glorificó recuperando la gloria que antes tenía, pero como también posee la naturaleza humana, la gloria de él apareció en su cuerpo, en su ser íntegramente humano. Ahora hay un hombre en la gloria, y el oro no está solamente por dentro, sino que también por fuera, porque él ya está glorificado en la divinidad y humanidad. El Arca es una caja con medias medidas; es decir, todas las medidas son las mitades, porque al ser un Arca de la Alianza, no puede ser uno solo, sino representa dos mitades de un todo. Ahora el Arca tiene que “aliarse” con alguien, para unirse, para casarse, como un abrazo entre el cielo y la tierra. Dios quiere casarse con su creación, con su Iglesia, con la humanidad, por lo tanto, él es una mitad y nosotros somos la otra, como el varón y la mujer. Encima de esas medias medidas de la caja del Arca, que nos habla de Cristo, en quien se une Dios y el hombre, está el propiciatorio. El propiciatorio nos habla de la esencia del evangelio, nos habla de la muerte de Cristo. Pero no sólo nos habla de la muerte, por el hecho de ser el lugar donde se colocaba la sangre, sino que también nos habla de resurrección y ascención. El Sumo sacerdote entraba y ponía la sangre en el propiciatorio; pero ¿por qué el sacerdote tenía que introducir esa sangre dentro del Lugar Santísimo y colocarla en el propiciatorio? La sangre no se quedaba afuera en el atrio en el Altar de Bronce del atrio, donde se sacrificaban los corderos, sino que el sumo sacerdote tenía que introducirla en el Lugar Santísimo. A Moisés se le dijo que hiciera eso, conforme al modelo que se le fue mostrado en el monte, pero Juan vio las cosas reales. En Apocalipsis se ve que Juan vio el Arca, y el Arca se veía en el templo. En Apocalipsis tenemos la realidad y con Moisés tenemos la figura; entonces, era necesario ver el propiciatorio junto con el Arca, porque el propiciatorio es la tapa del Arca. Existe una jerarquía y orden en los asuntos. Hay cosas que están en el Lugar Santísimo, cosas que están en el Lugar Santo, otras en el Atrio, cosas que están afuera, cosas que están adentro. Pero ¿cuál es el lugar más importante del Tabernáculo? El Lugar Santísimo. ¿Y qué es lo que el Señor puso en el Lugar Santísimo, en el lugar central de todo? El Arca. Ahora, al mudar el campamento, al tener que avanzar, ¿cuál es el primer cuidado? El Arca; y el Arca tienen sus materiales, que hablan de la persona y obra del Señor Jesús. Hay que conocer al Señor, en su relación trinitaria con el Padre y el Espíritu Santo. Conocerlo en su humanidad, como Dios y como hombre. La persona y obra de Cristo, es lo que está entronizado en el Arca, con el propiciatorio, y eso es lo que hay en el Lugar Santísimo. Eso es lo primero. He ahí está el Arca que es Cristo, y sólo debajo de esa palabra está la eternidad, su lugar en la Trinidad, su despojamiento, su encarnación, su persona divina y humana. Cristo caminó sobre las aguas, echó fuera demonios, multiplicó los panes, etc., pero si no hubiera muerto no seríamos salvos. He aquí está el Propiciatorio, la persona divina y humana que murió. Cuando hablamos del propiciatorio, hablamos de la obra completa de Jesús, tanto de su muerte, como de su resurrección; como ofrenda y como sacerdote, porque resucitó y ascendió. La Sangre y el Espíritu son cosas centrales. La Iglesia tiene que apegarse a este fundamento, en la persona divina y humana de Cristo, en su obra, en la cual primero murió conforme a las Escrituras por nuestros pecados y fue sepultado y resucitó al tercer día. Por ahí comienza el evangelio y comienza el fundamento. Esta es la prioridad. Eso es lo mayor, eso es lo primero que asegura el avance legítimo de la Iglesia y la formación de Cristo en nosotros. En Hechos se decía de la Iglesia primitiva que perseveraban en cuatro cosas: “…en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y las oraciones” (Hch.2:42). El Arca también tenía pieles de tejones por dentro y el paño azul por fuera. El azul nos habla de la divinidad, de lo celestial. El carmesí nos habla de la sangre, de la redención; pero el Arca tenía el azul por fuera, es como cuando tenía el oro por dentro, después la madera y luego nuevamente el oro, porque fue glorificado. El Arca tenía las pieles de tejones, que nos habla de la humanidad, y por fuera el paño azul que nos habla de la glorificación del Hijo de Dios, que servía para que supieran que esa era el Arca, el primogénito. Llegamos al Lugar Santo; frente a frente, al norte: la mesa de los panes, y al sur: el candelero, que nos habla de la Iglesia. Pero no puede haber Iglesia sin cabeza, que en este caso es representada por el Arca. Después viene la comunión unos con otros y el partimiento del pan, que es lo que está representado por la mesa de los panes y el candelero, uno frente al otro equivalente, y después las oraciones representadas por el altar de oro del incienso. Primero es el Arca, incluso antes de la iglesia, pues primero es Cristo. Por lo tanto, si hay que mover el campamento, primero el Arca. La doctrina de los apóstoles es acerca de Jesucristo. Pablo dijo: “…no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor…” (2Co.4:5). Y ahora, después de eso, el Lugar Santo; es decir, nosotros como vuestros siervos, por amor de Jesús, y eso viene detrás.

EL ÓLEO DE LA SANTA UNCIÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:54, Categoría: General

El Óleo de la Santa Unción. Toda la obra del Señor es una obra orgánica, una obra relacionada; es decir, cada parte con su parte. Tenemos la parte de Dios el Padre, porque recordemos que al principio de la Palabra es la primera vez que habla Dios en Trinidad ahí en Génesis 1:26: “…hagamos”. No es solamente el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Espíritu, sino el Padre con el Hijo y con el Espíritu, involucrándose en hacer una obra: “…hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Gn.1:26). Entonces el Padre tiene su parte en este hacer. Pero el Padre no hace nada sin el Hijo. “…sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn.1:3). Incluso la planeación. Proverbios 8 nos dice: “…que la sabiduría de Dios estaba con Dios, y era su delicia delante de él”. En algunas traducciones dice que “…era su arquitecto…” Cuando un padre va a construir una casa, él contrata un arquitecto y conversan juntos, porque el arquitecto no va a hacer la casa sin tener en cuenta los deseos del dueño de la casa, y tampoco este padre no va a hacer la casa sin tener en cuenta a la madre y a los hijos. Entonces, el Señor Jesucristo era el arquitecto, es decir, que nada planeó el Padre sin el Hijo. Todo lo concibió con el Hijo. Ahora viene el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo. Debemos confiar que el Espíritu Santo nos tocará, dará refrigerio a nuestro espíritu, y como él está en nosotros, hará su trabajo, que es pasarnos estas cosas, comunicárnoslas, hacernos partícipes espirituales de este amor común entre el Padre y el Hijo, que es el Espíritu. Por eso se le llama el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo, no solamente llamándole Espíritu Santo. Por ejemplo, en Mateo 10 dice que no nos preocupemos el día que nos lleven ante los magistrados, y ante las autoridades para dar cuenta de nuestra fe, porque en aquella hora nos será dada palabra que ellos no podrán resistir, porque no somos nosotros solos los que hablamos, sino el Espíritu de nuestro Padre (Mt.10:16,20, paráfrasis). “…el Espíritu de vuestro Padre…” (Mt.10:20). Espíritu “de” vuestro Padre que habla en nosotros, o sea, que el Espíritu es llamado a “ser” del Padre, “Espíritu del Padre”. Y en Romanos 8, dice “…si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús…” (Ro.8:11). Ese “aquel” es nuestro Padre. Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Entonces, el Espíritu es el Espíritu de “aquel”; es decir, de nuestro Padre. El Espíritu es del Padre, pero también es del Hijo. Recordemos aquel pasaje en Gálatas donde dice: “… Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Ga.4:6). Esto es porque el Espíritu es también del Hijo, porque además de provenir del Padre también lo hace del Hijo, porque el Padre ama al Hijo. Así que el Padre es el amante, y el Hijo es el amado, y este amado también ama al Padre. Por lo tanto, entre el Padre y el Hijo hay un amor común, pleno, divino y además eterno, porque no es que el Padre y el Hijo un día comenzaron a amarse, sino lo han hecho desde siempre. “…El cual por medio del Espíritu Eterno…” (He.9:14). En Hebreos aparece esa expresión: “el Espíritu Eterno”, porque así como el Padre y el Hijo son eternos, también lo es el Espíritu. Se han amado con un amor común, que comparten los dos; y es tan grande, por cuanto al Padre le agradó que en el Hijo habitase “…toda la plenitud de la Deidad…” (Col.2:9). Y como el Padre tiene vida en sí mismo, dio al Hijo el tener también vida en sí mismo. De manera que el Padre y el Hijo comparten un amor común. Y ese amor divino que procede del Padre y del Hijo, es el Espíritu. Dios es Espíritu y si no lo vemos de esta manera, y si tampoco vemos al Espíritu como del Padre y del Hijo ¿cómo podremos ver Iglesia? El Señor Jesucristo dijo: “…como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…” (Jn.17:21). Ese es el modelo para la Iglesia. La unidad de la Iglesia es la Trinidad. Y el que derrama el amor de Dios en el corazón de la Iglesia es el Espíritu. Entonces, el Espíritu es el que nos comunica todo el amor. Este es el amor que planea el Padre. La Escritura dice: “…nos amó con amor eterno…” (Ver Jer.31:3). Y también dice: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado…” (Jn.15:9). Meditemos sobre esto, que el Padre nos ama de tal manera que nos dio a su propio Hijo, al que todo le ha dado y quien nos ha dado a nosotros su gloria. Esto es una cosa tremenda, y no bastará la eternidad para disfrutar esto – nosotros usamos la palabra “cosa” sólo literariamente, pero lo que Dios nos ha dado es él mismo, que no es una cosa. Dios mismo se nos dio por su Hijo, y por su Espíritu. Toda la plenitud del Padre se la pasó al Hijo, y éste la comparte con el Padre, y ahora el Espíritu la toma de ellos, por eso la Iglesia va en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, haciendo discípulos, bautizándolos, y enseñando todo lo que recibieron del Señor. Entonces, hay una parte en la obra de Dios que la hace el Padre, y que se le atribuye a él. Porque él dijo también “hagamos” junto con el Hijo, y con el Espíritu, siendo esto como el resultado de ese amor eterno, de ese plan. La palabra ‘concilio’ le queda pequeña. Los hombres se han tenido que inventar esas palabras “Trinidad”, “concilio”, y muchas otras para poder tratar de sintetizar en una palabra todo lo que dice la Escritura. Pero lo que dice la Escritura es profundo y riquísimo. Y el Espíritu, a pesar de esos elementos tan insuficientes, comunica lo interior, comunica su realidad, y si su Espíritu nos toca, nos hace vivir, comprender, nos ilumina, nos vivifica, y nos fortalece, dispensándose a nosotros y se forma en la Iglesia. También la parte que es del Hijo, no la hizo sin el Padre. Y también el Hijo no hizo nada sin el Padre. Pero los tres son un solo Dios, y una obra que los tres hacen juntos. Porque la Trinidad no son tres Dioses. Son tres personas de un mismo y único Dios. Este es el modelo de la Iglesia: “hagamos”, “vamos a hacer al hombre, al género humano, un hombre corporativo “a nuestra”, en plural, pero “imagen” se presenta en singular. Todos juntos van a expresar un mismo Dios. En la Trinidad solamente el Hijo es la Imagen. No se dice del Padre que sea la imagen, sino que es el Dios Invisible, en cambio se dice del Hijo que: “…es la Imagen del Dios Invisible…” (Col.1:15). Pero cuando se habla de la imagen única de Dios se dice “nuestra imagen”, o sea, que el Padre se siente identificado y bien representado en el Hijo, pues el mismo Padre dice: “…a él oíd” (Mt.17:5). O sea, lo que dice el Hijo es lo mismo que dice el Padre. Esto es precioso, grande y profundo, y es lo que están haciendo ahora también de nosotros, porque Dios dijo “hagamos al hombre a nuestra imagen”, cuyo modelo es la Trinidad. Dios nunca había hecho cosa tan grande. Cuando miramos al hombre decimos: ¡pero qué miseria es el hombre!, pero lo que Dios planeó, lo va a terminar de hacer y es lo más alto que puede existir, porque es a la imagen y a la semejanza de Dios, no habiendo otra “cosa” más alta. Si Dios no hubiera hecho al hombre, Dios mismo no hubiera obedecido su Palabra, porque él por medio de ella nos ha dicho que: “…y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Stg.4:17). Este sería un pecado de omisión, pues no solamente hay pecados de acción, sino pecados de omisión; y el Espíritu no habla por su propia cuenta, sino lo que oye del Hijo, y el Hijo habla lo que oye del Padre; es decir, lo que escribió Santiago es del Padre, del Hijo y del Espíritu. Y ¿acaso Dios no va a ser consecuente con lo que nos enseña? Dios hizo muchas cosas hasta el sexto día; y al hacer al hombre, si no nos hacía de la mejor manera posible, él mismo hubiera sido omiso. Está decisión tremenda de crear al hombre, ha sido la más alta, porque este es la Iglesia, puesto que ese hombre es un hombre colectivo. Existe humanidad para que exista Iglesia. Dios quería que toda la humanidad fuera este cuerpo que lo contuviera, y lo representara, lo expresara, y lo canalizara, pero como las cosas en Dios no son a la fuerza, pues Dios es soberano pero no un dictador, es para el que quiera. La Palabra nos dice: “¡Cuántas veces quise juntar tus hijos…!” (Mt.23:37). Podemos preguntarnos entonces: Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no lo hace a la fuerza? Simplemente porque no es un violador. No hay carácter tan precioso como el carácter de nuestro Dios. Él es el modelo de los esposos, quienes deben ser como Cristo con la Iglesia, y la mujer como la Iglesia con Cristo; entonces esta relación es un matrimonio. ¿Cómo se va a casar un hombre solo? Debe haber mutuo consentimiento, y más que eso, se debe compartir la misma naturaleza, estar en un mismo Espíritu. Dios es trino, y cuando hizo al hombre, lo hizo en familia, porque lo pensó en papá, mamá e hijos. No lo hizo sólo hombre o sólo mujer. El hombre debe conocer al Señor, recibirlo en su espíritu, recibir el Espíritu del Padre y del Hijo en amor, y derramar ese amor en la Iglesia; y eso no se puede hacer sin la ayuda del Espíritu. La Sangre es para limpiarnos, y para perdonarnos. La Cruz es para quitar todas las cosas terribles que fueron introducidas en el universo, empezando desde el cielo donde un querubín se rebeló, y quiso rivalizar con Dios. Dios no lo obligó, pero lo dejó hacer sus propuestas. En la Biblia, una vez reunidos los espíritus con Dios, inclusive los malos, no sólo los fieles, les dijo Dios: “¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad? (…) Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. (…) Yo saldré, y seré espíritu de mentira (…) Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; ve, pues, y hazlo así” (1 R.22:20,22). Dios le dio permiso a ese espíritu de ir a engañar. Qué caballeroso es Dios al dejar incluso opinar a un demonio de engaño. No puede engañar a Dios, pero podía engañar a un hombre. Recordemos también cuando Dios autoriza a Satanás diciéndole con respecto a Job: “… He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida” (Job2:6). Nadie puede hace algo si Dios no lo autoriza. Dios tiene el control absoluto de todo, y aun Satanás, para poder tentarnos, tiene que pedirle permiso a Dios. Por eso dice Jesús: “…Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos…” (Lc.22:31). No pensemos que el diablo puede zarandearnos cuando él quiere, sino sólo cuando Dios le dice “ve, pues”. Aclaremos que Dios le dice “ve” a Satanás, no porque concuerde con las intenciones de él – porque sus intenciones son muy distintas de las de Dios –, pero lo hace con la intención de que Satanás se estrelle contra el muro, y lo hizo en este caso de Job. Dios hizo al hombre para que “…señoree en los peces del mar (…) y sojuzgadla…” (Gn.1:26-28). Y ¿dónde va a señorear? Por donde anda suelto el diablo, en los peces del mar. ¿No está ahí el ángel del abismo? En las aves de los cielos, ¿no anda el espíritu de la potestad del aire? Y sobre la tierra, ¿no anda la serpiente? Ahí gobernará ese hombre colectivo del que Dios dijo “hagamos”, porque cuando comenzó Dios la creación del hombre, y éste falló, no pensó en cambiar de plan porque el diablo nos echó a perder. El propósito de Dios era eterno, y si él dijo “hagamos al hombre”, no hay diablo que pueda contra su voluntad. Puede oponerse, pero no tendrá nunca éxito, al contrario, servirá al propósito. Entonces, cuando Dios dijo “hagamos” está el Padre haciendo su parte, inclusive cuando dice: “…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo…” (2ª Co.5:19). O cuando Jesús dice: “… no me ha dejado solo el Padre…” (Jn.8:29). Es el Hijo que estaba como arquitecto del Padre, pensando y planeando juntos; claro que también está incluido el Espíritu. Y luego Dios dice: “…le haré ayuda idónea…” (Gn.2:18). Aquella que es ayudadora de Cristo; es decir, Dios no estaba hablando sólo de Adán, sino estaba hablando de aquella que es ayuda idónea de Cristo. Con esta palabra Dios nos está diciendo que nosotros vamos a ser para él. Pero podemos preguntarnos, ¿cómo vamos a lograr llegar a eso? Nosotros no lo lograríamos, pero fue Dios quien dijo “hagamos” y “le haré”; por lo tanto, él está haciendo todo. Entonces, el Padre, el Hijo y el Espíritu, cada cual hace su parte. El Espíritu es eterno, aunque es procedente del Padre y del Hijo, pues no comenzó a proceder en el tiempo, porque el amor entre el Padre y el Hijo es eterno, y Dios todo es eterno, por lo que la Trinidad también es eterna. Ahora, en lo económico, en su administración, el Padre hace su parte primero, luego el Hijo, y tercero el Espíritu. El Padre es eterno, y el Hijo es el Verbo eterno de Dios, o no se podría decir que: “… era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). Ni se puede desconocer cuando la Palabra nos dice: “En el principio era…” (Jn.1:1). El Espíritu Santo representado por el Aceite de la Santa Unción Entonces, si Jesús es Dios, tiene que ser eterno. El Espíritu Eterno fue representado con el aceite de la santa unción. Pero el aceite de la santa unción contiene otros elementos como mirra, canela, cálamo, casia; por lo tanto, el Espíritu no se llama solamente Espíritu o Espíritu Santo, sino que es el Espíritu del Padre, del Hijo, llamado también el Espíritu de Cristo o de Jesús. Lo dice el original griego en Hechos de los apóstoles. Pero ¿por qué a veces se le llama de diferente manera? ¿Por qué no se le llama solamente el Espíritu Santo? Porque el Espíritu toma todo lo que es del Hijo, y del Padre, para luego entregarnos, dispensarnos y aplicarnos todo eso a nosotros. Esos elementos, esas especies que se le agregan al aceite para hacer la santa unción contienen todas esas cosas. Pablo en la carta a Filemón le dice “…para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús…” (Flm.1:6). La Palabra nos alumbra en el bien que está en nosotros por Cristo. Si nosotros somos alumbrados en lo que nos ha sido dado y en lo que tenemos, entonces, hacemos uso de lo que tenemos, y ponemos nuestras raíces ahí; contamos con eso y actuamos en el nombre del Señor. Y el Espíritu está ahí diciéndonos qué es verdad, qué podemos hablar, y que él lo respaldará. Porque el Espíritu está ahí para hacer realidad, hacer fresca cada día la Palabra en nosotros, para que no dependamos de la memoria, y para que lo que leamos en las Escrituras no sean palabras huecas, pues el Espíritu las llenará. De esta misma manera, nosotros solos somos huecos, somos un vaso vacío, y él es el contenido. El Espíritu hace realidad lo que Dios ha prometido. El Espíritu es el que la da la sustancia, el contenido, a nuestra proclamación de fe. “… Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal 81:10). Y ¿qué es lo que tenemos que decir? La palabra del testimonio: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos…” (Ap.12:11). El Señor es una realidad mayor que cualquier otra. Porque lo demás es una obra creada y sustentada por él. Dios puede hacer milagros, puede cambiar una cosa en otra, puede cerrar los ojos al ejército enemigo. Nosotros no nos guiamos por lo que se ve, sino somos guiados por el Invisible. Por la fe proclamamos lo que Dios ha dicho en la Palabra. Lo que Dios ha dicho y ha prometido, lo creemos y lo proclamamos. Esa es la palabra de nuestro testimonio, que llena el Señor y que confirma el Espíritu, porque estamos hablando en el nombre del Señor; porque el hombre, incluido varón y mujer, fue hecho a su imagen para contenerlo, canalizarlo, y representarlo. Por esto es tan importante el Espíritu, porque él es quien nos impulsa, quien nos revela, quien nos sugiere; el que está con nosotros, y el que llena. Por eso dice: “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo…” (2ª Ti.1:14). El Espíritu Santo es el que permite guardar, es el que le da frescura, es el que le da realidad al testimonio de la Iglesia. Por eso nosotros como iglesia debemos confiar en la obra del Espíritu Santo, así como confió el Señor Jesús. Al Espíritu no podemos verlo, pero está ahí, aun cuando no lo sintamos, pero ¿quién dijo que él venía para que lo sintiéramos? Él viene para que creamos. Entonces, si creemos, hablamos: “…Creí por lo cual hablé…” (2ª Co.4:13). Pero no hablamos lo que se nos ocurre, sino lo que el Señor dice en su Palabra. En Éxodo se nos describe la composición del óleo de la santa unción; o sea, nos muestra lo que contenía ese óleo. Recordemos que todo esto es símbolo para el tiempo presente, y todo es una figura de lo espiritual. El Señor dijo que él nos daría el Espíritu, y lo pondría en nosotros y este nos haría andar: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad…” (Jn.14:16-17). Vamos a usar un ejemplo de una radio que necesita energía para funcionar. Si la radio no está conectada a la electricidad, no funciona. Esto es como una figura del Espíritu. Cuando conectamos la radio recibe la energía. Ésta energía no la hemos visto nunca, pero ahí está, y está a disposición para mover unas máquinas tremendas. Así mismo es el Espíritu. El Espíritu es una persona, una persona divina que contiene la plenitud de Dios, de la misma manera que el Hijo y que el Padre. El Espíritu tampoco viene por su propia cuenta. Cuando el Señor dijo que vendría el Espíritu, dijo que el Padre y él vendrían. Cuando Jesús venía hablando del Espíritu, nos dice que: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn.14:18). Y no sólo el Hijo, sino también el Padre: “…y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:23). Nosotros somos morada de Dios, y somos morada del Espíritu. El Padre, el Hijo, y el Espíritu están en la Iglesia. En la medida que conozcamos por revelación divina todo lo que Dios ha puesto en nosotros desde que vino, vamos a ser más eficaces, porque vamos a compartir de lo que Dios nos ha dado. El problema es que a veces no creemos lo que Dios nos ha dado, y seguimos pidiendo, pero sin creer en que ya lo hemos recibido por fe. “…Al que a mí viene…“ (Jn.6:37). Jesucristo es la conexión que nosotros necesitamos, es nuestra energía para poder funcionar, pero ¿cómo hacemos ese contacto? Por la fe, y el enchufe es el Señor Jesús. Entonces, aferrémonos al Señor: “… de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Cuando vamos al Señor “… sed edificados como casa (…) como sacerdocio…” (1ª P.2:5). En lo individual, y en lo colectivo, proviniendo todo de ese río canalizado, del río del Espíritu, o mejor dicho de los ríos, porque él lo dijo en plural. El Espíritu son “los ríos” de agua viva, porque a veces él viene para hacer un trabajo, teniendo una función de amor, paz, alegría, gozo, templanza, o a veces también es un don. Pidámosle al Señor no perder un solo día quedándonos en nuestra sola naturalidad, como una radio apagada, sin estar en conexión con él. Habiendo conexión hay circulación, y cuando hay fe hay dispensar del Espíritu. Volviendo a Éxodo capítulo 30, versículo 22, nos dice: “Habló más Jehová…”. Dios ya había hablado, y ha querido seguir haciéndolo; ya lo hizo sobre la Fuente de Bronce, del dinero del rescate, que tiene que ver con la obra de la Cruz y el arrepentimiento. Pero ahora el Señor va a hablar de la unción y del incienso. La unción es una figura, es un símbolo del Espíritu de Jesucristo. En Filipenses se nos presenta al Espíritu llamado “de Jesucristo”, y el versículo comienza así: “… Sé…”. Esa es la expresión de la fe de Pablo sobre este saber de la fe, porque no es sólo un conocimiento, sino que un conocimiento en la fe, pues lo sabe en su espíritu, porque la fe es la convicción, es la sustancia, la hipóstasis, la sustantivación de la promesa de Dios. “…Sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación…” (Fil.1:19). Esta era la experiencia de Pablo, por eso él habló de esto, porque sabía lo que estaba diciendo. Pablo habla de algo que existe, y que se llama “la suministración del Espíritu de Jesucristo”. No habló del Espíritu Santo, aunque es él, y aquí vemos el aceite con la mirra, el aceite con la canela, el aceite con el cálamo, el aceite con la casia; es decir, el Espíritu tomando lo que es de Jesucristo. A veces la Biblia dice: “el Espíritu Santo” o “el Espíritu Eterno”, y ahí está ese aceite que tiene que traer las especies, y hacerlas bajar de la cabeza a la barba, que es el ministerio del nuevo pacto, una figura; y que tiene que seguir bajando hasta el borde de las vestiduras, que es el resto del cuerpo de Cristo; es decir, a todo el cuerpo de Cristo. Entonces, el aceite no viene solo, sino que viene trayendo el aroma de la mirra. Ese es el trabajo del aceite, él porta y pasa a nosotros, y nos suministra lo que es de Jesucristo. Pero ¿qué es de Jesucristo? Todo lo que es del Padre, además de la victoria sobre la muerte, sobre el diablo, sobre el mundo, y sobre la carne. El Espíritu es eterno, pero Dios estaba esperando que Jesucristo ascendiera para enviarlo, pues en relación a lo que él tenía que hacer en el Nuevo Testamento, en la era de la Iglesia hacia acá, todavía el Espíritu no había venido. Dios estaba esperando que Jesucristo terminara su parte, la cual consistía en vivir como hombre, crecer en sabiduría, y aprender, aun cuando era como Dios y no tenía que aprender ni crecer, pero decidió hacerse hombre. “…Por lo que padeció aprendió la obediencia…” (He.5:8). Y ¿para qué? Para enseñarnos. Él es el camino, porque él aprendió. Él creció en estatura, en sabiduría, en gracia, y habiendo sido perfeccionado, llegó a ser autor de eterna salvación. Entonces, Jesucristo se hizo hombre para vivir nuestra vida y enseñarnos cómo se vive y para eso él tenía que vivir. Jesucristo podría habernos salvado como un superhéroe, pero no lo hizo de esa manera, sino que lo hizo tomando nuestra naturaleza, vistiéndose de nosotros, y desarrollándose hasta la máxima perfección, para que el Espíritu la tomara, nos la pasara, y nos ayudara. Cuando no sabemos lo que tenemos que hacer, estamos en la mejor posición, porque es ahí cuando podemos conectarnos con el Espíritu. En este momento él viene y nos entrega lo que sabe. Él conoce el camino, pues ya pasó por ahí; él es el camino desde el principio hasta el fin; por lo tanto, dependemos de él. En muchísimas ocasiones, Dios nos tiene que llevar al límite de nuestras fuerzas, hasta que decimos lo que él quiere escuchar: “Ya no doy más Señor”, para descubrir que no somos nada; y esta es una gran oportunidad, porque la Palabra nos dice: “…mi poder se perfecciona en la debilidad” (2ª Co.12:9). “… Bástate mi gracia…” (2ª Co.12:9). No que no seamos perfectos en sí mismos, pero Dios muestra su total expresión cuando le damos lugar, porque nosotros sin él no podemos: “… Separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5). “… Yo he vencido al mundo” (Jn.16:33). Entonces, ¿quién nos traspasa toda la victoria del Señor? El Espíritu. La radio no puede funcionar sola, pero si la conectamos empieza a funcionar. Cuando nosotros decimos: “Señor, no puedo más con este problema, ni siquiera puedo conmigo mismo”, el Señor nos dice que le creamos, que lo miremos y veamos lo que él hizo por nosotros. No nos preocupemos por lo que sentimos, ni tampoco pensemos que las cosas serán siempre de color de rosa, pero si le decimos al Señor “ten piedad de mí”, creemos que él tomó esta miseria y la cargó crucificándola. El Señor nos ha enviado su Espíritu para introducirse dentro de nosotros. Entonces, esto es como estar sentado, pero ¿qué quiere decir eso? Significa estar “en” una silla. La silla está cargando todo nuestro peso, y así es para los que están sentados, ya que su peso está sobre otra cosa, que en este caso es “en” la silla. Esta es una excelente comparación a estar “en” Cristo. Dios nos puso “en” Cristo, y “en” el Espíritu. En lo práctico, estar en Cristo y en el Espíritu es lo mismo. El Señor es quien carga nuestras cosas. ¿Hemos visto a esas personas que edifican un segundo piso? Llega el camión con los ladrillos y los obreros hacen una fila y se van entregando unos a otros los ladrillos para ir avanzando, porque si no lo hacen, los ladrillos se irían amontonando. En nuestra vida podemos ver como Satanás nos manda estos ladrillos, pero tan pronto como lo haga, nosotros debemos recurrir al Señor y decirle que tenga misericordia. Entonces, cada ladrillo que el diablo nos mande, se lo entregamos al Señor Jesús. Nunca estamos solos. Al abrir nuestros ojos por la mañana, clamemos al Señor y tomemos ese día y entreguémoselo al él; porque ¿para qué vamos a perderlo? Digámosle que queremos vivir con él. Ésta es la fe, confiar en él, conectarse con el Señor. Así que, pidámosle que nos mantenga crucificados en sus clavos. Dios realizó al hombre en Cristo y él asumió nuestra naturaleza y la llevó hasta la gloria. Él nos glorificó en él, después de haber pasado por todo el proceso de crecimiento humano, de perfeccionamiento y aprendizaje humano. Él fue un niño perfecto, un adolescente y un hombre perfecto, pues él es el varón perfecto. Y ahora nosotros somos hechos del material de él. La Palabra dice: “… le haré ayuda idónea…” (Gn.2:18). ¿Con qué material lo haría? Con el mismo de él. Y ¿quién nos está haciendo esposa de Cristo? ¿Quién le está diciendo a Adán que le haría una Eva? ¿Y acaso Eva no es una figura de la Iglesia? Entonces, ¿quién le está haciendo Iglesia a Cristo? Dios; y esto es lo que está haciendo. “…Mi Padre hasta ahora trabaja…” (Jn.5:17). Del trabajo de creación ya descansó, pero tras la caída del hombre, tuvo que tener otro trabajo, y todos nosotros colaboramos o trabajamos con Dios. Cada uno, como Padre, Hijo y Espíritu hacen lo que le corresponde, y lo hacen con el otro, en el otro, y para el otro. Entonces, estos elementos que aparecen aquí en la unción representan lo que el Señor consiguió. El aceite no viene solo. No es sólo el Espíritu Santo. Los componentes del Óleo y sus significados Luego de haber visto esa suministración del Espíritu, volvemos a Éxodo 30, que nos dice: “Tomarás…”. Si no estuvieran ahí, ¿cómo se podrían tomar? ¿Quién preparó estas especies para ser tomadas? Dios las preparó. “…tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, y de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de oliva un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa. Con el ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar de holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones. Sobre carne de hombre no será derramado…” (o sea, esto es para el vivir en el nuevo hombre) “…ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo…” (Ex.30:22-33). Aquí estamos viendo la composición del óleo de la santa unción. Un hin de aceite es el Espíritu Eterno. Pero había que ponerle “tres quinientos” de especies. Quinientos, otros quinientos dividido en dos, y otros quinientos. Quinientos de mirra, el otro quinientos del medio está dividido en dos, doscientos cincuenta de canela, doscientos cincuenta de cálamo, y el tercer quinientos de casia. Tres medidas de quinientos, porque en la casa de Dios está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero entre el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo; el que murió por nosotros fue el segundo, el Hijo. Entonces, está partido por la mitad el quinientos del medio; está partido por la mitad, doscientos cincuenta de canela, doscientos cincuenta de cálamo. Es como el velo. El velo tenía cuatro columnas, pero entre la primera y la segunda columna estaba una parte del velo, entre la segunda y la tercera, otra parte del velo, entre la tercera y la cuarta, otra parte del velo, porque el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo moran en la casa. Por eso tiene esas tres partes, para indicar la Trinidad. El Señor nos dijo que “…rogaré al Padre, y os dará otro Consolador” (Jn.14:16). Pero también nos dice: “y vendremos a él, y haremos morada” (Jn.14:23). Entonces, dentro de la Iglesia está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque somos la casa de Dios, del único Dios que es trino. Cuando Jesucristo murió, el velo fue rasgado, pero por el medio, entre la segunda y la tercera columna, por el velo del medio; es decir, en la sección que le corresponde al Hijo. El Hijo fue el que murió. Y así vemos aquí quinientos siclos, quinientos siclos, y quinientos siclos, pero los quinientos siclos del medio están partidos en doscientos cincuenta y doscientos cincuenta, que nos habla de la obra de la muerte y resurrección del Hijo: canela y cálamo. La primera parte es la mirra, y la mirra tiene que ver con el aspecto de la muerte de Cristo. Por eso dice: “suministro del Espíritu de Jesucristo”. No es sólo aceite, sino es el Espíritu Santo; pero dice Espíritu de Jesucristo, porque toma lo de Jesús. El Padre estaba esperando que el Hijo resucitara y ascendiera para poner en el Espíritu la victoria de su Hijo sobre el mundo, la muerte, la resurrección y ascensión de Jesucristo, y que el Espíritu nos lo pueda pasar a nosotros. Entonces, ¿cuál es la tarea del Espíritu Santo? Pasar a nosotros todo lo que el Hijo es y consiguió en su vida, muerte, y resurrección. Por eso había que tomar especies finas y ponerlas en el aceite de la unción, para que el aceite nos trajera la mirra, y nos la pasara al cuerpo de Cristo. Tenía que venir de la cabeza al cuerpo; el Espíritu transportando todo lo que es de Cristo hacia nosotros. ¿Y qué transporta? Mirra. Primero vimos que son tres medidas, pero la del medio está dividida en dos, así como el velo, y eso para indicar la obra del Hijo. La mirra nos habla de la victoria sobre la muerte. A los muertos los embalsaman con mirra para vencer el olor de la muerte. Cuando nació el Señor Jesús, vinieron a él, Gaspar, Melchor y Baltasar, aquellos tres hombres que la tradición, no la Biblia, menciona; trajeron oro, incienso y mirra, la deidad en servicio para muerte, pues él se hizo hombre para morir por nosotros y salvarnos. Llegó la mirra, que es lo que consiguió el Señor para nosotros en su muerte. Hay algo objetivo que fue hecho en la muerte, y es que todo lo que él hizo en ella se lo dio al Espíritu. Ahora es el aceite el que tiene la mirra. “Tomarás” y ¿quién las produjo? El Señor. Ahí está la mirra, y ¿dónde se pone? En el aceite. Ahora el aceite lo trae. O sea, no podemos negarnos a nosotros mismos por nuestras propias fuerzas, sino en unión con Cristo. Por eso, la Biblia dice dos cosas que parecen contradictorias, pero sólo parecen: “…Nuestro viejo hombre fue crucificado…” (Rom.6:6), y dice también: “Haced, pues, morir la carne con sus hechos”. Entonces, al final ¿fue crucificado o hay que hacerlo morir? En Cristo fue crucificado. Cristo venció al pecado en la carne. Cristo ya consiguió la victoria sobre la carne y por eso ya hay mirra en el aceite. Pero también puede surgir otra interrogante: ¿Cómo nosotros lo hacemos morir en nuestra experiencia? Aplicando la muerte de nuestro viejo hombre; es decir, nuestro viejo hombre ya fue crucificado juntamente con Cristo. Ahora, nuevamente nos preguntamos: ¿Cómo vamos a experimentarlo? Cuando por el Espíritu Santo, el aceite trae la mirra, ahí aplicamos lo que ya fue hecho en Cristo. Lo aplicamos a nosotros. No es algo que nosotros tenemos que hacer, porque no podemos matar al viejo hombre, pues ya fue crucificado, y cuando estamos en el Espíritu, en novedad de vida, en nuestra experiencia, hacemos morir lo que ya está muerto. Ya está muerto objetivamente, pero subjetivamente tiene la experiencia cuando el Espíritu aplica. Cuando creemos esto, inmediatamente viene el efecto. Y de esta manera hacemos morir en la práctica, y en la experiencia. Estamos en la carne sufriendo aflicciones, pero nos volvemos al Señor, confiamos en el Señor, y nos olvidamos de nosotros mismos, pues nos consideramos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo, y nuestros miembros como instrumentos de justicia. Y nuevamente surge otra pregunta: ¿Cómo se convierten nuestros miembros que estaban vendidos al pecado en instrumentos de justicia? El Señor Jesús pasó por la muerte, y nos pasó por la muerte; resucitó, y nos resucitó; puso nuestra muerte, y nuestra resurrección en su Espíritu. Y su Espíritu viene a nuestro espíritu, y cuando estamos en el Espíritu estamos muertos al pecado, y vivos para Dios en Cristo. De esa manera práctica hacemos morir lo que ya el Señor mató. No hay contradicción. Uno se refiere a la provisión objetiva en Cristo, y otro se refiere a la aplicación subjetiva por el Espíritu mediante la fe. Confío que el Señor nos revelará esto. Ahora viene la canela, que es la que da sabor y fragancia, porque la obra de la Cruz es objetiva y subjetiva. Hay una obra objetiva que cubre la muerte. Pero hay un sabor que le da Cristo. Entonces, hay dos aspectos de la obra de Cristo. El aspecto objetivo, que es lo histórico que realizó el Señor, en el tiempo, en la historia allá en Jerusalén, allá en el Gólgota. Y luego, está la aplicación, que es el sabor. La canela le da sabor, la canela es aromática, y el aroma nos habla de la aplicación de Cristo, del olor de Cristo. ¿No habla la Biblia del olor de Cristo? Opera la muerte, para que el olor de Cristo aparezca en nosotros. También tenemos la parte del cálamo. El cálamo es una caña blanca que se levanta del barro, y que a nosotros nos habla de la resurrección. Por eso la medida de los quinientos siclos, como el velo rasgado en dos, está divido en doscientos cincuenta y doscientos cincuenta; es decir, lo que el Señor hizo en su muerte y en su resurrección. El cálamo es blanco, puro; sin embargo, se levanta del barro. Y Dios preparó el cálamo que es Cristo resucitado para ponerlo en el aceite: “tomarás especies” de la provisión de Dios en Cristo. Cristo es la mirra. Cristo es la canela. Cristo es el cálamo y también la casia. Cada una de esas especies finas son distintos aspectos de la persona y obra del Señor Jesús. Cristo murió para libertarnos por la Sangre y por la Cruz, pero también resucitó para derramar el Espíritu. La Cruz quita lo viejo, y la Sangre nos limpia, pero el Espíritu suple, y suministra lo nuevo. Es por el Espíritu que pasamos por la Cruz, y es por el Espíritu que estamos en novedad de vida. El que nos crucificó, el que nos resucitó, ascendió y nos sentó, es Cristo. No busquemos esto en nosotros mismos, sino mirémoslo a él. Si no lo vemos, o no lo sentimos no importa, sino más bien conectémonos, diciéndole: “Señor Jesús”, y empieza a funcionar. Todo eso está en el Espíritu. El Espíritu toma todo lo que el Señor hizo. Todo lo que él vivió fue para nosotros. Todo su vivir, su perfeccionamiento, y su obediencia fue para nosotros. Ese es el cálamo. El aceite también tiene cálamo. El aceite nos trae la mirra, nos trae la canela, nos trae el cálamo, y también la casia. La casia es una resina que tiene una propiedad especial que ahuyenta a las serpientes. La serpiente huele la casia y sale huyendo. La casia nos habla de la victoria de Cristo sobre todo principado y potestad, porque el Señor no sólo venció la muerte, el pecado y la carne, sino también al diablo, y expuso todo principado y potestad. Nosotros no sabemos cómo vencer un diablo de esos, pero el Señor ya lo hizo. No estamos solos. El aceite pasa a nosotros la casia y nos da victoria sobre todo poder del diablo. “…En mi nombre echarán fuera demonios…” (…) “…tomarán en las manos serpientes…” (Mr.16:17). La victoria sobre todo poder del enemigo está en Jesucristo, y nos dice que el Espíritu Santo: “… os hará saber todas las cosas“(Jn.16:12). Y no sólo para saberlo, sino para participar; ese conocer habla de experimentación; es para disfrutarlo, es el conocer espiritual. Pero no podemos usarlo si no sabemos. Cuando uno no sabe lo que tiene, es como si no lo tuviera, aun cuando lo tiene. El Señor ya nos dio esto. Su Espíritu fue derramado sobre la Iglesia. Nosotros ya recibimos al Señor y ya bajó de la cabeza a los pies. El Espíritu de Jesucristo, no sólo el Espíritu Santo, ya fue suministrado. No es sólo el aceite, sino el aceite con la mirra, con la canela, con el cálamo y con la casia. Con todas las victorias. Nosotros somos colocados en una situación que parece difícil, pero es solamente para darle lugar al Señor, para invocar su nombre: “Señor, tú venciste a nuestro favor, venciste el pecado, al mundo, a la muerte, y al diablo con sus principados y potestades, y viniste a nosotros, y te recibimos”. El Espíritu toma todo lo que es del Padre, y del Hijo, en lo divino y en lo humano, toma el aceite con las especies, y lo pasa a nosotros, desde la cabeza al cuerpo. Confiamos que el Espíritu Santo hará viva su palabra cuando la necesitemos, y la necesitamos desde ahora, durante todos los días de nuestra vida. La Sangre y el Espíritu. La Sangre nos limpia, la Cruz nos libera, y el Espíritu nos constituye en nuevas criaturas, en hijos, en sacerdotes, en reyes, en miembros de su cuerpo, y en instrumentos de justicia. Eso es lo que somos en Cristo Jesús.

LA CRUZ: CAPÍTULO INTERMEDIO ENTRE LA SANGRE Y EL ESPÍRITU

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Marzo, 2012, 4:52, Categoría: General

La Cruz (Capítulo intermedio entre la Sangre y el Espíritu) En los capítulos anteriores hemos visto el valor que tiene a los ojos de nuestro Padre la Sangre del Señor, su aplicación ante él, y también el valor que debe tener a los ojos de nuestra conciencia, y que es lo único que nos libra de las acusaciones del enemigo. Al habernos detenido en la Sangre, debemos también hacerlo en el Espíritu. Porque en la medida que Dios nos va revelando a su Hijo, el Espíritu lo va aplicando en nosotros. Es necesario que sepamos lo que el Espíritu nos da, para creerlo y por la fe disfrutarlo, porque la experiencia del hombre no proviene de la ley, sino proviene de la revelación del don de Dios. En la Epístola a los Romanos capítulo 1 verso 1, hemos de ver parte de esa panorámica de contenidos de las dádivas de Dios. Comienza esta carta diciendo: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios…”, recordándonos las propias palabras del Espíritu cuando en Hechos mencionan a Saulo diciendo: “… Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado…” (Hch.13:1-2). Luego, volviendo a Romanos 1, continuando con el verso 2, nos dice algo interesante acerca del evangelio: “…que él (Dios) había prometido antes…”. Es decir, que el evangelio de Dios era una promesa. Hay pasajes y profecías de la Biblia donde se preanuncia el evangelio: “…por sus profetas en las santas Escrituras…”. Allí Dios había prometido el evangelio: “…acerca de su Hijo…” Con esto se nos revela claramente cuál es el contenido central de las buenas noticias que nos llegan de parte de Dios y que ya desde el comienzo él ha venido anunciando; como, por ejemplo, cuando Dios le dice a Moisés: “…os levantara profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; (…) y toda alma que no oiga a aquél profeta, será desarraigada…” (Hch.3:22-23). Aquel profeta de quien Dios el Padre habla es Jesús, su propio Hijo; por lo tanto, el evangelio es acerca de él. Las buenas noticias nos llegan de Dios en el Hijo, y nos muestran quién es él, y qué hizo a favor nuestro. En Romanos continúa ahora con la descripción de esos dos aspectos fundamentales de la persona de Su Hijo, y que son su aspecto divino y su aspecto humano, diciéndonos: “…nuestro Señor Jesucristo que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…” (Ro.1:3-4). Él siempre ha sido Hijo, pero esto de ser declarado es sobre ser reconocido públicamente ante nosotros, para que lo recibamos como lo que él es desde la eternidad. “… y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe…” (Ro.1:5). Primero, viene la gracia que es dada por el Hijo; y luego viene el apostolado. Tiene que haber fe, y de ésta es que surge la obediencia. Ciertamente, podemos decir que sin fe no habrá obediencia. “… En todas las naciones por amor de su nombre; entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo…” (Ro.5:6). Si el denominacionalismo en la cristiandad comprendiese lo que significa el “llamados a ser”; poder comprender que eso significa que pertenecemos a Cristo, no a un partido, sino a estar encabezados, guiados, y llenados por Jesucristo. “…a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos…” (Ro.1:7). El original dice simplemente “llamados santos”, porque él ya nos hizo santos. Si somos hijos, ya somos santos de origen. “…Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo…” (Ro.1:7). El objetivo de toda esta carta es presentarnos el evangelio acerca del Hijo, el prometido en las Escrituras, en su humanidad, en su divinidad y lo que él hizo por nosotros, lo que él entrega a nuestra fe, para que no sólo como personas, sino como naciones, podamos obedecer a Dios. “…Pídeme, y te daré por herencia las naciones…” (Sal. 2:8). Así le habla el Padre al Hijo. Y eso son las Iglesias, son las naciones salvas. Y no solamente bendición a las almas de los hombres, sino a los espíritus, a los cuerpos y a las familias. El cordero había que comérselo por familia, o sea que la redención tiene un aspecto corporativo, porque es para bendición de las naciones, para bendición de las familias de la tierra. “En tu simiente serán benditas todas las naciones…” (Gn.22:18). En esta epístola a los Romanos, podemos ver una panorámica de la venida del Hijo de Dios a morir por nosotros y pasarnos por su Cruz. Este es el capítulo intermedio que podemos ver entre la Sangre y el Espíritu. Podemos preguntarnos entonces, ¿la Sangre acaso no tiene que ver con la Cruz? Claro que sí; no habría Sangre redentora sin la Cruz, sólo que veremos en la Palabra del Señor que la Cruz es mucho más profunda. El significado de la Cruz Como primer hecho, vemos que la Cruz nos muestra de una manera objetiva el sacrificio del Señor. Al mismo tiempo, la Cruz también nos crucificó a nosotros juntamente con Cristo, que es otro segundo aspecto. Entonces, de eso nos habla Romanos al presentarnos esos distintos aspectos de la Cruz. Él tomó nuestra naturaleza, pero ¿para qué la tomó? Para ponernos en sus hombros. Desde luego, él nos puso encima de él, sobre sus hombros como una vestidura, y nos cargó y nos introdujo en su gloria, sentándonos con él en lugares celestiales, y nos escondió con él en Dios. Nosotros no subimos solos, sino que él bajó, y nos puso sobre sus hombros, y ascendió con nosotros, y nos sentó con él en lugares celestiales. Eso es lo que hace el evangelio: ponernos en el Hijo, para que al estar en él estemos también en el seno del Padre. La Iglesia es puesta en el Hijo y en el Padre. “Si lo que habéis oído desde el principio, permanece en vosotros, (…) también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1ª Jn.2: 24). Y lo que hace el Hijo, como también dice en otro lugar en Efesios, es introducirnos al Padre. El evangelio nos pone en el Hijo, y a la vez pone al Hijo en nosotros. Y ahora el Hijo nos introduce al corazón del Padre. El Señor se nos revela a través de su Palabra, y esa Palabra es vivificada por el Espíritu dentro de nuestro espíritu. Mantengámonos en la fe, en la simplicidad de ella. No basemos nuestra fe en lo que sentimos, no basemos la fe en lo que experimentamos, sino basemos la fe en lo que él reveló en su Palabra, que será enseñada por el Espíritu. “…Sobre esta roca…” (Mt.16:18). Esta roca es La revelación que el Padre nos da del Hijo. “…edificaré mi iglesia…” (Mt.16:18). La Iglesia es edificada con revelación, en una revelación que viene de parte de Dios acerca del Hijo, con la cual nosotros ahora contamos, y recibimos con gratitud, porque no es algo que merezcamos. Porque siempre Satanás nos lleva al territorio de querer merecer, para hacernos caer de la gracia, y entrar en la necedad de la soberbia, en la locura y en la presunción; y este es un terreno peligroso. Donde estamos nosotros es por la gracia y por la fe, es decir, por la gracia recibida por fe delante de Dios. Ese es nuestro terreno firme. Podemos escuchar miles de voces para sacarnos de ahí, para entrar en la arena movediza de la confusión, y de la emocionalidad, porque los seres humanos somos tan emocionales, especialmente al lado femenino que le gusta sentir, mientras que a los hombres les gusta saber, pero aun así las dos cosas son del alma. Pero el alma es un velo que nos mantiene afuera. ¿Nos damos cuenta? Es por la fe. Claro que él también produce un conocimiento del Espíritu y produce un sentir, pero en Cristo. El Señor, desde adentro, va permeando nuestra mente, para que llegue a ser la de Cristo, y también nuestros sentimientos para que seamos de un mismo sentir con él, y haya también en nosotros el sentir que hubo en Cristo. Esto es algo que Dios nos da cuando creemos. Es por la fe que nos volvemos al Señor, y somos trasladados al Espíritu. “…El que en mí cree, confía”. No el que siente de tal manera, porque aun cuando no sintamos ningún cosquilleo, debemos creerle a Dios. Creamos que Dios nos ama, aunque no sintamos nada. El enemigo es el que nos hace sentir que no somos amados, ni apreciados, llegando a creer esas mentiras, llevándonos a la depresión. Nos acostumbramos a ese complejo de inferioridad, que es la base de comparaciones, de rivalidades, de envidias, y de jactancias. Creamos, como dice Juan: “…nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros….” (1ª Jn.4:16). Y el amor es por la fe. Y dice que el evangelio de Dios y la justicia de Dios es “… por fe y para fe…” (Ro.1:17). Hay que creer y seguir creyendo, permaneciendo en la fe. Guardando hasta el fin la esperanza, nunca mirándonos a nosotros mismos, ni siendo guiados por sentimientos. De hecho, recordemos que el Arca tenía unas barras que eran para cargarla, es decir, esta Arca tenía que circular, ser transportada. Esto nos habla de la circulación y del fluir de Cristo desde nuestro espíritu. Él nos indica su dirección a nuestra alma y nuestra alma percibe la dirección del Espíritu. “…De su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7:38). Con esta palabra podemos ver que hay un fluir, un circular, mostrándonos la función de esas barras para cargar el Arca y que ésta circule, y así también que Cristo circule y fluya desde nuestro interior, dándonos la dirección en el lugar Santo, desde el Santísimo. Nosotros, en nuestro espíritu, recibimos una indicación suave, porque el Señor no va a decidir por nosotros, eso corresponde a nuestra parte. Y es ahí donde algunas veces nos equivocamos, queriendo que él haga todo, pero él primero nos sugiere su voluntad, pero no nos obliga. Él espera que nosotros le entendamos y le pidamos que nos ayude para hacer lo que él nos indica. Entonces, contamos con esa ayuda, y en unión con él, colaboramos, y hacemos con él sus obras, es decir, nosotros con él, y él en nosotros. Lejos de Cristo, sin comunión con él, es imposible ser edificados, pero en comunión con Cristo, tenemos revelación, que es la edificación de Dios, donde Cristo está siendo revelado y luego confesado. “…Creí, por lo cual hablé…” (2ª Co.4:13). Lo que él es, lo que hizo y lo que somos gracias a él. Por la fe somos edificados como casa espiritual, y el Espíritu circulará desde nuestro interior hacia fuera como un río de agua viva. Si creemos en él, si contamos con él, y andamos en su nombre, este río fluirá, y seremos edificados. Por lo tanto, la circulación del Espíritu, que es por revelación, edifica la casa. Hebreos, en el capítulo 9, nos habla de las ordenanzas de culto y de un santuario terrenal que era el tabernáculo. Éste tenía una disposición establecida de sus partes y elementos, cuyo fin es que el Espíritu Santo diera a entender algo propio del Nuevo Testamento a la Iglesia. Esto es algo acerca de Cristo, de la obra de Cristo, porque no era solamente un interés arquitectónico, o solamente una descripción de cómo eran los tabernáculos en el pasado, sino que está hablando de espiritualidad neotestamentaria: “…lo cual es símbolo para el tiempo presente…” (He.9:9). Todas aquellas descripciones del Tabernáculo, del mobiliario, de su orden y ritos eran “símbolos para nuestro tiempo”. Muchas veces nos puede haber resultado tedioso leer esos capítulos, por ejemplo, en Éxodo sobre el tabernáculo, porque el velo estaba puesto sobre nuestro entendimiento, y leíamos del velo para afuera y no veíamos del velo para adentro. Pero en la medida de nuestra conversión a Cristo – porque la Iglesia es edificada en la revelación de Jesucristo – el velo es quitado, y comenzamos a entender las realidades espirituales, y nuestra propia experiencia espiritual está descrita con estos símbolos. Dios organizó y dispuso esas cosas para hablarnos a nosotros ahora, en el tiempo presente, del Nuevo Testamento. Este es el “hoy” de Dios. Correlación entre el Evangelio en Romanos y el Tabernáculo Volviendo al primer capítulo de Romanos, comenzamos a darnos cuenta de que nos habla del evangelio de Dios. Pero de pronto, el Señor empieza a abrirnos los ojos y vemos cómo va coincidiendo este desarrollo del evangelio que va presentando el Espíritu Santo por medio de Pablo, con aquellas disposiciones en el tabernáculo. Entonces, ¿qué era lo que había en el atrio? En el atrio había dos cosas, el Altar de Bronce, donde se ofrecían distintas clases de sacrificios, por ejemplo, el sacrificio por las transgresiones, el sacrificio por el pecado, la ofrenda de paz, que son descritas en Éxodo y especialmente en Levítico. Veamos que nos dice también Éxodo sobre este tema, en el capítulo 38 verso 7 y 8: “Y metió las varas por los anillos a los lados del altar para llevarlo con ellas; hueco lo hizo, de tablas”. Lo que está describiendo es el altar del atrio. Esto nos está hablando de Cristo, sobre tomar la cruz. “Hueco lo hizo”, y esto tiene mucho significado porque el que llena todo es nuestro Señor. Si nosotros hacemos sólo lo exterior es algo hueco, es apariencia; pero el Señor es el que llena, le da la realidad a todo. Y dice: “de tablas”, que representa cómo somos nosotros. “También hizo la Fuente de Bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión…” Cuando las mujeres, que aquí es una figura de la Iglesia, velaban a la puerta del tabernáculo de reunión, fue indicación de Dios, que se tomaran esos espejos, y se hiciera una Fuente de Bronce para lavarse, cuyo fin es para mirarse a sí mismo. Y esa Fuente de Bronce estaba y era en el Atrio. En el Atrio había dos muebles, uno era el Altar de Bronce y la Fuente de Bronce donde se ponía agua, y donde los sacerdotes podían verse a sí mismos y lavarse, porque si uno no se ve, no se lava. ¿Nos damos cuenta? Las mujeres dejaron sus espejos que eran para mirarse a sí mismas, para peinarse, embellecerse. Esos espejos no eran como los de ahora, que tienen nitrato de plata, sino que eran con bronce bruñido, bien lijados, no eran de vidrio. Entonces había dos cosas en el Atrio. Pero note que las cosas no venían primero al Altar, sino primero a la Fuente. Como dijo el Señor Jesús: “Y cuando él venga convencerá al mundo…” (Jn.16:8). La gente no estaba ni siquiera en el Atrio, estaba en el mundo, pero el Espíritu Santo convence al mundo. Ese es un trabajo que haría el Espíritu Santo, el trabajo de introducirnos al Atrio, y después al Santo y al Santísimo. ¿Y de qué convencerá el Espíritu? “…de pecado, de justicia y de juicio” (Jn.16:8). Ese trabajo del Espíritu Santo es convencernos, mostrarnos quiénes somos y qué merecemos en nosotros mismos, si no somos cubiertos por la Sangre del Cordero. Por eso es que la fuente se hacía de espejos de bronce. El bronce nos habla del juicio, pero espejos de bronce es sobre el juicio de sí mismo. Cuando abrimos Romanos, ya desde el capítulo 1 al 3 empezamos a descubrir la Fuente de Bronce. Esos 3 capítulos nos hablan de la Fuente de Bronce; y luego, desde la mitad del 3 y el 4, nos hablan del Altar de Bronce. Es decir, antes de hablarnos del Altar de Bronce, nos hablan de la Fuente de Bronce, hecha con espejos de bronce para juzgarse a sí mismo a su luz. Veamos el capítulo 1, verso 18 al 20: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad, porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo…”. En el lugar Santo, la luz provenía del candelero. En cambio, La luz que da en el atrio, es la luz de la naturaleza, la luz del sol, o de la luna y las estrellas, es la obra de Dios escrita en los corazones: “…Siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa…” (Ro.1:20). Ahí está el funcionamiento de la Fuente de Bronce y de los espejos, mostrarnos que somos inexcusables. “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios…” (Ro.1:21-22). Todo ese capítulo 1 es un espejo, donde muestra al hombre su culpabilidad. ¿No son acaso, estas porciones de la Palabra de Dios, las herramientas del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio? Pero el mundo no es solamente los impíos, sino también los religiosos, porque la religión humana también es hace parte del mundo. ¿No dice la Escritura algo acerca de los rudimentos del mundo? ¿Y cuáles son los rudimentos del mundo? “No mires, no te vistas, no tomes”. Todos reglamentos exteriores, estoicos, religiosos, pero sin depender de la gracia de Dios, sin Cristo. Hay muchas religiones en el mundo tratando de agradar a Dios por sus propias fuerzas; incluso aquí habla de los judíos: “por lo cual eres inexcusable”. Ahí sigue el Espíritu Santo convenciendo al mundo, incluidos los judíos religiosos, y también los evangélicos religiosos. También nosotros como religiosos “somos inexcusables”, “…Quien quiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo” (Ro.2:1). Luego, llega el capítulo 3, en el verso 9, diciendo: “… ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos?…” ¡Qué alegría ver que Pablo se puso entre este “somos”! “En ninguna manera, pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado”. Entonces, ¿cuál es el primer trabajo del Espíritu Santo? “Convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. “Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; No hay quién entienda, no hay quién busque a Dios. Todos se desviaron…” (Ro.3:10-11). Aquí compone Pablo un salmo compuesto de pedacitos de salmos. Un pedacito de éste, un pedacito de otro, un pedacito del otro. El Espíritu Santo se los juntó todos, porque eran varios espejos, e hizo una sola fuente, para que los sacerdotes se vieran a sí mismos; porque no por ser sacerdotes van a entrar sin limpiarse, y sin necesidad de la sangre. ¿Podemos darnos cuenta de que en estos 3 primeros capítulos, el 1, el 2 y hasta la mitad del 3, está la Fuente de Bronce, que utiliza el Espíritu para convencernos de pecado y de justicia? ¿Y qué tal que fuera sólo de pecado? Eso sí que sería terrible. Pero el Espíritu Santo es lo opuesto a Satanás que acusa a los hermanos; en cambio, el Espíritu Santo es llamado “Consolador”, y él no sólo nos convence de pecado, sino también de justicia, y en esta justicia está lo que el Señor Dios hizo en Cristo a nuestro favor. El sacerdote, antes de ejercer sus funciones en el altar, tenía que pasar primero por la Fuente de Bronce. Tenía que lavarse, y mirarse a sí mismo. Por eso dice la Escritura que ellos también ofrecían sacrificio no sólo por el pueblo sino por ellos mismos, porque son pecadores también; mas en el Señor Jesús no hubo pecado, aunque se identificó con nosotros, y por eso se bautizó. Juan el Bautista le decía: “…Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” (Mt.3:14-15). Él dijo estas palabras porque venía para tomar sobre sí mismo el precio de nuestros pecados, por eso él se bautizó, y también nosotros nos bautizamos, porque nos identificamos con él en su muerte. Jesucristo murió en nuestro lugar, y gracias a Dios que no sólo murió, sino también resucitó para darnos su vida. Nosotros fuimos puestos en él y lo llevamos a la Cruz. Pero él fue puesto en nosotros y nos pasó por la Cruz, y también por su resurrección, y ascensión. Ahora, prosiguiendo en el capítulo 3, llegamos al Altar de Bronce. “…pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre…” (Ro.3:19). Para eso son los espejos de bronce, para mostrarnos quiénes somos, a dónde está nuestra pretendida altura, nuestros pretendidos méritos. La ley expone nuestra condición caída. “… y todo el mundo quede bajo el juicio de Dio; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado…” (Ro.3:19-20). Por eso, la ley colocaba una Fuente de Bronce de espejos en el atrio. El primer trabajo del Espíritu es convencernos de pecado, pues mientras estamos contentos con nosotros mismos, no pedimos perdón, y tenemos la razón, pensando que el otro se merece nuestras críticas, pero no nosotros. Pero cuando nos alumbra la luz, nos vemos a nosotros mismos, y dejamos de pensar en los otros, y comenzamos a pensar en nosotros mismos, y la ley nos conduce como un ayo a Cristo. La ley nos encerró bajo pecado, nos descubrió, dejándonos sin salida. Pero hay una puerta, que es el Señor Jesús, y sólo él nos perdona. Reconocemos que todos somos pecadores, somos una miseria, y que sólo su Sangre nos lleva de la fuente al altar. “Pero ahora…” (Ro.3:21). Dios le puso “pero” a esa condición terrible, y este “ahora” es en Cristo “…aparte de la ley…” (Ro.3:21). No solamente existe esa ley que nos muestra quienes somos, sino también hay un altar que nos muestra quién es el Señor, y qué hizo el Señor por nosotros, y cómo nos involucró en su muerte para conducirnos por ella a su resurrección, y ascensión, dándonos su Espíritu. “…Se ha manifestado la justicia de Dios…” (Ro.3:21). Vino a convencernos de pecado, de justicia, y ahora está no solamente la fuente, sino que está el Altar de Bronce y eso es el Atrio. Estos primeros capítulos de Romanos nos describen el Atrio y su experiencia espiritual, porque aquello era “símbolo para el tiempo presente”. Por lo tanto, el tiempo presente empieza por aquí, en el Atrio. “…testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo…” (Ro.3:21). El fin de la ley es conducirnos a Cristo. Incluso de la ley escrita en nuestros corazones, aún sin conocer la de Moisés. Incluso los paganos tratan de hacer por su conciencia lo que es correcto; sin embargo, se dan cuenta que ser bueno es difícil, y ser malo es fácil. La ley nos prepara para descubrir que necesitamos la gracia de Dios en Cristo. Y la gracia fue manifestada en la encarnación, crucifixión, resurrección, ascensión, intercesión y derramamiento del Espíritu de Cristo, siendo todo esto gracia. El Espíritu va haciendo primero un trabajo, luego otro, y aquí ya nos llamó la atención al Altar, y a los sacrificios del Altar, comenzando por el primero que comienza en Levítico. En este libro, cuando vamos a la descripción de los sacrificios, el primero que aparece es el de holocaustos enterame4nte quemados simbolizando la obra de Cristo para vindicar la santidad, justicia y gloria de su Padre, y entonces después en relación a nuestra necesidad, descrito en el sacrificio por las transgresiones, y después por el pecado, y después el de paz, hablándonos del perdón, de la crucifixión con Cristo, de la reconciliación con Dios, que es lo que habla Pablo desde Romanos 3. “…Porque no hay diferencia…” (Ro.3:22). Antes nosotros pensábamos que sí había diferencia: “yo soy judío, y tú eres gentil”, “yo soy de la tribu de Benjamín” (que era de Raquel, la enamorada de Jacob, la que Jacob quería), etc. En estos tiempos, también nosotros hacemos diferencias, y nos comparamos los unos con el otro, pero aquí la Palabra nos muestra nuestra condición diciéndonos “…por cuanto todos pecaron…” (Ro.3:23). Esto que aparece implícito, lo veremos de manera explícita: “…y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro.3:23). Ese es el juicio, pero ahora dice “…siendo…” refiriéndose a todos, judíos o gentiles, chilenos, brasileros, de las montañas, o del mar, “…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (Ro.3:24). Aquí coloca la justificación sobre la base de la redención “justificados gratuitamente por”. Entonces, ¿cuál es la base? Si no hay redención, no hay justificación; la justificación descansa en la redención, y la redención descansa en la propiciación, y por eso dice a continuación que la redención es en Cristo. “…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” (Ro.3:25). Somos propiciados por medio de la fe en su Sangre. Sobre la propiciación descansa la redención, y sobre la redención descansa la justificación; y la justificación es que Dios ya no nos declara culpables, porque la culpa fue quitada, pero ¿mediante qué?, por la redención, porque el Señor pagó por nosotros. En la redención fuimos revividos, fuimos rescatados por la propiciación. Antes éramos enemigos, y lo seguimos siendo en la carne, y Dios tenía que estar en contra, aunque nos amaba, pero él tenía que condenarnos. Ahora Dios demostró que él está a nuestro favor, pero, y este ‘pero’ es muy importante, porque tiene que ser por medio de la “propiciación”. Entonces, la Sangre derramada, creída, de Aquél que es la propiciación, es la base de la redención. Y la redención es la base de la justificación. Todo está relacionado, pero no es lo mismo. Lo uno es la base de lo otro. “…para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto…” (Ro.3:23). Aquí está la pascua ¿Nos damos cuenta? (“…veré la sangre y pasaré…”). “…A causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo…” (Ro.3:25-26). Este tiempo es el presente… “…su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida” (Ro.3:26-27). Ahí está la jactancia, cuando pensamos que somos mejor que el otro. No hay diferencia, todos vamos a la misma caldera si no recibimos al Señor. Entonces, dice aquí que la jactancia queda excluida “… ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe…” (Ro.3:27). Continúa hablando de la justificación en el capítulo 4, diciéndonos: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro.4:7-8). Y ahí comienza a hablar del sacrificio por las transgresiones, que es un aspecto de la Cruz de Cristo. La Sangre es para perdonarnos delante de Dios, y que nuestras conciencias estén limpias para poder servirle, y no aceptar las acusaciones de Satanás. La Cruz sobre la naturaleza pecaminosa Pero hay otros aspectos de la Cruz que sólo tienen que ver con el perdón, porque ciertamente, nuestros pecados nos armaban un problema delante de Dios, y necesitamos el perdón, pero el problema que Dios tiene con nosotros no son solamente las cosas malas que hemos hecho, sino que tiene otro problema con el hombre más grave que lo que el hombre ha hecho, y es lo que el hombre es. Nuestro problema no es sólo el cometer pecado, sino lo que somos desde que fuimos concebidos en nuestra madre. Podemos apreciar que el capítulo 4, y la primera parte del 5, nos hablan de ese sacrificio por las transgresiones que se presenta en el Atrio, en el Altar de Bronce. Pero hay otro sacrificio, que es el sacrificio por el pecado. Ya no hablamos de los pecados en plural, de las transgresiones, las desobediencias, sino de la naturaleza pecaminosa que heredamos desde que fuimos concebidos en el vientre de nuestra madre. Porque cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, tomaron la decisión de darle las espaldas a Dios y vivir por sí mismos, y aceptar el camino de Satanás, desde ese momento la naturaleza humana quedó vendida al poder del pecado. Entonces, cuando ellos cayeron, y se reprodujeron, toda su descendencia, que somos nosotros, nacimos vendidos al poder del pecado, con una naturaleza que no puede por sí misma vencerle, aunque lo intente, resultando lo que nos dice romanos 7: “…no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:19). Ahora descubrimos que el problema somos nosotros. Entonces Dios tuvo que tratar, no sólo lo que habíamos hecho, sino lo que somos. En la Cruz, con la Sangre, Él nos limpia de los pecados, pero necesitamos no solamente ser perdonados, sino necesitamos ser liberados de lo que somos, que es algo más grave, porque lo que hicimos es por causa de lo que somos, y podemos llegar a hacer mucho más de lo que ya hemos hecho. Necesitamos ser perdonados, y para eso es la Sangre, el sacrificio por las transgresiones. Pero hay otro aspecto del sacrificio, y el sacrificio de Cristo fue uno solo, pero Dios hizo tantas cosas en el sacrificio, que tuvo que representar sus muchas obras con muchas clases de sacrificios. Allá en Levítico descubrimos que hay otro sacrificio que se llama ofrenda, que es la del Señor por el pecado, y ya no por las transgresiones en plural, sino por el pecado en singular. La ofrenda por las transgresiones es la muerte de Cristo por nuestros pecados como el Cordero de Dios, pero también dice la Escritura, que se hizo (ya no plural, sino en singular) pecado por nosotros. También él aparece como una serpiente ensartada en un asta, porque los israelitas estaban siendo mordidos por la serpiente, y no se podían librar del veneno de ella. Entonces, Dios le indicó a Moisés que tomara una serpiente de esas, pero de bronce, porque el bronce es el juicio de la serpiente, y ensartar a esa serpiente en un asta, y todo israelita que fuera afectado por el veneno de la serpiente, la mirara y sería libre del veneno de ella. Ya no solo perdonado de los pecados, sino liberados del pecado. Llegamos al capítulo 6, a la otra clase de sacrificio, que es el mismo sacrificio de Cristo pero con otro aspecto. El Señor trató la condición caída del ser humano, y nuestro viejo hombre fue crucificado, y Jesucristo fue hecho pecado por nosotros, y fue hecho maldición por nosotros, acabando con el viejo hombre. Podemos preguntarnos entonces: ¿Por qué lo sentimos todavía? Porque lo sentimos en la carne, pero en Cristo fue crucificado. Y todo lo que Cristo es, nos lo pasó a nuestro espíritu por Su Espíritu. Es necesario ver esto que hizo Cristo, y que puso en el Espíritu, y que es un hecho en el Espíritu, y que si nosotros contamos con lo que el Espíritu nos trae, en el espíritu somos libres del pecado. Somos una nueva criatura, nacimos otra vez. La primera vez nacimos pecaminosos, fuimos concebidos en pecado, y como dice la Escritura: “…en pecado me concibió mi madre” (Sal.51:5). Pero ahora no solamente es perdón, sino también liberación de lo que somos, realizada en la Cruz y en la resurrección, contenida por el Espíritu. En el Espíritu somos libres y si andamos en el Espíritu somos una nueva criatura en la justicia y santidad de la verdad. En el nuevo hombre somos ya justos, santos y verdaderos. Esto no lo vamos a ser, sino que ya lo somos en el Espíritu. No lo busquemos en la carne, porque en ella heredamos lo que Adán llegó a ser, pero en el Espíritu heredamos de la misma manera, gratuitamente, la condición resucitada, ascendida, pura, santa, en el Espíritu. Entonces, en el Espíritu heredamos una cosa, y en la carne heredamos otra, y las dos están ahí. Y el alma está en el medio, por eso en Romanos entre el capítulo 3 y el capítulo 8 están los capítulos que tratan con lo que pasa en nuestra alma, que es el lugar Santo. Podemos andar en la carne, o podemos andar en el Espíritu. La ley vino a mostrarnos lo que somos, para que no nos engañemos y para ser trasladados a su Hijo, para nacer de nuevo y recibir otra naturaleza distinta de la mera natural, y para que ya no vivamos en nuestra naturalidad. Así como Satanás nos vendió gratuitamente al pecado, el Señor nos rescató gratuitamente. Y como por un hombre entró la muerte, por un solo hombre también entró la vida, entró la resurrección, y entró el Espíritu. Y el Espíritu que recibimos tiene todo lo que necesitamos; y para poder disfrutar al Espíritu, necesitamos conocer las provisiones de la Cruz, de la resurrección, y de la ascensión, porque todos esos elementos son los que están en el Espíritu. Y en el Espíritu es que heredamos la santidad, la justicia, y la verdad. Esa es nuestra herencia gratuita. ¿Recibimos el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? Por el oír con fe es que recibimos el suministro del Espíritu y las obras maravillosas que él hace entre nosotros, aunque no lo merecemos, pues es un regalo, porque la vida es un regalo. Dios sabe que todo lo que intente la naturaleza humana, en su sola naturalidad, no nos va a llevar a nada. Él tuvo que hacer todo. Cristo trató con el pecado en la carne, y condenó al pecado en su carne, y nos dio a comer su carne, que es verdadera comida y bebida. En el capítulo 8 de Romanos ya aparece el Espíritu. Este es como el Lugar Santísimo del Tabernáculo. Pero hay en el Lugar Santo unos fenómenos, y es que el Atrio tiene que ver con nuestra carne, y el Lugar Santo con nuestra alma, mientras que el lugar Santísimo con nuestro espíritu. Es decir, lo que recibimos en nuestro espíritu es algo que el Señor consiguió en su carne, y en su alma. Entonces, lo que el Señor está haciendo ahora es poner a Cristo en nosotros, y a nosotros en Cristo. Ese es el trabajo del Evangelio. “…Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1ª Jn.2:24). El evangelio es para ponernos en el Hijo, y por medio del Hijo ponernos en el Padre, y también para poner al Hijo y al Padre en nosotros. Él en nosotros es la provisión; nosotros en él es el disfrute, es el ejercicio, es la apropiación. Son dos aspectos: primero él en nosotros, y segundo nosotros en él. Tenemos que tener los dos aspectos, porque si sólo pensamos que él es bueno y que es él quien hace todo, caemos en la facilidad, porque no ponemos el pie en lo que él nos dio, que es la obediencia de la fe, la responsabilidad. Si hay fe, hay obediencia, que es la que cuenta con que Jesucristo murió y fuimos crucificados con él, considerándonos muerto al pecado, mas también vivos para Dios en Cristo.

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